Una casa concurrida de pájaros que aletean

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Una casa concurrida de pájaros

que aletean

 

Alvaro Alcántara López

 

I

En el año 2004, el recién constituido grupo Chéjere salió beneficiado en la convocatoria lanzada por el gobierno de la Ciudad de México, titulada “Artes por todas partes”. Aquella iniciativa gubernamental consistía en otorgar un apoyo económico a las personas y agrupaciones beneficiadas, a cambio de realizar presentaciones artísticas en distintos puntos de la ciudad, lo mismo museos o auditorios que fiestas de pueblos o celebraciones comunitarias. Se trataba, como bien lo indicaba el nombre de aquel programa, de extender la oferta artística y cultural a distintos espacios y regiones del otrora Distrito Federal, y facilitar que la comunidad cultural y artística pudiera compartir su trabajo con audiencias más amplias y diversas.

La obtención de aquella beca fue muy importante para el afianzamiento de la emergente propuesta musical que, desde sus inicios – incluso como intuición – encabezó y lideró el músico, creador y compositor oriundo del pueblo de Los Reyes, Coyoacán, Alonso Borja Gómez. Y lo fue, porque aquel financiamiento le permitió a Chéjere sufragar una parte significativa de su primera producción discográfica y adquirir un modesto equipo de sonido (poder, consola, bocinas, micrófonos y bases) que según se rumora se sigue viendo en alguna bohemia o reunión social del sur de la capital. Resultado de este proceso fue la aparición en 2005, del disco “Chéjereconson”, producción independiente del grupo, grabada en los estudios Canuto Records bajo la dirección de Inti Terán Gómez.

II

Los años 2006 y 2007 fueron tiempos de transición y recambios al interior del grupo – coyuntura no exenta de rupturas, diferencias y reacomodos, como suele acontecer en las agrupaciones artísticas y en la vida misma. De manera paulatina, Jorge Cortés Velasco, Mariel Henry Rojo y Ulises Martínez Vázquez pasaron a formar parte del grupo. De hecho, Ulises Martínez, a quien Alonso conociera en aquel mismo 2005, aparece ya como músico invitado en Chéjereconson sonando su violín en los números “Añoranza” y “Cuando voy a Guararé”.

Tras algunos años de seguir bregando y haciendo música juntos, el grupo empieza a preparar una nueva producción que sería lanzada en 2009 con el título de “Villatrópico”. La presencia de Ulises, Jorge y Mariel significaron el acompañamiento musical y creativo idóneo, para consolidar y potenciar la propuesta creativa que Alonso venía dibujando desde años atrás. El lanzamiento de “Villatrópico” significó la clara definición de un proyecto original: una sonoridad propia y característica de Chéjere. 

El alegre complemento de las composiciones, arreglos y música encontró en la sensibilidad y expresividad vocal de Mariel, Natalia (Cobos Candela) y, el propio, Ulises, un nuevo horizonte de identidad. De las 11 piezas que conforman este segundo material, 8 son composiciones de integrantes del grupo, una del sonero, compositor y poeta Patricio Hidalgo y dos más, sones del repertorio jarocho con arreglos de Chéjere: La Iguana y El Siquisirí. A partir de entonces, las composiciones de distintos integrantes del grupo serán la constante en las producciones musicales del grupo, especialmente las de Alonso Borja, quien se ha destacado como un compositor prolífico.

III

En la opinión de quien esto escribe, durante aquellos años que estoy reseñando a vuelo de pájaro, Alonso, Ulises y Jorge construyeron una complicidad artística tan potente como interesante que quedó expresada en “Villatrópico”, pero especialmente en los dos discos siguientes “Nubes de sal” y “Ojos de Luna”. Complementariamente, entre 2009 y 2012 se dio la feliz coincidencia que, junto a Natalia, Alonso, Mariel, Jorge, Alvaro y Ulises, músicos como los queridos Leo Soqui o Sol Palaz participaron muy de cerca en Chéjere, al igual que lo hicieron en otros momentos el maestro Carlos “Popis” Tovar, Lucía Escobar o Armando Montiel, entre los que tengo más presentes, pero hubo más colaboraciones. Otros tiempos vinieron y me tocó a mí dejar el grupo al finalizar 2012.

Chéjere siguió desarrollando su creatividad y talento. Con las ya mencionadas producciones discográficas: “Ojos de Luna” y “Nubes de sol”, esta agrupación se ha consolidado como una de las bandas más interesantes de la escena musical independiente de México y del continente. A lo largo de los últimos quince años, otros cambios y renovaciones han ocurrido – no desprovistos de sanas distancias, titubeos, reencuentros y aprendizajes. Pero mientras tanto, el trabajo y propuesta creativa del grupo se sigue fortaleciendo bajo el liderazgo de Alonso Borja, y el acompañamiento creativo y musical de Mariel y Jorge, quienes junto a su director y fundador son ahora los otros dos miembros de mayor antigüedad en el grupo. Stephanie Delgado y Osvaldo Peñaloza completan ahora parte la alineación de Chéjere. Sólo ellas y ellos saben cuántas sorpresas más nos tienen preparadas en el futuro próximo. Habrá que estar atentos.

IV

En 2025, dos magníficos conciertos ofrecidos por el grupo sirvieron para celebrar 20 años y más de hacer música. El primero se realizó en la Casa del Lago de la unam, en Chapultepec (18 de mayo); mientras que el segundo fue un goce de principio a fin, en el teatro de la Ciudad de México “Esperanza Iris” (30 de agosto). Esta ocasión nos ofreció la posibilidad de presenciar reencuentros inolvidables, disfrutar nuevas colaboraciones o tener la oportunidad de escuchar piezas de los primeros discos que hacía mucho no se oían. Y, por supuesto, Chéjere nos deleitó también sonando los gustados éxitos del grupo.

Lo que más me dejó pensando – al presenciar este segundo concierto de aniversario – fueron las distintas posibilidades de futuro que vi dibujarse en las nuevas composiciones que nos obsequiaron; lo mismo que en los arreglos y exploraciones que hicieron a piezas ya conocidas, como si se propusieran reinventarlas reconociendo en ellas un alma joven inscrito en estas canciones.

V

Es medianoche en Charapan, Michoacán. Los primeros minutos del domingo 3 de mayo del 2026 transcurren acompasados por el ladrar de perros que inquietan nuestra caminata. Finalmente logramos llegar sanos y salvos a donde estamos parando. Venimos exhaustos de tanta dicha, música y felicidad de nuestros queridos amigos. Llegamos aquí el viernes por la tarde para celebrar la boda de Evelin Acosta y Ulises Martínez. Tan memorable ocasión ofrece una oportunidad única de reencontrarnos: Natalia, Jorge, Mariel, Leo, Alonso y quien esto escribe, hemos acudido felices a la cita. El afamado y talentoso violinista (por estos enjundiosos días cumpliendo el trascendental papel de “novio del casorio”), imposible no considerarlo. Sin proponérnoslo volvemos a reunirnos como hace más de 16 años, en aquellos tiempos de “Villatrópico” que anunciaban ya “Nubes de sal”. Tenemos la bendición y fortuna de encontrarnos con salud. En la boda compartimos juntas y juntos una misma mesa– o casi porque el conjunto de la manada sobrepasa los lugares ofertados. Nos acompañan ahora, además de nuestras parejas, algunas de las hijas o hijos (de quienes lxs tenemos), porque no están todos.

La noche del viernes, mientras recorríamos las calles de Charapan, junto al novio y la orquesta de música del pueblo, para llevarle “las donas” a la novia (me arriesgo a decir aquí que se trataba del ajuar de la novia) un conocido nos saludó y presentó al menor de sus hijos. Aquel joven simpático y sonriente se declaró fanático de Chéjere y yo, a mi modo, además de agradecer sus amables comentarios por lo que me pudiera tocar por el tiempo que hice parte del grupo, acerté a decirle: “somos una familia”.

No fue aquello una ocurrencia, antes bien un acto de memoria. La tarde del domingo 18 de mayo del 2025, mi querido compadre Alonso me invitó a pronunciar unas palabras de bienvenida a aquel concierto en Casa del Lago de la unam. Esto fue lo que expresé aquella ocasión:

Que tu casa sea una calle concurrida y una pajarera vacía: Donde todo busque y encuentre su lugar; que los seres, las cosas y las emociones encuentren su música

– las alas libres de jaulas

– la inocencia a flor de piel 

– y la alegría haciéndote guiños de cuando en cuando. 

Con ese barullo y rumor de gente que nos recuerda que no estamos solos, que no somos solos… y que la vida es un río que fluye a distintas velocidades.

Chéjere, veinte años; un grupo, una dedicación, un proyecto, una familia. Chéjere, veinte años, una casa concurrida de pájaros que aletean, aletean, aletean.

Una familia, eso somos y eso hemos construido. Y estos bonitos días en Charapan, me han servido para confirmarlo.


 


 

 

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Benny Moré

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Benny Moré y el bolero 

Un matrimonio perfecto *

 

            Helio Orovio


Cuando vi y escuché por primera vez en la pantalla cinematográfica a un mulato delgado, alto, con un saco largo y pantalones de tubo, bigotico de la época, cantando mambos acompañado por la orquesta de Pérez Prado, pensé, sentí que algo nuevo, grande, le estaban naciendo a nuestra música. Se llamaba Benny Moré y dejó grabada en mí su voz única, su estilo inédito. Luego se reafirmó esa impresión cuando le oí sones, guarachas, afros, rumbas, congas y ¡boleros! Acompañado las orquestas de Rafael de Paz, Arturo Núñez, Humberto Cané, Mariano Mercerón, y a veces en dúos memorables con el veracruzano Lalo Montané. Claro que los primeros boleros que se escucharon no fueron esos. Ni siquiera los que hizo con el conjunto de Miguel Matamoros, sino los que dijo en serenatas, descargas y noches de bohemia en barras de toda la Habana, y otras ciudades de la isla.

Tiempo después, las victrolas, esas catedrales insuperables, me hacían chocar con su voz en todas las esquinas. Solo que ahora el team acompañante mostraba otra sonoridad, otros arreglos orquestales; se trataba de la banda del pianista Ernesto Duarte. Benny estaba en su tierra, era 1951, y pasaba la aventura del batanga con la orquesta de Bebo Valdés, formó su Banda Gigante en 1953, y siguieron, uno tras otro, boleros que están incrustados en la historia sonora y sentimental de Cuba y del mundo.

Bartolomé Moré nació en el centro de la isla, en la región de las inquietas Villas (Santa Isabel de las Lajas, 1919) y por eso pudo asimilar de igual modo las maneras musicales del oriente y occidente. De la impronta oriental asumió el son montuno y la trova, y de la occidental tomó la rumba, el son guaguancó, el afro, la guaracha, el mambo, el chachachá … y el bolero se lo entró por los poros, el aire de toda Cuba. Melodioso de maravilla, en los sones le salía la gracia semirural del mulato provinciano, en la guaracha el humor callejero, en el guaguancó parecía rumbear a sus anchas por el barrio de Jesús Maria (¿un columbiano surgido de un batey negro Villareño?). En el bolero fusionaba diversas corrientes, por eso es muy difícil someterlo a clasificaciones. Más bien yo lo considero como culminación de todo un camino recorrido por nuestra bolerística. Con Benny llegan a su punto máximo todos los estilos.

Cultivó el bolero trovadoresco (Qué pena me da, Juan Arrondo), el bolero lírico (Como arrullo de palmas, Ernesto Lecuona), el bolero lamento (Todo lo perdí, Benny Moré), el bolero cancioneril (Cómo fue, Ernesto Duarte), el bolero victrolero (Camarera del amor, José D. Quiñones), y el bolero feeling (Me miras tiernamente, Yañez y Gómez). Siempre estuvo detrás de sus interpretaciones la influencia de la trova y del son, y como alter egos evidentes un Manuel Corona y un Miguel Matamoros. Pero no puede soslayarse el influjo de la cancionística norteamericana, es decir del blues, la canción slow y el jazz. En su discoteca cotidiana estaban los crooners (Sinatra, Nat King Cole), las grandes voces negras (Fitzgerald. Vaughn) y las big bands.

No solo hizo el bolero-bolero, sino el bolero-son, el bolero-mambo y el bolero-cha. Quiso que el acompañamiento de su orquesta se basara en la percusión cubana, tocada al modo de los soneros, con un ritmo que invitara al baile, pero con una cuerda de metales y saxos trabajada con fraseo y dicción jazzísticos. Incluso algo hay en su repertorio que enlaza con los cuartetos vocales norteamericanos (The Platters) y lo acerca a un grupo vocal habanero como Los Zafiros (Sin una despedida, Benny Moré), cosa notable en esta pieza hecha junto a los Bermúdez. Es interesante observar que el ritm0 acompañante y el concepto de las orquestaciones en Moré se adecúa a los diversos tipos de bolero, lo que habla muy alto de su talento innato y adquirido mediante la praxis musical.

De la maestría del cantor lajero no hay que hablar, casi todo ha sido dicho. En el bolero su manejo de las inflexiones vocales es perfecto, y expresa el espíritu, el alma, de cada canción. Todos estamos de acuerdo en que resulta difícil cantar un bolero después que ha pasado por su voz. Y también sabemos que una obra interpretada por él es a veces tan suya o más que del compositor que la generó. Su técnica depurada lo hacia lucir bien en todos los registros, del grave al agudo, pasando por una media voz característica y un rubateo contenido, preciso.

Su trascendencia en el tiempo es innegable. No hay vocalista cubano -quizás caribeño- que esté tan vivo en el recuerdo y en la admiración de las nuevas generaciones. Me atrevería a hablar de una presencia moresiana en la Nueva Trova. Quien lo dude, ponga un disco de lo mejor de la canción de un Pablo Milanés, y si sabe oír descubrirá el punto de enlace histórico. Como se dijo de Gardel, Benny cada día canta mejor.

Estuve por años tratando de discernir quién era el mejor cantante de boleros nacido en la ínsula. Maneje distintos nombres, y casi llegué a una conclusión, hasta que una tarde, en medio de una cerveza en la sala de mi casa, junto a unos amigos bolerófilos, me llegó la melodía y armonía de Hoy como ayer, y la figura delgada, alta, con su saco largo y pantalones de tubo, con su sonrisa criolla, medio un halón de oreja.

Helio Orovio


 

 

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Ferrocarril San Andrés Tuxtla

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

De la llanura sotaventina a la selva tuxteca: la llegada del ferrocarril a San Andrés Tuxtla y el auge tabacalero *

Luis Alberto Montero García  

 

San Andrés Tuxtla IA

El jardín veracruzano y su riqueza agrícola e industrial

El lugar llamado Tuxtlas es uno de los más hermosos paisajes en toda la República, y el jardín, por decirlo así, del estado de Veracruz […] Nos vemos rodeados de vistas hermosísimas y de un paisaje encantador y vario. El panorama de los montes, valles, lagos, ríos y montañas que hallamos a nuestro paso es mucho más allá de todo lo que podemos imaginar. Y después de haber atravesado forestas de maderas preciosas, a la vista de una brillante cascada o pasando el vado de un caudaloso río, habremos hecho un viaje que nunca jamás podremos olvidar. En algún día no muy lejano algún ferrocarril eléctrico cruzara este hermoso país, obteniendo la fuerza motora necesaria para este efecto por medio de las majestuosas e imponentes cataratas de Eyipantla.

Con estas seductoras palabras el viajero y publicista estadounidense John R. Southorth (1900: 146) iniciaba su descripción del cantón de Los Tuxtlas en los albores del siglo xx. Seguramente no se equivocó al reconocer la belleza del “jardín veracruzano”, pero el ferrocarril eléctrico nunca se hizo realidad en la región, condición que caracterizó a muchas de las concesiones otorgadas para que una vía herrada llegará a la ciudad de San Andrés Tuxtla. Siete de los ocho proyectos formulados entre 1878 y 1905 fueron líneas férreas con nula viabilidad ejecutoria (Montero, 2008).

En este texto abordamos la concesión de 1909 que dio origen al ramal de Los Tuxtlas, que partía de la estación Rives del Ferrocarril de Veracruz al Istmo a la cabecera cantonal de San Andrés Tuxtla.

Los trabajos del tendido de la vía iniciaron a principios de noviembre de 1910, días antes de que estallara la Revolución Mexicana, después de los seis meses de plazo con que contó la compañía para el reconocimiento y el estudio de los ramales concedidos. Simultáneamente arrancaron la construcción de los ramales del kilómetro 136 o Brisbin a San Cristóbal (pasando por la cabecera cantonal: Cosamaloapan) y de Rives a San Andrés Tuxtla. En marzo de 1913 esta ciudad celebraría la llegada de la locomotora de vapor a su vasto territorio —un año después que Cosamaloapan—, aunque no con tanto júbilo y en plena efervescencia revolucionaria.1

Las vías férreas comunicaron y atravesaron las regiones naturales e históricas del Sotavento y Los Tuxtlas en el estado de Veracruz. El primero es un término marinero, administrativo y militar que desde la época colonial define el espacio inmediatamente al sur del puerto de Veracruz. La sabana sotaventina se extiende por las tierras bajas situadas al sur del Eje Volcánico Transversal, desde el límite oriental de la cuenca del río Jamapa hasta la cuenca del Coatzacoalcos. Son tierras aluviales, es decir, de inundación. En el extremo de la llanura costera se erige el macizo volcánico denominado Los Tuxtlas, constituido por el volcán San Martín y el Cerro del Vigía, alrededor de los cuales se sitúan las tres ciudades tuxtlecas: Santiago Tuxtla, San Andrés Tuxtla y Catemaco, municipios serranos en su mayoría, pero que comparten una fracción de sus territorios con la planicie inundable (Delgado, 2004: 16-17; González, 2010: 92-100).

Construir una vía herrada a través de la llanura sotaventina y atravesar tierras selváticas, surcadas por un sin número de corrientes de agua (para los ingenieros su principal obstáculo fueron los ríos San Juan y Tuxtla) y llenas de pendientes sinuosas, fue un logro extraordinario. Precisamente, el interés por comunicar a San Andrés Tuxtla —cuya línea férrea atravesó haciendas, ranchos y ejidos— no fue otro que el marcado boom que experimentó la actividad agrícola (caña de azúcar, café, arroz, frijol, maíz y vainilla), comercial y ganadera del cantón de Los Tuxtlas, gracias al cultivo y la comercialización de la aromática hoja del tabaco, donde también se explotaban maderas preciosas, de ebanistería y de construcción, plantas textiles y medicinales.

En efecto, el cultivo del tabaco atrajo un flujo de inmigrantes, principalmente cubanos y españoles. Los de la primera nacionalidad, expertos tabaqueros, arribaron a Los Tuxtlas, y otros más se diseminaron por la costa, mientras que los segundos eran contratados por la casa comercial Balsa Hermanos de Veracruz para cultivar tabaco en Valle Nacional, según el sistema empleado en Cuba. Al mismo tiempo, llegaron trabajadores del interior para realizar la dura tarea de abrir campos de cultivo y realizar las siembras respectivas (El Correo de Sotavento, 12 de julio y 10 de agosto de 1884 y 3 de septiembre de 1885).


 

 

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Con el tiempo suenan

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Con el tiempo suenan

Entrevista con Esteban Utrera

Wendy Cao Romero


Aprendí a fabricar jaranas y guitarras de son con un cuñado del papá de los Quinto, con un formón mal hecho, de esos de puntilla. En ese entonces los barrenos no se conocían. Luego, pasado el tiempo conseguí uno, con el que le iba por los costaditos al instrumento. En medio sí le daba golpes fuertes.

Para saber la medida de los instrumentos, primero doblaba el papel, y lo marcaba como hace mi hijo Tacho, si no me salía lo volvía a trazar hasta que me gustaba la figura. Mi papá hacía botes con suela (herramienta), cajas de muerto, cruces y casas; sí que era bueno mi papa haciendo casas, siempre lo buscaban. Cuando tenía diez años yo ya hacía de todo, le ayudaba en todo y nunca me rechazaba ningún trabajo. Todavía no se me olvida cómo él me enseñaba a hacer las cosas, me explicaba todo muy bien.

Yo había sacado en el calendario el nombre de Isaías, Chaíto, así me decían y hasta la fecha así me conocen muchos. Ya de grande fue que mi papá sacó eso de que yo le había heredado su inteligencia y me cambio de nombre: “Este se va a llamar como yo porque aprendió bien todo”… y no tengo mi acta de asentamiento porque me llamo Isaías. Si me buscan en el registro por Esteban no me encuentran, yo creo que sí me encuentran como Chao.

Me iba al monte a buscar la madera para las jaranas, escogía algún palo seco y lo trazaba allá en el monte. Luego la formaba con el machete y con escofina, para la compostura de la cabeza, porque la escofina ayuda a desbastar la maderita. Ya después lo escarbaba con puro formón y mazo. Yo veo que ustedes hacen toda la jarana, ponen la tapa y al final hace la boca. En cambio yo pegaba la tapa con la boca ya hecha.

¡Qué medidas ni que nada!. Ya lista le ponía una entrastadura de bozal por bozal de cáñamo, con cuerdas iba probando traste por traste a que dijera bien el sonido y ahí la apuntaba. Si no decía el sonido correctamente en la pisada yo le movía tantito hasta que ya no mintiera. Le ponía 12 trastes, algunos le ponían 14. A las jaranas nada más le ponía por medio brazo: marcaba, si me hablaba bien el sonido ahí le ponía el traste marcadito bien con un lápiz, ya después le ponía yo el traste de caña de otate bien alijadito para que no trozara la cuerda. También de hueso se ponían pero daban mucho trabajo. La vena de la palma también aguanta, el lomito de la vena sí que es buena.

En ese entonces había cuerdas de tripa, de punta verde y azul, las vendían por media o una docena, para una fiesta como la de anoche, porque ¡Ah! ¡Qué gastadero de cuerdas!, entonces no se usaba entorchado, uno las torcía y ese era el entorchado. Pero tardaba uno mucho tiempo para encordar el instrumento y volver a empezar. ¡Ah! ¡Este hombre! (se refiere a su gran amigo Román Cobos “Rumba”), ¡Cómo gastaba cuerdas el bárbaro!

El barniz no se usaba para nada, solo bien alijadita había que tener su jarana, pero antes no se conseguía lija, se usaban hojas del palo del tachicón, que se ponían a secar al sol y luego a soasar y se ponían duras, rasposas como lijas, y raspan bien, muy bien… es una hoja verde largota.

Vendíamos los instrumentos, a muchos les gustaban las guitarritas que yo hacía. Por allá por Tlapacoyan, Lázaro Sapo, un muchacho “nuevo”, tocaba bien mi forma de tocar (sic), sacaba sones como yo los toco y a él le hice la última guitarra. A ese muchacho nuevo lo mataron, ¡quién sabe que será de ese instrumento!.

Tacho y Camerino aprendieron viendo y se les pegó el hacerlas como yo. También hacen casas y todo de lo que yo aprendí con mi papacito Esteban. Pero yo digo que ya me ganaron porque están muy adelantados ahora. Y suenan bien sus instrumentos. Bueno, hay maderas sonoras y otras aunque sean cedro, no suenan. Dice Pedro Serrano Utrera, un primo de Rincón de Sosa, que él sí vendía instrumentos por costales, decía que la música buena, para que salga buena, debe tener su trabajo. Un instrumento es igual, si le dedicas tiempo… suena. La música hay que dejarla reposar, no terminarla enseguida. Luego ya terminada entonces hay que darle para que salga el sonido. El no buscaba la cosa de la luna (el menguante), nada más que cortaba, eso sí, tempranito, aclarando el día, para que no esté tiernita, así es muy dócil y no se pica. Yo usaba maderas de cedro, sólo hice una de pepe, pero es madera muy estrellante y no me gustó. Puro cedro, porque entonces sí había cedro, mucho cedro. Yo desperdiciaba mucho porque lo careaba y lo careaba con el hacha, hasta que lo cuadraba. Ahora yo uso la sardina o serrote y a veces pues se oye por ahí la motosierra. Con la sardina se saca la madera parejita, no se desperdicia casi. Para la motosierra hay que tener dinero si no, no sacas madera; y con la sardina no, uno solito lo hace. Yo digo que lo de antes ¡era mejor!


 

 

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La boda y la poesía

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

La boda y la poesía

Andrés Moreno Nájera

Deborah Small

 

Se extraña y se añora aquellos tiempos de antaño en los llanos del sotavento, tierra de hombres con la piel curtida por el sol, alegres, dicharacheros y trabajadores. Lugar donde un huapango alegraba la vida de la comunidad y de comunidades vecinas. Sitio hasta donde llegaban músicos y bailadores deseosos de bailar, tocar y echarles unas coplas a las bailadoras.

En estas tierras de la ex hacienda de Nopalapan se tenía que esperar la llegada de algún sacerdote para realizar las bodas, porque era aquí donde se ubicaba la pequeña parroquia de San Juan Bautista desde los tiempos de sus primeros dueños, los Franyutti.

Hasta este lugar venían los pobladores de las rancherías y comunidades circunvecinas  a casarse, o bautizar a sus hijos cuando el cura se hacía presente o durante las mismísimas fiestas de San Juan en el mes de junio.

Por esos lugares cuando una persona se iba a casar era algarabía y alegría, no nada más para la familia, sino también en los vecinos. Un día antes llegaban los hombres con las facas en mano y su piedra de amolar, para ayudar al sacrificio de los animales destinados a la comida, que por lo regular eran vacas, cerdos, guajolotes o gallinas. Más tarde llegaban las mujeres con mandil bajo el brazo para apoyar en la preparación de los alimentos y en ese ir y venir de personas se hacían presentes los músicos, quienes templadas las  jaranas  alegraban la tarde de los concurrentes que compartían  el trabajo y la música. Se iba armando el huapango, alternando la cocina y la tarima. Esta música amanecía así como las bailadoras, mujeres incansables, rebosantes de energía que entre trabajo y baile veían llegar la claridad del día para que todo estuviera listo cuando llegara el momento. Al salir rumbo al templo, los cohetes corredizos anunciaban el paso de la comitiva, en seguida los novios, luego los padres y los padrinos, detrás de ellos los músicos quienes al ritmo de “El Copiao” alegraban el paso de los enamorados, al mismo tiempo  las mujeres mayores con las palmas de las manos acompañaban el ritmo de la música.  De cuando en cuando la música se detenía, en ese momento el versero se adelantaba unos pasos y con un movimiento brusco del instrumento indicaba silencio, los músicos y las palmas callaban, todos se acomodaban cuando el versero se ponía al frente de los novios para echar las palabras de despedida. Con toda solemnidad se plantaba ante la pareja para decir la poesía (decima) donde se despedían los padres de los hijos por boca del cantador.

Esta función la cumplió por muchos años Benito Mexicano, de la comunidad de El Blanco, acompañado de su grupo Alma Jarocha conformado por el diestro guitarrero Nazario Santos de la estación Cañada, Salomón Martínez de El Blanco, Cutberto Parra de Nopalapan, José Martínez de El Blanco.

Benito era el hombre de la poesía, quien con su carisma y  conocimiento sobre las costumbres de lugar era el encargado de echar las coplas de despedidas.

Algunas de ellas decían así:

Ya que te vas a casar

Hija de mi corazón

Consejos te vine a dar 

Porque es mi obligación

Adiós hija consentida

Nacida de mis entrañas

Si la suerte no te engaña

Gozaras de buena vida;

Hoy que emprendes la partida

Recibe ese bienestar

El honor te ha de guardar

Tu esposo que has recibido

Para hacerte de marido

Ya te fuiste a casar

Te enamoraste de un muchacho

Para hacer tu matrimonio

No le des gusto al demonio

Si te saliera borracho

Ni lo ensilles que no es macho

Siempre tenle compasión

Te echare tu bendición

Y seguirás tu camino

Que dios te de buen destino

Hija de mi corazón.

Oye hija enamorada

Escucha y lleva presente

Pórtate como la gente

Para que no digan nada

La vida más aperrada

Es que tú quieras mandar

Deberás de respetar

Lo que la iglesia te ha dado

Atención y pon cuidado

Consejos te vine a dar.

Si no escuchas mi consejo

Tal vez no te vaya bien

Ya mis ojos no te ven

Pero si pienso y reflejo

Hoy que te irás muy lejos

Para más confirmación

Te echaré mi bendición

Y seguirás tu camino

Que Dios te dé buen destino

Porque es mi obligación.

Así se iba desgajando las décimas por todo el camino hasta llegar al templo. Después de haberse realizado la ceremonia, ya de regreso a la casa se repetía el proceso de los músicos, las mujeres con las palmas acompañando a las jaranas y volvía la poesía, ahora despidiéndose los hijos de sus padres.

Adiós mis queridos padres

También a mis hermanitos

Digo adiós a mis abuelitos

Mis padrinos y compadres.

 

Ya me despido gozoso

Pues tengo los sacramentos

Después de hacer juramento

Ya me voy con mi esposa

Un lindo botón de rosas

Que me dio su santa madre

Hasta que el perro ladre

De dicha y de alegría

Ya ha llegado ese día

Adiós mis queridos padres.

Me voy feliz y contento

Bastante agradecido

Porque hoy he cumplido

El sagrado sacramento

Que suenen los instrumentos

Que brille el cielo infinito

Que canten los pajaritos

Venga pueblo a convivir

Hoy les quiero decir

Adios a mis hermanitos 

Hoy formaré un nuevo hogar

Con sudor, con sufrimiento,

Llevo en mi pensamiento 

Un nuevo amanecer

Juntito con mi mujer

Haremos nuestro nidito,

A mis viejos venditos

Los llevo en el corazón

Y digo en este pregón

Adiós a mis abuelitos.

En fin quiero explicar

A toda la romería

Que dejo la soltería

Hoy me acabo de casar

Prometí en el altar

Dejar todo desmadre

Con la bendición del padre

Adiós digo a los amigos

A mis suegros, mis testigos,

Mis padrinos y compadres.

Llegando a la casa de donde se ubicaba la fiesta, la tarima esperaba, los hombres haciendo gala de sus botines y sombrero y las mujeres deseosas de zapatear cada son ejecutado.

Hoy desafortunadamente se ha ido dejando de lado esta costumbre poco a poco, los jóvenes no tienen interés de estas expresiones costumbristas que sus padres y abuelos practicaron, lo de hoy son las bandas y corridos.

Andrés Bernardo Moreno Nájera

septiembre 2018

 


 

 

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El fandango de los rebeldes

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

El fandango de los rebeldes *

Entrevista con la bailadora Paulina Jáuregui Alor

Benito Cortés Padua

  * Texto  publicado en la revista Son del Sur, núm. 9, 2009.

 

Arturo Talavera

Nací el 22 de junio de 1909, mi papá se llamaba Julio Jáuregui Fernández y mi mamá Nazaria Alor Guillén. Tuve quince hermanos los cuales todos ya han fallecido, mi hermana la mayor murió a la edad de 105 años. Yo sí tuve estudio. En aquellos tiempos nada mas daban tres años de estudio; primero, segundo y tercero nada más. Y al tercer año cualquiera podía ser profesor y ya no había más estudio.

Yo fui alegre todo el tiempo. Desde los seis años aprendí a bailar huapango, ¡Cómo me gustaba!… y andar con las ramas, hacer mi nacimiento. Había un señor llamado Francisco Fernández que me arreglaba el lugar donde hacía mi nacimiento. Luego iba a buscar a los jaraneros para que hubiera huapango y la música, que en aquel tiempo eran don Ángel Primo y la “Pior es nada”, que así le decían a la otra banda, que era la de los Morales. Esas dos bandas eran de música de viento. Y aquí los jaraneros eran toda la familia Alfonso: Leonardo Alfonso con todos sus hijos: Pedro, Lidio, Cirino y Nicéforo, también don Daniel Padua, Mauro Mayo, Pedro Basulto, todos eran jaraneros y bailadores de huapango. Mí tía Nacha, que era esposa de tío Leonardo, le gustaba cantar. A mi tío nunca lo vi bailar pero mi tía Nacha era mera huapanguera y todas sus hijas: Adela mí cuñada, Adelaida y Luisa que se casó con Juan Zúñiga, a todas ellas también les gustaba bailar huapango.

Los fandangos se hacían en las casas y en el parque, que era solamente un quiosquito y ahí enfrente llevaban una tarima, esa misma tarima que la llevaban donde quiera. Y si no, en cualquier puerta, pero nosotros bailábamos. Para ir a fandanguear me tenían que llevar mis papás porque había unos soldados que les llamaban “los zapadores”, que eran unos sombrerudos y estaban al servicio de los rebeldes y, ahí donde está el Palacio viejo era el cuartel y enfrente hacían los fandangos. En el cuartel habían soldados que estaban resguardando el pueblo, porque ya estaba la guerra con los rebeldes revolucionarios, por eso resguardaban aquí. Los rebeldes que entraron aquí fueron Cástulo Pérez y Álvaro Alor, mi tío. Ellos tenían su campamento en Tacojalpan que está aquí por Minatitlán, del otro lado del río, ahí tenían su campamento. Cuando venían avisaban que iban a tomar el Palacio aquí en Chinameca y entraban a tirotear con los zapadores, esos que te digo; eran tiempos en que ya había pasado el tiempo de Zapata, que a ese yo no lo conocí, a Porfirio Díaz tampoco, yo estaba muy chica. Cástulo Pérez llegó como en 1916, porque yo tenía como seis años cuando empezaban a venir los rebeldes.

Cuando llegaban los rebeldes todos salían huyendo, toda la gente se iba a huir y el que tenía dinero corría a los barrancos y llenaba los barrancos de dinero, como don Chico Fernández, Donaciano Fernández. Ese barranco que está por casa de Lencho lo llenaban de puros costalitos de dinero, todo lo llevaban pa’ que no se lo robaran los rebeldes, ahí echaban el dinero al barranco, lo iban a tirar. Entonces la gente nos íbamos de huida, mi mamá nos llevaba a un barranco que está para allá (señalando el horizonte), ahí llevaba las camas y hacía comida, pero después mi hermano se fue de revolucionario y ya no teníamos miedo porque los rebeldes llegaban a la casa y mi mamá les daba de comer. A ella le pagaban por hacerles de comer. Nos avisaban cuando iban a venir para que mi mamá les matara un cochino porque querían longaniza, chicharrones, carne, tamales.

Yo todavía era chamaca, pero no faltaba gente del barrio que ayudara a mi mamá: unas hijas de don Pedro Céspedes, una tal Simona Luría y otra era Arcadia Luría, que la asistían, echaban tortilla, echaban bastante tortillas y mí mamá llevaba la comida al chicozapote, por donde vivía don Jorge Castellanos. Esos terrenos eran de don Federico Trujillo, era una sabaneta en donde no habían casas, y ahí estaban todos los rebeldes, ahí les llevaban la comida. Yo iba con mi mamá y mis hermanas para repartirles de comer y luego ya le pagaban a mi mamá. La guerra demoró bastante, porque arreglado que cuando mi hermano Dámaso se fue a la guerra tenía 14 años y cuando regresó ya era todo un hombre. La guerra terminó cuando agarraron a mi tío Álvaro Alor en primer lugar, a ese lo agarraron cuando iba a Cosoleacaque, quién sabe por dónde lo agarraron, no supe cuando lo agarraron y se lo llevaron prisionero… ese Álvaro Alor se robó a la finada Aurelia Mayo de catorce años, que después fue mi madrina. Ese mismo día que se llevaron a mi madrina Aurelia, se robaron a la hija de la hermana de Toribia Alor, que se llamaba Eutimia, a las dos se las llevaron. Las robaban porque a los rebeldes les gustaban esas muchachas y se las robaron de adentro de su casa, se las llevaron a Coscapan. Eso me contaba mi hermano Dámaso, que llegó a ser capitán de los rebeldes, pues él veía todo lo que hacían sus compañeros. Mi hermano no tenía miedo cuando venía a ver a mi mamá, aunque allí en la estación de ferrocarril donde estaba el tanque de agua había soldados y él venía solo a caballo. Pero un día, cuando mi hermano llegaba, estaba ahí un mentado Cevallos, que era el jefe de los soldados de aquí y –ya sabes que siempre para todo hay lengua– le dijeron que mi hermano era rebelde. Ese día lo corretearon, por el camino antiguo a Oteapan. Le dispararon pero mi hermano también disparaba su máuser. Se le acabaron las balas y sacó su pistola. Ese señor Cevallos vino a buscar después a mí mamá para que le dijera dónde estaba su hijo; “no lo vamos a matar ni nada, vine a decirle que usted tiene un hijo revolucionario que los tiene en su lugar”, pues no les cesó de tirar a todos hasta que lo perdieron por San Pedro Mártir, ahí por Cosoleacaque, ahí se les perdió y no lo encontraron.

En Coscapan había un ingenio de azúcar, mucha gente vivía ahí y llegaban los rebeldes a visitarlas, a darse cuenta de cómo estaban, porque ellos estuvieron acampamentados allí. En Coscapan estaba la gente de Álvaro Alor y la gente que traía mi hermano. Fue allí cuando mi hermano se enteró de que Álvaro se había robado a mi madrina Aurelia, que era prima hermana de nosotros. Mi hermano se enojó mucho y en seguidita mandó a llamar a Álvaro: “¿Por qué había hecho eso? ¿Qué Álvaro no sabía que esa muchacha era su propia sobrina?. Tío Álvaro, le decía “qué no sabes que la esposa de Severo Mayo, doña Simona, es hermana con mi mamá”. Y el otro le contestó; –“Dámaso, Dámaso, no se lo que hice pues”–. Y Dámaso muy enojado le amenazó “pues lo vas a saber ahorita, voy a Chinameca y ahorita vengo”. Lo bueno es que vino a ver cómo estaba tía Simona, que como era de suponer estaba bien enojada, también mi tío Severo y todos aquí. Dámaso le dijo a mi madre que iba a matarlo, que iba a hacerle frente y mi mamá le dijo que no porque era su tío. Entonces Dámaso se paró y dijo: “lo mato, mamá, porque hizo esa cochinada, porque se llevó a mi prima”. También andaba por aquí un hijo de mi tía Simona que era revolucionario, el finado Carmen, a quien Dámaso le pidió por favor que fuera a ver a Álvaro, “dile que prepare a su gente que yo voy a preparar la mía”. Carmen fue a avisarle y Álvaro se dejó venir hasta acá: “No, Dámaso”-le decía -“no hagas cosa igual, me rindo a ti, aunque eres tú capitán y yo tu general, me rindo, pero no nos enfrentemos Dámaso, no vamos a hacer eso, toma otra cosa que tu digas y yo acepto, pero nada más no me quites la vida, dime ¿qué quieres?”. Mi hermano le reclamó: “Lo que quiero es matarte porque abusaste de confianza, eras mi general y ahora ya no te voy a respetar”. Mi tío Álvaro le respondió: “cómo tu digas Dámaso, pero nomás no nos vamos a quitar la vida, vamos a arreglarlo todo por las buenas, lo que tú digas yo lo acepto”. Dámaso le contestó: “pues ahorita vas a vestir de generala a Aurelia y en este momento mandas a traer todas sus cosas”.

A mi madrina Aurelia la vistieron de generala. La vestimenta era una carrillera cruzada en el pecho, pero todo eso bien dorado, su sombrero era gris, que le decían antes de fieltro, grande, de ladito, con su barbiquejo y de puras estrellas doradas y su vestido bien elegante y su buena pistolota acá (señalando la cintura), junto a otra carrillera. Luego salieron de aquí de Chinameca y se fueron hasta Puerto México (hoy Coatzacoalcos). Aquí agarraron el tren, porque los rebeldes también tenían su trenecito que era de Minatitlán. Ser generala era una distinción para las mujeres, ella caminaba en medio de mi tío y mi hermano en un caballo brioso que hasta bailaba bien bonito, como una adelita de esas elegantes de antes. Yo me acuerdo muy bien porque yo me fui con ella, viví con ellos. Tenía la tarea de cuidarla y allí estuve en Puerto México. Luego supe que a mi tío lo agarraron, le avisaron a mi madrina y junto con mi mamá y la difunta Tomasa Hernández nos venimos en el tren otra vez a Chinameca, pero cuando llegamos aquí nos dijeron que ya lo habían fusilado en Jáltipan.

Esa Tomasa Hernández me llevaba a Coscapan para acompañarla al ingenio porque a mí me gustaba mucho andar, yo tenía como nueve o diez años, me acuerdo que tenía miedo de pasar por un puente de hamaca para atravesar el río Huazuntlán y ella me cargaba a “pilonchi” y yo cerraba los ojos, tenía miedo, era muy miedosa.

El ingenio dejó de funcionar cuando mataron a los muchachos Hernández, hijos de doña Eligia; entonces don Julio Pérez, mi esposo, que era policía, lo mandaron a Coscapan a cobrar el predio, pero los dueños del ingenio lo estaban esperando con armas porque ya no querían pagar y uno de ellos le disparó pero no le pegó. Julio se agachó y se tiro por una escalera hasta el suelo y al que le decían “Chapulín”, de los hermanos Hernández, le pegó ese tiro en la mera frente y ahí mismo cayó muerto. Atrás iba su hermano y le dieron en la boca. Quedaron los dos hermanos tirados en el suelo. Volvieron a tirarle a la gente del ingenio y Julio ya pa’ esto iba abajo, huyendo. Mataron entonces a tres, a los hermanos y a un tío de ellos, hermano de doña Eligia. Ya en ese tiempo había acabado la guerra de los rebeldes, que demoró como tres años, cuando agarraron a Cástulo Pérez, que era compadre de mi tío Álvaro y este lo denunció. Lo fueron a sacar de Tacojalpan y se lo trajeron preso. Pero como decía Cástulo Pérez, que él primero muerto y después rendido pues cumplió su palabra, porque antes de llegar ahí por Coacotla, ya casi para llegar a Jáltipan, Cástulo pidió permiso para ir a hacer una “necesidad” y los soldados le dieron permiso. Pero creo que ellos no se dieron cuenta de que Cástulo traía una pistola guardada entre sus ropas y nomás cuando escucharon el tiro fueron a ver: se había matado y sí, lo trajeron a Jáltipan, pero ya muerto y lo fueron a enterrar a Puerto México.

Yo la verdad nunca supe de dónde era Cástulo Pérez, con quien vivía aquí; hasta tenía hijos con doña Felipa Heredia, ella le tuvo a Chole que le decían “Chole Pleito” y tuvo a Natalio y tuvo a Germán, esos tres hijos eran de Cástulo. Pero él tenía su mera esposa en Cosoleacaque que se llamaba Leona Torres. Cuando Cástulo se mató yo ya era grande, tenía como mis diez años y en ese curso de la guerra siempre había fandango, todos esos fandangos los tocaba don Leonardo con sus hijos y músicos de Cosoleacaque, íbamos a bailar hasta Tacojalpan, allá hacía fandangos Cástulo Pérez y allá íbamos a bailar con mi tía Nacha. Cástulo Pérez venía a Chinameca, pero directo a la iglesia, porque él era muy católico, le regalaba a la virgen buenos mantos que le traían de México, en esos momento la virgen usaba mantos, muchas cosas le regalaba a la Purísima. Él venía con toda su gente derechito a la iglesia en las fiestas de diciembre y aunque no fuera fiesta ellos venían, nomás cuidaban que no hubieran soldados. Las fiestas de diciembre, desde que yo nací, ya la celebraban y la celebraban también igual el 8 de Septiembre, día de la Natividad de María Santísima y el 31 de Mayo igual, eran tres fiestas que le celebraban a la Virgen de la Concepción, pero la fiesta más importante es la de diciembre, había música, huapango, fiesta muy elegante y con mayordomo. Eso sí, todos los santos tenían su mayordomo y venían de Chacalapa, de Oteapan y de Comején y donde quiera había huapango. San Juan Bautista también tenía sus mayordomos, eran Juan Martínez y mi suegro y cuando era el tiempo de San Juan, corrían carreras y amarraban una reata en los árboles y ahí colgaban patos, pollos o lo que fuera y pasaban los jinetes y les arrancaban la cabeza, todo eso se hacía antes en la calle que está atrás de la iglesia. Antes era fiesta grande la de San Juan, pero ahora ya no. 

A mí de repente no me gustaban mucho los sones de a cuatro porque se amotinaba la gente y eso me fastidiaba; a mi puro Zapateado, La Bamba, La Marcelina (El Colás), El Toro… y entraba y me gustaba bailar con puros señores grandes porque le pegaban bonito a la tarima, pero con el que más me gustaba bailar era con don Albino, ese bailaba duro y hacía brincar la tarima y eso a mi me gustaba mucho. Con ese hombre bailaba yo El Toro y cuando nos toreábamos, el hombre lazaba arriba con su paliacate y la mujer abajo y nos balanceábamos de allá y para acá con los pañuelos y si yo no traía pañuelo, con el vestido, pero yo era muy aprevenida, siempre cargaba dos pañuelos todo el tiempo. Ese Anselmo Trujillo ¡cómo bailaba bonito!, se estaba muriendo y todavía, cuando puso el palo encebado, me mandó a llamar porque quería lazar al toro, pero ya no pudo. Ese hombre era listo para bailar.

Mi mamá me compraba puras botitas de tacón para que yo bailara, porque se me acababan rápido los zapatos, lo bueno era que a mí me galeaban mucho, me daban bastante dinero esos zapateadores para que yo les bailara sus sombrerotes todos sucios y con eso me alcanzaba para comprarme mis zapatos y mi mamá me decía: “¡Ay hija!, un día me vas a llegar piojosa” y yo le decía: “creo me pica la cabeza de tanto ponerme esos sombreros” y Aciano Pérez, que era un revolucionario de aquí de Soteapan, venía y nos avisaba que iba a hacer un huapango, le dejaba dinero a mi mamá para que me comprara un vestido y mis hermanas se enojaban, la mayor siempre decía: “ya mi papá y mi mamá andan de alcahuetes con esa chamaca chismica, que nomás quiere andar en los bailes, ya parece grandota, ya ni nosotras” y mi papá le respondía: “¡ay hija!, que culpa tiene la chamaca si a ella le gusta, ustedes parecen como la caca del loro, ni huelen ni hieden” y más muina le daba a mis hermanas.

Ya cuando me casé, me fui a vivir con mi marido allá por La Victoria, porque el era mayoral y el me llevaba a los huapangos, nos iban a traer en canoa, nos íbamos por todo el río. Un día nos vinieron a buscar para un huapango y a la esposa de mi compadre Lamberto se le ocurre venirse en la madrugada y había mucho sereno y la canoa chocó con quien sabe que cosa y nos fuimos a pique, mero se ahogan mis hijos, ni más ganas me quedaron de seguir viviendo ahí y me fui viniendo otra vez a Chinameca porque me espanté mucho.

Ahora que se va a casar mi nieta, yo le digo que haga huapango, pa’ que se ponga buena la fiesta y a lo mejor me echo un versito, pero quién sabe, yo me sabía muchos versos de La Bamba y El Toro, pero ya se me olvidaron, ya estoy vieja…

Chinameca, Ver., 10 de noviembre de 1999. 


 

 

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Vidas afrodescendientes

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Vidas afrodescendientes

   una sección del micrositio 

    Memorias Afromexicanas

Gabriela Iturralde Nieto y  

Alvaro Alcántara López 

 


 En julio del 2025, el inah en colaboración con memórica, México Haz Memoria, lanzaron el micrositio Memorias Afromexicanas. Como una manera de contribuir a la difusión del conocimiento sobre el presente y pasado de las personas y comunidades afromexicanas reproducimos aquí unos fragmentos de la sección documental Vidas Afrodescendientes. Los invitamos a visitar este interesante proyecto de Humanidades Digitales: https://memoricamexico.gob.mx/es/memorica/Vidas_afrodescendientes


Los valiosos esfuerzos que desde hace décadas se vienen realizando a favor del reconocimiento de la herencia africana en México, nos impulsan en la tarea de dar a conocer una mayor diversidad de experiencias de vida, procedencias geográficas o adscripciones étnicas asociadas a los cientos de miles de personas esclavizadas que, de manera forzada, fueron traídas directamente desde África o desde otros puntos del continente americano, al actual territorio mexicano entre 1521 y 1835.

El país pluricultural y diverso que hoy es México debe mucho a la presencia y participación de esta población africana y afrodescendiente en la construcción de la sociedad mexicana. Debe tenerse presente que, tras su creación como país independiente, México se ha seguido nutriendo de distintas herencias africanas, tanto de aquellas que durante los siglos xix y xx encontraron aquí cobijo, como de aquellas presencias más recientes, asociadas a los flujos migratorios de la globalización contemporánea.

En lo que respecta al periodo colonial (1521-1821), las regiones de procedencia y embarque de estas africanas y africanos fueron cambiando conforme las potencias esclavistas europeas extendieron su control a distintos puntos del continente, estableciendo factorías y puertos desde los cuales embarcaron a las personas esclavizadas. Las personas africanas que llegaron al actual México durante los tres siglos del periodo colonial lo hicieron en su mayoría por la vía del océano Atlántico. Sin embargo, una porción significativa de esclavizados ingresó al actual México por la vía del Pacífico, a través de Acapulco y otros puertos de aquel litoral.

De Cabo Verde, Sao Tomé, Senegambia, las costas de Guinea, Nigeria, el Congo, Angola, Mozambique y otras regiones más, arribaron varones y mujeres con idiomas y prácticas culturales diversas: Wolofs, Zapes, Cazangas, Bañoles, Lucumís, Bran, Mandinga, Guineos, Congos, Matambas, Angolas, Cafres, Mozambiques y un sin número de personas más, vinculadas a otros grupos étnicos-lingüísticos. A lo largo y ancho del continente americano, muchos de estos etnónimos persisten en la memoria social de familias, barrios y comunidades, lo mismo como apellidos, nombres de lugares o expresiones de la vida cotidiana. México no es la excepción: las herencias africanas que aquí permanecen se encuentran a la vista y oídos de todos, aunque a veces no lo sepamos.

En esta exposición encontrarás documentos originales del periodo colonial novohispano en custodia del Archivo General de la Nación de México y de otros repositorios documentales del país, acompañados de sus respectivas transcripciones al español contemporáneo. Son textos breves que te permitirán acercarte a las historias de la diáspora africana y de las afrodescendencias en México, a partir de experiencias de vida particulares. Deseamos que estos recursos funcionen como rendijas de la memoria, por donde se filtren las voces intermitentes e irremediablemente indirectas de personas esclavizadas que vivieron en el México colonial.

En las transcripciones se han mantenido las denominaciones de calidad del archivo colonial (negro, mulato, pardo, lobo, zambo, entre otras); no obstante, en la presentación de los documentos es posible que dichas denominaciones no figuren. En cambio, en donde es posible recuperamos los etnónimos utilizados en la documentación, que identificaban a las personas por su procedencia geográfica (o zona de embarque), pertenencia lingüística o adscripción cultural (Jolofos, Congos, Cafre, Bran, Angola, Guineos, etc.). Con ello buscamos favorecer la construcción de narrativas que reconozcan y exploren las procedencias étnico-culturales y experiencias sociales diversas de las y los afrodescendientes. En los casos en los que no sea mencionada la procedencia puede explicarse porque: (1) el documento no lo consigna o, (2) porque la persona había nacido en Nueva España o en otras partes del continente americano (es el caso de términos como “mulato”, “pardo”, “lobo”, “zambo”).

Los documentos que integran esta exposición seguirán aumentando hasta incluir -eso esperamos- ejemplos de todos los rincones del país. Apostamos porque este esfuerzo colectivo de Humanidades Digitales fomente en nuestra sociedad un conocimiento más completo de las presencias y procedencias africanas del periodo colonial, del independiente y del México contemporáneo.

Confiamos que Vidas Afrodescendientes contribuirá a difundir la enorme riqueza de experiencias individuales y colectivas de la población africana en México, rindiendo un homenaje a su legado y memoria.

 


 

 

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20 ediciones de Las Perlas

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

20 ediciones de 

Las Perlas del Cristal

 


Presentamos una selección de imágenes publicadas en las primeras 20 ediciones de Las Perlas del Cristal pertenecientes a fotógrafas, fotógrafos y artistas plásticos que han colaborado generosamente con nuestra revista en los últimos 10 años. Recordamos a Carola Blasche y al joven Moisés Fuentes Chagala, ambos notables fotografos que lamentablemente ahora descansan en paz. Variados son los temas que se han abordado en Las Perlas del Cristal: músicos tradicionales, rituales, celebraciones, vida silvestre, laudería local, arquitectura vernácula, etc., principalmente sotaventinas pero también huastecas. 

Natse Nindú Rojas Zárate nos ha compartido relatos visuales registrados en Los Tuxtlas de gran valor, no solo estético, sino documental en Historia de un fandango y Del campo son. Un breve acercamiento, (LMR n. o y 11) . 

Fotografías que podemos considerar históricas e invaluables son las que componen las entregas de Deborah Small, “Retratos Tuxtecos” i y ii, (LMR n. 1 y 7). 

Carola Blasche (+), nos deja recuerdos entrañables de Tacho Utrera y de la vida en El Hato en “Tacho, laudero” y “El Hato Santiago Tuxtla” (LMR n. 2 y 14).

Sergio Alberto Vázquez Rodríguez nos presenta retratos íntimos e imágenes de un huapango sureño en “Un portafolio fotográfico del sur de Veracruz” (LMR n. 3). 

Ya huele a líceres” (LMR n. 4) del Colectivo Tecalli (Johanna Acevedo, Flor y Karla Martínez, Dolores Medel y Marco de la Cruz), nos ofrecen una muestra del taller de iniciación a la fotografía documental realizado en 2018 durante la celebración tradicional de Los Líceres en Santiago Tuxtla.

Mario Cruz Terán nos acerca a los campesinos azucareros y al duro trabajo en el campo veracruzano en Azúcar del Sotavento (LMR n. 5)

En La techumbre vernácula en Sotavento (LMR n. 6) se incluyen fotografías de Mariana Yampolsky, principalmente, así como de otros fotógrafos.

Mario Alberto Hernández, excelente fotógrafo, nos comparte un reportaje visual en Ramas, aguinaldos, pascuas y justicias; La Navidad en Santiago Tuxtla, (LMR n. 8).

Un acercamiento a los músicos de la región piñera del municipio de Isla es el que nos entrega Claudio Alonso Martínez Sánchez en Los músicos de “Son jarocho con sabor a piña”, (LMR n. 9).

En Tlacotalpan: retrato y paisaje, (LMR n. 10), Javier Manzola nos presenta una colección de excelentes imágenes, algunas entrañables, de los últimos años de las Fiestas de La Candelaria de Tlacotalpan.   

Una retrospectiva del sobresaliente trabajo fotográfico de Moisés Fuentes Chagala (+) se presentó tras su inesperada muerte, como Una primera retrospectiva, (LMR n. 12).

Un portafolio fotográfico del Puerto de Veracruz, (LMR n. 13) de Manuel Polgar Salcedo, conjuntó excelentes imágenes de la vida en el Puerto.

El extraordinario Carlos Hernández Dávila nos presenta una muestra de las tradiciones huastecas en Tejiendo Luz en la Huasteca (LMR n. 15).

Recuerdo de los fandangos de Luz de Noche 2024 (LMR n. 16) de Francisco García Ranz, con imágenes de los fandangos realizados en ese conocido y celebre lugar en Tlacotalpan.

Felipe Oliveros Rodríguez en El Encanto (LMR n. 17), nos muestra una visión personal de los rituales y vida cotidiana de la región de Los Tuxtlas.

Magníficas Postales de Santiago Tuxtla (LMR n. 18) son las que nos presenta Federico Campos Herrera.   

Teresa Irene Barrera, Pintora de Barrio, (LMR n. 19), nos comparte pinturas de músicos campesinos, instrumentos musicales, milagros e imaginación cotidiana de diferentes reinos.

Los Editores


 

 

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De amores y extrañamientos

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

De amores y extrañamientos

 


El chagane es un árbol de la selva tuxteca, una madera oscura muy apreciada de una tonalidad única, de sus vetas pareciera que surgen escalas y tonos. Tiene una fragancia muy particular que nos remite a un espacio mágico cuyo camino se entreteje entre esos arroyos pedregosos que vienen bajando de la montaña y que llegan hasta el mar, manantiales que brotan de piedras y enredaderas, para luego volver convertidos en sereno, un ciclo melódico adentro del corazón del trópico húmedo. El chagane es una madera que en los últimos años se ha utilizado para la fabricación de jaranas y guitarras de son, es aquella tabla consistente que se utiliza para el diapasón, el puente y las clavijas, es la madera que tiene más contacto con la mano humana, con la creatividad, con la música y con nuestra cultura.

Para mí es un honor estar esta noche aquí frente a ustedes compartiéndoles mi apreciación sobre esta maravilla que estamos apunto de escuchar, una música que huele a nuevo, pero que tiene una raíz profunda y llena de historia. Primero que nada quiero agradecerles a mis amigos el honor que me hacen al permitirme compartir estos pensamientos con ustedes y presentar “De amores y extrañamientos”, su primer producción discográfica, lo hago con mucho respeto y admiración por ellos a quienes considero parte de mi familia.

Una grabación es un documento sonoro que constituye un testimonio de una época, un terrritorio y de la interacción un humana, es una herramienta de la memoria, una forma de hacer que algo perdure y que además pueda seguir generando sensaciones a la escucha. Si bien los sistemas de distribución musical han cambiado y el formato del disco suena un poco obsoleto para las nuevas generaciones, este material de 9 sones cuenta con una constitución muy bien organizada, diría yo un balance perfecto entre la sonoridad clásica del son jarocho y una propuesta moderna que se desarrolla entre el contrapunto instrumental de este fabuloso trio. Esta documento sonoro fue realizado por Sábana Récords, una compañía itinerante del sur de Veracruz que viene abriendo espacios para realizar grabaciones profesionales en nuestra zona donde antes era casi imposible, las máquinas fueron operadas por Augusto Cuellar Galmich y Edson Falcón y el material capturado fue mezclado en Xalapa por Helio Martín del Campo.

Son de Chagane es un conjunto que nace en medio de las ramas de 2018 aquí en Santiago Tuxtla sus integrantes son Pedro Muñoz Sanchez, jarana tercera, Rodrigo Oliveros Valentin guitarra de son y Jair Diez Machucho en la leona un formato único en su tipo, con una capacidad musical extraordinaria, basada en la los aires de la tradición pero con mucha propuesta y recursos actuales que hacen en su música muy enraizada pero al mismo tiempo muy original.

Si bien el formato de trio en el son jarocho no es muy común en nuestros días, lo fue hasta hace algunas décadas del siglo pasado, podemos recordar algunos conjuntos que sonaron en rancherías y huapangos allá por los años ochentas como Los Cazarín, el trío de Don Pedro Gil, el del afamado Esteban Utrera o el conjunto Flor De Caña de Las Pitas de Don Neftalí Rodríguez (“Aquellos trios rancheros de los años 1980”, La Manta y la Raya, marzo 2023, núm. 14).

De amores y extrañamientos es un disco que fue grabado en en distintos espacios de nuestro pueblo, fue realizado de manera artesanal, por eso tiene un sonido especial, muy de aquí diría yo, este fonograma es resultado del encuentro de tres personas a que se han conocido en los caminos del son, en los huapangos y celebraciones y que de ahí han decido conjuntar su creatividad para constituir esta compilación de 9 sones de los cuales 8 de ellos tienen una raíz muy profunda y les acompaña una composición denominada “El tren” autoría de Pedro Muñoz Sánchez que aunque nueva nos remite a tiempos que hasta hace no mucho eran lugares comunes en las conversaciones de nuestra region y ahora son recuerdos casi perdidos en nuestra memoria. Si bien la narrativa que escuchamos en sones como El Perro, Los Pollos y La Indita por mencionar algunos de los sones que con contiene esta grabación están llenos de figuras clásicas en nuestro mundo sonero, también se distingue la necesidad de plantear nuevas narrativas, figuras actuales que resultan necesarias que logran transmitir sentimientos, eso es algo que mantiene con vida y renovadas las bases de nuestra musica, lo que la actualiza.

Nuestra cultura musical está viviendo una transición importante, desarrollándose en un tiempo muy abrupto lleno de contrastes y de un futuro incierto, sin embargo la música nos ha generado una oportunidad de encontrarnos y construir redes que nos ayudan a sortear estos momentos. La importancia de una grabación como la de amores y extrañamientos desde donde yo lo veo reside por su puesto que en el talento y la creatividad de sus creadores, pero también en la capacidad de compartir emociones tan profundas de una forma tan dinámica y cercana a nuestras raíces, como se apropian de estas antiguas melodías y las insertan en estos días, pasando a la historia y construyendo un puente entre lo de antes y lo de ahora. muchas felicidades y que este material sea el primero de muchos. Larga vida a Son de Chagane.

Joel Cruz Castellanos


 

 

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LEGADO Orquesta Tradicional  Moscovita

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Orquesta Tradicional

Moscovita

LEGADO

 

Universidad Veracruzana 2025


El legado de una institución musical como la Orquesta Tradicional Moscovita de la Universidad Veracruzana es múltiple y, como era de esperarse, un concierto a muchas voces en que la polifonía se remonta cuando menos a 1928 cuando un Pedro Domínguez, todavía adolescente, fue testigo junto con otros jóvenes de Puerto. de Veracruz de la llegada del Son Cuba de Marianao y con ello el inicio de un Veracruz rumbero que hasta la fecha sigue vigente. Pedro Domínguez Castillo, que adquiriría en esos años el sobrenombre de Moscovita, se convirtió en parte de una escena afroantillana muy rica, primero desde la capital de la república y después a su regreso a su puerto natal hacia finales de los años setenta. Ya asentado en Veracruz Moscovita lograría dar un nuevo brío a su trayectoria al entrar a formar parte de la Universidad Veracruzana a partir de 1980 y fundar la Orquesta Tradicional Moscovita que con el  auspicio de nuestra máxima casa de estudios se ha caracterizado en fomentar y difundir esa parte de la identidad de Veracruz que nos ha unido históricamente con el Caribe y que abarca una gran cantidad de géneros musicales, como el danzón, el son, el mambo y el chachachá hasta la salsa contemporánea. La Moscovita ha sabido navegar por esas aguas manteniéndose fiel a la herencia afroantillana que representan, pero también apuntando hacia el futuro añadiendo creatividad a su legado.

Rafael Figueroa Hernández


 

 

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