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Experiencias de viva voz

El fandango de los rebeldes

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

El fandango de los rebeldes *

Entrevista con la bailadora Paulina Jáuregui Alor

Benito Cortés Padua

  * Texto  publicado en la revista Son del Sur, núm. 9, 2009.

 

Arturo Talavera

Nací el 22 de junio de 1909, mi papá se llamaba Julio Jáuregui Fernández y mi mamá Nazaria Alor Guillén. Tuve quince hermanos los cuales todos ya han fallecido, mi hermana la mayor murió a la edad de 105 años. Yo sí tuve estudio. En aquellos tiempos nada mas daban tres años de estudio; primero, segundo y tercero nada más. Y al tercer año cualquiera podía ser profesor y ya no había más estudio.

Yo fui alegre todo el tiempo. Desde los seis años aprendí a bailar huapango, ¡Cómo me gustaba!… y andar con las ramas, hacer mi nacimiento. Había un señor llamado Francisco Fernández que me arreglaba el lugar donde hacía mi nacimiento. Luego iba a buscar a los jaraneros para que hubiera huapango y la música, que en aquel tiempo eran don Ángel Primo y la “Pior es nada”, que así le decían a la otra banda, que era la de los Morales. Esas dos bandas eran de música de viento. Y aquí los jaraneros eran toda la familia Alfonso: Leonardo Alfonso con todos sus hijos: Pedro, Lidio, Cirino y Nicéforo, también don Daniel Padua, Mauro Mayo, Pedro Basulto, todos eran jaraneros y bailadores de huapango. Mí tía Nacha, que era esposa de tío Leonardo, le gustaba cantar. A mi tío nunca lo vi bailar pero mi tía Nacha era mera huapanguera y todas sus hijas: Adela mí cuñada, Adelaida y Luisa que se casó con Juan Zúñiga, a todas ellas también les gustaba bailar huapango.

Los fandangos se hacían en las casas y en el parque, que era solamente un quiosquito y ahí enfrente llevaban una tarima, esa misma tarima que la llevaban donde quiera. Y si no, en cualquier puerta, pero nosotros bailábamos. Para ir a fandanguear me tenían que llevar mis papás porque había unos soldados que les llamaban “los zapadores”, que eran unos sombrerudos y estaban al servicio de los rebeldes y, ahí donde está el Palacio viejo era el cuartel y enfrente hacían los fandangos. En el cuartel habían soldados que estaban resguardando el pueblo, porque ya estaba la guerra con los rebeldes revolucionarios, por eso resguardaban aquí. Los rebeldes que entraron aquí fueron Cástulo Pérez y Álvaro Alor, mi tío. Ellos tenían su campamento en Tacojalpan que está aquí por Minatitlán, del otro lado del río, ahí tenían su campamento. Cuando venían avisaban que iban a tomar el Palacio aquí en Chinameca y entraban a tirotear con los zapadores, esos que te digo; eran tiempos en que ya había pasado el tiempo de Zapata, que a ese yo no lo conocí, a Porfirio Díaz tampoco, yo estaba muy chica. Cástulo Pérez llegó como en 1916, porque yo tenía como seis años cuando empezaban a venir los rebeldes.

Cuando llegaban los rebeldes todos salían huyendo, toda la gente se iba a huir y el que tenía dinero corría a los barrancos y llenaba los barrancos de dinero, como don Chico Fernández, Donaciano Fernández. Ese barranco que está por casa de Lencho lo llenaban de puros costalitos de dinero, todo lo llevaban pa’ que no se lo robaran los rebeldes, ahí echaban el dinero al barranco, lo iban a tirar. Entonces la gente nos íbamos de huida, mi mamá nos llevaba a un barranco que está para allá (señalando el horizonte), ahí llevaba las camas y hacía comida, pero después mi hermano se fue de revolucionario y ya no teníamos miedo porque los rebeldes llegaban a la casa y mi mamá les daba de comer. A ella le pagaban por hacerles de comer. Nos avisaban cuando iban a venir para que mi mamá les matara un cochino porque querían longaniza, chicharrones, carne, tamales.

Yo todavía era chamaca, pero no faltaba gente del barrio que ayudara a mi mamá: unas hijas de don Pedro Céspedes, una tal Simona Luría y otra era Arcadia Luría, que la asistían, echaban tortilla, echaban bastante tortillas y mí mamá llevaba la comida al chicozapote, por donde vivía don Jorge Castellanos. Esos terrenos eran de don Federico Trujillo, era una sabaneta en donde no habían casas, y ahí estaban todos los rebeldes, ahí les llevaban la comida. Yo iba con mi mamá y mis hermanas para repartirles de comer y luego ya le pagaban a mi mamá. La guerra demoró bastante, porque arreglado que cuando mi hermano Dámaso se fue a la guerra tenía 14 años y cuando regresó ya era todo un hombre. La guerra terminó cuando agarraron a mi tío Álvaro Alor en primer lugar, a ese lo agarraron cuando iba a Cosoleacaque, quién sabe por dónde lo agarraron, no supe cuando lo agarraron y se lo llevaron prisionero… ese Álvaro Alor se robó a la finada Aurelia Mayo de catorce años, que después fue mi madrina. Ese mismo día que se llevaron a mi madrina Aurelia, se robaron a la hija de la hermana de Toribia Alor, que se llamaba Eutimia, a las dos se las llevaron. Las robaban porque a los rebeldes les gustaban esas muchachas y se las robaron de adentro de su casa, se las llevaron a Coscapan. Eso me contaba mi hermano Dámaso, que llegó a ser capitán de los rebeldes, pues él veía todo lo que hacían sus compañeros. Mi hermano no tenía miedo cuando venía a ver a mi mamá, aunque allí en la estación de ferrocarril donde estaba el tanque de agua había soldados y él venía solo a caballo. Pero un día, cuando mi hermano llegaba, estaba ahí un mentado Cevallos, que era el jefe de los soldados de aquí y –ya sabes que siempre para todo hay lengua– le dijeron que mi hermano era rebelde. Ese día lo corretearon, por el camino antiguo a Oteapan. Le dispararon pero mi hermano también disparaba su máuser. Se le acabaron las balas y sacó su pistola. Ese señor Cevallos vino a buscar después a mí mamá para que le dijera dónde estaba su hijo; “no lo vamos a matar ni nada, vine a decirle que usted tiene un hijo revolucionario que los tiene en su lugar”, pues no les cesó de tirar a todos hasta que lo perdieron por San Pedro Mártir, ahí por Cosoleacaque, ahí se les perdió y no lo encontraron.

En Coscapan había un ingenio de azúcar, mucha gente vivía ahí y llegaban los rebeldes a visitarlas, a darse cuenta de cómo estaban, porque ellos estuvieron acampamentados allí. En Coscapan estaba la gente de Álvaro Alor y la gente que traía mi hermano. Fue allí cuando mi hermano se enteró de que Álvaro se había robado a mi madrina Aurelia, que era prima hermana de nosotros. Mi hermano se enojó mucho y en seguidita mandó a llamar a Álvaro: “¿Por qué había hecho eso? ¿Qué Álvaro no sabía que esa muchacha era su propia sobrina?. Tío Álvaro, le decía “qué no sabes que la esposa de Severo Mayo, doña Simona, es hermana con mi mamá”. Y el otro le contestó; –“Dámaso, Dámaso, no se lo que hice pues”–. Y Dámaso muy enojado le amenazó “pues lo vas a saber ahorita, voy a Chinameca y ahorita vengo”. Lo bueno es que vino a ver cómo estaba tía Simona, que como era de suponer estaba bien enojada, también mi tío Severo y todos aquí. Dámaso le dijo a mi madre que iba a matarlo, que iba a hacerle frente y mi mamá le dijo que no porque era su tío. Entonces Dámaso se paró y dijo: “lo mato, mamá, porque hizo esa cochinada, porque se llevó a mi prima”. También andaba por aquí un hijo de mi tía Simona que era revolucionario, el finado Carmen, a quien Dámaso le pidió por favor que fuera a ver a Álvaro, “dile que prepare a su gente que yo voy a preparar la mía”. Carmen fue a avisarle y Álvaro se dejó venir hasta acá: “No, Dámaso”-le decía -“no hagas cosa igual, me rindo a ti, aunque eres tú capitán y yo tu general, me rindo, pero no nos enfrentemos Dámaso, no vamos a hacer eso, toma otra cosa que tu digas y yo acepto, pero nada más no me quites la vida, dime ¿qué quieres?”. Mi hermano le reclamó: “Lo que quiero es matarte porque abusaste de confianza, eras mi general y ahora ya no te voy a respetar”. Mi tío Álvaro le respondió: “cómo tu digas Dámaso, pero nomás no nos vamos a quitar la vida, vamos a arreglarlo todo por las buenas, lo que tú digas yo lo acepto”. Dámaso le contestó: “pues ahorita vas a vestir de generala a Aurelia y en este momento mandas a traer todas sus cosas”.

A mi madrina Aurelia la vistieron de generala. La vestimenta era una carrillera cruzada en el pecho, pero todo eso bien dorado, su sombrero era gris, que le decían antes de fieltro, grande, de ladito, con su barbiquejo y de puras estrellas doradas y su vestido bien elegante y su buena pistolota acá (señalando la cintura), junto a otra carrillera. Luego salieron de aquí de Chinameca y se fueron hasta Puerto México (hoy Coatzacoalcos). Aquí agarraron el tren, porque los rebeldes también tenían su trenecito que era de Minatitlán. Ser generala era una distinción para las mujeres, ella caminaba en medio de mi tío y mi hermano en un caballo brioso que hasta bailaba bien bonito, como una adelita de esas elegantes de antes. Yo me acuerdo muy bien porque yo me fui con ella, viví con ellos. Tenía la tarea de cuidarla y allí estuve en Puerto México. Luego supe que a mi tío lo agarraron, le avisaron a mi madrina y junto con mi mamá y la difunta Tomasa Hernández nos venimos en el tren otra vez a Chinameca, pero cuando llegamos aquí nos dijeron que ya lo habían fusilado en Jáltipan.

Esa Tomasa Hernández me llevaba a Coscapan para acompañarla al ingenio porque a mí me gustaba mucho andar, yo tenía como nueve o diez años, me acuerdo que tenía miedo de pasar por un puente de hamaca para atravesar el río Huazuntlán y ella me cargaba a “pilonchi” y yo cerraba los ojos, tenía miedo, era muy miedosa.

El ingenio dejó de funcionar cuando mataron a los muchachos Hernández, hijos de doña Eligia; entonces don Julio Pérez, mi esposo, que era policía, lo mandaron a Coscapan a cobrar el predio, pero los dueños del ingenio lo estaban esperando con armas porque ya no querían pagar y uno de ellos le disparó pero no le pegó. Julio se agachó y se tiro por una escalera hasta el suelo y al que le decían “Chapulín”, de los hermanos Hernández, le pegó ese tiro en la mera frente y ahí mismo cayó muerto. Atrás iba su hermano y le dieron en la boca. Quedaron los dos hermanos tirados en el suelo. Volvieron a tirarle a la gente del ingenio y Julio ya pa’ esto iba abajo, huyendo. Mataron entonces a tres, a los hermanos y a un tío de ellos, hermano de doña Eligia. Ya en ese tiempo había acabado la guerra de los rebeldes, que demoró como tres años, cuando agarraron a Cástulo Pérez, que era compadre de mi tío Álvaro y este lo denunció. Lo fueron a sacar de Tacojalpan y se lo trajeron preso. Pero como decía Cástulo Pérez, que él primero muerto y después rendido pues cumplió su palabra, porque antes de llegar ahí por Coacotla, ya casi para llegar a Jáltipan, Cástulo pidió permiso para ir a hacer una “necesidad” y los soldados le dieron permiso. Pero creo que ellos no se dieron cuenta de que Cástulo traía una pistola guardada entre sus ropas y nomás cuando escucharon el tiro fueron a ver: se había matado y sí, lo trajeron a Jáltipan, pero ya muerto y lo fueron a enterrar a Puerto México.

Yo la verdad nunca supe de dónde era Cástulo Pérez, con quien vivía aquí; hasta tenía hijos con doña Felipa Heredia, ella le tuvo a Chole que le decían “Chole Pleito” y tuvo a Natalio y tuvo a Germán, esos tres hijos eran de Cástulo. Pero él tenía su mera esposa en Cosoleacaque que se llamaba Leona Torres. Cuando Cástulo se mató yo ya era grande, tenía como mis diez años y en ese curso de la guerra siempre había fandango, todos esos fandangos los tocaba don Leonardo con sus hijos y músicos de Cosoleacaque, íbamos a bailar hasta Tacojalpan, allá hacía fandangos Cástulo Pérez y allá íbamos a bailar con mi tía Nacha. Cástulo Pérez venía a Chinameca, pero directo a la iglesia, porque él era muy católico, le regalaba a la virgen buenos mantos que le traían de México, en esos momento la virgen usaba mantos, muchas cosas le regalaba a la Purísima. Él venía con toda su gente derechito a la iglesia en las fiestas de diciembre y aunque no fuera fiesta ellos venían, nomás cuidaban que no hubieran soldados. Las fiestas de diciembre, desde que yo nací, ya la celebraban y la celebraban también igual el 8 de Septiembre, día de la Natividad de María Santísima y el 31 de Mayo igual, eran tres fiestas que le celebraban a la Virgen de la Concepción, pero la fiesta más importante es la de diciembre, había música, huapango, fiesta muy elegante y con mayordomo. Eso sí, todos los santos tenían su mayordomo y venían de Chacalapa, de Oteapan y de Comején y donde quiera había huapango. San Juan Bautista también tenía sus mayordomos, eran Juan Martínez y mi suegro y cuando era el tiempo de San Juan, corrían carreras y amarraban una reata en los árboles y ahí colgaban patos, pollos o lo que fuera y pasaban los jinetes y les arrancaban la cabeza, todo eso se hacía antes en la calle que está atrás de la iglesia. Antes era fiesta grande la de San Juan, pero ahora ya no. 

A mí de repente no me gustaban mucho los sones de a cuatro porque se amotinaba la gente y eso me fastidiaba; a mi puro Zapateado, La Bamba, La Marcelina (El Colás), El Toro… y entraba y me gustaba bailar con puros señores grandes porque le pegaban bonito a la tarima, pero con el que más me gustaba bailar era con don Albino, ese bailaba duro y hacía brincar la tarima y eso a mi me gustaba mucho. Con ese hombre bailaba yo El Toro y cuando nos toreábamos, el hombre lazaba arriba con su paliacate y la mujer abajo y nos balanceábamos de allá y para acá con los pañuelos y si yo no traía pañuelo, con el vestido, pero yo era muy aprevenida, siempre cargaba dos pañuelos todo el tiempo. Ese Anselmo Trujillo ¡cómo bailaba bonito!, se estaba muriendo y todavía, cuando puso el palo encebado, me mandó a llamar porque quería lazar al toro, pero ya no pudo. Ese hombre era listo para bailar.

Mi mamá me compraba puras botitas de tacón para que yo bailara, porque se me acababan rápido los zapatos, lo bueno era que a mí me galeaban mucho, me daban bastante dinero esos zapateadores para que yo les bailara sus sombrerotes todos sucios y con eso me alcanzaba para comprarme mis zapatos y mi mamá me decía: “¡Ay hija!, un día me vas a llegar piojosa” y yo le decía: “creo me pica la cabeza de tanto ponerme esos sombreros” y Aciano Pérez, que era un revolucionario de aquí de Soteapan, venía y nos avisaba que iba a hacer un huapango, le dejaba dinero a mi mamá para que me comprara un vestido y mis hermanas se enojaban, la mayor siempre decía: “ya mi papá y mi mamá andan de alcahuetes con esa chamaca chismica, que nomás quiere andar en los bailes, ya parece grandota, ya ni nosotras” y mi papá le respondía: “¡ay hija!, que culpa tiene la chamaca si a ella le gusta, ustedes parecen como la caca del loro, ni huelen ni hieden” y más muina le daba a mis hermanas.

Ya cuando me casé, me fui a vivir con mi marido allá por La Victoria, porque el era mayoral y el me llevaba a los huapangos, nos iban a traer en canoa, nos íbamos por todo el río. Un día nos vinieron a buscar para un huapango y a la esposa de mi compadre Lamberto se le ocurre venirse en la madrugada y había mucho sereno y la canoa chocó con quien sabe que cosa y nos fuimos a pique, mero se ahogan mis hijos, ni más ganas me quedaron de seguir viviendo ahí y me fui viniendo otra vez a Chinameca porque me espanté mucho.

Ahora que se va a casar mi nieta, yo le digo que haga huapango, pa’ que se ponga buena la fiesta y a lo mejor me echo un versito, pero quién sabe, yo me sabía muchos versos de La Bamba y El Toro, pero ya se me olvidaron, ya estoy vieja…

Chinameca, Ver., 10 de noviembre de 1999. 


 

 

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Vidas afrodescendientes

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

Vidas afrodescendientes

   una sección del micrositio 

    Memorias Afromexicanas

Gabriela Iturralde Nieto y  

Alvaro Alcántara López 

 


 En julio del 2025, el inah en colaboración con memórica, México Haz Memoria, lanzaron el micrositio Memorias Afromexicanas. Como una manera de contribuir a la difusión del conocimiento sobre el presente y pasado de las personas y comunidades afromexicanas reproducimos aquí unos fragmentos de la sección documental Vidas Afrodescendientes. Los invitamos a visitar este interesante proyecto de Humanidades Digitales: https://memoricamexico.gob.mx/es/memorica/Vidas_afrodescendientes


Los valiosos esfuerzos que desde hace décadas se vienen realizando a favor del reconocimiento de la herencia africana en México, nos impulsan en la tarea de dar a conocer una mayor diversidad de experiencias de vida, procedencias geográficas o adscripciones étnicas asociadas a los cientos de miles de personas esclavizadas que, de manera forzada, fueron traídas directamente desde África o desde otros puntos del continente americano, al actual territorio mexicano entre 1521 y 1835.

El país pluricultural y diverso que hoy es México debe mucho a la presencia y participación de esta población africana y afrodescendiente en la construcción de la sociedad mexicana. Debe tenerse presente que, tras su creación como país independiente, México se ha seguido nutriendo de distintas herencias africanas, tanto de aquellas que durante los siglos xix y xx encontraron aquí cobijo, como de aquellas presencias más recientes, asociadas a los flujos migratorios de la globalización contemporánea.

En lo que respecta al periodo colonial (1521-1821), las regiones de procedencia y embarque de estas africanas y africanos fueron cambiando conforme las potencias esclavistas europeas extendieron su control a distintos puntos del continente, estableciendo factorías y puertos desde los cuales embarcaron a las personas esclavizadas. Las personas africanas que llegaron al actual México durante los tres siglos del periodo colonial lo hicieron en su mayoría por la vía del océano Atlántico. Sin embargo, una porción significativa de esclavizados ingresó al actual México por la vía del Pacífico, a través de Acapulco y otros puertos de aquel litoral.

De Cabo Verde, Sao Tomé, Senegambia, las costas de Guinea, Nigeria, el Congo, Angola, Mozambique y otras regiones más, arribaron varones y mujeres con idiomas y prácticas culturales diversas: Wolofs, Zapes, Cazangas, Bañoles, Lucumís, Bran, Mandinga, Guineos, Congos, Matambas, Angolas, Cafres, Mozambiques y un sin número de personas más, vinculadas a otros grupos étnicos-lingüísticos. A lo largo y ancho del continente americano, muchos de estos etnónimos persisten en la memoria social de familias, barrios y comunidades, lo mismo como apellidos, nombres de lugares o expresiones de la vida cotidiana. México no es la excepción: las herencias africanas que aquí permanecen se encuentran a la vista y oídos de todos, aunque a veces no lo sepamos.

En esta exposición encontrarás documentos originales del periodo colonial novohispano en custodia del Archivo General de la Nación de México y de otros repositorios documentales del país, acompañados de sus respectivas transcripciones al español contemporáneo. Son textos breves que te permitirán acercarte a las historias de la diáspora africana y de las afrodescendencias en México, a partir de experiencias de vida particulares. Deseamos que estos recursos funcionen como rendijas de la memoria, por donde se filtren las voces intermitentes e irremediablemente indirectas de personas esclavizadas que vivieron en el México colonial.

En las transcripciones se han mantenido las denominaciones de calidad del archivo colonial (negro, mulato, pardo, lobo, zambo, entre otras); no obstante, en la presentación de los documentos es posible que dichas denominaciones no figuren. En cambio, en donde es posible recuperamos los etnónimos utilizados en la documentación, que identificaban a las personas por su procedencia geográfica (o zona de embarque), pertenencia lingüística o adscripción cultural (Jolofos, Congos, Cafre, Bran, Angola, Guineos, etc.). Con ello buscamos favorecer la construcción de narrativas que reconozcan y exploren las procedencias étnico-culturales y experiencias sociales diversas de las y los afrodescendientes. En los casos en los que no sea mencionada la procedencia puede explicarse porque: (1) el documento no lo consigna o, (2) porque la persona había nacido en Nueva España o en otras partes del continente americano (es el caso de términos como “mulato”, “pardo”, “lobo”, “zambo”).

Los documentos que integran esta exposición seguirán aumentando hasta incluir -eso esperamos- ejemplos de todos los rincones del país. Apostamos porque este esfuerzo colectivo de Humanidades Digitales fomente en nuestra sociedad un conocimiento más completo de las presencias y procedencias africanas del periodo colonial, del independiente y del México contemporáneo.

Confiamos que Vidas Afrodescendientes contribuirá a difundir la enorme riqueza de experiencias individuales y colectivas de la población africana en México, rindiendo un homenaje a su legado y memoria.

 


 

 

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De heredar un oficio

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

De heredar un oficio

Wendy Cao Romero

Esteban Utrera Lucho –Utrera, para la familia– aprendió el oficio de hacer casas, de su papá Esteban Utrera Nolasco, allá por 1930. En ese entonces, el monte ofrecía árboles enormes de cedro, laurel, roble, dagame y, también, palmas de yagüa, palmas reales y palmas de marrachao, altísimas, recias pues, para sacar el ajuar de una casa.

El Ajuar

Utrera se iba al monte con Camerino y Tacho para labrar todo lo necesario para el ajuar de una casa. Llevaban las hachas bien afiladas y envueltas en un trapito que doña Reyna les daba. Los machetes, su tecomate de agua y su lonche.

La salida era muy tempranito, con la luna menguante en pleno o, al menos, antes de que hiciera el cinco la luna. Primero escogían la palma de marrachao. La derribaban y una vez abajo, la perfilaban con el hacha y le sacaban 4 vigas, luego otra palma para los pies de tijera. Una vez labrado todo el ajuar, se acarreaba a caballo a donde se iba a plantar la casa. El sardinel o cimiento también había que conseguirlo, se ocupaba palma real, de marrachao o algún árbol derecho.

Al otro día había que ir por 80 cañas de otate que son las que se usan para tapijoles, contravientos, zopiloteras, redondos y para las agujas. Los postes, de corazón de cocuite, moral, javí o palo tinta, quizás ya los tenían previamente apalabrados. Ahora se usa colar con concreto los 8 postes que lleva una casa de 12 varas. 

Al tercer día, había que cortar también las pencas de palma necesarias para la techa, además de otras pencas para sacar el palmiche (centro rígido de la palma) y cercar. Si era posible, el cercado se hacía de palma de yagüa que es más ancha y cubre mayor superficie y que, además, garantizaba al menos un siglo de duración, pero ahora 10 palmas de yagüa ya no se encuentran.

Quizás la cerca sería de madera de nacaxtle, jobo, mango o pepetaca y entonces la cuadrilla Utrera se iba al monte con la sardina, (serrote largo para aserrar un árbol completo), lima de media caña para afilar la sardina, machete, el tecomate de agua; y siempre iba Román Cobos “Tío Rumba”, que era el compañero de Utrera, también conocido como Chao.

La Jaula

Lo primero que hacía Utrera era orientar la casa con el norte siempre a la retaguardia, o sea en la culata, después a marcar los hoyos para clavar los 8 postes. La medida la sacaba con una cuerda torcida calculando doce varas, la doblaba en 3 y salían 4 partes iguales y en cada doblez, le ponía un palito a manera de marca, luego eso lo ponían sobre la tierra y en cada marca iría clavado un poste. Se enterraban los postes, que no siempre eran derechos, y les labraban la oreja o taburete (muesca para que entrara la viga); luego  aseguraban los largueros con alambres, enseguida subían los 4 travesaños, uno arriba de cada poste. Más adelante se ponían los lagartos para darle fuerza a los travesaños.

A la par, otras gentes estaban armando los pies de tijera, ya con sus respectivos abalcones, para subirlos con cuerdas y montarlos en cada poste sobre los largueros. Entre cuatro sujetaban firmemente para cada lado y que la A no quedara ladeada. Con los 4 pies de tijera nivelados, se colocaban los contravientos (cañas para darle rigidez a la jaula) luego se clava la zopilotera (cañas rectas y largas) que va hasta la cumbre, donde irá el caballete. Luego, las cintas a la mitad y a lo largo del techo. Una vez teniendo eso, se pone el redondo, que es una estructura hecha con cañas, a todo el perímetro de la casa donde van los tapijoles.

¡Viene el primer tapijoleeee! Empiezan a subir los primeros, los de las esquinas. Se amarran un poquito más abajo del redondo y en las esquinas para adentro. Utrera pasaba un palmiche de la medida de una vara y se colocaba otro tapijole para clavar cada uno en el redondo de la cinta y zopilotera. Se hacía el primer techo, de ahí se iban el segundo, luego a la culata del norte y, por último, la del sur. Al final, se cortan las puntas sobrantes, se revisaban los cruces de algunas cañas y se afianzaban con amarres de bejuco de lía, bejuco blanco o ixtle.

Utrera siempre era el director de la obra, también llamado puntero. Sus hijos y los hombres de la comunidad daban forma a la jaula.  Las mujeres estaban siempre atentas a que tuvieran comida y los niños, entre juegos, aprendiendo el oficio. Entre la sacada del ajuar, el corte de cañas, el corte de palmas, traslado, desgollar, tendido y techa, se podían llevar 2 semanas. Quizá esperaban al otro menguante para sacar la palma de la techa.

La Techa

Día 1.- La luna en cuarto menguante dará paso al corte de las pencas de palma real. Para techar una casa de 12 varas o tapijoles se usan alrededor de 600 pencas. A una caña de otate o a un tronco de chancarro recio se le cortan los bocados que servirán de escalones, pues hay que subirse 4 o 5 metros para llegar cómodamente a cortar cada penca. Tacho deja caer penca por penca y salen abejas, avispas, tlacuaches, mapaches, alguna petacoa o bejuquillo, iguanas y loros cabeza amarilla que ahí anidaban.

Abajo, la gente reúne palmas en montones. Cada 50, Camerino se pone una varita en la bolsa de su camisa para no perder la cuenta. Una vez que se cortan las necesarias, los chamacos empiezan a acarrearlas a caballo.

Se refrescan un momento y empiezan a desgollar penca por penca. Es importante que los machetes estén bien despalmados. Cada quien afila la moruna con su lima a la perfección, para que la palma se pueda doblar bien al otro día. La jornada termina con una comida de acuyo reventado con bolitas de masa, agua de sabor y unos toritos de limón.

Día 2.- Llegan tempranito con la fresca para doblar la palma que ya está degollada. A la sombra de los tamarindos, cada quien jala una penca y manotea como si estuviera boxeando hacia abajo.  Juapi, juapi, derecha izquierda, cruzando las manos para que se doblen los pelitos de la palma. Al ladito, entre dos, van tendiendo las pencas que les pasan los palmeadores y con un movimiento coordinado las ponen en el suelo, para sujetarlas con una caña a manera de peso. Y así se van una por una. Tienden varias camas de la palma planchada, pegadita, que reposarán al menos un par de días para que se hormen y estén listas para la techa.

Cambio de palma

Pasaron 10 años y la casa ya se llueve. Las palmas muestran goteras, porque ya se pudrió y es tiempo de cambiarla.

Llega la plebe cerca de las 7 de la mañana. Unos se suben a desbaratar la casa. Van cortando los amarres de la pita o bejuco de lía que ha resistido 10 años. Las palmas tostadas por el sol van cayendo una tras otra. Tacho se sube al almendro a cortar la fronda que le puede dar sombra a la palma y podrirla cuando caiga el agua.  Una vez que queda la jaula vacía, piden las escobas de malva para darle una barrida a las vigas, contravientos, cintas y tapijoles, pues han acumulado tierra, hojas, alacranes, nidos, telarañas y algún murciélago o nido de tatuana. Van llegando otros más que se quitan los zapatos esperando el llamado.

Al grito de ¡¡¡vámonos, p´arriba!!! Se suben los primeros 5 y tejen las dos culatas. Otros cuantos se suben para acomodarse en cada tapijole; o sea, 12 hombres en cada techo, abajo y de cada lado. Camerino es el líder que despatilla en un techo y Loncho en el otro, y llevan el control de los empates; otro las va pasando hacia arriba. Empiezan poniendo cabezona y cabezona en cada esquina, luego -donde se cruzan las colitas de las palmas- se pone el primer empate, y luego se sigue. Y al tercer tapijole de cada esquina se pone otro empalme y así sucesivamente, a manera de que el techo no se pandee. Lo hacen descalzos porque el pie ayuda a sostenerse mientras amarran apretadito. 

¡Pita chamacooooo! —gritan para que los más jovencitos les avienten amarres de rafia previamente cortados y hechos madejita. Romerito, desde adentro es quien se encarga de que las palmas vayan alineadas y pasa los hijos, (tablitas de maderas largas, que sirven para nivelar) cuando se requiere.

El sol está candente. Cada vez que pasa alguien, ya sea en moto, camioneta o a caballo, todos le gritan y le chiflan en señal de ¡venteeeeee!! Corren litros y litros de agua con hielo, lanzadas en botellas para calmar el calor.

Se nota cómo va subiendo el techo más sencillo de tejer. Los hombres, ya en pinganillas, amarran las últimas líneas mientras el opuesto, que está junto a otro techo, va más lento. Hay que pasar la palma sólo por la esquina y Tacho es quien pasa palma por palma hasta donde se necesite. En éste se tardan más. El cansancio del segundo despatillador es evidente y le pasa la estafeta a Camerino, quien ya ha terminado en el otro techo. Todos toman otro aire y le siguen, mientras los 12 primeros ya están refrescándose abajo del tamarindo, en la mecedora, otros echando caguama o un toro de jobo.

¡Palmaaaaaa!!! ¡¡¡Pasen la palma que ustedes no están en el sol!!! Gritan algunos.

Finalmente, el segundo techo llega a la cima y Tacho agotado pide a Nicho que se suba a poner el caballete, pues ya la fuerza lo abandona.

El caballete es lo que une a los dos techos y se enciman palmas sin degollar, las más grandes y frondosas previamente apartadas. Hasta abajo, la flecha que va en el centro con tres palmas. Luego, seis palmas formarán el lomillo y van de dos en dos hacia el sur; luego 3 flechas y 6 lomillo hacia el norte, y otras 3 de flecha al sur. En total 21, que se amarran con alambre a las 4 agujas, una en cada pie de tijera. 

Las casas de palma

Una casa de palma es la mejor opción para las calores que arrecian durante casi todo el año. Es muy acogedora, orgánica y durable, si se tienen los cuidados para que se mantenga seca y no se pudra. Sus techos altos permiten tener tapancos para guardar el maíz, vaporeras, ollas grandes y todo lo que no se use a diario.

Su oscuridad es perfecta para dormir, sobre todo si está cercada y las juntas bien rellenas. La cerca puede ser de madera o de palmiche y, al palmiche, se le repella con una mezcla de estiércol de vaca, combinado con baba de nopal y cal. Por dentro se pega con engrudo, papel periódico, papel de estraza u hojas de revistas, y así evitan que se cuele el viento y el frío. El piso de tierra apisonada ayuda para que sea aún más fresca y las ventanas o portalones van amarrados de la parte alta y se levantan y sujetan a la viga. Las puertas se amarran por un lado, a manera de bisagra y se cierran con un perno. Cuando hay fandango se baja la puerta de palo y sirve de tarima.

Esa es la casa de palma que yo recuerdo. Ese es el trabajo que me maravilló cuando llegué a El Hato a casa de Esteban Utrera y familia, quien ataba su hamaca de palma torcida hecha por él, a lo ancho en su sala, bajo el maíz mancornado recién cosechado que cuelga en las vigas a resguardo de los pichichis.


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Mestizaje y afrodescendencia en México

La Manta y La Raya # 18                                                      marzo  2025 ________________________________________________________________________

Mestizaje y afrodescendencia en México*

Odile Hoffmann

Christian Rinaudo

 

Negro de Alvarado haciendo trabajar a su mujer (1828). Litografías del pintor italiano Claudio Linati

 

Introducción

La racialización explícita de las sociedades coloniales se instaura en el siglo xviii y sobre todo xix, Alan Knight lo demostró claramente para el caso de América latina (Knight, 1990). Antes, y desde la modernización atlántica del siglo xvi, las diferencias de color, estatus, prestigio, posición social se entremezclaban en múltiples combinaciones en el seno de las cuales la configuración racial existía sin eliminar a las demás.

Es finalmente en el curso del siglo xix que la idea de raza se afina y afirma. En México, los Científicos (grupo intelectual y político inspirado por las teorías positivistas) proponen una visión de una nación joven objetivamente diversa en cuanto a los orígenes de sus pobladores –autóctonos o no–, y sus descendientes. En aquel momento, saliendo de un siglo de guerras civiles, buscaban fomentar una unidad nacional (la Independencia remonta a 1821) y una identidad propia alrededor de las nociones de «raza mestiza», de «raza de bronce» o de «raza nueva». Todas estas nociones traducen la voluntad de reconocer la especificidad de una población heredera de mezclas y combinaciones múltiples, al mismo tiempo que la inscriben en el cientificismo universalista de la época. Con la Revolución Mexicana (1910-1920) que refuerza aún más la necesidad de cohesión, José Vasconcelos elabora el concepto de «raza cósmica» (Vasconcelos, 1925) haciendo eco al indigenismo de Manuel Gamio (Gamio, 1992 [1996]) para plantear las bases de un nacionalismo cultural integracionista. Así, aun para glorificar al mestizo y la mezcla, sigue siendo la «raza» la que guía al vocabulario, el razonamiento y los discursos; y con la «raza», las lógicas políticas y sociales de jerarquización.

 


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Pepe Macías

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

Pepe Macías El Tapatío,

rumbero y bohemio

Merry Mac Masters 

Entrevista realizada en 1983.

 

 

La sola mención del Son Clave de Oro nos remite a tiempos de la Segunda Guerra Mundial cuando la vida nocturna en México estaba en su apogeo, cuando la industria radiofónica dictaba los horarios y los gustos de la población. 

Hoy día el Son Clave de Oro viene a ser una especie de mito. Referirse a ello equivale a “bajar la mirada, respirar profundo y ponerse serio”. Imagínese tener a Mongo Santamaría en los bongóes, a Carabela tocando su trompeta y dando vueltas en la película “Salón México”. 

Luego, de cantantes, figúrese un mano a mano entre El Morrito y Moscovita, y posteriormente, escuchar a Chepilla, cuya voz identificaba al Son Clave de Oro. Semillero de soneros fue este conjunto. Por más que digan que ahora la música afroantillana tiene mayor aceptación que antes, esos días ya pasaron. 

Pepe Macías El Tapatío ingresó a la segunda versión del Son Clave de Oro en 1939. A principios del 42, cuando el titular del grupo, Guillermo Cházaro, se fue de comandante de aduanas a Ciudad Juárez, el clavero y percusionista se quedó al frente. Fungió como director hasta 1951, año en que Macías dejó el Son a sus compañeros José Vázquez Chepilla y Güicho Iturriaga. 

¿Por qué salió? Por una parte, se cansó de lidiar con los elementos –”la gente sonera es brava, dificil de llevar y envidiosa”–, pero por la otra, tuvo miedo a la vejez. El Tapatío había estado en la música desde los 14 años de edad. De adolescente aprendió el oficio de ebanista. No obstante, veía que a los músicos grandes no los quería nadie y pensó: “¿Qué podré ofrecerle a mi familia?”. 

Aunque después Pepe Macías se dedicó a tareas muy alejadas de la música, en su corazón nunca dejó el son. A sus 70 años, ciego desde hace seis y recientemente amputada media piérna, este sonero se mantiene al tanto del teje y maneje de la música tropical en México. 

El Tapatío no nació en Veracruz. Cuando llegó al puerto a la edad de siete años, lo primero que escuchó fue un trío de cancioneros interpretando bambucos y boleros. En este momento, dice, se encendió en su alma una llamita por la música. 

Originario de Aguacatlán, Nayarit, su padre era “sota” de la diligencia de Guadalajara a Tepic y cuando el Sudpacífico entró de la capital jalisciense rumbo a Nogales, la familia tuvo que mudarse a Veracruz debido al trabajo del padre. De los tres hermanos, Antonio, el mayor, se dedicó al comercio y Pedro, el más chico, fue agente aduanal. “Yo estaba en medio y decían que era el más terrible. Músico me hice porque hasta con las latas me entretenía”, platica. 

A los hermanos Macías les decían Tapatíos porque eran muy buenos para jugar fútbol. En la casa de don Pepe había una vitrola donde se escuchaban los discos del Sexteto Habanero, el Sexteto Nacional y el Trío Matamoros. Y en diciembre la palomilla del Callejón de Clavijero sacaba la rama y cantaba la rumbita, “una limosna para este pobre viejo”. Pero todavía no había entrado el gusto por la música tropical. 

“En Veracruz hacía furor el tango. Tan es así que muchos de nosotros de niños recordamos que Toña La Negra era tanguista, haciéndose acompañar por los guitarristas Manuel Peregrino, su hermano, y Nacho Uscanga”. 

* * * 

En la década de los veinte si alguien quería un disco de son, lo encargaba a La Habana. En el puerto de Veracruz había dos casas comerciales que conseguían estos discos: Arjona, en el mercado, y Pazos, en Independencia, frente al Café de La Merced, dice El Tapatío. 

Su tío iba a comprar los discos de son a Casa Arjona. Luego, la tía los ponía en una vitrola de aquellas RCA Víctor, de bocina grande. La familia vivía en el patio San Miguel, en el Callejón de Clavijero, a media cuadra del Teatro Variedades, donde llegaban las compañías de Europa y de La Habana antes de debutar en la Ciudad de México. 

Transcurría el año de 1928. Un buen día vieron anunciado a unos “negritos” que venían con el Son Cuba de Marianao. “Como yo era un jovencito muy inquieto para el asunto de la música, desde que estos negritos tuvieron el primer ensayo me metí a los camerinos del teatro para hacerles mandados”. 

Pepe Macías cuenta que el Son Cuba de Marianao “vino a hacer una “revolución” en Veracruz. “Todo veracruzano que escuchaba la música tropical quiso imitarlos. A finales de 1928, el Son se fue a tocar al Café de la Merced que estaba en el callejón de Ocampo e Independencia, a una cuadra y media de mi barriada. Los chamacos de por ahí los vimos e inmediatamente anduvimos matando gatos para quitarles el cuero y hacer unos bongóes”. 

Relata El Tapatío que el único instrumento de son que existía en México era el güiro. “Lo usaban en las danzoneras y en Veracruz las hubo muy antiguas. Si mal no recuerdo hubo una donde tocó Acerina que se llamó Albertico y Severiano”. 

Improvisaron unos bongóes con un par de barriles de tequila unidos. Las maracas se fabricaron de guajes, quitándoles la semilla y metiéndoles “postes” para los mangos. Con un cajón de jabón Octagón que venía muy macizo, hicieron una marímbúla, o sea, un cajón al que le pusieron flejes de vitrola. Se afinaba para hacerla de bajo. 

Para la festividad de la rama de diciembre se tocaba la “rumba del viejo” con güiros, claves, panderos y una tarolita que conseguían alquilada. Pero como escuchaban los sones del Conjunto Nacional, el Habanero, después el Trío Matamoros y el Son Cuba de Marianao, “nuestro son fue copia de todos ellos”, afirma Pepe Macías. 

En 1929, la palomilla del Callejón de Clavijero sacó el primer son infantil, el Son Tigre. Desde entonces El Tapatío se considera sonero. 

* * * 

Los dos gallegos, Urbano y Herminio Vélez, de la casa Deportes el Tigre, veían ensayar y ensayar a la palomilla del Callejón de Clavijero en el zaguán del patio donde vivía Macías. El problema era con las guitarras. “Teníamos una triangular que hice porque no sabía darle vuelta a las costillas de la guitarra para hacer un tres. Un compañero de nombre Santiago Veitia Reyes, a quien le decíamos El Ratoncito, traía una guitarra habanera de su padre. En este mismo año también llegó a Veracruz un peluquero a quien le llamábamos Calañé, que por 25 centavos la hora daba una clase de tres”. 

Viendo las deficiencias de estos muchachos, una noche Urbano Vélez se paró enfrente de donde estaban ensayando y exclamó: “Chico, de veras ustedes son entusiastas. Tú, Tapatío, que eres aquí el capitán, ¿qué cosas necesitas para sacar un son ahora que viene el carnaval?” 

“Lo que nos hace falta son guitarras”, contestó el muchacho. Al día siguiente el gallego los mandó al empeño de Muslera donde consiguieron dos guitarras por 16 pesos cada una. “Inmediatamente nos fuimos con Calañé que juntó las cuerdas y con unos ojillos nos hizo el tres”. 

En la noche cuando llegaron al ensayo había más voluntarios. De los elementos que formaron parte del Son Tigre, don Pepe cuenta: “Carlos El Kaligüí, salió muy buen tresero; el maraquero, Pepe Mol, era nadador; otro, que tocaba el güiro, era hijo de un carbonero; también había un rumbero, hijo de una señora que freía pescado –le decíamos El Tripa–; y Julio César Orozco, El Mamalinda, cantaba muy bonito”. 

Bueno, en este son infantil había un tres y dos guitarras, pero todo el mundo le huía a la marímbula porque destrozaba los dedos. “En eso pasó uno que en la actualidad es el cronista de los dicharachos veracruzanos en un periódico de Veracruz, el Nótiver. Eduardo Jiménez El Satanás se hizo unos dedos de cuero para poderla tocar”. 

Para su debut en el carnaval los muchachos del Son Tigre se vistieron con sombrero de carrete y unas blusas copiadas del Son Cuba de Marianao. También se pintaron de negro. “Al tercer día ya no aguantábamos la pintura que se escurría con el calor –platica–. Fuimos la atracción. Cantando ‘Mamá Inés’, ‘El Manicero’, ‘Eres clara’ y lo de Matamoros, nos metimos de Independencia para abajo y cuando llegamos a los portales de la Parroquia uno de la palomilla, más pícaro para el asunto monetario, me dice, “oye Tapatío, ¿te fijaste cómo nos tiran dinero de los balcones, además de rollos de serpentinas y dulces? ¿Por qué no nos metemos al portal de Diligencias?”. 

Ya para 1930 en Veracruz empezaron a formarse muchos sones, el Bacardí, el Árbol de Oro, el Sexteto Heroico, también de gente grande, la Flota del Canal, el Son Pastor de las calles de Arista, el 20 de Noviembre y el del Mondonguero. El Tapatío tuvo necesidad de estudiar por la noche un oficio, el de ebanista. Después del furor del Son Tigre, Pepe Macías se quedó en un trío. Agrega, “trabajé por necesidad. Fui muy sufrido y bohemio desde chico”. 

* * * 

Se formaban y se desbarataban sones, pero El Tapatío siguió entonando canciones tropicales con su trío. Del ambiente musical que existía en Veracruz en ese momento, platica: “En el año de 1931 iba a oír ensayar a unos alvaradeños en un patio de nombre del Paseo, ubicado entre Prim y Díaz Mirón, allá por la Alameda.” 

“Tenían de guitarrista a una gloria veracruzana, Güicho Iturriaga. Los alvaradeños sacaron una comparsa en un carnaval y luego se fueron para México con una rumbera muy famosa, La Güera Kerber”. El Son Jarocho, dice, fue el primer grupo local que se fue a México. “En la capital no había más negocio que charoleando en los cabarets. Allí el son se desbarató”. 

El barrio más alegre de Veracruz siempre ha sido la Huaca. “Allí se formó el Son Tonina al que pertenecía Moscovita. Iba mucho con ellos y me dejaban echar la paloma (tocar sin pertenecer al grupo)”, explica. Sin embargo, el jovencito tenía el inconveniente de que si no llegaba a su casa antes de las nueve de la noche, no le abrían la puerta. 

“Los negros del Son Cuba de Marianao se metían a la casa de la señora Celia Pacheco, allí en el callejón de Ocampo. De repente ya llegó fulano, ya llegó zutano y se formaba el rumbón. Se juntaban peloteros, estibadores y muchachas jarochas, divertidas y sanas. Y yo nada más escuchando aquella cosa tan bonita y preguntando la hora. Pues, que se pase la hora. Me quedo a dormir en la calle o con el vecino”, relata el sonero. 

Afortunadamente, El Tapatío tenía un vecino, un maestro albañil, que al ver al muchachito bohemio llegar tarde, le decía, “ya se le hizo tarde, maestro” y lo invitaba a pasar a su casa. Le tendía una lona en el suelo y ponía un disco de Miguel Matamoros “para que se acueste usted tranquilo”. 

* * * 

Transcurría el año de 1935. Un buen día Santiago Veitia Reyes El Ratoncito le dijo a Pepe Macías que él y Julio César Orozco El Mamalinda, irían a México para estudiar. Proponían reorganizar el trío y también hacer un “sonecito”. Así fue como El Tapatío llegó a México a los 20 años, a buscar fortuna sin conocer a nadie. 

“Nuestros primeros amigos fueron unos peluqueros de la calle de Aranda. De ellos, Vicentito Ávila, luego, luego, se prestó para hacer el conjunto. Pero mis amigos se metieron a la escuela y por azares de la vida me dejaron solo. Empecé a medio sufrir. Pero como tenía una guitarra sexta me lancé a ganarme la vida, recuerda. 

“Al primer bar que me metí fue La Rambla en la calle de Bucareli. En este lugar trabajaba un mesero veracruzano viejón que me preguntó qué hacía. Vine a ver si hay modo, le dije. ‘Aquí no dejan entrar a nadie pero métete. Voy a hablar con el gallego de aquí. Lo único que se necesita es honradez’. Inmediatamente, me llamaron de una mesa. ‘Bueno, ¿y tú de dónde eres?’ De Veracruz. ‘A ver, cántanos algo de por allá?’. Así que empecé a cantar que ‘el pescador’ y que ‘se hizo a la mar'”. 

Más adelante el futuro director del Son Clave de Oro descubrió el Club Dolores en la calle de Cuba donde había billares y boliches y se jugaba dominó y ajedrez. Mejor todavía, era un centro de reunión para los veracruzanos. “En el Club Dolores me encontré a dos compañeros: uno, Fayuco Limón (Rafael Mora Limón El Morro), que fue mi cantante, y el otro, José Ramírez El Argentino, muy buen requinto. Lo que no me gustó de ellos fue que jalaban para las cantinas de Santa María la Redonda. Un día fui a cantinear con ellos y les dije, no, muchachos, repartir entre tres los 60 pesos que hicimos en toda la noche no es negocio. Además, acabamos roncos porque había que cantar junto a las rocolas”. 

Al Tapatío le daba por ir a las casas “buenas” donde “se trabajaba menos, se ganaba más y se conocía a gente de categoría”. Luego, en el Club Dolores formaron un son con El Güero Lindbergh, Manuel Lira y los licenciados Humberto Olivari y César Marín, pero de puras pachangas. Con este son carpeaban en la Ofelia, la Magnolia o en la Petit. 

* * * 

Al terminar la temporada de oro en el Teatro Politeama, fue el representante de Toña La Negra, el señor Campos, quien insistió para que se formara un conjunto tropical. 

El primer Son Clave de Oro se formó en el Teatro Lírico en 1933, afirma Pepe Macías. Era de Guillermo Cházaro. El futuro director del grupo platica como nació su rúbrica, “Piano, piano, piano toca el piano. Ya llegó el diablito de la clave de oro”: “El tema nació del danzón, ‘La clave de oro’. Había un negrito de apellido Mangüé que tenía su conjunto. Pero a la hora que iba a debutar en Marianao se le rajaron los músicos. Mangüé tocaba la clave y cuando llamaron al conjunto no salió más que el negrito cantando: ‘Piano, piano, piano toca el piano. Ya llegó el negrito de la clave de oro’. 

“De su escala de re se le ocurrió a mi compadre Cházaro, que, por cierto, cantaba muy bonito y tocaba la clave, adaptarla como tema para su son”, agrega El Tapatío. 

Estando en el Teatro Lírico salió en gira por toda la República, yéndose hacia la frontera donde por Laredo el grupo se pasó a San Antonio, Houston y Los Angeles. Regresaron a México vía Nogales. Una vez de regreso se desbarató el Son Clave de Oro. Esto fue en 1934. 

En 1938 Pepe Macías organizó un trío más formal junto con Andrés Lechuga y Fayuco Limón. Su ambición era llegar a la XEW. A finales del mismo año Pedro Domínguez Moscovita salió ganador de un concurso de cantantes en Veracruz. “Mosco no quería entrar al Club Dolores. Decía que allí había pura gente mala, borracha. Él venía exclusivamente para la W. Pero cuando se le acabó el dinero empezó a arrimarse al local de la calle de Cuba”, cuenta El Tapatío. 

Al rato Moscovita ya estaba charoleando con el trío. A las ocho de la noche llegaban al Sep’s de Michoacán y Tamaulipas donde el dueño de origen alemán les daba 30 pesos más las propinas que ganaban en las diferentes mesas. A las once que terminaban, iban a un bar de nombre Glorieta. “Allí estábamos un par de horas. Si no nos iba bien nos pasábamos en frente a La Conga. Si allí tampoco había nada bueno, íbamos a la casa de la señora Ruth y nos quedábamos hasta la mañana siguiente. Nos dejaba entrar bajo la condición que no habláramos con ninguna mujer. Ya en la mañana había un bar súper bohemio que se llamaba el Manolín, en la Calzada de la Piedad, frente a la iglesia, casi desembocando a Chiapas”. 

Los integrantes del ahora cuarteto concurrían a una peluquería de un señor Manuel que estaba en Santa María la Redonda. Enfrente estaba el restaurante Las Playas Veracruzanas. Allí llegaban Guillermo Cházaro, Polín, Manuel Todandri, el pitcher Barradas, todos los peloteros de aquella época del Comintra, del Agrario y del Águila. 

Ya para entonces el cuarteto era bastante conocido. Un día les dijo Manuel: “Muchachos, se va casar el hijo de Pueblita –otro peluquero– y vamos a hacer una gran noche bohemia”. El Tapatío recuerda que fue en una casa enfrente del Colegio Militar de Tacuba. “Nos invitaron para las diez de la noche. Cuando llegamos ya estaba la variedad: Pedro Vargas, Ernesto Chaires, Raulito en el piano, los Hermanos Martínez Gil y el Trío Tariácuri. Toda esa bola de gente y nosotros parados allí, chiviados”. 

Llevaban guarachera roja a cuadros, un paliacate, pantalón rojo y zapatos a dos tonos. Iban Nacho Uscanga, un viejo cancionero que sabía las melodías rancheras, Andrés Lechuga, Moscovita y Pepe Macías. Toña La Negra les animó a tocar: “Bueno, ¿ustedes qué? ¿Están mudos? A ver, los jarochos, los jarochos”. 

Cantaron “Qué te pasa que no se te ve”, “Amor perdido”, “A la loma de Belén” y otra “guarachita”. Al terminar se escuchó el aplauso de todos los artistas. Acabada la fiesta a las cuatro de la mañana, Guillermo Cházaro les invitó a una serenata que el pitcher Fernando Barradas daba en la calle de Chile. Fue allí donde formuló la pregunta: “Si formo otra vez el Clave de Oro, ¿cuento con ustedes?”. 

* * * 

Resulta que cuando Guillermo Cházaro volvió a formar el Son Clave de Oro, no les habló “luego, luego” a Pepe Macías y a los demás integrantes del cuarteto. Lo supieron ensayando en el cuarto de Andrés Lechuga, en la calle de Cuba. La exclamación fue general: “Están Manuel Peregrino y El Trompas, a qué chingao”. 

Luego, por medio de Manuel, el peluquero, se enteraron que Cházaro los esperaba en la peluquería. “Muchachos, ha llegado el momento –dijo–. Ya formé el Son Clave de Oro. Anoche pasó en un programa pero no me gustó. Y para colmo, inmediatamente salió un trabajo en el Tap Room del Hotel Reforma. Mi cuñado, Manuel, se avorazó y llevó a la gente para allá”. 

“Estas son verdades, señorita”, nos indica El Tapatío. Manuel Peregrino le había puesto a su grupo el Son Jarocho. Guillermo Cházaro aseguró a José Macías y compañía que de aquí en adelante “ellos” iban a ser el Clave de Oro. “Tenemos un programa de once a once y media de la noche en la XEW –añadió–. Apúntame cinco números para cantar. Al llegar a la estación van a tener bongocero y bajista. Estos elementos van a integrarse al Son, pero no se preocupen, ustedes se van a hacer cargo”. 

Cuando don Pepe oyó lo del programa en la W, “el cielo se me caía encima de aquella ambición que yo tenía”. Antes de llegar ya habían avisado a los amigos, las amigas, las novias, el bar y las casas donde trabajaban, en fin, toda Santa María la Redonda. “Todos estaban puestos en la w a las once”. Agrega: “Llegamos muy rancheritos, con hora y media de anticipación. Antes de pasar, ya nos habían felicitado los Hermanos Martínez Gil y las Hermanas Águila. Los vidrios y la caseta de control estaban llenas de gente. Todo salió a la medida”. 

Al tercer programa, Guillermo Cházaro nombró lugarteniente al Tapatío y éste le advirtió, “no vaya ser que cuando venga Manuel y esa gente, nos corras. Sería muy feo. Si van a venir ellos desde ahorita nos vamos”. El esposo de Toña La Negra le aseguró que no habría ningún problema. 

En un principio el Son no tenía pianista de planta. A veces tocaba Absalón Pérez y en ocasiones otro que le decían “rompepianos”. “Había un chamaco, Homero Rubio, que me entregaba los trajes que mandaba hacer con Arturo Estrada, en la calle de Victoria. En la sastrería lo había escuchado tocar el acordeón. Cuando me entregaba los trajes siempre me decía, ‘señor Tapa, ¿por qué no me da chance? También toco el piano’. Bueno, mañana te espero a las cuatro en el programa a ver qué haces “. 

Después de una transmisión del programa en la W, el dueño de El Patio, Vicente Miranda, le mandó un recado a travésde Chucho Martínez Gil, que estaba en una variedad allí. “Fuimos y nos mandó primero a El Retiro que estaba en la calle de Valladolid, frente al viejo toreo. Nos puso a trabajar después de la corrida de toros. La gente sólo se paraba a bailar cuando se tocaba ‘El manicero’, ‘Almendra’ o ‘Nereidas’. Así que dijo don Vicente, ‘también van a trabajar de noche, a ver si a esa clientela les gusta'”. 

Sucedió que El Retiro le estaba restando clientela a El Patio que apenas empezaba. Como eran del mismo dueño, Miranda cerró El Retiro. El Son Clave de Oro se quedó con sus programas de radio, además, comenzó a trabajar en los cines con Toña La Negra. 

“Cuando no teníamos trabajo el dueño del Cine Máximo, en la barriada de Peralvillo, nos invitaba para allá. Función en la tarde y en la noche. También trabajamos en los cines Briseño, El Cairo y Santa Julia”. 

* * * 

Pepe Macías afirma que fue el Cuarteto Hatuey que introdujo el tumbador a México en 1939. “Los intregantes se alojaron en una casa donde yo habitaba. Les pedí una tumba. En el Jardín de Santiago había muchos toneleros que hacían barriles. Fui con una señora que, junto con su esposo, aparte de vender pulque, tenía un taller y dije, quiero que me haga una de éstas. Me la prestaron y la tengo que regresar para las cinco de la tarde”. 

El futuro director del Son Clave de Oro mandó hacer tres tumbadoras. El siguiente problema a resolver fue cómo ponerle cuero. Se acordó que los vendedores de dátiles los traían en un envase de cuero de buey. Fue a la Lagunilla y compró unos cueros; los amarró y clavó, muy mojados, porque lo de los tensores es nuevo. 

Los del Hatuey le enseñaron los primeros pasos. “Cuando llegué con mis tumbadoras, pensé, ¿quién las va a tocar?, pues yo mismo. A los pocos días Guillermo Cházaro le informó: “Me mandó hablar otra vez el viejo (Vicente Miranda, el dueño de El Patio). Creo que quiere que vayamos a cenar. A ver qué quiere mi compadre porque es muy marrullero”. 

En El Patio nada más había una orquesta de nombre Blue Style, de un americano, que tocaba todos los instrumentos de viento. Guillermo Cházaro se arregló con su compadre; al día siguiente se presentaron los elementos del Son Clave de Oro, vestidos de guaracheras color oro con filos rojos. 

A El Patio llegaron reforzados. “Uno al que decíamos Pepe Pinga tocaba la marímbula. Para esto, ya había regresado Manuel Peregrino. En aquel trabajo no les fue bien. Toña intervino diciendo que era su hermano y que Guillermo no debería ser así. También estaba José Ramírez El Argentino, Pablo Zamora Peregrino y un servidor tocando la guitarra sexta”, platica El Tapatío. 

De cantantes estaban Moscovita, Fayuco Limón y José Vázquez Chepilla, al que Guillermo Cházaro había traído de Veracruz. Apuntó el entrevistado que el Son Clave de Oro sí sonaba a son, porque “lo que hoy tocan estos jóvenes cumbiamberos no es ni cumbia ni son”. No obstante, pasó en El Patio lo que había sucedido en El Retiro: nadie se paraba a bailar. 

A los seis u ocho meses de estar en este centro nocturno llegó a México una película de Mickey Rooney y Xavier Cugat, que traía el baile de la conga. “Yo no faltaba al Cine Alameda; vivía a media cuadra de allí. Además, el Son tenía entrada libre porque habíamos asistido a muchos festivales y era empresa de Emilio Azcárraga. Pues, que regreso con la señora de los barriles y le digo, hágame tres tumbas más ligeritas”, apunta Pepe Macías. 

Ya en El Patio Susana Guízar y Manolita Arriola habían empezado a bailar la conga. “Platicando en los camerinos, le comenté a Susana, ¿por qué no hacemos una conga de media noche aquí igual que en la película? Al día siguiente llevé mis tres tumbas chicas y empecé a enseñarles a todos. La noche que debutamos fue de pegue. Toda la artisteada nos fuimos por las mesas. El baile de la conga fue el primero que entró aquí”. 

* * * 

Para 1940, ya empezaban a formarse otros sones en los cabarets. El Son Clave de Oro se quedó cerca de dos años en El Patio. Si salió fue a raíz de una huelga del sindicato de músicos. “Un día andaba el runrún del pliego de peticiones a la XEW y la XEQ. Al llegar a la W, en la segunda puerta de la estación, nos encontramos a Amalita, la secretaria de Emilio Azcárraga Vidaurreta, que nos dijo: “Memo, Tapatío, los quiere ver don Emilio y el señor Vélez (el subgerente)”. 

Azcárraga les advirtió a los “muchachos” que se le acercaba un pliego de peticiones “muy duro” del sindicato y que no iba a aceptar, platica Pepe Macías. Pero tampoco estaba dispuesto a parar las dos estaciones. Entonces, Azcárraga les preguntó si contaba con’ ellos porque “ustedes son los llamados a sostenerme en la huelga”. 

Pepe Macías le recordó que los integrantes del Clave de Oro pertenecían al sindicato: “Inmediatamente que sepan que somos esquiroles, nos van a quitar el trabajo de El Patio y se nos van a echar encima”. Azcárraga le agradeció haberle “aclarado esto”, y se comprometió a “sostenerlos” dentro del terreno económico. “¿Les hace falta algo?”, preguntó el magnate. Al oír un “no”, dijo, “entonces, vamos a la huelga”. 

El Son Clave de Oro se fue a trabajar esa noche; al otro día vino el trancazo. “Nos quedamos encerrados y con las guitarras y el piano de mi gente. Acompañamos a todos los artistas, a los de Calcetín Eterno, a los programas de los Tariácuri, los Cancioneros del Sur, el Trío Tamaulipeco, entre otros. Sacamos aquel recibo gordo. Como sabíamos que nos estaban esperando a la salida llevamos pistoleros del Club Dolores para que nos defendieran”. 

Pero al llegar a El Patio, Rodolfo Reyna, el delegado de la orquesta Blue Style, les pasó un papel diciendo, “me van a perdonar pero tengo esta circular que les prohibe trabajar, por que ustedes voltearon”. Los integrantes del Clave de Oro recogieron sus instrumentos y fueron a avisarle a Guillermo Cházaro de la situación. 

Siguieron trabajando en la W, que pagaba “poco” pero era una fuente de trabajo. Azcárraga, en las pláticas, se arregló con el sindicato. La primera condición que le puso a Juan José Osorio fue que el Son Clave de Oro reingresara. “Usted sabe que poderoso caballero es don dinero, así nosotros seguimos igual”, dice El Tapatío. 

Mientras tanto el dueño de El Patio había mandado traer de Veracruz al conjunto de los Hermanos Hernández. Copiaban al grupo Marcano. A Pepe Macías le gustó este grupo, pero, terminó su contrato y se fueron. 

Estando en el Cine Alameda, un día se fueron a Pachuca con Toña La Negra. La cantante le dijo a Pepe Macías: “Mañana quiero que vayas a la oficina de los hermanos Rodríguez”. Fue y le pidieron el Son para la película “María Eugenia”, donde actuaba María Félix. Esto pasó en 1941. Fue su primera cinta. 

* * * 

La época dorada del Son Clave de Oro comenzó en 1940 y duró hasta que se impuso el mambo. A consecuencia del ritmo desarrollado por Dámaso Pérez Prado, el son perdió popularidad. “Antes no había competencia”, señala Pepe Macías. “Alternábamos con conjuntos de jazz y música mexicana. En la medida que Pérez Prado escribió para orquesta, luego, luego, todos querían imitarlo”. 

Mientras tanto, los integrantes del Clave de Oro llegaron a tener cinco esmoquins diferentes y guaracheras de todos los colores. El Tapatío mandó decorar unos atriles para cuando el grupo actuaba en los cines. Siempre tomó muy en serio los consejos que le daba Agustín Lara. Que el personal fuera gente que le gustaba vestir bien. Que los elementos fueran disciplinados para los ensayos. Nunca cargar con personas que no tenían que ver con el Son. Y medir y ensayar los números lanzados al Mercado. 

En 1941, el Son Clave de Oro inauguró el cabaret Río Rosa. De allí se pasaron a Los Cocoteros, en la Avenida Chapultepec. El dueño era El Güero Zulueta y el grupo alternaba con la orquesta de Ángel Mascareñas y la Conga de Alvarito. 

Un día Emilio Azcárraga mandó llamar a don Pepe. Pero para esto, Guillermo Cházaro ya se había ido de comandante de aduana a Ciudad Juárez. El magnate radiofónico lo presentó con Carlos Amador, que apenas empezaba como locutor en la XEW, diciendo: “Tapatío, tú tienes muchas tablas, vamos a foguearlo. Tengo idea de que en el Cine Alameda se presenten variedades”. Durante poco más de un año El Loco Amador se encargó de buscar a los artistas y el Son Clave de Oro de acompañarlos. 

En 1938, Pepe Macías se había comprado un Ford Modelo 36 con una canastilla arriba para los instrumentos. Al coche le puso la Vaca Sagrada, por aquel avión en que vino a México el presidente norteamericano Harry S. Truman. Un veracruzano, de nombre Pedro Mata, lo pintó con motivos tropicales. Un día le dijo Manolín, “voy a abrir un moje (un cabaret de reventón). ¿Quién pintó tu coche?” Así fue como Manolín contrató a Mata para decorar La Jungla. 

De Los Cocoteros el Son Clave de Oro se pasó a La Jungla, donde entró Chucho Rodríguez como bajista. El Tapatío cuenta haber estado tomando una nieve en la esquina del parque de Santa. María la Redonda, ‘después de haber actuado en el cine con Toña La Negra, cuando se le acercó su secre, El Tenor Aveleyra, con Chucho. “Era un muchacho moreno, de tipo indígena, que decía que era de Chihuahua y tocaba en el escuadrón normalista. Quería que lo admitiéramos como bajista. Nada más que en el cine no había presupuesto. Pero le vi tanta voluntad, que me lo llevé para La Jungla”, recuerda el sonero. 

Después de que Cipriano Sánchez, El Trompas, “el timbalero y bongocero más grande que ha dado Veracruz”, dejó el Son, entró El Vinagre que, a su vez, cuando se fue, mandó en su lugar a un supuesto bongocero de nombre Amador Loyo, a quien le pusieron Negrito Nagüe. “Todos se rieron de él”, cuenta el exdirector del grupo. “Pero Toña, que tenía un corazón muy grande, soltó una picardía retadora: ¿Qué ustedes nacieron sabiendo?” Moñito, un bongocero y timbalero que había estado con la orquesta de Rafael Hernández, acabó enseñándole a tocar. 

* * *

Cuando Pepe Macías fue entrevistado él mismo advirtió: “Me va a sobrar candela y hebra”. Y efectivamente así fue. Las anécdotas que puede contar el sonero jarocho no tienen fin. Se acuerda de todo, hasta el último detalle, como si lo estuviera viviendo. 

Al estar el Son Clave de Oro en el cabaret La Jungla, la empresa se interesó por uno de sus cantantes, Pedro Domínguez Moscovita. Platica El Tapatío que existía cierta discordia entre Mosco y El Morro. El pianista Enrique Llovet convenció a Domínguez quien, a su vez, aspiraba a algo más. Así fue como se formó el grupo de Moscovita y sus Guájiros. 

A consecuencia de este incidente el Clave de Oro tuvo que abandonar La Jungla. Pero El Tapatío frecuentaba el centro nocturno de nombre Waikikí que estaba en Paseo de la Reformá número 13. Deseaba trabajar allí en la medida que era el mejor cabaret de México. 

Un día de regreso de una fiesta del general Maximino Ávila Camacho, en el Casino Español de Puebla, el grupo llegó al Waikikí. Había que ver si el Son allí gustaba. Macías se puso de acuerdo con el locutor Mario El Kícaro quien anunció: “Se encuentra entre nosotros el conjunto más tremendo de México…Ios auténticos intérpretes de la música tropical”. 

El Son tocó una tanda y fue un éxito. Luego, luego, el dueño, José Mocelo, les llamó para contratarlos. El Tapatío estableció las siguientes condiciones para su grupo: boletos para dos mojes por noche, un vale para la cena y cuando tenían que ir a un baile o de gira, podían mandar un suplente. Anota Pepe Macías que la Estudiantina Jarocha, de Manolo Ramos, los sustituía en el Waikikí. 

Ocho fueron los años que el Clave de Oro duró en este centro nocturno. El turno era de las once de la noche hasta las seis de la mañana. El Tapatío nunca quiso dejar el Waikikí, ya que era un escaparate.

 Mientras este sonero estuvo al frente el Son Clave de Oro filmó 16 películas. Una de ellas fue “Salón México”. Estaban en México las “Mulatas de Fuego” –donde venía Celia Cruz como cantante– para actuar en el Waikikí. Las Mulatas eran muy amigas del Indio Fernández que frecuentaba el cabaret, y también de Pepe Macias. “Todos nos reuníamos a desayunar en el Café Principal de Bolívar. Un día me dijo una de ellas, ‘fíjate que van a rodar una película que se llama ‘Salón México’; Acerina y su Danzonera están en el guión’. 

El Tapatío, como era muy movido, le habló al Indio, argumentando tener el conjunto más famoso de la República Mexicana. “A Acerina le pertenecía esa película, pero el Clave de Oro estaba de moda”, reconoce. El Indio Fernández le contestó que había que tocar danzones. “No importa”, insistió. 

Ensayaron “Almendra”, “Nereidas y “Juárez no debió de morir”. Después de un desayuno en el Tampico Club, El Indio le dijo al Tapatío, “Acerina iba a cobrar 36 mil pesos. Si los cobras, es tuya”. Era una fortuna en ese tiempo: Filmaron sin límite de tiempo. “Fue lo mejor que hicimos. Un derroche de música”, agrega. 

Los que han visto la película “Salón México” se acordarán que hay una escena donde uno de los trompetistas del son se tira al piso rodando mientras toca. Ese era el show de Francisco de la Cruz Revilla Carabela. Primero lo cargaban a hombros. Cuando se tiraba al suelo, sus compañeros seguían tocando a su alrededor.

Para esto, una de las distinciones del Son Clave de Oro era su sección de metales. Las instrumentaciones que El Tapatío conseguía de La Habana venían para dos o tres trompetas. No obstante, el Son Clave de Oro llegó a tener cuatro. Se trataba de Adolfo Llamas El Mariachi, Antonio Machuca Mezcalilla, el cubano Carabela y el jovencito Manolo Güido, quien “nació para ser un genio de la trompeta”. “Si en Nueva York tienen a Chocolate, en México tenemos a Manolo Güido”, asegura.

Pepe Macías describe a esa sección de metales como un trabuco de trompetas. “Era una cosa fuerte, de impacto. En la parte del mambo tres de las trompetas tocaban al unísono; Carabela adornaba; mientras una inspiraba las otras le contestaban en forma de coro”, explica. 

El Son Clave de Oro tardó en grabar. Agustín Lara siempre aconsejó al Tapatío, “si grabas, hazlo en RCA Víctor”. Mariano Rivera Conde que era el director artístico, frecuentaba el Waikikí. Un día le preguntó a don Pepe si había trabajado para otra compañía disquera. Cuando supo que no, le extendió una invitación: “El señor Barragán, el gerente de grabación, quiere que graben en RCA Víctor”. 

* * * 

En 1951, Pepe Macías dejó al Son Clave de Oro. Se podría decir que musicalmente, si no había logrado todo, había logrado muchas cosas: fama, dinero, reconocimiento y un lugar dentro del mundo artístico. Sin embargo, el sonero se había casado y tenía familia. Veía a los colegas ya grandes, con sus posibilidades de trabajo muy limitadas y pensaba… ¿qué podré ofrecerle a mi familia más adelante? 

“Cuando me fui del Son estaba trabajando en el Tío Sam. Por cariño y estimación dejé el grupo a José Vázquez Chepilla y Güicho Iturriaga”. Dejó el archivo y los atriles. Se regresó a Veracruz para trabajar como comerciante con su hermano mayor. Periódicamente venía a México. 

Pero bajo la dirección de Chepilla y Güicho las cosas no marcharon bien. Se necesita mucho carácter para ser director de un grupo de son. “Hubo momentos en que la mitad del Clave de Oro quiso dominarme y dividir el grupo. Pero no me dejé. Hubo muchos cambios de elementos. Si alguien se me iba, siempre conseguía uno mejor”, afirma. 

El Tapatío había sido muy sagaz para los negocios. También llevaba los asuntos de Toña La Negra y mucha gente más. Siempre andaba con los contratos bajo el brazo visitando posibles interesados. Muy pronto Güicho Iturriaga se quejó: “Tu compadre quiere que yo vaya a conseguir todos los trabajos”. Poco después le pasaron el derecho del Son Clave de Oro a Pablo Roa, quien lo conserva hasta la actualidad. 

Don Pepe dice que “se desligó de las actividades comerciales del grupo” y que “ya no le interesó”. Sin embargo, se mantiene informado en cuanto a lo que está pasando dentro del mundo del son. No puede menos que lamentar que el Son Clave de Oro no haya mantenido o superado la altura en que él lo dejó. 

A continuación se incluye una lista de las personas que en alguna época pertenecieron al Son Clave de Oro: 

Piano: Ismael Díaz, Absalón Pérez, Homero Rubio, Chucho Verduzco, Chucho Rodríguez, Ramón Dorca y El Teniente Gómora. 

Trompetas: Mario Álvarez El Alemán, Adolfo Llamas El Mariachi, Manolo Güido, Antonio Machuca Mezcalilla, Fernando El Frijolito, Francisco de la Cruz Revilla Carabela, Manolo El Negro, Samuel Escartín, Filiberto Muñoz, Luis Calera y Agapito Torres. 

Flauta: Domingo Vernier Mango. 

Tres: Pablo Zamora Peregrino, Roberto Pérez Valiente Cuello y Julio del Razo. 

Guitarra sexta: Manuel Peregrino, Güicho Iturriaga, Laureano Rizo Chicho y José Ramírez El Argentino. 

Cantantes: Rafael Mora Limón El Morro, Pedro Domínguez Moscovita, Eloy y Gonzalo Casarín Los Pollos, José Vázquez Chepilla y Roberto Acosta Chintul. 

Percusiones: Leopoldo Gil, Nacho Vázquez, Armando Peraza, Mongo Santamaría, Serafín Zamora Peregrino, Manuel Pérez El Calafate, Andrés Lechuga, El Indio Rafael, Amador Loyo Negro Nagüe, Alberto Liñán El Torito, Eduardo Cordero Vinagre y Cipriano Sánchez El Trompas. 

Bajo: Armando Pazos, Chucho Rodríguez, Laureano Rizo, Fernando El Chamaco Sandoval, Carlos Veitia y Pepe El Triste. 

 

Septiembre, 1984 

Pepe Macías falleció el 18 de agosto de 1994. 

 


Revista núm. 17  en formato PDF (v.17.1.2):

 

Sección suelta  en formato PDF (v.17.1.1):


 

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Las canastas viajan en tren

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Las canastas viajan en tren

              Los peones de vía, el tlacualero y                     las canasteras del ferrocarril *

José Antonio Ruiz Jarquín

 

* Este artículo se publicó inicialmente en la revista electrónica Mirada Ferroviaria, núm. 44, enero-abril del 2022. Los editores agradecemos a Román Moreno Soto, Coordinador del Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero, su apoyo para reproducir este texto en nuestra revista.

 

José Antonio Ruiz Jarquín

 

“Comer es un acto biológico, cocinar es un acto cultural. La cocina es cultura”. Así inicia su texto don José N. Iturriaga en su libro Las Cocinas de México I,2 y continúa diciendo…

“La cultura no es el atesoramiento de libros en los estantes de las bibliotecas y en los cerebros de los sabios. La cultura popular se integra de diversas maneras y con muy diferentes elementos. Es la forma de ser de los pueblos. La gastronomía es una de las manifestaciones culturales más importantes del ser humano y dentro de dicho término no debe entenderse sólo a la llamada “alta cocina” sino a todas las expresiones culinarias de las diversas regiones y estratos sociales, incluida la cocina indígena. El término “culturas populares” hace alusión a procesos, por lo general colectivos, que crean y recrean tradiciones. Tal es el caso de las cocinas de México. La alimentación de los pueblos merece la más alta consideración y respeto. No es sólo el sustento material de las personas, de alguna manera es también un sustento del espíritu”.

Si bien, la historia de los ferrocarriles mexicanos se liga a la historia del arte, a la literatura, a la economía, también se liga a las culturas populares, a la vida cotidiana de sus trabajadores y a su memoria. De esta manera, la gastronomía ferroviaria aparece como una de las expresiones de la cultura popular, cuando este medio de transporte va haciendo camino por el territorio desde mediados del siglo XIX. 

Con el arribo del ferrocarril se modificaron hábitos, usos y costumbres de la vida cotidiana, especialmente en aquellos lugares que utilizaron los trenes para trasladarse de un lugar a otro. Uno de esos hábitos fue comer durante el viaje, ya fuera en las propias estaciones del ferrocarril donde se instalaron restaurantes; en los andenes con la venta de comida que ofertaban las señoras con sus canastas, entre gritos y pregones; o en los coches, en el trayecto de una estación a otra, donde se ofrecían alimentos o podían consumirse en los coches comedor.

En otras palabras, el acto de comer en la estación, en el andén y durante el viaje, con el tiempo se convirtió en parte de la cultura intangible que se generó en torno al ferrocarril. Incluso, podríamos afirmar que no existe un viajero que no guarde en su memoria alguno de esos momentos. Por ejemplo, para algunos pueblos, la llegada del tren se convirtió en todo un acontecimiento, tal como sucedió con Oriental, en el estado de Puebla, en donde el paso del tren nocturno –se le llamaba la “hora azul”, según cuentan algunos ferrocarrileros de esa localidad– marcó su ritmo. El pueblo se iluminaba con el bullicio y algarabía que provocaba el arribo o la partida de los trenes de pasajeros, y el silencio de la noche se veía interrumpido por los gritos y pregones de sus vendedores, que ofrecían café con pan y todo tipo de antojitos que provocaban los olores y sabores que quedaron impregnados en la memoria de ferrocarrileros y viajeros del tren.

En efecto, existe en la tradición oral un sinfín de recuerdos, testimonios y relatos de esos momentos culinarios en el tren, así como también imágenes fotográficas de esos viajeros degustando en elegantes coches comedor, en los trenes de pasajeros y andenes de las estaciones, donde las vendedoras de las distintas regiones del país ofrecían esa riqueza gastronómica de México.

En palabras de Covadonga Vélez Rocha, abordar el estudio de la gastronomía en los ferrocarriles mexicanos conlleva a tomar en cuenta diversas variantes. Podemos hablar de ella desde los distintos espacios donde se ofrecía la comida, pero también, hay otras formas singulares, aquellas que se dan dentro de los espacios ferroviarios donde surge una forma muy particular de vida dentro del gremio, que se crea y recrea desde las propias condiciones laborales y da lugar a una identidad ferrocarrilera.

Identidad y cultura ferrocarrilera

El gremio ferrocarrilero, después del minero, es el más antiguo del país, por su larga tradición en el devenir histórico de México; es un sector preparado y consciente de las diferentes etapas que le ha tocado vivir. En efecto, el ferrocarrilero se distingue por enorgullecerse de su profesión, amar su oficio y entender que su fuente de trabajo era el nervio vital de una economía en la que participaba y defendía, como la conducta generosa que tuvo Jesús García Corona, quien ofrendó su vida al salvar al pueblo de Nacozari, Sonora, de una catástrofe.

De esta manera, la cultura que los ferrocarrileros asumen se deriva, en gran medida, de la organización y proceso laboral. Es a partir de esta premisa, donde se genera una serie de habilidades y conocimientos técnicos; se desarrolla un vocabulario común; se celebran una serie de festividades cívicas y religiosas que, en suma, se conforman en ciertos usos y costumbres compartidos por estos obreros que definen su identidad cultural.

La simple vida cotidiana en el ámbito laboral es un auténtico cuadro cultural, porque en él se dan no sólo formas de trabajo, sino la conjugación de diversos tipos de relaciones y maneras de convivencia. En él se estructuran un conjunto de comportamientos motores y mentales: formas simbólicas, elementos de orden artístico, creados y ejercidos por ellos mismos, que surgen de su forma de vida, como sus testimonios, cuentos, poesía, canciones, relatos y corridos que se erigen en elementos valiosos de la memoria histórica ferrocarrilera. En dichas manifestaciones se hace evidente no sólo la capacidad inventiva de los ferrocarrileros, sino también la forma en cómo se anima el modo de vida que se ha generado y desarrollado en torno a este medio de transporte, el cual tuvo su máxima expresión durante los años de la época del vapor y la transición al diésel. En la actualidad existen miles de ferrocarrileros jubilados que vivieron ese periodo tecnológico y sus familias, que siguen siendo portadores de esa cultura intangible, que hay que preservar y revalorar dentro del contexto de cultura nacional, por medio de la oralidad y sus testimonios.

Por otro lado, la cultura ferrocarrilera no se ha alcanzado por actos deliberados, tiene una estructura orgánica que ha favorecido la transmisión de destrezas y conocimientos de una generación a otra. Los ferrocarrileros de las distintas ramas (Transportes, Vía y Estructuras, Alambres, Oficinas y Talleres) desempeñan su oficio por sí mismos, a manera de ejemplo: el maquinista debe conducir el tren a su destino; el mecánico debe reparar las descomposturas o fallas del equipo; el peón de vía, reparar y dar mantenimiento a vías y durmientes, etc. Sin embargo, la cultura ferrocarrilera no es la simple suma de las diversas actividades encadenadas, sino que en esos procesos de trabajo subyacen una serie de relaciones, valores materiales y simbólicos, que los diferencia del resto del sector obrero con los que han coexistido.

Por lo tanto, la vida cotidiana en el ámbito laboral genera un auténtico cuadro cultural en el que no sólo coexisten distintas formas de trabajo, sino diversos tipos de relaciones y formas de convivencia de orden cultural, que los ferrocarrileros desarrollan en el ejercicio de sus actividades diarias. Estos cuadros culturales dentro del mundo del ferrocarril, en especial los relacionados con la gastronomía o espacios culinarios, sólo los podemos conocer mediante la recuperación de testimonios que los propios obreros guardan en su memoria.

Los peones de vía, el tlacualero y las canasteras del ferrocarril

Como ya se mencionó con anterioridad, con la llegada del ferrocarril surgió una cultura inmaterial en torno a la comida, que se ha denominado “gastronomía ferroviaria”, la cual no sólo involucra a quienes se encargan de elaborar o vender los alimentos en una región geográfica o en un espacio culinario especifico –estación, andén, coche comedor, coche de pasajeros, taller y vías del ferrocarril–, sino también a quienes consumen los alimentos, ya sean pasajeros o ferrocarrileros en su entorno de trabajo.

De esta manera, en el espacio culinario confluyen agentes o personajes que construyen estas representaciones culturales, tal como sucedió en las vías donde surgieron dos personajes singulares que eran los responsables o encargados de proveer y cocinar los alimentos a los peones que trabajaban en las cuadrillas de mantenimiento y reparación de las vías del ferrocarril: el tlacualero6 y las canasteras del ferrocarril.

Los reparadores o peones de vía eran los trabajadores que ocupaban los puestos más duros del gremio ferrocarrilero y, no obstante, estaban colocados en la base de la pirámide jerárquica y salarial de este ámbito. Incluso, las cuadrillas de reparadores de vía en los Nacionales de México llegaron a integrarse hasta por veinte trabajadores, que con herramientas manuales realizaban labores para el mantenimiento de las vías férreas y contaban, por lo menos, con uno o varios armones para realizar desplazamientos más rápidos a zonas más distantes de su base, y donde el espacio culinario podía surgir en cualquier lugar del camino para cocinar o calentar su comida de la canasta.

Finalmente, y como una manera de contribuir en el rescate de la memoria histórica de los ferrocarrileros en torno a la comida, a continuación les comparto la recuperación de cinco testimonios. Dos de ellos atienden a las vivencias que tuvieron los propios trabajadores de vía, mientras que los otros tres corresponden a mujeres que elaboraban los alimentos para los peones de cuadrilla.

Testimonios

Gabriel Villarreal Garcés, peón de vía, Div.Pue–Oax, FNM.

“[…]Para iniciar nuestro trabajo, el mayordomo de vía nos entregaba nuestra herramienta que era: un pico, una pala, un martillo para clavar, unas tenazas para cargar durmientes, una barreta de uña, una barreta de línea y esa era la herramienta que teníamos que llevar. Una cuadrilla de vía se conformaba de 22 trabajadores y un mayordomo. En una cuadrilla ambulante y en una sección eran seis reparadores vía, un guardavía y el mayordomo. En una sección regular chica, como la de Cuautla, Morelos, y como la de Puebla, era una sección tipo cuadrilla de veinte hombres, dos guardavías y un mayordomo… Nosotros, como trabajadores, nos despertábamos como 5:30 o 6:00 de la mañana, nos preparábamos nuestro desayuno y nuestro lonche para irnos a trabajar. El mayordomo nos pasaba lista a las 7:00 de la mañana y nos abría la bodega, cada uno cargaba su herramienta para echarla al armón. Después, cada uno sacaba los durmientes que iba a necesitar, el mayordomo nos decía: tú, tú y tú van a meter madera y tantos durmientes, cinco durmientes por cada trabajador y ya nos íbamos. Cuando había motor, nos íbamos en el motor y cuando no, íbamos empujando el armón toda la vía hasta llegar al tramo a reparar. Llegabámos a descargar nuestra herramienta y tirábamos los durmientes en los lugares que se iban a meter para que se repartieran a cada trabajador sus durmientes. Había secciones que no tenían motor para jalarnos, entonces había que empujar el armón hasta llegar al tramo. Imagínese, una sección tiene diez kilómetros y una sección se dividía en cinco kilómetros al sur y cinco kilómetros al norte, entonces, dependiendo del lugar, mínimo empujábamos cinco kilómetros el armón. Lo más pesado de nuestro trabajo era el cambio de durmientes, nos daban cinco durmientes por tarea, a nadie le tocaban menos durmientes y a la hora que terminabas tus cinco durmientes, esperabas la señal del mayordomo para descansar después de que le habíamos dado la friega. Eso era lo más pesado, el pico, pala, martillo y ese proceso de trabajo de cambio de durmientes. Subirle el riel podía tardar una hora por durmiente, escarbar, sacar, meter, clavar y calzar. Había que dejarlo bien calzadito y nivelar el balastro, la tierra que bajábamos con el pico, había que acomodarlo otra vez para que quedara como es la vía. El que supervisaba nuestro trabajo era el mayordomo de vía, quien corregía y nos decía qué nos había faltado. Y el supervisor de vía, supervisaba al mayordomo, pasaba en su recorrido y supervisaba a la sección correspondiente y si algo no quedaba bien, teníamos que ir a arreglarlo”.

“Respecto a nuestros alimentos dentro del trabajo, como andábamos solos normalmente, poníamos los frijolitos o lo que hubiera en los lugares donde estuviéramos, si había mercado o una tiendita, comprábamos que una sardinita, que un bistecito y que un pedazo de longaniza, hacíamos una salsita para desayunar en el campamento y pues llevar su canasta, así le decíamos a la canasta de lonche para comer en el trabajo”. 

“Llegábamos al lugar de trabajo a las 7:00 de la mañana y pasábamos lista, nos íbamos a trabajar y a las 8:30 llegábamos al lugar de reparación. Nos poníamos trabajar y a las 12:00 del mediodía, el mayordomo mandaba a un trabajador a calentar la comida de todos. Al que le tocara calentar, tenía que buscar la leña de los mismos durmientes que sacábamos podridos para hacer leña y se hacía la fogata. Siempre traíamos un comal grandote y una barrica con agua de 50 litros para todos. Entonces, al que le tocaba calentar buscaba su leña, hacía su fogata, ponía su comal y calentaba las tortillas, una por una, la de todos los trabajadores. Había que llevar pocillos de peltre o de aluminio, no de plástico, porque esos trastes se ponían encima del comal para que se calentara la comida. Cuando estaba caliente, avisaba: ¡Ya está la comida! llamaba a todos y hacían una rueda para comer. Cada uno se llevaba su servilleta y su canasta, cosa que calentaba, agarraba una servilleta, calentaba las tortillas y ahí mismo las volvía a poner, todos poníamos la comida en el comal, cada uno agarraba lo que quisiera”.

“Llevamos de comer no lo que nos gustara, sino lo que había y nos alcanzaba, a veces era una sardinita, otras veces era una salsita de huevo o un bistecito, un pedazo de longaniza y lo que hubiera en los lugares donde estuviéramos. El desayuno lo hacíamos en el campamento a las 6:00 de la mañana para estar listos a las 7:00; y ya en el campo, la comida era a las 12:00. La hora de comida era un espacio de convivencia y camaradería, era un momento relajado, todos trabajando echábamos relajo, silbándonos, diciéndonos cualquier piropo, trabajando y chanceando, pero ya a la hora de la comida todos tranquilos y nadie se peleaba, cada uno llegaba a lo suyo y comía lo que gustara y lo que había más sabroso; todos agarrábamos lo que quisiéramos y todos quedabámos satisfechos y contentos”.

“La hora de la comida no se perdonaba, al menos que hubiera un accidente o un descarrilamiento de un tren, por ejemplo. Nos íbamos varias cuadrillas o varias secciones, nos juntábamos allá bastante gente y había que estar trabajando en el descarrilamiento. No teníamos hora de comida, porque no había o porque no llevábamos en ese momento. Si no había que comer y alguien llevaba una tortilla dura, pues la tenía que compartir y sino, él mismo jefe que estuviera a cargo del descarrilamiento, el ingeniero o jefe de vía, enviaba a un muchacho a comprar algo para comer y nos cooperábamos todos, cada quien, con su gente, con su cuadrilla o su sección y lo que hubiera. A veces era chicharroncito con tortillitas, un pico de gallo o cosas que se podían hacer o cocinar al momento. Como yo tenía la habilidad para cocinar, mi mayordomo me decía: ´Oye Gabriel, como tú sabes hacer de comer y guisas muy sabroso, qué te parece si en vez de irte a ´meter negros´ (meter durmientes) te quedas a hacer de comer para todos, cómo ves’. ´Si me dejan dinero órale´, y todos cooperaban para que yo les hiciera de comer. Entonces le dije: ´Oiga mayordomo, pero necesito también un ayudante porque somos veintitantos, para que me ayude a hacer de comer´ y así fue como dejaron un ayudante”.

“Había lugares donde estaban cerca los mercados en el mismo pueblo para ir a comprar, y había lugares donde teníamos que caminar hasta media hora o 45 minutos para comprar lo de la comida y cuando ellos llegaban a las 3:00 pm, ya estaba la comida hecha y les gustaba como yo les cocinaba. Claro, no les cocinaba siempre, pero cuando el mayordomo quería algo especial, les preparaba un caldito de res, un pipián o me preguntaban: ´¿Qué sabes hacer?´. Pues cuando era niño mi mamá me enseñó a guisar y por eso podía hacer de comer a la cuadrilla y no era siempre, era de vez en cuando. A veces, cuando una cuadrilla con el motor se iba más lejos, vamos a suponer, unos diez o quince kilómetros a trabajar, porque llevaba el trabajo por tramos, entonces el mayordomo me decía, haznos de comer y cuando regresaban ya estaba la comida. Al llegar al campamento, eso sí, llegaban a bañarse y luego a comer para descansar y estar listos para el otro día. Para ser sincero, todo ese tiempo como trabajador de vía lo disfruté, porque había buena convivencia entre nosotros, nos llevamos todos, éramos una gran familia”.

Donato Blas Martínez 

“Aunque sean piedras, pero que estén bien guisadas”

“Inicié en Ferrocarriles Nacionales de México en la planta impregnadora de maderas de Juchitán, Oaxaca. Estas plantas tenían como función procesar que es impregnar, que en voz del pueblo o en voz popular se conocía como enchapopotar los durmientes, que era todo un proceso técnico. Después de remitirlos de los puntos de producción, que se ubican en el sureste Escárcega, Carrillo Puerto, Mérida, y todas estas partes, que eran los puntos donde se proveía el durmiente y una vez trasladados por ferrocarril hasta las plantas impregnadoras donde sufrían un proceso de la impregnación. La impregnación era técnicamente el proceso de alargar la vida de la madera en su uso en la vía y que no le afectara mucho la intemperie a la madera, claro, se amortizaban los costos para alargar la vida de la madera en la vía. Así me inicié, pero por la misma situación del ferrocarril y la invitación de algunos técnicos, me hicieron pisar otros niveles y otras áreas de ferrocarriles. Pero concretamente, me hice técnico en procesamiento de madera industrial, que es el procesamiento de la madera. Aquí cerramos ese punto”.

“Este trabajo era parte del Departamento de vía y mi segundo paso fue irme de secretario del Supervisor de vías, su nombre lo dice: supervisar la vía, la vía en su contexto es el punto prácticamente importante del transporte, sin una vía expedita no tenemos transporte, no podemos correr. Entonces, la función del Departamento de vía era tener las vías expeditas, que llamamos desde su contexto, el mantenimiento, la conservación, nivelación de la vía, etcétera. Ese trabajo lo hacíamos en motores de inspección para movernos desde un punto de referencia en la estructura de ferrocarriles, un ejemplo: de Medias Aguas a Coatzacoalcos y de Medias Aguas al sur, hasta Matías Romero. Toda esa vivencia se hacía en un motor de inspección, es un motor más chico que el de cuadrillas y, obviamente, había que pararse en distintos puntos y caminar para supervisar las vías para anotar los pequeños defectos”.

“Un día de trabajo en el sureste iniciaba a las 7:00 de la mañana, se presentaba uno en el área de la bodega, era una bodeguita para guardar el motor de inspección. Ahí se presentaba la tripulación, que se componían de dos elementos, el motorista y ayudante de motorista, su servidor y mi jefe inmediato que era el supervisor vía. Desde ese momento, nosotros nos trasladábamos al sur o al norte; al sur era a Medías Aguas y al norte rumbo a Coatzacoalcos. Cuando llegaba el horario de los alimentos, muchas veces lo hacíamos o buscamos alguna estación definida, en las cuales se vendía la comida y eso era para nosotros una algarabía, andar entre las señoras que ofrecían el alimento. En Medias Aguas, por razón natural y cultural, su pregonar era muy distinto, el acento y las comidas diferían un poquito. En el caso de Medias Aguas, las vendedoras con sus canastos con pollo eran muy singulares, era famoso el chile relleno en sus dos o tres presentaciones, con papas o con picadillo, etcétera, y algún adobo, ese era el clásico lonche del área de Medias Aguas a Coatzacoalcos. Así era como nosotros adquiríamos el alimento y sobre la tarima de lo que era el motor de vía almorzábamos, era el momento de la convivencia, ahí surgían los comentarios chuscos, tanto de los operadores del motorcito y ayudante; y el de nosotros sobre el trabajo y las cuestiones chuscas que sucedían en las cuadrillas. De esa manera transcurría el día, una vez que almorzamos continuábamos nuestro trabajo y cerrábamos la jornada a las 3:00 de la tarde en Coatzacoalcos”.

“Volviendo a recapitular cómo vivían y comían los trabajadores de vía, debo decir que ferrocarriles desde su nacionalización, en 1937, tuvo la necesidad de formar cuadrillas que le llamaban sistemales y estas designaron furgones que se habilitaron como campamentos. Un furgón se dividía para dos familias, entonces la cuadrilla se formaba de 25 hombres, eran doce carros y uno más de la herramienta. Si se requería ir al sur a trabajar, se iba al sur o al norte, esas cuadrillas tenían como objeto hacer trabajos de conservación intensiva, superior a la cuadrilla de las secciones. Cada sección en un lugar tenía su cuartería cerca de la estación, vivían ahí las familias y tenían un promedio general de 15 kilómetros a su resguardo y su responsabilidad era darles mantenimiento. Entonces, en mi andar, tuve a cargo la supervisión de una planta impregnadora en Muñoz, Tlaxcala; a un lado de Apizaco, y tenía que ver mucho con las cuadrillas. La cuadrilla desde que salían de sus campamentos o de sus secciones, la familia les preparaba su canasta; una canasta de carrizo que era la clásica y que aún todavía se produce en México. Allí llevaban su alimento, se los ponía la familia. Entonces, ya a las 9:00 de la mañana o 9:30, el mayordomo o el jefe inmediato de la cuadrilla decía: ´¡Vamos a almorzar!´ y se designaba a un compañero para calentar ´las gordas´. Era el léxico que se utilizaba, poner tres piedras para el comal, generalmente era la tapa de un tambo de 200 litros, que se utilizaba en Pemex y se habilitaba como comal. En esas tres piedras se hacía la leña de algún durmiente viejo para hacer el fuego. Todos se acercaban y al abrir sus canastas, como era un comal muy grande, todos aventaban las tortillas para calentarlas. Los platos generalmente eran de peltre y cada uno ponía su alimento. La camaradería y el fraternalismo del personal fueron muy marcados. Se cruzaba uno para comer, podías comer de un platillo y de otro platillo, no había ´fijón´, podías comer lo que te apeteciera. Era muy rico almorzar con estos compitas al pie del fogón o de la lumbre. De verdad era una forma exquisita de comer variado, era como una especie de buffet y se dejaba un cachito de comida, un tanto. Aquí va otra anécdota que se hizo popular, para qué era ese tanto de alimento en la canasta, era para que a la 1:00 o 2:00 pm, antes de terminar la jornada, se echaran el siguiente taquito y a ese taco le llamaron ´Vamos al re clave´, porque re-clavar vía se refería a poner un clavo ya al final de la jornada, era darle una pasadita a la vía que se había reparado, era darle unos golpecitos en el clavo, por aquello de que algunos se hubieran quedado ligeramente afuera y eso lo asociaban con el apetito. ´¡Vamos al re-clave!´, eso quedaba en la historia, el re-clave era echarse el último taco que había quedado”.

“También es importante comentar que siempre había un compañero que ayudaba muy solícito para hacer la comida o calentar. ´¡Yo me aviento!´, decía alguno, y ese era el compañero responsable para hacer la lumbre y preparar el comal. Les voy a contar otra anécdota, me mandaron a tender una pedrera en El Oro, Coahuila, en el desierto. Por allá me estuve unos meses para alinear la vía. Si alguien vio la película de “Viento negro” es cierto, no se podía llevar la familia a esos campamentos y vivíamos en carros furgones, tanto los de maquinaria de las calzadoras, niveladoras y el personal de vía vivimos en los furgones, al igual que el inspector de vía y de balasto tenía asignado un lugar y un espacio en un furgón que funcionaba como dormitorio y oficina para el trabajo de campo. Por razones de organigrama no existía el puesto del cocinero, sino que ya se había designado a alguien que tenía esa prestancia, porque no era un oficio, sino una prestancia para ser cocinero y su sueldo era como reparador vía y era habilitado como cocinero. Esto se acordaba dentro de la misma cuadrilla, dentro del mismo equipo y se le designaba. Nosotros teníamos un cocinero que se llamaba Mario y todos contribuíamos para la despensa que se hacía cuando pasaba el día quince o el día último de mes. Don Mario se iba en el tren minero que pasaba por El Oro, Coahuila, a Monclova, entonces se iba a proveerse de la despensa y se fue adaptando. Él con su rodillo hacía las tortillas para 25 hombres bien comelones y era una tarea difícil para el muchachón. Mario era como la mamá, algunos decían: ´Voy a ver a la mamá, voy con nuestra madre´, ese era el apodo del cocinero habilitado. Así se habilitaba en las cuadrillas sistemales al compañero que se prestaba para calentar o para hacer los alimentos y este fue caso de El Oro, Coahuila”.

“Era difícil y complicado el trabajo. Yo como hombre de campo a ningún taco le hacía el feo, en una ocasión, a orilla de vía, en una casita le pedí de favor a una señora que nos hiciera un almuerzo, y nos dijo: ´A lo mejor los ingenieros comen muy bien, y yo no tengo más que huevitos de rancho, una salsa martajada en el molcajete y una olla de frijoles´, pues esa comida era un manjar lo que nos ofrecía pobremente y le dije: ´¡Jefa! no le hace que sean piedras, nomás que estén bien guisadas´, y así se quedó el dicho para los que andan en camino. No le ponga moños, no se ponga exigentes, hay que comer lo que hay. Mario nos enseñó una vez que se le había terminado ya la despensa, yo no sabía;regó la voz de que ya no había para la despensa. Sólo tenía arroz, pero no algo para el platillo fuerte y todos los trabajadores ya sabían, entonces, con la pala de cuchara, comenzaron a excavar en la raíz de una planta que crecía en el desierto a una distancia una de otra y se llama la Gobernadora, donde anida la ratita del desierto. No es una rata común que come cochinadas, estas se alimentan nomás de raíces, y se dieron a la tarea de juntar muchas ratitas entre todos y nomás Mario les voló la cabeza y la cola, las limpio bien del cuerito e hizo una gran cazuela de esas ratitas en adobo, tipo molito, con arroz blanco con mucho ajo, muchas tortillas y frijoles bayos que se consumen en el norte. Eso fue un manjar y entonces me dijo un muchacho: ´Oiga Donato, y ¿va a comer de eso?´. ´Tú no me conoces, pero nosotros en el sureste comemos armadillo y hasta carne de chango allá en Tapachula, en Chiapas´.

Así que el hombre de camino tiene que aprender a comer de todo y repito ese dicho, aunque sean piedras pero que estén bien guisadas, va pá dentro…”

Victoria Romero Bravo,  canastera de Boca del Monte.

“Yo nací en una comunidad que se llama Potreros, rumbo a Esperanza, que es comunidad del municipio de Esperanza, Puebla. Me casé con el señor Francisco Alvarado Mora y me vine a vivir a la comunidad de Benito Juárez. Él era ferrocarrilero y trabajó como peón de vía aquí en Boca y hacia arriba en Nazareno, en los Reyes, en Apizaco, en Tlaxcala, y otros puntos como Tecámac, rumbo a México. De aquí de Boca para abajo, trabajó en Bota, allá por el cerro en las Cumbres de Maltrata, es un lugarcito donde los ponían a trabajar; luego se fue acá por Balastrera, después a Maltrata y a Fortín, allá por Córdoba. A Fortín me invitó una vez, recuerdo que había muchas flores, había muchas Buganvilias y esa flor blanca muy bonita que eran Gardenias. Luego se fue a trabajar a Potrerillos o Potrero viejo, después a Soledad de Doblado, donde también me invitó a conocer. Allá hacía mucho calor y me invitó a que pasara todo el fin de semana con él. Me fui un miércoles con mis tres hijos chicos y no se hallaron, en la noche lloraban, se querían regresar porque hace mucho bochorno en la noche. Mi esposo desesperado me dijo: ´Báñalos y mañana temprano te vas´ y, así pues, me regresé en el tren que pasa bien temprano, me embarcó y nos regresamos, ya no pude estar otros días para conocer más. Después de Soledad de Doblado, se fue a Camarón y Atoyac. De todos esos puntos donde se fue a trabajar pude conocer finalmente dos. Él anduvo por varios lugares y fue ganando poco a poco derechos y ya lo empezaron a jalar más para acá, porque ya ve, que todo el que empieza tiene que salir a ganar derechos y le dieron trabajo aquí, en Balastrera, cerca de Ciudad Mendoza, y empecé a mandarle su canasta”.

“Para preparar la canasta yo me levantaba bien temprano, a las 6:00 de la mañana para atender a mis animalitos, a cegar pastura y traerlos temprano a un terrenito. Teníamos que acarrear el agua desde el pozo de la estación hasta mi casa, la veníamos a traer en burritos porque no teníamos agua potable, el pozo de aquí de Boca del Monte era el que nos abastecía a toda la comunidad. Veníamos a traer agua, llenaba siete tonelitos de agua para tres días y para los animales. Dejaba a mis niños ya almorzando. Para esto ya había ido al molino temprano y se había quedado la masa esperándome, mientras yo hacía esos trabajos. A las 10:30 empezaba yo a cocinar, mis hijitos sentaditos por allí y yo cocinando; dándoles taquito para entretenerlos, porque el tren no espera. El tren aquí pasaba a la 1:00 de subida para arriba, a la Ciudad de México. Cuando traía la canasta vacía y a las 2:00 pm de la tarde bajaba el que iba para Veracruz. Entonces, me apuraba a hacer la comida y atender a los niños; terminaba de hacer la comida para que se enfriara y luego hacer las tortillas porque le mandaba su racimo de tres y media docenas de tortilla, mientras la comida se estaba enfriando. Le enviaba lo que Dios nos socorría, salsita con papas, huevitos con frijol, salsita con huevo, variándole así sus alimentos”.

“La carne solamente le preparaba a la quincena porque había gastitos y ellos ganaban poquito en aquel tiempo. La carnita era a lo mejor dos veces, cuando era quincena. Cuando rayaban comprábamos que unas costillitas, que un pedacito de chicharrón para hacerles de comer y mandarles. La comida tenía que ir bien fría, porque si uno la mandaba caliente o la echaba caliente en los jarros y no se enfriaba bien, cuando llegara con ellos se podía echar a perder. Por ejemplo, si estaba trabajando en Soledad de Doblado o Camarón y llegaba caliente, la comida se echaba a perder. La comida tenía que ir bien hervidita, bien sazonada y fría para el viaje. Se amarraban los trastecitos y se echaban las tortillas y cafecito. Cuando llegaba el tren, bajaba un señor que le decíamos el canastero o tlacualero y era a quien le dábamos la canasta”.

“Antes de entregar la canasta, yo amarraba mi canasta, la preparaba y me venía a la estación para recibir la canasta vacía; a veces se me hacía tarde. Como veinte minutos antes de la 1:00 se escuchaba que el tren venía silbando por el puente del Wimmer, pero como es subida, el tren no venía tan rápido y a toda carrera agarraba mi canasta y a correr. El tren entrando aquí por las fábricas y yo entrando cerca de los cambios en el patio de Boca del Monte y me daba tiempo. Llegaba a la estación con todas las canasteras para recibir la canasta vacía que venía de allá para acá, rumbo a México. La canasta llevaba una etiqueta que decía: ´Francisco Alvarado Mora a Fortín, Veracruz, y regreso a Boca del Monte´. Con esto ya sabía el canastero a dónde iba dirigida. De bajada se la llevaba el canastero y ellos buscaban su nombre con su canasta y con el tren de subida regresaba la canasta vacía y nosotros la recogíamos también con nombre”.

“La comida la mandábamos en unos jarritos como de medio litro, jarritos de comida donde les mandábamos caldillo de coliflor, coliflores capeadas, tesmolito de ejotes, frijol con calabacitas, así lo que uno pudiera combinarles y mandarles, que no se echará a perder. También le mandaba arroz preparado, arrocito con rebanadas de papitas, le mandaba sopa de fideo, porque a mi señor no le gustaba otra, más que sólo de fideo. Cuando era semana santa y les tocaba quedarse a trabajar en la cuadrilla para solventar algún accidente o algo, entonces les mandaba molito de torta o tortitas de camarón como le decíamos, o pescado seco o capeado en sus jarritos de comida, con papas doradas y teníamos que ir combinándoles para que no llevaran lo mismo. A él le gustaba mucho el arroz con papas y me decía: ´Me haces mi arrocito, pero ya sabes, bien suavecito y grasocito, no me vayas a mandar un arroz muy pacudo´. También le gustaban las coliflores capeadas con huevo y en caldillo, con su hojita de laurel en cajetito con salsa macha que hacía en molcajete o salsa verde con cilantro. Le gustaba que saliera verde, verde, porque eso sí, si se pasaban los jitomates me decía ´esa salsa estaba gris´”.

“Él venía a casa cada quince días, una vez regresó y me dijo: ´Oye tu comida se me echó a perder´, le digo, ´pero ¿cómo?´. ´Te digo que sí, llegó hirviendo; ponle más empeño y cuídame la comida, porque si no, qué voy a comer. Esa de seguro no la enfriaste bien´. ´Sí, tienes razón, se me hizo tarde, amarré la canasta y me fui´. Por eso procuraba hacer las cosas más tempranito, para que se enfriaran bien los alimentos. Luego le preguntaba si todo había llegado bien, ´Sí, muy bien vieja, pero ahora quiero para esta semana que me cocines más papas doradas, pero hazme muchas porque luego allá los cuates, ya ni me dejan´. Me cuenta que ellos intercambiaban comida, ponían su comalito, metían la leña de los durmientes de la vía y hacían su leña cuando cocinaban en la sección. Él me platicaba que cuando se iban al campo a trabajar a la vía, allá calentaban su comida, había alguien que la calentaba en un comal grande y todos intercambiaba y comían de todo, que tantita salsa de huevo, frijolito, sopita, arrocito, pero el caso es que todo se compartían”. 

“Aquí en la estación de Boca del Monte nos reuníamos todas las canasteras de varios lugares y nos llegábamos a juntar más de treinta canasteras y, mientras esperábamos el tren, nos poníamos a coser servilletas, nunca estábamos sin hacer nada, nos poníamos a coser todas las señoras servilletas de varias puntadas. Recuerdo al maquinista Barragán, se bajaba con toda la tripulación y les gustaba andar por aquí y de aquel lado de la estación estaba el sentadero de mujeres y todas cosiendo sus servilletas y se ponían a ver todas las canastas y decía el señor Barragán: ´Que servilletas tan bonitas´ y me compró dos servilletas, eso recuerdo. Eso se fue transmitiendo de generación, ya luego mis hijas también empezaron a coser servilletas. Dejó de pasar el ferrocarril y muchas canasteras comenzaron a vender servilletas que ellas cosían y ahora nos ayudamos vendiendo servilletas”.

Paquita, canastera

“Mi nombre es Francisca Romero García y me dicen Paquita. Desde los trece años ayudaba a mi mamá a hacer la comida para mis hermanos que eran ferrocarrileros. Me paraba temprano para ir al molino y nos poníamos a ´tortillar´ y luego hacíamos la comida. Nosotros vivíamos muy cerca de la estación de Boca del Monte y estábamos al pendiente de la llegada del tren. Cuando escuchábamos el tren de subida teníamos que estar preparadas para venir a recibir las canastas. A la 1:00 llegaba el tren de subida y el otro tren de bajada llegaba a las 2:00 de la tarde. Yo debía tener seis canastas preparadas y como no trabajaban los dos en el mismo lugar, les hacíamos lo mismo de comida. Hacíamos tesmole de pollo y arroz, les llenábamos dos pocillos de pollo y dos de arroz y cada uno su racimo de tortillas, porque cada canasta se iba a diferente lugar. Una canasta se iba a Paso del Macho y otra se iba a Soledad de Doblado. Se preparaban sus tortillas, su café, sus tacos. Todo eso hacíamos tempranito, tacos dorados, de papas, de frijoles y de huevito. Como vivíamos cerquita, yo venía a recoger y dejar las canastas. A veces llegaban a tardar los trenes y la comida tenía que ir bien preparada para que no se agriara, tenía que ir fría para que llegara bien la canasta. Cuando preparábamos tesmolito de pollo hacíamos arroz y cuando preparábamos salsa de carne hacíamos frijoles o ejotes con huevo y frijoles; salsa de huevito, sopa o frijoles, lo íbamos combinando. Mandábamos todo eso, a veces papas, salsa de papas, calabazas, todo eso y hasta chiles rellenos. Ellos no se comían solos la comida, se repartían entre todos. Nunca nos dijeron: ´A mí no me manden eso, porque no me gusta´, nosotros mandábamos de todo”.

“Me casé a los quince años, pero tardé poco tiempo sin hacer canasta, mi esposo entró también al ferrocarril y fue lo mismo, seguí mandando canasta. Vivía aquí, cerquita de la estación, con mi señor, y cuando el tren llegaba yo salía de mi casa y ahora era quien cocinaba para mi esposo y mi mamá le siguió cocinando a mis hermanos. La canasta llevaba dos pocillos, un pocillo de frijolitos, un pocillo de salsa de carne de puerco, su racimo de tortillas, su racimo de tacos, su pomo de café y yo le echaba unas tres naranjitas, unos plátanos. Recuerdo que aquí, en Boca del Monte, se llegaban a juntar hasta cuarenta canastas y tenías que echar las canastas rapidito al tren, porque duraba más o menos entre cinco o siete minutos. Mi tío Federico Márquez, esposo de mi tía Rosa, él fue canastero y seguía preparando la canasta hasta que dejó de pasar el ferrocarril”.

La canasta era el medio de comunicación con mi papá…

“Mi nombre es María Alejandra Huerta Sánchez y mi padre fue Felipe Huerta Zúñiga. Trabajó como ferrocarrilero regularmente en Orizaba. Cuando lo llegaban cambiar de lugar nos decía: Áhora me vas a cambiar la etiqueta de la canasta, porque voy a ir el lunes a Paso del Macho´. Así lo iban cambiando, pero casi siempre trabajó en Orizaba”.

“Nosotros somos originarios de Boca del Monte y comencé a hacer la canasta y ayudar a mi mamá, porque según ella yo corría para alcanzar el tren. Así tomé su lugar y tenía que salir cinco minutos antes y, cuando escuchaba el tren, allá por Alta Luz, donde comenzaba a silbar, yo salía corriendo desde mi casa y me daba tiempo. Cuando venía llegando aquí, a la estación, el tren igual venía entrando. Entonces yo ya sabía que, silbando el tren en Alta Luz, tenía que salir de mi casa para llegar a tiempo o cuando venía el tren de bajada, silbando en Esperanza, tenía que salir a su encuentro para llegar a tiempo. Corría para alcanzar el tren de la 1:00 de la tarde para recibir la canasta de un día antes, veníamos a recibir la canasta vacía y en el de las 2:00 de la tarde se llevaba la canasta llena para abajo. Entonces, ya traía el lonche preparado para el tren de la 1:00. Recibía la vacía y ya no regresaba a mi casa, me quedaba a esperar el tren de bajada de las 2:00 de la tarde, para no hacer doble viaje. Me quedaba esperando mejor el de bajada, porque luego a veces había cruce de trenes y no me confiaba”.

“Como mi mamá luego salía a vender ropa usada, me dejaba a cargo de la canasta. Desde los once años aprendí a echar tortillas, como veía mi mamá que me salían bien, yo le preparaba a mi papá su racimo de tortillas y las tortillas para sus tacos. Como veía que me gustaba guisar, me decía: ´Muévele a la cazuela, pícate el chile, pon los jitomates, muele la salsa´, entonces, así aprendí a cocinar. De ahí en adelante, comencé a prepararle la canasta a mi papá desde los once años con su pocillo de frijoles, con su salsa de carne, su pomo de atole, porque a él le gustaba el atole y no el café. Decía: ´No me pongan café, pónganme atole de masa y le echan leche al atole´. Mi mamá ese atole de masa lo hacía muy sabroso y yo aprendí”.

“Cuando preparaba la canasta, en algún momento extrañaba y recordaba a mi papá por no verlo durante una semana; le echaba una paleta, venía aquí a la tienda con doña Herme y en una orilla de la canasta le echaba la paleta, un dulce o un chicle. Cuando me ganaba la tristeza le escribía un recadito donde le preguntaba: ´Papá, ¿cuándo vienes, el viernes o el sábado?´. Y él me respondía en la canasta vacía de regreso. Él escribía con letra manuscrita, yo por interesarme que me había contestado mi papá, yo empecé a analizar muy bien esas letras y aprendí a leer la letra manuscrita y me emocionaba cuando mi papá me escribía: ´Te quiero hija´ y así fue la manera de comunicarnos, con la escritura a través de la canasta”.

“Recuerdo, también, que entre las compañeras canasteras había comunidad, si una de mis compañeras que le tocaba recoger canasta en el tren de subida y no podía, nosotros le recogíamos su canasta. Nos decían: ´No seas malita, la canasta es de mi hermano o mi papá, por favor recógela´. Veíamos que venía la dueña de la canasta a toda carrera y le decíamos: ´Ya tenemos tu canasta´. Cuando nos dábamos cuenta de que faltaba alguien que no llegaba a tiempo, de la misma manera le recogíamos su canasta. Nos echábamos la mano entre todas las canasteras que llegaban de Potrero, Chicalote, la Cumbre, Rueda de Ocote y otros lados”.

“La canasta tenía que ir bien preparada con sus pocillos, que tapábamos con bolsa de plástico que amarrábamos con ligas, pues antes no había recipientes de plástico o tupper. Le poníamos su atole a mi papá, en un pomo de vidrio de Nescafé, o le mandábamos un jarro de a litro para que lo calentara. Mis hijas me preguntaban: ´¿Cómo te comunicabas con mi abuelito, si quería él que cambiaran la comida?´, les digo: ´Él siempre respetaba todo lo que se le ponía, ya sabíamos lo que a él le gustaba, sus huevitos hervidos y su salsa macha´. Mi mamá siempre bien precavida, todo iba en orden como a él le gustaba y yo aprendí también de la misma manera”.

“La infancia para mí fue muy bonita, aprendí a guisar y ahora mis hijas les enseño, les digo hay que hacer la comida como si la estuvieras acariciando les digo, tengan sazón. Nunca hagan la comida al trancazo. Les pongo de ejemplo a todas esas señoras canasteras que sabían hacer una buena salsa de huevo, un atole, tesmole con bolita de masa. Les decía que mi papá una vez abrió su pocillo para comer y todos sus compañeros le dijeron: ´Se ve muy sabroso tu tesmole de pechuga de pollo´ y cuandolo probaron se dieron cuenta que eran hongos y estaba muy rico”.

“Recuerdo cuando había el cruce de trenes en Boca del Monte, porque se bajaban las que traían los plátanos, los mangos de Atoyac y Paso del Macho. Venían las señoras con todas sus frutas de allá. Aquí se bajaban las del pulque, las que vendían los platillos de pollo con papas y lechuga con dos tortillas y guisados tan sabrosos de las de allá debajo de las Cumbres y las de Esperanza, con gorditas, memelitas. En el cruce se veía de todo y entre ellas había intercambio de comida por frutas. Yo a una señora de Atoyac le daba leche y ella me daba mangos y plátanos.

Para terminar, volviendo a la canasta, cuando empezábamos a prepararla metía primero los dos pocillos. Primero el de Tesmole y luego el del arroz, a un lado acomodado el atole y en un huequito que quedaba ponía las tortillas o los taquitos. A un ladito le metía algo que él quisiera, o mis cartas o una paleta para sorprenderlo. Con esto nos vienen buenos recuerdos de la canasta, mi papá sabía cuando yo amarraba la canasta y me decía: ´Sé que tú hiciste la canasta, porque tú amarras la canasta de lado izquierdo y tu mamá de lado derecho´, yo nunca me había dado cuenta de ese detalle. Ahora que preparé esta canasta, me vinieron los recuerdo del ferrocarril de mi papá, de la infancia, se me vinieron todos los recuerdos, la canasta era el vínculo con mi papá”.

Referencias consultadas

Covadonga Vélez Rocha, “De tráfico y gritería: un acercamiento a los restaurantes y a la vendimia en algunas estaciones del ferrocarril en México” en Revista digital Mirada Ferroviaria, 3ª. época, mayo-agosto 2009, número 8, pp. 25-49.

____, “Un restaurante sobre ruedas: el coche comedor en los Ferrocarriles Nacionalesde México” en Revista digital Mirada Ferroviaria, 3ra. época, septiembre-diciembre 2011, número 15, pp. 30-42.

N. Iturriaga, José. Las Cocinas de México I, México, Fondo de Cultura Económica, 1998. Colección de bolsillo.

Ferrocarriles Nacionales de México. Reglamento de Conservación de Vías y Estructuras, México, FNM, 1946.

Ferrocarriles Nacionales de México. Reglamento de Transportes. Vigente 1 de enero de 1944 Reglas para movimiento de auto-armones. México, FNM, 1944.

Entrevistas

– Entrevista al señor Gabriel Villareal Garcés, ferrocarrilero jubilado. Puebla, Puebla. 14 de enero 2022.

– Entrevista al señor Donato Blas Martínez, ferrocarrilero jubilado. Puebla, Puebla. 21 de enero 2022.

– Entrevista a la señora Victoria Romero Bravo, canastera de Boca del Monte, Puebla. 23 de enero 2022.

– Entrevista a la señora Francisca Romero García, canastera de Boca del Monte, Puebla. 23 de enero 2022.

– Entrevista a la señora María Alejandra Huerta Sánchez, canastera de Boca del Monte, Puebla. 23 de enero 2022.

 


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El Negro Ojeda: fandango que no cesa

La Manta y La Raya # 15                                                      septiembre  2023 ________________________________________________________________________

El Negro Ojeda:                           fandango que no cesa

 

Raul Eduardo González

 

 

El 19 septiembre de 2009 Salvador el Negro Ojeda afrontó a su manera el llamado telúrico de la ciudad donde nació el 27 de enero de 1931, y para celebrar entonces nada menos que siete décadas como cantante se presentó en el Multiforo Ollin Kan de Tlalpan con un programa que hacía eco de la música antillana y de la trova latinoamericana al que tituló valientemente como “Monólogo… Va mi resto”, citando la canción de Silvio Rodríguez y aludiendo a la que puede ser la frase postrera de los jugadores de naipes; como él lo señaló en una entrevista a Tania Molina de La Jornada en los días cercanos al recital:

“Va mi resto es aventar todas las fichas, a ver si estoy blofeando… Al final del concierto, como vea la cara del público, sabré si habré ganado o no”.

Fruto de esa audición que congregó a multitud de personalidades y amantes de la música tradicional y popular de México es el disco del mismo título, en el que el cantor de 78 años a la sazón salía definitivamente airoso del lance: aquella tarde, acompañado por los músicos Rocío Gómez, César Machuca, Pepe de Santiago y Gonzalo Sánchez, puso de pie al auditorio en uno y muchos aplausos; en el disco, uno reconoce el corazón y el oficio de quien fuera poseedor de una voz inconfundible, de una vitalidad que el escenario simplemente potenciaba, de un oído sensible, puesto siempre al servicio de la armonía y el canto de voces e instrumentos.

La voz del Negro Ojeda conmovía y conmueve por su timbre dulce, que hace pensar en el viento manso de una tarde feliz, y que sin embargo posee la contenida tempestad del zapateado y el azote tenaz de la jarana:

Mocambo, Yanga y Mandinga

me hablan con el tambor. 

Así dicen los versos de David Haro que él interpretó tan a su manera. El aliento sonoro del Negro rezuma vida y pasión, con él aprendimos a escuchar zambas y boleros, sones montunos, canciones rancheras y de trovadores contemporáneos, sones jarochos… Poesía y tonadas que al materializarse en su voz hacían pensar a quien lo escuchaba que cantar era lo más natural del mundo, como pueden serlo el oleaje del mar, el vuelo de un pájaro, la sonrisa de un niño.

Y como cantar parecía muy fácil cuando el Negro lo hacía, y porque él siempre entendió la música como una irrenunciable forma de realizarse prodigando el don y el gusto a los demás, fue maestro de muchos músicos y cantantes a lo largo de algo así como medio siglo: ponderaba, ante todo, que la música fuera para quien la hiciera una necesidad vital y no tanto una obligación. En la conversación que sostuve con él en septiembre de 2009, me decía:

“no, nunca quise dedicarme a cantar; en mi juventud usaba la música para divertirme y, ¡bueno!, la necesitaba para vivir conmigo mismo y soportarme yo solito, porque tenía sembrada la cosa. La música me llamaba la atención demasiado. Entonces, siempre andaba yo buscando hacer música, con gente que estaba más o menos como yo”.

Así, fundó a principios de los años sesenta su hoy mítico café Chez Negro, un espacio abierto a la música tradicional la rumba, el son jarocho, la canción y el folclor latinoamericanos desde donde se fue delineando el gusto particular de un público de universitarios, profesionistas y amas de casa clasemedieros y urbanos muchos, como el propio Negro, de ascendencia provinciana, quienes ciertamente con un ánimo de resistencia cultural y con muchas ganas de cantar en su propia lengua retomaban los movimientos folcloristas que en Sudamérica y en Europa iban cobrando una gran importancia.

En el Chez Negro confluyeron músicos como el desaparecido René Villanueva, Pepe Ávila, Rubén Ortiz y Gerardo Tamez, quienes con el impulso de gente como Jas Reuter y Jorge Saldaña fundaron, bajo la dirección del Negro Ojeda, el grupo Los Folkloristas, que reunía y reúne hasta nuestros días gente que, como él, “sabía hacer música sin ser músicos, nada más lo hacíamos por diversión”, algo que el Negro buscó siempre a lo largo de su vida, como lo recordó en la conversación que sostuvo con Jesús Alejo Santiago para Radio Educación:

“lo que me interesaba era tocar, cobrara o no cobrara yo, por eso prefería tocar con gentes amateur, para que no anduvieran poniéndose moños de que ‘vamos a tocar sólo cuando nos paguen’; no, no, no, había que estar tocando todo el tiempo, y acá y acullá, y si no había dónde tocar, inventábamos a ver dónde”.

Hoy, luego de su partida, al escuchar su voz en discos, uno se pregunta adónde se ha marchado aquel hálito vibrante. Es un lugar común decir que ha quedado en el recuerdo, y que vive en cada uno de los que lo escuchamos y lo escucharemos; no cabe duda que hay mucho de verdad al pensar que vive en los corazones de quienes la estimamos entrañable. Antonio García de León ha dicho al respecto:

“te hemos puesto cerca de nosotros para que nos impregnes de futuro. Te vamos a embarcar, te vamos a largar a sotavento. Te pondremos en un barco de papel que desde el río de las mariposas te lleve hasta el mar, hasta el azul brillante del mar matutino. Te seguiremos por las dunas del Conejo y Chocotán hasta que te disperses en el mar profundo y desde allí veremos cómo te totalizas en el horizonte de las aguas y los rayos soberanos, mientras miles de aires, sones y tonadas retornen a tierra fertilizados por tu larga travesía”.        

Pienso además que aquella voz sigue vibrando, como vibra y late el eco de un fandango vital cuando uno ha decidido irse a dormir y los jaraneos, los cantos, el punteo del requinto y los taconeos siguen escuchándose en los oídos y siguen inundando todo el ser, como el licor que ha dejado en la boca un gusto que no sólo se resiste a desaparecer, sino que va acusando nuevos toques no percibidos en el paladeo ni en el trago. Como nuevas melodías que se van revelando en ese regusto del íntimo fandango de la duermevela, así la voz del Negro nos sigue cantando y vive porque alguna vez la escuchamos y aquí sigue y seguirá, para decirnos las cosas como nadie lo hizo.

Él mismo descubrió y fue víctima desde niño del hechizo del fandango y se apropió de su palpitación para toda la vida: a los cinco o seis años llegó a Tlacotalpan, donde conoció el ambiente del son jarocho tradicional: “me gustó tanto que en cuanto llegaba a Tlacotalpan me metía yo al fandango y de ahí no salía”.

En aquella ciudad aprendió a zapatear, en los fandangos que se hacían afuera de la cantina de Caballo Viejo, donde  “ponían un entarimado ahí enfrente; el fandango era por nada, simplemente por el gusto de estar oyendo trova y bailar, bailar; eso sí, el caso es que siempre estaba atascado, jueves y domingos estaba atascado”.

En aquellos bailes populares, el Negro fue conociendo el pulso de aquella música “de versos refocilantes”, como dijera su gran amigo, el arquitecto Humberto Aguirre Tinoco, con quien planearía en Tlacotalpan, ya por el año de 1978, la organización de un Concurso de Música jarocha durante las fiestas de la Virgen de la Candelaria, patrona de aquel pueblo singular donde el Negro, como Agustín Lara y como todo el que lo visita siente que nació con la luna de plata, trovador de veras; dejar aquel lugar es sentir la honda nostalgia de irse lejos de Veracruz.

De raíz jarocha, el Negro tuvo la doble fortuna de ser un tlacotalpeño nacido en la ciudad de México, pues rindió culto y sin duda ha dado fama a sus dos tierras: en la capital del país fundó el Chez Negro, dirigió distintas agrupaciones y formó a cantidad de cantores y músicos. Un buen día, cumpliendo el sueño del Músico-Poeta, volvió hasta aquellas playas lejanas, hasta el llano sotaventino para fundar el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan, para promover su difusión por Radio Educación, y para formar parte de la vida de aquella fiesta como un músico destacado, ciertamente, que sabía departir con viejos y jóvenes para hacer sonar su jarana y su voz en la patria sonora que fuera para él el son jarocho; decía:

“me gusta mucho El Toro Sacamandú, porque tiene una fuerza, un ímpetu cabrón; me gusta El Cascabel, me gusta El Pájaro Cu, El Pájaro Carpintero me encanta…, y muchos más”.

Y al escuchar el canto del Negro resuenan los contratiempos, las síncopas, lo atravesado de aquellos sones que tanto le gustaban y cuyas coplas cantaba con picardía; recordaba de los fandangos de su infancia y juventud que “ya cuando se metía alguien con calidad, que llamaba la atención de toda la gente, pues obviamente tú parabas la oreja también, para oír, cuando se formaba, por ejemplo un duelo de versadas. Empezaba a versar uno y empezaba a picar al adversario. Entonces era cuando se ponía más sabroso el fandango. Entonces la gente tenía que estar al pendiente de lo que oía. Había gente muy callada ahí porque había que guardar silencio para oír las ocurrencias de los que están improvisando y que muchas veces no improvisaban: hay gentes que saben tanto verso que lo hacen pasar por improvisación, pero también la gente se da cuenta de eso y entonces los desenmascara: Oye, cabrón, este verso es sabido… Ya después, ya no se oían ese tipo de duelos”.

De aquellas coplas escuchadas en fandangos y controversias, decía: “muchas me las aprendí, pues yo nunca fui improvisador, yo era repetidor, recopilador de versadas, y recopilé muchas versadas, y así como he aprendiendo unas se me iban olvidando otras”.

Entre las que grabó, recuerdo aquella de “El Buscapiés” en que se reconoce el carácter de jarocho desenfado que el Negro forjó en su propia imagen:

Soy el peje tiburón

que vivo en la mar salada,

el que me quiera pescar

ha de poner de carnada

una pierna de mujer,

que si no, no agarra nada.

Versos como estos los cantaba nada menos que el Negro, pues, como él mismo se lo confesó a Jesús Alejo:

“Bueno, el Negro Ojeda es un desmadre, es un desparpajado, un cuate que no le teme a nada, que se sube al escenario y se muestra y se encuera, como es; pero el otro personaje, que es el creador del Negro Ojeda, se llama Salvador Ojeda, es tímido, es vulnerable, es terriblemente… ¿qué dijéramos?, muy sentimental también”.

Y aquel hombre tímido se imponía a fuerza de amor por su oficio y sentía la necesidad profunda de volver al escenario, que era a un tiempo su enemigo íntimo y su medio natural, así como un bálsamo, un remanso en la vida, según se lo refiriera a Tania Molina en la entrevista citada.

Haciendo lo que siempre le gustó de corazón, cantar, el Negro fue un amante profundo de la música, como pocos los ha habido en México, 

“cuando amas a la música, amas a la música más que a las mujeres, más que a todo”.

Se lo confesó a Jesús Alejo; tuvo la generosidad de hacernos cómplices de su largo idilio, sin esperar por ello reconocimiento ni fortunas, y con esa honda verdad que llevaba dentro y que regalaba con su voz, nos dio y nos dará momentos gratos al escucharlo. En cada frase, en cada inflexión sutil de su timbre, renace la maravilla de sus vivencias tlacotalpeñas de la infancia, el embrujo que retoñaría luego en escenarios por muchos lugares del mundo, donde el Negro recuperó su íntimo decir y enfrentó con aparente desenfado y con profundo compromiso el reto de presentarse en público, para vivir y hacernos vivir, para amar y hacernos amar, para sufrir y gozar con él, en fin. Personalmente, le agradezco por ese fandango que floreció de su voz y que sigue resonando.

 

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Recuerdos de un jaranero que no fue

La Manta y La Raya # 15                                                      septiembre  2023 ________________________________________________________________________

Recuerdos de un jaranero        que no fue

 

Para Luz Gayol

Victor Gayol

 

Mariana Yampolsky

 

Ayer fue cumpleaños de Luz, mi madre. Cumplió 92 años. Con ellos a cuestas, cada vez que suenan las jaranas se alegra, se levanta y se pone a bailar lo que el peso de los años le permite. Su bastón acompaña su zapateo. Lo disfruta. Un, dos (pies), tres (bastón); repica y redobla feliz mientras le pregonamos algún son tras la comida dominical familiar.

Escribo esto a escasos días de emprender el viaje desde el Bajío michoacano al XLIV Encuentro Nacional de Jaraneros y Versadores de Tlacotalpan. Una cascada de rememoraciones acuden a mi mente y me interpelan: ¿cómo demonios caí en las redes del son jarocho? Pues gracias a Luz, hace ya más de cuarenta y cinco años.

Porque fue justo antes de que se inauguraran los encuentros tlacotalpeños como los conocemos al día de hoy. Corría, creo, el mes de noviembre el año de 1978 y mi madre, gran melómana que aprecia tanto la música de concierto como la tradicional, me dijo: “Nos vamos a Tlacotalpan porque anunciaron por Radio Educación que el Negro Ojeda preparó algo allá como homenaje a Agustín Lara”. Y para allá nos fuimos. No está por demás decir que mi madre, a la menor provocación, agarraba su coche, me metía en él, y recorría una cantidad inmensa de kilómetros hasta llegar al destino que había elegido. Era característica de su personalidad, de su libertad e independencia que siempre he admirado, lo que nos llevó a recorrer una buena parte del territorio mexicano y centroamericano.

Llegamos a Tlacotalpan justo para comer después de haber pernoctado en el puerto y pasado parte de la mañana viendo los barcos entrar. La Flecha era el único lugar decente para comer y ahí caímos, para luego buscar la Casa de la Cultura que dirigía Humberto Aguirre. Cuando llegamos ahí era todo un desgarriate pues los técnicos de Radio Educación tenían problemas para colocar la antena y enlazar la transmisión. Creí reconocer la voz de Emilio Ebergengy, aunque luego nunca estuve seguro. Lo que sí puedo decir con seguridad es que el evento tardó en comenzar y a quienes nos alejamos un rato mientras se organizaban, nos tocó escuchar todo después desde la puerta. ¡No cabía ni un alfiler! En cuanto se arrancaron, la gente se apelotonó en la casa, que entonces era pequeña y residía en otro lugar distinto, más céntrico.

A pesar de que estábamos a pie de calle, lo que escuché ahí esa tarde cambió completamente mi idea del son jarocho, que solamente había escuchado en las grabaciones comerciales y en los portales del puerto. Algo me pasó en el cuerpo y en el alma. Y aunque me encontraba enojado por no haber podido escuchar y ver desde adentro todo lo que pasó, mi persona había cambiado.

Más tarde, después de oscurecer, fuimos a tomar algo a esos comederos construidos con tablones de madera que penden al lado del malecón, sobre el río. Yo me estaría comiendo una tostada o algo así cuando a mis espaldas reconocí una voz que me era familiar por lo que se escuchaba en casa. ¡El Negro Ojeda! Echándose unos toritos le sonsacaba a alguien que no puedo identificar versadas de diferentes sones.

Tan encantado estaba que a las pocas semanas yo estaba de regreso en Tlacotalpan para quedarme en casa de un compadre de mi tío Raymundo, don Manuel Naranjo Naranjo, que vivía al ladito de San Miguelito. Yo estaba dispuesto a aprender todo eso de la jarana y la versada. Pero eran vacaciones de diciembre. Los jaraneros que comenzaban a dar talleres en la Casa de la Cultura se habían regresado a sus localidades y no había nadie que te enseñara el rasgueo. Así, a mis catorce años me pasé una semana y pico llenándome los sentidos de las ramas tlacotalpeñas.

 

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Alfredo Delgado Calderón. Discurso

La Manta y La Raya # 14                                                              marzo  2023 ________________________________________________________________________

Discurso pronunciado por el 

Dr. Alfredo Delgado Calderón 

al recibir la medalla “Gonzalo Aguirre Beltrán” 

que otorga el Instituto Veracruzano de la Cultura, 

en el marco del 

XXVI Festival Internacional Afrocaribeño.

 

Héctor Juárez

Antes que nada, quiero agradecer esta medalla que significa mucho para mí, no sólo para mí. Es una medalla que en realidad sintetiza los esfuerzos de mucha gente, quiero reconocer a muchos que me han acompañado en el camino. Hay gente que vino de Acayucan, de Coatzacoalcos, de Xalapa, que vino para acompañarme en este momento. ¿Por qué digo que es una medalla que hemos ganado muchos? Porque me han acompañado en el camino, mucha gente, especialmente de dos instituciones, como la Dirección General de Culturas Populares y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. También mucha gente del movimiento jaranero donde empezamos a destacar la presencia Afro en la región del Sotavento y en distintos aspectos. 

No es posible conocer la influencia Afro si no nos metemos a los pantanos, a las isletas que quedan cuando se inunda la cuenca del Coatzacoalcos, la cuenca del Tesechoacán, del Papaloapan; hablar con los vaqueros, hablar con los descendientes de aquellos antiguos esclavos a quienes la revolución no les hizo justicia, hijos de ejidatarios. Mucha gente que pidió el reparto agrario de las haciendas donde sus abuelos, sus tatarabuelos fueron vaqueros o fueron esclavos, y no se lo concedieron. Hay un proceso de largo plazo, hay muchas emociones en medio, mucho sufrimiento de aquella gente que fue arrancada de África, traída a la fuerza y que entró por San Juan de Ulúa, por el muro de las argollas. Miles de ellos y miles más que entraron de contrabando y muchos más que obtuvieron su libertad, ya sea porque la compraron, porque eran hijos de españoles o cuyos padres esclavos se casaron con indígenas. 

Eso fue conformando distintas regiones en México, regiones culturales. Muchas regiones como la Tierra Caliente de Guerrero y Michoacán o la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca o los Altos de Jalisco o el Sotavento o la Huasteca serían impensables sin el aporte Afro. Esa gente que, ya sea libre o esclavizada, trabajó en trapiches, en obrajes, en haciendas, en los conventos y que fue dejando su impronta. ¿En dónde? En la gastronomía, en la música en las artesanías, en la medicina tradicional… y muchas veces no la sabemos saber. Hemos tenido que bregar en los archivos, consultar miles y miles de expedientes los últimos 35 años, para más o menos entender qué estaba pasando en las regiones, dónde están esos aportes y qué es lo que queda de ellos.

No podríamos escribir todo lo que hemos escrito si no vamos a conocer las ruinas de esas haciendas ganaderas, los caminos que trillaban con las manadas de ganado salvaje que llevaban los vaqueros negros y mulatos de Nopalapan, de Chiltepec, de Corral Nuevo, para alimentar también a los esclavos de las minas de Taxco, de Cuautla; llevar también carne de res a la Ciudad de México o a la ciudad de Puebla. No podríamos entenderlo si no vamos a conocer lo que queda de los viejos trapiches de la zona de Córdoba, de Huatusco, que ocupaban esclavos por miles. ¿Para qué? Para utilizar un producto como el azúcar, que era muy preciado en Europa y Nueva España, el azúcar que fue “azúcar de sangre”. 

Muchas personas esclavizadas escaparon y fundaron los palenques(1) en la sierra, muchos palenques. De allí es cuando uno de estos líderes, Yanga, se rebela y va fundando una serie de palenques en los alrededores de Córdoba (Veracruz) y negocia con las autoridades virreinales. Pero no fue el único: Francisco Congo, Diego Macute y muchos más, que finalmente lograron que las autoridades virreinales les concedieran también fundar otro pueblo: Nuestra Señora de Guadalupe de los morenos de Amapa. 

Los cascos de las haciendas se convirtieron en pueblos, pueblos con esa impronta afromestiza: Nopalapan, Cuatotolapan, Corral Nuevo, etcétera. Pero también pueblos que originalmente eran pesquerías, como Tamiahua. También pueblos que originalmente eran indígenas y que los vaqueros de las haciendas robaban mujeres y se fueron convirtiendo, después, en pueblos de negros, como Tesechoacán o Chinameca. Hay mucho que pudiéramos platicar. 

Yo agradezco infinitamente este reconocimiento. Y agradezco especialmente al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y al Centro INAH Veracruz que me ha acompañado estos últimos 15 años.

Muchísimas gracias, es cuánto.

Ciudad y Puerto de Veracruz,        a 6 de octubre del 2022.           XXVI Festival Internacional 

 

El Dr. Alfredo Delgado Calderón es Profesor-Investigador Titular del Centro INAH Veracruz, miembro del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT y actualmente dirige el Museo de Antropología de la ciudad de Xalapa, Veracruz.

(1) Palenque o kilombo son términos utilizados en America latina para referirse a aquellos asentamientos fundados por las y los negros cimarrones que se huyeron de sus dueños escapando así de la esclavitud forzada, entre los siglos XI al XIX. Muchos de estos palenques fueron inicialmente pequeños campamentos desde los cuales los negros cimarrones hacían sus incursiones a lugares cercanos a fin de resolver la sobrevivencia cotidiana. En algunos casos, con el paso del tiempo estos lugares de resistencia lograron convertirse en rancherías que dieron lugar a la fundación de pueblo [nota de los Editores].

 

Revista en formato PDF (v.14.1.0):

 

 

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Bertha Llanos

La Manta y La Raya # 14                                                              marzo  2023 ________________________________________________________________________

Bertha Llanos

Testimonios recogidos por Alec Demster       en Santiago Tuxtla, 2005 

 

* Entrevista y grabados tomados del libro: Ni con pluma ni con letra. Testimonios del canto jarocho. Investigación y grabados de Alec Dempster. 2° edición 2022, Fogra Editorial, México.

 

 

Mi papá murió en 1955. El 21 de mayo cumplió cincuenta años, y él murió de cincuenta y cuatro años. Ahora, échale cuál fue su año; de muerto tiene cincuenta. Aquí hay muchas personas que lo conocieron, pero ya muchos han muerto, personas muy ancianas. Mi papá era campesino, sabía muchas cosas. Él aquí tenía una tiendita. Aquí, esta casita estaba arriba de un barranco, era de caña, era de palos de antes. Pero él desde chamaco dice que empezó a componer palabras. Toribio Guzmán fue su maestro. Aprendió tercer año, y ya. Supo muchas cosas, sabía leer y escribir. No aprendió más que tercer año, pero es que antes era tercer año, no que ahora las niñas de tercer año no saben ni cuántos gramos tiene el kilo. Entonces, yo estudié dos meses de primer año, dos meses de primaria tengo; ni siquiera me medio explico. Muchas veces la atención, ¿verdad? A mí me ha gustado mucho leer libros. En libros, en revistas, en periódicos, se encuentran palabras que se pueden utilizar. Mi papá también lo miraba. Llegó el tiempo que ya no miraba: mi mamá y yo le leíamos, y si venía una persona, y decía: “Le voy a hacer una poesía; ¿cómo es?”. Le decía cómo es, porque no lo miraba. Se relacionaba con el gobierno, cuando fue presidente de la república Lázaro Cárdenas; fue en el cuarenta y seis. La relación del código de Ley de Tierras Ociosas. Él se hizo representante, y con la ley en la mano invadió las tierras de por acá que estaban ociosas. Pero ya después ya no lo dejaron, porque aquí hubo un tiempo que todo eso por acá eran ejidos; todavía, donde viven ahí Margarita y mi hijo Diego. Es ejido en La Octava. Ahí todos eran ejidos. Entonces vino la ley, que todo el que tenía el ejido lo  entregara a su dueño. Los terrenos los volvieron a entregar. Los de Ángel Carvajal, Rosario Carvajal, todos esos terrenos habían agarrado para sembrar: sembraron mango, cedro, chagani, muchas cosas, y se los dejaron a los señores dueños, porque así vino la ley. Hasta mataban; como en la política. Pero ahora no hacen lo de antes. Un tostón y pa’dentro. Un tostón, y a comprar gente. Porque unos cincuenta centavos ganaba un hombre trabajando en el campo. Claro: les dan su tostón y pa’dentro. Así les quitaban gente. ¡Era una cosa! Se mataron, y se hicieron. Peligroso. Mi papá cantaba en mexicano. Tiene unas décimas en español y mexicano: 

Al pie de una colina 

donde la rosa creció 

vine a contemplar tu nombre 

con todo mi corazón. 

Pero ese dice en mexicano: 

Itzintlan ce tepetontli, 

campa xochitl mohuapana, 

iceizoctzin noyolotzin quitilana. 

Él lo aprendió todo en mexicano y los arregló; como usted sabe su idioma, usted arregla a su idioma, y ya lo compuso. Pero usted puede fundarse. No deje pasar el tiempo. Ponga su fun-damento, que el libro lo tiene aquí [señala su cabeza]. Bueno, póngate a pensar. 

Mi papá estaba durmiendo y decía: —¡Catalina, levántate! Mi mamá se levantaba. —¿Qué quieres, Juan? —¡Escribe! —ya se ponía a escribir un sueño que soñó—: 

Soñé con una fortuna hace muchísimos días, que algún día yo sería hombre de mucho poder, que llegaría a tener lo que ninguno tenía. 

Esos estribillos, mi papá los hizo. 

Según decían antes mis antepasados, lo embrujaron. No sé qué. Él ya estaba malo, estaba enfermo. Era muy enamorado, así como estaba, todo chueco, todo chirrisco, y él para el amor fue “del alacrán la cola”: 

He llegado a esta función 

a ver si doy golpe en bola, 

para cantar este son 

entre rosas y amapolas, 

porque yo para el amor 

soy del alacrán la cola. 

Fue muy enamorado, pero borracho no. Eso fuelo que tuvo Juan Llanos. 

Chano Escribano es su consuegro de Manuel, mi hijo. Ese tiene mucho verso que le ha comprado. Le compró a mi papá mucho verso. Ese tiene unos versos que dicen: “¿Cuáles son las cuatro esquinas / del reglamento sumario?”. Pero ya no me acuerdo. Tengo muchos escritos, pero mi gente no quiere luchar, arreglarlos. Pero si ellos me los leyeran, yo los compongo. Tanto que cantaba era Manuel Valentín. Venía aquí: mi papá le enseñó todas las tonadas. Aquí fue conocido cantador, pero ya los cantadores viejos, ahora ya no dan. Nicho Vichi sabe muchos versos, porque aquí compró también, y aquí venía a aprender con mi papá. Le apilaban con su jarana, con su requinto, la segunda, la tercera, violín, y era un alboroto que hacía mi papá, y tenía una tiendita. Vendía mercancía de abarrotes. Vendía entonces, no era alcohol, era aguardiente: un poquito, así, en un vaso, verde, verde. Era yerba. Dos centavos. Te lo tomabas. Ya, venían: 

—Un dos. 

—¿Qué quiere? 

—Hierba. 

Al aguardiente le metían hierbabuena, y salía verde, verde. Muchos licores hacia mi papá: manzana, perón, membrillo; muchas cosas hacía. Hacían vino; vendían aquí, en las fiestas, las botellas. Nanches. ¿Cuánto, no? Todavía nanche, pues, está privando; pero los demás, ya. Gabriel Arnau es el que hacía también. Aquí venía con mi papá. ¡Bueno! Muchas cosas que hoy no las oigo. Eso fue antes. Aquí venían muchos cantadores a cantar y no sé qué tanto. Venían de por allá, hablándole en mexicano, y él contestaba. Cantaban en mexicano y contestaba como hoy que cantan en inglés. Cantan como quieren. Por ejemplo, usted llega y me dice: 

—Chimotal. 

—Ya nana (`buenos días’). 

Ya sé que me dijo buenos días, pero yo le respondo: “chimotal”; siente, pero ahorita hay todavía personas grandes de edad que saben mexicano. 

Había un compositor que le decían el Vate Comoapefío, era Crescenciano Brígido. Lo vino a saludar en versos, y mi papá contestando, y se lo dijo hablado y luego cantado. Ya mi papá le siguió cantando, y ya no dio el otro la medida. En Comoapan hay personas que saben mucho, y en Soconusco. En San Andrés hay mucho anciano que toca jarana y la guitarra, o, como digo, guitarra de sones. ¡Mi papá, pa’l requinto! Requinto, segunda, tercera, de todo. Guitarra de son. Canciones. Don Ricardo Castellanos también hizo mucho verso; un señor que se llamaba Manuel Guzmán, Felipe Palma: eran cantadores. También se alcanzaban con cualquier cosa. Mi hija, Rosa Lara, también se alcanza. Mi hija mayor sacó el corrido de Colosio, cuando mataron a Colosio, y La Laguna Verde: de repente, cuando puede, le alcanza. Mi papá se vivía nada más escribiendo. Por eso, cuando le venían hablando en verso, enseguida contestaba. No eran versos ya sabidos, sino nacidos del pensamiento. Hubo uno que llegó bien pelado, todo rapado, y estaban dos ahí, y le sale uno: 

En la cumbre de un taray 

cantó un pájaro gorrión. 

¡Hombre, qué tijeras traes! 

Es bonito ser pelón, 

pero no de a tiro ráiz. 

Entonces, el otro le dio coraje: 

—Contéstalo. 

—No vaya a haber tiros. 

—No. Si hay tiros, yo respondo. Yo aquí traigo. 

Porque era en Cabada. Porque ahí la gente le gusta mucho. Entonces, dice mi papá: 

En una naranja vana, 

yo recuerdo que te di. 

Anda, avísale a tu nana 

que si me rasuré así 

fue porque me dio la gana, 

no por darte gusto a ti. 

Hay que tener coco. El cerebro es pura bolita que está trabajando. Inmediatamente, acomodar esa palabra; ahí está el chiste. Pero en un huapango llega uno y canta y el otro le contesta; como el argumento, ¿no? Los versos picones. El poeta nace, no se hace. Ahora estudian poesía, para componer estudian poesía. 

Antes le decían a mi papá: 

—Tú tienes el bastón del diablo, porque enseguida respondes. 

—Déjenme de salvajadas. Busquen ustedes el motivo en su propia cabeza, que para eso la tienen. 

Y así es. Póngase a pensar. Cuando duerme, cuando está solo, póngase a meditar, y va a ver cómo las palabras le nacen y usted las pone. Por ejemplo, estás viendo la tele y de todas las musarañas que están naciendo, ¿usted se alcanza un verso? Ahí lo saca. 

Digo que ahora las palabras son otras, hay que buscar. Como viene usted, de por ahí, viene buscando otra palabra, otra idea, y la encuentra. Porque todavía hay. Yo voy a dejar muchas cositas el día que me marche de aquí eternamente, pero mis hijos pues no las aprecian. Yo no, yo aprecié todo lo de mis pa-dres, pero ahora, en esta época que ya estoy perdiendo la vista, ¡cuántos papelitos ando guardando! Cuando me muera, me van a buscar todo. 

Yo hice una poesía conforme a la Biblia, pero esa poesía es de un texto. Salmo 105 o 119. Ya no me acuerdo. Ese dice: 

Sostenido por la fe, 

llegaré yo a mi destino, 

porque Tu palabra es 

Tu altísimo Dios divino: 

lámpara a mis pies,

 lumbrera a mi camino. 

Es un texto; porque la Biblia dice: “su pálabra es lámpara a tus pies y lumbrera a mi camino”. Es salmo, 105, 119. 

Ya no me dieron esperanza de que vuelva a ver. Pero, si Dios quiere, ¿verdad? Todo lo sabe Dios. Nosotros queremos componer, pero para nosotros todo es dificil. Pero para Dios todo es fácil. Muchas veces, lo que a nosotros se nos hace dificil —pues somos mundanos, somos terrenales—, pero el Padre Celestial lo sabe todo. Ya no hay otro. ¿Cuántos dioses hay? Un solo Dios verdadero, y si hay mil dioses se encierra en uno. Aquí en el mundo, pues, muchos dioses y diosas. ¿Cuántos quieren ser dioses y diosas? Pero no se puede. 

¿Ya no se acuerda de Salomón? 

Cuando me pongo a trovar, 

en versos dibujo historia. 

Ahora te voy a contar 

lo que hizo la reina mora: 

a Salomón fue a tantear 

dónde estaba su memoria. 

Yo quisiera adivinar 

como el Sabio Salomón, 

pero me pongo a pensar 

que puedo perder la acción 

en la suma de quebrar. 

Una reina a Salomón 

lo tanteó de tal manera, 

como hombre adivinador, 

que al momento le dijera: 

“Dígame, de estas dos flores, 

¿cuál será la verdadera?”. 

Luego dijo Salomón 

que lo esperara la reina, 

y al momento sacó 

la abeja real montera, 

y ni así le adivinó 

cuál sería la flor de cera. 

Arrodillada la Reina, 

no le pudo adivinar. 

Dijo la reina: `¿Cuál era 

la rosa más natural, 

porque una es hecha de cera?”. 

Salomón quedó pensando, 

cómo podía adivinar, 

en su mente descifrando, 

dijo que: “La abeja real 

puede irme asegurando 

cuál será la natural”. 

Profundamente, no pudo 

el gran sabio Salomón: 

quedó en duda y no seguro, 

no le dio contestación. 

A tiempo dicen mis labios, 

sin perder las amistades: 

¿para qué tener agravios? 

Toditas son vanidades, 

ni Salomón siendo sabio 

adivinó las verdades. 

Ni el gran sabio Salomón 

adivinó la verdad: 

según su declaración, 

fue la reina de Sabá 

la que le ganó la acción. 

No quiero ser Salomón, 

ni tampoco un adivino. 

Será la declaración 

que la ley de los destinos 

es del cielo a la mansión. 

Me dicen que Salomón 

era un sabio muy profundo; 

no tenía competidor, 

porque era un rey sin segundo, 

pero le ganó la acción 

una reina de este mundo. 

Y él, que era sabio, nada… 

Todos los versos los debe de tener en la memoria. Hay que argumentar en cuentas. El otro que dice del “artículo sesenta”, cómo se quiebra una cuenta. Muy bonito. De quebrados y multiplicados: 

Si yo tuviera cien pesos, 

no los había de cambiar, 

porque después del ingreso 

a no se puede contar, 

porque en tostones hay progreso 

de a veinte ni decimal. 

La suma y resta es unión 

a la cuenta de un ingreso. 

Dividir una porción 

es muy poquito progreso. 

Doscientos tostones son 

la cantidad de cien pesos. 

De plano lo que argumente 

esta contabilidad, 

que suma y resta se cuente, 

multiplicando igualdad, 

que son quinientos de a veinte 

cien pesos la cantidad. 

Las cuentas son muy cabales, 

todas van en progreso; 

suma y resta son iguales, 

multiplicando es impreso: 

mil monedas decimales 

es el total de cien pesos. 

En las notas de este verso

 los dos totales se ven. 

Si quieren ver el progreso, 

no lo traten con desdén: 

mil décimos son cien pesos, 

y dos mil quintos también. 

La suma y la resta pone 

igual multiplicación; 

la división dispone 

a verificar la acción; 

la quiebra es la que compone 

la cuenta y aclaración. 

Cuando me pongo a trovar, 

mi corazón se contenta. 

Los versos de argumentar 

del artículo sesenta, 

en la forma de sumar 

cómo se quiebra una cuenta. 

Hay que sumar y restar 

y multiplicar también. 

Dividir, primer lugar, 

como aquí se nos presenta, 

que sea sin modificar 

el artículo sesenta. 

Vamos a poner: cien pesos, 

¿cuánto viene a resultar? 

En la cuenta de progreso 

hay que sumar y restar, 

y en la división, por eso 

la voy a multiplicar. 

—¿En tostones, cuántos son 

la cantidad de cien pesos? 

—De la misma cuenta hoy 

en la suma del progreso: 

doscientos tostones son 

la cantidad de cien pesos. 

El argumento es patente; 

lo que de plano confieso 

con mi humilde pensamiento, 

digo lo que es el ingreso: 

que son quinientos de a veinte 

la cantidad de cien pesos. 

Primero buscaban que rime el verso, y ahora ya no. Ya no hay rimo. Na’más como sale. El rimo va con tres o cuatro palabras adelante, y no es como primero. Son versos viejos: 

Por esta calle me voy, 

por la otra doy la vuelta, 

porque me tienen cautivo 

los claveles de tu huerta. 

Fíjate. Antes no creas que eran tontos los viejos; que viejos antiguos no sabían, también. Los versos viejos que hicieron, que dice: 

La tierra no sé en dónde 

celebran no sé qué santo 

y rezando no sé qué 

se gana no sé qué tanto. 

Tenían su cabecita. Antes cantaban y hablaban, y ahora no. Cantaba mi papá: comentaba y cantaba y hablaba, y luego volvía a tocar a la última palabra. Otra vez ya cantaba. Si alguien se atreve a cantar como antes, va a ser admirado, porque ya nadie canta así. Nicho Vichi cantaba también, pero no le da. El que daba muy bien era Venancio Mendoza; ese sí cantaba muy bonito, Manuel Valentín, ya se murieron. 

“El borracho”, nada más que lo sepan bailar. Aquí habían unos señores que bailaban muy bonito “El borracho”. Cada quien agarraba su botella y se ponían a danzar. Hasta chocaban las botellas muy bonito. 

El que toma aguardiente 

de sinvergüenza se pasa, 

de la tienda se hace cliente 

y se olvida de su casa. 

Hoy nada más están gritando. “El palomo”, ya cuando mundanceaban, para atrás, para atrás, para atrás. Para ‘lante, para ‘Iante, para ‘Iante. Muy bonito, pero hay que saberlo bailar. “La guacamaya”, “El pájaro manzanero”, “Los chiles”, “El venado”; pero la danza del venado, ya no. Ya todo es moderno. Antes no eran brincoteos, como ahora. Bailaban “La bamba”, pero bien asentadito: estiraban una banda, sea de cinta o sea de tela, lo estiraban con los pies, y como ellos saben bailar “La bamba”, lo amarraban. Amarraban la banda y la desataban entre los dos bailadores. Aquí se rifaron con reloj en mano, y ganaron los de Catemaco. 

Versos del pájaro manzanero 

Vengo de la serranía 

de los campos de Guerrero; 

qué suerte será la mía, 

y qué viaje tan rastrero, 

les diré cómo decía 

el pájaro manzanero. 

Qué bonita cuando llueve, 

que suena la songonera: 

dan las ocho, dan las nueve, 

y yo sin verte siquiera. 

Vámonos, si tú me quieres, 

a la tierra manzanera. 

Cantando dijo un gorrión 

cuando levantó su vuelo: 

“Mira qué bonitos son 

los ojitos de mi cielo”, 

como dijo el guapetón 

pajarito manzanero. 

Cantaba el pecho amarillo, 

y le contestó el jilguero: 

“Vámonos para el castillo 

de los campos de Guerrero, 

adonde se oye el silbido 

del pájaro manzanero”. 

Ya me voy a mi cantón, 

amigos y compañeros; 

es la última oración 

que les dice un misionero, 

porque aquí se acaba el son 

del pájaro manzanero. 

Muy junto de tu ventana 

voy a poner un letrero: 

“Levántate de mañana, 

y verás lo que te quiero; 

mira, paloma, que te ama 

el pájaro manzanero”. 

Un pajarillo volando 

dijo al pájaro vaquero: 

“Mi pala ando buscando; 

dime, tú que eres matrero, 

adónde nos encontramos, 

soy pájaro manzanero”. 

Para cantar este son 

del pájaro manzanero, 

hay que subir al balcón 

del castillo de Guerrero, 

para ver con atención 

dónde se anida el jilguero. 

 

El pájaro manzanero 

se paró en un arbolito, 

y le cantaba al jilguero: 

“¿Por qué lloras, chiquitito? 

Tu dolor es pasajero, 

dicen que eres muy bonito”. 

Yo le hablo común y corriente, según nuestra amistad, y que usted vea que yo siempre soy sincera. Me gusta el respeto y la sinceridad, la nobleza. Yo soy una mujer de criterio firme y honrado. No quiero más allá ni más acá, ni un punto más ni menos. 

En esta actualidad han cambiado las palabras, porque ya hay tanto estudio. Antes hablaban materialmente, pero hoy ya es de otro. Ya la canción, aunque no rime, habla la canción; ya no buscan el ritmo. 

“El buque de más potencia” lo hizo mi papá: 

¿Quién fuera el buque de más potencia, 

para arrojarme al fondo del mar? 

Para sacarte, perlita hermosa, 

que yo en tus brazos me he de arrullar. 

Tú me juraste un dichoso día, 

y de testigo pusiste a Dios, 

que me amarías sinceramente 

sin separarnos nunca los dos. 

Aquí te dejo estas tres canciones 

para que las cantes, yo ya me voy, 

porque la cantes con tu boquita, 

que son recuerdos que yo te doy. 

Ay, quién pudiera besar los labios, 

o son de azúcar o son de miel; 

pero en mi mente llevo grabado 

el bello nombre de esa mujer. 

Ese es “El buque de más potencia”. Ese, se lo llevó de aquí Gilberto Zapata a la difusora en Veracruz. Entonces, “El buque de más potencia” no era “El buque”, porque mi papá le decía “quién fuera el barco de más potencia”; pero el que se puso como el autor en Veracruz le puso “El buque”. Es todo lo que él le compuso.

“Peregrina de los ojos purpurinas” [sic], también. Muchas, muchas, canciones hizo mi papá. Venía así, una persona como usted, y venía y le decía: “A ver, escríbemelo, voy a aprender la tonada”. Por ahí lo iba a cantar en Veracruz. Ya eso se des-parramó y se desparramó. Ya luego, venían autores de Cosamaloapan, venían autores de Veracruz, venían autores de Xalapa, y así: en esas canciones que mi papá vendió a diez centavos y los versos, ya no me acuerdo. Era puro centavo. Por ejemplo, el que acabo de decir, ese de rosas y amapolas, es una cadena; eso es muy bonito, le habla de todo. 

Grábese un verso de amor. Yo le voy a decir:

 Quisiera que lloraras 

al escuchar mis versos, 

así como he llorado 

al escribirlos yo. 

Quisiera que sintieras 

en cada frase un beso, 

en que la letra vieras 

un sueño de los dos. 

Viene un señor y me compraba el macito de escritos que están todos de a pedacitos y rotos. Yo le digo: 

—No. 

—Se le van a perder. Véndamelos. 

—Ahí que se pierdan. Van a pudrir conmigo.

Un señor de San Andrés, un Isba, un compositor. 

También trataron de comprarme la libreta de pascuas, y ellos vienen a vender aquí porque la gente vienen y compran, y ahí los pasan y ahí los venden, de así, de letras de molde. 

En otro día que usted venga, yo voy con la memoria fresca y voy a buscar un librito, que tengo un librito que mi papá dejó, que habla muy bonito. Muy bonitas poesías, como “El año viejo”; ¿usted ya hizo la poesía del año viejo? Yo hice, pero ya no me acuerdo. Como los Reyes, cuando los Reyes llegaron, y todo eso. Eso tie-nen los nombres, lo que dieron. 

Me arrepentí. Ya no voy a ver. Que el Señor disponga lo que guste. Estoy en sus manos. 

[Entrevistada en 2005, Santiago Tuxtla] 

 

Revista núm. 14  en formato PDF (v.14.1.1):

 

Artículo suelto en formato PDF (v.14.1.1):

 

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