Identidades impuestas

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

Identidades impuestas

Jaime López Reyes

 

Carlos Hernández Dávila, 2025.

 

Ve’em xa ëëtse nyaktij *

* Así nos dicen, en mixe de Totontepec.

La palabra indio es la más reiterada y ofensiva con que se ha señalado en México a todo ese conjunto de personas que se desconocen, ese gran Otro que quedó atrapado dentro de lo que hoy es el Estado nación mexicano. “Pinche indio” es el insulto mexicano por excelencia y, hasta el día de hoy, ha sido el vehículo de todos los supuestos y nociones ofensivos con que se nos agrede cotidianamente a quienes nos reconocemos como indígenas o nos adscribimos a alguno de los pueblos o naciones llamados indígenas. Nacida de un malentendido geográfico, la palabra indio, por sí misma, representa más un error que una injuria: los exploradores europeos pensaron que habían llegado por el occidente a la India y llamaron a toda la población indios, tomándolos como una masa coherente, un solo “grupo”: el conquistado. Desde entonces, borrando las diferencias históricas, culturales, lingüísticas y religiosas que había entre los diferentes pueblos que habitaban el continente, se les unificó bajo la denominación de indio. Esta homogenización sigue vigente y la palabra se cargó con desprecio casi desde su nacimiento. Por eso, una de las primeras demandas de las luchas indígenas del siglo xx fue la identitaria, dejando claro que no queríamos ser llamados así.

Hoy en día, tanto en la academia como en los discursos y eventos oficiales, la palabra indio ya casi no se emplea porque fue sustituida por indígena (aunque la sustitución no significa que los prejuicios hayan sido superados en esos espacios). Fuera de esos ámbitos, el uso de indio como un insulto es más manifiesto y reiterado. La palabra indígena se empezó a utilizar después de la Independencia de México. Desde entonces, ha coexistido con la palabra indio y ha sido usada como su sinónimo, manteniendo la carga negativa plagada de estereotipos y prejuicios. En muchas de las luchas indígenas, la palabra indígena se ha entendido como un mero eufemismo, es decir, como una palabra más suave con la que se sustituye otra que se considera más explícita. En ese sentido, la palabra indígena ha sido usada sólo para encubrir el racismo, pero no para combatirlo.

Desde los gobiernos liberales del siglo xix hasta los actuales, aquellos a quienes se nos ha llamado indios o indígenas hemos sido vistos como uno de los principales problemas de la nación mexicana, pues se considera que nuestra existencia frena el desarrollo y la modernidad del país. Desde la conformación del México independiente, el Estado ha buscado integrar a los miembros de los pueblos indígenas a la nación. Los métodos de integración han sido múltiples a lo largo de la historia; el más usado ha sido la educación, que ha ido desde la castellanización forzada hasta los modelos recientes, en apariencia más respetuosos, pero que conservan la idea de que la educación es una forma de superar nuestra “condición de indios”, que ellos consideran inferior. El modelo educativo mexicano partió de la idea de que los indígenas dejaríamos de ser un lastre para la patria sólo mediante la instrucción escolar. La educación, desde el siglo xix, se ha visto como una acción redentora con la que han querido salvarnos, a los indígenas, de nosotros mismos y volvernos “mexicanos civilizados”. Con matices o de una manera menos explícita, ese pensamiento sigue vigente en el sistema educativo y en la sociedad mexicanos.

Además de lo anterior, la violencia del Estado mexicano hacia los pueblos indígenas se ha expresado también como castigos corporales y encarcelaciones por hablar una lengua indígena o vestir trajes tradicionales, esterilizaciones forzadas, expulsión de sus territorios y el uso directo de la fuerza pública (policías y ejército) y paramilitar para agredir a comunidades indígenas. De toda esta violencia están impregnadas las etiquetas indios e indígenas, y esas palabras han sido usadas históricamente para homogenizar a pueblos enteros y negar la manera en que los distintos pueblos indígenas se definen, se autonombran y se comprenden a sí mismos. Una parte importante del racismo del que son víctimas los pueblos indígenas tiene que ver con estas dos etiquetas, pues son palabras cargadas de desprecio, inferiorización, estereotipos y prejuicios negativos, que desembocan en discriminación, insultos, maltrato y mucha violencia. Vivimos en un país que educa a sus pobladores para admirar y respetar a los “indios antiguos”, gloriosos y mitificados, porque, dicen, son las raíces de lo mexicano y lo que se puede vender al turismo como tradicional y auténtico, pero, al mismo tiempo, a los sobrevivientes se nos desprecia, humilla y violenta cotidianamente.

Ve’emts eëtse natyukxëëjaja *

* Así nos llamamos nosotros, mixe de Totontepec.

Como respuesta a la forma en que han sido nombrados los pueblos, los movimientos y las luchas indígenas han construido, desde el siglo pasado, una enérgica discusión acerca de la identidad indígena, preguntándose incluso si tal cosa existe. Diversas personas, activistas, colectivos, representantes y organizaciones comunitarias han participado en ese diálogo, haciéndolo plural, amplio, dinámico y, sobre todo, inacabado. La característica que ha agrupado a todos participantes, durante varias generaciones, es que todos nos consideramos a nosotros mismos indígenas o pertenecientes a alguno de los pueblos o naciones llamados indígenas (incluso cuando muchos rechazan la denominación indígena). Los movimientos indígenas han dicho que nombrarse es derecho exclusivo de los pueblos. Todos coinciden en esa gran demanda: que sean los mismos pueblos quienes se nombren y definan, y que no lo hagan agentes externos, como ha sucedido históricamente.

A continuación, quiero destacar algunas de las ideas que han sido consideradas en las asambleas, foros y convivencias que los pueblos indígenas han realizado, donde han reflexionado en profundidad sobre complejas cuestiones identitarias. Algunas de las ideas se confrontan entre sí, por eso hablo de una discusión que está lejos de darse por acabada. Debo subrayar también que estas discusiones responden directamente a la violencia sistémica que los pueblos indígenas han enfrentado en México. En esos intercambios de ideas se ha propuesto lo siguiente:

• Rechazar la palabra indio porque que fue y sigue siendo utilizada como un insulto, y porque sirve para promover el racismo.

• Seguir utilizando las palabras indio e indígena, pero resignificándolas. Desde esta postura, se afirma que el problema son los prejuicios y estereotipos asociados a las palabras. La propuesta es responder con orgullo a estos prejuicios y seguir utilizando ambas o alguna de ellas, reivindicadas y dotadas de nuevos significados.

• Rechazar el título grupos étnicos y sustituirlo con las denominaciones pueblos o naciones, pues son diferentes de la nación exicana, aunque hayan quedado dentro de su demarcación territorial.

• Rechazar la diferenciación entre etnias y naciones, porque los aspectos que conforman a las etnias y naciones son los mismos: una población que se adscribe al colectivo, una lengua o lenguas compartidas, un territorio demarcado, un pasado común y sistemas de gobierno propios, entre otros. Sin embargo, nunca se habla de la etnia mexicana y se infiere que el único criterio de distinción es la condición de conquista: a los pueblos que fueron conquistados se les llama etnias, mientras que a los otros los llaman naciones. Los pueblos indígenas rechazan que la conquista sea la condición que los define.

• Reconocer y buscar las características esenciales o fundamentales que permiten hermanar a pueblos heterogéneos bajo el título de pueblos indígenas. Desde esta perspectiva, se piensa que los distintos pueblos comparten una cultura general que los hace similares y que es posible encontrar ciertas características que todos los pueblos tienen en común, por eso se habla de pueblos o comunidades indígenas en conjunto.

• Como complemento del punto anterior, se ha propuesto aceptar la existencia o suficiencia de esos rasgos en común, pero sin dejar de nombrar a cada pueblo; establecer diferencias entre ellos y atender a la identidad desde esas diferencias. No se rechaza la denominación general de pueblos indígenas, pero se subraya la necesidad de nombrar a cada pueblo de manera específica.

• Agruparse bajo la nominación indígenas como medida de sobrevivencia y para enfrentar al Estado nación mexicano. Desde esta perspectiva, se apela a los acuerdos internacionales firmados por México para hacerlo reconocer y respetar la libre determinación de las comunidades y pueblos indígenas.

• En consonancia con el punto anterior, se propone hacer de la palabra indígena un instrumento para relacionarse con el Estado mexicano (no necesariamente para enfrentarlo) y no una forma de autocomprenderse o autonombrarse.

• Otra postura ha sido el total rechazo al vocablo indigena y autonombrarse desde la adscripción a cada pueblo o nacion, todos diferentes entre sí. De esta manera, el sustantivo indígena es innecesario y una persona mazahua o mayo, por ejemplo, no necesita decir que es “indígena mayo” o “indígena mazahua”. El fundamento de esta propuesta es que la nación o pueblo de adscripción es suficiente para dar cuenta de una identidad colectiva y que si un mexicano no necesita aclarar que es del continente americano, entonces, a un mixe le basta decir que es mixe.

• Rechazar los exónimos de los pueblos y, en algunos casos, incluso considerarlos ofensivos. Así, los p’urhépecha exigen no ser llamados “tarascos”, los rarámuri descartan la palabra “tarahumaras” y los wixaritari demandan que no se les diga “huicholes”.

• Sustituir el adjetivo indígenas con otro que se propone como más respetuoso y menos lleno de prejuicios: pueblos originarios de México o de Mesoamérica.

• Como reacción a la idea anterior, se critica que la discusión gire en torno a México como Estado nación, pues muchos de los pueblos actuales existen desde cientos o miles de años antes que el Estado mexicano o el virreinato español que le antecedio. Los pueblos, se argumenta, no pueden ser originarios de lugares que no existían. También se ha señalado que considerar México o Mesoamérica como delimitaciones geográficas dejaría fuera a pueblos que se reconocen a sí mismos como indígenas y que han formado parte de esta discusión.

• Considerar la autoadscripción como un criterio máximo de identidad. Este acuerdo, que ha llegado a las leyes mexicanas, plantea que es suficiente afirmarse como indígena para serlo. Anteriormente, las características físicas determinaban, según el criterio de agentes externos a las comunidades, quién era indígena y quién no. Después, el criterio más utilizado fue el de la lengua, así que quien hablaba una lengua indígena era aceptado como tal y quien no lo hacía no recibía ese reconocimiento. El criterio de la autoadscripción se propuso para combatir la idea de que los indígenas deben cumplir ciertos requisitos aislados, como los mencionados, para ser aceptados como tales.

• Después de observar algunas prácticas derivadas del uso de la autoadscripción como criterio máximo de identidad, se ha propuesto la necesidad de considerar el reconocimiento comunitario como un complemento de ésta, es decir, que las comunidades indígenas respalden o confirmen las adscripciones siempre que sea posible.

Es evidente que las propuestas, debates y acuerdos respecto a las maneras de autonombrarse exceden la lista anterior, y también son numerosos los puntos de desacuerdo. El objetivo de mi trabajo no es posicionarme en relación con las discusiones y propuestas enlistadas, sino compartir las reflexiones que se han dado en el interior de los pueblos indígenas y entre ellos, así como dar cuenta de la violencia sistémica que han enfrentado y siguen enfrentando por la imposición de etiquetas recibidas desde el exterior. El criterio para utilizar la expresión pueblos indígenas, tanto en este ensayo como en el libro en general, ha sido práctico: la hemos preferido por ser, todavía, la denominación de uso más extendido; sin embargo, esto no debe ser entendido como un rechazo hacia ninguna de las propuestas enumeradas.

La falta de reconocimiento a la forma en que los pueblos indígenas se nombran y quieren ser nombrados da cuenta del racismo histórico del que han sido objeto, pues han sido tratados como sujetos inferiores, sin voz, a los cuales hay que cambiar para tener una nación desarrollada, moderna y exitosa. En México, el uso de las etiquetas indio e indígena ha traído consecuencias desastrosas para los pueblos y las naciones indígenas. Las discusiones arriba señaladas nacen de la necesidad de contrarrestar los efectos de esa estigmatización y discriminación, así como de las acciones que de ellas se derivan.

A pesar de que estas discusiones son conocidas en el “mundo indígena” y por las personas interesadas en él, los numerosos debates que se han llevado a cabo son prácticamente desconocidos para el resto de la población mexicana. En su inmensa mayoría, las instituciones estatales, el sector privado, los medios de comunicación, la academia y la sociedad en general ignoran esta discusión, de ahí mi interés por compartirla en este espacio. El combate al racismo hacia los pueblos indígenas tiene que empezar por conocer y atender a estas discusiones.



¿Quién puede decirte qué pareces, qué eres o qué no eres?

El supuesto de que existen características “esenciales” que definen “lo indígena” o a los indígenas aún persiste. Esa suposición errónea afirma que hay aspectos o características que, en conjunto o por separado, debemos cumplir forzosamente quienes nos autorreconocemos como indígenas. Los requisitos van desde hablar un idioma indígena, tener cierto color de piel y estatura, tener o no barba y bigote, o nuestro lugar de nacimiento o residencia; hasta gustos, aficiones, actividades profesionales y estilos de vida. A eso que nos exigen y con lo que nos miden le hemos llamado, irónicamente, “indigenómetro”, y causa mucha tristeza que lo usemos para descalificarnos entre nosotros mismos. Las identidades son mucho más complejas que una lista de requisitos y nadie tiene el derecho a negar tu identidad.

Es importante entender que, si bien son personas quienes hacen estos comentarios, detrás de esas opiniones hay una estructura de pensamiento que ha sido interiorizada y naturalizada a través del tiempo. Por ello, es fundamental identificar cómo se instala el racismo en los distintos aspectos y momentos de nuestras vidas, y cómo lo expresamos con toda naturalidad, sin cuestionarlo.

A continuación, enumero algunas afirmaciones que muchas personas hacen para descalificar a quienes nos autorreconocemos como miembros de un pueblo indígena.

Frases descalificadoras

• Si no hablas una lengua indígena, no eres indígena.

• Si no hablas bien ch’ol, no eres xch’olob.

• Tú no pareces zapoteco.

• Tú naciste en la ciudad, no eres mixteco, zoque, nawa

• Ya tienes carro, ya no eres…

• Tú tienes educación universitaria, ya no eres…

• Tú vives en la ciudad, ya no eres…

• Los de tu comunidad ya no hablan…, ya no son…

• Los de tu comunidad ya están muy mezclados, ya no son…

Ante ellas, podemos responder afirmativamente:

• Yo soy otomí, aunque no hable hñähñu.

• Yo nací en Veracruz y soy na savi.

• Los mixes no nos definimos por características físicas.

• Yo estudié ingeniería y soy ikoots.

 


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Acapulco – Galeón de Manila

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

La feria de Acapulco y el 

galeón de Manila

 

Diario de Giovanni Francesco Gemelli Carreri,  

febrero de 1697 *

 

* Artículo publicado en https://historicas.unam.mx/comunicacion-publica/proyectos-especiales/feria-de-acapulco

El 18 de febrero de 1697, el viajero italiano Giovanni Francesco Gemelli Carreri, partió de Acapulco con destino a la ciudad de México. Le tomaría once días más entrar al valle de México para descansar en San Agustín de las Cuevas, hoy conocido como Tlalpan. Llevaba entonces casi un mes en el puerto, donde había desembarcado proveniente de Filipinas con la llamada nao de China, iniciando así el trayecto final de una larga travesía de vuelta al mundo que había comenzado cuatro años atrás. Su diario de viaje, publicado a partir de 1699, se convirtió de inmediato en un best seller que, entre otras muchas cosas, nos permite echar un vistazo tanto a las ferias comerciales como a las condiciones de vida de Acapulco a finales del siglo xvii.

“Me parece que debería dársele el nombre de humilde aldea de pescadores, mejor que el engañoso de primer mercado del mar del Sur y escala de la China”, comienza diciendo el calabrés sobre un Acapulco que no fue nada de su agrado. “Sus 

casas son bajas y viles y hechas de madera, barro y paja.” El calor, los mosquitos y las enfermedades tropicales, son los protagonistas de sus días en el puerto. Explica, sin embargo, la razón de su importancia marítima y que es posible reconocer incluso para cualquier visitante contemporáneo de esa ciudad: “no hay en ella de bueno más que la seguridad natural del puerto, que siendo a manera de caracol… quedan las naves encerradas como en un patio cercado de altísimos monte”.

La vida en el Acapulco de finales del siglo xvii era dura y costosa. Gemelli explica que los víveres que consumían los porteños provenían de otros sitios debido a “la destemplanza del clima” y el “terreno tan fragoso”. Sin embargo, cada vez que arribaba a puerto el famoso conjunto de naves del galeón de Manila, también conocida como la nao de China, llenas de mercancías asiáticas, Acapulco se veía convertida “de rústica aldea en una bien poblada ciudad, y las cabañas, habitadas antes por mulatos, ocupadas todas por bizarros españoles”. El puerto se volvía también un hervidero de comerciantes mexicanos y peruanos “con muchas cantidades de dinero y con mercancías de Europa y del país”. Esta introducción súbita de dinero y la escasez de productos locales ocasionaba un fenómeno inflacionario: “nadie puede vivir allí sin gastar en una regular comida menos de un peso cada día”. Al valor del precio actual de la plata, esto no serían menos de 500 pesos.

A través de las páginas del viajero italiano, resulta fascinante imaginar el dinamismo y velocidad de estas ferias. Desde finales de enero fueron concurriendo día tras día no solo más y más comerciantes, sino también frailes de órdenes hospitalarias, como los betlemitas, aprovechando la enorme liquidez de las transacciones para conseguir limosnas para sus hospitales y obras. Gemelli incluso nos habla de la presencia de contrabandistas provenientes de Perú que también participaban de la feria, llevando sus naves hacia la pequeña y vecina bahía del Marqués “para vender las mercancías prohibidas que les impiden entrar en Acapulco”. El comercio entre las colonias había sido proscrito 60 años atrás.

También ocurría la venta de esclavos entre particulares. Un contramaestre del almirante del galeón quiso comprarle al italiano un hombre por un precio que, acordaron finalmente, sería de 400 pesos. El viajero describe cómo el contramaestre manipulaba el cuerpo del hombre sobre el que reclamó su propiedad: “comenzó a oprimirle los labios, los carrillos y las piernas para ver si estaba hinchado”.

La feria servía también de oportunidad para probar productos exóticos como, por ejemplo, un español de la armada que ofreció a Gemelli, “en vez de chocolate, la hierba del Paraguay –es decir, el mate-… que se vende en todo el Perú, en donde es más usada que en España el chocolate”. Los comerciantes y funcionarios que arribaban al puerto, además, aprovechaban para cazar ciervos, conejos y papagayos en los alrededores. La ciudad no ofrecía espacios recreativos, salvo apenas “una pequeña fuente situada al pie del monte”, donde “el agua es muy buena, pero sale en poca cantidad”.

No están ausentes bajo la mirada de Gemelli las disputas entre comerciantes o entre los marineros por las jerarquías e insignias de sus navíos, tampoco la presencia de funcionarios reales intentando cobrar sus impuestos, así como la especulación de precios. Quién sabe si como un cumplido para sus anfitriones o como mera anécdota, el italiano cuenta que los peruanos eran más dados a embaucar o forzar negocios a base de palabras, provocándole al viajero un dolor de cabeza, a diferencia de los novohispanos que “tratan los asuntos generosamente y con la debida cortesía”. Durante la feria hay, por supuesto, juegos de manos, carreras y apuestas.

En su investigación sobre los litorales novohispanos y el mar como espacio social, la historiadora Guadalupe Pinzón refiere a cómo los puertos de la Nueva España eran pequeños y poco poblados debido a las reportadas malas condiciones del clima y los mosquitos. Incluso, en el caso de Veracruz, durante buena parte del siglo xviii, la feria comercial se trasladaba a la ciudad de Xalapa. Pero no ocurría así en Acapulco, donde más bien se apresuraban las transacciones. En esta ocasión, cuenta Gemelli que el calor y los mosquitos iban cobrando sus facturas: “entretanto, moría todos los días de un mal casi contagioso mucha gente de la armada del Perú, y tanta más cuanto que el aire nocivo y el demasiado calor de Acapulco no permitían a los enfermos el menor alivio”. Para colmo, los sismos habituales de esa zona, también se hicieron presentes. “Son tan frecuentes estos terremotos en Acapulco que es preciso hacer bajas las casas.”

Para el 7 de febrero, se había descargado el último fardo del galeón, es decir, el último paquete. Gemelli dice que incluso los cargadores hicieron el juego de transportarlo como si fuera un féretro y cantándole como si fuera un funeral. Señal de que la feria, con apenas dos semanas de haber iniciado, estaba entrando a su fase final, aunque no dejarían de llegar más comerciantes. El viajero italiano comenzó, entonces, sus preparativos para viajar a México; entre estos, alquiló tres mulas de las que sería responsable de mantener durante el trayecto que sería acompañado por su propietario.

El viaje de Gemelli a México empezó, como se dijo, hasta el 18 de febrero. Su primera parada fue apenas a media legua: la aduana de Acapulco. Ahí presentó a los guardias su “boleta del castellano”, el documento que le permitía el ingreso a la Nueva España y que había conseguido apenas unos días antes con las autoridades del puerto. No pudo seguir adelante ese día porque al dueño de las mulas le surgió un negocio más y hubo que esperarlo. Para su desgracia, en esa noche aún costeña “le chupó la sangre una legión de moscos”.

El calabrés fue dejando atrás el puerto con su calor y sus mosquitos. En el camino de once días conocería el río Papagayo, Mezcala, Chilpancingo, Alpuyeca y Cuernavaca, entre otros poblados. Cazaría chachalacas y faisanes. Los indígenas le darían a probar por primera vez la tortilla de maíz, frutas de la región y el pulque. Conocería una mascarilla para la cara que los habitantes de Chilpancingo se preparan a base de una flor amarilla para mantener el cutis. Le tocaría frío, después calor y otra vez frío y más calor. Nunca dejará de comparar el clima con lo que vivió en ese invierno acapulqueño. Y, en tanto, nos dejó una muestra de lo cerca y de lo lejos que estaba la cabeza de la Nueva España de su principal feria del Pacífico.

En tanto, en Acapulco: “terminada la feria… se retiran los comerciantes españoles, como también los oficiales reales y el castellano, a otros lugares, por causa del mal aire que reina en aquel, y así queda despoblada la ciudad”. “Por estas causas no habitan allí más que negros y mulatos… y rara vez se ve en aquel lugar algún nacido en él de color aceitunado”.


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Culebreros

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Sobre los culebreros                                                                    del sur de Veracruz

Alfredo Delgado Calderón

Las dos cuencas hidrológicas más importantes del sur de Veracruz están relacionadas con el antiguo culto a la serpiente: la de Coatzacoalcos y la del Papaloapan. En el primer caso su nombre nos remite inmediatamente a este culto ancestral, pues significa “en el Santuario de la Serpiente”, en alusión al mítico sacerdote-dios Quetzalcóatl, que desapareció en este punto de la costa embarcado en una balsa hecha de serpientes, augurando su retorno. En el caso del río Papaloapan o de las Mariposas, su nombre antiguo, Cosamaloapan nos remite a una vieja deidad indígena, Ayauh Cotzamalotl, deidad femenina relacionada con el arco iris, el agua corriente y la serpiente. La diosa maya Ixchel también diosa del arco iris, la serpiente de colores que ataja las tormentas.

Otros topónimos, presentes desde el siglo xvi, relativos a lugares menores dispersos por toda la región dan cuenta de la intensidad del culto a los ofidios: Coacotla (donde abundan las serpientes venerables), Coapan (en el lugar de la culebra); Cohuacan o Cucuacah (donde preside la culebra) y Achilcotixca (donde se venera a la culebra de agua). Una referencia directa a Quetzalcóatl la encontramos en el nombre de la vieja hacienda de San Nicolás Zacapesco, que tomó su nombre del paraje prehispánico de Coahuazacapechco, “en la balsa de serpientes”, el instrumento con el que el dios del viento y de las artes huyó por mar rumbo al oriente. 

Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, no fue la única deidad relacionada con las serpientes, también hubo deidades femeninas, como la ya mencionada Ayauh Cutzamalotl, Chalchiuhtlicue, Ixchel (diosa maya del arco iris y destructora del cuarto mundo indígena), Coatlicue (la diosa madre de los dioses, la de las faldas de serpientes) y otras, en general relacionadas con el agua de ríos, lagos y arroyos.

En otros niveles, a las serpientes se les relaciona con la muerte y con la lluvia. En el primer caso, en la región abundan materiales arqueológicos funerarios como las urnas de Nuevo Ixcatlán, con sacerdotes o dioses enmarcados por culebras; las Cihuateteotl de El Zapotal, con serpientes ciñéndoles la cintura o las serpientes vivas que acompañaron los entierros secundarios de Nopiloa. Con respecto a la lluvia, a nivel popular se tiene la idea de que es una serpiente la que produce las tormentas o huracanes, específicamente las mazacuatas viejas que quieren emigrar. Quizá una reminiscencia de esta creencia sea el culto de Tatahuicapan a San Cirilo, representado por una escultura prehispánica en piedra de un personaje sosteniendo a una serpiente. Se cree que es San Cirilo quien propicia la llegada de las lluvias y para asegurar esta función se ha creado una mayordomía en el pueblo. De alguna manera esta función de San Cirilo se asocia también con Tamakaatzin, Homshuk o Sintiopiltzin, el dios del maíz que en la mitología nahua y popoluca vence al viejo rayo del sur y lo obliga a bañarlo con lluvia cada año para que crezca y pueda alimentar a los hombres.

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Trío Tlayoltiyane

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Trío Tlayoltiyane

Román Güemes Jiménez

De Tlayoltiyane la historia es así: surge el 26 de abril de 1986, en Xalapa, Veracruz. Su director artístico es el compositor y poeta Antonio Hernández Meza, quien también es la voz principal del trío e intérprete de jarana huasteca, guitarra quinta o huapanguera y violín; sus demás integrantes son Jorge Alberto y Marco Antonio Hernández Hernández, diestros ejecutantes de estos mismos instrumentos.

Su origen está ligado al grupo Tlen Huicani de la Universidad Veracruzana (UV), con el que Hernández Meza ha realizado innumerables giras por el interior del país y por varias partes del mundo. A partir de su ingreso a esta agrupación dirigida por Alberto de la Rosa, en 1976, se concretó y afianzó la sección huasteca y, con el correr del tiempo, conforme iba sumándose a los esfuerzos del propio Tlen Huicani, él y sus hijos fueron madurando como ejecutantes de la música tradicional de su región de origen hasta lograr conformarse como un trío sólido e independiente en 1988, de tal suerte que Tlayoltiyane es actualmente una parte importante del grupo Tlen Huicani.

Los creadores

Tlayoltiyane –por cuya etimología náhuatl un equivalente en español podría ser Los Creadores– tal vez sea, hasta ahora, la máxima realización de los sueños de Antonio Hernández Meza. Desde su origen, se han dedicado a la interpretación de la música huasteca tradicional, concretamente a la ejecución del huapango y el son huasteco. Se trata, como en muchos de los casos, de un trío formado por tradición familiar e integrado precisamente por el padre y dos hijos que fueron instruidos en el manejo de los instrumentos huapangueros dentro del propio hogar.

Hernández Meza, como maestro, impulsor y formador de tríos, cuenta ya con una larga historia de búsquedas y reencuentros: desde la fundación del Trio Comunitario (1960), allá en su solar nativo, Pahua Grande, Ixhuatlán de Madero, Veracruz, pasando por el trío Solteros de Juan Rosas (1968), la formación del trío Pahuasteco (1969), Los Caporales de la Huasteca, en Papantla de Olarte, Veracruz (1970o), hasta el nacimiento de Tlayoltiyane, no ha cesado su inquietud por difundir y enriquecer la música huasteca y todo lo que le es inherente. A la fecha, se han presentado en infinidad de difusoras veracruzanas y del interior del país, y en algunos programas televisivos dando a conocer su propia producción.

Cuentan ya con varias grabaciones en audio y video donde muestran el arte del nuevo huapango impulsado por Hernández Meza, muchas de ellas interpretadas en el náhuatl septentrional huasteco, su lengua originaria; esto último constituye, de suyo, una de las contribuciones más caras de este trío a la literatura étnica del país y, por ende, al propio huapango huasteco.

La labor permanente de Tlayoltiyane ha rebasado los límites universitarios y ha trascendido hacia los municipios huastecos donde han realizado numerosas presentaciones y conciertos especiales en coordinación con los ayuntamientos locales y la propia UV. También han conseguido algunos triunfos en su vida artística: en 1996, en el Concurso Nacional de Trova y Huapango Huasteco efectuado en el marco de la Feria Expo Tuxpan, en esta ciudad veracruzana, fueron merecedores del primer premio, tanto en la modalidad de ejecución como en la de composición, donde se confrontaron con famosos tríos de la Huasteca.

Ganaron el tercer lugar con la composición de Antonio Hernández Meza titulada El maíz, en la ciudad de Tuxpan, Veracruz; un segundo lugar con el huapango El medio ambiente en un concurso realizado en los Tuxtlas; han sido merecedores de la medalla y la presea Sol Poniente, máximo reconocimiento al mérito huapanguero; de un homenaje por su valiosa aportación al desarrollo del son huasteco, en el festival La Cascada del Huapango, de Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz. Han recibido de la Asociación de Ixhuatecos Radicados en Xalapa el reconocimiento por sus 30 años de trayectoria artística, en los cuales han rescatado y difundido el acervo cultural de la huasteca veracruzana.

En 2016, la Universidad Veracruzana nombró “Año de Tlayoltiyane” a la celebración por su trigésimo aniversario, cuyo homenaje comprendió presentaciones artísticas del trío en varias comunidades del norte de Veracruz; la grabación de un disco, en el que se incluyen composiciones de Hernández Meza: la edición de un cancionero escrito en náhuatl y español; y culminó con sendas presentaciones en Estados Unidos, una como invitado especial del Festival Celebrate Mexico Now, uno de los foros más importantes para la difusión de la Cultura y el arte mexicano contemporáneo, que se realizó del 24 al 30 de octubre en el Museo de Historia de Nueva York; y la otra en el Smithsonian National Museum of the American Indian.

Tlayoltiyane ha hecho giras internacionales interpretando orgullosamente la música huasteca. Entre los países visitados figuran España, Francia, Bélgica, Argentina Chile y Estados Unidos.

Por ello, tener en la Universidad Veracruzana, y particularmente en Xalapa, a un trío de la magnitud de Tlayoltiyane es, para los gustosos del son y del huapango, un suceso digno de llevar en la memoria y de relatarlo. Sin duda, el trío seguirá su vertiginosa carrera y su constante ascenso, porque son portadores de una gran tradición y honorables representantes de un gran acervo musical y lírico.

Don Toño, el origen y los recuerdos 

Antonio Hernández Meza nació en Chahuanla, Ixhuatlán de Madero, Veracnuz, el 1 de octubre de 1947. Creció en a localidad Pahua Grande, del mismo municipio. Radica en Xalapa desde el 1s de marzo de 1976. Así narra algunos de sus recuerdos en una entrevista efectuada en 1977, en Xalapa, Veracruz:

En aquellos tiempos de los que te estoy contando, cuando se organizaba un baile o fandango tenía que ser en la época de Navidad, de las posadas, o en carnaval, que es una fiesta muy esperada, muy bonita.

Para organizarla antes había que nombrar a 12 capitanes para los seis días de juego o danzada, dos por día. Después fueron disminuyendo. Los capitanes se encargan de darle de comer a los invitados, a los disfrazados (que allá les llaman viejos) y a los músicos. A los capitanes les correspondía dar de comer y ese mismo día, por la tarde, les tocaba organizar el baile… Entonces, en su casa tendrían que hacer el tlapechtli o palco para que ahí se subieran los músicos huapangueros y desde lo alto tocaran para el baile; según decían que desde allá arriba se oía mejor la música, que llegaba más lejos… Y es cierto, muy cierto, porque si se tocaba desde abajo casi ni se escucha 0d la música y la cantada. Si la casa tenía corredor grande, entonces ahí se construía el tlapechtli y la gente bailaba en el patio. En ocasiones, al tlapechtli se le ponía un telón para proteger a los músicos del rocío o la llovizna. Era hermoso contemplar uno a medio patio, por eso se buscaba el mejor lugar para construirlo; en la parte superior se le hacía una especie de casita bien adornada, con su techo de ramas de sauce, para que no les cayera ni una gota de sereno a los músicos. Donde se sentaban ponían petates y cobijas a manera de cojines. Los músicos eran muy respetados y queridos, todos estos cuidados y protecciones eran para que no los molestaran y pudieran trabajar bien. Los cantadores o ¿cantores? estaban abajo y desde ahí pedían su turno.

Hijoles, el tlapechtli, sí, ahí en el patio… ¡Qué bonito! Con su casita, así adornada hasta con flores para que luciera mejor. El baile o fandango se ponía bueno dependiendo de los músicos que fueran a tocar. Si en el rancho decían: –Va a venir a tocar fulano de tal… Martincito de Chahuantla– y si les gustaba cómo tocaba, entonces se juntaba mucha gente y a las siete de la tarde ya estaba empezando el fandango, ya le estaban dando. A las ocho de la noche, en aquel tiempo, juuuta!, ya se armaba un buen baile que duraba hasta el amanecer. Me acuerdo mucho de una ocasión en que amanecimos. Entonces ya participaba yo en la tocada. Era mi primera trasnochada; le paramos como a las ocho de la mañana, ya cuando la gente se empezaba a retirar a sus casas. 

Pero además de anunciar qué músicos iban a amenizar el baile, también echaban cohetes. Usaban mucho el cohete de agua. El primero se tronaba a las tres de la mañana, otro a las cuatro y el último a las seis, ya cuando había amanecido., Al mediodía tronaban otros dos y el último se usaba cuando llegaban los músicos. Era la última detonación que se escuchaba. Ya la gente decía: “llegaron los huapangueros”. Cuando el baile se hacía en Chahuantla, lugar donde yo nací y que he visitado desde mi niñez, venían bailadores de El Mirador, Xomulco, Pahua Grande, San Bernardo, Tolico, El Tizal y de Huexotitla. Venía mucha gente. Las muchachas venían acompañadas de sus padres o hermanos; pero lo más común en un rancho era que se organizaran ellos mismos, que se pusieran de acuerdo. Se decían:

–Va a haber un baile. –Ah, pues vamos.

–¿Dónde va a ser? –En tal lado. –iAh, convidemos muchachas!…

Así se organizaban para convidarse y se formaban los grupos en las propias comunidades; por eso siempre los de un mismo rancho llegaban en bola, todos juntos, muchachos y muchachas. Así se podía ver cómo llegaban los de Jonotal Azteca, que se me olvidó mencionarlo hace rato. Ellos venían en grupo, listos para la bailada. También los de Tuzancali. Lo mismo sucedía cuando los bailes se hacían en la Pahua Grande, llegaba gente de diferentes ranchos… Todos en bola, en grupos… Al centro las muchachas. Siempre así fue.

Notas

1. Tlapechtli o palco: Cama o entarimado. Construcción muy alta hecha con cuatro horcones y rematada con una plataforma de tablas sobre la cual es común construirse una pequeña enramada con de hojas de sabino, de tronadora, tule, palma o pericón, que además de proteger a los músicos del rocío o sereno de la madrugada, permite desempeñarse en un espacio fresco, agradable y oloroso a hojas silvestres. Este elemento del huapango también es conocido como: periquera, palco, tarango, tablado, tepanco, tapeile, kwatlapechtli y repisa.

2. Cantadores o cantores: Toda persona que se acercaba al tlapechtli o palco a cantar, una vez que le tocaba su turno. Anteriormente los músicos de huapango solo eran dos (un violinista y un quintero), un dúo; la jarana huasteca -ya presente en la región desde finales del siglo xvii se incorpora tardíamente para formar el inmejorable trío huapanguero. Por regla general, en aquellos tiempos, los músicos eran precisamente eso, únicamente músicos, y no estaban obligados a cantar, aunque lo hacían y lo siguen haciendo. Siempre en el campo abundaron los cantores de huapango. Además, proliferaban los sones brincados, sones corridos, sones de parabién, sones huapangueados, jarabes y medios huapangos que no necesitaban cantarse porque eran y son instrumentales. Y como en la mayoría de las comunidades no se hablaba el castellano, se cantaban en lengua Originaria solamente algunos huapangos; por eso el cantor era necesario y vital, pues conocía el castellano y la lengua de la comunidad. 

Tlayoltiyane es un trío formado por tradición familiar, como en muchos de los casos, e integrado por el padre y dos hijos que fueron instruidos en el manejo de los instrumentos huapangueros dentro del propio hogar. Desde su origen se han dedicado a la inter pretación de la música huasteca tradicional. En 2016, la UV nombró “Año de Tlayoltiyane” a la celebración por su trigésimo aniversario. (Archivo Dirección General de Difusión Cultural UV).


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La jarana de arco

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

La jarana de arco de Alejandro Loredo

 

Archivo Alejandro Loredo

 

Alejandro Loredo Ramírez (1986), artista plástico, ha incursionado en la música tradicional mexicana, en particular en el son jarocho, desde hace más de dos décadas y de manera notable también en la laudería. Después de varios años de investigación y trabajo, Alejandro Loredo nos presenta un nuevo instrumento de cuerda frotada de muy antigua ascendencia que ha bautizado con el nombre de jarana de arco. Mismo instrumento de cinco ordenes que Alejandro ha incorporado con éxito a los conjuntos instrumentales del son jarocho actual en los que él ha participado.

Tal vez tendríamos que comenzar a hablar de la “fídula” o “viola de arco medieval”,(1) uno de los instrumentos de la música culta europea más preciados. Tiene sus orígenes en el siglo ix y se popularizó desde el siglo x hasta el xvi en toda Europa. Inicialmente las fídulas eran punteadas con plectro (pluma o péñola). Con la difusión del arco de crines de caballo en Europa ocurrida entre los siglos x y xi (primero entre los países del Mediterráneo), varios cordófonos de punteo de la época pasaron, con algunas modificaciones y cambios morfológicos, a tocarse con arco de frotación. Esta tendencia fue común en muchas culturas musicales de Asia, Europa y norte de África. El arco permitía alargar la duración de las notas y también ligar su sonido. Fue un acontecimiento musical trascendental.(2)

. . . .

 (1) “Fídula” es un término genérico para un tipo de instrumento musical medieval de cuerda frotada con arco, considerado un antecedente de la actual viola y del violín. Históricamente, este instrumento también se ha llamado: viéle y vielle en Francia; vihuela de arco en España;, viola en Italia, fiedel en Alemán; fiddle en inglés, y aunque las formas y características varían, suelen incluir una caja de resonancia de madera, un mástil, clavijero, cuerdas y arco.  

 (2) El uso de primitivos arquillos de crines de caballo se conoce desde el siglo viii y suele ubicarse en la región del Uzbekistán en Asia Central (ver La Manta y La Raya, Núm. 0 (Cero).


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El armadillo

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

El armadillo

Andrés Bernardo Moreno Nájera

Armadillo, ayotochtli en náhuatl, palabra que significa literalmente “tortuga-conejo”; āyōtl (tortuga o calabaza) y tōchtli (conejo). Códice Florentino, Libro XI.

 

En mi infancia, los hijos de los obreros y campesinos no tuvimos la dicha de tener una televisión, un radio  o la fortuna de festejar el día del niño, pero tuvimos el privilegio de escuchar de nuestros abuelos y personas mayores un sinnúmero de relatos e historias que daban pie a echar a andar la imaginación, de mantenernos unidos, dando lugar a la siembra de valores, como primer paso de la educación.

EL ARMADILLO

Hace muchos años, cuando el sol empezaba a calentar la tierra, Dios se preocupaba por la vida del hombre, por eso bajaba de vez en cuando para vivir como ellos y sentir las alegrías, el dolor y el hambre que ellos sentían, pero también para ver si en su corazón ardía la llama de amor que los mantenía unidos.

Un buen día se dio cuenta que negros nubarrones estaban apagando la flama de su corazón, entonces decidió bajar a la tierra bajo la apariencia de un anciano enfermo y hambriento.

Al llegar a los pueblos notó la indiferencia de los seres humanos. Cada uno se preocupaba por sus propios problemas sin importarle la desdicha de los demás, pero también quiso saber cuál era la causa que hacía que tomara esa actitud.

Recorrió las calles de los pueblos y en todos los hogares había desolación y hambre, se dio cuenta que la falta de alimento era la causa principal de la desdicha de la humanidad. También deseaba saber  si el corazón de los hombres no se había endurecido con esa difícil prueba que estaba pasando.

Así, en forma de anciano enfermo y hambriento tocó las puertas de las casas pidiendo ayuda; algunas casas le cerraron las puertas, en otras les dieron esperanzas para encontrar lo que buscaba y fuerzas para seguir andando.

Un buen día al tocar la puerta de una humilde choza, de su interior salieron dos pequeños ancianos, con los rostros tan arrugados que semejaba los campos surcados por el arado. En el fondo de esos arrugados rostros la sonrisa más tierna y la mirada más sublime:

–¿Que buscas por aquí viajero? Preguntaron los ancianos.

–Solo algo de alimento para mitigar el hambre y seguir mi camino– respondió el Creador.

A lo que los ancianos penetraron dentro de su choza y al salir dijeron:

–Solo tenemos dos papayanes para comer, pero tú te ves cansado y hambriento, toma uno y prosigue tu camino.

El harapiento viajero tomó con gran amor la tortilla entre sus arrugadas y temblorosas manos y se echó a andar por el camino.

Siguió recorriendo los pueblos y así en un lugar le dieron un pedacito de carne de cerdo, en otro un trozo de carne de res, en otro un pedazo de pollo, un pedacito de mazate, un trocito de pato hasta reunir una gran cantidad de comida en el papayán. 

Agarró con cuidado la tortilla entre sus rugosas manos y formo un gran taco que con mucho cuidado  colocó en la tierra y le dijo:

–Anda, ve, reprodúcete  y alimenta al hombre– convirtiéndose el taco en un hermoso armadillo.

Desde ese día el armadillo pobló los campos de la tierra, se reprodujo por los bosques y la selva. Viviendo en las entrañas de la tierra, hoy sirve de alimento a los hombres del campo.

Por eso el armadillo tiene la apariencia de un enorme taco y su carne tiene sabores diferentes, pues fue formado con la carne de todos los animales.

Andrés Bernardo Moreno Nájera

septiembre 2018


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De heredar un oficio

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

De heredar un oficio

Wendy Cao Romero

Esteban Utrera Lucho –Utrera, para la familia– aprendió el oficio de hacer casas, de su papá Esteban Utrera Nolasco, allá por 1930. En ese entonces, el monte ofrecía árboles enormes de cedro, laurel, roble, dagame y, también, palmas de yagüa, palmas reales y palmas de marrachao, altísimas, recias pues, para sacar el ajuar de una casa.

El Ajuar

Utrera se iba al monte con Camerino y Tacho para labrar todo lo necesario para el ajuar de una casa. Llevaban las hachas bien afiladas y envueltas en un trapito que doña Reyna les daba. Los machetes, su tecomate de agua y su lonche.

La salida era muy tempranito, con la luna menguante en pleno o, al menos, antes de que hiciera el cinco la luna. Primero escogían la palma de marrachao. La derribaban y una vez abajo, la perfilaban con el hacha y le sacaban 4 vigas, luego otra palma para los pies de tijera. Una vez labrado todo el ajuar, se acarreaba a caballo a donde se iba a plantar la casa. El sardinel o cimiento también había que conseguirlo, se ocupaba palma real, de marrachao o algún árbol derecho.

Al otro día había que ir por 80 cañas de otate que son las que se usan para tapijoles, contravientos, zopiloteras, redondos y para las agujas. Los postes, de corazón de cocuite, moral, javí o palo tinta, quizás ya los tenían previamente apalabrados. Ahora se usa colar con concreto los 8 postes que lleva una casa de 12 varas. 

Al tercer día, había que cortar también las pencas de palma necesarias para la techa, además de otras pencas para sacar el palmiche (centro rígido de la palma) y cercar. Si era posible, el cercado se hacía de palma de yagüa que es más ancha y cubre mayor superficie y que, además, garantizaba al menos un siglo de duración, pero ahora 10 palmas de yagüa ya no se encuentran.

Quizás la cerca sería de madera de nacaxtle, jobo, mango o pepetaca y entonces la cuadrilla Utrera se iba al monte con la sardina, (serrote largo para aserrar un árbol completo), lima de media caña para afilar la sardina, machete, el tecomate de agua; y siempre iba Román Cobos “Tío Rumba”, que era el compañero de Utrera, también conocido como Chao.

La Jaula

Lo primero que hacía Utrera era orientar la casa con el norte siempre a la retaguardia, o sea en la culata, después a marcar los hoyos para clavar los 8 postes. La medida la sacaba con una cuerda torcida calculando doce varas, la doblaba en 3 y salían 4 partes iguales y en cada doblez, le ponía un palito a manera de marca, luego eso lo ponían sobre la tierra y en cada marca iría clavado un poste. Se enterraban los postes, que no siempre eran derechos, y les labraban la oreja o taburete (muesca para que entrara la viga); luego  aseguraban los largueros con alambres, enseguida subían los 4 travesaños, uno arriba de cada poste. Más adelante se ponían los lagartos para darle fuerza a los travesaños.

A la par, otras gentes estaban armando los pies de tijera, ya con sus respectivos abalcones, para subirlos con cuerdas y montarlos en cada poste sobre los largueros. Entre cuatro sujetaban firmemente para cada lado y que la A no quedara ladeada. Con los 4 pies de tijera nivelados, se colocaban los contravientos (cañas para darle rigidez a la jaula) luego se clava la zopilotera (cañas rectas y largas) que va hasta la cumbre, donde irá el caballete. Luego, las cintas a la mitad y a lo largo del techo. Una vez teniendo eso, se pone el redondo, que es una estructura hecha con cañas, a todo el perímetro de la casa donde van los tapijoles.

¡Viene el primer tapijoleeee! Empiezan a subir los primeros, los de las esquinas. Se amarran un poquito más abajo del redondo y en las esquinas para adentro. Utrera pasaba un palmiche de la medida de una vara y se colocaba otro tapijole para clavar cada uno en el redondo de la cinta y zopilotera. Se hacía el primer techo, de ahí se iban el segundo, luego a la culata del norte y, por último, la del sur. Al final, se cortan las puntas sobrantes, se revisaban los cruces de algunas cañas y se afianzaban con amarres de bejuco de lía, bejuco blanco o ixtle.

Utrera siempre era el director de la obra, también llamado puntero. Sus hijos y los hombres de la comunidad daban forma a la jaula.  Las mujeres estaban siempre atentas a que tuvieran comida y los niños, entre juegos, aprendiendo el oficio. Entre la sacada del ajuar, el corte de cañas, el corte de palmas, traslado, desgollar, tendido y techa, se podían llevar 2 semanas. Quizá esperaban al otro menguante para sacar la palma de la techa.

La Techa

Día 1.- La luna en cuarto menguante dará paso al corte de las pencas de palma real. Para techar una casa de 12 varas o tapijoles se usan alrededor de 600 pencas. A una caña de otate o a un tronco de chancarro recio se le cortan los bocados que servirán de escalones, pues hay que subirse 4 o 5 metros para llegar cómodamente a cortar cada penca. Tacho deja caer penca por penca y salen abejas, avispas, tlacuaches, mapaches, alguna petacoa o bejuquillo, iguanas y loros cabeza amarilla que ahí anidaban.

Abajo, la gente reúne palmas en montones. Cada 50, Camerino se pone una varita en la bolsa de su camisa para no perder la cuenta. Una vez que se cortan las necesarias, los chamacos empiezan a acarrearlas a caballo.

Se refrescan un momento y empiezan a desgollar penca por penca. Es importante que los machetes estén bien despalmados. Cada quien afila la moruna con su lima a la perfección, para que la palma se pueda doblar bien al otro día. La jornada termina con una comida de acuyo reventado con bolitas de masa, agua de sabor y unos toritos de limón.

Día 2.- Llegan tempranito con la fresca para doblar la palma que ya está degollada. A la sombra de los tamarindos, cada quien jala una penca y manotea como si estuviera boxeando hacia abajo.  Juapi, juapi, derecha izquierda, cruzando las manos para que se doblen los pelitos de la palma. Al ladito, entre dos, van tendiendo las pencas que les pasan los palmeadores y con un movimiento coordinado las ponen en el suelo, para sujetarlas con una caña a manera de peso. Y así se van una por una. Tienden varias camas de la palma planchada, pegadita, que reposarán al menos un par de días para que se hormen y estén listas para la techa.

Cambio de palma

Pasaron 10 años y la casa ya se llueve. Las palmas muestran goteras, porque ya se pudrió y es tiempo de cambiarla.

Llega la plebe cerca de las 7 de la mañana. Unos se suben a desbaratar la casa. Van cortando los amarres de la pita o bejuco de lía que ha resistido 10 años. Las palmas tostadas por el sol van cayendo una tras otra. Tacho se sube al almendro a cortar la fronda que le puede dar sombra a la palma y podrirla cuando caiga el agua.  Una vez que queda la jaula vacía, piden las escobas de malva para darle una barrida a las vigas, contravientos, cintas y tapijoles, pues han acumulado tierra, hojas, alacranes, nidos, telarañas y algún murciélago o nido de tatuana. Van llegando otros más que se quitan los zapatos esperando el llamado.

Al grito de ¡¡¡vámonos, p´arriba!!! Se suben los primeros 5 y tejen las dos culatas. Otros cuantos se suben para acomodarse en cada tapijole; o sea, 12 hombres en cada techo, abajo y de cada lado. Camerino es el líder que despatilla en un techo y Loncho en el otro, y llevan el control de los empates; otro las va pasando hacia arriba. Empiezan poniendo cabezona y cabezona en cada esquina, luego -donde se cruzan las colitas de las palmas- se pone el primer empate, y luego se sigue. Y al tercer tapijole de cada esquina se pone otro empalme y así sucesivamente, a manera de que el techo no se pandee. Lo hacen descalzos porque el pie ayuda a sostenerse mientras amarran apretadito. 

¡Pita chamacooooo! —gritan para que los más jovencitos les avienten amarres de rafia previamente cortados y hechos madejita. Romerito, desde adentro es quien se encarga de que las palmas vayan alineadas y pasa los hijos, (tablitas de maderas largas, que sirven para nivelar) cuando se requiere.

El sol está candente. Cada vez que pasa alguien, ya sea en moto, camioneta o a caballo, todos le gritan y le chiflan en señal de ¡venteeeeee!! Corren litros y litros de agua con hielo, lanzadas en botellas para calmar el calor.

Se nota cómo va subiendo el techo más sencillo de tejer. Los hombres, ya en pinganillas, amarran las últimas líneas mientras el opuesto, que está junto a otro techo, va más lento. Hay que pasar la palma sólo por la esquina y Tacho es quien pasa palma por palma hasta donde se necesite. En éste se tardan más. El cansancio del segundo despatillador es evidente y le pasa la estafeta a Camerino, quien ya ha terminado en el otro techo. Todos toman otro aire y le siguen, mientras los 12 primeros ya están refrescándose abajo del tamarindo, en la mecedora, otros echando caguama o un toro de jobo.

¡Palmaaaaaa!!! ¡¡¡Pasen la palma que ustedes no están en el sol!!! Gritan algunos.

Finalmente, el segundo techo llega a la cima y Tacho agotado pide a Nicho que se suba a poner el caballete, pues ya la fuerza lo abandona.

El caballete es lo que une a los dos techos y se enciman palmas sin degollar, las más grandes y frondosas previamente apartadas. Hasta abajo, la flecha que va en el centro con tres palmas. Luego, seis palmas formarán el lomillo y van de dos en dos hacia el sur; luego 3 flechas y 6 lomillo hacia el norte, y otras 3 de flecha al sur. En total 21, que se amarran con alambre a las 4 agujas, una en cada pie de tijera. 

Las casas de palma

Una casa de palma es la mejor opción para las calores que arrecian durante casi todo el año. Es muy acogedora, orgánica y durable, si se tienen los cuidados para que se mantenga seca y no se pudra. Sus techos altos permiten tener tapancos para guardar el maíz, vaporeras, ollas grandes y todo lo que no se use a diario.

Su oscuridad es perfecta para dormir, sobre todo si está cercada y las juntas bien rellenas. La cerca puede ser de madera o de palmiche y, al palmiche, se le repella con una mezcla de estiércol de vaca, combinado con baba de nopal y cal. Por dentro se pega con engrudo, papel periódico, papel de estraza u hojas de revistas, y así evitan que se cuele el viento y el frío. El piso de tierra apisonada ayuda para que sea aún más fresca y las ventanas o portalones van amarrados de la parte alta y se levantan y sujetan a la viga. Las puertas se amarran por un lado, a manera de bisagra y se cierran con un perno. Cuando hay fandango se baja la puerta de palo y sirve de tarima.

Esa es la casa de palma que yo recuerdo. Ese es el trabajo que me maravilló cuando llegué a El Hato a casa de Esteban Utrera y familia, quien ataba su hamaca de palma torcida hecha por él, a lo ancho en su sala, bajo el maíz mancornado recién cosechado que cuelga en las vigas a resguardo de los pichichis.


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Teresa Irene Barrera – pintora de barrio

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

Teresa Irene

Barrera

pintora de barrio

 

 

En esta ocasión nos es muy grato presentar una muestra de pinturas de Teresa Irene Barrera (1981) relacionadas con la música, incluidos  músicos e instrumentos musicales. Conocemos la sorprendente obra de Teresa Irene desde hace muchos años; su obra demuestra una afinidad y acercamiento con la cultura popular. 

Teresa Irene se interesa por la pintura y la ilustración durante su infancia: visitando iglesias y de asombrarse con los lienzos novohispanos, también museos los domingos, lecturas de libros e historietas así como de películas antiguas. Comienza a pintar en sus años de estudiante de preparatoria (Prepa 3 UNAM). 

Ella, quien se autodenomina «pintora de barrio», observa la vida cotidiana de la periferia de la ciudad donde la migración, el comercio, la fe, la comida, los pregones, la violencia, la multiculturalidad y otros fenómenos son cotidianos y todo puede ser posible. 

Podemos destacar que entre la obra pictórica de Teresa Irene también está incluida la pintura de ex votos.* Ha trabajado el ex voto, a veces llamado retablito, por encargo, siendo una de las pocas mujeres que se dedican a este oficio. En los ex votos populares, comúnmente realizados con pintura de aceite sobre placa de hoja de lata o cobre, además de recordarnos a santos, virgenes y demonios, encontramos testimonios de situaciones asociadas muchas veces con desgracias o accidentes, increíbles algunos, descritos mediante imágenes que nos pueden resultar particularmente oníricas, surrealistas o imposibles. 

 Muchos elementos, formales y de contenido, se encuentran en la obra y estilo personal de Teresa Irene, pintora incansable, observadora de la cotidianidad y de la vida de barrio, creadora de un sin número de imágenes y personajes, algunos de ellos fantásticos. La artista también se interesa por las fondas, las fiestas, los carnavales urbanos, los huehuenches y los chinelos.  

Su acercamiento a la música tradicional es parte del viaje de su infancia al descubrir los discos de vinilo que su madre tenía, regalo de unos vecinos de Chicontepec y que fueron la banda sonora de esos años. Se ha acercado a músicos tradicionales de diversas regiones y ha trabajado con algunos de ellos para ilustrar portadas de discos y afiches. 

Los Editores

 

 *  Costumbre mexicana arraigada desde la Colonia en la que se encuentra importantes ejemplos de pintura popular creados de manera continua por casi 5 siglos. Cabe mencionar que los pintores de ex votos, ya muy pocos hoy en día, son otra especie en vías de extinción. 

 


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El marimbol del África a la cuenca del Papaloapan

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

El marimbol del África a la cuenca del Papaloapan

De 

Luis Ángel Pérez Escamirosa         René Escamirosa Betancourt       Fernando Pérez Escamirosa

Fondo Editorial para temas y  autores tuxtepecanos. Gobierno Municipal de Tuxtepec, 2022.

 



Un trabajo notable y sin duda una referencia importante es el el libro titulado El marimbol, del África a la cuenca del Papaloapan de Luis Ángel Pérez Escamirosa que cuenta con la colaboración de René Escamirosa Betancourt y de Fernando Pérez Escamirosa. 

En su libro, Luis Ángel trata el tema de manera rigurosa, en particular dedica varias páginas a describir las características organológicas del instrumento, sus orígenes y su incorporación al son jarocho en la cuenca del Papaloapan. Recordamos que Luis Ángel es miembro fundador del grupo El Butaquito de Tuxtepec, Oaxaca, conjunto musical que ha incorporado el marimbol al son jarocho desde los primeros años de los años 2000. El libro contiene también capítulos dedicados a la construcción del instrumento, a la interpretación musical del marimbol en el son jarocho, y al análisis de la estructura musical de los sones jarochos. Sin duda resulta significativo que en la obra se incluyan también tutoriales y partituras para requinto jarocho y marimbol en tono de Do, correspondientes a seis sones jarochos: El Pájaro Cú, El Buscapiés, El Colás, La Guacamaya y La Morena. 

Con el marimbol, expone Luis Ángel, la región media de la Cuenca del Papaloapan recupera en la dotación instrumental un elemento más de su identidad afromexicana, y cita al músico marimbolero Octavio Rebolledo: “el marimbol personifica lo antiguo, pero también representa «lo negro», ese pasado africano, que de manera difuminada también está presente en la historia de México y nos brinda una indudable identidad que el jarocho gusta de exhibir con naturalidad y orgullo.”  

Un aspecto importante del trabajo de Luis Ángel Escamirosa es la que nos informa de la presencia del marimbol en la región de Tuxtepec en la década de 1930. Nos cuenta el autor: “Cuando yo era un adolescente, mi abuelo, el Sr. Porfirio Escamirrosa Montero; me hablaba tanto de este magnífico instrumento que él tocó en su juventud, y de un sinfín de anécdotas que tuvo en compañía de ese instrumento. Me hablaba sobre un instrumento tipo cajón, donde el músico se sentaba y pulsaba un teclado de flejes metálicos provenientes de una cuerda de vitrola que servía para el acompañamiento de los sones cubanos y jarochos en los años 1930, ya que, al no haber las condiciones económicas, se auxiliaron en copiar y construir un marimbol que algunos conjuntos musicales utilizaban en el puerto de Veracruz para interpretar danzones, y poder así integrarlo en el grupo musical al que mi abuelo pertenecía en Tuxtepec Oaxaca. Asimismo, me describió que dentro de su cajón había dejado una cuerda que decía era hecha de tripa de gato, mismo que tensaba para que este sonara por simpatía y que a su vez sirviera para aumentar sus ondas sonoras, debido a que antes, no se utilizaba ningún tipo de micrófono o bocina para amplificar. En su grupo de aquella época, se tocaban las canciones de Benny Moré, los sones cubanos, los sones jarochos de la región y los danzones.”

Un trabajo que no puede pasar desapercibido El marimbol, del África a la cuenca del Papaloapan de Luis Ángel Pérez Escamirosa, René Escamirosa Betancourt y Fernando Pérez Escamirosa.                                         

Los Editores

 

 

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De esa cosa que los políticos llaman “cultura” 

La Manta y La Raya # 18                                                      marzo  2025 ________________________________________________________________________

De esa cosa que los políticos llaman                                          “cultura” 

– o la fusión de dos secretarias

 

Alvaro Alcántara López

I

En abril del 2009, los tentáculos de la Cámara de Diputados Federal tomaron formalmente las riendas de la Dirección General de Vinculación Cultural (DGVC), del hoy extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Con la llegada del panismo al gobierno Federal (2000) y los esfuerzos por implementar un “nuevo modelo” de política cultural en el país, la DGCV desempeño un papel estratégico en la política gubernamental en materia de cultura, en buena medida porque desde allí se gestionaba la mayor parte del presupuesto federal para financiar a los llamados “proyectos culturales”, tanto aquellos impulsados desde programas de gobierno específicos, como los que se decían “independientes”.

 


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