La Manta y La Raya # 20 marzo 2026 ________________________________________________________________________
La boda y la poesía
Andrés Moreno Nájera
Se extraña y se añora aquellos tiempos de antaño en los llanos del sotavento, tierra de hombres con la piel curtida por el sol, alegres, dicharacheros y trabajadores. Lugar donde un huapango alegraba la vida de la comunidad y de comunidades vecinas. Sitio hasta donde llegaban músicos y bailadores deseosos de bailar, tocar y echarles unas coplas a las bailadoras.
En estas tierras de la ex hacienda de Nopalapan se tenía que esperar la llegada de algún sacerdote para realizar las bodas, porque era aquí donde se ubicaba la pequeña parroquia de San Juan Bautista desde los tiempos de sus primeros dueños, los Franyutti.
Hasta este lugar venían los pobladores de las rancherías y comunidades circunvecinas a casarse, o bautizar a sus hijos cuando el cura se hacía presente o durante las mismísimas fiestas de San Juan en el mes de junio.
Por esos lugares cuando una persona se iba a casar era algarabía y alegría, no nada más para la familia, sino también en los vecinos. Un día antes llegaban los hombres con las facas en mano y su piedra de amolar, para ayudar al sacrificio de los animales destinados a la comida, que por lo regular eran vacas, cerdos, guajolotes o gallinas. Más tarde llegaban las mujeres con mandil bajo el brazo para apoyar en la preparación de los alimentos y en ese ir y venir de personas se hacían presentes los músicos, quienes templadas las jaranas alegraban la tarde de los concurrentes que compartían el trabajo y la música. Se iba armando el huapango, alternando la cocina y la tarima. Esta música amanecía así como las bailadoras, mujeres incansables, rebosantes de energía que entre trabajo y baile veían llegar la claridad del día para que todo estuviera listo cuando llegara el momento. Al salir rumbo al templo, los cohetes corredizos anunciaban el paso de la comitiva, en seguida los novios, luego los padres y los padrinos, detrás de ellos los músicos quienes al ritmo de “El Copiao” alegraban el paso de los enamorados, al mismo tiempo las mujeres mayores con las palmas de las manos acompañaban el ritmo de la música. De cuando en cuando la música se detenía, en ese momento el versero se adelantaba unos pasos y con un movimiento brusco del instrumento indicaba silencio, los músicos y las palmas callaban, todos se acomodaban cuando el versero se ponía al frente de los novios para echar las palabras de despedida. Con toda solemnidad se plantaba ante la pareja para decir la poesía (decima) donde se despedían los padres de los hijos por boca del cantador.
Esta función la cumplió por muchos años Benito Mexicano, de la comunidad de El Blanco, acompañado de su grupo Alma Jarocha conformado por el diestro guitarrero Nazario Santos de la estación Cañada, Salomón Martínez de El Blanco, Cutberto Parra de Nopalapan, José Martínez de El Blanco.
Benito era el hombre de la poesía, quien con su carisma y conocimiento sobre las costumbres de lugar era el encargado de echar las coplas de despedidas.
Algunas de ellas decían así:
Ya que te vas a casar
Hija de mi corazón
Consejos te vine a dar
Porque es mi obligación
Adiós hija consentida
Nacida de mis entrañas
Si la suerte no te engaña
Gozaras de buena vida;
Hoy que emprendes la partida
Recibe ese bienestar
El honor te ha de guardar
Tu esposo que has recibido
Para hacerte de marido
Ya te fuiste a casar
Te enamoraste de un muchacho
Para hacer tu matrimonio
No le des gusto al demonio
Si te saliera borracho
Ni lo ensilles que no es macho
Siempre tenle compasión
Te echare tu bendición
Y seguirás tu camino
Que dios te de buen destino
Hija de mi corazón.
Oye hija enamorada
Escucha y lleva presente
Pórtate como la gente
Para que no digan nada
La vida más aperrada
Es que tú quieras mandar
Deberás de respetar
Lo que la iglesia te ha dado
Atención y pon cuidado
Consejos te vine a dar.
Si no escuchas mi consejo
Tal vez no te vaya bien
Ya mis ojos no te ven
Pero si pienso y reflejo
Hoy que te irás muy lejos
Para más confirmación
Te echaré mi bendición
Y seguirás tu camino
Que Dios te dé buen destino
Porque es mi obligación.
Así se iba desgajando las décimas por todo el camino hasta llegar al templo. Después de haberse realizado la ceremonia, ya de regreso a la casa se repetía el proceso de los músicos, las mujeres con las palmas acompañando a las jaranas y volvía la poesía, ahora despidiéndose los hijos de sus padres.
Adiós mis queridos padres
También a mis hermanitos
Digo adiós a mis abuelitos
Mis padrinos y compadres.
Ya me despido gozoso
Pues tengo los sacramentos
Después de hacer juramento
Ya me voy con mi esposa
Un lindo botón de rosas
Que me dio su santa madre
Hasta que el perro ladre
De dicha y de alegría
Ya ha llegado ese día
Adiós mis queridos padres.
Me voy feliz y contento
Bastante agradecido
Porque hoy he cumplido
El sagrado sacramento
Que suenen los instrumentos
Que brille el cielo infinito
Que canten los pajaritos
Venga pueblo a convivir
Hoy les quiero decir
Adios a mis hermanitos
Hoy formaré un nuevo hogar
Con sudor, con sufrimiento,
Llevo en mi pensamiento
Un nuevo amanecer
Juntito con mi mujer
Haremos nuestro nidito,
A mis viejos venditos
Los llevo en el corazón
Y digo en este pregón
Adiós a mis abuelitos.
En fin quiero explicar
A toda la romería
Que dejo la soltería
Hoy me acabo de casar
Prometí en el altar
Dejar todo desmadre
Con la bendición del padre
Adiós digo a los amigos
A mis suegros, mis testigos,
Mis padrinos y compadres.
Llegando a la casa de donde se ubicaba la fiesta, la tarima esperaba, los hombres haciendo gala de sus botines y sombrero y las mujeres deseosas de zapatear cada son ejecutado.
Hoy desafortunadamente se ha ido dejando de lado esta costumbre poco a poco, los jóvenes no tienen interés de estas expresiones costumbristas que sus padres y abuelos practicaron, lo de hoy son las bandas y corridos.
Andrés Bernardo Moreno Nájera
septiembre 2018
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