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El fandango de los rebeldes

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

El fandango de los rebeldes *

Entrevista con la bailadora Paulina Jáuregui Alor

Benito Cortés Padua

  * Texto  publicado en la revista Son del Sur, núm. 9, 2009.

 

Arturo Talavera

Nací el 22 de junio de 1909, mi papá se llamaba Julio Jáuregui Fernández y mi mamá Nazaria Alor Guillén. Tuve quince hermanos los cuales todos ya han fallecido, mi hermana la mayor murió a la edad de 105 años. Yo sí tuve estudio. En aquellos tiempos nada mas daban tres años de estudio; primero, segundo y tercero nada más. Y al tercer año cualquiera podía ser profesor y ya no había más estudio.

Yo fui alegre todo el tiempo. Desde los seis años aprendí a bailar huapango, ¡Cómo me gustaba!… y andar con las ramas, hacer mi nacimiento. Había un señor llamado Francisco Fernández que me arreglaba el lugar donde hacía mi nacimiento. Luego iba a buscar a los jaraneros para que hubiera huapango y la música, que en aquel tiempo eran don Ángel Primo y la “Pior es nada”, que así le decían a la otra banda, que era la de los Morales. Esas dos bandas eran de música de viento. Y aquí los jaraneros eran toda la familia Alfonso: Leonardo Alfonso con todos sus hijos: Pedro, Lidio, Cirino y Nicéforo, también don Daniel Padua, Mauro Mayo, Pedro Basulto, todos eran jaraneros y bailadores de huapango. Mí tía Nacha, que era esposa de tío Leonardo, le gustaba cantar. A mi tío nunca lo vi bailar pero mi tía Nacha era mera huapanguera y todas sus hijas: Adela mí cuñada, Adelaida y Luisa que se casó con Juan Zúñiga, a todas ellas también les gustaba bailar huapango.

Los fandangos se hacían en las casas y en el parque, que era solamente un quiosquito y ahí enfrente llevaban una tarima, esa misma tarima que la llevaban donde quiera. Y si no, en cualquier puerta, pero nosotros bailábamos. Para ir a fandanguear me tenían que llevar mis papás porque había unos soldados que les llamaban “los zapadores”, que eran unos sombrerudos y estaban al servicio de los rebeldes y, ahí donde está el Palacio viejo era el cuartel y enfrente hacían los fandangos. En el cuartel habían soldados que estaban resguardando el pueblo, porque ya estaba la guerra con los rebeldes revolucionarios, por eso resguardaban aquí. Los rebeldes que entraron aquí fueron Cástulo Pérez y Álvaro Alor, mi tío. Ellos tenían su campamento en Tacojalpan que está aquí por Minatitlán, del otro lado del río, ahí tenían su campamento. Cuando venían avisaban que iban a tomar el Palacio aquí en Chinameca y entraban a tirotear con los zapadores, esos que te digo; eran tiempos en que ya había pasado el tiempo de Zapata, que a ese yo no lo conocí, a Porfirio Díaz tampoco, yo estaba muy chica. Cástulo Pérez llegó como en 1916, porque yo tenía como seis años cuando empezaban a venir los rebeldes.

Cuando llegaban los rebeldes todos salían huyendo, toda la gente se iba a huir y el que tenía dinero corría a los barrancos y llenaba los barrancos de dinero, como don Chico Fernández, Donaciano Fernández. Ese barranco que está por casa de Lencho lo llenaban de puros costalitos de dinero, todo lo llevaban pa’ que no se lo robaran los rebeldes, ahí echaban el dinero al barranco, lo iban a tirar. Entonces la gente nos íbamos de huida, mi mamá nos llevaba a un barranco que está para allá (señalando el horizonte), ahí llevaba las camas y hacía comida, pero después mi hermano se fue de revolucionario y ya no teníamos miedo porque los rebeldes llegaban a la casa y mi mamá les daba de comer. A ella le pagaban por hacerles de comer. Nos avisaban cuando iban a venir para que mi mamá les matara un cochino porque querían longaniza, chicharrones, carne, tamales.

Yo todavía era chamaca, pero no faltaba gente del barrio que ayudara a mi mamá: unas hijas de don Pedro Céspedes, una tal Simona Luría y otra era Arcadia Luría, que la asistían, echaban tortilla, echaban bastante tortillas y mí mamá llevaba la comida al chicozapote, por donde vivía don Jorge Castellanos. Esos terrenos eran de don Federico Trujillo, era una sabaneta en donde no habían casas, y ahí estaban todos los rebeldes, ahí les llevaban la comida. Yo iba con mi mamá y mis hermanas para repartirles de comer y luego ya le pagaban a mi mamá. La guerra demoró bastante, porque arreglado que cuando mi hermano Dámaso se fue a la guerra tenía 14 años y cuando regresó ya era todo un hombre. La guerra terminó cuando agarraron a mi tío Álvaro Alor en primer lugar, a ese lo agarraron cuando iba a Cosoleacaque, quién sabe por dónde lo agarraron, no supe cuando lo agarraron y se lo llevaron prisionero… ese Álvaro Alor se robó a la finada Aurelia Mayo de catorce años, que después fue mi madrina. Ese mismo día que se llevaron a mi madrina Aurelia, se robaron a la hija de la hermana de Toribia Alor, que se llamaba Eutimia, a las dos se las llevaron. Las robaban porque a los rebeldes les gustaban esas muchachas y se las robaron de adentro de su casa, se las llevaron a Coscapan. Eso me contaba mi hermano Dámaso, que llegó a ser capitán de los rebeldes, pues él veía todo lo que hacían sus compañeros. Mi hermano no tenía miedo cuando venía a ver a mi mamá, aunque allí en la estación de ferrocarril donde estaba el tanque de agua había soldados y él venía solo a caballo. Pero un día, cuando mi hermano llegaba, estaba ahí un mentado Cevallos, que era el jefe de los soldados de aquí y –ya sabes que siempre para todo hay lengua– le dijeron que mi hermano era rebelde. Ese día lo corretearon, por el camino antiguo a Oteapan. Le dispararon pero mi hermano también disparaba su máuser. Se le acabaron las balas y sacó su pistola. Ese señor Cevallos vino a buscar después a mí mamá para que le dijera dónde estaba su hijo; “no lo vamos a matar ni nada, vine a decirle que usted tiene un hijo revolucionario que los tiene en su lugar”, pues no les cesó de tirar a todos hasta que lo perdieron por San Pedro Mártir, ahí por Cosoleacaque, ahí se les perdió y no lo encontraron.

En Coscapan había un ingenio de azúcar, mucha gente vivía ahí y llegaban los rebeldes a visitarlas, a darse cuenta de cómo estaban, porque ellos estuvieron acampamentados allí. En Coscapan estaba la gente de Álvaro Alor y la gente que traía mi hermano. Fue allí cuando mi hermano se enteró de que Álvaro se había robado a mi madrina Aurelia, que era prima hermana de nosotros. Mi hermano se enojó mucho y en seguidita mandó a llamar a Álvaro: “¿Por qué había hecho eso? ¿Qué Álvaro no sabía que esa muchacha era su propia sobrina?. Tío Álvaro, le decía “qué no sabes que la esposa de Severo Mayo, doña Simona, es hermana con mi mamá”. Y el otro le contestó; –“Dámaso, Dámaso, no se lo que hice pues”–. Y Dámaso muy enojado le amenazó “pues lo vas a saber ahorita, voy a Chinameca y ahorita vengo”. Lo bueno es que vino a ver cómo estaba tía Simona, que como era de suponer estaba bien enojada, también mi tío Severo y todos aquí. Dámaso le dijo a mi madre que iba a matarlo, que iba a hacerle frente y mi mamá le dijo que no porque era su tío. Entonces Dámaso se paró y dijo: “lo mato, mamá, porque hizo esa cochinada, porque se llevó a mi prima”. También andaba por aquí un hijo de mi tía Simona que era revolucionario, el finado Carmen, a quien Dámaso le pidió por favor que fuera a ver a Álvaro, “dile que prepare a su gente que yo voy a preparar la mía”. Carmen fue a avisarle y Álvaro se dejó venir hasta acá: “No, Dámaso”-le decía -“no hagas cosa igual, me rindo a ti, aunque eres tú capitán y yo tu general, me rindo, pero no nos enfrentemos Dámaso, no vamos a hacer eso, toma otra cosa que tu digas y yo acepto, pero nada más no me quites la vida, dime ¿qué quieres?”. Mi hermano le reclamó: “Lo que quiero es matarte porque abusaste de confianza, eras mi general y ahora ya no te voy a respetar”. Mi tío Álvaro le respondió: “cómo tu digas Dámaso, pero nomás no nos vamos a quitar la vida, vamos a arreglarlo todo por las buenas, lo que tú digas yo lo acepto”. Dámaso le contestó: “pues ahorita vas a vestir de generala a Aurelia y en este momento mandas a traer todas sus cosas”.

A mi madrina Aurelia la vistieron de generala. La vestimenta era una carrillera cruzada en el pecho, pero todo eso bien dorado, su sombrero era gris, que le decían antes de fieltro, grande, de ladito, con su barbiquejo y de puras estrellas doradas y su vestido bien elegante y su buena pistolota acá (señalando la cintura), junto a otra carrillera. Luego salieron de aquí de Chinameca y se fueron hasta Puerto México (hoy Coatzacoalcos). Aquí agarraron el tren, porque los rebeldes también tenían su trenecito que era de Minatitlán. Ser generala era una distinción para las mujeres, ella caminaba en medio de mi tío y mi hermano en un caballo brioso que hasta bailaba bien bonito, como una adelita de esas elegantes de antes. Yo me acuerdo muy bien porque yo me fui con ella, viví con ellos. Tenía la tarea de cuidarla y allí estuve en Puerto México. Luego supe que a mi tío lo agarraron, le avisaron a mi madrina y junto con mi mamá y la difunta Tomasa Hernández nos venimos en el tren otra vez a Chinameca, pero cuando llegamos aquí nos dijeron que ya lo habían fusilado en Jáltipan.

Esa Tomasa Hernández me llevaba a Coscapan para acompañarla al ingenio porque a mí me gustaba mucho andar, yo tenía como nueve o diez años, me acuerdo que tenía miedo de pasar por un puente de hamaca para atravesar el río Huazuntlán y ella me cargaba a “pilonchi” y yo cerraba los ojos, tenía miedo, era muy miedosa.

El ingenio dejó de funcionar cuando mataron a los muchachos Hernández, hijos de doña Eligia; entonces don Julio Pérez, mi esposo, que era policía, lo mandaron a Coscapan a cobrar el predio, pero los dueños del ingenio lo estaban esperando con armas porque ya no querían pagar y uno de ellos le disparó pero no le pegó. Julio se agachó y se tiro por una escalera hasta el suelo y al que le decían “Chapulín”, de los hermanos Hernández, le pegó ese tiro en la mera frente y ahí mismo cayó muerto. Atrás iba su hermano y le dieron en la boca. Quedaron los dos hermanos tirados en el suelo. Volvieron a tirarle a la gente del ingenio y Julio ya pa’ esto iba abajo, huyendo. Mataron entonces a tres, a los hermanos y a un tío de ellos, hermano de doña Eligia. Ya en ese tiempo había acabado la guerra de los rebeldes, que demoró como tres años, cuando agarraron a Cástulo Pérez, que era compadre de mi tío Álvaro y este lo denunció. Lo fueron a sacar de Tacojalpan y se lo trajeron preso. Pero como decía Cástulo Pérez, que él primero muerto y después rendido pues cumplió su palabra, porque antes de llegar ahí por Coacotla, ya casi para llegar a Jáltipan, Cástulo pidió permiso para ir a hacer una “necesidad” y los soldados le dieron permiso. Pero creo que ellos no se dieron cuenta de que Cástulo traía una pistola guardada entre sus ropas y nomás cuando escucharon el tiro fueron a ver: se había matado y sí, lo trajeron a Jáltipan, pero ya muerto y lo fueron a enterrar a Puerto México.

Yo la verdad nunca supe de dónde era Cástulo Pérez, con quien vivía aquí; hasta tenía hijos con doña Felipa Heredia, ella le tuvo a Chole que le decían “Chole Pleito” y tuvo a Natalio y tuvo a Germán, esos tres hijos eran de Cástulo. Pero él tenía su mera esposa en Cosoleacaque que se llamaba Leona Torres. Cuando Cástulo se mató yo ya era grande, tenía como mis diez años y en ese curso de la guerra siempre había fandango, todos esos fandangos los tocaba don Leonardo con sus hijos y músicos de Cosoleacaque, íbamos a bailar hasta Tacojalpan, allá hacía fandangos Cástulo Pérez y allá íbamos a bailar con mi tía Nacha. Cástulo Pérez venía a Chinameca, pero directo a la iglesia, porque él era muy católico, le regalaba a la virgen buenos mantos que le traían de México, en esos momento la virgen usaba mantos, muchas cosas le regalaba a la Purísima. Él venía con toda su gente derechito a la iglesia en las fiestas de diciembre y aunque no fuera fiesta ellos venían, nomás cuidaban que no hubieran soldados. Las fiestas de diciembre, desde que yo nací, ya la celebraban y la celebraban también igual el 8 de Septiembre, día de la Natividad de María Santísima y el 31 de Mayo igual, eran tres fiestas que le celebraban a la Virgen de la Concepción, pero la fiesta más importante es la de diciembre, había música, huapango, fiesta muy elegante y con mayordomo. Eso sí, todos los santos tenían su mayordomo y venían de Chacalapa, de Oteapan y de Comején y donde quiera había huapango. San Juan Bautista también tenía sus mayordomos, eran Juan Martínez y mi suegro y cuando era el tiempo de San Juan, corrían carreras y amarraban una reata en los árboles y ahí colgaban patos, pollos o lo que fuera y pasaban los jinetes y les arrancaban la cabeza, todo eso se hacía antes en la calle que está atrás de la iglesia. Antes era fiesta grande la de San Juan, pero ahora ya no. 

A mí de repente no me gustaban mucho los sones de a cuatro porque se amotinaba la gente y eso me fastidiaba; a mi puro Zapateado, La Bamba, La Marcelina (El Colás), El Toro… y entraba y me gustaba bailar con puros señores grandes porque le pegaban bonito a la tarima, pero con el que más me gustaba bailar era con don Albino, ese bailaba duro y hacía brincar la tarima y eso a mi me gustaba mucho. Con ese hombre bailaba yo El Toro y cuando nos toreábamos, el hombre lazaba arriba con su paliacate y la mujer abajo y nos balanceábamos de allá y para acá con los pañuelos y si yo no traía pañuelo, con el vestido, pero yo era muy aprevenida, siempre cargaba dos pañuelos todo el tiempo. Ese Anselmo Trujillo ¡cómo bailaba bonito!, se estaba muriendo y todavía, cuando puso el palo encebado, me mandó a llamar porque quería lazar al toro, pero ya no pudo. Ese hombre era listo para bailar.

Mi mamá me compraba puras botitas de tacón para que yo bailara, porque se me acababan rápido los zapatos, lo bueno era que a mí me galeaban mucho, me daban bastante dinero esos zapateadores para que yo les bailara sus sombrerotes todos sucios y con eso me alcanzaba para comprarme mis zapatos y mi mamá me decía: “¡Ay hija!, un día me vas a llegar piojosa” y yo le decía: “creo me pica la cabeza de tanto ponerme esos sombreros” y Aciano Pérez, que era un revolucionario de aquí de Soteapan, venía y nos avisaba que iba a hacer un huapango, le dejaba dinero a mi mamá para que me comprara un vestido y mis hermanas se enojaban, la mayor siempre decía: “ya mi papá y mi mamá andan de alcahuetes con esa chamaca chismica, que nomás quiere andar en los bailes, ya parece grandota, ya ni nosotras” y mi papá le respondía: “¡ay hija!, que culpa tiene la chamaca si a ella le gusta, ustedes parecen como la caca del loro, ni huelen ni hieden” y más muina le daba a mis hermanas.

Ya cuando me casé, me fui a vivir con mi marido allá por La Victoria, porque el era mayoral y el me llevaba a los huapangos, nos iban a traer en canoa, nos íbamos por todo el río. Un día nos vinieron a buscar para un huapango y a la esposa de mi compadre Lamberto se le ocurre venirse en la madrugada y había mucho sereno y la canoa chocó con quien sabe que cosa y nos fuimos a pique, mero se ahogan mis hijos, ni más ganas me quedaron de seguir viviendo ahí y me fui viniendo otra vez a Chinameca porque me espanté mucho.

Ahora que se va a casar mi nieta, yo le digo que haga huapango, pa’ que se ponga buena la fiesta y a lo mejor me echo un versito, pero quién sabe, yo me sabía muchos versos de La Bamba y El Toro, pero ya se me olvidaron, ya estoy vieja…

Chinameca, Ver., 10 de noviembre de 1999. 


 

 

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