La Manta y La Raya # 20 marzo 2026 ________________________________________________________________________
Benny Moré y el bolero
Un matrimonio perfecto *
Helio Orovio
Cuando vi y escuché por primera vez en la pantalla cinematográfica a un mulato delgado, alto, con un saco largo y pantalones de tubo, bigotico de la época, cantando mambos acompañado por la orquesta de Pérez Prado, pensé, sentí que algo nuevo, grande, le estaban naciendo a nuestra música. Se llamaba Benny Moré y dejó grabada en mí su voz única, su estilo inédito. Luego se reafirmó esa impresión cuando le oí sones, guarachas, afros, rumbas, congas y ¡boleros! Acompañado las orquestas de Rafael de Paz, Arturo Núñez, Humberto Cané, Mariano Mercerón, y a veces en dúos memorables con el veracruzano Lalo Montané. Claro que los primeros boleros que se escucharon no fueron esos. Ni siquiera los que hizo con el conjunto de Miguel Matamoros, sino los que dijo en serenatas, descargas y noches de bohemia en barras de toda la Habana, y otras ciudades de la isla.
Tiempo después, las victrolas, esas catedrales insuperables, me hacían chocar con su voz en todas las esquinas. Solo que ahora el team acompañante mostraba otra sonoridad, otros arreglos orquestales; se trataba de la banda del pianista Ernesto Duarte. Benny estaba en su tierra, era 1951, y pasaba la aventura del batanga con la orquesta de Bebo Valdés, formó su Banda Gigante en 1953, y siguieron, uno tras otro, boleros que están incrustados en la historia sonora y sentimental de Cuba y del mundo.
Bartolomé Moré nació en el centro de la isla, en la región de las inquietas Villas (Santa Isabel de las Lajas, 1919) y por eso pudo asimilar de igual modo las maneras musicales del oriente y occidente. De la impronta oriental asumió el son montuno y la trova, y de la occidental tomó la rumba, el son guaguancó, el afro, la guaracha, el mambo, el chachachá … y el bolero se lo entró por los poros, el aire de toda Cuba. Melodioso de maravilla, en los sones le salía la gracia semirural del mulato provinciano, en la guaracha el humor callejero, en el guaguancó parecía rumbear a sus anchas por el barrio de Jesús Maria (¿un columbiano surgido de un batey negro Villareño?). En el bolero fusionaba diversas corrientes, por eso es muy difícil someterlo a clasificaciones. Más bien yo lo considero como culminación de todo un camino recorrido por nuestra bolerística. Con Benny llegan a su punto máximo todos los estilos.
Cultivó el bolero trovadoresco (Qué pena me da, Juan Arrondo), el bolero lírico (Como arrullo de palmas, Ernesto Lecuona), el bolero lamento (Todo lo perdí, Benny Moré), el bolero cancioneril (Cómo fue, Ernesto Duarte), el bolero victrolero (Camarera del amor, José D. Quiñones), y el bolero feeling (Me miras tiernamente, Yañez y Gómez). Siempre estuvo detrás de sus interpretaciones la influencia de la trova y del son, y como alter egos evidentes un Manuel Corona y un Miguel Matamoros. Pero no puede soslayarse el influjo de la cancionística norteamericana, es decir del blues, la canción slow y el jazz. En su discoteca cotidiana estaban los crooners (Sinatra, Nat King Cole), las grandes voces negras (Fitzgerald. Vaughn) y las big bands.
No solo hizo el bolero-bolero, sino el bolero-son, el bolero-mambo y el bolero-cha. Quiso que el acompañamiento de su orquesta se basara en la percusión cubana, tocada al modo de los soneros, con un ritmo que invitara al baile, pero con una cuerda de metales y saxos trabajada con fraseo y dicción jazzísticos. Incluso algo hay en su repertorio que enlaza con los cuartetos vocales norteamericanos (The Platters) y lo acerca a un grupo vocal habanero como Los Zafiros (Sin una despedida, Benny Moré), cosa notable en esta pieza hecha junto a los Bermúdez. Es interesante observar que el ritm0 acompañante y el concepto de las orquestaciones en Moré se adecúa a los diversos tipos de bolero, lo que habla muy alto de su talento innato y adquirido mediante la praxis musical.
De la maestría del cantor lajero no hay que hablar, casi todo ha sido dicho. En el bolero su manejo de las inflexiones vocales es perfecto, y expresa el espíritu, el alma, de cada canción. Todos estamos de acuerdo en que resulta difícil cantar un bolero después que ha pasado por su voz. Y también sabemos que una obra interpretada por él es a veces tan suya o más que del compositor que la generó. Su técnica depurada lo hacia lucir bien en todos los registros, del grave al agudo, pasando por una media voz característica y un rubateo contenido, preciso.
Su trascendencia en el tiempo es innegable. No hay vocalista cubano -quizás caribeño- que esté tan vivo en el recuerdo y en la admiración de las nuevas generaciones. Me atrevería a hablar de una presencia moresiana en la Nueva Trova. Quien lo dude, ponga un disco de lo mejor de la canción de un Pablo Milanés, y si sabe oír descubrirá el punto de enlace histórico. Como se dijo de Gardel, Benny cada día canta mejor.
Estuve por años tratando de discernir quién era el mejor cantante de boleros nacido en la ínsula. Maneje distintos nombres, y casi llegué a una conclusión, hasta que una tarde, en medio de una cerveza en la sala de mi casa, junto a unos amigos bolerófilos, me llegó la melodía y armonía de Hoy como ayer, y la figura delgada, alta, con su saco largo y pantalones de tubo, con su sonrisa criolla, medio un halón de oreja.
Helio Orovio
Revista en formato PDF (v.20.1.0):
Error! Please enter an ID value with this shortcode.
Artículo suelto en formato PDF (v.201.0):
Error! Please enter an ID value with this shortcode.
[fb_button]
![]()
