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Recuentos y puestas al día del quehacer creativo

Trío Tlayoltiyane

La Manta y La Raya # 19                                                 septiembre  2025 ________________________________________________________________________

Trío Tlayoltiyane

Román Güemes Jiménez

De Tlayoltiyane la historia es así: surge el 26 de abril de 1986, en Xalapa, Veracruz. Su director artístico es el compositor y poeta Antonio Hernández Meza, quien también es la voz principal del trío e intérprete de jarana huasteca, guitarra quinta o huapanguera y violín; sus demás integrantes son Jorge Alberto y Marco Antonio Hernández Hernández, diestros ejecutantes de estos mismos instrumentos.

Su origen está ligado al grupo Tlen Huicani de la Universidad Veracruzana (UV), con el que Hernández Meza ha realizado innumerables giras por el interior del país y por varias partes del mundo. A partir de su ingreso a esta agrupación dirigida por Alberto de la Rosa, en 1976, se concretó y afianzó la sección huasteca y, con el correr del tiempo, conforme iba sumándose a los esfuerzos del propio Tlen Huicani, él y sus hijos fueron madurando como ejecutantes de la música tradicional de su región de origen hasta lograr conformarse como un trío sólido e independiente en 1988, de tal suerte que Tlayoltiyane es actualmente una parte importante del grupo Tlen Huicani.

Los creadores

Tlayoltiyane –por cuya etimología náhuatl un equivalente en español podría ser Los Creadores– tal vez sea, hasta ahora, la máxima realización de los sueños de Antonio Hernández Meza. Desde su origen, se han dedicado a la interpretación de la música huasteca tradicional, concretamente a la ejecución del huapango y el son huasteco. Se trata, como en muchos de los casos, de un trío formado por tradición familiar e integrado precisamente por el padre y dos hijos que fueron instruidos en el manejo de los instrumentos huapangueros dentro del propio hogar.

Hernández Meza, como maestro, impulsor y formador de tríos, cuenta ya con una larga historia de búsquedas y reencuentros: desde la fundación del Trio Comunitario (1960), allá en su solar nativo, Pahua Grande, Ixhuatlán de Madero, Veracruz, pasando por el trío Solteros de Juan Rosas (1968), la formación del trío Pahuasteco (1969), Los Caporales de la Huasteca, en Papantla de Olarte, Veracruz (1970o), hasta el nacimiento de Tlayoltiyane, no ha cesado su inquietud por difundir y enriquecer la música huasteca y todo lo que le es inherente. A la fecha, se han presentado en infinidad de difusoras veracruzanas y del interior del país, y en algunos programas televisivos dando a conocer su propia producción.

Cuentan ya con varias grabaciones en audio y video donde muestran el arte del nuevo huapango impulsado por Hernández Meza, muchas de ellas interpretadas en el náhuatl septentrional huasteco, su lengua originaria; esto último constituye, de suyo, una de las contribuciones más caras de este trío a la literatura étnica del país y, por ende, al propio huapango huasteco.

La labor permanente de Tlayoltiyane ha rebasado los límites universitarios y ha trascendido hacia los municipios huastecos donde han realizado numerosas presentaciones y conciertos especiales en coordinación con los ayuntamientos locales y la propia UV. También han conseguido algunos triunfos en su vida artística: en 1996, en el Concurso Nacional de Trova y Huapango Huasteco efectuado en el marco de la Feria Expo Tuxpan, en esta ciudad veracruzana, fueron merecedores del primer premio, tanto en la modalidad de ejecución como en la de composición, donde se confrontaron con famosos tríos de la Huasteca.

Ganaron el tercer lugar con la composición de Antonio Hernández Meza titulada El maíz, en la ciudad de Tuxpan, Veracruz; un segundo lugar con el huapango El medio ambiente en un concurso realizado en los Tuxtlas; han sido merecedores de la medalla y la presea Sol Poniente, máximo reconocimiento al mérito huapanguero; de un homenaje por su valiosa aportación al desarrollo del son huasteco, en el festival La Cascada del Huapango, de Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz. Han recibido de la Asociación de Ixhuatecos Radicados en Xalapa el reconocimiento por sus 30 años de trayectoria artística, en los cuales han rescatado y difundido el acervo cultural de la huasteca veracruzana.

En 2016, la Universidad Veracruzana nombró “Año de Tlayoltiyane” a la celebración por su trigésimo aniversario, cuyo homenaje comprendió presentaciones artísticas del trío en varias comunidades del norte de Veracruz; la grabación de un disco, en el que se incluyen composiciones de Hernández Meza: la edición de un cancionero escrito en náhuatl y español; y culminó con sendas presentaciones en Estados Unidos, una como invitado especial del Festival Celebrate Mexico Now, uno de los foros más importantes para la difusión de la Cultura y el arte mexicano contemporáneo, que se realizó del 24 al 30 de octubre en el Museo de Historia de Nueva York; y la otra en el Smithsonian National Museum of the American Indian.

Tlayoltiyane ha hecho giras internacionales interpretando orgullosamente la música huasteca. Entre los países visitados figuran España, Francia, Bélgica, Argentina Chile y Estados Unidos.

Por ello, tener en la Universidad Veracruzana, y particularmente en Xalapa, a un trío de la magnitud de Tlayoltiyane es, para los gustosos del son y del huapango, un suceso digno de llevar en la memoria y de relatarlo. Sin duda, el trío seguirá su vertiginosa carrera y su constante ascenso, porque son portadores de una gran tradición y honorables representantes de un gran acervo musical y lírico.

Don Toño, el origen y los recuerdos 

Antonio Hernández Meza nació en Chahuanla, Ixhuatlán de Madero, Veracnuz, el 1 de octubre de 1947. Creció en a localidad Pahua Grande, del mismo municipio. Radica en Xalapa desde el 1s de marzo de 1976. Así narra algunos de sus recuerdos en una entrevista efectuada en 1977, en Xalapa, Veracruz:

En aquellos tiempos de los que te estoy contando, cuando se organizaba un baile o fandango tenía que ser en la época de Navidad, de las posadas, o en carnaval, que es una fiesta muy esperada, muy bonita.

Para organizarla antes había que nombrar a 12 capitanes para los seis días de juego o danzada, dos por día. Después fueron disminuyendo. Los capitanes se encargan de darle de comer a los invitados, a los disfrazados (que allá les llaman viejos) y a los músicos. A los capitanes les correspondía dar de comer y ese mismo día, por la tarde, les tocaba organizar el baile… Entonces, en su casa tendrían que hacer el tlapechtli o palco para que ahí se subieran los músicos huapangueros y desde lo alto tocaran para el baile; según decían que desde allá arriba se oía mejor la música, que llegaba más lejos… Y es cierto, muy cierto, porque si se tocaba desde abajo casi ni se escucha 0d la música y la cantada. Si la casa tenía corredor grande, entonces ahí se construía el tlapechtli y la gente bailaba en el patio. En ocasiones, al tlapechtli se le ponía un telón para proteger a los músicos del rocío o la llovizna. Era hermoso contemplar uno a medio patio, por eso se buscaba el mejor lugar para construirlo; en la parte superior se le hacía una especie de casita bien adornada, con su techo de ramas de sauce, para que no les cayera ni una gota de sereno a los músicos. Donde se sentaban ponían petates y cobijas a manera de cojines. Los músicos eran muy respetados y queridos, todos estos cuidados y protecciones eran para que no los molestaran y pudieran trabajar bien. Los cantadores o ¿cantores? estaban abajo y desde ahí pedían su turno.

Hijoles, el tlapechtli, sí, ahí en el patio… ¡Qué bonito! Con su casita, así adornada hasta con flores para que luciera mejor. El baile o fandango se ponía bueno dependiendo de los músicos que fueran a tocar. Si en el rancho decían: –Va a venir a tocar fulano de tal… Martincito de Chahuantla– y si les gustaba cómo tocaba, entonces se juntaba mucha gente y a las siete de la tarde ya estaba empezando el fandango, ya le estaban dando. A las ocho de la noche, en aquel tiempo, juuuta!, ya se armaba un buen baile que duraba hasta el amanecer. Me acuerdo mucho de una ocasión en que amanecimos. Entonces ya participaba yo en la tocada. Era mi primera trasnochada; le paramos como a las ocho de la mañana, ya cuando la gente se empezaba a retirar a sus casas. 

Pero además de anunciar qué músicos iban a amenizar el baile, también echaban cohetes. Usaban mucho el cohete de agua. El primero se tronaba a las tres de la mañana, otro a las cuatro y el último a las seis, ya cuando había amanecido., Al mediodía tronaban otros dos y el último se usaba cuando llegaban los músicos. Era la última detonación que se escuchaba. Ya la gente decía: “llegaron los huapangueros”. Cuando el baile se hacía en Chahuantla, lugar donde yo nací y que he visitado desde mi niñez, venían bailadores de El Mirador, Xomulco, Pahua Grande, San Bernardo, Tolico, El Tizal y de Huexotitla. Venía mucha gente. Las muchachas venían acompañadas de sus padres o hermanos; pero lo más común en un rancho era que se organizaran ellos mismos, que se pusieran de acuerdo. Se decían:

–Va a haber un baile. –Ah, pues vamos.

–¿Dónde va a ser? –En tal lado. –iAh, convidemos muchachas!…

Así se organizaban para convidarse y se formaban los grupos en las propias comunidades; por eso siempre los de un mismo rancho llegaban en bola, todos juntos, muchachos y muchachas. Así se podía ver cómo llegaban los de Jonotal Azteca, que se me olvidó mencionarlo hace rato. Ellos venían en grupo, listos para la bailada. También los de Tuzancali. Lo mismo sucedía cuando los bailes se hacían en la Pahua Grande, llegaba gente de diferentes ranchos… Todos en bola, en grupos… Al centro las muchachas. Siempre así fue.

Notas

1. Tlapechtli o palco: Cama o entarimado. Construcción muy alta hecha con cuatro horcones y rematada con una plataforma de tablas sobre la cual es común construirse una pequeña enramada con de hojas de sabino, de tronadora, tule, palma o pericón, que además de proteger a los músicos del rocío o sereno de la madrugada, permite desempeñarse en un espacio fresco, agradable y oloroso a hojas silvestres. Este elemento del huapango también es conocido como: periquera, palco, tarango, tablado, tepanco, tapeile, kwatlapechtli y repisa.

2. Cantadores o cantores: Toda persona que se acercaba al tlapechtli o palco a cantar, una vez que le tocaba su turno. Anteriormente los músicos de huapango solo eran dos (un violinista y un quintero), un dúo; la jarana huasteca -ya presente en la región desde finales del siglo xvii se incorpora tardíamente para formar el inmejorable trío huapanguero. Por regla general, en aquellos tiempos, los músicos eran precisamente eso, únicamente músicos, y no estaban obligados a cantar, aunque lo hacían y lo siguen haciendo. Siempre en el campo abundaron los cantores de huapango. Además, proliferaban los sones brincados, sones corridos, sones de parabién, sones huapangueados, jarabes y medios huapangos que no necesitaban cantarse porque eran y son instrumentales. Y como en la mayoría de las comunidades no se hablaba el castellano, se cantaban en lengua Originaria solamente algunos huapangos; por eso el cantor era necesario y vital, pues conocía el castellano y la lengua de la comunidad. 

Tlayoltiyane es un trío formado por tradición familiar, como en muchos de los casos, e integrado por el padre y dos hijos que fueron instruidos en el manejo de los instrumentos huapangueros dentro del propio hogar. Desde su origen se han dedicado a la inter pretación de la música huasteca tradicional. En 2016, la UV nombró “Año de Tlayoltiyane” a la celebración por su trigésimo aniversario. (Archivo Dirección General de Difusión Cultural UV).


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Son jarocho y stambeli, dos mundos cercanos y lejanos

La Manta y La Raya # 18                                                      marzo  2025 ________________________________________________________________________

Son jarocho y stambeli, dos mundos cercanos y lejanos * 

                                                                                                               Ikbal Hamzaoui

Institute Supérieur de Musique de Tunis 

Gumbri. (The Ban of The Bori, fig.32 p.283)

 

Resumen

Este artículo se basa en la escucha cruzada entre dos géneros musicales, a saber, el stambeli de Túnez y el son jarocho de México. ¿Qué es lo que hace que uno sienta, o tenga la impresión de que está escuchando su propia música mientras escucha la música del otro? En la primera parte de este artículo desarrollaremos el concepto de escucha cruzada a través del trabajo de campo realizado en México y en Túnez con músicos mexicanos y tunecinos. La segunda parte estará dedicada al análisis de un son jarocho y una nûba de stambeli a través de las transcripciones de la línea del canto y de la leona en el caso del son jarocho y del canto y del gumbri en el caso del stambeli para entender un aire de similitudes percibidas entre los dos géneros musicales.

 


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… un son jarocho alimentado por ríos

La Manta y La Raya # 18                                                      marzo  2025 ________________________________________________________________________

Tlacotalpan: un son jarocho alimentado por sus ríos

María Guadalupe López Jiménez

Cristobal Cuitláhuac Torres Herrera

 

Filemón Rodríguez Naranjo, bailador de La Gallarda y Boca de la Sierra.

 

Sin lugar a dudas, los ríos han sido venero de vida, casi todos los asentamientos humanos han tenido como base y sustento las bondades del agua. En Tlacotalpan llevamos a cabo una investigación sobre la gente “fandanguera” o “huapanguera” de comunidades asentadas en las orillas de tres ríos importantes: el san Juan Michapan, el san Agustín, y el Acula. De paso, también queríamos saber qué personas seguían siendo reconocidas por los habitantes actuales como aquellas que fueron parte fundamental de la fiesta del fandango y que dejaron un legado que aún pervive, tanto en descendencia como en la memoria colectiva.


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Migraciones mayas y yucatecas a Cuba

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

Migraciones mayas y

yucatecas a Cuba

 

Victoria Novelo Oppenheim

 

 

El largo tiempo colonial

La lectura de documentos coloniales, crónicas, censos y hallazgos arqueológicos en la parte más antigua de la ciudad de La Habana, conocida como La Habana Vieja, amén de textos contemporáneos de primera mano, confirman la presencia yucateca en Cuba desde inicios de la época colonial hasta la primera mitad del siglo xx.

Con la información disponible es posible dibujar la imagen de una costumbre, por así decir, vieja y constante, libre y forzada, de los yucatecos y otros mexicanos de irse a vivir a la isla de Cuba por tiempos cortos y largos, por muchos y diversos motivos. En una cuenta histórica tan larga, los viajes, los escenarios, las circunstancias y los ambientes sociales que rodearon a los migrantes fueron transformándose, como lo iban haciendo las sociedades de origen y de destino alrededor de los procesos que impuso la conquista-colonización europea primero, y después, los que iría configurando el desarrollo del capitalismo en las sociedades poscoloniales y sus historias políticas. Y sin embargo, es posible decir que los movimientos de población yucateca y sus relaciones intracaribeñas a partir del siglo xvi, fueron dejando una huella perceptible en la isla de Cuba.

. . .

 


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Comer, dormir y divertirse

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Comer, dormir y divertirse en el camino de Tehuantepec entre 1858 y 1860

Ana Rosa Suárez Argüello

Un viejo sueño, el de una ruta que uniera el golfo de México y el océano Pacífico por el istmo de Tehuantepec, fue un hecho entre 1858 y 1860, cuando empresarios estadounidenses organizaron un negocio que incluía barcos de vapor, carruajes y carretas, mulas y caballos, transporte de ida y vuelta para viajeros, carga y correo. El sueño duró poco, pero el camino atrajo a hombres de negocios, especuladores, profesionistas, técnicos y emigrantes deseosos de llegar a California y beneficiarse de los hallazgos de oro. El trabajo versa sobre el itinerario y sus etapas, acercándose a los viajeros a través de los pocos testimonios existentes, muchos procedentes de la prensa de ambos países, pues historiográficamente el tema no ha sido abordado.

El istmo de Tehuantepec parecía dormir el sueño de los justos al inicio de 1858, y que nunca iba a despertar. Era un territorio “tranquilo y deprimente”,(1) donde ni siquiera Minatitlán, la población de llegada, ofrecía indicios de vitalidad. En esta última, describía un periodista, no había encontrado entonces más que:

[…] unos pocos soldados enfermos tendidos a la sombra de una barraca destruida; unos pocos indios tratando de cambiar su fruta por pólvora o alcohol en las dizque dos o tres tiendas del pueblo; unos pocos habitantes en pos de un trabajo inexistente que rara vez podían encontrar, o bien paseando perezosamente a lo largo de la calle solitaria […] unos pocos edificios con techo de paja, vacíos, ruinosos, que juntos forman una población casi desierta […]. La holgazanería y la pereza de años, aun de siglos […](2)

Sin embargo, unos meses después, los viajeros que contagiados por la fiebre del oro en California elegían la ruta ístmica mexicana para llegar pronto a esta región y tener parte en la fabulosa riqueza minera que allí existía, resultaron beneficiados por la organización de una línea de transporte, así como por los servicios que surgieron a lo largo del recorrido, los cuales estaban dirigidos a atender a sus necesidades a la vez que, por supuesto, iniciar un negocio aparentemente prometedor.(3)

El objetivo de este artículo es recorrer el camino de Tehuantepec junto con aquellos que se aventuraron a hacerlo durante sus pocos meses de existencia (entre 1858 y 1860), persuadidos de que era la vía más rápida para alcanzar su destino, y conocer a su lado los establecimientos para dormir, comer y tomar una o varias copas existentes, antes de seguir la ruta con el cuerpo y el espíritu reconfortados.

Nos basaremos primordialmente en el testimonio brindado por varios de estos peregrinos, después de su travesía por el istmo, en las cartas o los relatos que dirigieron a diversos periódicos o revistas. Se trataba sobre todo de estadounidenses de origen o por adopción, deseosos de narrar su periplo a sus conciudadanos y a la vez comunicarles sus juicios sobre las ventajas y desventajas de una ruta que podía llevarlos hasta la prometedora riqueza de California. De la mayoría de estos viajeros se ignora todo, si bien de tres de ellos se sabe un poco más: del abate francés Charles-Étienne Brasseur de Bourbourg; de John Mac Leod Murphy, estadounidense que había participado en una expedición al istmo en 1851 y que volvió en 1859 como superintendente del camino e integrante del cuerpo de ingenieros; de Henry S. Stevens, también estadounidense, contratado para operar el servicio de carruajes, y del estudioso alemán Matthias G. Hermesdorf. (4)

La bibliografía sobre el istmo de Tehuantepec es abrumadora y de índole muy variada. Tan sólo en 1949 Rafael Carrasco Puente publicó dos volúmenes de referencias que pretendían ser exhaustivas(5) y de esa fecha para la actualidad las fuentes impresas y electrónicas se han multiplicado de manera exponencial. No son tantas, sin embargo, las que abordan el segundo tercio de la centuria decimonónica y, hasta ahora, no hay ninguna que toque el tema que proponemos trabajar a continuación. Sin embargo, hay que destacar la numerosa e importante obra de Leticia Reina, imposible de revisar aquí, si bien vale destacar el último volumen que coordinó, Historia del istmo de Tehuantepec. Dinámica del cambio sociocultural, siglo XIX, en el que, con una visión de largo alcance, la autora analiza y sintetiza los cambios socioculturales, además de los políticos y económicos, acaecidos en los cuatro grupos étnicos asentados en la región. De los asuntos que desarrolla nos surgieron dos preguntas: por qué los viajeros no mencionan ni la privatización de la tierra y las inversiones extranjeras generadas por el movimiento de reforma que estaban teniendo lugar ni la presencia de las mujeres zapotecas, salvo el abate Brasseur quien dedica varios párrafos a la figura de la legendaria Didjazá.(6)

Preguntas parecidas nos provocó la obra coordinada por Luis Alberto Arrioja Díaz Viruell y Carlos Sánchez Silva, Conflictos por la tierra en Oaxaca. De las reformas borbónicas a la reforma agraria (2012), donde se explican las causas y los efectos de los problemas agrarios en el estado de Oaxaca. Arrioja aborda las consecuencias causadas por la ley Lerdo en tanto que Laura Machuca Gallegos se adentra en los conflictos de los pueblos petapas que enfrentaron a liberales y conservadores en las poblaciones de Juchitán y Tehuantepec.(7)

Un libro que sobresale es el coordinado por Emilia Velázquez, Eric Léonard, Odile Hoffmann y M.-F. Prévôt-Schapira, El istmo mexicano: una región inasequible. Estado, poderes locales y dinámicas espaciales (siglos XVIXXI) (2009), con gran diversidad de temas, perspectivas y objetos de estudio a partir de la inserción de la región en un mundo más amplio, definido por la ambición de construir una comunicación interoceánica. En “San Juan Guichicovi: cambios socioeconómicos a finales del siglo XIX en una comunidad mixe del istmo oaxaqueño”, Huemac Escalona Lüttig abunda sobre la puesta en marcha de proyectos que modificaron la mecánica social, política y económica en el istmo, pero lo hace a partir de la construcción del ferrocarril interoceánico, sin relatar los antecedentes; sin embargo, sí nos llevó a preguntarnos por qué la apertura del camino de Tehuantepec entre 1858 y 1860 no incidió en el istmo de la misma manera que la línea férrea lo haría después. Asimismo, en “Las comunidades indígenas del istmo veracruzano frente al proyecto liberal de finales del siglo XIX”, Emilia Velázquez aborda los cambios sufridos en Minatitlán a raíz de la exportación maderera y la apertura de monterías que hicieron florecer esa zona entre 1855 y 1890; lamentablemente tampoco aborda la ruta de nuestro interés, siendo sin duda la razón que ésta no debió de tener gran peso entre la población.(8)

Por último, La segunda batalla por Tehuantepec: el peso de los intereses privados en la relación México-Estados Unidos (2003) y El camino de Tehuantepec. De la visión a la quiebra (2014) constituyen un marco importante de lo que en seguida expondremos.(9)

El camino

Las operaciones de la “Louisiana Tehuantepec Company” (en adelante LTC), propiciaron un cambio súbito, si bien de corta duración, en el istmo mexicano. La LTC era una empresa organizada poco antes en Nueva Orleáns, con capital sobre todo neoyorquino y un importante subsidio del gobierno federal de Estados Unidos para el transporte del correo, la cual acababa de reanudar la construcción del camino de ruedas con el que se había soñado desde el siglo XVIII, y en el que se avanzó por trechos durante los últimos años, pero además compró y envió diligencias y carros de correo para atravesarlo, así como vapores para navegar el golfo de México de Nueva Orleáns al litoral veracruzano, bordear el del océano Pacífico de Ventosa, Oaxaca, a San Francisco, California, y surcar el Coatzacoalcos río arriba y río abajo.

La apertura de la ruta el 1 de noviembre de 1858 pareció llevar el progreso a una zona muy rezagada, si bien la “prisa y actividad ruidosa” se sintieron desde el arribo de barcos cargados de carruajes, caballos y mulas, madera para puentes y edificios prefabricados, además de múltiples provisiones y suministros.(10) El movimiento se notó a la entrada del río Coatzacoalcos y en sus márgenes, a lo largo del camino que iba a terminarse pronto y en distintos lugares y poblaciones,(11) no sólo por la obra en construcción, sino por la presencia de cientos de trabajadores, de sus directivos y de hombres de negocios deseosos de vender sus servicios, a ellos y a los futuros viajeros.

La prensa de la ciudad de México refería que Minatitlán, “una aldea insignificante en que se contaban apenas unas veinte chozas techadas con hojas de palma” y donde el arribo de algún barco para cargar caoba constituía un “acontecimiento memorable”, se había convertido en una villa con “numerosas construcciones de madera o ladrillo”, en la que había “franceses, españoles, ingleses y norte-americanos”, se multiplicaban los negocios con mercancías estadounidenses, crecía el comercio de madera y los vecinos encontraban más oportunidades de empleo.(12) Era, en suma, la “principal factoría” de la empresa en el istmo.(13) Un ingeniero asignado a la recién inaugurada comunicación interocéanica diría a mediados de 1859 que Minatitlán había pasado de “la degradación de un pueblo indígena mexicano a la dignidad de un bullicioso pueblo estadounidense.”(14)

El movimiento se dio en toda la región y duró poco más de un año. Del otro lado del istmo, por ejemplo, la villa de Tehuantepec, que antes “dormía el mismo sueño que todas las ciudades alejadas”, pareció “despertar un momento al contacto de la agitación yanqui”.(15)

Las distancias que los viajeros transitaban a través del istmo y el tiempo aproximado para recorrerlas fueron los siguientes:

Los partidarios de la ruta de Tehuantepec hablaban de sus ventajas sobre Nicaragua y Panamá –pese al ferrocarril que recorría este istmo desde enero de 1855– y apreciaban su proximidad a Estados Unidos, los menores costos y distancias, el ambiente sano del territorio, el interés del gobierno de Washington por protegerlo de haber un conflicto y las concesiones dadas por México.(17) Sin duda lo mismo pensaron los numerosos viajeros que utilizaron la vía en ambos sentidos, de fines de 1858 a mediados de 1860.

El itinerario

Aunque sin duda cada viaje por la ruta ístmica mexicana era único, pues las circunstancias no siempre resultaban iguales, trataremos enseguida de describir un recorrido “promedio”, para después considerar los lugares de descanso, alimentación y esparcimiento a lo largo del camino.

Aquéllos que emprendían la aventura de Tehuantepec solían congregarse en el puerto de Nueva Orleáns. Allí abordaban el “Quaker City”, del que llegó a decirse que era “uno de los vapores mejor construidos y más rápidos”,(18) pero que a los pocos meses debió sustituirse por tener un calado demasiado grande para rebasar con éxito la barra de entrada del río Coatzacoalcos. Lo reemplazó el “America”, al que se había renombrado “Coatzacoalcos” para familiarizar con esta palabra a los estadounidenses, vapor semi nuevo pero bien equipado, con cupo para 1 000 pasajeros.(19)

Las fechas de salida de la Ciudad del Cuarto Creciente eran los días 2 y 27 de cada mes. Los pasajeros podían avistar la entrada del “Coatzacoalcos” en el tercer día de viaje; allí una especie de “ferry boat” remolcaba el barco por el río hasta que, transpuesta la barra y echada el ancla, los viajantes descendían en la villa de Minatitlán. Una vez salvada la aduana, se dirigían al muelle construido por la empresa, donde, junto con su equipaje y las valijas federales de correo, abordaban el “Suchil”, un pequeño vapor hecho especialmente para surcar el Coatzacoalcos, en el que permanecerían varias horas, con comodidad, pues según relató un periódico era “de primera clase […]; con un paseo en cubierta de proa a popa; comedor en la cubierta de arriba; salón para damas en la popa, salones para caballeros y otro en la bodega para tercera clase”.(20)

En efecto, con casi 46 metros de largo, 10 de ancho y 1.67 de fondo, así como con el perfil de una “cola de golondrina blanca sobre el casco, encima la frase ‘La. T. Co. U. S. Mail’ y entre las letras la representación del cacto mexicano”, el “Suchil” transportaba a los pasajeros, encantados con la exuberancia de la naturaleza y los saludos de la población ribeña,(21) hasta anclar en el embarcadero de El Súchil, el caserío situado en la confluencia de los ríos Coatzacoalcos y Jaltepec. En temporada de secas, sin embargo, cuando faltaba hondura a la corriente del primer río, los viajeros debían apearse y en canoas o barcas remar ellos mismos por un buen tramo. El vaporcito regresaba entonces hacia el golfo de México, después de ser abordado por quienes hacían el recorrido en sentido contrario.(22) 

Una vez en tierra firme, quienes habían bajado emprendían la marcha hacia el litoral del Pacífico por los diversos pueblos y campamentos de la empresa. Montaban en los caballos y las mulas que los aguardaban y partían con dirección a Almoloya, punto que por un tiempo sirvió como estación central del transporte por tierra, pues el trecho de poco más de 56 kilómetros que lo separaba de El Súchil tardó en concluirse. La senda, aceptable en estación de secas, en la de lluvias implicaba andar a paso lento por atajos pantanosos, encontrarse con deslaves, vadear ríos desbordados, sufrir penurias.(23) Una vez en Almoloya, en el transcurso del quinto día, los viandantes podían subir a los carruajes y avanzar con más comodidad, seguidos por el transporte del correo con “la bandera de las barras y las estrellas ondeando sobre él”.(24)

Los viajeros tocaban distintos pueblos y podían detenerse en las rancherías cercanas al camino. También parar en los campamentos de la empresa, distantes entre sí unos 25 kilómetros, centros vitales de la obra, dirigidos por un ingeniero, que dependían del cuartel general en La Chivela. Cada uno contaba con su propio almacén y un encargado de solicitar lo que se requería al almacén principal situado en El Súchil. La vida en ellos resultaba difícil por el calor, los mosquitos y otros múltiples y pérfidos insectos, la mala comida, el agua caliente para beber, la lluvia constante en ciertos periodos, los males estomacales y hasta los fallecimientos: “Estoy enfermo y cansado de esta vida en el ‘wilderness’, privado de toda comodidad, sujeto a todas las molestias posibles”, escribía uno de sus moradores.(25) Sin embargo, los campamentos ofrecían a los transeúntes un momento de reposo, la ocasión de tomar un refrigerio sin hacer gasto alguno, por lo menos aquéllos que viajaban en los grupos organizados por la LTC.(26)

Un alto importante y quizá el más largo era la villa de Tehuantepec, favorecida por la prosperidad del momento, donde los viajantes podían descansar varias horas, dándose ánimos y tomando fuerzas para efectuar la última parte del recorrido, tenía lugar durante la sexta jornada. Esta vez se dejaban los carruajes abordados en Almoloya y ellos seguían a lomo de caballo o mula hasta el puerto de Ventosa, en el litoral del Pacífico, donde transponían otra vez la aduana, para enseguida subir a los botes y lanchas balleneras que los llevaban hasta el recién fondeado “Oregon”, propiedad de la Pacific Mail Steamship Company (PMSC), con la cual existía un arreglo. El “Oregon” era un barco de primera, muy amplio, que solía anclar ocho kilómetros arriba -Ventosa no era el mejor lugar para hacerlo-, a 20 metros de una angosta playa. Los botes iban y venían, casi siempre entre un fuerte viento y un fuerte oleaje; si alguien caía, “los desnudos nativos” ofrecían su ayuda, si bien era raro que alguien no terminara mojado.(27)

El “Oregon” zarpaba al séptimo día hacia el puerto de Acapulco, donde bajaban pasaje, carga y correspondencia para aguardar el arribo de otro vapor de la misma PMSC que, procedente de Panamá, los iba a recoger y llevar a California.(28) Al fin, después de seis jornadas de navegación, los viajeros podían avistar el puerto de San Francisco. Culminaba así un periplo promedio de catorce días, que el Sacramento Union no tuvo empacho en declarar “una completa revolución en nuestras relaciones postales con el resto de la Unión” y el exaltado Alta California refirió como “uno de los sucesos más importantes de nuestro tiempo […] Un paso gigantesco en la marcha del progreso y otro impulso para la prosperidad de California.”(29) 

El cuadro siguiente reúne y organiza los datos anteriores, aplicándolos al recorrido iniciado a fines de octubre de 1858. Permite apreciar el esfuerzo operativo y de conexiones hecho por la LTC:

27 de oct      Salida del “Quaker City” de Nueva Orleáns.

30 de oct      Arribo del “Quaker City” a Minatitlán, 

                          de donde salía el “Suchil”.

31 de oct     Arribo del “Suchil” a El Suchil y vuelta a 

                          Minatitlán. Inicio del recorrido por tierra, 

                           a lomo de mula y caballo.

1 de nov     Arribo de viajeros terrestres a Almoloya y 

                       de aquí traslado en carruaje hacia Ventosa. 

                       Llegada del “Suchil” a Minatitlán.

2 de nov    Arribo del “Oregon” y de los viajeros por 

                       tierra a Ventosa. Llegada del “Quaker City” de  

                       Minatitlán a Nueva Orleáns.

3 de nov   Salida del “Oregon” con viajeros y valijas de 

                     correo a Acapulco.

5 de nov     Arribo del “Oregon” a Acapulco y desembarco.

5 de nov     Arribo del “Quaker City” a Nueva Orleáns.

8 de nov     Arribo del “Golden Age” a Acapulco. 

14 de nov   Llegada del “Golden Age” a San Francisco.

 

Cuando el itinerario se efectuaba en sentido contrario, esto es, de San Francisco a Nueva Orleáns, la suerte de los pasajeros era parecida, aun cuando alguna diferencia procedía, por ejemplo, del descenso en el litoral oaxaqueño ya que, al llegar los botes y lanchas a unos seis metros de la orilla, los “nativos” solían cargar sobre los hombros hasta la parte seca no sólo los bultos sino a los mismos peregrinos, quienes luego salvaban la playa hasta la modesta oficina de la empresa. Allí, un empleado mexicano revisaba su equipaje y hacía los cobros aduanales.(30) Después emprendían el camino hacia la villa de Tehuantepec.

Alojamiento,,, comida y alcohol

Hemos visto las escalas que los viajeros hacían o podían hacer a lo largo de su tránsito por el istmo de Tehuantepec. Cabe aquí aclarar que no todos eran parte de los grupos formados por la LTC, los cuales gozaban del beneficio de que la empresa se hiciera cargo de las comidas y el alojamiento, pues estos costos estaban incluidos en los precios del pasaje, sino que había quienes llegaban por su lado y debían pagar por sus consumos, a precios altos y con gajes tales como cargar con enseres para dormir y con alimentos para el recorrido.(31)

Miremos enseguida cómo eran estos servicios de alojamiento y comida, pues a los preexistentes en la región, en realidad muy escasos, se sumaron los surgidos en estos meses como resultado del breve “boom” económico causado por la apertura de la ruta. Para ello contamos con los testimonios de algunos viajeros, publicados más tarde como libros,(32) así como con los relatos de quienes los enviaron a periódicos y revistas de Estados Unidos.

Sigamos de nuevo el camino por el istmo, pero detengámonos ahora en los “hoteles” y también a comer y brindar con los viajeros. Podremos hacerlo desde el desembarco en Minatitlán, que en esos meses contó con un hotel y “seis ‘bar-rooms'”. El abate francés Charles Brasseur de Bourbourg, quien entonces recorrió la región, nos cuenta que el hotel era una casa de tablas de madera, alzada sobre postes, rodeada de balcones toscos y perteneciente a un comerciante estadounidense.(33)

El pueblo de El Súchil, que ya vimos como el sitio de desembarco después de la navegación por el río Coatzacoalcos, ofrecía la ventaja de que allí estuviera el almacén general de la empresa y ahí llegaran los víveres, el vestuario y los útiles e instrumentos enviados de Estados Unidos y libres de impuestos. Sobra decir que lo último favorecía el ingreso de “una cantidad inmensa de contrabando” -alcohol, entre otros-, agravado por gerentes desordenados y deshonestos, “una pérdida continua, ocasionada por una escandalosa dilapidación” y “una francachela continua”.(34)

Allí había tres hoteles, que no debían de ser más que meras barracas de madera, desde luego cada uno con su “bar-room”. El visitado por el abate Brasseur era un cobertizo grande, dividido en tres partes. En la mayor estaba el dormitorio, con 20 catres de tijera, todos con mosquitero, pero apenas separados entre sí. Por el calor no había colchones, siendo la ropa de cama, habitualmente, una almohada y una sábana. El local tenía otras dos piezas, una atrás que el capitán Chamberlain, su propietario, utilizaba como cuarto y gabinete propios, y otra delante, que servía como entrada a la vez que como “bar-room”, tal cual se habituaba en los hoteles estadounidenses. El comedor se hallaba al fondo de un corral sucio y lleno de barro, donde los comensales convivían con los animales domésticos. El menú era reducido: arroz hervido en agua, huevos, sardinas enlatadas, puerco salado frito, café y en vez de pan una mala galleta de mar. Lo mejor que se podía conseguir era una “omelette” de un jamón por lo general rancio, con arroz hervido y café y, al final, “un ‘pudding’ inventado por el chef, pero que ni la peor fonducha de París o de Londres se habría atrevido a reconocer”. Eso sí, todo iba regado “con jerez, madeira, champaña y otros líquidos magníficamente titulados”. Por el alojamiento y la comida el capitán cobraba 2.5 pesos diarios.(35)

El siguiente punto del recorrido servía como estación principal de los vehículos de línea de la LTC y recibía el nombre de “Camp de xv Miles”. Al lado se encontraba un cobertizo construido sobre estacas, semi ruinoso, que recibía “el título fastuoso de hotel”. Sus muebles eran armazones de palos de un 1.20 cm de altura, que a la vez se usaban de camas, bancos y sillones. Había una estufa de hierro fundido donde se calentaban los frijoles -a seis reales la taza-, las tortillas y el café servidos a los viajeros. Su propietario era un médico estadounidense, el Dr. Chandler, quien lo atendía con la ayuda de un muchacho de origen zapoteco.(36)

Más adelante, en el poblado de nombre Paso de la Puerta, una choza recién construida cubierta de palmas aparecía como el Ladd’s Hotel. Pese a su sencillez, se trataba de una posada limpia y cómoda, que según el buen abate ofrecía “una comida tolerable”. El dueño era un joven estadounidense.(37)

A la vera del camino, el siguiente punto -rumbo a San Juan Guichicovi- era la posada de Sanderson, junto a otro campamento. Se trataba de una larga barraca de madera, dividida en varias secciones, con lacantina a la entrada, después el comedor y en último lugar el dormitorio, donde las camas se hallaban puestas en línea. La dirigían los hermanos Tillman, quienes para la cena servían huevos, arroz con pollo y una taza de café con leche. El “bar room” servía alcohol a cualquier hora y por la noche tornaba en ruidoso antro de juego, donde huéspedes y hoteleros se complacían en apostar,(38)  y ¿por qué no?, como en cualquier taberna de la frontera estadounidense, culminar en golpes o tiroteos.(39)

Más adelante, también a la orilla del camino, los viajeros topaban con una venta, esto es, un “rancho miserable, adornado con el nombre de hotel”, dirigido por Mr. Nash, ex colaborador del filibustero William Walker. No pasaba de ser una choza, pero estar allí era mejor que quedarse en despoblado, además que, sorprendentemente, se comía bastante bien. El exigente abate Brasseur pudo observar a Nash cocinar una buena sopa mientras un equipo de indígenas zapotecas se hacían cargo de echar las tortillas y freír los huevos y el pollo que se servirían sobre una mesa hecha con tablas y sostenida por cajas vacías. El “hotel” carecía de dormitorios; se descansaba al aire libre, con las hamacas, camas plegables, cobijas y mosquiteros portados por los visitantes; quienes preferían permanecer adentro pronto rectificaban, echados por el calor, los animales domésticos y mosquitos.(40)

Uno de los mejores hoteles del istmo de Tehuantepec se hallaba en el pueblo de El Barrio. Se trataba del Hotel Français, emplazado en una casa bien construida en piedra y adobe, limpia, encalada y cómoda en el interior, y administrado por dos socios: el Sr. Blanco, un mexicano, y Mr. Belcher, francés. Allí, para beneplácito de viajeros estrictos como el abate, se ofrecían comidas aceptables “a la manera europea”.(41)

Por fin se llegaba a la ciudad de Tehuantepec, última población importante de la ruta. Los hoteles de mayor calidad estaban cerca o frente a la plaza central. La California House pertenecía a Alexander Bell, quien la anunciaba en la prensa de California como cercana, además, al consulado de Estados Unidos y la oficina de la LTC, y la describía como “grande, bien protegida por espléndidos corredores y pórticos [con] un buen pozo de agua […].”(42)

El Hotel San Francisco se ubicaba en una de las casas más bellas y mejor cuidadas de la ciudad. Tenía el techo defendido por almenas, muebles suficientes para los huéspedes y un “magnífico” patio lleno de cocoteros.(43) Su dueño, que además se desempeñaba como un “espléndido” cocinero, era un francés: Eugène Grygean.(44)

Justo enfrente de la plaza se descubría el Hotel Oriental, que Brasseur de Bourbourg describe con gusto: Era una hermosa casa, de antiguo estilo colonial español, compuesta por una planta baja de una altura considerable […], y que a pesar de su aire envejecido y abandonado tenía un aire de grandeza que me hizo pensar en la prosperidad antigua de Tehuantepec: se veían amplios departamentos, cada uno con una o dos altas ventanas, abriéndose a balcones enrejados, sin más cierre que dos enormes postigos en vez de vidrieras, que hubiesen sido superfluas en esta región. Las puertas daban a dos arcos dentados sobre un corredor inmenso, rodeando por ambos lados un espacio plantado con dos o tres cocoteros que a cien pies de altura [aprox. 30 m] inclinaban sus largas hojas delineándose atravesadas sobre una amplia fuente llena de agua límpida.(45)

Las habitaciones eran amplias y estaban pintadas al temple, aun cuando el mobiliario resultaba muy sencillo: un catre de tijera cubierto con una sábana, dos sillas y una mesa con aguamanil y, en lo que sin duda era el máximo de la elegancia para el istmo y la misma ciudad de Tehuantepec, había un menú del día, “bastante bueno”.(46)

No faltaban otros albergues, pero de menor calidad. Citado por los viajeros estadounidenses, el Hotel Unión brindaba pocas comodidades para dormir: hamacas, catres de tijera, mosquiteros, a veces sabanas y almohadas. Sin embargo, la comida resultaba abundante y al parecer tolerable. La dueña era una mujer.(47)

Ahora bien, a pesar de la oferta hotelera, cuando paraban en la ciudad muchos transeúntes, como sucedió durante los meses del “boom” de la ruta, se veían obligados a olvidarse de catres y hamacas, así como de sábanas y almohadas y sacar del equipaje lo suyo o bien conformarse con un simple petate o un suelo de baldosas desnudas o de tierra como lugar de descanso nocturno.(48)

La última –o la primera– parada de la ruta de Tehuantepec era Ventosa. Allí había algunas construcciones techadas con hojas de palma y erigidas por la empresa. Ninguna servía de hotel o posada, pero una sí de taberna.(49)

Entre población y población, los viajeros podían detenerse en los campamentos de la obra para mudar de caballos o mulas, darse un descanso o tomar un refrigerio. Sin duda, los itinerantes representaban una distracción para los habitantes de estos sitios, quienes aparte del trabajo llevaban un día a día rutinario y aburrido, sobre todo cuando el mal tiempo los obligaba a encerrarse. El alcohol -brandy, whiskey, vino, jerez, entre otros- corría en abundancia, allí y en las tabernas donde se juntaban con otros viajeros y, entre compatriotas que se topaban lejos de su país, debió de surgir una relación cordial. Así, cuando la goleta “Roscoe” bajó una carga de bebidas etílicas en Ventosa el 24 de enero de 1859, los operarios de la LTC la consideraron un “regalo de Dios.”(50)

Los andarines podían, asimismo, detenerse en las miserables rancherías próximas al camino o bien en lugares despoblados, y en ambos casos dormir al aire libre. A veces se alojaban en casas particulares o dentro o cerca de las alcaldías de los pueblos. De esta suerte, un reportero del Alta California nos cuenta cómo aquellos istmeños a los que trató le parecieron “muy felices y alegres, muy corteses y hospitalarios, el desconocido que pasa es invitado cordialmente a entrar en la casa, le ofrecen como lugar de descanso la hamaca que en todas las chozas está colgada en el lugar más fresco, y en pocos minutos le proponen una buena taza de chocolate, o unos huevos revueltos y tortillas […].”(51)

Los pros y los contras

Al aproximarnos a los sitios de hospedaje y alimentación existentes en el istmo de Tehuantepec entre 1858 y 1859, a través de los testimonios de diversos viajeros, hemos referido a cuatro temas: espacio, servicios, dueño o administrador y huéspedes.(52) Nuestro objeto ha sido señalar cómo se empezaron a resolver las necesidades propias de una ruta de transporte, si bien esto duró apenas unos cuantos meses pues, apenas dejaron de llegar los recursos precisos para su sobrevivencia, todo se vino abajo, sin al parecer dejar huella o al menos una enseñanza para el porvenir.

Los hoteles que encontramos fueron de dos tipos. Había las viejas casas, amplias y distintivas de las poblaciones más importantes de la región, hechas de piedra y adobe, con ventanas, balcones, anchos corredores y grandes patios, divididas para responder a los requerimientos del negocio. Pero también se contó con cobertizos erigidos para el momento, con armazones y planchas de madera importadas de Estados Unidos por la empresa. En ningún caso se menciona la existencia de un moderno cuarto de baño, si bien en casi todos se puede constatar la presencia de una barra para servir alcohol.(53)

Aun cuando en los primeros hoteles –acaso algunos preexistentes a la obra del camino– el mobiliario estaba en mejores condiciones, en todos resultaba escaso y austero. Y sin duda en los recién surgidos era improvisado e incómodo; nada tenían que ofrecer del estadounidense y/o el lujo europeo.(54)

Con respecto a los servicios de estos lugares, tal parece que eran normados por la Real Ordenanza de Intendentes de 1786, aun cuando quienes entonces cruzaron el istmo de Tehuantepec no vieron que sus disposiciones se cumplieran, esto es, no hallaron “mesones [de…] suficiente capacidad, con la competente provisión de víveres, camas limpias, y lo demás preciso al buen hospedaje, asistencia y alivio de los caminantes, a la menor costa posible”.(55) Salvo en los hoteles principales, el resto no se distinguía por su limpieza, abundaban los insectos de distinto tipo y en muchas ocasiones era preciso convivir con los animales domésticos. Escaseaban las camas y la ropa de cama, si acaso había la suerte de compartir una habitación con otros muchos y disponer de catres de tijera, hamacas o petates y mosquiteros. Casi todos servían alimentos, si bien éstos eran siempre los mismos y bastante simples. El único entretenimiento estaba en ir a los “bar-rooms”, donde gracias al contrabando favorecido por la franquicia comercial de la LTC, los vinos y licores sobraban. Algo común fue que se jugara y apostase en ellos.

¿Quiénes eran los individuos que poseían y/o administraban estos hoteles y bares y cobraban por ello sumas elevadas? Se trataba, desde luego, de personas deseosas de emprender un negocio, en su mayoría estadounidenses, quienes al enterarse de la apertura del camino, se trasladaron al istmo de Tehuantepec con la mira de hacer fortuna. Debieron de ser dueños de algunos recursos, pues establecer un hotel o un “bar-room” implicaba adquirir o rentar un predio y/o una casa y, aunque en varios casos lo hicieron en terrenos concedidos a la empresa y los inmuebles erigidos eran preconstruidos y, por ende, más baratos, tuvieron que amueblarlos y dotarlos de diversos enseres.(56)

Asimismo, una vez que se contaba con la infraestructura necesaria, se requería de la obtención de una licencia, luego del pago de los impuestos correspondientes y después dar cumplimiento continuo a una serie de disposiciones legales, como la que disponía que los hoteleros llevaran un informe diario y detallado de sus huéspedes.(57) Había también que tratar con las difíciles autoridades locales y desde luego atender a los huéspedes, esto es, vigilar el suministro y la preparación de los alimentos y bebidas e impedir los alborotos que podían provocar borrachos, pendencieros y apostadores, después pasar varias horas en el “bar-room”. A veces tenían ayuda doméstica, esto es, los buenos oficios de indígenas de la región, de lo contrario ellos hacían de prácticamente todo.

Sin embargo, hubo posaderos europeos y mexicanos, que pusieron su solicitud en establecimientos de mayor reputación y por lo general dieron mejor servicio y debieron de gozar de más oportunidades de supervivencia que los primeros.

¿Quiénes se hospedaron y comieron en estos lugares? En su mayoría eran itinerantes estadounidenses y europeos –casi todos hombres, aunque había mujeres–, deseosos de hacer fortuna en California, aunque también ingenieros, operarios y administradores contratados por la empresa para manejar y concluir el camino, así como para estudiar su posible transformación en ferrocarril. Aunque también había los que regresaban decepcionados de la aventura del oro.

¿Qué les podían parecer estos servicios a quienes estaban acostumbrados como estaban a los más cómodos y modernos de sus países de origen? La respuesta es que, por lo general, nuestros viajeros reconocían la superioridad del nuevo camino sobre Panamá y Nicaragua en cuanto a tiempo y distancia, sin dejar por eso de quejarse por motivos distintos: que si los vapores que encallaban a la entrada y a lo largo del Coatzacoalcos, sin alcanzar El Súchil en tiempo de secas, obligándolos a subir a canoas y barcas y a remar ellos mismos contra la corriente; que si el estado del camino era rudimentario, por lo cual no siempre podían valerse de los carruajes y tenían que ir a caballo o en mula y hasta caminar sobre pésimas veredas; que si los vientos volvían inaccesible a La Ventosa; que si los empleados y funcionarios mexicanos cometían abusos; que si debían esperar mucho en Acapulco para hacer la conexión con la PMSC o en otros sitios del istmo por aguardar los carruajes, etcétera. En suma, los disgustaban la insuficiente organización por parte de la LTC; las ausencias de sus agentes y del encargado del correo de Estados Unidos así como la falta de cuidado y seguridad. Y, desde luego, en cuanto a los servicios de hospedería y alimentación -la mayoría atendidos por sus propios compatriotas- los hicieron sufrir las comidas sencillas y humildes, y muchas veces caras; los hoteles sucios, primitivos y ruidosos, donde era preciso hacinarse en las habitaciones que carecían de camas, jabón, toallas, entre otros, o los insectos múltiples y muchas veces venenosos.(58)

De ahí que un reportero del Alta California advirtiera: “No recomiendo la ruta ni a los petimetres a la moda ni a las mujeres muy exigentes, en especial las de mentalidad terca, al menos por uno o dos meses, por temor a que pudieran ensuciar sus polainas, pero sí al viejo minero duro, que podrá reírse de los petimetres y ‘burlarse cuando los venza el miedo.”(59)

Ahora bien, al no sobrevivir la ruta de Tehuantepec a la suspensión del apoyo económico enviado desde Estados Unidos, tampoco perduró la mayoría de los establecimientos que brindaron hospedaje, alimento y diversión a quienes habían elegido recorrerla. Así, cuando Claude-Joseph-Desiré Charnay, un viajero francés visitó el istmo en 1860 refirió que el camino estaba cubierto de vegetación e inundado por los ríos desbordados. Se topó con unos cuantos estadounidenses, aquéllos que no habían podido partir, quienes –describió– “pálidos y famélicos, paseaban por las calles sus famélicas personas, sin deber más que a la caridad el sostén de una vida miserable.”

Conclusión

La prometedora ruta de Tehuantepec pareció convertirse en realidad en 1858, al inaugurarse el servicio de transporte de la “Louisiana Tehuantepec Company” y abrirse los distintos establecimientos de alojamiento, alimentación y entretenimiento que los viajeros requerían y que presuntamente coadyuvarían a un mayor progreso de la región. En los relatos que publicaron después de su travesía, describieron estos últimos como resultado del esfuerzo y el espíritu angloamericano, que una vez más demostraba ser capaz de portar el estandarte de la civilización. Sin embargo, los “nativos” –léase aquí los nacidos en México– sólo asoman en un segundo o tercer plano, ya como criados en las posadas, ya como los cargadores del equipaje. Es cierto que nuestros itinerantes apenas dispusieron de tiempo para apreciar el entorno por el que transitaban -y al paso percatarse de los cambios que poco a poco las reformas liberales iban generando así como de la reacción contraria en algunas poblaciones-, pero también que la letra impresa en que plasmaron sus experiencias definió cómo cientos, acaso miles de lectores en Estados Unidos, verían y valorarían el istmo de Tehuantepec en ese momento y en los años siguientes.

A pesar de que, por un momento, pareció que el camino de Tehuantepec iniciaría la reorganización espacial de la región y daría valores capitalistas a sus habitantes, como sugería el surgimiento de nuevos negocios, su corta existencia impidió que fuera así. De donde todos desaparecerían, dejando apenas unas cuantas pistas en los periódicos y los testimonios viajeros.

Notas

1 Hermesdorf, Matthias G., “On the Isthmus of Tehuantepec”, en The Journal of the Royal Geographic Society, 32 (1862), pp. 536-554, p. 536. Vid. “Letter from Tehuantepec”, Minatitlán, 30 de junio de 1859, Sacramento, 18 de julio de 1859

2 Citado en Eslava al editor, Minatitlán, 1 de enero de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 6 de noviembre de 1858.

3 Se utilizarán los términos hotel y “bar-room”, que fueron los más socorridos por los viajeros del camino, aunque por su tamaño y servicios los hoteles fueran equivalentes a las posadas, mesones y ventas del mundo hispánico, y los “bar-rooms” a las cantinas y tabernas.

4 Brasseur había sido capellán de la legación francesa en México; era un trotamundos experimentado que en 1859 viajó a América bajo los auspicios del Ministerio de Instrucción Pública del emperador Napoleón III, y de mayo de este año a octubre de 1860 recorrió el istmo de Tehuantepec, Chiapas y Guatemala. Tenía como fin escribir Voyage sur l’isthme de Tehuantepec, dans l’état de Chiapas et de la République de Guatemala, cuya primera parte -la correspondiente al istmo de Tehuantepec- apareció poco después y ha sido editada en español en 1981 y 1984. Por su parte, Murphy publicó en 1859 “The Isthmus of Tehuantepec. Its inhabitants and resources” en el Journal of the American Geographical and Statistical Society; Stevens varios artículos en California Farmer, San Francisco, 25 de marzo de 1859 y Hermesdorf escribió “On the Isthmus of Tehuantepec”, que apareció en 1862 en el Journal of Royal Geographical Society, revista de la Royal Geographical Society de Londres. Brasseur, Charles, Viaje por el istmo de Tehuantepec, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, (Lecturas mexicanas), pp. 7-8; Ferrer Muñoz, Manuel, “Brasseur de Bourbourg ante las realidades indígenas de México”, pp. 261-286, en Manuel Ferrer Muñoz, La imagen del México decimonónico de los visitantes extranjeros: ¿un Estado-nación o un mosaico plurinacional?, México, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 2002, pp. 261-266; Murphy, John Mac Leod, “The Isthmus of Tehuantepec. Its inhabitants and resources”, Journal of the American Geographical and Statistical Society, 1-6, 1859, pp. 162-177; Suárez Argüello, Ana Rosa, El camino de Tehuantepec. De la visión a la quiebra, 1854-1861, México, Instituto Mora, 2013, (Historia Internacional), pp. 235-236. Vale aquí señalar que, años después, además del interés por utilizar la ruta de comunicación interoceánica, se sumaría el deseo de encontrar otros recursos en el istmo. Si bien esto tendría lugar, más bien durante el porfiriato, ya desde los años del segundo imperio John McLeod Murphy, ex colaborador de la fallida empresa del camino de Tehuantepec, se daría a la búsqueda de chapopoteras, interesado en incursionar en la explotación petrolera en la región. Al respecto consultar el muy completo artículo de Gerali, Francesco y, Paolo Riguzzi, “Entender la naturaleza para crear industria. El petróleo en la exploración de John McLeod Murphy en el istmo de Tehuantepec, 1865”, en Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 67, 2 (2015), pp. 1-17

5 Carrasco Puente, Rafael, Bibliografía del istmo de Tehuantepec, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1948, 2 v.

6 Reina, Leticia, Historia del istmo de Tehuantepec. Dinámica del cambio sociocultural, siglo XIX, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2014; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, pp. 176-193.

7 Arrioja Díaz Viruell, Luis Alberto, y Carlos Sánchez Silva, (Coordinadores), Conflictos por la tierra en Oaxaca. De las reformas borbónicas a la reforma agraria, México, El Colegio de Michoacán-Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, 2012.

8 Velázquez, Emilia, Eric Léonard, Odile Hoffmann y M.-F. Prévôt-Schapira, (Coordinadores), El istmo mexicano: una región inasequible. Estado, poderes locales y dinámicas espaciales (siglos XVI-XXI), México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Institut de Recherche pour le Développement, 2009.

9 Suárez Argüello, Ana Rosa, La segunda batalla por Tehuantepec. El peso de los intereses privados en la relación México-Estados Unidos, 1848-1854, México, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático Mexicano-Secretaría de Relaciones Exteriores, 2003 y Suárez Argüello, El camino de Tehuantepec, 2013.

10 “Letter from Mexico”, Alta, San Francisco, 17 de septiembre de 1858.

11 Webster a Cass, Tehuantepec, 5 de octubre de 1858, en NAW, Despatches from Consuls… Tehuantepec, microfilm M305, documento 11; Benjamin a P. A. Hargous, Nueva Orleáns, 14 de septiembre de 1858, en ajhs, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, fólder 3; “The Tehuantepec route”, Picayune, Nueva Orleáns, 5 de septiembre de 1858; “S” al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 10 de septiembre de 1858; “Letter from Mexico” y “The news”, Alta, San Francisco, 17 de septiembre y 17 de octubre de 1858; “Don Luis Hargous” y “Tehuantepec”, Sociedad, México, 5 y 6 de septiembre de 1858; “Minatitlán”, Diario, México, 7 de septiembre de 1858.

12 “Tehuantepec”, Diario y Siglo, México, 24 y 25 de junio de 1858; “Camino a través del istmo de Tehuantepec”, México, Sociedad, 24 de junio de 1858.

13 Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40.

14 Murphy, “The Isthmus of Tehuantepec”, 1859, p. 172.

15 Charnay, Désirée, Ciudades y ruinas americanas, México, Dirección General de Publicaciones-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, (Mirada viajera), p. 264.

16 “The Tehuantepec route”, Alta, San Francisco, 9 de agosto de 1858. Los datos aparecen en millas en el original; la aproximación a kilómetros es nuestra.

17 “The Tehuantepec route”, Times, Nueva York, 1 de junio de 1858; “Tehuantepec” y “The Tehuantepec Company”, Bee, Nueva Orleáns, 18 de octubre de 1859.

18 “The Tehuantepec route”, Herald, Nueva York, 5 de julio de 1858; “The California mails”, Alta, San Francisco, 30 de julio de 1858; “Opening of the Tehuantepec route”, Sacramento, Sacramento, 31 de julio de 1858.

19 Judah P. Benjamin a Peter Amédée Hargous, Nueva Orleáns, 10 y 16 de noviembre y 16 de diciembre de 1858, 14 de enero y 18 de febrero de 1859 y Benjamin a Lewis Heyliger, Nueva York, 21 de diciembre de 1858, en ajhs, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, fólders 3 y 4; [Boardman a Robert W. Shufeldt], Nueva York, 19 de noviembre de 1858 y Hargous a Shufeldt, Nueva York, 25 de noviembre de 1858 y Hargous a Shufeldt y W. H. West a Shufeldt, Nueva York, 7 y 18 de enero de 1859, en lc, The papers of Robert W. Shufeldt, caja 11; “The Tehuantepec route” y “A weekly Tehuantepec mail”, Courrier, Nueva Orleáns, 30 de diciembre de 1858; carta al editor, El Súchil, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40; Diket, Albert L., “Slidell’s Right Hand: Emile La Sere”, Louisiana History, 4, 1963, Lafayette, pp. 77-205, pp. 195196; Morrison, Andrew, The industries of New Orleans her rank, resources, advantages, trade, commerce and manufactures, conditions of the past, present and future, representative industrial institutions, historical, descriptive, and statistical, Nueva Orleans, J. M. Elstner, 1885, pp. 383-384; Congressional, Washington, 6 de enero de 1859, pp. 232 y 262 y Journal of the Senate, 35 Congreso, 2da. sesión, Washington, 6 y 7 de enero de 1859, pp. 110-115, http://memory.loc.gov/ammem/amlaw/lawhome.html; “Maritime”, http://www.maritimeheritage.org/ships/steamships.html [consultado el 11 de julio del 2013].

20 “Opening of the Tehuantepec route”, Sacramento, Sacramento, 31 de julio de 1858; “Sea and ship news. The new Tehuantepec steamer”, Times, Nueva York, 30 de septiembre de 1858; Eslava al editor, Minatitlán, 1 de noviembre de 1858 y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 de noviembre de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 6 y 11 de noviembre de 1858; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 22.

21 “Sea and ship news. The new Tehuantepec steamer”, Times, Nueva York, 30 de septiembre de 1858.

22 “Telegraphic intelligence”, “From the isthmus of Tehuantepec. Arrival of the Quaker City” y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 de noviembre de 1858, Picayune, 5, 6 y 11 de noviembre de 1858; “Dépêches télégraphiques transmises à L’Abeille”, Bee, 6 de noviembre de 1858; “The Tehuantepec route open. Arrival of the Quaker City at New Orleans” y John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 6 de noviembre de 1858 y 28 de marzo de 1859; Diket, “Slidell’s Right Hand”, 1963, pp. 195-196.

23 Benjamin a Hargous, Nueva Orleáns, 10 de noviembre de 1858, en AJHS, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, f. 3; A. B. al editor y Veritas al editor, Tehuantepec, 18 y 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858; “The Tehuantepec route”, “Tehuantepec route”, Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859 e “Interesting from Tehuantepec”, Almoloya, 18 de mayo de 1859, Sacramento, Sacramento, 6 y 20 de diciembre de 1858 y 25 de mayo y 7 de junio de 1859; “The Tehuantepec route open. Arrival of the Quaker City at New Orleans”, “The Tehuantepec route” e “Isthmus of Tehuantepec”, Times, Nueva York, 6, 8 y 21 de noviembre de 1858 y 1 de enero de 1859; “Telegraphic intelligence” y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 y 11 de noviembre de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 5 de noviembre de 1858; “Dépêches télégraphiques transmises à L’Abeille”, L’Abeille, Nueva Orleáns, 6 de noviembre de 1858; “El tránsito de Tehuantepec”, Diario, México, 13 de noviembre de 1858; “Noticias sueltas”, Sociedad, México, 15 de noviembre de 1858; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 82-84; Glick, Edward B., Straddling the Isthmus of Tehuantepec, Gainesville, University of Florida, 1959, (Latin American Monographs), pp. 25-26; Mack, Gerstle, The land divided. A history of the Panama canal and other isthmian canal projects, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1944, pp. 227-228.

24 “The Tehuantepec transit”, Sacramento, Sacramento, 19 de noviembre de 1858.

25 “Life on the isthmus. By one of the engineers”, [s. l., s. f.], en lc, The Caleb Cushing Papers. Vid. Charles R. Webster a Lewis Cass, Tehuantepec, 29 de enero de 1858, en naw, Despatches from Consuls… Tehuantepec, microfilm 305, n. 3; “The luxury of Central American life”, Sacramento, Sacramento, 12 de julio de 1859; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 81-82.

26 A. B. al editor y Veritas al editor, Tehuantepec, 18 y 30 de noviembre de 1858 y 17 de enero de 1859, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 30 de enero de 1859; “The Tehuantepec route” y Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 6 de diciembre de 1858 y 25 de mayo de 1859; “The Tehuantepec route. First through trip from California to New Orleans. Description of the route”, Times, Nueva York, 21 de noviembre de 1858.

27 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859. Vid. ibid., 6 de diciembre de 1858; A. B. al editor, Tehuantepec, 19 y 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 13 de enero de 1859.

28 “More mail facilities”, “The crossing at Tehuantepec”, “The Tehuantepec transit”, Sacramento, Sacramento, 22 de octubre, 17 y 19 de noviembre de 1858; “The time made on the Tehuantepec route” y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 15 de noviembre de 1858 y 19 de diciembre de 1858; “Puerto de la Ventosa”, Sociedad, México, 22 de noviembre de 1858; “Noticias sueltas” y “Puerto de la Ventosa”, Sociedad, México, 17 y 22 de noviembre de 1858; “Tehuantepec”, Diario, México, 18 de noviembre de 1858; Otis, Fessenden, Illustrated history of the Panama railroad, Bedford, Applewood Books, 2009, p. 148.

29 “The news”, Alta, San Francisco, 15 de noviembre de 1858 y “Fourteen days”, Sacramento, Sacramento, 22 de noviembre de 1858. Vid. “Arrival of the Golden Age” y “Political advices”, ibid., 15 y 17 de noviembre de 1858; “The time made on the Tehuantepec route” y “The success of the Tehuantepec route”, Alta, San Francisco, 15 de noviembre y 17 de diciembre de 1858; “Acapulco”, Sociedad, México, 27 de noviembre de 1858; Bulletin, San Francisco, 15 de noviembre de 1858; Hafen, Leroy, The overland mail, 1849-1869; promoter of settlement, precursor of railroads, Nueva York, AMS, 1969, p. 120.

30 John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; “Tehuantepec”, Diario, México, 25 de abril de 1857 y “Gacetilla”, Sociedad, 27 de abril de 1859.

31 “The Tehuantepec route. Detailed narrative of a journey across the Tehuantepec isthmus”, Times, Nueva York, 23 de agosto de 1859; Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19de diciembre de 1858.

32 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984; Hermesdorf, “Isthmus of Tehuantepec”, 1862; Charnay, Ciudades y ruinas, 1984; Murphy, “Isthmus of Tehuantepec”, 1859.

33 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 38, 44.

34 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 78-79, 81-83. Los viajeros llevaban alcohol. Así, el Alta California relata la historia de una dama que bajó en Ventosa con nueve baúles; cuando los aduaneros los abrieron hallaron botellas de whiskey “en lugar de los miriñaques y las enaguas y otros artículos necesarios para un viaje femenino”. A. B. al editor, Tehuantepec, 17 de enero de 1859, Alta, San Francisco, 30 de enero de 1859.

35 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 76-79, 86. Vid. Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40; “Letter from Tehuantepec. No. 3”, Minatitlán, 16 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 4 de mayo de 1859.

36 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 89-90

37 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 91-92.

38 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 92, 95-96.

39 Sismondo, Christine, America walks into a bar. A spirited history of taverns and saloons, speakeasies and grog shops, Nueva York, Oxford University, 2011, p. 103.

40 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 99-101.

41 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 106-107. Vid. [John M. Murphy] a [Matthew] Perry, La Chivela, enero de 1859, en lc, The Papers of Robert W. Shufeldt, caja 1; John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, pp. 41, 58.

42 Bell acabaría por ofrecer su posada en renta, debido a “su extrema mala salud”. Anuncio, Alta, San Francisco, 3 de mayo de 1859. Vid. A. B. al editor, Tehuantepec, 18 de noviembre de 1858 y 17 de enero de 1859, Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre de 1858 y Anuncio, ibid., San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 13 y 30 de enero de 1859; The New Orleans Bee, apud. “Tehuantepec”, Sociedad, México, 24 de agosto de 1858; Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859; Charnay, Ciudades y ruinas, 1994, p. 263.

43 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 190.

44 Carta al editor, Tehuantepec, 6 de marzo de 1859, Herald, Nueva York, 2 de abril de 1859.

45 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 136.

46 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 136-137.

47 Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

48 Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

49 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859 y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

  50 [Murphy] a Perry, La Chivela, enero de 1859, en lc, The Papers of Robert W. Shufeldt, caja 11. En efecto, las diversiones eran escasas, de donde se organizara el “Glass Eye Club” para conmemorar el tránsito del primer correo por el istmo y se valorase cualquier novedad local, como los “fandangos”, en los que se bailaba, bebía y apostaba en el popular juego del monte, o los funerales. H. H. P. al editor, Minatitlán, 15 de noviembre de 1858 y John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.] Times, Nueva York, 21 de noviembre de 1858; “The Tehuantepec route. Detailed narrative of a journey across the Tehuantepec isthmus”, Times, Nueva York, 23 de agosto de 1859; Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, pp. 41-42; Sismondi, America, 2011, pp. 108, 113.

   51 Veritas al editor, Tehuantepec, 17 de diciembre de 1858, Alta, San Francisco, 15 de enero de 1859. Vid. Glantz, Viajes en México, 1964, p. 38.

   52 En el análisis que sigue, nos apoyamos en el excelente trabajo realizado por Martínez Figueroa, Paulina denominado “Sitios de hospedaje en el México del siglo XIX: una revisión general (1786-1885)”, manuscrito, adaptándolo y abundando en el caso de Tehuantepec.

   53 Hermesdorf, “Isthmus of Tehuantepec”, 1862, p. 548.

54 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859 y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858

55 Real Ordenanza para el establecimiento e instrucción de intendentes de exército y provincia en el reino de la Nueva-España, Madrid, Por órden del rey, 1786, pp. 76-77. Vid. Martínez Figueroa, “Sitios de hospedaje”.

56 Hernández Soubervielle, José Armando, “Sin un lugar para pernoctar en ‘la garganta de Tierra Adentro’. Los mesones en San Luis Potosí”, Relaciones, 132 bis (2012), pp. 151-190, p. 168.

57 Desde el 5 de septiembre de 1846. Dublán, Manuel, y José María Lozano, Legislación mexicana, o colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la independencia de la república, México, Dublán y Lozano, 1876-1912, 53 vols., v. 5, p. 159.

   58 Frederick Johnson a su gobierno, Acapulco, 29 de febrero de 1859, en pro Foreign Office Papers/50, rollo 149, v. 337, ff. 225-226, núm. 7; “How matters are managed at Tehuantepec. Extract of a letter from the Bulletin”, Memphis, [s. f.], en lc, The Caleb Cushing Papers; Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre y 17 de diciembre de 1858, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858 y 15 de enero de 1859; Lacy al editor del Weekly Pacific de San Francisco, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, “By the Southern overland mail”, St. Louis, Missouri, 9 de mayo de 1859 y C. R. Payne a Office Freeman and Co.’s Cal. Express, Acapulco, 5 de junio de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo, 2 y 15 de junio de 1859; “Communicated. Tehuantepec route to California”, Delta, Nueva Orleáns, 22 de febrero de 1861; John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; “Tehuantepec”, Diario, México, 25 de abril de 1857 y “Gacetilla”, Sociedad, 27 de abril de 1859; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 72, 79, 83-84; Mack, Land divided, 1944, pp. 227-228.

   59 A. B. al editor, Tehuantepec, 18 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 de diciembre de 1858. Cabe aquí señalar que, acaso porque el paso por el istmo era bastante rápido y por ende superficial, y con la salvedad -como señalamos arriba- del abate Brasseur, estos viajeros no se ocupan ni de la mujer zapoteca ni de su vestimenta. Respecto a este tema vale la pena revisar lo escrito por Reina, Historia del istmo, 2014, pp. 258284 y por Machuca Gallegos, Laura, “El papel de las mujeres en la historia colonial y en el siglo xix del istmo de Tehuantepec”, en Laura Machuca Gallegos y Judith Zeitlin, (Coordinadoras), Representando el pasado y el presente del istmo oaxaqueño: perspectivas arqueológicas, históricas y antropológicas, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Universidad de Massachusetts, Boston, 2013, pp. 219-235.


 

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El son huasteco, identidad musical de una región

La Manta y La Raya # 15                                                      septiembre  2023 ________________________________________________________________________

El son huasteco, identidad              musical de una región

 

Jesus Camacho Jurado

María Eugenia Jurado Barranco

 

Carlos Arturo Hernández Dávila

 

Lo que se conoce como son huasteco no es el único tipo de expresión musical que caracteriza a la Huasteca. En ésta existe una gran diversidad de manifestaciones sonoras que son poco conocidas y menos aún valoradas. Los pueblos indígenas que habitan este espacio: teenek, nahuas, otomíes, tepehuas y totonacos son portadores de una herencia musical que se plasma generalmente en lo que se denominan sones de costumbre. Sin embargo, éstos no son reconocidos como parte importante de la identidad cultural de los grupos de la región, a pesar de que mantienen un diálogo musical constante con el son huasteco. Así, este trabajo tiene dos propósitos centrales: por una parte explicar por qué el son huasteco ha sido emblemático para definir una región cultural; y, por otra, analizar las características musicales de los sones huastecos y de los sones de costumbre con el fin de encontrar sus semejanzas y diferencias.

Es importante aclarar que el mundo musical de la Huasteca es tan amplio que sería ambicioso tratarlo en tan breve espacio, por lo que en este trabajo nos centramos en el estudio del son huasteco y de los sones de costumbre que tienen una dotación musical similar: violín, huapanguera y jarana. El análisis se limita a la música de la Huasteca hidalguense, en concreto de los municipios de Huejutla y Atlapexco, espacios en los que hemos realizado trabajo de campo y se han registrado diversas expresiones musicales entre sus pueblos indígenas.

1. Son huasteco y son de costumbre

La Huasteca es una amplia región que comprende porciones de los estados de Guanajuato, Hidalgo, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Tamaulipas y Veracruz. Se ubica en el noreste de la república mexicana, entre la costa norte del Golfo de México y la Sierra Madre Oriental, entre los ríos Cazones y Soto la Marina (Ruvalcaba y Pérez Zevallos, 1996). En la región, el son huasteco es sello de identidad de mestizos e indígenas. Sin embargo, los nahuas de la Huasteca hidalguense, en especial los de Huejutla y Atlapexco, consideran que es un género propio de los mestizos, que a pesar de que ellos también lo interpretan, es música alejada de lo religioso. Las categorías que utilizan los nahuas de estos municipios para referirse al son huasteco son: cuicatl chinaco y/o tatzozoncayotl; y para el son de costumbre la de cuícatl huehuetlanamiquiliztli o xochicuícatl (véase Camacho Jurado y Jurado, 2012). Uno refiere a los chinacos como sinónimo de mestizos, que en el siglo XIX lucharon para lograr la Independencia de México y en las diversas invasiones extranjeras que sufrió el país en el mismo siglo. No es gratuito que uno de los grupos en el que participó El Viejo Elpidio, Roque Castillo, Humberto Betancourt, Pedro Galindo y —más tarde, en 1934, Nicandro Castillo— llevara el nombre de Los Chinacos.(1) Mientras las categorías de los sones de costumbre refieren al pensamiento antiguo y a la música de flor.(2) Los nahuas de la región hacen una clara diferencia entre estos dos tipos de sones: el son huasteco y el son de costumbre. Para ellos, los sones de costumbre son de respeto y requieren seguir ciertas normas, como veremos en seguida:

… continua

 

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Aquellos tríos rancheros de los años 1980

La Manta y La Raya # 14                                                              marzo  2023 ________________________________________________________________________

Aquellos tríos rancheros de los años 1980

 

Francisco García Ranz

 

 

Introducción

Ahora con la publicación de Guinda 1982, grabaciones de campo y textos disponibles a través de la Fonoteca de La Manta y La Raya, me resulta más fácil escribir sobre los tríos rancheros que conocí en Tlacotalpan y Santiago Tuxtla entre 1981 y 1983. Estos conjuntos jarochos de músicos campesinos con guitarra de son y dos o tres jaranas, ya en vías de extinción para ese entonces (aunque yo no lo sospechaba), se convierten para finales de esa misma década en vestigios y recuerdos inclusive de un pasado remoto. De los cuatro trios a los que me voy a referir solamente uno, el trío de don Guadalupe Casarín del rancho El Marqués (muy cerca del 6 de Enero), municipio de Tlacotalpan, continuó activo, participando todavía en las parrandas y fandangos de fin de año de su comunidad hasta los inicios de los años 2000. Considero que con ellos terminó una época importante de música jarocha campesina de gran riqueza, asociada geográficamente con músicos campesinos de las “tierras bajas” de las faldas de Los Tuxtlas, una región intermedia entre las “tierras altas” tuxtecas y los grandes llanos, “un cruce de caminos histórico” parafraseando al maestro Alvaro Alcántara, conformada por una población mestiza, menos indígena y tal vez más afromestiza con respecto a la población de las “tierras altas”. 

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Jarana al hombro

La Manta y La Raya # 13                                                        septiembre 2022 ________________________________________________________________________

Jarana al hombro

 

Patricio Hidalgo Belli

 

La música y el verso han estado en la sangre de mi familia a través de varias generaciones. En estos tiempos puedo contemplar y disfrutar a la quinta generación. La música acontece a partir del fandango, me refiero también al zapateado, al son jarocho. Los abuelos de mi padre se dedicaron al cultivo del verso, a la palabra rimada del son tradicional. Y en el caso de mi abuelo Arcadio Hidalgo, él puso su versada también al servicio de la Revolución Mexicana desde 1906.

En la cuna nuestra madre Margarita nos cantaba:

Al Arrullo meme

que este niño no se duerme

Al arrullo de la luna

que este niño quiere cuna…

Y a veces, que batallaba para dormirnos, nos cantaba:

Duérmase mi niño

duérmaseme ya,

que si viene el chango

se lo va a llevá.

Por su lado, nuestro padre Patricio, todas las tardes, ya después de haber trabajado en la milpa, descolgaba la guitarra y se ponía a cantar sus boleros preferidos. El que más me gustó es un bolero que se llama Flor sin retoño. Al poco tiempo todos en la casa cantábamos su repertorio. Aunque era niño, las letras de esos boleros me llamaban mucho la atención, me gustaban. 

Quiero decir que, el gusto por la versada estaba en la familia, pero también en muchos señores de Apixita y en congregaciones aledañas había ese gusto. Don Nicolás Chibamba de La Redonda andaba recitando versos por los caminos, José Pólito -El Chaparro-, Beto Chingo y don Ignacio Pólito, campesinos de Dos Aguajes, tenían sus buenos repertorios de coplas también y les gustaba amenizar los ratos libres de la plebe.

José Pólito llegaba a caballo y decía:

Acabo de llegar del Ahualulco

de bailar este jarabe moreliano,

como dicen que lo bailan y lo cantan

las mujeres bailadoras de los llanos.  

Con el tiempo conocí el son llamado “Ahualulco”.

En una ocasión, estando en Dos Aguajes, fui a comprar un refresco y la muchacha que atendía el negocio abrió la nevera y en ese momento don Ignacio le dijo:

-¡Ten cuidado!- la joven se sorprendió y él a continuación le dijo:

Por qué vuela

del nido la guacamaya

para que así vueles tú

cuando conmigo te vayas.

Entonces ella sonrió y en ese preciso momento me di cuenta de que uno podía enamorar en verso. En ese tiempo Apixita era una congregación, cuando mucho, de unas veinte casas con techo de palma y sin luz eléctrica. Estaba rodeada de un monte alto y espeso donde decían que habitaban los chaneques.

El son jarocho era la música, el fandango era la fiesta, la marimba y el tocadiscos en la punta de una caña le hacían contrapeso. Naturalmente el monte estaba lleno de pájaros que con el tiempo y la tala fueron emigrando. Algunos pájaros como el pepe y la pupuxcala cantaban desesperados, otros como la tortolita se escuchaban  tristes y uno que otro como la calandria y la primavera hacían gala de su espectro vocal. Era natural imitarlos.

En las reuniones familiares mi padre comúnmente declamaba dos décimas que a todos dejaba contentos y yo, de tanto escucharlas, me las aprendí. Esas décimas me provocaban algo en el interior, como si hubieran tenido una especie de chispa: una luz como la de los cocuyos, bichos luminosos que en abundancia son capaces de igualar a la noche más estrellada.

A mi abuelo lo conocí como a mis diez años, en su casa en Minatitlán. Los Mono Blanco estaban ahí ese día. ellos fueron quienes me regalaron la primera edición de la versada de Arcadio Hidalgo y me contaron cosas de él. En poco tiempo me sabía toda la versada de ese libro. Contenía versos bravos como éste:

A darle un topo a mi gallo

nomás me determiné.

Todo aquel que ande a caballo

que baje y se me eche a pié

pa darle el primer ensayo.

También versos pícaros:

Corté la flor de la ilama

y también del algodón,

recuerdo que una ocasión

te dije voy a tu cama

y tuviste el corazón

de decírselo a tu mama.

Ese libro habla del campo, de sus amores, del compromiso con la tierra por la que luchó durante la Revolución. Y empecé a comprender la importancia del verso; me di cuenta de que la palabra cobra mayor relevancia y respeto cuando es dicha en verso. Conviví con él en algunas vacaciones de verano y en su casa pude rasguear por primera vez una jarana (su jarana). Mi padre ya nos había hablado de esa jarana llamada La Mona, -Es una jarana suave que da todos los tonos, y hasta canciones se pueden tocar con ella, nos dijo emocionado. Pero el abuelo siempre estaba pendiente de sus cultivos y de unas vacas que tenía. Yo me daba cuenta de que en medio de sus labores le llegaba la inspiración, dejaba tirado el machete o la tarpala y se iba a su casa rápidamente para apuntar las ideas. Luego regresaba al trabajo, o no. Tocaba poco en su casa. sólo cuando tenía visitas. Lo buscaba mucha gente y él contaba historias, hablaba de la Revolución, de la música y de sus giras.

Ya en la Telesecundaria, el profesor Macdiell Villegas nos leyo algunos clásicos como Calderón de la Barca, Quevedo y Machado. Recuerdo que cuando nos leyó éste último: “Aguda espina dorada, / quién te pudiera sentir / en el corazón clavada.”, nos dejó malheridos en el salón y dolió durante toda la adolescencia. También nos leyó a Neruda, a Octavio Paz y a Nicolás Guillén que con su Sóngoro Cosongo nos hizo entrar a otro ritmo, tenía otra cadencia, se podían oler entre sus frases los cueros de los tambores. Fue muy importante, para mí, el haber conocido a estos poetas.

Para ese momento creí entender la estructura de las cuartetas y las sextillas, y tal vez ya empezaba a surgir la inspiración. Entonces se llevó a cabo un concurso de versos para la Telesecundaria, que tenía como tema la Bandera Nacional, y por primera vez me atreví a escribir veinte cuartetas, pero finalmente decidí no participar. Y no fue sino hasta la preparatoria cuando me iba cuajando como músico y gané el concurso de poesía con motivo del Centro de Bachillerato Tecnológico y Agropecuario No. 69 de Chupio, en Tacámbaro.

Y por fin se llegó el glorioso momento de empezar a cantar todo ese acervo de versos que me sabía, en 1986, cuando inicié mi trayectoria como jaranero con el grupo Mono Blanco. Y para el siguiente año empece a escribir para los sones del fandango en cuartetas, quintillas, sextillas y seguidillas; sones como: El Cascabel, Siquisirí, El Toro Zacamandú y El Zapateado, entre otros. Las décimas vinieron a partir del año 88, después de un análisis profundo de las décimas de mi abuelo Arcadio, Tío Costilla y Paco Píldora. Claro está que en el afán de saber, averiguamos un poco y dimos con el creador de este tipo de estrofa literaria: don Vicente Espinel, quien fue un prolífico músico y poeta de Ronda, España.

La música y la poesía vienen de las profundidades del mundo que le dieron origen a los seres hablantes. En este sentido, comunicarse con los demás creando mi propia música, nunca ha sido un proyecto, sino una necesidad. De pronto en la cabeza aparece alguna frase musical, una idea, una palabra, un ritmo… aparentemente de la nada, pero que suelen definirse en una pieza musical que tiene que ver con el mundo que nos ha formado. Y por otro lado, improvisar es asistir a otros mundos, quizá a los mundos que influyeron para constituir el nuestro.

La improvisación es la armonía del tiempo y de todo cuanto existe.

Creo que es necesario decir que escribo desde que sentí la necesidad de expresar en versos muchas cosas: no solamente lo que sucede en el interior de las venas, sino también los significados de nuestra fiesta de tarima, con su paso por la historia regional y su apego a la tierra, los sueños, la vida real y cotidiana a través del son, que por su espíritu es un género festivo pero también contestatario. Gracias a la palabra rimada -que se expande a los festivales y modernos escenarios- es más viva y dinámica la cultura del fandango.

Aquí voy cultivando el verso con la jarana al hombro, por las distintas geografías poético-musicales de esta tierra, que no se ha cansado de danzar sobre su propio eje.

Febrero 2012

Minatitlán Veracruz

 

* “Jarana al hombro” es el texto que sirve de prólogo al libro: Patricio Hidalgo Belli. Rebeldíoa del alma / Antología poética. Edición de Rocío Martínez Díaz: Palabra de Son. Primera edición 2013, Amecameca, México.

 

 

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Fandango Feminista

La Manta y La Raya # 12                                                             marzo 2021 ________________________________________________________________________

Fandango Feminista

Un espacio comunitario seguro y de respeto.

 

Julia López Valenzuela

 

Primer Fandango Feminista. Deirdre Cassan.

 

Dolor y enojo: el patriarcado

El sábado 12 de noviembre de 2016, organizamos el primer Fandango Feminista en Punto Gozadera, un restaurante, foro, galería, punto de encuentro donde convergía gran parte del movimiento feminista de Ciudad de México en ese momento. Ubicado en el mero centro, este espacio transfeminista abría sus puertas a talleres, conversatorios, encuentros, asambleas, obras de teatro, conciertos, fiestas, proyecciones, exposiciones, donde se expresaban diversas voces feministas.

En esa época comencé a darme cuenta de un dolor muy profundo que de tan antiguo y constante, había terminado por normalizar. Ese dolor me tenía a mí y a la sociedad entera, partida por la mitad y lo hice más consciente cuando, por azares del destino, la vida me llevó a conocer a unas personas muy valiosas y fuera de lo común con quienes me identifiqué profundamente. Aprendí a cuestionarme de pies a cabeza y a cuestionar a la sociedad machista que me tenía tan achicopalada.

¿Por qué existe el género? ¿A quiénes les conviene dividirnos? ¿Por qué tenemos que escoger entre sólo dos formas de ser? ¿Quiénes tienen el poder y por qué? ¿A quién le agrede la diferencia? ¿Quién puede sentirse agredidx porque yo sea quien soy? ¿Qué es lo que me hace sentir tan sobajada? ¿Por qué tengo esta percepción de mí misma? ¿De quién es esa voz que tengo tan adentro de mí, que me hace sentir incapaz, que me hace ver como impostora, que me juzga y me rebaja, para la que nada de lo que yo haga será suficiente, la que me exige constantemente justificar mi lugar en el mundo, la que me pide explicaciones?

Esa voz es la voz del patriarcado. Ese señor enojado, blanco, rico y amargado -y hetero- que lo tiene todo y siempre quiere más. Tiene tanto poder que siempre (o casi siempre) consigue lo que quiere… y lo quiere todo. Tiene tanto poder sobre nosotrxs que ha logrado incluso instalarse en la conciencia de las mujeres, las disidencias sexogenéricas y las personas más oprimidas para convencerlas de que están en el justo lugar donde pertenecen y de que ahí se deben quedar. Comencé a identificar todas esas opresiones gratuítas que yo misma me imponía obedeciendo a esa voz machista y empecé a cuestionarla, a cuestionar sus fundamentos, sus derechos sobre mí. 

Autorreconocimiento y vínculos: una idea

Llevaba ya unos meses frecuentando este y otros espacios. Conocí y traté con personas muy valiosas con las que me sentí tan identificada que decidí dejar mi paradisíaca ciudad Xalapa, Veracruz, para venir a vivir a esta catastrófica Ciudad de México y continuar aprendiendo y desarrollando vínculos importantes para mí, reconociéndome y cuestionando todo. Estaba feliz pues había encontrado al fin una comunidad con la que me sentía completamente cómoda y segura de ser quien soy. Comencé a familiarizarme con las teorías cuir y el activismo transfeminista, con la disidencia sexual y la ternura radical. 

Ahí, con mi comunidad, aprendí la manera más humilde de transgredir al sistema, que es a la vez el acto más subversivo: ser unx mismx. Entendí que yo no era mi género, que yo era un cúmulo de experiencias, gustos, decisiones, opiniones, emociones y reflexiones diversas; que yo era tan infinitamente diversa en  mi personal expresión de ser, como infinitas son las personas que habitan y habitarán este mundo. Es decir, que lo que me hace igual a otrx es que somos diferentes. Somos iguales en la diferencia, y nuestro derecho humano es ser libres de vivir nuestra diversidad plenamente, de que se nos reconozca por ello, por nuestra única y diversa forma de ser y no por lo que se nos ha obligado a representar, directa o indirectamente desde el momento en que nacimos.

Me fui reconociendo parte de una comunidad que defendía el derecho de las mujeres y de todas las personas que no son hombres cisgénero (aquéllos hombres cuya identidad de género coincide con el sexo que se les fue asignado al nacer) a ser tomadxs en serio, a no ser discriminadxs. Derecho a que no se nos subestime, que no se nos invisibilice, que no se nos maltrate, que no se nos violente, que no se nos mate. Derecho a que se respete nuestra integridad, pues antes de cualquier diferencia somos seres humanos y como tal debemos ser tratadxs. 

Me hice parte de este movimiento y además de asistir a conversatorios, talleres, fiestas, seminarios, conciertos, encuentros, proyecciones, convivios, etcétera, fui participando con mi jarana y mi voz en algunos de estos eventos y manifestaciones y también comencé a dar talleres de jarana en dichos espacios. Un día, mientras bailábamos en un concierto ahí en La Gozadera, Ali Gua Gua, una gran amiga y vieja loba de mar con quien comparto el gusto por el son jarocho, me preguntó: “¿Y pa’ cuándo el fandango feminista?”. Nunca habíamos hablado del tema y ni siquiera tuvo que explicarme nada para que yo entendiera de inmediato lo que tenía que hacer.

Reglas de convivencia: el tejido

Desde que yo era una niña aprendí ciertas reglas de convivencia en el fandango que permiten que la fiesta se lleve a cabo de una manera ordenada y respetuosa. Estas reglas no están escritas, no se reparten entre la gente que acude, no se bajan de internet. Estas reglas se aprenden de la convivencia con diferentes generaciones de fandangueras y fandangueros dentro de la fiesta misma. Son reglas de respeto básico: si hay viejitos o viejitas, deben estar al frente de la tarima; si hay alguien con mucha experiencia o mayor experiencia que tú, debes permitirle pasar adelante; si quieres aprender, debes tocar bajito o no tocar para que puedas escuchar y permitir escuchar a la demás gente; si quieres bailar, debes esperar a que se divierta un rato la gente que está en la tarima antes que tú; si quieres cantar, debes escuchar atentamente lo que se ha cantado para no repetir el verso o para tener de qué cantar pues con cada verso se está proponiendo una temática; si alguien está cantando detrás de ti, te abres para que se acerque y se le escuche; si hay demasiada gente tocando o suena muy bonita la música y tu participación no es necesaria, no tocas y sólo escuchas o bailas, o cantas; si hay público presente, siempre se debe dejar despejado el frente de la tarima para que las personas que estén de espectadoras puedan disfrutar de la fiesta. Y lo que es más importante: siempre se debe prestar mucha atención a lo que pasa en el fandango, a la música, a la versada, al baile, a la interacción de la gente pues de eso se trata esta fiesta. Cada elemento es importante, pues forma parte de un entramado muy fino, y con respetuosa atención se pueden distinguir los dibujos su tejido.

Estas reglas se han ido desdibujando conforme se ha ido integrando a la comunidad, de manera exponencial, más y más gente que está empezando su proceso de aprendizaje ya que, al mismo tiempo, la generación de fandangueras y fandangueros más viejxs y experimentadxs va falleciendo y dejando con su ausencia muchos huecos de conciencia comunitaria, de sabiduría musical y ancestral. Esto, aunado a la violencia creciente y a la ruptura del tejido social, vuelve a la convivencia en el fandango cada vez más complicada, y por ende a la música menos apreciable.

Las mujeres somos seres humanos

El fandango es una fiesta comunitaria, lo que implica que cada una de sus partes es igualmente importante y necesaria para su realización, tanto dentro de la música y el baile, como fuera de ella y toda la organización que conlleva. Este carácter comunitario es lo que ha convertido al fandango en un acto subversivo y una tradición en resistencia. El fandango es por naturaleza incluyente, plural, comunitario y recreativo. Por esta razón, cada vez más y más gente quiere participar de él y se siente bienvenida y cobijada por su encanto. Pero si nos adentramos en este mundo, podemos observar que la realidad es un poquito diferente. Existen jerarquías, egolatrías, habladurías, secretos, discriminación, violencias implícitas y explícitas que son normalizadas o invisibilizadas por costumbre, o por conveniencia de las personas con más poder. Estos problemas, sin embargo, no son exclusivos del fandango ni tampoco lo definen. Son manifestaciones de una sociedad triste, desubicada, humillada y vejada. Es necesario luchar diariamente por cambiar todo lo que nos enferma y oprime: eso implica erradicar la violencia de todas nuestras relaciones personales y de todas nuestras actividades sociales. Una de ellas, claro está, es el fandango.

Dentro de la tradición del fandango jarocho, a la mujer se le exige representar estereotipos muy marcados. Es muy doloroso enfrentar miradas, comentarios y tratos despectivos cuando una no representa o no se ajusta a los cánones establecidos. Y aunque se pertenezca a dichas expresiones de género, de todos modos se sufre discriminación, vejación y violencia, ya que la sociedad es profundamente machista, y en el fandango se perpetúan sus prácticas. Lo cierto es que hasta hace bien poco (pensando en lo antigua que es esta tradición) a las mujeres no se les permitía tocar en público. Dentro del fandango, era mal visto que las mujeres tocaran instrumentos de cuerda y eran pocas las que cantaban, pues no debían destacar mucho en la música. Las mujeres únicamente debían ser vistosas en la tarima, instrumento al que sí podían acceder pues ahí arriba podían ser objeto de cortejo. Así pues, “el rol de las mujeres”, según la visión machista dominante, además de trabajar en la cocina, atender a la gente, alimentarla y ocuparse de la limpieza (entre otras labores, que siempre han sido feminizadas y por tanto, destinadas a las mujeres), era el de servir de “inspiración” a los hombres, que competían entre sí y para ver quién “se llevaría” a la mujer por medio de su versada o su ejecución musical. Esta situación aún persiste y es muy incómoda para las mujeres en general. Persiste dentro de la tradición del son jarocho y persiste también en todas las prácticas machistas de nuestra sociedad en las que no se toma en cuenta el deseo y la voluntad de las mujeres, ni tampoco sus capacidades, su vocación, o su trabajo invisibilizado. El único valor que la sociedad machista, en este caso la fandanguera, le da a la mujer, es el de reafirmar la valía de los hombres. 

Actualmente cada vez más mujeres se sienten con la confianza de tocar un instrumento. Sin embargo deben esforzarse el triple que cualquier hombre para ser tomadas en serio. Por ejemplo, si apenas estás aprendiendo a tocar y no eres una experta, algunos hombres y sus amigos dirán que tocas “mal” porque eres mujer; en cambio animarán a seguir practicando a cualquier hombre novato. Si tocas “bien”, lo adjudicarán a que seguramente eres esposa, novia, amante o alumna de algún hombre. Si bailas “bien”, será porque quieres la atención de los hombres. Si acaso una mujer quiere dar su opinión, ya sea hablada o por un medio escrito, se le obstruye, se le invisibiliza, se le ningunea. Si acaso la puede hacer pública, dirán que fue gracias a que un hombre “le dio chance”.

Es momento de que esto acabe. Las mujeres somos seres humanos, siempre lo hemos sido. Siempre hemos tenido voz, aunque no se nos escuchara. Siempre hemos escrito, aunque no se nos leyera. Siempre hemos hecho música. Y siempre hemos pensado por nosotras mismas aunque no se nos haya visto, consultado o tenido en cuenta. No necesitamos la condescendencia de nadie. Exigimos el respeto que merecemos. Exigimos que no se nos juzgue ni se nos invisibilice, exigimos ser tomadas en cuenta y que nuestra voz se escuche y se haga escuchar.

Yo no creo en las jerarquías. Esos códigos de convivencia que menciono están basados en el respeto y respeto merecen todas y cada una de las personas que acuden a un fandango, a no ser que alguna de estas personas le falte al respeto a otra; en ese caso, yo pensaría que se debería accionar de inmediato y en comunidad para resarcir el daño y que el respeto y la integridad de las personas prevalezca por sobre todas las cosas. Viéndolo de esta forma, ¿por qué no hacer un fandango donde se ejerciten las prácticas del respeto?

Primer Fandango Feminista

Habían llegado a mí noticias de los fandangos temáticos y en lo personal me habían parecido una fabulosa idea. Plantée entonces la idea de que el Fandango Feminista fuera un fandango temático, en el cual se priorizara la participación, no de los habitantes de una comunidad fandanguera en específico, sino la de las mujeres y las disidencias sexogenéricas de la comunidad fandanguera en general. En este fandango temático, la principal premisa sería (y aún lo es) la de hacer conciencia de las prácticas machistas que permean el fandango, en todos los niveles y actividades que llevamos a cabo dentro de él. Por ejemplo, si se va a cantar, poner atención en la versada ya que muchos de los versos que se cantan denigran a la mujer o se le trata como a un objeto. Habría que evitar cantar dichos versos, o modificarlos para cambiar su sentido. También habría que utilizar versos que trataran de diversas cosas y no sólo de amor romántico, pues este suele estar permeado de violencias normalizadas. En caso de no ser suficiente el material para versar, habría que componer nuevos versos para cantar en el fandango.

El machismo no sólo se refleja en la versada sino también en nuestro actuar y proceder en el huapango, en la forma en cómo se usa el espacio y el sonido. Así pues, quienes tendrían la prioridad de estar al frente del fandango serían las mujeres. Los hombres que quisieran ir al Fandango Feminista tendrían que dejar de lado su afán protagónico: tal vez solo ir de espectadores, o, en caso de que fueran demasiadas sus ganas por tocar, ponerse en la parte de atrás del fandango, aunque consideraran que “tocan mejor” y que es indispensable que se les escuche más que a nadie. En esta ocasión, lo principal era escuchar a las mujeres, sin importar lo mucho o poco que supieran o su calidad de interpretación. El fandango no existe para medirse los egos, el fandango existe para divertirse en comunidad e insisto en que su carácter comunitario implica el respeto, el respeto implica la humildad, la humildad implica el “no juicio” y no juzgar es un acto de amor.

El fandango para mí, como ya dije, es de naturaleza incluyente, por esta razón consideré necesario que no fuera separatista, es decir, que podía llegar quien así lo deseara con tal de que siguiera los lineamientos del evento de Facebook, que son las sugerencias arriba expresadas. La premisa principal era hacer conciencia de las prácticas machistas y transformarlas en prácticas de respeto. Y la finalidad de este fandango era, es y será, la de hacer comunidad entre las mujeres y las disidencias que participan de esta tradición. Conocernos, valorarnos, hacernos ver juntas y sentir nuestro respaldo, sabernos presentes y sentirnos seguras.

El primer Fandango Feminista se llevó a cabo el 12 de noviembre del 2016 (casualmente coincidió con el natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz) en Punto Gozadera. Acordamos que la entrada sería gratuita y que la ganancia del consumo sería toda para el local, ya que este sería un evento sin fines de lucro. Amistades muy queridas vinieron de lejos (como Argelia Ramírez Ochoa) y de cerca (como Anna Arismendez) para apoyar en la organización. Mujeres con las que nunca había tratado se acercaron para ofrecer su ayuda, su tarima (Georgina López Barroso) y sus manos. Llegaron al huapango mujeres que admiro y que no imaginé que vendrían (como Clara Baxin y Lucero Farías), además de muchas más que conocí ahí mismo y que nos honraron con su presencia. Para esa primera edición se convocó a que nos compartieran versos feministas escritos para la ocasión y nos enviaron versada desde diferentes lugares de Veracruz, el resto del país, e incluso del extranjero. Citlali Aguilera instó a que por vía Facebook se propusieran pies forzados y a partir de ahí elaboró un bello, rico y diverso repertorio de versos con temática feminista. Estas voces se hicieron escuchar a pesar de no estar físicamente, pues imprimimos sus versos y los cantamos durante el huapango. La primera mitad del fandango se sintió un espíritu de alegría, entusiasmo y novedad. Nos mirábamos de vez en cuando a las caras con un gesto de emoción y de asombro pues hubo una respuesta entusiasta y espontánea al llamado. Se cantaron versos nuevos y se hicieron más al momento. Bailamos, nos divertimos y nos reconocimos unas en otras. 

Al principio hubo discretas y acertadas participaciones de algunos hombres. Pero conforme el tiempo y el alcohol fue corriendo, comenzaron a llegar más y más hombres con claras intenciones de boicotear el evento. Fueron imponiéndose hasta posicionarse al frente de la tarima, cantando y tocando fuerte y echando sus versos misóginos favoritos. Las mujeres, al sentirse desplazadas, comenzaron a irse o a arrinconarse y decidimos, tanto las encargadas del local como yo, terminar la fiesta por la paz. A pesar de este amargo final, quienes acudimos al llamado y disfrutamos la primera mitad del fandango, nos sentimos muy contentas. Fue una experiencia que nos hizo empoderarnos al sabernos presentes, valiosas y capaces de estar juntas si nos lo proponíamos.

Al día siguiente convoqué a encontrarnos de nuevo en Punto Gozadera, una tarde de esa misma semana, con quien así lo deseara, para dialogar y debatir acerca de la experiencia del primer Fandango Feminista. Nadie llegó. Desde luego no faltaron los comentarios en las redes sociales, algunos positivos y otros, la mayoría, negativos, sobre todo escritos por personas que no acudieron y que ignoraban completamente de lo que trataba la iniciativa. No me desgasté leyéndolos, pues no creo en ese tipo de críticas y no considero que lleven a un debate real. Yo creo en el trato directo y en ese momento sabía lo que estaba haciendo, por qué lo hacía y que mis móviles eran y son legítimos: la búsqueda del respeto, la paz y la equidad de género. 

Segundo Fandango Feminista

El segundo Fandango Feminista se llevó a cabo el 9 de septiembre de 2017, dos días después del terremoto que afectó el Istmo y diez antes del que azotó la Ciudad de México. Se realizó en Casa Gomorra, un espacio donde vivía una comunidad disidente que llevaba a cabo actividades transfeministas. Era la primera vez que este espacio se abría a la comunidad fandanguera, y como eran amistades mías, accedieron de buena gana. 

Andre Ortega, una compañera, que participó con su versada a distancia en el primer fandango feminista, convocó a las que quisieran verse antes del fandango para platicar y tal vez proponer algunos versitos nuevos para cantar. Para esta ocasión se llevó como invitada especial a Patricia Barradas Saldaña desde Playa Vicente: amiga mía, compañera de fandangos, integrante de los Soneros del Tesechoacán y antigua integrante del grupo Hojarasca, agrupación a la que pertenecíamos cuando chicas y que era integrada sólo por mujeres. Para mi sorpresa llegaron también otras tres hojitas llevadas por el viento feminista, Bibiana Pérez Bautista, Argelia Pérez Bautista y Argelia Ramírez Ochoa. Esta vez se pidió una cooperación de diez pesos en la entrada y vendimos torito y esquites para recaudar el dinero del transporte de nuestra compañera y poder darle algo simbólico. Lxs de Casa Gomorra se encargaron de la venta de la cerveza para la ganancia de su espacio.

Acudieron más mujeres a la convocatoria que la vez anterior. Además hubo presencia de la gente asidua a Casa Gomorra que vivían por primera vez la experiencia de un fandango. Esto le dio un carácter más laxo y diverso. En lo personal me sentí más segura de realizarlo ahí, pues contaba con el apoyo de la Casa. La experiencia de compartir con mis compañeras de Hojarasca, con otras amigas que también vinieron desde lejos (como Diana de Dos Amates) y con más mujeres que se veían gozosas, alegres y emocionadas, me hizo sentir empoderada y feliz. Acudió mucha gente. Al principio hubo poca y tranquila participación de hombres. Pero de nuevo, conforme fue llegando la noche, llegaron algunos machitos tóxicos y borrachos a intentar boicotear el fandango. No lo lograron pues ya casi estaba acabando, pero fue difícil correrlos una vez que había terminado el evento. Otra vez no faltó la controversia de lxs internautas a la que volví a hacer caso omiso, pero me enteré de que hubo varias mujeres que salieron en defensa del Fandango Feminista, lo cual me dio mucho gusto.

Tercer Fandango Feminista

Por motivos personales, en 2018 me fue imposible realizar el evento. Pero en marzo de 2019 convocamos al tercer Fandango Feminista, para realizarse el viernes 29, de nuevo en Casa Gomorra. Para este año invité a Ana Zarina Palafox Méndez, gran maestra de la versada, sonera, ejemplo de resistencia feminista en la tradición del son jarocho, a que impartiera su taller “Jugando con la rima” y nos compartiera su método para construir versos feministas y cantarlos durante el huapango. Quedamos en que se llevaría a cabo en Casa Gomorra los tres días previos al fandango y que por esta ocasión sería gratuito y dirigido únicamente a mujeres. De nuevo se cobrarían diez pesos en la entrada y las ganancias de la venta de bebidas, comida y entrada se destinarían a nuestra invitada especial.

Este año, para dicha mía, previo al fandango me encontré con que algunas mujeres comentaban en el evento de Facebook y debatían entre ellas sobre la pertinencia de la asistencia de los hombres a NUESTRO fandango. Me llené de alegría al saber que estas mujeres se habían apropiado ya de un espacio y una dinámica que había sido destinada justo para eso. Poca gente sabía que yo organizaba el Fandango Feminista, así que intervine en la conversación para presentarme y para defender la postura no separatista del Fandango Feminista. Primero que nada quise dejar en claro que no estoy en contra de los espacios separatistas, de hecho en algunos contextos me parecen importantes y necesarios. Si alguna decidía realizar un fandango separatista, yo me ofrecía a apoyarla, pero este fandango no lo era. 

Para mí es importante que el Fandango Feminista no sea separatista pues estoy convencida de que la comunidad del fandango es, aunque diversa, una sola y es responsabilidad de todxs llevar a cabo el fandango de la mejor manera posible. Por eso me interesa que las mujeres y las disidencias se sientan seguras al contar unas con otras en estos espacios, y si hay hombres que decidan asistir, que sea de una manera consciente y respetuosa para tender lazos de apoyo y resistencia. A veces la simple contemplación permite el aprendizaje y la reflexión. Pero si asisten hombres con afán de provocar o violentar, es necesario también que juntas y empoderadas, les hagamos frente y les plantemos límites. No todas las mujeres ni todos los hombres son iguales. De hecho, para mí el binarismo de género es la violencia más grande que nos ha infringido esta sociedad. Me es importante que este fandango sea incluyente pues, como yo pertenezco a una minoría LGBTQ+, valoro profundamente la diversidad y las separaciones me trastocan. 

La invitación al evento se difundió mucho y la noticia viajó de boca en boca. El taller “Jugando con la rima” fue muy concurrido y muy productivo, y al fandango asistieron una gran cantidad de mujeres, más que en las dos ediciones anteriores. Todas las participantes venían con gran fuerza y energía. La fiesta fue alegre de principio a fin y no faltaron los versos feministas y los coros de protesta en “El Colás”. Las risas y las miradas de complicidad abundaron y la nutrida participación y asistencia me hizo sentir acompañada, respaldada y feliz, como estoy segura que se sintió la mayoría. 

Para nuestro regocijo nos llegó de sorpresa Silvia Santos, otra invitada especial -traída por nuestra invitada especial-. Cantante, compositora, artista plástica y sonera de vanguardia que vino a hacer el fuerte a su compañera y a compartirnos sus postales, su música y su presencia. En esta ocasión, y aprendiendo de las experiencias anteriores, para evitar boicoteos machistas, decidí subir a la tarima frecuentemente para explicar de manera clara y respetuosa el propósito y las dinámicas del Fandango Feminista. Así fue como durante todo el huapango, las mujeres se mantuvieron al pie de la tarima y al frente del fandango, siendo mayoría en todo momento. Los hombres que acudieron se portaron a la altura, manteniéndose al margen y disfrutando de la fiesta tranquilamente. Éramos tantas, tan contentas y empoderadas que ninguno se atrevió a transgredir la fiesta. Ayudaron mucho las intervenciones que de cuando en cuando hacía para que se retomaran las reglas del fandango y muy importante fue la presencia de nuestra invitada especial y su compañera de batallas. Ambas, con su experiencia y buen humor, plagaron el fandango de confianza y alegría.

El tercer Fandango Feminista fue una experiencia muy positiva y empoderadora. Varias de las que asistimos continuamos teniendo comunicación y desde entonces hasta ahora se han llevado a cabo diferentes acciones y propuestas acordes tanto por las asistentes a los Fandangos Feministas, como por otras mujeres que hemos resonado en sintonía por la búsqueda de justicia, equidad, paz y respeto dentro de nuestra comunidad fandanguera.

Epílogo

En marzo de 2020 planeábamos realizar el cuarto Fandango Feminista, pero llegó la pandemia por COVID 19 y nos mandaron a confinamiento, así que no se pudo realizar, ni tampoco al año siguiente. Este año lo llevaremos a cabo y espero que sea recibido con la misma o mejor respuesta que la última edición. 

Quisiera agradecer a más mujeres que me han apoyado en esto de manera logística, moral o participativa: Ali Gua Gua, Argelia Ramírez Ochoa, Anna Arismendez, Ximena Camou, Citlali Aguilera, Georgina López Barroso, Andre Ortega, Patricia Barradas Saldaña, Bibiana Pérez Bautista, Argelia Pérez Bautista, Teresa Arias, Julia Piastro, Ana Zarina Palafox Méndez, Silvia Santos, Alejandra Cuervo, Sabrina Salem, Fabiola Gaytán, Ana Cruz Martínez, Nathalia Fuentes, Gloria Godínez, Elisa T Hernández, María Fernanda Sánchez Valdez, Alejandra Cecilia Prado y todas las que han asistido y seguido a distancia esta aventura. Para la realización de este texto fue de indispensable ayuda la lectura y corrección de estilo de mis queridas Elisa T Hernández y Julia Piastro a quienes agradezco especialmente.

 

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Artículo suelto en formato PDF (v.12.1.0):

 

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Acervos en movimiento – Sotavento

La Manta y La Raya # 11                                                    septiembre 2020 ________________________________________________________________________

Acervos en movimiento –      Sotavento  INAH

Francisco García Ranz 

 

Félix y Juan Regalado. Ángel González.

 

La colección Acervos en Movimiento, en sus tres vertientes: Huasteca, Sotavento y Tierra Caliente, es un proyecto dirigido por la Mtra. Amparo Sevilla y producido por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a través de la Coordinación Nacional de Antropología. El proyecto surge a partir de una reflexión colectiva entre músicos, investigadores y promotores culturales, quiénes identificaron una ruptura en la transmisión de los conocimientos dancísticos, líricos y musicales, entre las viejas y las nuevas generaciones de músicos, trovadores, bailadores y danzantes. Publicadas a partir de 2014 en formato digital CD-ROM, estas tres colecciones sonoras, documentadas y acompañadas cada una de ellas de una guía de escucha, buscan regresar a estas regiones parte de su patrimonio musical que se encuentra en las fonotecas más importantes del país, así como de las fonotecas de investigadores y promotores culturales. Además de ser referencias fundamentales para la memoria musical de estas regiones, la difusión de estas colecciones tiene el propósito de servir como material didáctico a la importante labor de quienes se dedican a la enseñanza de las nuevas generaciones de músicos y trovadores. 

La colección del Sotavento

Los 355 registros sonoros seleccionados grabados in situ, interpretados por músicos locales y representativos de las regiones y localidades más importantes de la geografía musical campesina del Sotavento, cubren un periodo de más de 50 años. Las grabaciones más antiguas datan de finales de la década de los años 1950, mientras que los ejemplos más recientes fueron registrados en la primera década de 2000. 

El conjunto de grabaciones realizadas por los etnomusicólogos: José Raúl Hellmer Pinkham, Arturo Warman Gryj, Thomas Stanford, Alejo Yescas y el equipo formado por Baruj Lieberman, Enrique Ramírez de Arellano y Eduardo Llerenas, cubren un periodo de 25 años y representan los acervos sonoros más antiguos conocidos. Aproximadamente el 50% de la presente colección está integrada por ejemplos sonoros de este periodo provenientes en gran parte de los fondos y acervos fonográficos que se conservan en la Fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); Fonoteca del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical “Carlos Chávez” (CENIDIM); Fonoteca Nacional (CONACULTA); y Fonoteca del Centro de Investigación y Documentación “Alberto Beltrán” (CIDAB).

Cabe mencionar que algunas de las grabaciones incluidas de esa etapa han sido publicadas con anterioridad y son relativamente bien conocidas. No menos importantes en nuestro estado del conocimiento actual de la música jarocha tradicional resultan las grabaciones de campo realizadas en los últimos 25 años. La mitad de las grabaciones seleccionadas e incluidas en la colección corresponden a este segundo etapa y fueron realizadas principalmente entre 1985 y 2010. Este conjunto de grabaciones recientes, muchas de éstas publicadas otras inéditas, viene a complementar de manera significativa nuestro conocimiento de los diferentes estilos y particularidades musicales de otras regiones al interior del Sotavento, localidades e interpretes importantes que no habían sido registrados anteriormente. Ese acervo representa el fruto de iniciativas diversas, algunas personales o independientes como es el caso de la importante colección de Alec Dempster especializada en la región tuxteca (2001-2008) o de las grabaciones producidas por José Félix y Rubí Oseguera de la música de la región sureña del Sotavento; otras por iniciativa institucional como es el caso del acervo formado y publicado entre 2001 y 2010 a través del Programa de Desarrollo Cultural del Sotavento (CONACULTA), y conformado por los trabajos de campo de diferentes investigadores que se han sumado para completar el panorama geográfico y musical del Sotavento. De igual manera, la presente compilación se ve enriquecido con grabaciones de proyectos independientes publicados pero poco conocidos, como es el caso, por ejemplo, de los casetes: Sones Campesinos de la Región de los Tuxtlas (1995), Son de Santiago Vols 1 y 2 (1996 ) y Homenaje a Los Juanitos del grupo Cultivadores del Son (1998); o de los discos compactos: Las voces del cedro (1998), Soneros del Tesechoacán (2004) y Pilares del Viejo Son (2010). Se suman también algunas grabaciones registradas por Radio Educación durante los Encuentros de Jaraneros en Tlacotalpan Veracruz, en particular las realizadas en sus primeras ediciones durante la década de los 1980. 

Como parte de la colección se ha incluido una selección de programas de radio de la serie Folclor mexicano de Radio UNAM, producidos entre 1962 y 1964 por José Raúl Hellmer sobre temas relacionados con la música del Sotavento. Así también se incluye el programa especial sobre don Arcadio Hidalgo realizado por Felipe Oropeza y emitido por Radio Educación en 1979, así como una entrevista de Isidro Nieves grabada en 2008 por Alec Dempster en San Juan Evangelista.

continúa…

 

Revista en formato PDF (v.11.1.2):

 

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