La Manta y La Raya # 19 septiembre 2025 ________________________________________________________________________
De heredar un oficio
Wendy Cao Romero
Esteban Utrera Lucho –Utrera, para la familia– aprendió el oficio de hacer casas, de su papá Esteban Utrera Nolasco, allá por 1930. En ese entonces, el monte ofrecía árboles enormes de cedro, laurel, roble, dagame y, también, palmas de yagüa, palmas reales y palmas de marrachao, altísimas, recias pues, para sacar el ajuar de una casa.
El Ajuar
Utrera se iba al monte con Camerino y Tacho para labrar todo lo necesario para el ajuar de una casa. Llevaban las hachas bien afiladas y envueltas en un trapito que doña Reyna les daba. Los machetes, su tecomate de agua y su lonche.
La salida era muy tempranito, con la luna menguante en pleno o, al menos, antes de que hiciera el cinco la luna. Primero escogían la palma de marrachao. La derribaban y una vez abajo, la perfilaban con el hacha y le sacaban 4 vigas, luego otra palma para los pies de tijera. Una vez labrado todo el ajuar, se acarreaba a caballo a donde se iba a plantar la casa. El sardinel o cimiento también había que conseguirlo, se ocupaba palma real, de marrachao o algún árbol derecho.
Al otro día había que ir por 80 cañas de otate que son las que se usan para tapijoles, contravientos, zopiloteras, redondos y para las agujas. Los postes, de corazón de cocuite, moral, javí o palo tinta, quizás ya los tenían previamente apalabrados. Ahora se usa colar con concreto los 8 postes que lleva una casa de 12 varas.
Al tercer día, había que cortar también las pencas de palma necesarias para la techa, además de otras pencas para sacar el palmiche (centro rígido de la palma) y cercar. Si era posible, el cercado se hacía de palma de yagüa que es más ancha y cubre mayor superficie y que, además, garantizaba al menos un siglo de duración, pero ahora 10 palmas de yagüa ya no se encuentran.
Quizás la cerca sería de madera de nacaxtle, jobo, mango o pepetaca y entonces la cuadrilla Utrera se iba al monte con la sardina, (serrote largo para aserrar un árbol completo), lima de media caña para afilar la sardina, machete, el tecomate de agua; y siempre iba Román Cobos “Tío Rumba”, que era el compañero de Utrera, también conocido como Chao.
La Jaula
Lo primero que hacía Utrera era orientar la casa con el norte siempre a la retaguardia, o sea en la culata, después a marcar los hoyos para clavar los 8 postes. La medida la sacaba con una cuerda torcida calculando doce varas, la doblaba en 3 y salían 4 partes iguales y en cada doblez, le ponía un palito a manera de marca, luego eso lo ponían sobre la tierra y en cada marca iría clavado un poste. Se enterraban los postes, que no siempre eran derechos, y les labraban la oreja o taburete (muesca para que entrara la viga); luego aseguraban los largueros con alambres, enseguida subían los 4 travesaños, uno arriba de cada poste. Más adelante se ponían los lagartos para darle fuerza a los travesaños.
A la par, otras gentes estaban armando los pies de tijera, ya con sus respectivos abalcones, para subirlos con cuerdas y montarlos en cada poste sobre los largueros. Entre cuatro sujetaban firmemente para cada lado y que la A no quedara ladeada. Con los 4 pies de tijera nivelados, se colocaban los contravientos (cañas para darle rigidez a la jaula) luego se clava la zopilotera (cañas rectas y largas) que va hasta la cumbre, donde irá el caballete. Luego, las cintas a la mitad y a lo largo del techo. Una vez teniendo eso, se pone el redondo, que es una estructura hecha con cañas, a todo el perímetro de la casa donde van los tapijoles.
¡Viene el primer tapijoleeee! Empiezan a subir los primeros, los de las esquinas. Se amarran un poquito más abajo del redondo y en las esquinas para adentro. Utrera pasaba un palmiche de la medida de una vara y se colocaba otro tapijole para clavar cada uno en el redondo de la cinta y zopilotera. Se hacía el primer techo, de ahí se iban el segundo, luego a la culata del norte y, por último, la del sur. Al final, se cortan las puntas sobrantes, se revisaban los cruces de algunas cañas y se afianzaban con amarres de bejuco de lía, bejuco blanco o ixtle.
Utrera siempre era el director de la obra, también llamado puntero. Sus hijos y los hombres de la comunidad daban forma a la jaula. Las mujeres estaban siempre atentas a que tuvieran comida y los niños, entre juegos, aprendiendo el oficio. Entre la sacada del ajuar, el corte de cañas, el corte de palmas, traslado, desgollar, tendido y techa, se podían llevar 2 semanas. Quizá esperaban al otro menguante para sacar la palma de la techa.
La Techa
Día 1.- La luna en cuarto menguante dará paso al corte de las pencas de palma real. Para techar una casa de 12 varas o tapijoles se usan alrededor de 600 pencas. A una caña de otate o a un tronco de chancarro recio se le cortan los bocados que servirán de escalones, pues hay que subirse 4 o 5 metros para llegar cómodamente a cortar cada penca. Tacho deja caer penca por penca y salen abejas, avispas, tlacuaches, mapaches, alguna petacoa o bejuquillo, iguanas y loros cabeza amarilla que ahí anidaban.
Abajo, la gente reúne palmas en montones. Cada 50, Camerino se pone una varita en la bolsa de su camisa para no perder la cuenta. Una vez que se cortan las necesarias, los chamacos empiezan a acarrearlas a caballo.
Se refrescan un momento y empiezan a desgollar penca por penca. Es importante que los machetes estén bien despalmados. Cada quien afila la moruna con su lima a la perfección, para que la palma se pueda doblar bien al otro día. La jornada termina con una comida de acuyo reventado con bolitas de masa, agua de sabor y unos toritos de limón.
Día 2.- Llegan tempranito con la fresca para doblar la palma que ya está degollada. A la sombra de los tamarindos, cada quien jala una penca y manotea como si estuviera boxeando hacia abajo. Juapi, juapi, derecha izquierda, cruzando las manos para que se doblen los pelitos de la palma. Al ladito, entre dos, van tendiendo las pencas que les pasan los palmeadores y con un movimiento coordinado las ponen en el suelo, para sujetarlas con una caña a manera de peso. Y así se van una por una. Tienden varias camas de la palma planchada, pegadita, que reposarán al menos un par de días para que se hormen y estén listas para la techa.
Cambio de palma
Pasaron 10 años y la casa ya se llueve. Las palmas muestran goteras, porque ya se pudrió y es tiempo de cambiarla.
Llega la plebe cerca de las 7 de la mañana. Unos se suben a desbaratar la casa. Van cortando los amarres de la pita o bejuco de lía que ha resistido 10 años. Las palmas tostadas por el sol van cayendo una tras otra. Tacho se sube al almendro a cortar la fronda que le puede dar sombra a la palma y podrirla cuando caiga el agua. Una vez que queda la jaula vacía, piden las escobas de malva para darle una barrida a las vigas, contravientos, cintas y tapijoles, pues han acumulado tierra, hojas, alacranes, nidos, telarañas y algún murciélago o nido de tatuana. Van llegando otros más que se quitan los zapatos esperando el llamado.
Al grito de ¡¡¡vámonos, p´arriba!!! Se suben los primeros 5 y tejen las dos culatas. Otros cuantos se suben para acomodarse en cada tapijole; o sea, 12 hombres en cada techo, abajo y de cada lado. Camerino es el líder que despatilla en un techo y Loncho en el otro, y llevan el control de los empates; otro las va pasando hacia arriba. Empiezan poniendo cabezona y cabezona en cada esquina, luego -donde se cruzan las colitas de las palmas- se pone el primer empate, y luego se sigue. Y al tercer tapijole de cada esquina se pone otro empalme y así sucesivamente, a manera de que el techo no se pandee. Lo hacen descalzos porque el pie ayuda a sostenerse mientras amarran apretadito.
¡Pita chamacooooo! —gritan para que los más jovencitos les avienten amarres de rafia previamente cortados y hechos madejita. Romerito, desde adentro es quien se encarga de que las palmas vayan alineadas y pasa los hijos, (tablitas de maderas largas, que sirven para nivelar) cuando se requiere.
El sol está candente. Cada vez que pasa alguien, ya sea en moto, camioneta o a caballo, todos le gritan y le chiflan en señal de ¡venteeeeee!! Corren litros y litros de agua con hielo, lanzadas en botellas para calmar el calor.
Se nota cómo va subiendo el techo más sencillo de tejer. Los hombres, ya en pinganillas, amarran las últimas líneas mientras el opuesto, que está junto a otro techo, va más lento. Hay que pasar la palma sólo por la esquina y Tacho es quien pasa palma por palma hasta donde se necesite. En éste se tardan más. El cansancio del segundo despatillador es evidente y le pasa la estafeta a Camerino, quien ya ha terminado en el otro techo. Todos toman otro aire y le siguen, mientras los 12 primeros ya están refrescándose abajo del tamarindo, en la mecedora, otros echando caguama o un toro de jobo.
¡Palmaaaaaa!!! ¡¡¡Pasen la palma que ustedes no están en el sol!!! Gritan algunos.
Finalmente, el segundo techo llega a la cima y Tacho agotado pide a Nicho que se suba a poner el caballete, pues ya la fuerza lo abandona.
El caballete es lo que une a los dos techos y se enciman palmas sin degollar, las más grandes y frondosas previamente apartadas. Hasta abajo, la flecha que va en el centro con tres palmas. Luego, seis palmas formarán el lomillo y van de dos en dos hacia el sur; luego 3 flechas y 6 lomillo hacia el norte, y otras 3 de flecha al sur. En total 21, que se amarran con alambre a las 4 agujas, una en cada pie de tijera.
Las casas de palma
Una casa de palma es la mejor opción para las calores que arrecian durante casi todo el año. Es muy acogedora, orgánica y durable, si se tienen los cuidados para que se mantenga seca y no se pudra. Sus techos altos permiten tener tapancos para guardar el maíz, vaporeras, ollas grandes y todo lo que no se use a diario.
Su oscuridad es perfecta para dormir, sobre todo si está cercada y las juntas bien rellenas. La cerca puede ser de madera o de palmiche y, al palmiche, se le repella con una mezcla de estiércol de vaca, combinado con baba de nopal y cal. Por dentro se pega con engrudo, papel periódico, papel de estraza u hojas de revistas, y así evitan que se cuele el viento y el frío. El piso de tierra apisonada ayuda para que sea aún más fresca y las ventanas o portalones van amarrados de la parte alta y se levantan y sujetan a la viga. Las puertas se amarran por un lado, a manera de bisagra y se cierran con un perno. Cuando hay fandango se baja la puerta de palo y sirve de tarima.
Esa es la casa de palma que yo recuerdo. Ese es el trabajo que me maravilló cuando llegué a El Hato a casa de Esteban Utrera y familia, quien ataba su hamaca de palma torcida hecha por él, a lo ancho en su sala, bajo el maíz mancornado recién cosechado que cuelga en las vigas a resguardo de los pichichis.
Revista en formato PDF (v.19.1.0):
Artículo suelto en formato PDF (v.19.1.0):
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