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Experiencias de viva voz

Los tiburones van a comer mucho verso

La Manta y La Raya # 13                                                        septiembre 2022 ________________________________________________________________________

Los tiburones van a comer        mucho vers*

Artemio Villeda 

 

 

 

* Textos y fotografías tomados del libro: Armando Herrera Silva (comp. y ed.), Los tiburones van a comer mucho verso. Historia de vida y cuaderno de versería de Artemio Villeda. Ediciones del lirio, México 2019.

 

Mi nombre es Artemio Villeda Marín, originario de Plan de Juárez, municipio de Xilitla, estado de San Luis Potosí. En 1938 me fui a vivir a Pánuco, a la edad de once años. En 1945 empecé tocando el violín, y con compañero en la guitarra, Hermenegildo Mendoza y, en la jarana, Alberto González; pero en el cuarenta y siete ya me junté con Genaro Martínez Alonso y Antero Tovar González y formamos ya el Trío Camalote, porque en el rancho Camalote había dos tríos y como el rancho no era muy grande, para no estorbarnos en las chambas, pues hicimos un solo trío. Por mis trovos ellos vieron que mejor agarrara la jarana que el violín y fue cuando se formó el Trío Camalote en 1947; tenemos 49 años como Camalotes.

El ejido Plan de Juárez está aquí por el camino que le nombramos de herradura, camino real, como a kilómetro y medio; y ahora que se hizo la carretera está como a dos kilómetros. Desde 1938 me vine a vivir a Pánuco, a la edad de once años. Por causa del destino yo quedé huerfanito de mamá en 1928. Yo nací en el veintisiete pero quedé con la abuelita de mi papá o sea con mi bisabuela y en el año que ella me faltó, me fui a Pánuco con la otra abuelita del ejido Camalote. Así fue como yo llegué a la huasteca veracruzana. Camalote es el nombre del ejido, pero también hay un zacate que se parece mucho al parán, se da a orilla del río y no lo quieren ni los burros porque es muy amargo. Nosotros pensamos ponerle otro nombre al trío pero ya la gente no nos dejó.

Bueno, mi papá también tocaba, porque somos gente, yo creo, ya con la sangre de músicos. Mi papá tocaba jarana y guitarra, pero mi tío Manuel Villeda hacía hasta los instrumentos y los tocaba todos; y a pesar de no saber ni una letra, por ahí le buscaba a los tonos. Un día le pregunté un tono que lleva la pasada como en La Malagueña y en El Rogaciano y le digo: “Oiga tío, este tonillo lo hallamos en la jarana y no sabemos ni qué…” “Y a ver suénale”—y él no sabía una letra— y le sueno, me dice: “Es un sol si bemol”. Y él no sabía nada de letras, no sabía la cosa de la nota y eso, era lírico, pero con un sentido muyespecial. Entonces por lado de los Villeda somos músicos de la música regional. Por el lado de mi mamacita, mi tío Carmen Marín tocaba el saxofón en una orquesta en aquellos años ahí en Tamasopo. Por ahí estuvo un tiempo y luego se fue a Valles. Siempre he trabajado. Trabajé muchos años de tractorista y como le decía endenantes, vale más haber nacido con suerte, a mí en la parcela que me tocó tengo un banco de material. Conforme me cae un billetito, como ahora, se vale comprar parcela, ya tengo para mis hijos 137 hectáreas, tengo como 23 de caña y lo demás de potrero y animalitos como unos 40. Tengo un toro brahmán, es del fierro de los Blanca Chip aquellos que están ya pa´ llegar a Tampico. Para nosotros los que menos tenemos, lo que nos ha ayudado mucho es que ya las subastas que había se han caído mucho. Porque un toro como ese que tengo, en una subasta anda arriba de unos veinticinco millones de los viejos y ahorita esto se ha estancado. Este me lo dieron en cuatro, torete, y hasta con facilidades de pago, ya pagué dos y para los otros me faltan como tres meses.

Yo no tomo, debo tener cerca de 20 años de no tomar definitivamente. Yo tomaba, pero en el trabajo nunca. A mí nunca me vieron ahogado o borracho en el trabajo. Algún día me citaba con un compadre, pero no en el trabajo, casi no acostumbraba estar tomando y estar trabajando. En San Joaquín, el día que fuimos la primera vez, a la hora que nos iban a pagar, el señor que nos llevó me dijo: “Lo felicito — dijo—, y me felicito al mismo tiempo”, y le digo: “¿Por qué?”, “Porque son los primeros músicos que vienen realmente a tocar. Aquí los músicos vienen a quedar tirados de borrachos, y me felicito yo porque me tocó traerlos”.

En el huapango huasteco hay que repartir bien las palabras

En el huapango huasteco puede cantar usted versos de cinco líneas y de seis, porque se vale repetir una cuando no lo hace de seis. Pero el celo que yo he tenido es que se haga la buena rima y el mensaje. Porque si nos vamos a agarrar a hablar de ese quiosco pa’ salir con una mata de café, muy lejos de lo que estamos, ¿entonces? Se necesita que el mensaje venga desde un principio. Para mí esa es la mejor trova, en el sentido de que sea la buena rima y el buen mensaje. Yo hice un trovo que el primer verso dice:

Yo de muchacho cantaba 

y tenía muy buena voz

y el talento me ayudaba, 

pero bendito sea Dios 

todo por servir se acaba.

Eso en lo que don Samuel Martínez Segura comentaba de que: en el trovo, los otros versos se van formando del primero en las puras terminaciones, ese es el trovo. Y en la cadena con la palabra que termina un verso, con esa empieza el otro, esa es cadena; como La Petenera que dice:

Es cosa muy temerosa 

oír el rugir del mar,

bella serafina ¡oh!, Diosa, 

si quieres ven a escuchar, 

en el centro de una rosa 

la sirena oirás cantar.

La sirena oirás cantar 

entre su pulida aldea, 

si la quieres retratar

con tinta papel de oblea, 

a orillas del ancho mar 

es donde ella se pasea.

Es donde ella se pasea 

con su vihuela tocando, 

año con año cambea, 

nuevos tonos entonando 

y una sardina cambrea

es la que la está peinando

Tenemos seis discos y casets tenemos cinco porque el primer disco Arriba Pánuco no se sacó caset. Para mí la mejor grabación fue la primera, la de Arriba Pánuco en 1966.

Con Pedro Rosas tocábamos mucho El Tecolote, La Chachalaca… Una vez hablando de ese huapango, mi compadre Nicandro Castillo me checaba, “Oiga compadre, ¿cómo ve ese huapango que se llama El Ranchero Potosino?” ¿Qué huapango es? —le digo— para mí es La Chachalaca, nomás le pusieron otra letra. “Ese es”, me dijo. Él era muy conocedor porque hizo muchas cosas. Yo sí lo admiré. Yo no puedo hacer tonadas, yo le hago un corrido diario, si quiere, nomás dígame de qué. Pero él hacia tonadas, ese “Ocaso” ya pa´ despedirse, una musiquita muy triste. Ya se acerca el plazo —decía—, ya era para despedirse, y hasta le hablaba al hermano Roque que ya estaba muerto: “allá nos vemos”, le decía.

Como buenos versadores recuerdo al Güero Nieto, Serapio Nieto, fue muy buen trovador. Yo le llegué a echar varios anzuelos a la gente para ver cómo me veían y sé que él siempre decía que yo, y yo siempre decía que él. Hay trovadores, pero algunos si no ofenden no pueden trovar. Para mí la trova es como que estamos platicando, si no me ofenden ¿por qué los voy a ofender?

Los Hermanos Calderón, potosinos también, tenían muy buena voz, mucha facilidad, en parte descompusieron el huapango. Tienen un Caballito que la cantada es pa´ que descanse el bailador; canta uno y luego el violín se opaca, el violín acompaña y luego entra el bailador con su mudanza y hace el cambio de zapateo. Y ellos tienen un Caballito que está cantando aquel y el violinista arriba con la música y el otro cantando… Pero según ellos lo estilizaron así. Luego El Querreque lo cantan corrido, cuando es contestado. Digo, que esto quede con todo respeto, pero esto lo hicieron ellos, estilizaron las cosas a su idea, pero para mí como que descompusieron. Yo a algunos les digo: “Mira, si un verso mío te lo doy o lo escuchas, no me lo descompongas, si no te gusta, haz uno, pero deja mis cosas como están”. Hay un verso de Las Flores que dice:

Nunca derrames tu llanto, 

desde ahorita te lo advierto

si es que me has querido tanto, 

cuando sepas que estoy muerto 

me llevas al camposanto 

muchas flores de tu huerto.

Entonces un compadre que tengo me lo canta, pero dice: “Si es que me quisiste”; “quisiste” quiere decir que ya no lo quiere y “querido” es que todavía.

En el Trío Tamazunchale, el de la guitarra canta un verso que dice:

Yo no sé qué voy a hacer 

contigo tan consentida, 

recuerdo y recordaré 

todos los días de mi vida

que en mis brazos te arrullé 

y ahí te quedaste dormida.

Empieza uno y termina otro, porque empieza terminando con “r” y no hay rima. Entonces ese verso dice:

Válgame Dios cómo haré 

contigo tan consentida, 

recuerdo y recordaré 

todos los días de mi vida

que en mis brazos te arrullé 

y ahí te quedaste dormida.

El otro dice:

Yo no sé qué voy a hacer 

cuando tú ya no me quieras, 

también te doy a saber

que mi amor te ama deveras 

y tú no lo quieres creer.

Aquí todo está rimado con “r” y eso no lo han observado ellos, entonces como que se van descomponiendo.

En La Presumida también el mero verso dice:

Yo miré a una presumida 

bailando con un soltero, 

andaba muy divertida

a él le sonaba el dinero, 

ella le decía: mi vida

¡Ay, señor, cuánto lo quiero!

Y ya me lo cantan de otro modo. Los del (Trío) Tamazunchale repiten dos veces “presumida”, Los Camperos lo cantan de otro modo y lo real es así. En el Cielito Lindo tienen un verso Los Camperos muy bonito:

De mi San Luis Potosí, 

cielito lindo,

les doy detalles 

tierra donde nací,

 cielito lindo

mi lindo Valles 

mi lindo Valles 

es cosa cierta

porque Valles es puerta, 

cielito lindo

de la huasteca.

Y ya no está la rima: “huasteca” con “puerta”, y ahí tienen las palabras, en lugar de que digan: “es cosa cierta” que digan: “porque de la huasteca / cielito lindo/ Valles es puerta”. Ahí están las dos cosas: rima y contenido, y está bien hecho porque sí está bonito ese verso.

Ahí en Tempoal, cuando nos hicieron el homenaje, había un concurso de composición de trovos. Como yo estaba de jurado, antes del concurso, les dije: Quiero que quede claro que no todos van a ganar, va a ganar uno, el que haga mejor las cosas, porque puede venir un trío de un rancho y trae porra y quiere ganar porque trae porra, que porque trae muchos que griten y le aplauden. En el huapango huasteco hay que repartir bien las palabras, si le pone más larga la palabra, le sobró caldo y le faltó pitanzas, como dicen aquí a la carne.

El otro día dijo uno un verso que dice:

Al otro lado del río 

oí cantar una ceiba, 

y en el cantido decía:

cuando mates tu puerco 

me das un elote.

Ni rima ni mensaje y yo lo oí. Le voy a poner un ejemplo de un verso con rima y mensaje:

Pues va de gustos a gustos 

en la nación mexicana, 

aunque les cause disgustos 

en tierra veracruzana,

me gusta Llano de Bustos, 

Tampico Alto y Ozuluama.

Ese es un verso con rima y mensaje. Ahí en Pánuco me tocó como jurado de tríos en composición y la maestra jefa del jurado, que venía de Bellas Artes, con todo respeto, cuando pasaron en plan de calentamiento Los Caimanes de Tampico, me dijo: “A estos los vamos a mandar al último lugar”, ¡y todavía no concursaban! Le digo: “¿y por qué?”, “Porque son profesionales”. Le digo: “Pero el público no sabe ¿Qué va a decir el público?: ¡mira qué jurado, no conocen!; a los mejores los está mandando al último”. Así nos fuimos y me preguntó: “¿Usted no va a calificar?” “No —le digo—, porque lo que ustedes hagan lo firmo nada más, porque veo que no vamos a salir de acuerdo”. Elaboraban los trovos y unos muy bien y querían dar el gano al trío de Huejutla porque ellos trovan los tres, y digo: “No trovan, contestan —le digo—, ¿qué califica usted?, cantidad o calidad”. Para mí uno le gana a cien. Uno que haga bien las cosas le gana a cien que hagan mal las cosas. Y fue como le saqué el campeonato a Los Caimanes porque los versos de Martín Godoy estaban más bien hechos y sería un error para mí, conociendo las cosas, no decirles cuál era el que estaba haciendo mejor las cosas. Por eso matan los concursos.

Los tiburones van a comer mucho verso

De la improvisada nosotros nunca pensábamos a dónde íbamos a llegar, pero en Las Mañanitas, en cualquier fiestecita en el rancho, yo le echaba versos a cualquiera, a veces hasta al gallo que iba pasando, así cosillas que eran tipo broma que nunca pensábamos que fuéramos a llegar a alegrar gente tan importante como don Fidel Castro, que anda más en Cuba. Y la primer vez que ya nos vio el público en un quiosco en Pánuco fue en 1952 en la gira de don Adolfo Ruiz Cortines, como candidato a la Presidencia de la República. Todavía me acuerdo de los versos que le canté, me acuerdo de uno que le gustó mucho porque le dije:

Mi Pánuco orgullo siente 

cuando lloran sus violines, 

le digo a toda la gente:

para alcanzar nuestros fines 

sólo con un Presidente 

como Adolfo Ruiz Cortines.

Ese verso le gustó mucho y me pidió todos los versos que le canté, que se los escribiera. Por ahí en una refresquería los escribí y se los di a uno de sus guardias y dijo: “No, lléveselos usted, él se los pidió”. Se los llevé personalmente y me regaló 50 pesos en 1952. Con eso me llevé a tomar café con pan a toda mi gente del ejido. El pan valía 10 centavos la pieza y la taza de café 15 centavos y, con 42 pesos, tomamos café con pan todos y nos sobró dinero de los 50 pesos.

Con don Luis Echeverría anduvimos en varias naciones, pero la más importante fue Cuba, por que casi hablan igual que nosotros, aunque medio mochito. En Estados Unidos cántate un verso y hay que traducirlo al inglés y como que pierde el sabor aquello. Nosotros allá con los cubanos nos entendíamos así como estamos ‘orita

Entonces me acuerdo que íbamos 82 mexicanos: iba María de Lourdes con el Mariachi México; el maestro Miguel Vélez Arceo llevaba el folklor veracruzano bailando el Chul, Matlachines, el huapango y nosotros acompañando la cosa del huapango. Eramos ochenta y dos gentes y llevaban a Rutilo Parroquín que era el trovador jarocho de allá del Santuario, Veracruz, ese era el que iba a trovar en plan de representar a México o a Veracruz en Cuba. Pero como que está difícil allí, ya ve cómo Tres Patines habla en puros versos… Andaban unos señores con su pañuelito aquí y hasta decía yo: “Bueno, ¿y esos qué?” ¡son los de la controversia! Yo no sabía que eran los que iban a contradecirse con Rutilo.

Yo iba como músico, no como trovador, pero el Gobernador que teníamos en Veracruz, don Rafael Hernández Ochoa, estaba cerquita cuando Rutilo empezó a patinar porque don Raúl Castro le dijo: “Mira, ¿quieres echarte a la bolsa a mi hermano?, recuérdale cuando estuvo en Tuxpan, eso le gusta mucho”. Ya empezó a patinar que el Tuxpan de Rodríguez Cano y se atrancaba y le daba. Entonces me habla el Gobernador: “Mira Camalote ven, cuando tú vayas le dices, no estuvo en Tuxpan, estuvo en Santiago de la Peña”. Le digo: “A ver si puedo” “Yo sé que sí puedes, yo por mí pa’que traíamos a aquél —dice—, pero ya lo trajimos”.

Bueno, nos tocó actuar. En mi verso primero es siempre sacar la atención, entonces dije yo el primer verso:

De Pánuco tierra mía

yo soy de los trovadores, 

cubanos yo les diría:

como buenos cumplidores, 

pa´ Castro y Echeverría 

venga un aplauso señores.

Ya saqué el aplauso. Entonces Velez decía que el que sacara más aplausos en la actuación, ése era el que iba mejorando su posición artística. Entonces el gobernador me pidió que cuando fuéramos a actuar que yo le dijera a Castro que no había estado en Tuxpan sino en Santiago de la Peña, entonces le dije yo:

Hoy mi canto lo saluda

y creo que nunca lo olvidas,

es cierto, no cabe duda

que entre las gentes amigas 

México y la Habana Cuba 

son dos naciones unidas.

Y otro aplauso. Entonces si ya dije aquí va el encargo del Gobernador dije:

De Castro les doy la seña, 

cuando su guerra empezó 

dice la gente tuxpeña, 

porque en México vivió, 

que en Santiago de la Peña 

ahí fue ‘onde se embarcó.

Allí fue cuando se fue a pelear contra Batista, entonces eso le gustó mucho a don Fidel. Nosotros teníamos una orden del director de que nadie se fuera a pasar de listo a ir a saludar a don Fidel.

Había que terminar la actuación y luego íbamos todo el grupo, pero éramos 82 y para tomarse una foto con él estaba difícil; pero él se viene sobre nosotros ¿cómo corríamos?, no teníamos mas que encontrarlo, nos abrazamos. Ya don Luis le dijo: “Mira Fidel, estos son los trovadores huastecos que tengo allá en Pánuco, criollitos de la huasteca”.

Esa foto estuvo más de un año en Jalapa, grande esa foto. Yo la tengo allá en mi casita que es la de ustedes. Esto fue entre ‘75 y ‘76. En el avión nos pidieron que los alegráramos. Yo pensaba que en el jet no se podía mover porque se ladeaba. Teníamos parranda allí tocando la pura jarana y el violín. Entonces dice el Gobernador: “¿Y por qué el de la guitarra no los acompaña?” entonces mi compadre le dice en broma, “Dígale al chofer que pare el avión para sacarla, porque va abajo en el equipaje,” entonces le dije un verso:

Este viaje es mi ilusión 

nunca lo podré olvidar, 

lo que siento en el avión, 

de que si llega a fallar, 

ya no vuelvo a mi nación

me voy a quedar en el mar.

Decía el del arpa, el compañero Rutilo, decía: “Los tiburones van a comer mucho verso”. Después ahí va Rutilo molesto por que lo habían apantallado los cubanos. Entonces en un verso también de broma, le dije yo:

En mi Veracruz vacilo 

para eso de la trovada, 

pero acá me salió filo 

la gente es muy preparada, 

viste al pobre de Rutilo

le dieron su revolcada.

Y entonces decía el del arpa, Mario dice: “Ni le muevas que va bien enojado”. Rutilo ya falleció, pero él siempre buscaba colocarse. Le presentaron a Jacobo Zabludowzki y luego no quería hacer otra cosa que andar detrás de él, tanto que yo me di cuenta que don Rafael Hernández Ochoa le dijo: “Vienes con Zabludowzki o vienes con nosotros”. Nomás porque era mucho mandar un avión a dejarlo y tuvimos que aguantarlo hasta que nos venimos.

Una vez me pasó un detalle en Pánuco con una cantadora que se llama Rosita del Ángel que por su buena voz y cantando le dicen La Charra, y la otra es mi comadre Emma Maza que está en el disco con los Cantores del Pánuco. Entonces mi comadre Emma tiene un verso que aplaca a cualquier cantador; ellas defendiendo a la mujer y el cantador atacando a la mujer.

Entonces ella al último tiene un verso que dice:

Emma Maza con honor 

defiende su ser sagrado, 

no seas ingrato y traidor,

por la leche que has mamado 

la mujer es lo mejor.

Con eso aplacan a cualquier cantador. Entonces esa vez me agarré con ella y dije, con eso me va a querer aplacar. Entonces más o menos me previne. Pero lo que más me molestaba es que Nacho Coronel, hermano de Juanito de Los Cantores del Pánuco, estaba mirando aquello, dije: “Aquí sí me apantalla, Nacho es el jurado”. Cuando ella me cantó ese verso que le contesto:

Esa es la época aquella, 

ahora ya no hay cariño, 

por presumirnos de bella 

ya no le dan pecho al niño, 

ahora mama una botella.

y entonces ya no me contestó y le digo:

Yo no te vengo a ofender 

y ni tampoco te riño, 

pero debes comprender

que la que le da pecho al niño 

pues se siente más mujer

y le tiene más cariño.

y se viene Nacho a felicitarme “yo aquí tenía que oír algo bueno”, dijo.

En Navolato, Sinaloa, me presentaron un jarocho, que tuviera yo una controversia con él y le digo “No, no se puede porque él canta jarocho, yo no puedo cantar jarocho, yo canto huasteco y él no canta huasteco y se va a ver mal”. Él era de un lugar que se llama El Viejón acá en la costa. Me dijo: “Yo canto El Querreque, ¿nos agarramos?”, “Bueno”, y que nos agarramos. Le dije:

Te demuestro mi amistad 

yo no te vengo a ofender, 

háblame con la verdad

porque yo quiero saber 

me digas cuál es la edad

cuando uno empieza a envejecer.

Entonces los compañeros le decían que a los 30 años, no que los 35, que bien conservado. Entonces él me contestaba “cuándo se siente” y yo estoy preguntando “cuándo se empieza”. Entonces se la tuve que decir yo:

Veo que en nada me ofendiste

¿por qué me voy a ofender?, 

la pregunta que me hiciste 

te la voy a hacer saber, 

desde la hora en que naciste 

empezaste a envejecer.

Después me empezó a atacar, que yo estaba gordo, que sacaba siete latas de manteca… echándome. Yo lo estuve dejando. Ya cuando según él se había sacado muchos aplausos, le digo:

Para alegrar la reunión, 

ya bastante te has burlado

te burlas que estoy panzón 

porque tú no has engordado;

¿y sabes porqué razón? 

porque tú estás afectado.

y que se enoja y el que se enoja pierde. Primero me levanté por delante para irlo frenando porque era muy grosero, le dije:

Como buen veracruzano 

yo te voy a contestar

y te pido de antemano 

no me vayas a faltar,

que yo con mi pecho sano 

soy muy decente en cantar.

Y me dijo que sólo que no fuera veracruzano no aguantaba groserías. Entonces le digo:

Sí, somos veracruzanos 

Pero no somos groseros

y a donde quiera que andamos, 

como humildes huapangueros, 

todo el tiempo nos portamos 

como buenos caballeros.

Hay palabras para hacer las cosas sin ofender.

Una vez doña María Esther Zuno nos llevó disfrazados de inditos, vestidos de manta para una película, que era netamente para el extranjero, que hasta nos decían “indios panzoncitos”. Porque nos vistió de inditos, pero todo eso se fue al extranjero. Tocando y echando verso, pero todo se fue a una filmación de una película para el extranjero. Nunca la vimos.

Mi compadre Lucio que es muy dicharachero, si va en la bicicleta y ve una raya dice, a lo mejor es la mía, y se regresa. Todos tenemos nuestra rayita en la que vamos a terminar. El cura yo lo oí una vez cuando un muchacho se accidentó y en la misa dijo: “Todos dicen: si no va no le pasa nada, él se iba a morir porque allí estaba su rayita”. Entonces por eso me baso yo, y fuera donde fuera, él iba a terminar. Dice:

Las vidas son puras rayas 

Para que nadie se sienta, 

La muerte no tiene fallas, 

si a buscarte se presenta 

te darás a las malhayas,

donde te escondas te encuentra.

¿A dónde se puede esconder que no le encuentre? Ya está que allí va a terminar y allí, así es.

No nomás el oro brilla…

De los músicos que yo conocí, con aquella facilidad de dedos, el Treinta Meses. En una cantina le hacía maravillas con los dedos como lo hace Heliodoro Copado; pero repartiendo un huapango para bailar como se acostumbra en Pánuco, Sinecio González fue lo máximo. Tocando el violín para bailar un huapango él sabía repartir los pasos cuando le dan el cambio de la mudanza. Eso era muy importante dentro del baile y eso lo hacía muy bien. De los músicos de violín hay muchos que se ponen a ensayar la tonada del huapango, y a él le gustaba ensayar entradas y salidas. Hay muchas entradas del huapango que todavía son de él. El que anduvo conmigo, Genaro Martínez, le agarró algunas muy importantes. Nomás que se fijen, el Trío Tamazunchale tiene muchas terminaciones de muchos huapangos que no le terminan con música, los terminan tipo mariachi: ay, ay, ay. Entonces como que le sacatean a terminar tocando. Digo, no vengo a hablar de ellos. Esa es su costumbre, eso es muy de ellos, pero el huapango tiene su salida con música. Entonces eso lo ensayaba Sinecio. Eso es muy de él.

Yo siempre lo recuerdo, músicos hubo muchos buenos y todo, pero en su especialidad para bailar, Sinecio González. Murió muy nuevo a la edad de 48 años. Originario de Pánuco, hijo de don Albino González que era el guitarrero y su hermano fue el dueño de la orquesta Albino González, la orquesta que tuvo en Tampico. Y Valente tocaba el tololoche también. Todos fueron músicos, nomás anda uno por allí que no aprendió, pero fue de una familia de músicos.

Yo conocí muchos jarochos: a los Zabaleta, aquellos Aguilar que por cierto se mataron allá en Pánuco en un accidente, estábamos en una feria. Nosotros tocamos mucho con Tomasita del Ángel la esposa de don Patricio Chirinos que fue el abuelo del gobernador que tenemos ahorita. Ella tocaba la jarana y cantaba muy bonito. Todavía por allí hay mujeres que cantan y bailan, pero que toquen ya casi no.

Yo tengo un verso que dice:

Son testigas estas canas 

de las cosas comprobadas,

cuando me querían las damas 

me acuerdo que sus miradas 

me servían de telegramas.

De cuando yo empecé a tocar, acá en Pánuco, el trío famoso que sonaba eran Sinesio González, Amado del Ángel y Sirenio Rivera: y a nivel de radio, y a nivel de la región eran los Cantores del Pánuco: Juan Coronel, Seferino Galindo e Inés Delgado. Esos eran los que más resaltaban.

Everardo Ramírez llegó después, cuando ya faltó Galindo porque le empezó a fallar la voz. Yo se lo he dicho a él y él lo sabe, puede ser hijo de nosotros tocando. Su papá se llamaba Epifanio Ramírez, era de Carbono, por allí.

La primera vez que nos escucharon fue en el quiosco de Pánuco, nos invitaron como campesinos y cuál sería la sorpresa de que habíamos ensayado La Huasanga para que bailaran unos chamacos que, por cierto todavía viven los dos, y que vamos viendo que bailaba don Camilo Guzmán con Genoveva Guzmán, la misma Huasanga tocando ese trío que le digo de Sinesio, Amado y Sirenio. Una diferencia, que ellos la llevaban en Sol y nosotros en tono de Re, más alta, más alegre. Pero traíamos pescuezo para hacer las cosas.

Entonces allí cambió tantito la cosa del huapango, en sentido que era el mismo, era la misma Huasanga, pero cambiada de tono. Esos eran los que se podían decir los mejores tríos. Y músicos de violín que conocí, Treinta Meses que era don Inocencio Zavala, pero casi nunca trajo trío organizado.

Después se metió con Los Cantores echando violín, pero yo cuando lo conocí era un señor grande, suelto, que tocaba con cualquiera, no como yo que he sostenido al Trío Camalote durante cuarenta y nueve años. Siempre a donde andamos, Camalotes y nunca me hallan por allí con otros que no sean mis compañeros aunque sea una hora.

Una vez nos hicieron un homenaje allá en Pánuco de puros trovadores, de los que cantan el huapango. Entonces me acuerdo de un verso que dice:

Ser músico es un problema, 

sufrido en ciento por ciento, 

porque aunque tenga una pena 

o lo agobia un sentimiento, 

cuando su instrumento suena 

demuestra que está contento.

Así pueda dejar un problema en la casa, su mujer muy mala o no sé, pero él en la fiesta tiene que estar como dice El Gusto:

Ya vine ya estoy aquí 

hasta que por fin volví 

para cantar el huapango 

el que más me gusta a mí.

Ese es un verso que me gusta cantarlo mucho en El Gustito porque es un huapango muy bonito y cada quien tiene su gusto. Algunos dicen: “Tócate el rey de los huapangos” ¿Cuál? “La Presumida”, otros que “El Cielito Lindo”, otros que “La Pasión” y cada quien tiene…, Fíjese que mi compadre Nicandro Castillo, el compositor de Las Tres Huastecas, puso a tocar El Zacamandú a todos los violinistas en Pánuco y había uno de El Molino que es el que más le gustaba cómo lo tocaba. Aparentemente todos tocan igual, pero no es igual, no le dan el mismo sabor. Él siempre se acordaba —dice— Oye que bonito toca el Zacamandú Hermilo Gómez, el papá de mi compadre Tomás Gómez que está en Victoria. El tiene una escuela de músicos de violín, chamaquitos tiene.

En El Zacamandú hay una paradita y hay que entrarle. Como le dije no vengo a ofender a nadie, pero lo cierto se habla; aquí hay tríos que en esa paradita dejan pasar tiempo. No digo que entren fuera de tiempo, pero dejan pasar un tiempo y nosotros allá se va uno derechito. Eso lo hacen en Valles, Tamazunchale…

De los bailadores, allí en Pánuco el que más ha salido por donde quiera es don Raúl Pazzi Sequera. Pero en los ranchos o como acá, Justino del Ángel que era de San Nicolás. Ese bailaba de aquí pa’ rriba silencito, para abajo lo que movía eran los pies. Arriba podía traer un vaso. Una especialidad bailando él, y mi compadre José Ortega de Chaquisí, que nada más lo conocían como el Negro Chaquisí, también bailaba muy bonito. Hubo muchos bailadores. El Molino fue muy famoso por sus bailadores, pero no eran de allí, venían de los ranchos.

Yo he visto que hay gente que salen a buscar, a rescatar nuestras raíces, nuestras costumbres y eso está ayudando. Eso no lo habíamos visto y sirve para que la juventud vaya agarrando cariño, porque esto es lo de nosotros. La música extranjera está como los idiomas, en lugar de aprender el náhuatl que es lo de nosotros, quieren aprender el inglés; porque allí hay más manera de conseguir trabajo, de conseguir billete. Así en la música.

Yo vi un reportaje en una revista donde medio se ponen en controversia Tito Guízar con Raúl Velasco, adonde le dice: “Tú te preocupas por sacar adelante artistas por su bonito cuerpo, y si son hijos de otro artista, eso es lo que te interesa, pero tú no te interesas por los talentos que valen más. Hay gente humilde que trae muy buen talento para hacer algunas cosas, eso no lo toman en cuenta”. Y eso es lo que él reclamaba y yo creo que sí. Como dijo el difunto Tariácuri, “No nomás el oro brilla, brilla más el pensamiento,” y eso son cosas muy bonitas.

En aquellos carnavales que se hacían en Tantoyuca, en la plaza me encontré a un señor, don Ignacio se llamaba. Me empezó a platicar la vida del viejo Elpidio. Decía que era nativo de Xoxocapa, municipio de Ilamatlán, Veracruz, caminaba doce leguas sobre el estado de Hidalgo, a ver a un español que se llamaba Salvador Murillo. La hacienda se llamaba Crisolco, donde vivía el español. Ahí iba el Viejo Elpidio a aprender el fandango español. Pero murió el señor y no aprendió bien. Por eso pensamos que el huapango es como una degeneración del fandango español. Y como le dije endenantes, cada huasteca le estiliza a su modo. Para nosotros, gente como el Viejo Elpidio son los pioneros, más atrás no sabemos. Pero para mí fueron los pioneros que sacaron el huapango para que nosotros siguiéramos ese camino, pero de ahí para atrás no sabemos. Y eso mismo lo ratifica mi compadre Nicandro Castillo, que lo que dijo ese señor era verdad. Él conoció al Viejo Elpidio, trabajó con él.

Yo oí una entrevista que le hacían a los Alegres de Terán. Ellos decían “Los Cadetes de Linares, Los Tigres del Norte, todos ésos, posiblemente sean mejores que nosotros, pero que reconozcan que nosotros hicimos la brecha pa’que ellos caminen. Abrimos la brecha con nuestra música norteña.” Así como ellos que también se sienten los pioneros de la música norteña, así nosotros reconocemos a El Viejo Elpidio, a mi compadre Nicandro Castillo, al difunto Roque… ya todos se adelantaron en el camino. Ellos son los pioneros de nuestra música huasteca.

 

 

 

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Las bailadoras del Sur

La Manta y La Raya # 12                                                             marzo 2021 ________________________________________________________________________

Las bailadoras del Sur

 

Rubí del Carmen Oseguera Rueda

 

Agustín Estrada

 

 

Parte de mi historia es que soy formado parte de una familia de músicos, bailadoras y cantadoras tradicionales de la región de los Tuxtlas, de una ranchería que se llama El Hato, municipio de Santiago Tuxtla. Los orígenes de mi familia paterna están ahí en ese caserío y mi madre es originaria  del istmo de Tehuantepec en Oaxaca, nací justo en esta zona del sur de Veracruz, punto constante, estratégico, de confluencias de muchas culturas y tradiciones (frontera con Tabasco, Oaxaca y Chiapas y la colita de Veracruz) entonces imagínense la diversidad cultural. Todos estos elementos nos ha formado como gente del sur, como habitantes de esta región.

Ustedes, que han estado aquí, todos estos días, han podido observar que Veracruz es todo esto y muchísimas cosas más. Para mí es muy importante ser bailadora de son jarocho pues ahora lo entiendo como un destino. Empecé a bailar muy chiquita, en los fandangos, aprendiendo de la abuela, de las primas y tías, porque en el rancho no había otra música que para bailar y poco a poco fui teniendo y entendiendo el sentido de una bailadora. Más adelante cuando estudie antropología, me di a la tarea de investigar los porqués del baile, de las bailadoras, ¿cuál es el significado? ¿Cuál es el sentido de ser una bailadora? Porque siempre vemos en los fandangos tradicionales a bailadoras viejas y no a jóvenes y ahora es al revés, hay más bailadoras jóvenes que bailadoras viejas. 

Hubo una época de mi vida fandanguera en que me tocó ver que las mujeres no querían ser bailadoras, sobre todo las jóvenes, que venían de la ciudad a formárse en los fandangos; no querían ser bailadoras porque les molestaba que los hombres les cantaran. Este “movimiento” femenino empezó a inquietarse por el canto y por tocar la jarana, de repente, no había bailadoras o éramos muy pocas, por eso hubo muchas confrontaciones entre mujeres que están en contra de bailar. Yo nunca tuve conflicto con eso. Para mí bailar renovar la tradición, bailar no es solo movimiento, bailar tiene que ver con la historia y con trasmitir lo que nos han heredado los abuelos. No es que ellos te sienten y te digan: “A ver mi hijita te voy a dar la clase de zapateado”.  Más bien es conviviendo con ellos que uno aprende. Mi historia también fue así, sin que nadie me explicara; fui de curiosa, preguntando, de metiche con las abuelas todo el tiempo con las abuelas y gracias a las herramientas metodológicas, que me dio el estudiar antropología, fui generando mis propias hipótesis.

Hace un momento, comentábamos con los compañeros, que se ha estandarizado muchísimo la forma de bailar y zapatear, una cosa es el escenario, que tiene que ver más bien con un trabajo, con el desarrollo más bien de la percusión y otra parte, que es la que a mí me interesa, es la del fandango, de la tradición, de cómo llevarlo a cabo a nivel musical. Lo mismo en las mujeres, es una gran responsabilidad ser bailadora, el zapateado es el corazón del fandango, las mujeres que se suben a hacer la percusión, tienen que tener un latido y muchas de las bailadoras lo hemos perdido. De saber llevar el golpe; por eso todo está tan cuadrado y queda solo el “café con pan” (dos golpes con un pie y uno con el otro). Esto se ve por la estandarización de los talleres, por desconocimiento, por no acercarse a preguntar. Por eso como buen corazón de fandango, no se debe de tener un mismo latido, el golpe fuerte está en una parte, uno debe de encontrar su punto fuerte. Muchas veces hemos oído que la gente dice que todo suena a Pájaro Cú y es por lo mismo, porque no entendemos ese golpe orgánico de cada son y de ser conscientes, uno tiene que pensar, saber qué son se está bailando para entonces agarrar el golpe. 

Otra cuestión que ha caído en desuso (que tiene que ver con el trabajo de investigación que desarrollo) es el de que la tarima; que es un espacio teatral,  un espacio escénico y comunitario, donde los bailadores personificamos con nuestro cuerpo, con nuestros gestos, lo que narran los cantadores, por ejemplo en La Guacamaya, las mujeres tenemos que volar, tenemos que imitar el vuelo de esa ave. En El Pájaro Carpintero desarrollamos todo el trabajo del carpintero, volar alrededor del árbol e imitar con el zapateado el sonido que hace el Carpintero, en El Toro Zacamandu, (son fuerte que se baila de a parejas), cuando te subes a bailarlo te subes a un duelo, no subes a hacerte el chistoso o chistosa, sino que te subes a enfrentarte a todo esto que es la naturaleza que es muy fuerte, entonces vas con toda una historia, con todos tus elementos que tienes en la danza y en tu propia vida y con tu paliacate vas creando formas para no dejarse embestir por tu pareja. Uno tiene que crear a partir de las formas tradicionales. 

Hay muchos sones que teatralizamos, pero esto ha caído en desuso, entonces los fandangos se vuelven monótonos y aburridos y no hay diferencia entre bailar un Pájaro Cu o un Carpintero o una Morena. Las abuelas se quejaban mucho de que ya no se volaba o de que sacaban el butaquito, y esto era porque la gente que observaba se burlaba.

Los fandangueros de hoy somos muy pocos, por eso es muy importante que las mujeres y hombres que estemos haciendo un trabajo musical, lleguemos a la tarima como a un instrumento, que es la percusión mayor del son jarocho, por eso debemos de saber cuáles son los volúmenes, los timbres de nuestro tacón. Primero empezar de la tradición y después desarrollarnos y también tenemos que tener elementos musicales para poder llevarlo a cabo.

Esta zona del sur es muy peculiar, el son jarocho es como un árbol y cada rama representa a una región en particular en la cual se canta, se baila o se toca de diferentes maneras. Hay lugares como la sierra de Soteapan, pueblos nahuas y popolucas que no existe el concepto de género, como en los sones de a mujeres que allí no lo bailan solo las puras mujeres, sino que lo bailan mujeres con hombres y hasta hombres con hombres. Cuando hemos ido a la mayordomía de San Pedro Soteapan y se tova un Pájaro Cú  o en un Siquisirí se suben 4 hombres a zapatear y no bailan de frente sino que siempre bailan en círculo y tiene que ver con su cosmogonía indígena que existe en esa región. 

En la Cuenca del Papaloapan existe una dotación de sones que solo se tocan allí, como el Fandanguito y El Jarabe Loco, aparte de la manera muy particular de ejecutar los sones. Entonces, las personas que nos interesa el baile, debemos de ser muy observadores los que nos interesa el baile y ver primero. Observar en qué región estás pisando y sobre eso conciencia del lugar donde estamos y no estandarizar las formas, porque el son jarocho parte de su magia y riqueza que es la diversidad y todos somos totalmente diferentes.

Entonces empezamos con que el son jarocho es un gran árbol que tiene muchas ramas, las variantes regionales para empezar y luego dentro de las variantes, las familias soneras que tienen estilos particulares de tocar, de cantar y de bailar el son y luego de eso nos vamos con los individuos, entonces nunca jamás un son será bailado igual que otro, porque cada uno es distinto. Como decía una abuela “cuando tú te subes a bailar un son, tú te subes a bailar tu historia”, Tu historia Rubí, tu historia Perry; y cada uno con su cuerpo, su forma y sus capacidades es como se expresa.

Les quería hablar también de las formas antiguas de bailar los sones jarochos. La tarima como espacio escénico, de teatralidad (trabajo que tengo hecho desde hace muchos años y que no se acaba, es demasiado porque existen todavía muchas cosas como decía Perry que no hemos descubierto, que no hemos investigado y se encuentran con muchos paralelismos de culturas de otros lados, tanto en culturas regionales como con otras de otras partes de América y del mundo, como África, y hasta con países del Medio Oriente). Entonces partimos de que la tarima es un arte, todavía tengo hipótesis y si alguien aquí tiene algo que quiera compartir respecto a eso, yo se lo voy agradecer muchísimo porque se dice que la tarima es más africana. Que los golpes, que la síncopa y que el tambor,  y yo no estoy tan segura. Pienso que la tarima es más bien indígena, que tiene que ver con un concepto indígena por la cuestión de la fiesta que se desarrolla alrededor de la tarima. En todas las culturas indígenas ancestrales (las culturas africanas también son culturas indígenas), se desarrolla el ritual alrededor de un arbol. Este ritual lo podemos encontrar en las danzas prehispánicas  y siempre es en forma de círculo. Se ha cuadrado un poco el son jarocho, pero en realidad anteriormente siempre ha sido circular o semicircular.

Partimos de que la tarima es el árbol y los que nos subimos a la tarima, subimos a ser parte de ese ritual, de comunicarnos con la madre tierra. Entonces nosotros los bailadores somos el medio para comunicarnos con lo que creemos que existe arriba (el cielo) y con lo que hay abajo (la tierra). Siempre en la tarima vamos a hablarle a ese espacio, se supone que la tierra es nuestra madre, ¿cómo le habla uno a su mama?, pues yo a mi mama, la China, le hablo despacito y de buen modo porque si no, no se que me vaya a hacer, a contestar…. Entonces siempre hay que zapatear conversando con la tierra. No hay que, de repente, sacar unos zapatos con clavos y darle sin pensar, porque eso es una influencia de los ballets folklóricos que a su vez éstos lo traían por imitar a los grupos de flamenco, que ellos sí realmente lo utilizan (la técnica del flamenco tiene que ver con el gatilleo  y con timbres) y nosotros con nuestro baile jarocho, no necesitamos traer clavos, nomás nos vamos a mal matar, no lo necesitamos, nuestro sonido tiene que ser lo más natural y lo que esté más cercano a la tierra.

Si están en un proceso de experimentar, de buscar con los clavos y los timbres pues entonces sí, búsquenle, pónganle cascabeles a sus zapatos, yo he experimentado con ellos y suena rico, pero hay que saber usarlos. Entonces sabemos que el zapateado es el acto de hablar con su madre (la tierra) y lo hace con respeto. Nada de zapatear y alocarnos en la tarima, eso de que el que zapatee más duro es el bailador chingón, no es verdad; aquí no hay mejor ni peor bailador, aquí todo es lo que queramos dar.

El fandango en sus orígenes, según la historia, es una de las manifestaciones que de las castas, del revuelto del revuelto; en el siglo XVIII, era el último estrato de las castas; lobo, indio, cambujo, salta pa´atrás y el último de todos era el jarocho. Y por eso es que es tan rica nuestra música, por la diversidad. A veces parecemos venezolanos o cubanos, indígenas, dominicanos, y de todos lados parecemos; porque es ahí en esa mezcla donde el son jarocho nace.

El fandango es un espacio de diversión, festivo, de convivencia y aprendizaje, en donde todos sacamos lo que somos, lo bueno y lo malo. O sea todo el mundo llega al fandango como es. Pero sí hay una estructura, una base tradicional, que sí debemos conocer y que sí debemos respetar para llevar un buen orden. Un orden dentro del caos. Y es el espacio de distribución en la fiesta, la tarima siempre va al centro, las tablas van acomodadas de tal manera que las bailadoras/res no estén dando la espalda a los músicos. Eso es muy importante porque si no el cantador ¿a quién le canta? 

El espacio es muy importante porque si no las bailadoras tienen su rollo por allá, los cantadores por aquí, entre que pelean también su verso y entonces el círculo no se cierra, la media luna ya no se genera y si eso no pasa la energía no es la misma. Las tablas tiene que ir acomodadas horizontalmente y las bailadoras deben de tener su espacio, tanto en el baile como de descanso.

Antiguamente se ponían dos hileras de sillas o bancas, ubicándose primeros las viejas bailadoras, luego las que más o menos sabían y en la colita nos sentabamos las muchachas; esos espacios son importantes de conservar porque son los que van manteniendo la fiesta. Todos ayudan a mantener una unión.

Como dicen los músicos “si no hay bailadoras pa´ que tocamos”. Ahorita los jóvenes no dicen eso, es más bien una vitrina de vanidades, de que me aprendí esta pisada y quiero explayarme y quiero que todo el mundo escuche mi súper armonía. Pues eso ya no es un fandango. Eso forma parte de otra cosa que puedes ir a hacerlo a un escenario, pero en un fandango uno tiene que conservar esos elementos tanto de ser tú, como individuo y cómo me integro y llego a formar parte de una comunidad, de un colectivo, y juntos nos disponemos a festejar y a recrear una tradición.

Sabemos que hay sones que bailan las mujeres en las comunidades más mestizas y que en la comunidades indígenas esa diferenciación no existe, ahí bailan todos con todos. Tampoco importa la hora de entrada ni de salida. Pero nosotros acudimos más a fandangos mestizos y urbanos, muchas veces y tenemos que ser más conscientes de eso y que no es al revés, de hacer fandango por hacer fandango, porque hoy amanecí con ganas de hacer fandangos. El Fandango tiene un motivo y tenemos que conservar esos elementos para decir que esto es un fandango si no es un “reven” o es otra cosa; un fandango es cuando hay una tarima, cuando hay música de cuerdas con la dotación jarocha, cuando hay instrumentos, canto y comida. Eso es un fandango.

Rubí hace una pausa y empieza a dialogar con los oyentes, pregunta por los sones de pareja y por los de a montón, que son solo de mujeres. Hablamos de su temática y de lo que cada uno representa. Rubí nos cuenta la manera de personificarlos, para que cuando estemos en la tarima sepamos representar a los sones que se ejecutan. 

El Butaquito: Antiguamente se jugaba al butaquito, al asientito o las sillitas, que era formar una especie de asientito donde subías al chamaquito y lo acarreabas  de acá para allá. A alguien se le ocurrió que quedaría bonito hacerlo en el son y así se creó y hoy forma parte de la tradición. El de agarrarse de la cintura y girar, tiene que ver con antecedentes netamente españoles, que así bailan las sevillanas en la actualidad, simulando un son mucho más antiguo que el butaquito.

La Morena: Cuenta Doña Adela Cazarín, (mujer de Minatitlán que emigro de Hueyapan de Ocampo, de una comunidad llamada El Coyol, debido a que en los años de 1940 hubo una migración muy fuerte hacia Minatitlán y Coatzacoalcos) que los fandangos que se hacían allí se hacían con la gente que había emigrado por la industrialización, por  Pemex y las vías del ferrocarril. Esta maravillosa mujer, que todavía vive, es de las más lucidas en cuanto a coreografía o teatralización en el zapateado, nos cuenta que en la mudanza, cuando dice “Adiós adiós mi morena adiós”, una debe de tocarse el corazón y dárselo a la tierra, ofrecerlo al cantador, ofrecerlo a nuestra madre o a nosotras mismas. A mi si me tocó ver en los fandangos de Minatitlán a las bailadoras viejas como la Chata Méndez, Doña Alejandra Ramírez y a Doña Adela Cazarín que eran las meras buenas, las doñas del fandango, que se arrancaban literalmente el corazón y si había un músico por ahí o cantador, iban y le prendían el corazón. Esos gestos eran muy bonitos. Doña Adela también decía que el corazón está en el pecho, donde uno siente cosas bonitas o cosas feas. No sentimos en el corazón, sino aquí en el pecho, ese es tu centro. Los viejos músicos cuentan eso, que enamoraban con la música, y que así conquistaban a su compañera, antes tenían prohibido acercarse a una muchacha y no podías decirle nada, ni en el fandango, solamente con música o con versos las enamoraban, y luego pues buscaban la manera de irse con ellas, luego de varios fandangos.

 

El Pájaro carpintero: Como me lo enseñó Doña Adela Cazarín es que uno debe imitar el vuelo de este pájaro que nunca está quieto, que siempre está buscando un árbol en donde hacer su casita. Cuando encuentra el árbol le da como tu taconeo, por eso cuando lo bailamos suena así. El desplazamiento en la tarima es circular, nunca bailas en un mismo lugar, siempre girando y dando vueltas, en rotación y traslación. Claro que eso marea, aparte de que todos tenemos miedo de caernos de la tarima, por eso las que bailan El Pájaro Carpintero son las que saben, las que tienen más experiencia en el baile. Una se sube a representar el vuelo de ese pájaro, no se sube a lucir la falda. Nuestro árbol es la tarima y vamos haciendo la labor del [pájaro] carpintero. Lleva una parte muy importante  ya que es de los sones que no lleva estribillo, entonces no tiene mudanza.

La función del son es para ridiculizar o exaltar. Es como una tribuna, lo bueno, lo malo, lo negativo o lo positivo, entonces por ejemplo en el son de El Presidente se hace alusión a un presidente de esa manera. Igual en El Borracho que también se debe saber bailar. A algunos no les va a costar nada hacerse de borrachos, pero tienen que zapatear. Hay dos o tres bailadores que lo hacen bien; en la región de los Tuxtlas están los Baxin o Andrés Moreno. Ellos son buenos bailadores y solo en esas zonas se toca. Lo tocan en muchos lados pero que te lo sepas no quiere decir que forme parte de los sones de esa región, del repertorio de esa tradición.

 

El Ahualulco: Es un son de cortejo, donde uno corteja a la bailadora. Antes en el fandango no se le  podía decir algo a la bailadora, se desarrollaba todo un lenguaje de gestos y símbolos. Este es un son de los pocos que quedan de arrieros, si escuchamos la versada habla mucho de Guadalajara y del Bajío y  de Michoacán  y toda esa zona. Son sones que nos llegaron a través de los arrieros y que se quedaron en Veracruz, justamente en esa zona de los Tuxtlas donde era el paso de mulas y de todo el cargamento que venía. La manera de bailar tiene que ver con una polca, como se bailaban es esos tiempos los sones.

 

El Jarabe Loco: Tiene que ver con las contradanzas, por el molinete que hacen, y por como giran en la coreografía y hacen el desplazamiento.

 

La Tuza: Dice Doña Adela que uno se ponía como una tuzita, tratando de imitarlas. Es bien cansado pero es bien bonito convertirse en tuzita. Otra manera es (como la tuza se mete en donde está el maíz a comer o debajo de la cama cuando tu estás dentro de las casa) es azuzar a la tuza, como: ¡sáquese!,  para que salga, entonces comienzas aplaudir, o con un chilillito o con un paliacate que tengas lo mueves para amenazar y que se salga la tuza de donde anda. Esas son sus dos formas.

 

La Culebra: En la actualidad es de los sones que no están dentro del repertorio del fandango pero es un son de recopilación. No hay testimonios directos de gente que haya bailado La Culebra, pero si hay escritos que dicen como se bailaba y  era pues simulando a una culebra. 

 

La Sarna: Es un son que hace honor a los climas de Veracruz,  ya que por todo te da comezón. 

Sarnícula emperadora 

madre de las comezones,

ven y ráscame un poquito

debajo de los calzones

En el estribillo las mujeres hacen referencia a la comezón rascándose y se salían de la tarima y comenzaban a rascar a toda la gente, simulando como que uno le pasaba la sarna a otro. Antes era muy bonito ver toda esa dinámica. En la actualidad, las mujeres no quieren representar a este son, porque les da pena teatralizarlo como tal; cuando cantan: “debajo de los sobacos” – dicen que no tienen sobaco.

 

La Iguana: Dentro de la región jarocha, este es un son de los llanos de Nopalapa. Muchas veces hemos visto que el bailador se tira al piso y comienza a zarandearse como tal, pero esto no significa que sepa bailarlo; el hombre debe de convertirse en una iguana; debe saber representar al reptil. Para eso debemos de observarlo mucho, en su hábitat y en su cotidianidad. Tiene una cadencia muy especial y va cayendo y va cayendo. Vemos actualmente en muchos fandangos que lo representan sacándose la camisa y brincoteando; esto proviene del Estado de Guerrero en donde así se baila este son. Los Baxin bailan muy bonito este son porque tienen una profunda convivencia con ese animal. Hacen todos sus movimientos, ponen sus huevos  y se ve bien bonito ver cómo los ponen mientras bailan. Las mujeres solo acompañamos, moviendo nuestras faldas.

 

La Indita: No es un son del sur, yo lo aprendí a en El Hato con Tía Juana Utrera. Ella me decía que en ese son se debe de hacer la reverencia (saludo a los cuatro puntos cardinales), o sea que saludas con tu pie y vas girando. No se zapatea fuerte, más bien son pasitos suaves como de comunicación con la tierra. Decía que cuando se empezaba el estribillo  “ hay indita indita indita” te parabas frente a los músicos y era a los primeros que hacías la reverencia.

 La Manta: Antiguamente se hacia el fandango de cocineras, un  día previo a la boda, después del fandango, llegaban unos jaraneros expresamente a acompañar a las cocineras en su vela y cuidado de la comida que se seriviria al día siguiente. Me tocó ver en la región de Hueyapan y en la localidad de Minzapan, que en los fandangos de cocineras, las mujeres sacaban una especie de  sabana o un trapo y bailaban con ella de forma muy lúdica y en “doble sentido”. 

Hay testimonios que narran que las mujeres, de la Cuenca de Papaloapan, tejían su colcha o mantel para sus nupcias y esta representaba toda su labor y  toda su historia. Como la película “ Como agua para chocolate” donde vemos que Pita, el personaje, pasaba toda su vida tejiendo una colcha para cuando se casara. En el fandango de las cocineras bailaban con ellas durante un son. No especifican que fuera el son de la Manta. Fue entonces, que a partir de estos testimonios y vivencias que yo incorporo y aporto el elemento del movimiento del rebozo y el paliacate al son de La Manta

 

El trompo: Durante el este estribillo se hace como que enrollas un trompito y le das vuelta. Tú giras también como un trompito. O sea que con las manos enrollas  al trompito y al mismo tiempo tú te das vueltas. Imitas el juego del trompo con movimientos serpenteantes.

 

El Piojo: Las mujeres hacen como una ollita con su paliacate y baten el chocolate. Alguien te ayuda a batir el chocolate, alguien mete su manita ahí también. Así lo he visto cómo lo bailan en Los Tuxtlas, es normal verlo entre los niños, es lúdico. Andrés Moreno lo baila muy bonito. Los niños lo brincan y se les hace divertido. Pero en verdad tiene un doble sentido porque el canto es a eso “ayúdame a batir el chocolate”, o sea que no es para niños.

 

La Tarasca o Chocolate: Por lo que yo sé, no tiene coreografía.

 

El Conejo: Son que cayó en desuso. Doña Adela también contaba que te convertías en conejito, entonces te la pasabas brincando. Yo lo he visto bailar en los Tuxtlas.

 

La Bamba: Tiene coreografía. En los ballets folklóricos lo bailan con un listón; eso lo vieron en el pueblo, en la fiesta tradicional y de ahí lo tomaron y lo escenificaron. Y ahí se veía la destreza del bailador. No era solo en La Bamba, sino con cualquier son de parejas. También se les tiraba billetes y monedas y los bailadores  se agachaban y los recogían con la frente sudada. También recogían el sombrero con la boca. 

 

La Bruja: Uno de los sones que también se folklorizó; no era con veladora, era con una botellita de coronita o con un vasito de agua. Esto lo hacían todos los bailadores, en muchas culturas existe, el bailador también tiene que demostrar muchas veces qué tan hábil es porque el espacio de baile es de duelo, de reto y de enamoramiento.

El Toro Zacamandú: Hoy muchos bailadores se ponen los cuernitos y hasta les hacen rulitos. Una vez vi en un fandango una confrontación de una familia de bailadores hombres de Nopalapa, era una jauría de paliacates que volaban por todas partes; se veía como magia. 

Cuando tú bailas un toro tienes que ir con toda la carga de lo que es ese animal, o sea quien no ha atravesado un potrero con un toro que dicen que es bravo, no saben lo que es bailar un toro. Ahí va toda la adrenalina de este son. También vi a la Chata Méndez de Minatitlán, su presencia era muy fuerte, y una vez vi como ella sometía a los hombres en El Toro, con el paliacate luego que los dominaba, los ataba y los bajaba. Nadie quería bailar con ella, era muy fuerte, y ella sola se subía y le echaba el ojo a alguien e iba y lo buscaba hasta amarrarlo. 

* *

No sé si conocen el caso del legendario Oreja Mocha [Carlos Escribano],  que perdió su oreja en un fandango, y es que antes la gente era muy celosa por eso uno debe de tener mucho cuidado cuando llega a una comunidad porque hay gente muy celosa de su gente y no saben qué se trae uno. Hay que ser cuidadoso y observar. Si uno primero ve cómo la gente se desarrolla y cómo hace su fandango, aprende mucho, quizás hasta mucho más que participando. No olvidemos que es un espacio de diversión y aprendizaje.

Existen muy pocas cantadoras hoy en día, mujeres sabias que llegan al fandango y se plantan a cantar verso tras verso sin repetirlos; ¿por qué? Porque el espacio del fandango históricamente ha sido un espacio masculino, dominado por los hombres. La función que cumplen las mujeres es bailar, entonces si una mujer se pone en un espacio de hombres tiene que llegar con suficientes armas para enfrentarse al otro cantador, pues porque nadie va a darte la bienvenida, te tienes que ganar el espacio, paso por paso, como en la vida, con sabiduría.

Con el tiempo se ha ido implementado que cuando se canta versos nadie se sube a bailar, antes no existía esta modalidad, pero al ver tantos cantadores, tantos músicos y bailadores queriendo participar se impuso esta estrategia para la convivencia en el espacio del fandango.

Una vez con un grupo de bailadoras en las fiestas de La Candelaria en Tlacotalpan llegamos al fandango de San Miguelito, y nos pusimos de acuerdo y nos nombramos “las más perras. Nos subimos a dominar la tarima y empezamos a decir: – “de a dos versos, de a dos versos y bailemos todas”. Lo logramos durante un son, era demasiada la euforia de los cantadores y de los bailadores que no estaban conectados al fandango, que solo querían lucirse.

¿Cuál sería la solución? Yo creo que hay muchas, una seria que el que va a entrar a bailar sepa, cuando uno está en un fandango  tienes que saber la dinámica de lo que está pasando, o sea, no puedo llegar al fandango y meterme luego a la tarima, porque entonces no estoy formando parte de la fiesta. Hay muchos que se bajan del caballo y ya están en la tarima, ni saben si el bailador o bailadora acaba de subir. Tienes que estar en el espacio. Tampoco tienes que hacer cola, como en el DF, que hasta policías había una vez en un fandango en el centro Cultural del Bosque, organizando la cola de bailadores. Uno tiene que ser consciente que somos parte una fiesta y que todos queremos disfrutar y gozar. Cada una debe de tener su propio estilo, recordemos  a Doña América Ramos de Comején, que era inconfundible en su baile, decían que lo hacía como hombre, por la fuerza que tenía. También está Tía Lena de Jaltipan, que es toda una escuela en el baile.

Se me hace interesante todos estos espacios de reflexión, como este también, de convivencia, donde aprendemos de la palabra del otro. Una vez en una demostración en el DF, quisieron hacer unos fandangos demostrativos con los viejos soneros para aprender de ellos, pero recuerdo que ya las señoras no querían bailar y no fue porque las jóvenes habíamos acaparado la tarima, más bien fue porque ellas ya no querían hacerlo; también ya están grandes y tienen achaques y cansancios propios de la edad. Ahora, si cuando una vieja bailadora te aparta para enseñarte o para invitarte a bailar, eso es bien bonito, porque te está compartiendo, es un honor y para eso debemos de estar abiertos.

En un fandango hay muchas funciones sociales, no nada más es el que toca, baila o canta, también lo conforman las cocineras y la gente que organiza. Para que sea un buen fandango se requiere de todos estos puntos. Mucha gente dice que el fandango es libre y democrático y todo el mundo puede venir a hacer y deshacer. Yo no comparto esa idea, a mí me enseñaron que cada cosa tiene su lugar dentro de una estructura y esta se debe de respetar. Es un espacio de convivencia y de mucho aprendizaje. Yo llego a compartir lo que se y a aprender del otro, entonces es por eso que yo creo que ha tenido tanto éxito nuestra fiesta, donde todos nos retroalimentamos de todos, sin que suene a teoría universal. Así lo vivo yo.

Es muy importante seguir recreando la tradición, en los espacios naturales pero también soy consciente de que hoy hay espacios urbanos, donde se está generando y regenerando el son jarocho. Por eso debemos de encontrar puentes entre los espacios rurales y urbanos para seguir retroalimentando la tradición. Yo soy de Coatzacoalcos y vivo en el DF, trabajo en un grupo que se llama Son de Madera y las cosas que hago de danza son cosas personales, que vienen de una tradición pero no necesariamente vienen de una tradición, entonces debe de quedar muy claro cuando estamos en un escenario y nos montamos en él, obedeciendo a otros factores, porque debemos de dar un espectáculo, y cuando estamos en un fandango estamos en un fandango. Entonces debemos de saber cuando estamos en un escenario, cuándo hay un compromiso de alguien que está viendo, que está pagando por verte y cuándo estamos en un fandango compartiendo. Eso tiene que quedar muy claro a la gente que estamos haciendo música en escenarios.

 

 

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 El tañido de una noche

La Manta y La Raya # 11                                                    septiembre 2020 ________________________________________________________________________

El tañido de una noche

 

para Toño (García de León) e 

Hilario (Diez Campos)

Alvaro Alcántara López

 

Pienso que pudo haber sido exactamente un día como hoy, pero de hace 25 años. Habíamos llegado por la tarde noche a un pueblo en rebeldía, un pueblo habitado por mujeres y hombres que decidieron confrontar al poder y oponerse contundente y enérgicamente a la construcción de un club de golf: Tepoztlán, Morelos. 

 El impulso de aquella visita fue sumarse a una constelación de amigos y conocidos, habitantes y vecinos de aquel pueblo, que habían tenido la magnífica idea de hacer un fandango para acompañar –desde la inteligencia y emoción que surge de la fiesta– la lucha por la defensa de aquel pueblo. El fandango dio comienzo entre titubeos y una emoción contenida ante la posibilidad de aquella celebración en la húmeda plaza del pueblo. Para ese entonces hacía varios años ya que una migración de jarochos y adeptos al son jarocho y fandango se había instalado entre estos cerros del estado de Morelos. No de en balde Tepoztlán se había convertido en el cobijo de uno de los grupos estelares del emergente movimiento jaranero. 

Nada o casi recuerdo del transcurrir del huapango. Sí, que poco antes de terminar, varios de los compañeros soneros subieron a la tarima a bailar un son de a montón, entre risas y desparpajo. En algún momento de la primera madrugada el fandango concluyó sin mucha convicción, pero sí con el cansancio campeando sobre nuestros cuerpos. Tras varios intentos por despedirnos para ir a dormir (cuando parecía que finalmente se lograría el cometido tras algunos intentos previos y fallidos, un nuevo son aparecía, testarudo y enajenado en alguno de nuestros instrumentos, para volver a prolongar la despedida) contundentemente alguien dijo “uunaaa” y solo entonces, como si una voluntad férrea nos ordenara, ahora sí, a emprender el rumbo, empezamos a caminar con decisión, dejando a nuestras espaldas una tarima ahora vacía. Los otros sobrevivientes de la fiesta tomaron el rumbo opuesto. Parecía llegar a su fin aquella jornada fandanguera de diciembre de 1995. No sería así.

Tal vez sólo fueron unos metros los que avanzamos en nuestra caminata, tal vez muchos, no tengo manera de saberlo. Y así, mientras orientábamos nuestros pasos para remontar las faldas de aquellos viejos cerros y sin que hubiese forma de haberlo presentido, justo al lado mío, se escuchó el rugir de una voz potente y recia que volviendo el cuerpo en dirección a la tarimba que recién nos había cobijado, estampó en el viento un tañido sostenido, a la manera de las zalomas que antaño se escuchaban en los mares de viento y vela o en la inmensidad del desierto y la sabana. Fue imposible no voltear maravillados, siguiendo los rastros que aquella voz dejaba en su camino, en busca de quién sabe qué o de quién sabe quién. Al recordarlo pienso que aquel tañido era, tal vez, la voz de la fiesta misma … queriéndonos comunicar algo.

La que sonaba vibrante y gozosa haciendo piruetas en el aíre era la voz de Hilario. No hubo tiempo para esperar. Tan inesperada como la primera, y a una distancia lo suficientemente amplia para que los cuerpos en la noche fueran apenas lucecitas animadas, otra voz igual de potente, igual de mágica, igual de fantástica, le respondió a la primera. Era la voz de Toño que, distante a varios cientos de pasos, respondía animosa a aquel llamado. Y así, aferradas a un fandango que aún no se cerraba, engordando al silencio y entonadas por fantasía, aquellas voces se quedaron abrazadas más allá del respiro, desprovistas de tiempo.

Abatimiento de voces a manera de despedida –no imaginaba que esta fuera una posibilidad en el lenguaje. Luego, volvimos en nosotros y el silencio sonó otra vez más recio que el mundo. Los dos hombres viraron sus cuerpos y continuaron la caminata en busca de su destino, como si nada hubiera pasado. Nosotros hicimos lo propio acompañando los pasos de Hilario, ese Hilario luminoso, de sol infantil y de corazón generoso, con el que yo he decidido quedarme. Nada se dijo después o nada recuerdo que se haya dicho –que es casi lo mismo. Sólo seguimos caminando hasta que nos llegó el sueño en la fría noche de aquel diciembre tepozteco.

Aquella voz antifonal armonizada, de dos que se hicieron uno en aquel tañido, se quedó en la noche y se quedó en mí como una caricia a ritmo de bolero, inscrita con carimbo en el recuerdo de mis días. Y me acompaña de cuando en cuando, cada cuarto de siglo o cada nueva ocasión que tengo de volver mirar aquellos cerros y visitar a los queridos amigos que allí sigo teniendo. Aquel abatimiento de voces a manera de despedida sigue sonando en mí, como un fandango que se sueña en un tiempo que no se cierra, como una voz que en el futuro sigue inventando su recuerdo.

 

Revista en formato PDF (v.11.1.2):

 

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La vergüenza me sujeta

La Manta y La Raya # 10                                                                 marzo 2020 ________________________________________________________________________

La vergüenza me sujeta.                                          Relato de vida de Andrés Vega Delfín

Una entrevista realizada por      Armando Herrera Silva y                   Román Güemes Jiménez

   

F. Garcia Ranz, 1982.

 

Nota introductoria

El presente texto es una entrevista grabada en audio en septiembre de 1994 en Boca de San Miguel, municipio de Tlacotalpan, Veracruz, en casa de la familia Vega Delfín. La transcripción se realizó a lo largo de los tres años siguientes. El texto es fiel al relato de Don Andrés Vega Delfín. Sólo se ordenaron los temas y se eliminaron algunas expresiones reiterativas.

A veintisiete años de haberse realizado esta entrevista, adquiere especial relevancia, en este 2021 que el Güero Vega cumple 90 años, habiéndose consolidado él mismo como verdadero arista popular, convertido ya en un referente del son jarocho; un intenso movimiento jaranero que en ese momento estaba en ciernes y que hoy ha trascendido las fronteras nacionales; una recuperación sin duda de  la fiesta del fandango, además de muchos seguidores que ahora tiene el Güero Vega, inmersos en el mundo del son jarocho y la fiesta del fandango.

En este texto, encontramos un relato ameno, fresco y muy divertido, aunque a la vez  dramático en algunas partes, del acontecer del sotavento veracruzano. Los temas que aborda tienen que ver con la visión de la vida, el trabajo, el entorno natural, la familia y por supuesto, la música y la fiesta del fandango; implican una historia local que sin duda, podemos extrapolarla al hoy casi extinto mundo rural en México.

Por otro lado, hay que decir que hoy, la familia Vega es un pilar fundamental del son jarocho, no sólo por el estilo inconfundible que al son le ha dado Don Andrés Vega Delfín, sino también porque muchos de sus descendientes de segunda y tercera generación son parte imprescindible del mundo del son jarocho.

Por último, comentaré que esta entrevista es parte de una serie de relatos que denominamos “Testimonios del Mago Papaloapan”, en los que se hizo registro de las historias de vida de varios músicos y poetas de la Cuenca del Río Papaloapan, en el sur del Estado de Veracruz, realizados por Román Güemes Jiménez y un servidor, entre 1994 y 1996.

Vaya pues el presente relato como homenaje a este patriarca del son que mucho le ha aportado a la música popular de México.

Armando Herrera Silva


 

Revista en formato PDF (v.10.1.0):

 

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Vaqueros y lanceros

La Manta y La Raya # 9                                                                         marzo 2019 ___________________________________________________________________________ Vaqueros y lanceros

Alfredo Delgado Calderón

 

Durante la Colonia, ni la Antigua Veracruz ni la Veracruz Nueva se bastaron a sí mismas para abastecerse de alimentos. A veces se obligaba a los arrieros a llevar sus propios bastimentos o a transportar granos y harinas gratuitamente, para paliar la escasez. Por tal motivo se repartieron tierras a negros y mulatos libres en los alrededores de Veracruz. Los llanos de Cotaxtla, Medellín y Veracruz eran fértiles, y allí pastaban hasta ciento cincuenta mil cabezas de ganado mayor, mientras que otro tanto bajaba a pastar durante el invierno, procedentes de Cholula, Puebla y Tlaxcala. Este ganado era conducido por vaqueros mulatos; y varios vaqueros más de la Veracruz se empleaban para cuidar el ganado de cuatreros y coyotes (Patiño, 1985). Así, las afueras de Veracruz se fueron llenando de ranchos de mulatos libres, que a cambio de no pagar tributos se alistaban como lanceros para acudir eventualmente a la defensa del puerto. El obispo Alonso de la Mota y Escobar en 1609 mencionaba sobre Veracruz: «es esta ciudad toda de vecinos españoles, tienen muchos negros y negras esclavos y otros muchos libres» y señalaba a las compañías de caballería que acudían a la defensa del puerto «que suelen ser los de todas las estancias, así de españoles como mestizos, mulatos y negros, que usan arma enastada» (Mota y Escobar, 1987:53-54). El arma enastada era la lanza que usaban los milicianos, y que por ello se les llamaba lanceros, pero también era la jara o garrocha utilizada por los vaqueros para acosar al ganado cuando lo arreaban, y la media luna empleada para desjarretar al ganado cimarrón. Esos mismos vaqueros y milicianos vivían en jaros o matas, isletas y manchones de selva que salpicaban los llanos y que sobresalían durante las inundaciones periódicas. Por eso se les empezó a llamar jarochos, aunque la palabra jaro también designaba a los puercos monteses y se cree que era una manera despectiva de llamar a esos vaqueros y milicianos que vivían en estado semisalvaje.  Esa era la vida en los alrededores de la ciudad de Veracruz, pero también en los inmensos llanos del Sotavento. Las tierras bajas de Veracruz eran tierras conquistadas y explotadas, arrancadas a sus antiguos dueños indígenas y dedicadas a la ganadería extensiva. Toda la economía respondía a un sistema centralista cuyo corazón residía en España y giraba en torno a la monarquía. Las comunidades indígenas fueron despojadas de cientos de miles de hectáreas de tierras comunales para entregarlas a los conquistadores o a sus descendientes. Los indios mismos fueron parte del botín; esclavizados durante las primeras décadas de la conquista, fueron moneda de cambio para que llegaran los primeros caballos y vacas desde Cuba y Santo Domingo. Luego, cientos de pueblos fueron dados en encomienda, para que a cambio de prestar servicios personales y entregar sus riquezas a los españoles, les enseñaran las bondades del cristianismo. Al final, la Corona se quedó con el tributo y las iglesias con los diezmos y primicias de las comunidades indígenas.  Eso dio pie para que en el Sotavento florecieran inmensas haciendas de ganado mayor: Corral Nuevo, Cuatotolapan, La Estanzuela, Los Almagres, Jesús del Calabozo, Nopalapan, San Agustín Guerrero, San Nicolás Sacapezco, Santa Catarina de Jaras, Santa Catarina de los Ortices, Santo Tomás de las Lomas, y otras más. Esas haciendas tenían entre cinco mil y veinte mil cabezas de ganado vacuno, la mayoría cimarrón. La mano de obra en un principio fue de esclavos negros y mulatos aunque pronto su mezcla con indígenas dio origen a una casta de hombres libres a los que más tarde se empezó a llamar rancheros y luego jarochos. Como hijos de negros y mulatos no tenían acceso a las tierras comunales indias, pero por ser hijos de indias tampoco heredaban la esclavitud. Esta casta era agrupada con el nombre genérico de chinos, pardos y mulatos, y en ella se incluía también a los zambos, mestizos, lobos y otras mezclas. Desempeñaban trabajos como vaqueros, arrieros, canoeros, carpinteros, zapateros, labradores y demás oficios que en general no querían desempeñar los españoles y que los indios tenían prohibidos. Desde fines del siglo XVII estaban obligados a organizarse en milicias de lanceros para cuidar las costas a cambio de no pagar tributo. Esos pardos y mulatos en los llanos ganaderos representaban hasta el 90% de la población, y en las cabeceras de las alcaldías y parroquias, como Acayucan, Chinameca, Cosamaloapan, San Andrés Tuxtla y Santiago Tuxtla eran hasta el 30 % de los habitantes. Muchos de estos pardos libres vivían en parajes, matas y jaros, donde formaban caseríos temporales, ya que cuando los hacendados o las autoridades pretendían cobrarles derecho de piso simplemente se mudaban de jurisdicción.  Desde el puerto de Veracruz hacia el sur eran los reinos del ganado, pues en 1780 pastaban en los llanos y tierras bajas más de doscientas mil cabezas de ganado vacuno, propiedad de veinte haciendas y de algunos ranchos, comunidades y cofradías. El Barlovento, en cambio, no llegaba a las veintisiete mil cabezas de ganado vacuno y cuarenta mil de ganado lanar. Esa dinámica ganadera que propició el surgimiento de los pardos y morenos libres del Sotavento, estuvo ausente en el Barlovento (AGN, Indiferente de Guerra, v. 23A).  

 


Revista # 9 en formato PDF (v9.1.0):

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La Rama de Santiago Tuxtla

La Manta y La Raya # 8 / septiembre 2018 ___________________________________________________________________________

 

Aquí está la rama
todos la llevamos
si no da el fandango
vivo lo quemamos…

Joel Cruz Castellanos

“La Rama” es una celebración que se realiza año con año en Santiago Tuxtla dentro del marco festivo de la navidad, consiste en la realización de 40 fandangos consecutivos que dan inicio el día 25 de diciembre y concluyen el 2 de febrero día de La Virgen de la Candelaria, en este periodo de tiempo se ubican dos momentos de la fiesta uno que desarrolla del 25 de diciembre al 6 de enero llamado: “La rama grande” en el que los huapangos se efectúan en los negocios y casas particulares de la zona céntrica y “La rama chica” que va del 6 enero al 2 de febrero en el que los huapangos se van al interior de los barrios. 

La primer rama sale del Palacio Municipal y a ellos le corresponde la organización del primer huapango, la rama utilizada es de un árbol conocido como nopotapi o paraíso, generalmente es adornada con mondongos de papel de china, frutas y unas lamparas hechas de una naranja mateca vaciada y una vela. 

 Un día de huapango de Rama los jaraneros llegan al rededor de las 8 de la noche para llevar la rama a la siguiente sede, se realiza un recorrido al que asisten los familiares y amigos de los caseros y el grupo de jaraneros que estará a cargo de la música en el huapango, el acompañamiento se hace con Las Pascuas y  se va cantando un estribillo que informa hacia donde la llevan por  ejemplo:

 A los Castellanos 
la rama llevamos, 
si no dan huapango 
vivos los quemamos. 

Cuando llegan amarran la rama al frente la casa donde será al día siguiente, así ya toda gente que pasa por ahí se entera de la ubicación del próximo huapango, regresan a la casa donde ya está tarima y la comida esperando para iniciar la fiesta.

Cuentan que antes la rama era llevada de casa en casa sin previo aviso y los caseros tenían la obligación de dar el huapango al día siguiente, de no ser así, se le fabricaba un muñeco efigie  y era quemado enfrente de su casa o negocio mostrando así el descontento de la población por no haber realizado el huapango. En los últimos años eso a cambiado, la secretaria de cultura municipal  realiza un rol y así se asegura la realización de los 40 fandangos, además de aportar las sillas, toldos, luces y una aportación monetaria para los músicos.

La rama articula un red de fandangos que van moviéndose por todo el pueblo de Santiago Tuxtla como tejiendo una red, construyendo una serie de reciprocidades que hacen posible la comunidad. Cada noche se consuma el ritual del fandango y el cariño y la camaradería son el resultado de la música y el baile. La rama se ha conservado porque genera comunidad, por que tiene un sentido para la vida de los tuxtecos, porque que asegura la continuidad fandanguera pues son 40 noche sen las que las niñas y niños tienen la oportunidad de aprender al modo de antes la música y el baile de sus abuelos.


                                                                                                              
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Revista # 8 en formato PDF (v.8.1.3):

 

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Dos textos sobre Carlos Escribano Velasco

La Manta y La Raya # 7                                                                marzo 2018


Dos textos sobre
Carlos Escribano Velasco

 

1

Andrés Moreno Nájera

Vi tocar a Carlos Escribano por primera vez allá por 1978 ó 79, en el primer concurso de jaraneros que se realizó en Tlacotalpan, evento efectuado a un costado del parque, del lado de la iglesia de San Cristóbal. Uno de los requisitos de dicho evento era ir ataviado con el traje emblemático del jarocho, todo de blanco, paliacate al cuello, sombrero de cuatro pedradas y botines.

En ese tiempo se escuchaba mucho un programa de la XEU de Veracruz donde tocaban “Los Tigres de la Costa” de Delfino Guerrero Chípuli, y su estilo de ejecutar los sones influía en la gente del campo y la ciudad. Un ejemplo fue el grupo de “Los Tigritos” de los hermanos Gabriel, Rubén y Catalina Hernández Sosa impulsado por don José Luis Aguirre, “Biscola”, allá en Tlacotalpan, por lo tanto, cualquier músico fuera de este contexto en ese primer concurso de jaraneros quedaba descalificado.

Escribano subió aquel día al escenario con su abrigo atravesado al pecho, en el brazo un morral con varios requintitos y entre los sones ejecutados se escuchó una Morena petenera, pieza extraña para el público, por estar casi en el olvido. Lógico fue que su intervención quedo fuera del ánimo del jurado, más sin embargo el pueblo presente paso el sombrero juntando $160.00 pesos que le fueron entregados como premio.

A partir de esa fecha se fue consolidando mi amistad con Carlos y Domingo, quienes cada sábado venían a San Andrés trayendo sus instrumentos a ofrecer a los negocios de los hermanos Avendaño, que se localizaban en el mercado municipal, pero también se hacían presentes en el callejón Bernardo Peña, lugar al que llegaban la mayor parte de la gente de las comunidades y era entre la gente del campo donde vendía sus instrumentos.

El papa de Carlos se llamó Rosendo Escribano, campesino constructor de jaranas y violines, hombre muy estricto con sus hijos mayores, Domingo y Carlos, a los que no les quería enseñar a tocar. Contaba Escribano que el siendo muy niño le decía a su papa:

– Papa, enséñame a tocar la jarana.

Y su papa enojado le decía:

– Vete por ahí chamaco que esto es cosa de hombres, esto es malo.

Más sin embargo, cuando su papa se embriagaba, lo llamaba, lo sentaba y le empezaba a enseñar; fue así como aprendió.

Empezó a conocer Tlacotalpan desde muy niño, ya que su papa era hombre de fe, por eso asistía a las fiestas del Santuario en la peregrinación de los Chontal de Comoapan, a las fiestas del Carmen de Catemaco donde había que ir caminando y a las fiestas de la Candelaria en Tlacotalpan.

En ese tiempo para llegar había que caminar hasta Alonso Lázaro y luego tomaban los botes que iban hasta Tlacotalpan, esto con el fin de visitar el santuario religioso y aprovechar para vender alguna jarana entre la gente de los ranchos que acudían a las fiestas. Se quedaban a dormir en los corredores de las casas, donde la gente generosa les permitía pasar la noche.

A la muerte de su papa el siguió asistiendo a las fiestas. Allá por finales de los años sesentas y setentas ya casi no había huapangos en Tlacotalpan, se le daba prioridad a los bailes de salón que se efectuaban en el mercado municipal, pero la gente de los ranchos seguía asistiendo a las festividades. Por la noche cuando apretaba el frió se concentraban a un costado del mercado por donde ponían el rodeo para los toros y ahí casi en penumbras amanecían tocando, bailando en el suelo y tomando té con té, ya a las cinco o seis de la mañana agarraban el camino de regreso a sus lugares de origen.

Los instrumentos que hacía, aunque rústicos, tenían sonoridad, pues aprendió a sacar el sonido de la madera al golpe del machete, para trastearlos o apuntarlos lo hacía con un cordel y los pegaba con sajcte, porque no le gustaba emplear harina hasta que apareció el resistol.

Además de construir instrumentos también tocaba la jarana, la guitarra de son, el violín y el punteador. Su hijo Santiago y su nieto Gaudencio siguen con esta tradición familiar.

 

2

Gilberto Gutiérrez Silva

La historia no es lo que fue,
sino lo que uno recuerda.
Gabriel García Márquez

Recuerdo a “Oreja Mocha” en el Encuentro de Jaraneros en Tlacotalpan, desde que éste se llevaba a cabo en la Plaza Doña Martha frente a la casa de uno de sus fundadores, el Arquitecto Humberto Aguirre Tinoco. De presencia fuerte, y siempre con algunos tragos dentro, resaltaba su cuasi turbante, debajo de su sombrero, que ciertamente ocultaba su oreja, ¿mocha? Creo que en Tlacotalpan nadie se la vio. No andaba solo, lo acompañaba su hermano Domingo—igualmente aficionado al alcohol— y la esposa de éste, encargada de guardar la sobriedad y al pendiente de ellos y su cargamento. A veces se le veía solo y a veces venía con Domingo y señora con los niños. Digamos que fue el primero en hacer ¿performance? en el escenario del Encuentro: subía solo y cantaba, a veces en alguna variante del náhuatl y a veces en castellano. Lo recuerdo arriba de escenario solo, de repente zapateaba y seguro que volvía locos a los ingenieros de sonido, con tanto movimiento y espontaneidad en su actuación.

Al parecer, no llegó, como tantos de nosotros, por la convocatoria del “Encuentro”, pero algunas veces se ubicaban, él o la familia, a vender sus instrumentos al pie de la yagua que se encuentra al lado de la torre que alberga el campanario de la iglesia El Santuario, donde La Virgen de Candelaria espera a sus fieles. Cierta vez me comentó, que ahí los vendía, por que ahí los vendía su padre, o algo así. Daba a entender que probablemente ahí vendría a vender, en otra época, su padre. Viví en Tlacotalpan entre 1966 y 1973. La fiesta era la de un pueblo tranquilo que quedó fuera de las nuevas rutas de desarrollo, y además: la ruta fluvial, que le dio riqueza a Tlacotalpan, fue cancelada y se desplomó la otrora boyante economía de La Perla del Papaloapan. A pesar todo, seguía siendo una fiesta regional, a donde por la vías acuáticas, seguían llegando la gente vaquera, campesina y comerciante. Mis ojos no recuerdan a vendedores de instrumentos jarochos. En ese tiempo un niño andaba por todos lados en la fiesta, que era pequeña, y por ello digo que si acaso es cierto lo que creo recordar, el padre de don Carlos Escribano Velasco (“Oreja Mocha”), en otra época importante del son en Tlacotalpan probablemente vendía instrumentos. Me comentó Andrés Moreno, quien lo conoció en su entorno, don Carlos y su padre, se arrimaban por el rumbo del mercado, donde vendían el te-con-te, y que en sus buenos tiempos ahí huapangueaban los rancheros. Entre las cosas que me intrigaban de él, era la perfección del tamaño de sus instrumentos. Cosa que me hace pensar que tenía plantillas que debió heredar de su padre. Todo indica que su padre fue su maestro, entonces fue herencia de un patrimonio familiar, y que seguro Don Carlos ya heredó a una siguiente generación, por que en la yagua de El Santuario, de La Candelaria, se siguen vendiendo instrumentos. Y gracias al Movimiento, al que él se integró de manera muy natural, esas plantillas se volvieron un patrimonio de la cultura jarocha. Sus instrumentos, con acabado rústico, son perfectos de trazo, las plantillas que usaba eran de tamaños bien definidos, que posibilitaban instrumentos de buena voz. Cierto día, volviendo de Minatitlán, a donde dejamos a don Arcadio con su familia, en una de las curvas que hay entre San Andrés Tuxtla y Santiago, en una tienda almacén, vimos a don Carlos. Paramos la carrera del Vocho y fuimos a verlo, para sorpresa de las demás personas que ahí se encontraban. Nos saludamos, y a pesar de estar bien entrado en tragos, nos reconoció. Tocó la guitarra y cantaba en verso libre, hablando y cantando, algo de las últimas idas a Tlacotalpan, algo con la Casa de la Cultura. Finalmente seguimos nuestro viaje, llevando la guitarra de son –de su manufactura– que tocaba y que desde entonces sonaba bien. Por ese tiempo, en los viajes, hacíamos base en Lerdo de Tejada, tierra de caña y son, con los ingenios San Pedro y San Francisco, y una historia de varias centurias. Ahí vivía don Quirino Montalvo Corro, mi maestro de laudería, aunque lo conocí primero como jaranero. Fue el primer jaranero y constructor de instrumentos jarochos (no se usaba el término “lauderos”) que conocimos. Le mostramos la guitarra recién comprada y se quedó con ella para meterle mano. Don Quirino era de esos carpinteros que hacía desde cajas desde muerto hasta casas de madera. Entre sus habilidades estaba la de hacer jaranas y guitarras de son. Dueño de una herramienta de muy buena calidad y completa, meticulosamente, como todo él, cada fierro tenía su lugar en un armario. Por regla, antes de iniciar a trabajar, asentaba el filo de la herramienta de uso frecuente. Encargarle un instrumento, era no saber si estaría a los tres meses o a los seis, o más del año. En ese tiempo no había demanda y hacía tres o cuatro instrumentos al año, además de reparaciones. Instrumentos austeros, de buen acabado, barnizados con goma laca y bastante bien apuntados, repartición que hacia con el sistema geométrico. Sus instrumentos, al igual que los de don Carlos Escribano, tampoco eran para el mercado del son jarocho que se ofrecía al mercado de turismo, centrado en las playas y en las grandes ciudades. Los instrumentos de los dos presentaban otra estética.

Cuando volvimos, meses después, don Quirino nos entregó la guitarra de son de don Carlos, transformada en la que llegó a ser la legendaria guitarra donde el Güero Vega desarrollaría su talento como guitarrero del Grupo Mono Blanco, con la cual él participó en todas las primeras grabaciones del grupo: una producción de Carlos Escribano y Quirino Montalvo. La traía consigo en las giras, pero un día expuso que volvería a su propia guitarra –hecha de nacaxtle por el mismo don Quirino– que era, no mala, pero si inferior, acústicamente hablando, a la susodicha guitarra. La razón que se logró entender era que no le gustaba tocar un instrumento que no era de él. Después de dos tres argumentos, Juan Pascoe cortó de tajo y dijo: “Ok la guitarra es tuya”. Desde ese día pasó a ser patrimonio de don Andrés (el Güero) Vega.

A diferencia de don Carlos, a don Quirino ya no lo alcanzó el auge de la demanda de instrumentos jarochos, pues murió en 1983. Seguro que otros músicos le metieron mano a los instrumentos de don Carlos Escribano: alguna vi uno que le cambiaron diapasón y clavijas y tenía un gran sonido. Pero existen muchos tal como él los acabó. Algunos con pegamentos “exóticos”, como el bulbo de orquídea llamado sacte o sajte.

Agrego un comentario que me hizo el maestro Andrés Moreno: a Carlos, de niño, su papá lo llevaba a La Candelaria en Tlacotalpan, caminaban desde San Andrés hasta Alonso Lázaro, hoy Dos Matas, y ahí se embarcaban en la lancha.

 

 


Revista # 7 en formato PDF (v.7.1.2):

 

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Más de 40 Monos en Bellas Artes

La Manta y La Raya # 6                                                                noviembre 2017


Más de 40 Monos en Bellas Artes                     Algunos comentarios al vuelo

 

No creo exagerado pensar que el pasado lunes 30 de octubre, allá en Bellas Artes, todo mundo salió ganando. No me refiero a qué tan complacida quedó la audiencia, sino a qué tan sorprendidos quedaron los músicos (sinfónicos, monos blancos y anacrúsax), bailarines, zapateadores y versadores, reunidos en una propuesta artística musical compleja y ambiciosa: un estreno mundial de pronóstico reservado; una fórmula química que parecía difícil de balancear.

Sin embargo, y a pesar de las limitaciones (solamente hubo un ensayo general previo), ahí todos aprendieron algo de todos, la apuesta fue exitosa y sobre todo, nuevas posibilidades y horizontes musicales quedaron al descubierto. Así los monos blancos aprendiendo que la orquesta sinfónica es un organismo musical complejo, un leviatán que necesita, a pesar de las restricciones que impone el sindicato de músicos, de un director para nadar en los grandes mares, así como de arreglistas sinfónicos, en este caso, conocedores de los sones jarochos. Los músicos sinfónicos pudieron percatarse que el 6/8 no empieza y termina con el Huapango de Moncayo y que el fraseo del son de La Guacamaya va sincopado (fraseos y rítmicas sesquiálteras en 6/8 que las orquestas juveniles venezolanas manejan de maravilla), mientras los monos blancos hicieron lo suyo, guiados por un director de orquesta, y envueltos en los diferentes planos sonoros y tímbricos que sólo una orquesta sinfónica puede dar. Así también una oportunidad para los bailarines profesionales del Ballet de Amalia de zapatear y danzar, al son de Mono Blanco, El Chuchumbé y otros sones; precisamente en Bellas Artes, donde mejor luce el Ballet, en un encuentro inédito y sobre todo espectacular; sin duda algo que pudiera resultar irónico para algunos.

Muchas más líneas se deberán dedicar a este microsismo del día lunes, en donde se lograron conjugar muchos elementos exitosamente, y que dejó al descubierto, como los sismos de tierra, otras posibilidades sonoras y musicales, tanto dentro del son jarocho como de la música sinfónica, vetas aparentemente no agotadas que ahí están, que ahí siguen, en vida latente.

Valga reconocer el trabajo artístico realizado por Víctor Pichardo, Gustavo Calzada, Rodrigo Díaz, Jorge Arturo Castillo y desde luego de Arturo Márquez en esta puesta, o apuesta, sinfónica. Así también la participación del experimentado chelista de son jarocho Rodrigo Díaz, del arpista de lujo Celso Duarte, del trío de versadores, también “de luxe”, Samuel Aguilera, Mauro Dominguez y Fernando Guadarrama, y del maravilloso cuarteto de saxofones Anacrúsax. Finalmente habrá que reconocer que Mono Blanco tiene duende, y que los monos, tanto en la escala animal como de acuerdo con las creencias chinas, casi siempre se salen con la suya.

  F 5f

Texto publicado y difundido por Facebook
el 4 de noviembre de 2017.


Revista completa en formato PDF (v.6.1.1):

 

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Aquellos años del ramal

La Manta y La Raya # 5                                                                   julio 2017


Relatos de Andrés Moreno Nájera

Aquellos años del ramal

 

 

La vieja locomotora del ramal, o el tren negro como le decían a la máquina de vapor, corrió de 1913 hasta 1960, en que llega la máquina de diesel, y esta última se va para siempre en 1992.La vieja locomotora del ramal, o el tren negro como le decían a la máquina de vapor, corrió de 1913 hasta 1960, en que llega la máquina de diesel, y esta última se va para siempre en 1992. Entre el personal del ferrocarril se recuerda al jefe de Estación Terminal ,Froylan Beristaín y su auxiliar encargado de vender los boletos, Joaquín Abrajan Baxin, conocido como don galleta; su maquinista Cástulo Larios y como auxiliar Amado Osorio Reyes; su conductor Jesús Ceja; sus fogoneros Amado Osorio, Chito Con, Alfonso Rodríguez y Saúl Ríos, un caso especial fue el de Gabino Aranda Delgado, mejor conocido por “cumbia” que sin ser ferrocarrilero oficialmente, ayudaba a los fogoneros y aprendió a conducir el tren con todos sus carros; el agente de publicaciones y ventas Guillermo Álvarez; el encargado del exprés Andrés Moreno Torres y su auxiliar Alberto Ramos que también tenía la función de llamador; los auditores Antonio Cárdenas y Javier Gaviño; los garroteros Gabino Mazaba Ambros, Alfonso Contreras, Alfonso Cortés y Marcos Cortés; el velador Guillermo Morales, otros que se escapan a la memoria. A través de este medio de transporte muchas comunidades y pueblos de las tierras bajas se comunicaban con San Andrés, a dónde venían a hacer sus compras y todo tipo de diligencias.  Cada comunidad tenía una tienda grande donde el campesino hacia sus compras diarias, pero además era el lugar a donde le compraban los productos que recogía en el campo, para posteriormente venderlo a los grandes comerciantes de San Andrés y otros municipios.  Fue por medio de los furgones del ferrocarril que se transportaba hasta las bodegas del AMSA el maíz, el frijol y el arroz, producto de las cosechas campesinas y la azúcar producida en San Juan Sugar. Entre las familias que tenían las tiendas grandes y se dedicaban a la compra- venta de granos destacan los Barragán y Chagala Ventura de Pizapan, Fernando Ixtepan de Azcatitlan, Antonio Quinto Diez de Ohuilapan estación, los Marín y los Gallardo de Tilapan, Los Tepach Coello, los Montiel y los García de Mazumiapan, los Prieto y los Cadena del Laurel, los Mexicano y los Lindo de Lauchapan, los Rivadeneira del Sábalo, los Mendiola de Estación Norma, los Mendoza y los González de Cuatotolapan y los Pérez de Nopalapan. El viejo ramal cambio varias veces su horario de salida. En la época en que salía a las siete de la mañana, el comercio de San Andrés se activaba desde las cinco, porque temprano acudían a hacer sus compras las ancheteras y personas que tenían que surtirse de efectos antes de que partiera el tren. Al llegar a la estación todo era algarabía, bullicio y movimiento, la venta de atole, empanadas, enchiladas, arroz con leche, etc. Doña Nicolasa Díaz y su Hija Eva más conocida como viruta ofrecían atole, empanadas y enchiladas, don Manuel Valle y su esposa doña Susana Cosme, llevaban arroz con leche y antojitos, la niña Irene Candelario vendía empanadas, Eufemia y Agilia Lempinos pregonaban tacos. Las viajeras o ancheteras y los varilleros cumplieron un papel importante en la vida de la comunidad y el comercio del pueblo, ellos surtían a la comunidad de los productos que no se podían adquirir en el lugar y de regreso traían productos del campo para satisfacer las necesidades del pueblo. Ellos llevaban géneros, listones, encajes, pantalones, alcohol, aguardiente, perfumes, peltres, dulces, rebozos, bolillos o pan francés, topotes, aretes y tantas cosas que se comerciaban.Era muy común que si el cliente no tenía dinero podía pagar o abonar con productos como los huevos, gallinas, guajolotes, cochinos, ciruelas, nanches calabazas, frijol, maíz, totopostes o lo que al momento se diera. En la memoria de los viejos usuarios del tren y las comunidades del ramal queda la imagen de doña Mercedes Bletzar, Mauricio Martínez, Luis Martínez, doña Pascualita Velasco, Demetria Hernández, doña Juana Chagala, Juana Obil, Juana Hernández, Silvestre Reyes Barragán, don Ramón Cortes, doña María Concepción ”Negra” Cárdenas, doña María Carrión, Aura María Reyes, Juan Ramos, Chica Ventura, Francisco Ventura, Asunción Anota entre otros. En cada estación se armaba el alboroto y la corredera de la gente con la llegada de la locomotora, por un lado las viajeras descendiendo con sus canastas y sus productos y al mismo tiempo los pasajeros que buscaban ganar un sitio en los carros, los gritos de los vendedores del lugar ofreciendo tacos, atole, tamales fritos, elotes calabazas, papayas, etc. Si por casualidad subían a algún enfermo en hamaca ya sea rumbo a Rodríguez Clara en busca del Doctor Navarrete o con rumbo de San Andrés, se subía al enfermo con todo y hamaca y la caña se atravesaba de lado a lado y los familiares de pie junto al enfermo. En las múltiples ocasiones en que se llevaba a la Virgen de los Remedios de San Andrés rumbo a los llanos, el auditor, por lo regular destinaba uno de los carros a la Virgen y los peregrinos y el otro para los pasajeros. Se acomodaba el nicho en los asientos de en medio y junto a la imagen los caseros, al costado se sentaban los músicos quienes tocaban durante todo el trayecto. De cuando en cuando se ponían de pie las mujeres para bailar en el pasillo del carro agarradas de los asientos, entre las bailadoras destacaron Tita Domínguez, María Ruiz, y Cristina Cárdenas de la comunidad de Nopalapan. Al retornar el ferrocarril a la estación de San Andrés, al primer silbido que se escuchaba, la gente se alertaba al grito de ¡Ya viene la burra ¡ y salían a toda prisa a la estación. En el lugar se concentraban los compradores de los productos que traían las viajeras: pollos, guajolotes, patos, maíz, frijol, plátano, etc. Ahí ya estaban Chica Martínez y Juana Lucho comprando las gallinas y guajolotes para llevarlos al otro día a venderlos al mercado, los que compraban las ciruelas, el maíz por mano, las calabazas de concha, las anonas, etc. También los niños y jóvenes tenían actividades y la oportunidad de ganarse unos centavos cargando las canastas, los bultos, morrales y todo aquello que fuera carga pesada para las viajeras y pasajeros del ferrocarril. El niño Leonardo Morales “canastita”, junto con otros chiquillos encontró en las actividades de la estación su fuente de ingresos.

 


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La danza de los líceres

La Manta y La Raya # 4                                                                             marzo 2017


La danza de los Líceres

Joel Cruz Castellanos

 

Colectivo Tecalli

 

Entre los arroyos que bajan de la sierra surcando los pedregales, de entre la humedad siempre verde, surge el encanto en medio del monte. En la noche cuando todo parece dormir, quienes se aventuran a andar en la oscurana, monte adentro han visto al jaguar dios viejo que va tocando su tambor, marcándole el paso a todos los animales para que lleguen hasta abajo al talogan, la casa del agua, donde habita la vida, el chaneco viejo. Aquí por estos rumbos llenos de agua crecimos en medio de un universo que se ha ido construyendo con el paso del tiempo, alimentándose de los antiguos ritos, de los rayos, de los lugares encantados, de los árboles inmensos, del canto de cientos de aves que acompañan al sol en su despertar.

Santiago Tuxtla se ubica en una región del sur de Veracruz que ha sido habitada desde tiempos muy antiguos, los olmecas se asentaron aquí; los teotihuacanos, los aztecas, los nahuas, los totonacas y los españoles. Cada grupo humano ha contribuido en la construcción de un espacio cultural mestizo que se ha ido transformando con el ir y venir de los tiempos. La danza de los Líceres surge en este contexto, en medio de una tradición mítica y ancestral en la que el culto al jaguar y a las fuerzas elementales de la naturaleza forman parte vital de la cosmología. Aunque sus orígenes parecen estar diluidos en los veneros del tiempo; los líceres, es una danza de las que más arraigo tienen en Santiago Tuxtla.

La danza de los Líceres, la danza del jaguar, es un ritual que está relacionado con los ciclos agrícolas y la llegada de las aguas particularmente. Aunque en los últimos años con el ocaso del mundo campesino y del universo de saberes que lo habitaban, ha quedado reducido a escombros, la danza ha devenido en un juego y nada más, un ritual que va naufrago, perdido en medio de la modernidad, los nuevos valores, los nuevos oficios, pero qué sin duda sigue manteniendo una vínculo muy fuerte con los ciclos agrícolas y el fin de la temporada de seca, por lo que la gente de Santiago tiene una expresión para la temporada de Líceres y ya desde mayo cuando se dejan caer los primeros aguaceros se escucha entre los tuxtecos la expresión “ya huele a líceres” mientras el vapor va dibujando la tarde, siendo este hecho cotidiano y para muchas y muchos irrelevante, un testimonio vivo de la relación que existe entre el jaguar y la lluvia.

Colectivo Tecalli

 

Algunas versiones sobre el origen de la danza

En Santiago como en todos los pueblos hay personas que afortunadamente buscan o investigan el origen de las expresiones culturales de la región. En relación a la danza de los Líceres, existe mucho conflicto entre dos posturas dispares. Por un lado Don Fernando Bustamante y Don Clemente Campos que la danza procede de la época prehispánica, apuntan que esta está relacionada con el culto al jaguar, animal asociado con la vegetación que renace, la fertilidad y con ciertas enfermedades de la piel; es el xipetotec venerado en las fiestas de tlacaxipehualiztle, en las que se capturaba un prisionero que era desollado, su captor se vestía con la piel obtenida y corría por las calles hasta caer extenuado con la lluvia (información del museo tuxteco), al igual que muchas danzas de tigres que se celebran en distintas partes de México en las mismas fechas. Por el otro lado esta la versión respaldada por el actual cronista de la ciudad, el Maestro Eneas Rivas Castellanos, quien plantea el nacimiento de la danza en un tiempo más cercano, relata que durante una celebración religiosa en el barrio de San Diego, un felino tomó por sorpresa a la muchedumbre mientras rezaba. Los que se encontraban en el lugar comenzaron a gritar ¡Al lince! ¡Al lince! Pues ellos no conocían el nombre del jaguar. Después de un buen susto, la gente se dio a la tarea de cazar ese animal. Dicen que al año siguiente, un señor, por mera curiosidad usó la piel de ese animal para conmemorar la ultima entrada de un felino al pueblo de Santiago.

Los Líceres
Esta celebración inicia el 13 de junio, día de San Antonio, el 24 día de San Juan y concluye el 29 día de San Pedro y San Pablo y las víspera de cada de santo, aunque también hasta hace algunos años salían los fines de semana que quedaban dentro de este período. Es una danza que realizan los hombres disfrazados. Con un traje que consiste en un dos piezas; una que cubre todo el cuerpo y se amarra en el pecho, la otra es una capucha que tiene forma de triángulo o a veces termina en dos puntas asemejando las orejas del jaguar, se hacen unos pequeños orificios en los ojos y en la boca. Los trajes se fabrican de tela de algodón, dicho material se consigue en los comercios cercanos a Santiago, generalmente en San Andrés Tuxtla, centro comercial de la región. Las telas tienen motivos floridos o de algún otro tipo como: la bandera mexicana, la virgen de Guadalupe o paliacate, entre otros, aunque lo que más se ocupa son colores fijos, en combinaciones de dos o tres colores; algunas personas dicen que antes los trajes se hacían de manta y les pintaban las manchas del jaguar con pintura, sin embargo, este modelo de traje está en desuso. La danza se realiza sin música, aunque existe un espacio sonoro que se genera a partir de los sonidos que emiten los disfrazados, quienes van por las calles del pueblo maullando, gimiendo y hacen asemejando los sonidos del jaguar. La representación consiste en ir bailando encorvado, con una mano atrás que va agarrando una reata, asemejando la cola del jaguar. La danza tiene distintas facetas, hay momentos en el que el lícer corretea a los que no están disfrazados, se le llama “echar carrera”, en otros casos se coquetea, se carga a “pilonche” y se baila alrededor de las personas, principalmente si son mujeres que no están disfrazadas. Cuentan que tiempo atrás, este era el único momento en el que los muchachos podían acercarse a las mujeres antes de contraer el compromiso, muchas parejas ya quedaban de acuerdo para platicar un poco más de cerca. Las personas que no están disfrazadas tienen un rol importante en la danza pues se mofan de los encapuchados, gritándoles versos burlones, alusivos al color del traje que llevan.

Ese de azul se mete en su baúl
Ese de rojo le pican los piojos
Ese de verde come mango verde
Ese de amarillo le pica su fondillo
Ese de blanco salta pa’l barranco

Desde las cuatro de la tarde se empiezan a agrupar los jóvenes en cada barrio, se juntan en grupos grandes, se pueden agrupar hasta 50 o más. Una vez que reúnen un número considerable, se van en pandilla a ponerse el cuero, –como le llaman al hecho de rentar el traje–. La renta se efectúa en distintas casas particulares que ya se sabe que prestan el servicio, la oferta de trajes se acomoda sobre la cama o sobre la mesa de la casa, ahí los jóvenes buscan y escogen el traje que mas le agrade. Es común que se los chicos intercambien los zapatos para que sea más difícil reconocerlos, la renta del traje vale aproximadamente $30 pesos mexicanos y se puede ocupar el traje toda la tarde. Los trajes están numerados en la parte posterior, la señora que los renta anota el nombre de la persona junto al número para saber la identidad de quien lo porta, esto facilita que en dado caso de que se violente algún disfrazado, se le pueda ubicar rápidamente. Toda la pandilla se disfraza al mismo tiempo, es un ritual, hay un ambiente de fiesta, todos lo muchachos gritan, ríen, hacen chistes sobre sus compañeros, se mofan de cualquier situación.

Marco Victorio de la Cruz

Antes las pandillas salían de cada barrio, ahora la mayoría se congregan en el barrio de Xogoyo. Aunque salgan de donde salgan, la pandilla debe recorrer todo los barrios del pueblo, en donde la gente les espera sentada en sus corredores o en la acera de las calles. Los jóvenes mayores que no se ponen el cuero esperan a los líceres en la plaza Cervantina o en el parque para “echar carrera”. Cuando se acercan los líceres, corren en estampida rumbo al parque, que ya se encuentra repleto de gente. Los correteados pasan rápidamente por la plaza avisando que detrás vienen los líceres, los niños se esconden detrás de las madres, algunas muchachas hasta se persignan del miedo que tienen al verlos. Todos comienzan a gritar, hay quienes despavoridos se refugian en la iglesia –lugar que los líceres respetan y no se meten–. Recorren todos los barrios del pueblo, saltan y arrastran las largas mangas de los trajes. Pareciera que caminan en cuatro patas, se suben a las jardineras de las casas, cuelgan de las ventanas, corretean automóviles y se mofan de la gente.

Si alguna de las personas que están en la calle es conocido, intentan cargarlo, lo manchan con carbón que llevan en las manos, se genera una atmósfera única, la gente les grita. Algunos niños observan desde la ventana, ese río de colores y sonidos pasando por las calles, sus mamás les gritan que salgan a la calle, que no teman, si algún niño llora por el miedo, se le pide a un lícer que se quite las máscara para que vea el niño que es una persona y que no tiene nada que temer. Después de su recorrido, se concentran en la plaza que poco a poco se llena de hombres tigre mientras el sol cae tras el Cerro del Vigía. Se convierte en un lugar mágico en el que todo queda dibujado por las imágenes de un pueblo que hace colores su sentimiento y su historia. Un recuerdo que difícilmente se desvanece, es como si flores o manchas de color caminaran al compás de un ritmo oculto en cada sonrisa, en cada juego. Los líceres caminan alrededor de las jardineras y calles repletas de niñas y niños que juegan y reinventan su historia, para acomodarla en estos tiempos. El pueblo se queda impregnando de esta magia, su espíritu habita en las paredes y los corredores. No hay silencio, los bramidos resuenan, chocan entre los callejones haciendo una música que no se termina, que se mantiene como una canción eterna, infinita.

Dicen los mayores que ahora las cosas son distintas, antes la cosa era danzar, bailar, jugar con la reata, sin embargo, resulta evidente que las nuevas generaciones no han logrado entender en su contexto la danza de los líceres, quizá porque el sentido agrícola que permeaba la vida de antes, se ha ido perdiendo cada vez más y más. Existen personas que aprovechándose de la máscara golpean muy fuerte con los chilillos, al grado que lesionan gravemente a quienes sólo salen a jugar. A veces cuando un lícer se propasa con algún bravo del pueblo, se genera una bronca, pero el que no esta disfrazado debe tener cuidado porque los líceres son muy solidarios, y ponerse con uno, es ponerse con todos, entonces, por esa razón y aunque duela, difícilmente muestran su descontento, han habido broncas muy grandes y hasta la policía ha tenido que intervenir para calmar los ánimos.

Karla Martínez

Los líceres cada año muestran una cara distinta, las cosas van cambiando, los procesos socioculturales que vive nuestro país influyen. La migración, la creencia de que fuera del pueblo puedes abrirte un futuro genera que año con año cientos de jóvenes partan al norte o las grandes ciudades. Se van no solo de Santiago, si no de toda la región, esto provoca que cada vez hayan menos personas que se disfracen, menos personas que participen y aunque todavía son muchos los que se quedan, antes eran más. En mis recuerdos de la infancia, hay pandillas que llenan calles enteras, recuerdo claro cómo desde el balcón de la casa de mi primo mirábamos esa bulla de colores y ruidos. Era impresionante ver el alboroto. Corríamos espantados a ponernos detrás de mi mamá o de mi abuela, y casi en silencio, mirábamos pasar la pandilla. Mi abuela se emocionaba, en sus ojos se dejaban ver los tiempos de antes, mi mamá nos decía que no tuviéramos miedo, hasta les hablaba y los dejaba pasar a nuestro escondite para que nos dieran de chilillazos. Les decía que nos enseñaran su rostro para que supiéramos quienes eran y entendiéramos que detrás de los encapuchados había personas conocidas.

En la actualidad existen muchas personas trabajando para que la danza no se pierda, para recuperar el sentido inicial de esta celebración. Para alejar los malos momentos que han enturbiado los días más felices de junio. Hay muchas actividades educativas en las escuelas y espacios públicos para informar sobre como se debe portar el traje, en años recientes surgió la organización “El lícer”, que congrega a todas las personas del pueblo ocupadas en el asunto. Una de las acciones a nivel institucional que se han emprendido en los últimos años es realizar un concurso para motivar a los barrios a organizarse y vestirse, este concurso si bien ha servido para llamar la atención y es muy apabullante el número de personas que se disfraza ese día, ha tenido también un efecto poco positivo en el sentido de que ya las pandillas se guardan para ese día y no quieren hacer el recorrido tradicional por todo el pueblo, el concurso generalmente se realiza el 29 día de San Pedro y San Pablo, ya será el momento de que la comunidad reflexione sobre el impacto de estas acciones en el desarrollo de la danza tradicional.

A pesar de todo esto, los líceres son orgullo y símbolo de identidad de nuestra tierra, las madres disfrazan a sus hijos desde pequeños, ellas mismas fabrican sus trajes, se sienten felices de que sus niños finalmente van a formar parte de la celebración. Aunque ya el baile que celebra las lluvias y el mundo campesino se encuentre agonizando, la danza nos conecta con la sabiduría ancestral, con lo que sigue vivo de aquel mundo, seguimos danzando para que llueva y se pueda sembrar el maíz, aun sin saberlo seguimos.

La danza de los líceres se ha mantenido porque genera lazos importantes entre las personas que participan, que recorren el pueblo, en esos momentos nacen los mejores recuerdos de sus vidas, ya sea vestidos o siendo correteados por alguno de las pandillas, buscando guarida en la casa de la abuela o en la casa de algún desconocido que les brinda asilo. En esta dimensión de lo real, es el pueblo el que se esmera en que la danza no se pierda porque es importante para la vida. Más allá del discurso de la cultura o la definición de nuestra identidad, aquí se visten por gusto, se aguarda el mes de junio para comer semillas de vaina y en el aguacero de la tarde convertirse en jaguar, el antiguo dios de estas tierras.

 

Karla Martínez

 

 


Revista completa en formato PDF (v.4.1.1):

 

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