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Música del corazón

La Manta y La Raya # 20                                                 marzo  2026 ________________________________________________________________________

MÚSICA DEL 

CORAZÓN 

de Javier Cabrera Jasso

José Antonio Mac Gregor C.



Rúmbala ca tíngala ca tun tan bembé

Vocablo que nos remite a nuestra tercera raíz africana.

Que nos evoca a Santiago de Cuba, cuna del son.

Que sabe a ron y huele a caña de azúcar.

Que provoca calor y nos hace sudar.

Que suena sabroso y sincopado.

Que se compuso en Puerto Rico aunque no existe deriva en múltiples otros vocablos que aparecen en el buscador: rumbakana, rumbantela, cachumbambé, rumba la catumba bembé o dímelo flow Anita chimbala.

Coco Loco se coloca sobre el lago Tangañica:

pica que pica, tambor repica

sobre la playa de Marchiquita.

Rúmbala ca tíngala ca tun tan bembé,

ojo por ojo, diente por diente”.

Bomba, plena, calipso o guaguancó, bolero, merengue, mambo o danzón.

La rumba sabrosa o raíz suprema del son.

Rúmbala ca tíngala ca tun tan bembé es vocablo que no puede sonar sin bailarse, reírse, sudar y agasajarse.

Pues así merito suena la Música del corazón que emerge del pecho, memoria y sabrosura rítmica con la que Javier Cabrera Jasso escribe cada uno de los 20 relatos que lo integran, sin soslayar el formidable prólogo de Mercedes Boullosa firmado hace 14 años, lo que augura más historias ocultas detrás de este libro. 

Conozco a Javier desde hace 46 años, en aquella Tasca del tío Rechi donde el gran Balú interpretaba Se me olvidó que te olvidé a mí que nada se me olvida en sabroso guaguancó y así me enseñaba el riquitiplán plán del bongó. Tocábamos hasta la madrugada sones cubanos tradicionales y empezábamos a darle a la salsa que nos llegaba del maestro panameño Rubén Blades que, implacable, sentenciaba: si no naciste con clave, no eres rumbero. En esa época Javier y yo enfrentábamos disyuntivas similares: éramos padres solteros, antropólogos, percusionistas, exiliados en Xalapa. Para fortuna de la música, yo opté por la antropología y él sí le entró con alma, cuerpo y corazón a esa formidable aventura que es la anatomía del tambor. Era claro que tenía la clave y aquél tumbao que tienen los guapos al caminar.

El adn de lo que tocábamos estaba configurado por “Mamá África” e historias de esclavitud, resistencia, liberación y fusión que estaban destinadas a conquistar el mundo con sus ritmos, poéticas y síncopas únicas que cambiaron para siempre la manera de bailar y de tocar.

Javier se autodefine como negro. Cuenta que nació más oscurito que sus hermanos de ricitos dorados y quizás, en la oscuridad subida de su piel quedaría marcado su destino: hacer sonar los tambores, logrando no sólo los sonidos precisos, sino buscando conectar con Obatalá, Yemayá, Oshún, Shangó, Elegguá, Ogún, y Oyá para que cada sonido tuviera un destino o llamado religioso, un sentido ritual.

Por sus estudios antropológicos, Javier muestra su destreza en la elaboración de árboles genealógicos tan fecundos como los sembrados en su natal Montecristo y tan complicados como los de Macondo. Destaca la enorme relevancia de su madre y su tía; el tío Arturo tan celoso con sus hijas que, como la canción de Willie Colón, “compró una escopeta y se seca la frente viendo los tiburones”. La historia de Virginia que, después de los 70 y pico de años y 2 de haber enviudado se reencuentra con su novio de adolescencia con quien nunca había terminado, ante la perplejidad del pueblo entero.

Del libro emanan olores y sabores también: de las calles y pantanos, de la inmensa variedad de guisos, chiles, panes y dulces del pueblo, una Venecia tropical en tiempos de lluvia. Y brotan también sonidos de marimba que desde su infancia le configuraron su pasión por la percusión originaria de África e hibridada con Mesoamérica, aunque en versiones de música tropical onda chunchaca o cumbianchera.

Contrario a lo que cualquiera pensaría de Javier, no inició percutiendo con las manos, sino con los pies ya que fue bailador, campeón estatal como zapateador de sones y jarabes regionales; explorador de sonidos auténticos y profundos de origen prehispánico y, poco después, se convirtió en guitarrero, rumbero, contador de cuentos y anécdotas de cantina, coleccionista de letreros chuscos, actas de defunción insólitas, avisos de ocasión y tragedias que provocan carcajadas, con perdón de la seriedad de cada caso montecristiano.

La búsqueda de estudios superiores llevó a Javier a la capital mexicana donde su configuración como músico se realizó entre historias y anécdotas verdaderamente intensas, conmovedoras y sumamente divertidas. Vivió el rechazo inicial del padre al deseo de su hijo de convertirse en músico y la larga negociación y repetidos intentos por convencerlo de que esa opción podía ser de hombres de bien. Fue baterista de rock y formó sus primeros grupos; luego Mérida y finalmente Xalapa, donde estudió Antropología e incursionó, paralelamente en la música clásica.

Al reflexionar sobre las clasistas y decimonónicas distinciones que privilegian la música llamada “culta” sobre la popular, y sobre las etiquetas racistas propias del medio, Javier auto caricaturiza su humilde condición de tamborero: ¿Y tú, eres músico o percusionista? ¿Por qué ese músico gana menos que el resto del grupo?, porque es percusionista. 

En 1980 llegó a Xalapa el extraordinario percusionista Tambú, portador de las mejores tradiciones africanas y formidable maestro que creó escuela con el “Taller Independiente de Percusiones”, donde se formaron no sólo múltiples percusionistas, sino que sembró una manera de sentir, comprender y valorar géneros como el jazz, el son cubano, la danza afrocubana y el mismo son jarocho.

La mirada antropológica de Javier, mezclada con las de músico y bailador de folklor, se manifiesta claramente en el capítulo “Imágenes del mexicano”, en el que describe, analiza y coteja complejos procesos históricos que definen nuestras múltiples identidades, resultado de migraciones provocadas por la conquista, la esclavitud e hibridaciones culturales en permanente vitalidad y activación.

Conceptualiza fenómenos artísticos enmarcados en su propio contexto y respondiendo a su particular naturaleza: “La función esencial de la danza y de la música americana no es la de provocar emoción estética pasiva e individual, sino colectiva, participativa y llena de religiosidad…” (p. 90). La diferencia ontológica entre las llamadas “bellas artes” y las culturas populares sólo se puede descifrar con un andamiaje teórico bien estructurado, como el que Javier exhibe en este apartado.

Como ya se imaginarán, este negro tamborero, afroamericano, rumbero, estudioso y aventurero de arrabal, tenía en su camino una asignatura pendiente que no podía salvar a manera de ritual iniciático fundamental: conocer Cuba, tocar allá, aprender allá, nutrirse allá; vivir y respirar Santiago, cuna y pan; Santiago, cuna del son que es, a su vez, cuna del mundo musical afrocaribeño y hogar de babalawos, santeros y tamboreros.

Conocer los tambores batá provenientes de África exclusivos de los negros yorubas de Nigeria, de la tierra de Oyó, patria de Changó, su magia, sus fundamentos, su poderosa religiosidad, los toques para cada ocasión, sus liturgias y lenguaje capaces de narrar mundos invisibles y habitados por seres del más allá.

En suma, “un universo mítico, dado a través de fábulas y leyendas de una complejidad o de una simpleza seductora, (en el que) comulgan en poesía dioses, hombres, animales, astros, elementos de la fauna y la flora, mares, ríos, montañas y espejismos de la mente, para estructurar una cosmovisión de las más complejas y vivas que se pueden conocer.” (p. 97).

Así, a lo largo de 7 capítulos Javier nos cuenta relatos fascinantes de músicos en gira con todos sus enamoramientos, conflictos, locuras, anhelos y esperanzas en la Terra ignota del África mora, de la cual también investigó historia, personajes, costumbres y esa gastronomía árabe llena de olores, sabores y colores. Sobresalen por supuesto, las descripciones acerca de las músicas de cada lugar que iba conociendo, así como lo más relevante de su cultura.

De vuelta, se reincorporó a la Universidad Veracruzana con su emblemático grupo de jazz Orbis Tertius y participó en el Primer Festival Afrocaribeño (1994) que, curiosamente me tocó organizar desde la Dirección General de Culturas Populares del conaculta y en el que no recuerdo que hubiéramos coincidido, pero que tal cual lo menciona el libro, obedecía al reconocimiento de Veracruz como Caribe cultural, a pesar de su lejanía del Caribe territorial o geográfico. 

Para ir cerrando este texto, que pretende invitarles a la lectura de Música del corazón, quiero destacar otro elemento medular en la vida de Javier: la valoración de la familia. La que lo recibió al nacer, la familia paterna y la materna; la de su pareja y sus hijos como sentido o, como él mismo dice ya al final del texto: “esperanza y agradecimiento a la vida, a través de la continuidad de la descendencia.” (p. 193)

Javier Cabrera nació rumbero, jarocho, trovador de veras y se fue lejos de Veracruz, pero siempre volvió. Hizo del tambor vida, corazón, escuela y misión; arma para enfrentar cualquier batalla e incursionar por la espléndida diversidad musical de México, del Caribe y del África fundacional de donde provienen aquellos a quienes se refiere Neruda: 

“Negros del continente, al nuevo mundo habéis dado la sal que le faltaba. Sin negros no respiran los tambores y sin negros no suenan las guitarras.”

Felicidades Javier y gracias por compartirnos la música de tu corazón!!!

 

Revista en formato PDF (v.20.1.1):

 

Artículo suelto en formato PDF (v.201.1):


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