La Manta y La Raya # 21 septiembre 2026 ________________________________________________________________________
Reconocernos, organizarnos yconstruir nuestro propio rumbo
Luis Antonio Rodríguez Pulido
Mujeres afroveracruzanas portando estandartes de las comunidades afrojarochas La Cimarrona y Oaxaqueña, 2026.
Soy Luis Antonio Rodríguez Pulido, de Las Peñitas, Veracruz, aunque nací en el estado de Oaxaca. Y decirlo así sirve para entender un poco lo que somos quienes habitamos la Cuenca del Papaloapan: aquí las fronteras políticas no siempre coinciden con nuestras fronteras culturales. Las Peñitas pertenece a Veracruz, pero Tuxtepec, Oaxaca, está a unos cuantos minutos. Durante muchos años ha sido más fácil para nuestras familias acudir a una clínica, comerciar o resolver distintas necesidades del otro lado de la línea estatal, que trasladarnos a ciudades veracruzanas más lejanas. Somos veracruzanos, pero también somos cuenqueños, jarochos, sotaventinos; somos resultado de una región donde el río, los caminos, el trabajo, la música y las familias han construido una identidad que no entiende demasiado de límites políticos. Desde ahí quiero hablar del Pueblo Afroveracruzano.
Mi encuentro con el movimiento afrodescendiente ocurrió precisamente en Oaxaca. Soy decimero de la Cuenca del Papaloapan, practicante de la décima repentista, y en aquellos años tuve la oportunidad de viajar junto con el doctor Samuel Aguilera Vázquez a El Pañuelito, uno de aquellos espacios alternativos que, durante las fechas de la Guelaguetza, se ofrecían para expresiones culturales que no encontraban cabida en los “Lunes del Cerro”.
Aunque Tuxtepec ha tenido siempre una profunda raíz jarocha, durante mucho tiempo la décima, la jarana, el requinto y el zapateado no tuvieron la representación que hoy comienzan a alcanzar. Fue entonces cuando conocimos al profesor Israel Reyes Larrea. Menciono su nombre porque fue una de las primeras personas que se acercó a nosotros para hablarnos del movimiento afrodescendiente que desde años atrás se desarrollaba, principalmente, en la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero. Aquello despertó en mí una inquietud que después se convirtió en activismo.
Comprendí que nuestra lucha no podía quedarse solamente en bailar, zapatear, tocar la jarana, decir décimas, organizar coloquios o celebrar festivales. Todo eso es indispensable porque la cultura nos mantiene vivos, pero había que dar otro paso: había que conocer la ley y convertir el reconocimiento cultural en <<derechos>>.
Hacia 13 de junio 2013 tuve la oportunidad de entregar la reforma al artículo 16 de la Constitució Oaxaqueña al entonces gobernador de Oaxaca, Gabino Cué, una iniciativa relacionada con el reconocimiento de las comunidades afrodescendientes. Años más tarde, en 2019, en México se daría un paso histórico con el reconocimiento constitucional de los pueblos y comunidades afromexicanas y su inclusión en el inciso C del artículo segundo.
Para quienes habíamos seguido este movimiento, aquello significó mucho más que aparecer en unas líneas de la Constitución. Significaba que, después de siglos de presencia africana en México, comenzaba a existir una base jurídica para reconocernos, organizarnos y exigir que nuestros derechos se tradujeran en políticas públicas.
Ya en Veracruz comenzamos a mirar hacia nuestras propias comunidades. Las Peñitas emprendió su proceso de reconocimiento e incorporación al catálogo nacional correspondiente y, con el tiempo, comenzó a acceder a mecanismos de apoyo destinados directamente a las comunidades. Esa experiencia nos hizo entender algo: el reconocimiento sí puede tener consecuencias concretas en la vida de los pueblos.
Pero también descubrimos cuánto falta. El 29 de marzo de 2026, en Ciudad Isla, Veracruz, dimos otro paso importante. Comunidades afromexicanas nos reunimos en asamblea y decidimos constituirnos como Pueblo Afroveracruzano. ¿Por qué hablar de un Pueblo? Porque, así como existen pueblos indígenas conformados por numerosas comunidades, consideramos que las comunidades afrodescendientes de Veracruz compartimos elementos históricos y culturales suficientes para comenzar a reconocernos, encontrarnos y organizarnos como pueblo.
Las comunidades actualmente reconocidas, sin embargo, son apenas una mínima parte de nuestra realidad. Falta mirar hacia Veracruz puerto, Alvarado, la Mixtequilla, Tierra Blanca, Tres Valles, Cosamaloapan, Chacaltianguis, el Sotavento, la costa y el sur del estado. Falta investigar a muchas comunidades cuyas historias permanecens guardada en archivos, fotografías familiares y, sobre todo, en la memoria de nuestros abuelos y abuelas.
Porque reconocernos no depende únicamente del color de la piel. Tenemos que conocer nuestra historia. En la Cuenca del Papaloapan hubo grandes movimientos de población durante distintas etapas de desarrollo agrícola y económico. Llegaron personas de Oaxaca y de diferentes regiones de Veracruz; trabajaron, formaron familias y se mezclaron con quienes ya habitaban estas tierras. De intenso proceso venimos muchos de nosotros.
Por eso, una de las tareas más importantes es preguntarnos: ¿Quiénes fueron nuestros abuelos? ¿De dónde llegaron? ¿Por qué llegaron? ¿En qué trabajaban? ¿Cómo nació nuestra comunidad? Un pueblo que desconoce su historia difícilmente puede comprender su presente y decidir su futuro. Y organizar a las comunidades afrodescendientes no es sencillo. Desde mi experiencia existen al menos tres grandes obstáculos.
El primero es precisamente el desconocimiento de nuestra historia. Durante generaciones nos hemos dedicado a algo mucho más urgente: sobrevivir. Criar a nuestros hijos, trabajar, sembrar, pescar, comerciar y llevar el alimento a la casa. Hay familias que viven al día y para ellas preguntarse de dónde venimos o hacia dónde vamos puede parecer secundario.
El segundo problema es la representación. Nuestras comunidades participan y apoyan procesos políticos, pero no siempre quienes alcanzan un cargo o reciben un nombramiento vuelven la mirada hacia ellas. Necesitamos representantes que recuerden y tengan muy presentes a nuestros pueblos, no solamente cuando necesitan su respaldo electoral, sino también cuando llega el momento de decidir presupuestos, caminos, escuelas, programas sociales y políticas públicas.
El tercer obstáculo es el desconocimiento de nuestros derechos y obligaciones. Todavía muchas comunidades no dimensionan lo que significa que, desde, 2019 los pueblos y comunidades afromexicanas estén reconocidos constitucionalmente. Una ley que nadie conoce, difícilmente puede transformar una comunidad. Por eso nuestra lucha también debe ser por la información adecuada y oportuna.
Hoy Veracruz tiene una oportunidad extraordinaria. Las reformas legales y el proceso de construcción de instrumentos específicos para pueblos indígenas y afromexicanos pueden abrir una nueva etapa, pero el reconocimiento jurídico tiene que llegar a la vida cotidiana. Porque todavía tenemos comunidades donde un joven debe gastar cientos de pesos para asistir a la universidad. Existen cientos de familias cuyos hijas e hijos terminan la preparatoria y ya no pueden seguir estudiando. Hay localidades con caminos difíciles, comunidades con problemas de conectividad y lugares donde todavía falta acceso adecuado a servicios básicos fundamentales que es obligación del Estado mexicano proporcionar.
Por eso digo que el catálogo no es la meta. Ningún pueblo lucha solamente para aparecer en una lista. Queremos hospitales, escuelas, universidades, caminos, puentes, internet, apoyo al campo, oportunidades para nuestros jóvenes, desarrollo para nuestras mujeres y hombres y, sobre todo, participación en las decisiones.
También necesitamos instituciones que comprendan nuestra realidad. Respetamos profundamente la lucha histórica de los pueblos indígenas, pero las comunidades afromexicanas tenemos historias, territorios y necesidades particulares. Necesitamos espacios de atención donde haya personas provenientes de nuestras propias comunidades, capaces de comprender nuestra historia y acompañar nuestros procesos.
A pesar de todo lo que falta, tengo esperanza. Creo que llegará el momento en que la información comience a caminar de pueblo en pueblo y de comunidad en comunidad. Y creo que la cultura puede ser el gran puente para conseguirlo. La décima, el son, el fandango, la jarana, el zapateado, nuestras fiestas, nuestra gastronomía y nuestras historias pueden llevarnos hacia algo todavía más grande: construir una base social, económica y política Afroveracruzana (y Afromexicana) bien organizada.
No queremos abandonar la cultura para entrar en la política. Queremos partir de nuestra cultura para comprender nuestra historia; de nuestra historia para conocer nuestros derechos; de nuestros derechos para organizarnos, y de nuestra organización para transformar nuestras comunidades.
Por eso hoy la invitación que hago es para nuestras familias, comunidades y pueblos; para nosotras y nosotros mismos. Hay que volver a hablar con nuestras y nuestros mayores. Hay que buscar documentos, fotografías y testimonios. Hay que investigar nuestras comunidades y contarles esa historia a nuestros hijos.
Y después, con conocimiento y sin imponerle una identidad a nadie, cada comunidad podrá decidir cómo reconocerse. El Pueblo Afroveracruzano apenas comienza esta nueva etapa de su historia. Nos esperan discusiones, organización y seguramente nuevas batallas legales y sociales. Pero también tenemos una oportunidad que generaciones anteriores no tuvieron.
Podemos levantar la mano y decir: aquí estamos. No para pedir privilegios. Para participar. Para ser escuchados. Para asumir también nuestras responsabilidades. Para ayudar a decidir el rumbo de nuestras comunidades. Porque reconocernos como afrodescendientes no significa vivir mirando hacia el pasado. Significa conocer de dónde venimos para entender quiénes somos y, sobre todo, decidir juntos hacia dónde queremos ir.
Luis Antonio Rodríguez Pulido
Las Peñitas, Veracruz
pd: Escribo esto en el proceso de consulta de una ley para las comunidades Indígenas y Afromexicanas, ley que se dice única en el mundo y que fue semi revisada por las comunidades; Como se dice en el argot jarocho: “dizque nos la presentaron”.
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La Manta y La Raya # 21 septiembre 2026 ________________________________________________________________________
Una muestra dela colecciónContreras Árias
en el Museo Nacional de Antropología
Ciudad de México
Juan Guillermo Contreras Árias, Melitón Tapia, inah, 2026.
Con el título: Instrumentos musicales de México y el mundo, se presenta por corto tiempo en el Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México, una muestra de 400 instrumentos musicales de la colección del notable organólogo mexicano Juan Guillermo Contreras Árias.
En la actualidad la colección de Contreras Árias, quien es investigador del inbal y profesor de música de la unam, consta de más de cuatro mil instrumentos musicales de México y del mundo (Europa, África, Australia, Indonesia…), que resguarda en tres casas en la ciudad de México.
En la extensa colección hay violines y rabeles, bajos quintos, guitarrillas y guitarras gigantes que se tocaban en orquestas típicas, y tambores de todo tipo: unos pequeños, para los voladores de Papantla, o unos tarahumaras, enormes, como de una brazada, que se acompañaban con el sonido de una flauta. También hay salterios, cítaras, marimbas; flautas, cornetas, silbatos, ocarinas; acordeones y armonios.
Nos dice Contreras Árias, “Donde más variedad tengo es en arpas mexicanas. Algunas chiquitas como las de los conquistadores españoles, son modelos de los siglos xvi, xvii y xviii. Del siglo xix hay más variantes porque entonces los indígenas y las castas (afros, mulatos, cimarrones…) ya tenían libertad de fabricar sus propias versiones de arpas, violines, guitarras… Porque antes de la Guerra de Independencia, la Inquisición y los fabricantes novohispanos los castigaban severamente para impedir que hicieran sus propios instrumentos”.
Explica la razón de negarse a vender su colección: “No los vendo; aunque venderlos me daría una vida de maravilla, perdería la razón de mi existencia, porque desde joven fue mi sueño. Ahora podría realizar ese sueño y compartirlo. Por el patrimonio que tenemos, nos lo merecemos”.
“Desde joven soñé coleccionar instrumentos para algún día montar un museo. Porque México es un barril sin fondo en instrumentos musicales”. Agrega que sería un museo vivo que nos cambiaría el pensamiento e incentivaría nuestra identidad porque no sólo mostraría la riqueza del país en instrumentos musicales, también habría conciertos, talleres, conferencias, seminarios, e incluso venta de instrumentos. “Aprenderíamos y ganaríamos todos”.
Hasta la fecha el proyecto de crear un museo de instrumentos musicales mexicanos, el cual se ha planteado varias veces desde hace décadas, no se ha concretado. “Muchas promesas”, dice Juan Guillermo Contreras, “pero a la mera hora…¡pácatelas!”.
Por otra parte recordamos la gran exposición que se llevó a cabo en 1997 en el Museo Nacional de Culturas Populares en Coyoacán, cdmx, bajo la dirección de Cristina Payán, titulada Al son que me bailes, toco… Senderos de la música popular, (durante todo un año). De acuerdo con Marco Barrera, esa exposición fue concebida cuidadosamente desde la etnomusicología, la historia y la musicología. Presentó más de 5 horas de grabaciones que podían ser escuchados mediante distintos artilugios interactivos, e ilustrada con más de 300 instrumentos musicales mexicanos (de la colección Contreras Árias) y de arte popular. Esta magnífica exposición ejemplificó, diacrónica y sincrónicamente, aspectos geográficos, rituales, literarios y plásticos, de tradición oral y coreográfica, campesina y urbana.
Los Editores
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La Manta y La Raya # 21 septiembre 2026 ________________________________________________________________________
El primer viernes de marzo
Juan Chiro, 2026
En las cuentas del tiempo los mexicas manejaban dos calendarios: el xiuhpohualli, calendario solar de carácter civil de 365 días, repartidos en 18 meses de 20 días más 5 días nemontemi, y el tonalpohualli, calendario lunar de carácter místico de 260 días, repartidos en 20 meses de 13 días.
Hay muchas controversias con su equivalente en el calendario actual con respecto al inicio del nuevo ciclo o año. Se infiere que el año nuevo mexica iniciaba en lo que sería el 3 de febrero, o el 2 como afirman otros investigadores con respecto al calendario romano reformado (el de Numa Pompilio). Con el ajuste de días en el calendario juliano, sería el 13 de febrero y con el calendario actual o gregoriano el 23 de febrero. En la cosmogonía mexica la trecena del primer mes (del 3 al 15 de febrero del calendario romano reformado) del tonalpohualli, estaba dedicada a Chalchitlicue, diosa del agua y se denominaba atlcahualo que significa cesación de las aguas, celebrándose con sacrificios.
La trecena del segundo mes (del 16 al 28 de febrero) estaba dedicado a Xipe dios de la siembra y el cultivo, se denominaba Tlacatzipehualiztli que significa desollamiento y era celebrado con rituales dedicados al campo.
La tercera trecena (del 1 de marzo al 13 de marzo) estaba dedicado a Coatlicue, diosa de la tierra y asociada con la primavera, denominado tzoztontli que quiere decir pequeña vigilia, fechas en las que se sahumaba el xinastli o sementeras con incienso y copal preparando el camino para recibir al sol en el equinoccio de primavera.
Nuestros ancestrales campesinos siguieron por siglos realizando el ritual de quemar copal e incienso para sahumar el xinastli, las tierras dedicadas al cultivo y las casas con la esperanza de recoger buena cosecha en los campos, paz y tranquilidad en los hogares.
Con el proceso de evangelización y la introducción del calendario europeo en la cultura mexica, a nuestros ancestros se les olvido que era lo que celebraban, pero lo siguieron haciendo por muchos siglos. A través de ese tiempo se fueron introduciendoelementos de la religión europea, cambiándose así la concepción del origen de estos rituales asociándolos con ideas demonológicas hasta la actualidad.
Con el paso del tiempo se fue nutriendo con los aportes de la herbolaria, la astrología, la numerología, el saber de los hueseros, culebreros, chupadores, etc. depositarios de ancestral conocimiento de la medicina del cuerpo y alma.
Han sido muchos factores que han influido para propagar la desvirtuada idea de esta ceremonia en las seis últimas décadas. Fue por inicios de la década de los setenta en que se proyecta a nivel nacional en el programa televisivo de Siempre en Domingo de Raúl Velasco la actividad que realizaba el cuate Chagala en Santiago Tuxtla, para posteriormente realizarse el primer encuentro de brujos en Catemaco con Gonzalo Aguirre.
Por otro lado, es ineludible que existen misterios que las ciencias materiales no pueden explicar y solo a través de las antiguas ciencias sagradas se pueden entender.
Esta es la temática que ahora se maneja en marzo quedando muy lejos los principios que le dieron origen y razón de ser.
De esta manera nace nuestro moderno primer viernes de marzo. Pasa de una ceremonia mística de purificación, agradecimiento a la naturaleza por sus bondades y preparación para recibir la primavera, a una ceremonia de protección contra las fuerzas oscuras del mal.
Con esta nueva concepción de la fecha fueron cambiando los ceremoniales, los espacios y objetos empleados en los rituales.
Y con esta otra visión, hace más de medio siglo las familias salían temprano al campo a buscar hierbas y cascaras de contra o del árbol llamado basalillo, mismas que bajaba a vender al mercado hasta donde acudía la población para comprarlos.
Ya en casa cada familia esperaba al punto del medio día para curtirlas en aguardiente o vino, sahumar la casa, cada cuarto, cada rincón con copal.
Por la noche se reunía la familia esperando la hora indicada y se volvía a sahumar la casa y las personas, quienes pasaban por el humo del sahumerio cubriendo los cuatro puntos cardinales y posteriormente se tomaban una copita de contra curtida el año anterior.
Era costumbre que las abuelas colectaran los orines por tres días en las bacinicas y esa noche los regaran alrededor de la casa. Sobre los techos de lámina o zacate se esparcía una mezcla de semillas de mostaza y sal para evitar que los nahuales entraran a la casa.
Pero mientras llegaba la hora indicada las personas mayores se ponían a platicar el por qué se tenía que realizar todo este ritual a través de una serie de historias vividas o escuchadas entre la gente.
Y así iniciaban la plática:
-Hay que curar la casa porque esta noche practican los brujos y se desatan las fuerzas malas, te acuerdas cuando…
Andrés Bernardo Moreno Nájera
febrero 2019
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La Manta y La Raya # 21 septiembre 2026 ________________________________________________________________________
Félix Baxin, un hombre sabio
Gilberto Gutiérrez
Silvia González de Leon
Si de algo sabía Félix Baxin era del maíz. Lo pude saber por una invitación a comer que nos hizo.
¿Dónde lo conocí? Sucede que me integré al ivec en 1988, invitado por la doctora Ida Rodríguez Prampolini, fundadora del Instituto. En parte, lo que hacíamos era organizar fandangos en lugares en los cuales el fandango era, aun, memoria viva.
Participábamos, con aquel Grupo Mono Blanco de finales de 1980, en el programa sabatino, de la xeu, Pa su Mecha. Un sábado de esos, anunciamos: “Próximo sábado Fandango en Tres Zapotes, municipio de Santiago Tuxtla. Frente a la caseta de Teléfono. Ahí nos vemos, a partir de las seis de la tarde.”
Llegaron el dia y la hora. Aparecieron Félix y Arcadio Baxin, y con ellos llegó el joven Mizumi, cuya presencia era opacada por la fuerte personalidad de los hermanos Báxin. Con toda mi atención en ellos, Félix y Arcadio nos platicaron que venían de El Nopal, allá en el otro lado del cerro de El Vigía, ya en el municipio de San Andrés Tuxtla.
Tocaron, cantaron y bailaron; amaneció y después de, quizá, un tamal con café, se fueron, ellos rumbo a El Nopal y nosotros a Veracruz.
Se hizo costumbre mandar saludos, desde la cabina de la xeu, a El Nopal, municipio de San Andrés Tuxtla, para los hermanos Baxin. Era una forma de estar conectados.
Luego los recuerdo en la fiesta de La Candelaria en Tlacotalpan, donde participaron en el encuentro, como Grupo La Candelaria. Félix y Arcadio Baxin, Belén Torres, Mizzumi Guerrero y Fernando Salas.
Nos encontrábamosvarias veces al año. Siempre coincidíamos en los encuentros de San Andrés y Santiago Tuxtla. De mucho conocernos, nos invitó a comer a su casa en Sinapan. Tenía la cosecha de maíz en mazorca, esperando a ser desgranado. Un maíz amarillo, casi oro, de mazorca mediana; un maíz blanco, de mazorca más grande; y un poco de maíz morado, que se usa para tamales de velorio. El amarillo, me dijo, es para los animales, es el que está bien para ellos, el blanco es para el consumo de la familia.
Entre la plática me contó que en una junta, quizá ejidal, vino un ingeniero, que les ofrecía una semilla de mejor rendimiento, que aguantaba cualquier enfermedad, pero, un gran pero: no daba descendencia. Tendrían que comprar, por siempre, la semilla apropiada y manipulada por la empresa que representaba el ingeniero aquel. El buen Félix, le dijo al ingeniero: “¿Cómo me va usted a decir que una semilla que no da descendencia es mejor que la que sembramos, que heredamos de los antigüelos (sic), y en cada cosecha seleccionamos la mejor parte de las mejores mazorcas para semilla?”
En una ocasión, me tocó organizar un ensamble de veteranos para que se presentaran en Cumbre Tajín. Don Delio Morales, don José Palma, doña Juana Utrera y María y Félix Baxin; también se unió a la banda don Andrés Vega, que por su lado viajaba con Mono Blanco.
El punto de encuentro fue Santiago Tuxtla, yo hacía de conductor en una suburban, y María y Félix iban en el asiento delantero. Ellos dos tenían una capacidad de divertirse, con las palabras, con los juegos de palabras y con un humor tuxteco que solo algunos tuxtecos entendemos. Fue un viaje donde el tiempo transcurrió rápido. Al día siguiente, todos ellos hicieron una presentación hermosa, llena de raíz y sabiduría; el que fueran de distintos lugares, no importó, porque hablaban un lenguaje común: el del son jarocho; después de dos tres sones en el ensayo estaban ensamblados.
Inolvidable, el día que, en los portales de Córdoba, Félix Báxin estaba sentado sobre el pisodel corredor, en el palacio municipal, Emiliano, nuestro hijo, en ese entonces aun infante, se montó en su espalda y se puso a despeinarlo; él, en lugar de enojarse y gruñir se puso a echar relajo con el niño. Cosa que me dio mucho gusto, al ver dos generaciones dispares conviviendo en el espíritu del Encuentro de Jaraneros.
Por eso, la noticia de su muerte nos dio una infinita tristeza, murió el amigo, compañero de fandangos, que sabía de semillas nativas, que preparaba la tierra con yunta, que tocaba guitarra cuarta y que no le deseaba mal a nadie: un hombre lleno de virtudes.
Su fue y se le deseo que tenga un camino lleno de luz y música. La flota lo despidió soneándole, como se lo merecía. En el cielo estará. Acá, en la tierra, será recordado por largo tiempo, en la rueda del fandango que tanto disfrutó.
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