Migraciones mayas y yucatecas a Cuba

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

Migraciones mayas y

yucatecas a Cuba

 

Victoria Novelo Oppenheim

 

 

El largo tiempo colonial

La lectura de documentos coloniales, crónicas, censos y hallazgos arqueológicos en la parte más antigua de la ciudad de La Habana, conocida como La Habana Vieja, amén de textos contemporáneos de primera mano, confirman la presencia yucateca en Cuba desde inicios de la época colonial hasta la primera mitad del siglo xx.

Con la información disponible es posible dibujar la imagen de una costumbre, por así decir, vieja y constante, libre y forzada, de los yucatecos y otros mexicanos de irse a vivir a la isla de Cuba por tiempos cortos y largos, por muchos y diversos motivos. En una cuenta histórica tan larga, los viajes, los escenarios, las circunstancias y los ambientes sociales que rodearon a los migrantes fueron transformándose, como lo iban haciendo las sociedades de origen y de destino alrededor de los procesos que impuso la conquista-colonización europea primero, y después, los que iría configurando el desarrollo del capitalismo en las sociedades poscoloniales y sus historias políticas. Y sin embargo, es posible decir que los movimientos de población yucateca y sus relaciones intracaribeñas a partir del siglo xvi, fueron dejando una huella perceptible en la isla de Cuba.

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El marimbol jarocho de finales del siglo XX

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

El marimbol jarocho

de finales del siglo XX

 

 Francisco García Ranz

Planos del marimbol de Calkiní, Campeche. Salvador Ortega Guerrero (1980).

 

Al marimbol, un lamelófono mexicano de ascendencia afrocaribeña también conocido en México como marimbola o marímbula, lo descubrí a través del artículo titulado “El marimbol, un instrumento musical poco conocido en México”, publicado en 1980 en la revista Antropología, Boletín del INAH. En ese trabajo inédito, dividido en cuatro partes, André Fara Biram escribe una introducción de ‘La sanza o marimbol en África’; Irene Vázquez y Gabriel Moedano tratan el tema de ‘El marimbol en América’; Salvador Ortega Guerrero hace una descripción detallada de ‘Un marimbol procedente de Campeche’; y el trabajo concluye con una ‘Transcripción de una jarana de Campeche acompañada con marimbol’ de Francisco Tomás y Fernando Nava. 

El marimbol que describe a profundidad Salvador Ortega Guerrero es un instrumento de 7 lengüetas (teclas o flejes), con una enorme caja de resonancia (100 x 46 x 20 cm) y cuerdas simpáticas en su interior. El instrumento fue registrado en Calkiní, Campeche, y se encontraba en uso: formaba parte de un conjunto musical compuesto por dos guitarras, marimbol y maracas. 

El Boletín del INAH Núm. 33 lo conocí en 1982 e inmediatamente despertó en mí una gran inquietud y fascinación. Para ese entonces ya era aficionado a la música étnica africana, en particular me entusiasmaban los sonidos de los xilófonos del Oeste de África así como la música de los lamelófonos de Zimbabwe o de las selvas profundas de Gabón, sin embargo la presencia histórica y aún tangible del instrumento en América que reportaban Vázquez y Moedano fue para mí una revelación. El impulso de construir un marimbol con los planos de Salvador Ortega Guerrero surgió inmediatamente y éste se volvió un propósito. Una vez dedicado a la carpintería el proyecto empezó a caminar y se consolidó finalmente 14 años después, comenzando el año de 1996. Ahí empieza la historia de muchos de los marimboles que construí y que fueron incorporados al son jarocho por una nueva generación de grupos en la recta final del siglo xx y principios del xxi. Solamente para dar una idea de la magnitud que fue la aparición del marimbol, entre los años 1997 y 1998 construí hasta 38 marimboles en diferentes tamaños en Tepoztlán, Morelos. 

En esta historia del marimbol y el son jarocho que vengo contando, es poco conocido el marimbol que construyó Jorge Bapo Martínez de Santiago Tuxtla, con los planos de Guerrero Ortega de 1980, el cual fue incorporado muy pronto al ensamble instrumental del grupo Río Crecido por un breve lapso. Este grupo de Santiago Tuxtla viajó con este prototipo hecho en casa y se presentó en la Ciudad de México en 1998. Sin embargo la historia del marimbol en Los Tuxtlas no empieza ahí. 

Por otra parte mencionaría la motivación del antropólogo y arqueólogo Alfredo Delgado Calderon por dar a conocer, desde principios de los años 1990, la marimbola de la Sierra Mixe Baja de San Juan Guichicovi, Oaxaca, y su música. El maestro Delgado Calderón llevó (coincidentemente) al médico Hector Luis Campos y una pequeña comitiva de Santiago Tuxtla a conocer la música de jaranas y marimbola de Guichicovi en 1993.

Quedan aquí estas notas y cronologías puestas al día, salpicadas de anécdotas personales y otros excesos, sobre este lamelófono de gran cajón, el marimbol veracruzano como lo bautizara Octavio Rebolledo, o marimbol jarocho como también se le nombra, que se visibiliza claramente a finales del siglo xx y asociado con el nuevo son jarocho. Una reflexión sobre este fenómeno la reservo para otra oportunidad. Se incluye una sección de anexos en donde se repasa a grandes rasgos el conocimiento que se tiene actualmente sobre los lamelófonos mexicanos. 

. . .  continua

 

 


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Canto viejo

Canto viejo

Andrés Bernardo Moreno Nájera

 

 

En una ocasión tocando en una comunidad un buscapié junto a otros campesinos, se acercó un jovencito y pregunto: ¿que son están tocando? El Buscapié –le conteste– están tocando mal porque no es así, mi maestro me lo enseño de otra manera, replicó, a lo que amablemente le respondí, tu toca como te enseño tú maestro, nosotros tocaremos como lo aprendimos y lo hemos tocado.

La percepción de los sonidos musicales es diferente en cada individuo, lo que para unos es agradable para otros es desagradable, eso tiene que ver en cómo llega a nosotros, como empezamos a relacionarnos con ellos y como los aprendimos para su ejecución. 

La razón es que para algunos los sonidos nos traen recuerdos que se asocian con hechos suscitados durante el desarrollo de la vida cotidiana, para otros solo es la demostración de las habilidad y destreza en la ejecución y para otros más es el simple hecho de tocar y convivir, independientemente que se comercialice o no.

Esto tiene también que ver con la música ejecutada y la razón que la propicia, para unos músicos es la aportación hacia la comunidad en los festejos socio religiosos de los cuales es parte de su cultura identitaria, para otros es la profesionalización de la expresión artística y para otros más es el cotorreo o pasar momentos de esparcimiento.

Las costumbres de hoy no son iguales a los tiempos de antes en torno a la música popular campesina del son jarocho, he aquí algunas costumbres de nuestros viejos ejecutantes y cantadores:

Cada músico tiene predilección por ciertos sonidos de las cuerdas, de ahí su forma de encordar su instrumento. Un requinto no puede sonar grave, su sonido es agudo, chillón, lastimoso para algunos, pero logra su equilibrio con una jarana tercera o tercerola de un sonido más grave, a su vez los instrumentos grandes no deben sonar agudos, esto era una razón para que se buscara el equilibrio de la música con el tamaño de los instrumentos.

Los tocadores antes de afinar sus instrumentos veían quien era el que cantaría y de ese modo seleccionaban el tono o la altura, esto con la finalidad que el versero entonara bien y aguantara cantando lo más posible, pero sobre todo declarara cada verso cantado. 

Las condiciones climáticas también influían en la altura o tono seleccionado, los instrumentos no quedaban afinados al mismo modo; los jaranas terceras y segundas las afinaban por 4 o por 2 (por mayor o menor según los ancianos), las jaranas primeras y los requintos en sus diferentes modalidades los afinaban por chinalteco, bandola, media bandola , variación,  mayor obligado o menor obligado. Esto le daba a la música un sonido muy especial, más rico, que aún se puede apreciar en algunos velorios o huapangos de comunidades campesinas. 

Todos los cantadores y músicos se cuidaban y cuidaban sus instrumentos. El guitarrero, el violinero y el jaranero no se mojaban las manos si habían tocado toda la noche,  esperaban uno o dos días para bañarse, además de untarse petróleo en los dedos y las muñecas de las manos. 

Las cuerdas eran revisadas periódicamente. En los tiempos de las cuerdas de tripa se les untaba aceite para que no se resecaran ni se las comieran las cucarachas. En el tiempo de las cuerdas romanas había que cambiarlas cuando se empezaban a desparpajar, en la actualidad las cuerdas de nylon hay que cambiarlas periódicamente porque se desgastan y las cuerdas gastadas “desdicen” la música. 

De la misma manera el cantador tomaba sus precauciones antes de ir a la fiesta, durante la misma y después de haberse terminado.

Antes de hacerse presente en la tarima los cantadores se tomaban en casa un té de canela caliente con un chorrito de aguardiente, o un torito de limón, otros mascaban canela o tomaban traguitos de miel de colmena.

Durante el huapango se ponían donde el viento no les soplara en la cara, se amarraban el paliacate al cuello para tener tibia la garganta y procuraban no tomar frío. Después de haber terminado de cantar tomaban té o café y si era posible medio vaso de jerez caliente.

Cada comunidad tenía su cantador que era reconocido como el mejor de su lugar por la forma de entonar, por la fuerza de su voz, por la cantidad de versos que se sabía o por la forma de responder o de componer en el “aire” o al “vuelo”.

La región vio nacer muchos cantadores que hicieron historia en sus lugares de origen y eran los que representaban a su comunidad cuando acudían a otras regiones, entre los más recordados se mencionan a: Alejandro Honorio, Adalberto Toto Toxtega y Ubaldo Cobaxin de Soyata; Juan Ramos de Axochio, Bartolo Muñoz de Ahuacapan; Macedonio Gómez de los Méridas; Simón Baxin y Rafael Baxin de Cerro Amarillo de Arriba; Juan Baxin Baxin de Cerro Amarillo de Abajo; Luciano Campechano y Manuel Chagala en el Salto de Eyipantla; Juan Quinto en Buena Vista; Matías Fiscal y Antonio Xolio en Ohuilapan; Feliciano Hernández y Gabriel Hernández Pérez en Comoapan; Francisco Catemaxca Ambros en Tepanca; Enrique Pérez, Procopio Paz, Julio Chigo, Enrique Cárdenas en San Andrés Tuxtla, entre otros.

La música ejecutada con las jaranas no solo era para bailarse en la tarima, había piezas musicales para las ceremonias fúnebres, religiosas y dancística, como es en el caso de la danza de la malinche que también se ejecutó en nuestro pueblo; también las había para los juegos de niños y jóvenes en las tertulias dominicales de muchos hogares como fue el son de Los Enanos, o las piezas de carácter divino que se cantan en diciembre conocidas como Las Pascuas.

En gran parte de los asentamientos Nahuas y Popolucas se acostumbraba tocar a los niños que morían porque era la creencia que como no se habían divertido aún, había que tocarles para que se fueran contentos a la otra vida si no su alma venía a penar, de esta manera los músicos acudían voluntariamente ante algún deceso y se ponían a tocar toda la noche. Entre los sones que se ejecutaban están el huerfanito, el trompito, pero también se podían tocar otros sones de una manera más pausada, no festiva.

El cantador cumplía una función importante en el huapango, era el que medía el tiempo de diversión del bailador, echaba la copla cuando consideraba que los bailadores ya se habían divertido y propiciaba la remuda en la tarima.

El cantar tenía sus reglas y el cantador las sabía y se ajustaba a ellas. Así los versos al cantar dependían del son que se estuviera tocando. Cada son tenía su propia temática, y detonación que lo diferenciaba de otros sones, además algunos de los sones se ejecutaban en otra tonalidad porque así lo pedía su naturaleza y las condiciones físicas al momento de su ejecución. 

El oficio de cantador era respetado y se tenía en gran consideración, tanto que siempre se enviaba a un ¨Propio¨ para invitarlo a un huapango. 

El cantador solo era cantador y cumplía cabalmente esa función, ese era su trabajo dentro de la comunidad, de tal manera que cualquiera podía contestar el pregón, pero no todos podía pregonar. Si alguien se sentía con actitud para cantar estando ya un cantador presente tenía que iniciar pidiendo permiso, disculpándose por el atrevimiento con humildad, este era la razón por la que todo cantador, antes de salir al huapango repasaba sus versos ya fuera en cadena o al pie o por la consonante, o de relación, además de llevar la mente fresca para cualquier cosa que se ofreciera o presentara.

Era gusto de muchos cantadores viejos encadenar la copla con el estribillo en el caso de El Siquisirí, de esta manera se complementaba el tema o se ampliaba y se podía continuar con la temática todo lo que durara el son, por eso no era prudente que todos pregonaran, si alguien deseaba pregonar tenía que pedir permiso y disculparse en la entrada porque lo más probable es que rompiera la cadena. 

En el zapateado era más simple llevar la cadena y ampliarla, o jugar con las coplas para ver la capacidad y habilidad de los cantadores. Iniciaban con canto de relaciones, se podía proseguir con el canto a la consonante, continuar con cantarle al pie, formar cadena, canto de argumentos o argumento mayor, y se podía terminar con versos picones cuando alguno de los verseros no reconocía la habilidad de su contrincante.

También era costumbre en los pueblos pequeños y comunidades de aquellos tiempos acudir al cantador cuando se trataba de echar coplas por encargo y sobre todo en el son de El Fandanguito, ante el acudían los enamorados y despechados.

Andrés Bernardo Moreno Nájera

marzo 2024


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Pepe Macías

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

Pepe Macías El Tapatío,

rumbero y bohemio

Merry Mac Masters 

Entrevista realizada en 1983.

 

 

La sola mención del Son Clave de Oro nos remite a tiempos de la Segunda Guerra Mundial cuando la vida nocturna en México estaba en su apogeo, cuando la industria radiofónica dictaba los horarios y los gustos de la población. 

Hoy día el Son Clave de Oro viene a ser una especie de mito. Referirse a ello equivale a “bajar la mirada, respirar profundo y ponerse serio”. Imagínese tener a Mongo Santamaría en los bongóes, a Carabela tocando su trompeta y dando vueltas en la película “Salón México”. 

Luego, de cantantes, figúrese un mano a mano entre El Morrito y Moscovita, y posteriormente, escuchar a Chepilla, cuya voz identificaba al Son Clave de Oro. Semillero de soneros fue este conjunto. Por más que digan que ahora la música afroantillana tiene mayor aceptación que antes, esos días ya pasaron. 

Pepe Macías El Tapatío ingresó a la segunda versión del Son Clave de Oro en 1939. A principios del 42, cuando el titular del grupo, Guillermo Cházaro, se fue de comandante de aduanas a Ciudad Juárez, el clavero y percusionista se quedó al frente. Fungió como director hasta 1951, año en que Macías dejó el Son a sus compañeros José Vázquez Chepilla y Güicho Iturriaga. 

¿Por qué salió? Por una parte, se cansó de lidiar con los elementos –”la gente sonera es brava, dificil de llevar y envidiosa”–, pero por la otra, tuvo miedo a la vejez. El Tapatío había estado en la música desde los 14 años de edad. De adolescente aprendió el oficio de ebanista. No obstante, veía que a los músicos grandes no los quería nadie y pensó: “¿Qué podré ofrecerle a mi familia?”. 

Aunque después Pepe Macías se dedicó a tareas muy alejadas de la música, en su corazón nunca dejó el son. A sus 70 años, ciego desde hace seis y recientemente amputada media piérna, este sonero se mantiene al tanto del teje y maneje de la música tropical en México. 

El Tapatío no nació en Veracruz. Cuando llegó al puerto a la edad de siete años, lo primero que escuchó fue un trío de cancioneros interpretando bambucos y boleros. En este momento, dice, se encendió en su alma una llamita por la música. 

Originario de Aguacatlán, Nayarit, su padre era “sota” de la diligencia de Guadalajara a Tepic y cuando el Sudpacífico entró de la capital jalisciense rumbo a Nogales, la familia tuvo que mudarse a Veracruz debido al trabajo del padre. De los tres hermanos, Antonio, el mayor, se dedicó al comercio y Pedro, el más chico, fue agente aduanal. “Yo estaba en medio y decían que era el más terrible. Músico me hice porque hasta con las latas me entretenía”, platica. 

A los hermanos Macías les decían Tapatíos porque eran muy buenos para jugar fútbol. En la casa de don Pepe había una vitrola donde se escuchaban los discos del Sexteto Habanero, el Sexteto Nacional y el Trío Matamoros. Y en diciembre la palomilla del Callejón de Clavijero sacaba la rama y cantaba la rumbita, “una limosna para este pobre viejo”. Pero todavía no había entrado el gusto por la música tropical. 

“En Veracruz hacía furor el tango. Tan es así que muchos de nosotros de niños recordamos que Toña La Negra era tanguista, haciéndose acompañar por los guitarristas Manuel Peregrino, su hermano, y Nacho Uscanga”. 

* * * 

En la década de los veinte si alguien quería un disco de son, lo encargaba a La Habana. En el puerto de Veracruz había dos casas comerciales que conseguían estos discos: Arjona, en el mercado, y Pazos, en Independencia, frente al Café de La Merced, dice El Tapatío. 

Su tío iba a comprar los discos de son a Casa Arjona. Luego, la tía los ponía en una vitrola de aquellas RCA Víctor, de bocina grande. La familia vivía en el patio San Miguel, en el Callejón de Clavijero, a media cuadra del Teatro Variedades, donde llegaban las compañías de Europa y de La Habana antes de debutar en la Ciudad de México. 

Transcurría el año de 1928. Un buen día vieron anunciado a unos “negritos” que venían con el Son Cuba de Marianao. “Como yo era un jovencito muy inquieto para el asunto de la música, desde que estos negritos tuvieron el primer ensayo me metí a los camerinos del teatro para hacerles mandados”. 

Pepe Macías cuenta que el Son Cuba de Marianao “vino a hacer una “revolución” en Veracruz. “Todo veracruzano que escuchaba la música tropical quiso imitarlos. A finales de 1928, el Son se fue a tocar al Café de la Merced que estaba en el callejón de Ocampo e Independencia, a una cuadra y media de mi barriada. Los chamacos de por ahí los vimos e inmediatamente anduvimos matando gatos para quitarles el cuero y hacer unos bongóes”. 

Relata El Tapatío que el único instrumento de son que existía en México era el güiro. “Lo usaban en las danzoneras y en Veracruz las hubo muy antiguas. Si mal no recuerdo hubo una donde tocó Acerina que se llamó Albertico y Severiano”. 

Improvisaron unos bongóes con un par de barriles de tequila unidos. Las maracas se fabricaron de guajes, quitándoles la semilla y metiéndoles “postes” para los mangos. Con un cajón de jabón Octagón que venía muy macizo, hicieron una marímbúla, o sea, un cajón al que le pusieron flejes de vitrola. Se afinaba para hacerla de bajo. 

Para la festividad de la rama de diciembre se tocaba la “rumba del viejo” con güiros, claves, panderos y una tarolita que conseguían alquilada. Pero como escuchaban los sones del Conjunto Nacional, el Habanero, después el Trío Matamoros y el Son Cuba de Marianao, “nuestro son fue copia de todos ellos”, afirma Pepe Macías. 

En 1929, la palomilla del Callejón de Clavijero sacó el primer son infantil, el Son Tigre. Desde entonces El Tapatío se considera sonero. 

* * * 

Los dos gallegos, Urbano y Herminio Vélez, de la casa Deportes el Tigre, veían ensayar y ensayar a la palomilla del Callejón de Clavijero en el zaguán del patio donde vivía Macías. El problema era con las guitarras. “Teníamos una triangular que hice porque no sabía darle vuelta a las costillas de la guitarra para hacer un tres. Un compañero de nombre Santiago Veitia Reyes, a quien le decíamos El Ratoncito, traía una guitarra habanera de su padre. En este mismo año también llegó a Veracruz un peluquero a quien le llamábamos Calañé, que por 25 centavos la hora daba una clase de tres”. 

Viendo las deficiencias de estos muchachos, una noche Urbano Vélez se paró enfrente de donde estaban ensayando y exclamó: “Chico, de veras ustedes son entusiastas. Tú, Tapatío, que eres aquí el capitán, ¿qué cosas necesitas para sacar un son ahora que viene el carnaval?” 

“Lo que nos hace falta son guitarras”, contestó el muchacho. Al día siguiente el gallego los mandó al empeño de Muslera donde consiguieron dos guitarras por 16 pesos cada una. “Inmediatamente nos fuimos con Calañé que juntó las cuerdas y con unos ojillos nos hizo el tres”. 

En la noche cuando llegaron al ensayo había más voluntarios. De los elementos que formaron parte del Son Tigre, don Pepe cuenta: “Carlos El Kaligüí, salió muy buen tresero; el maraquero, Pepe Mol, era nadador; otro, que tocaba el güiro, era hijo de un carbonero; también había un rumbero, hijo de una señora que freía pescado –le decíamos El Tripa–; y Julio César Orozco, El Mamalinda, cantaba muy bonito”. 

Bueno, en este son infantil había un tres y dos guitarras, pero todo el mundo le huía a la marímbula porque destrozaba los dedos. “En eso pasó uno que en la actualidad es el cronista de los dicharachos veracruzanos en un periódico de Veracruz, el Nótiver. Eduardo Jiménez El Satanás se hizo unos dedos de cuero para poderla tocar”. 

Para su debut en el carnaval los muchachos del Son Tigre se vistieron con sombrero de carrete y unas blusas copiadas del Son Cuba de Marianao. También se pintaron de negro. “Al tercer día ya no aguantábamos la pintura que se escurría con el calor –platica–. Fuimos la atracción. Cantando ‘Mamá Inés’, ‘El Manicero’, ‘Eres clara’ y lo de Matamoros, nos metimos de Independencia para abajo y cuando llegamos a los portales de la Parroquia uno de la palomilla, más pícaro para el asunto monetario, me dice, “oye Tapatío, ¿te fijaste cómo nos tiran dinero de los balcones, además de rollos de serpentinas y dulces? ¿Por qué no nos metemos al portal de Diligencias?”. 

Ya para 1930 en Veracruz empezaron a formarse muchos sones, el Bacardí, el Árbol de Oro, el Sexteto Heroico, también de gente grande, la Flota del Canal, el Son Pastor de las calles de Arista, el 20 de Noviembre y el del Mondonguero. El Tapatío tuvo necesidad de estudiar por la noche un oficio, el de ebanista. Después del furor del Son Tigre, Pepe Macías se quedó en un trío. Agrega, “trabajé por necesidad. Fui muy sufrido y bohemio desde chico”. 

* * * 

Se formaban y se desbarataban sones, pero El Tapatío siguió entonando canciones tropicales con su trío. Del ambiente musical que existía en Veracruz en ese momento, platica: “En el año de 1931 iba a oír ensayar a unos alvaradeños en un patio de nombre del Paseo, ubicado entre Prim y Díaz Mirón, allá por la Alameda.” 

“Tenían de guitarrista a una gloria veracruzana, Güicho Iturriaga. Los alvaradeños sacaron una comparsa en un carnaval y luego se fueron para México con una rumbera muy famosa, La Güera Kerber”. El Son Jarocho, dice, fue el primer grupo local que se fue a México. “En la capital no había más negocio que charoleando en los cabarets. Allí el son se desbarató”. 

El barrio más alegre de Veracruz siempre ha sido la Huaca. “Allí se formó el Son Tonina al que pertenecía Moscovita. Iba mucho con ellos y me dejaban echar la paloma (tocar sin pertenecer al grupo)”, explica. Sin embargo, el jovencito tenía el inconveniente de que si no llegaba a su casa antes de las nueve de la noche, no le abrían la puerta. 

“Los negros del Son Cuba de Marianao se metían a la casa de la señora Celia Pacheco, allí en el callejón de Ocampo. De repente ya llegó fulano, ya llegó zutano y se formaba el rumbón. Se juntaban peloteros, estibadores y muchachas jarochas, divertidas y sanas. Y yo nada más escuchando aquella cosa tan bonita y preguntando la hora. Pues, que se pase la hora. Me quedo a dormir en la calle o con el vecino”, relata el sonero. 

Afortunadamente, El Tapatío tenía un vecino, un maestro albañil, que al ver al muchachito bohemio llegar tarde, le decía, “ya se le hizo tarde, maestro” y lo invitaba a pasar a su casa. Le tendía una lona en el suelo y ponía un disco de Miguel Matamoros “para que se acueste usted tranquilo”. 

* * * 

Transcurría el año de 1935. Un buen día Santiago Veitia Reyes El Ratoncito le dijo a Pepe Macías que él y Julio César Orozco El Mamalinda, irían a México para estudiar. Proponían reorganizar el trío y también hacer un “sonecito”. Así fue como El Tapatío llegó a México a los 20 años, a buscar fortuna sin conocer a nadie. 

“Nuestros primeros amigos fueron unos peluqueros de la calle de Aranda. De ellos, Vicentito Ávila, luego, luego, se prestó para hacer el conjunto. Pero mis amigos se metieron a la escuela y por azares de la vida me dejaron solo. Empecé a medio sufrir. Pero como tenía una guitarra sexta me lancé a ganarme la vida, recuerda. 

“Al primer bar que me metí fue La Rambla en la calle de Bucareli. En este lugar trabajaba un mesero veracruzano viejón que me preguntó qué hacía. Vine a ver si hay modo, le dije. ‘Aquí no dejan entrar a nadie pero métete. Voy a hablar con el gallego de aquí. Lo único que se necesita es honradez’. Inmediatamente, me llamaron de una mesa. ‘Bueno, ¿y tú de dónde eres?’ De Veracruz. ‘A ver, cántanos algo de por allá?’. Así que empecé a cantar que ‘el pescador’ y que ‘se hizo a la mar'”. 

Más adelante el futuro director del Son Clave de Oro descubrió el Club Dolores en la calle de Cuba donde había billares y boliches y se jugaba dominó y ajedrez. Mejor todavía, era un centro de reunión para los veracruzanos. “En el Club Dolores me encontré a dos compañeros: uno, Fayuco Limón (Rafael Mora Limón El Morro), que fue mi cantante, y el otro, José Ramírez El Argentino, muy buen requinto. Lo que no me gustó de ellos fue que jalaban para las cantinas de Santa María la Redonda. Un día fui a cantinear con ellos y les dije, no, muchachos, repartir entre tres los 60 pesos que hicimos en toda la noche no es negocio. Además, acabamos roncos porque había que cantar junto a las rocolas”. 

Al Tapatío le daba por ir a las casas “buenas” donde “se trabajaba menos, se ganaba más y se conocía a gente de categoría”. Luego, en el Club Dolores formaron un son con El Güero Lindbergh, Manuel Lira y los licenciados Humberto Olivari y César Marín, pero de puras pachangas. Con este son carpeaban en la Ofelia, la Magnolia o en la Petit. 

* * * 

Al terminar la temporada de oro en el Teatro Politeama, fue el representante de Toña La Negra, el señor Campos, quien insistió para que se formara un conjunto tropical. 

El primer Son Clave de Oro se formó en el Teatro Lírico en 1933, afirma Pepe Macías. Era de Guillermo Cházaro. El futuro director del grupo platica como nació su rúbrica, “Piano, piano, piano toca el piano. Ya llegó el diablito de la clave de oro”: “El tema nació del danzón, ‘La clave de oro’. Había un negrito de apellido Mangüé que tenía su conjunto. Pero a la hora que iba a debutar en Marianao se le rajaron los músicos. Mangüé tocaba la clave y cuando llamaron al conjunto no salió más que el negrito cantando: ‘Piano, piano, piano toca el piano. Ya llegó el negrito de la clave de oro’. 

“De su escala de re se le ocurrió a mi compadre Cházaro, que, por cierto, cantaba muy bonito y tocaba la clave, adaptarla como tema para su son”, agrega El Tapatío. 

Estando en el Teatro Lírico salió en gira por toda la República, yéndose hacia la frontera donde por Laredo el grupo se pasó a San Antonio, Houston y Los Angeles. Regresaron a México vía Nogales. Una vez de regreso se desbarató el Son Clave de Oro. Esto fue en 1934. 

En 1938 Pepe Macías organizó un trío más formal junto con Andrés Lechuga y Fayuco Limón. Su ambición era llegar a la XEW. A finales del mismo año Pedro Domínguez Moscovita salió ganador de un concurso de cantantes en Veracruz. “Mosco no quería entrar al Club Dolores. Decía que allí había pura gente mala, borracha. Él venía exclusivamente para la W. Pero cuando se le acabó el dinero empezó a arrimarse al local de la calle de Cuba”, cuenta El Tapatío. 

Al rato Moscovita ya estaba charoleando con el trío. A las ocho de la noche llegaban al Sep’s de Michoacán y Tamaulipas donde el dueño de origen alemán les daba 30 pesos más las propinas que ganaban en las diferentes mesas. A las once que terminaban, iban a un bar de nombre Glorieta. “Allí estábamos un par de horas. Si no nos iba bien nos pasábamos en frente a La Conga. Si allí tampoco había nada bueno, íbamos a la casa de la señora Ruth y nos quedábamos hasta la mañana siguiente. Nos dejaba entrar bajo la condición que no habláramos con ninguna mujer. Ya en la mañana había un bar súper bohemio que se llamaba el Manolín, en la Calzada de la Piedad, frente a la iglesia, casi desembocando a Chiapas”. 

Los integrantes del ahora cuarteto concurrían a una peluquería de un señor Manuel que estaba en Santa María la Redonda. Enfrente estaba el restaurante Las Playas Veracruzanas. Allí llegaban Guillermo Cházaro, Polín, Manuel Todandri, el pitcher Barradas, todos los peloteros de aquella época del Comintra, del Agrario y del Águila. 

Ya para entonces el cuarteto era bastante conocido. Un día les dijo Manuel: “Muchachos, se va casar el hijo de Pueblita –otro peluquero– y vamos a hacer una gran noche bohemia”. El Tapatío recuerda que fue en una casa enfrente del Colegio Militar de Tacuba. “Nos invitaron para las diez de la noche. Cuando llegamos ya estaba la variedad: Pedro Vargas, Ernesto Chaires, Raulito en el piano, los Hermanos Martínez Gil y el Trío Tariácuri. Toda esa bola de gente y nosotros parados allí, chiviados”. 

Llevaban guarachera roja a cuadros, un paliacate, pantalón rojo y zapatos a dos tonos. Iban Nacho Uscanga, un viejo cancionero que sabía las melodías rancheras, Andrés Lechuga, Moscovita y Pepe Macías. Toña La Negra les animó a tocar: “Bueno, ¿ustedes qué? ¿Están mudos? A ver, los jarochos, los jarochos”. 

Cantaron “Qué te pasa que no se te ve”, “Amor perdido”, “A la loma de Belén” y otra “guarachita”. Al terminar se escuchó el aplauso de todos los artistas. Acabada la fiesta a las cuatro de la mañana, Guillermo Cházaro les invitó a una serenata que el pitcher Fernando Barradas daba en la calle de Chile. Fue allí donde formuló la pregunta: “Si formo otra vez el Clave de Oro, ¿cuento con ustedes?”. 

* * * 

Resulta que cuando Guillermo Cházaro volvió a formar el Son Clave de Oro, no les habló “luego, luego” a Pepe Macías y a los demás integrantes del cuarteto. Lo supieron ensayando en el cuarto de Andrés Lechuga, en la calle de Cuba. La exclamación fue general: “Están Manuel Peregrino y El Trompas, a qué chingao”. 

Luego, por medio de Manuel, el peluquero, se enteraron que Cházaro los esperaba en la peluquería. “Muchachos, ha llegado el momento –dijo–. Ya formé el Son Clave de Oro. Anoche pasó en un programa pero no me gustó. Y para colmo, inmediatamente salió un trabajo en el Tap Room del Hotel Reforma. Mi cuñado, Manuel, se avorazó y llevó a la gente para allá”. 

“Estas son verdades, señorita”, nos indica El Tapatío. Manuel Peregrino le había puesto a su grupo el Son Jarocho. Guillermo Cházaro aseguró a José Macías y compañía que de aquí en adelante “ellos” iban a ser el Clave de Oro. “Tenemos un programa de once a once y media de la noche en la XEW –añadió–. Apúntame cinco números para cantar. Al llegar a la estación van a tener bongocero y bajista. Estos elementos van a integrarse al Son, pero no se preocupen, ustedes se van a hacer cargo”. 

Cuando don Pepe oyó lo del programa en la W, “el cielo se me caía encima de aquella ambición que yo tenía”. Antes de llegar ya habían avisado a los amigos, las amigas, las novias, el bar y las casas donde trabajaban, en fin, toda Santa María la Redonda. “Todos estaban puestos en la w a las once”. Agrega: “Llegamos muy rancheritos, con hora y media de anticipación. Antes de pasar, ya nos habían felicitado los Hermanos Martínez Gil y las Hermanas Águila. Los vidrios y la caseta de control estaban llenas de gente. Todo salió a la medida”. 

Al tercer programa, Guillermo Cházaro nombró lugarteniente al Tapatío y éste le advirtió, “no vaya ser que cuando venga Manuel y esa gente, nos corras. Sería muy feo. Si van a venir ellos desde ahorita nos vamos”. El esposo de Toña La Negra le aseguró que no habría ningún problema. 

En un principio el Son no tenía pianista de planta. A veces tocaba Absalón Pérez y en ocasiones otro que le decían “rompepianos”. “Había un chamaco, Homero Rubio, que me entregaba los trajes que mandaba hacer con Arturo Estrada, en la calle de Victoria. En la sastrería lo había escuchado tocar el acordeón. Cuando me entregaba los trajes siempre me decía, ‘señor Tapa, ¿por qué no me da chance? También toco el piano’. Bueno, mañana te espero a las cuatro en el programa a ver qué haces “. 

Después de una transmisión del programa en la W, el dueño de El Patio, Vicente Miranda, le mandó un recado a travésde Chucho Martínez Gil, que estaba en una variedad allí. “Fuimos y nos mandó primero a El Retiro que estaba en la calle de Valladolid, frente al viejo toreo. Nos puso a trabajar después de la corrida de toros. La gente sólo se paraba a bailar cuando se tocaba ‘El manicero’, ‘Almendra’ o ‘Nereidas’. Así que dijo don Vicente, ‘también van a trabajar de noche, a ver si a esa clientela les gusta'”. 

Sucedió que El Retiro le estaba restando clientela a El Patio que apenas empezaba. Como eran del mismo dueño, Miranda cerró El Retiro. El Son Clave de Oro se quedó con sus programas de radio, además, comenzó a trabajar en los cines con Toña La Negra. 

“Cuando no teníamos trabajo el dueño del Cine Máximo, en la barriada de Peralvillo, nos invitaba para allá. Función en la tarde y en la noche. También trabajamos en los cines Briseño, El Cairo y Santa Julia”. 

* * * 

Pepe Macías afirma que fue el Cuarteto Hatuey que introdujo el tumbador a México en 1939. “Los intregantes se alojaron en una casa donde yo habitaba. Les pedí una tumba. En el Jardín de Santiago había muchos toneleros que hacían barriles. Fui con una señora que, junto con su esposo, aparte de vender pulque, tenía un taller y dije, quiero que me haga una de éstas. Me la prestaron y la tengo que regresar para las cinco de la tarde”. 

El futuro director del Son Clave de Oro mandó hacer tres tumbadoras. El siguiente problema a resolver fue cómo ponerle cuero. Se acordó que los vendedores de dátiles los traían en un envase de cuero de buey. Fue a la Lagunilla y compró unos cueros; los amarró y clavó, muy mojados, porque lo de los tensores es nuevo. 

Los del Hatuey le enseñaron los primeros pasos. “Cuando llegué con mis tumbadoras, pensé, ¿quién las va a tocar?, pues yo mismo. A los pocos días Guillermo Cházaro le informó: “Me mandó hablar otra vez el viejo (Vicente Miranda, el dueño de El Patio). Creo que quiere que vayamos a cenar. A ver qué quiere mi compadre porque es muy marrullero”. 

En El Patio nada más había una orquesta de nombre Blue Style, de un americano, que tocaba todos los instrumentos de viento. Guillermo Cházaro se arregló con su compadre; al día siguiente se presentaron los elementos del Son Clave de Oro, vestidos de guaracheras color oro con filos rojos. 

A El Patio llegaron reforzados. “Uno al que decíamos Pepe Pinga tocaba la marímbula. Para esto, ya había regresado Manuel Peregrino. En aquel trabajo no les fue bien. Toña intervino diciendo que era su hermano y que Guillermo no debería ser así. También estaba José Ramírez El Argentino, Pablo Zamora Peregrino y un servidor tocando la guitarra sexta”, platica El Tapatío. 

De cantantes estaban Moscovita, Fayuco Limón y José Vázquez Chepilla, al que Guillermo Cházaro había traído de Veracruz. Apuntó el entrevistado que el Son Clave de Oro sí sonaba a son, porque “lo que hoy tocan estos jóvenes cumbiamberos no es ni cumbia ni son”. No obstante, pasó en El Patio lo que había sucedido en El Retiro: nadie se paraba a bailar. 

A los seis u ocho meses de estar en este centro nocturno llegó a México una película de Mickey Rooney y Xavier Cugat, que traía el baile de la conga. “Yo no faltaba al Cine Alameda; vivía a media cuadra de allí. Además, el Son tenía entrada libre porque habíamos asistido a muchos festivales y era empresa de Emilio Azcárraga. Pues, que regreso con la señora de los barriles y le digo, hágame tres tumbas más ligeritas”, apunta Pepe Macías. 

Ya en El Patio Susana Guízar y Manolita Arriola habían empezado a bailar la conga. “Platicando en los camerinos, le comenté a Susana, ¿por qué no hacemos una conga de media noche aquí igual que en la película? Al día siguiente llevé mis tres tumbas chicas y empecé a enseñarles a todos. La noche que debutamos fue de pegue. Toda la artisteada nos fuimos por las mesas. El baile de la conga fue el primero que entró aquí”. 

* * * 

Para 1940, ya empezaban a formarse otros sones en los cabarets. El Son Clave de Oro se quedó cerca de dos años en El Patio. Si salió fue a raíz de una huelga del sindicato de músicos. “Un día andaba el runrún del pliego de peticiones a la XEW y la XEQ. Al llegar a la W, en la segunda puerta de la estación, nos encontramos a Amalita, la secretaria de Emilio Azcárraga Vidaurreta, que nos dijo: “Memo, Tapatío, los quiere ver don Emilio y el señor Vélez (el subgerente)”. 

Azcárraga les advirtió a los “muchachos” que se le acercaba un pliego de peticiones “muy duro” del sindicato y que no iba a aceptar, platica Pepe Macías. Pero tampoco estaba dispuesto a parar las dos estaciones. Entonces, Azcárraga les preguntó si contaba con’ ellos porque “ustedes son los llamados a sostenerme en la huelga”. 

Pepe Macías le recordó que los integrantes del Clave de Oro pertenecían al sindicato: “Inmediatamente que sepan que somos esquiroles, nos van a quitar el trabajo de El Patio y se nos van a echar encima”. Azcárraga le agradeció haberle “aclarado esto”, y se comprometió a “sostenerlos” dentro del terreno económico. “¿Les hace falta algo?”, preguntó el magnate. Al oír un “no”, dijo, “entonces, vamos a la huelga”. 

El Son Clave de Oro se fue a trabajar esa noche; al otro día vino el trancazo. “Nos quedamos encerrados y con las guitarras y el piano de mi gente. Acompañamos a todos los artistas, a los de Calcetín Eterno, a los programas de los Tariácuri, los Cancioneros del Sur, el Trío Tamaulipeco, entre otros. Sacamos aquel recibo gordo. Como sabíamos que nos estaban esperando a la salida llevamos pistoleros del Club Dolores para que nos defendieran”. 

Pero al llegar a El Patio, Rodolfo Reyna, el delegado de la orquesta Blue Style, les pasó un papel diciendo, “me van a perdonar pero tengo esta circular que les prohibe trabajar, por que ustedes voltearon”. Los integrantes del Clave de Oro recogieron sus instrumentos y fueron a avisarle a Guillermo Cházaro de la situación. 

Siguieron trabajando en la W, que pagaba “poco” pero era una fuente de trabajo. Azcárraga, en las pláticas, se arregló con el sindicato. La primera condición que le puso a Juan José Osorio fue que el Son Clave de Oro reingresara. “Usted sabe que poderoso caballero es don dinero, así nosotros seguimos igual”, dice El Tapatío. 

Mientras tanto el dueño de El Patio había mandado traer de Veracruz al conjunto de los Hermanos Hernández. Copiaban al grupo Marcano. A Pepe Macías le gustó este grupo, pero, terminó su contrato y se fueron. 

Estando en el Cine Alameda, un día se fueron a Pachuca con Toña La Negra. La cantante le dijo a Pepe Macías: “Mañana quiero que vayas a la oficina de los hermanos Rodríguez”. Fue y le pidieron el Son para la película “María Eugenia”, donde actuaba María Félix. Esto pasó en 1941. Fue su primera cinta. 

* * * 

La época dorada del Son Clave de Oro comenzó en 1940 y duró hasta que se impuso el mambo. A consecuencia del ritmo desarrollado por Dámaso Pérez Prado, el son perdió popularidad. “Antes no había competencia”, señala Pepe Macías. “Alternábamos con conjuntos de jazz y música mexicana. En la medida que Pérez Prado escribió para orquesta, luego, luego, todos querían imitarlo”. 

Mientras tanto, los integrantes del Clave de Oro llegaron a tener cinco esmoquins diferentes y guaracheras de todos los colores. El Tapatío mandó decorar unos atriles para cuando el grupo actuaba en los cines. Siempre tomó muy en serio los consejos que le daba Agustín Lara. Que el personal fuera gente que le gustaba vestir bien. Que los elementos fueran disciplinados para los ensayos. Nunca cargar con personas que no tenían que ver con el Son. Y medir y ensayar los números lanzados al Mercado. 

En 1941, el Son Clave de Oro inauguró el cabaret Río Rosa. De allí se pasaron a Los Cocoteros, en la Avenida Chapultepec. El dueño era El Güero Zulueta y el grupo alternaba con la orquesta de Ángel Mascareñas y la Conga de Alvarito. 

Un día Emilio Azcárraga mandó llamar a don Pepe. Pero para esto, Guillermo Cházaro ya se había ido de comandante de aduana a Ciudad Juárez. El magnate radiofónico lo presentó con Carlos Amador, que apenas empezaba como locutor en la XEW, diciendo: “Tapatío, tú tienes muchas tablas, vamos a foguearlo. Tengo idea de que en el Cine Alameda se presenten variedades”. Durante poco más de un año El Loco Amador se encargó de buscar a los artistas y el Son Clave de Oro de acompañarlos. 

En 1938, Pepe Macías se había comprado un Ford Modelo 36 con una canastilla arriba para los instrumentos. Al coche le puso la Vaca Sagrada, por aquel avión en que vino a México el presidente norteamericano Harry S. Truman. Un veracruzano, de nombre Pedro Mata, lo pintó con motivos tropicales. Un día le dijo Manolín, “voy a abrir un moje (un cabaret de reventón). ¿Quién pintó tu coche?” Así fue como Manolín contrató a Mata para decorar La Jungla. 

De Los Cocoteros el Son Clave de Oro se pasó a La Jungla, donde entró Chucho Rodríguez como bajista. El Tapatío cuenta haber estado tomando una nieve en la esquina del parque de Santa. María la Redonda, ‘después de haber actuado en el cine con Toña La Negra, cuando se le acercó su secre, El Tenor Aveleyra, con Chucho. “Era un muchacho moreno, de tipo indígena, que decía que era de Chihuahua y tocaba en el escuadrón normalista. Quería que lo admitiéramos como bajista. Nada más que en el cine no había presupuesto. Pero le vi tanta voluntad, que me lo llevé para La Jungla”, recuerda el sonero. 

Después de que Cipriano Sánchez, El Trompas, “el timbalero y bongocero más grande que ha dado Veracruz”, dejó el Son, entró El Vinagre que, a su vez, cuando se fue, mandó en su lugar a un supuesto bongocero de nombre Amador Loyo, a quien le pusieron Negrito Nagüe. “Todos se rieron de él”, cuenta el exdirector del grupo. “Pero Toña, que tenía un corazón muy grande, soltó una picardía retadora: ¿Qué ustedes nacieron sabiendo?” Moñito, un bongocero y timbalero que había estado con la orquesta de Rafael Hernández, acabó enseñándole a tocar. 

* * *

Cuando Pepe Macías fue entrevistado él mismo advirtió: “Me va a sobrar candela y hebra”. Y efectivamente así fue. Las anécdotas que puede contar el sonero jarocho no tienen fin. Se acuerda de todo, hasta el último detalle, como si lo estuviera viviendo. 

Al estar el Son Clave de Oro en el cabaret La Jungla, la empresa se interesó por uno de sus cantantes, Pedro Domínguez Moscovita. Platica El Tapatío que existía cierta discordia entre Mosco y El Morro. El pianista Enrique Llovet convenció a Domínguez quien, a su vez, aspiraba a algo más. Así fue como se formó el grupo de Moscovita y sus Guájiros. 

A consecuencia de este incidente el Clave de Oro tuvo que abandonar La Jungla. Pero El Tapatío frecuentaba el centro nocturno de nombre Waikikí que estaba en Paseo de la Reformá número 13. Deseaba trabajar allí en la medida que era el mejor cabaret de México. 

Un día de regreso de una fiesta del general Maximino Ávila Camacho, en el Casino Español de Puebla, el grupo llegó al Waikikí. Había que ver si el Son allí gustaba. Macías se puso de acuerdo con el locutor Mario El Kícaro quien anunció: “Se encuentra entre nosotros el conjunto más tremendo de México…Ios auténticos intérpretes de la música tropical”. 

El Son tocó una tanda y fue un éxito. Luego, luego, el dueño, José Mocelo, les llamó para contratarlos. El Tapatío estableció las siguientes condiciones para su grupo: boletos para dos mojes por noche, un vale para la cena y cuando tenían que ir a un baile o de gira, podían mandar un suplente. Anota Pepe Macías que la Estudiantina Jarocha, de Manolo Ramos, los sustituía en el Waikikí. 

Ocho fueron los años que el Clave de Oro duró en este centro nocturno. El turno era de las once de la noche hasta las seis de la mañana. El Tapatío nunca quiso dejar el Waikikí, ya que era un escaparate.

 Mientras este sonero estuvo al frente el Son Clave de Oro filmó 16 películas. Una de ellas fue “Salón México”. Estaban en México las “Mulatas de Fuego” –donde venía Celia Cruz como cantante– para actuar en el Waikikí. Las Mulatas eran muy amigas del Indio Fernández que frecuentaba el cabaret, y también de Pepe Macias. “Todos nos reuníamos a desayunar en el Café Principal de Bolívar. Un día me dijo una de ellas, ‘fíjate que van a rodar una película que se llama ‘Salón México’; Acerina y su Danzonera están en el guión’. 

El Tapatío, como era muy movido, le habló al Indio, argumentando tener el conjunto más famoso de la República Mexicana. “A Acerina le pertenecía esa película, pero el Clave de Oro estaba de moda”, reconoce. El Indio Fernández le contestó que había que tocar danzones. “No importa”, insistió. 

Ensayaron “Almendra”, “Nereidas y “Juárez no debió de morir”. Después de un desayuno en el Tampico Club, El Indio le dijo al Tapatío, “Acerina iba a cobrar 36 mil pesos. Si los cobras, es tuya”. Era una fortuna en ese tiempo: Filmaron sin límite de tiempo. “Fue lo mejor que hicimos. Un derroche de música”, agrega. 

Los que han visto la película “Salón México” se acordarán que hay una escena donde uno de los trompetistas del son se tira al piso rodando mientras toca. Ese era el show de Francisco de la Cruz Revilla Carabela. Primero lo cargaban a hombros. Cuando se tiraba al suelo, sus compañeros seguían tocando a su alrededor.

Para esto, una de las distinciones del Son Clave de Oro era su sección de metales. Las instrumentaciones que El Tapatío conseguía de La Habana venían para dos o tres trompetas. No obstante, el Son Clave de Oro llegó a tener cuatro. Se trataba de Adolfo Llamas El Mariachi, Antonio Machuca Mezcalilla, el cubano Carabela y el jovencito Manolo Güido, quien “nació para ser un genio de la trompeta”. “Si en Nueva York tienen a Chocolate, en México tenemos a Manolo Güido”, asegura.

Pepe Macías describe a esa sección de metales como un trabuco de trompetas. “Era una cosa fuerte, de impacto. En la parte del mambo tres de las trompetas tocaban al unísono; Carabela adornaba; mientras una inspiraba las otras le contestaban en forma de coro”, explica. 

El Son Clave de Oro tardó en grabar. Agustín Lara siempre aconsejó al Tapatío, “si grabas, hazlo en RCA Víctor”. Mariano Rivera Conde que era el director artístico, frecuentaba el Waikikí. Un día le preguntó a don Pepe si había trabajado para otra compañía disquera. Cuando supo que no, le extendió una invitación: “El señor Barragán, el gerente de grabación, quiere que graben en RCA Víctor”. 

* * * 

En 1951, Pepe Macías dejó al Son Clave de Oro. Se podría decir que musicalmente, si no había logrado todo, había logrado muchas cosas: fama, dinero, reconocimiento y un lugar dentro del mundo artístico. Sin embargo, el sonero se había casado y tenía familia. Veía a los colegas ya grandes, con sus posibilidades de trabajo muy limitadas y pensaba… ¿qué podré ofrecerle a mi familia más adelante? 

“Cuando me fui del Son estaba trabajando en el Tío Sam. Por cariño y estimación dejé el grupo a José Vázquez Chepilla y Güicho Iturriaga”. Dejó el archivo y los atriles. Se regresó a Veracruz para trabajar como comerciante con su hermano mayor. Periódicamente venía a México. 

Pero bajo la dirección de Chepilla y Güicho las cosas no marcharon bien. Se necesita mucho carácter para ser director de un grupo de son. “Hubo momentos en que la mitad del Clave de Oro quiso dominarme y dividir el grupo. Pero no me dejé. Hubo muchos cambios de elementos. Si alguien se me iba, siempre conseguía uno mejor”, afirma. 

El Tapatío había sido muy sagaz para los negocios. También llevaba los asuntos de Toña La Negra y mucha gente más. Siempre andaba con los contratos bajo el brazo visitando posibles interesados. Muy pronto Güicho Iturriaga se quejó: “Tu compadre quiere que yo vaya a conseguir todos los trabajos”. Poco después le pasaron el derecho del Son Clave de Oro a Pablo Roa, quien lo conserva hasta la actualidad. 

Don Pepe dice que “se desligó de las actividades comerciales del grupo” y que “ya no le interesó”. Sin embargo, se mantiene informado en cuanto a lo que está pasando dentro del mundo del son. No puede menos que lamentar que el Son Clave de Oro no haya mantenido o superado la altura en que él lo dejó. 

A continuación se incluye una lista de las personas que en alguna época pertenecieron al Son Clave de Oro: 

Piano: Ismael Díaz, Absalón Pérez, Homero Rubio, Chucho Verduzco, Chucho Rodríguez, Ramón Dorca y El Teniente Gómora. 

Trompetas: Mario Álvarez El Alemán, Adolfo Llamas El Mariachi, Manolo Güido, Antonio Machuca Mezcalilla, Fernando El Frijolito, Francisco de la Cruz Revilla Carabela, Manolo El Negro, Samuel Escartín, Filiberto Muñoz, Luis Calera y Agapito Torres. 

Flauta: Domingo Vernier Mango. 

Tres: Pablo Zamora Peregrino, Roberto Pérez Valiente Cuello y Julio del Razo. 

Guitarra sexta: Manuel Peregrino, Güicho Iturriaga, Laureano Rizo Chicho y José Ramírez El Argentino. 

Cantantes: Rafael Mora Limón El Morro, Pedro Domínguez Moscovita, Eloy y Gonzalo Casarín Los Pollos, José Vázquez Chepilla y Roberto Acosta Chintul. 

Percusiones: Leopoldo Gil, Nacho Vázquez, Armando Peraza, Mongo Santamaría, Serafín Zamora Peregrino, Manuel Pérez El Calafate, Andrés Lechuga, El Indio Rafael, Amador Loyo Negro Nagüe, Alberto Liñán El Torito, Eduardo Cordero Vinagre y Cipriano Sánchez El Trompas. 

Bajo: Armando Pazos, Chucho Rodríguez, Laureano Rizo, Fernando El Chamaco Sandoval, Carlos Veitia y Pepe El Triste. 

 

Septiembre, 1984 

Pepe Macías falleció el 18 de agosto de 1994. 

 


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El Encanto

Felipe Oliveros Rodríguez 

El Encanto 

 

Felipe Oliveros Rodríguez (1985) es fotógrafo autodidacta y su trabajo ha sido exhibido en diversas exposiciones colectivas en México. Un creador veracruzano que se cuece aparte. Se ha resaltado que su trabajo fotográfico explora el género documental, la noción de identidad y el imaginario simbólico presente en la región de Los Tuxtlas, en Veracruz. Este interés lo ha llevado a narrar visualmente historias relacionadas a las tradiciones y el misticismo propios de su comunidad. 

El arraigo e interés por la cultura musical de su región le viene de familia, su abuela participaba en los fandangos de la comunidad. Su gusto por la fotografía surgió al acompañar al colectivo Tekalli en un taller para niñas y niños de la comunidad Boca del Monte en Santiago Tuxtla. Posteriormente, el maestro tuxteco Andrés Bernardo Moreno Nájera y su libro Presas del Encanto, lo ayudaron a entender que la música iba más allá de la fiesta y comprendió que los elementos de la simbología religiosa se mezclan con el misticismo de la región, creando un sincretismo que los músicos retoman e incorporan a sus cantos y bailes.

Para la exposición fotográfica El Encanto presentada en la Fototeca de Veracruz en 2020, un proyecto de Felipe Oliveros de largo aliento que muestra el aspecto sensorial que rodea a la música y el fandango, así como la vida cotidiana de los municipios rurales de esa zona, Andrés Bernardo Moreno Nájera escribe:

El mundo cosmogónico del músico campesino del sur es profundo, místico, mágico e incomprendido por la mayoría de los músicos actuales, quienes ven con recelo e indiferencia al campesino que limpia su instrumento ante un altar, o incrusta piedras rojas en su instrumento, o le amarra una cinta roja al mismo, o el cantador que inicia su canto con la bendición de Dios, todos tienen una razón para hacerlo. 

La música y el canto van más allá de los sonidos arrancados del instrumento, es el sincretismo entre la cosmogonía de los ejecutantes y el mágico sonido de las cuerdas que rasguea, el misterioso legado de sus ancestros. 

Es este mundo misterioso de encanto y magia el que busca captar la lente de Felipe Oliveros, su sensibilidad y su caminar por las comunidades campesinas que lo invitan para compartir el dolor en un deceso, o su fe en un velorio de santo, o una boda o cualquier otra celebración festiva dando como resultado la magia plasmada en una imagen fotográfica.

Presentamos en esta ocasión una muestra del trabajo de Felipe en donde se incluyen algunas fotografías de la exposición El Encanto.

Los Editores

 


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Relatos Tuxtlecos

La Manta y La Raya # 17                                                     septiembre  2024 ________________________________________________________________________

Relatos tuxtlecos

Fandangos y encantamientos

de Andrés Bernardo Moreno Nájera

con ilustraciones de  Honorio Robledo

Mar Adentro   Veracruz 2024                                     

                                                  

 

A manera de introducción

Estimada lectora, apreciado lector, el libro que tiene usted en sus manos es una compilación de relatos nacidos en la memoria de aquellos antiguos pobladores de una región mística y llena de historia que, gracias a la valiosa y amorosa dedicación que el profesor Andrés Bernardo Moreno Nájera ha procurado propagar y transmitir, no sólo a través del trabajo musical con el grupo Los Cultivadores del Son (agrupación con más de  30 años de conformados) en la difusión de sones antiguos tuxtlecos, sino también a través del mantenimiento, recuperación de la memoria y el resguardo de las historias que cuentan los viejos.

Déjeme decirle entonces que, en esta publicación encontrará historias fantásticas, de chaneques, nahuales, encantos y sucesos inimaginables, que giran principalmente alrededor de la tradición del fandango jarocho en la microrregión de Los Tuxtlas, al sur del estado de Veracruz. Los Tuxtlas pertenecen a la región cultural y geográfica conocida como Sotavento, la cual comprende desde la parte media sur del estado de Veracruz, compartiendo una porción territorial con Tabasco y Oaxaca.

Debemos destacar que, en la región de Los Tuxtlas, el son jarocho y la fiesta del fandango se han mantenido vigentes en las comunidades campesinas, en donde se desenvuelve un universo sonoro y festivo de una tradición profunda, la cual es conocida indistintamente como huapango o fandango; en ambos casos referido a la festividad alrededor y sobre una tarima de madera, donde hay música, poesía y baile. 

Así mismo, en los huapangos de estas comunidades todavía es usual el oficio del “cantador” o “versero” quien mantiene la práctica de cantar en una diversidad de estructuras poéticas como cuartetas, quintillas, sextillas o décima espinela, bajo la variedad de funciones que se han conservado en esta región, tales como: versos de relaciones (donde se asocia un verso con otro a partir de la primera o última línea del verso), versos picones (contienen enojo, insulto al adversario, en ocasiones terminaban a golpes o machetazos), versos para enamorar o de desenojo (cuando un cantador pretendía a una mujer), versos de argumento (se escogía un tema y se enlazaban a manera de preguntas y respuestas) o versos de argumento mayor (de una complejidad más profunda para debatir sobre un tema, manteniendo la poesía con reflexiones más vastas y simbólicas).

Situados pues en este contexto tuxtleco, es de resaltar que el fandango no sólo se realiza en un contexto festivo alegre tales como bodas, pedidas de la novia o bautizos, sino también se realizan con un sentido ritual, como fandangos en velorios de cuerpo presente, fandangos de angelitos para los infantes fallecidos o velorio de santos y acarreos de vírgenes. En este mismo ambiente, será usual leer sobre el “Amigo”, a quienes los campesinos de esta región asocian con el Diablo, y es con este personaje con quien hacen tratos para adquirir destreza en la improvisación, el canto y el baile; es también con quien se enfrentan en un duelo de versería o ejecución instrumental, hasta romper el encanto o el mal y ahuyentarlo con sus contras refiriéndose a utensilios como machetes, espigas para tocar el requinto o una piedra, con la particularidad de que haya sido curada un primer viernes de marzo por una persona que posee el don de curar y dar protección.

Para la editorial Mar Adentro es una gran alegría poner en sus manos esta recopilación de relatos sobre encantamientos y fandangos que Andrés Moreno ha conservado cuidadosamente, esperando que usted también se sumerja en la magia que envuelve el fandango jarocho, dejándose llevar por los vientos de la Sierra Tuxtleca, empapándose con el agua de los arroyos que cuidan los chaneques señores del monte y dueños del agua en estas regiones. ¡Que lo disfruten!

Mtro. Rafael Vázquez Marcelo

Coordinador Regional de 

Difusión Cultural de la UV


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Cuando el viaje era la música

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Cuando el viaje era la música

 

Hermann Bellinghausen

 

H. Brehme

 

Eran otros tiempos. Las distancias dentro de la ciudad no eran tan impenetrables. Llegar a la estación de Buenavista tomaba menos esfuerzo. Y era más emocionante. Hoy es un cadáver. Entonces la colmaba ese rumor de muchedumbre que va, viene o viene a despedir, a recibir. El ramillete febril de los andenes de la gran promesa hacia Nonoalco. Una voz estridente anunciaba por el magnavoz salidas y llegadas. Oaxaca, Veracruz, Mérida, Tapachula, eran mis destinos favoritos, o alguno de sus incontables puntos intermedios. Los porters, con algo de húsar en desuso. Los maleteros para los “ricos”, que no lo eran tanto pero viajaban en dormitorio. Los pobres, que sí lo eran, y los indios con sus bultos redondos, sus morrales, sus botellones de pulque, su canasta con tortillas, arroz y, con suerte, pollito cocido. Guajolotes y gallinas amarrados de las patas. Un olor a verdura, a sudor pasado por el maíz y los días. Una prisa relativa, fodonga. 

Pitidos ensordecedores y familiares. Máquinas resoplando. El chirriar aún leve de los convoyes patinando en los rieles hasta el alto total cuando arribaban. La parsimonia de los trenes que partían. Correr. Alcanzar el estribo para no quedarse. Discutir con el billetero que desde el primer momento dejaba bien asentada su autoridad sobre los pasajeros. Encontrar asiento, o ya no y resignarse. El equipaje, donde cupiera: arriba, abajo o a los lados. Los lugares más impresentables de la vieja capital desfilaban por las ventanillas: traspatios de fábricas, almacenes monumentales en Vallejo, Azcapotzalco y Pantaco. Colonias de paracaidistas, el canal del desagüe, los barrios de vagones abandonados vueltos casa. Y por fin, el campo. Primero nopaleras y magueyales más allá de Lechería o por Apizaco. Después el bosque. 

Un mundo y un tiempo en sí mismos. Otro México, lejos de las carreteras y dependiente del paso del tren. De su detenerse unos minutos que concentraban toda la vida económica de los pueblos. “Café, café, quiere café”. Vendedoras de tacos de canasta, paletas heladas, nanche en almíbar, dulce de agave. Unas trepaban los vagones. La mayoría se apiñaban bajo las ventanillas alzando piña, naranja, aguas frescas, pulque, cabuches. 

Lo demás era la marcha. Cada pieza metálica de los carros poseía vida propia, ninguna tuerca estaba bien apretada. Todo tenía juego: los asientos, las barras, las paredes, los compartimientos, las plataformas, los estribos. La unión entre dos vagones, que para eso estaba, para tener juego, virar, deslizarse, unir el ferrocarril en fila india. 

Y entonces lo mejor: las distancias. La locomotora pitaba entusiasmada y fijamente lejana. Las máquinas hacían alarde de su poder como un triunfo importante de la Era Industrial, y aunque ya emplearan diesel, seguían pareciendo del ochocientos y pico. 

Bamboleo y estridencia. El sobrecogimiento de los rieles sobre la grava y los durmientes al paso de las toneladas del tren. Una cadencia, traca traca traca. Cambios de ritmo. Un repicar de campanas pesadas. Un conmoverse cada cosa, establemente inestable, un tamborileo progresivo a la manera de una jazz band. Percusiones de hierro. La trompeta del pito. La adoración increíble del viento veloz. El olor a metal y grasa y cosa vieja tocaban otras zonas de los sentidos. 

Pero el oído atravesaba transversalmente la experiencia del ojo, el olfato, las yemas de los dedos. Sinfonía en forma de sonata. Glissandi en las pendientes, allegro en las praderas, andante con motto en las curvas de la serranía. Todo masivo, incansable, profundo y barítono, con algo de chelo, de contrabajo, de tuba. En el día, en la noche, una música muy muy larga, circular, épica. Anchos adagios. 

Hasta el paisaje sonaba. Aquellos verdes de pino y barranca se inundaban de estrépito ferroviario y modulaban el eco. El vaivén arrullaba a los viajeros a pesar del ruido. Quien podía, se adormecía. Los ronquidos. Allá afuera el país corría, caminaba, suspiraba sobre horizontes nunca quietos pero alcanzables, como si todo conservara una escala humana. No existían grabadoras, walkman, radios portátiles. Mucho menos iPod. Uno no cargaba música en el equipaje todavía. La música, brutal y majestuosa, estaba en los recintos inestables de alto techo y pasillos de tal estrechez que obligaban al esfuerzo, a la tensa cortesía, al empujón decidido. Cuerpos contiguos y un cacarear desesperado de pollos con el pico contra el suelo. Mediante propina algunos lograban transportar que si un puerco, que si un chivo. Para los animales no era divertido. Su lamento acompañaba la canción de las máquinas. 

La tristeza de los adioses, la melancolía del trayecto, la esperanza adelante, la alegría de llegar. Eran otros tiempos, sin ubicuidades virtuales ni eficacia electrónica. El tiempo era real, los trenes danzaban, percutían, cantaban su fuerza titánica, autosuficiente y fugitiva. 

 

Último tren de los                                             Tres Tristes Trenes                                         de “La entrega”,                                              Hermann Bellinghausen (2004)

 

 


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Origen de los africanos

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Origen de los africanos

 

Gonzalo Aguirre Beltrán

 

 

Gonzalo Aguirre Beltrán, médico y científico social veracruzano fue pionero en los estudios etnohistóricos sobre la población africana en México. Su libro La población negra en México fue publicada por primera vez en 1946. Los editores de LMyLR hemos querido compartir con nuestros lectores algunos fragmentos de su importante investigación, a fin de recordarnos que África es un continente rico y diverso (no un país, como muchas veces se sugiere con profunda ignorancia) y que las herencias africanas que durante siglos han nutrido y enriquecen a la sociedad mexicana provinieron de distintos pueblos, regiones,, idiomas y culturas. En el esfuerzo colectivo de reconocer el aporte de los pueblos y comunidades afromexicanas del México de hoy resulta preciso revisitar nuestra historia y reconstruir nuestra memoria colectiva. Las herencias africanas en México están más vivas que nunca.

*  *  *

Pobladores del Papaloapan: Biografía de una hoya,                              CIESAS, México, 1992, pp-91-92.

Se cita textualmente:

Origen de los africanos

¿De dónde procedían los esclavos? Esta pregunta hoy mas que nunca necesita una resolución documentada. Es creencia común entre los actuales pobladores de la hoya que los negros existentes en la región, así como sus productos, los mulatos, vinieron de Cuba u Santo Domingo. Es indudable que durante el siglo pasado negros y mulatos de las Antillas inmigraron a la zona para trabajar en la construcción de la red ferrocarrilera; su número, aunque escaso, favoreció, por extensión, el pensamiento de que todos los individuos de color procedían de las islas. Los hechos, sin embargo, fueron otros. Directamente, sin verificar escala prolongada alguna, nuestros abuelos negros fueron importados del África.

Pero el África es un accidente geográfico demasiado extenso para que una respuesta de carácter general pueda ser satisfactoria. Los negros vinieron efectivamente, más no de todos los lugares del continente cordiforme. Procedieron de puntos definidos.

Las listas de esclavos de ingenios y haciendas, las cartas de compraventa y documentos similares son una ayuda valiosa para localizar la procedencia de los negros; tan valiosa, que por medio de ellos podemos llegar a definir hasta la gens o tribu de donde fueron arrancados.

En el contrato celebrado entre Cortés y Lomelín, al cual ya hemos hecho referencia, se asienta que los esclavos debían de ser extraídos de Cabo Verde, región del occidente africano, que en la actualidad tiene como centro comercial y político al puerto de Dakar, sumamente conocido por las frecuentes alusiones que a él se hicieron durante la pasada conflagración mundial. En 1542, fecha del contrato, el centro comercial y político de la región se encontraba radicado en la isla de San Iago, lugar donde los portugueses, que la posían, establecieron su más importante y famosa factoría. A la isla de San Iago iba a parar toda la mercadería –entre ella los negros, que como tal era considerados– de la costa continental inmediata y de los numerosos ríos que en ella desembocan.

En las listas de esclavos del ingenio de Tuztla aparecen los nombres de estos negros caboverdianos con la designación de la tierra o nación -tribu- de su procedencia. Siguiendo una antigua práctica romana, los españoles imponían a los esclavos un primer nombre cristiano, seguido, como apellido, de su origen tribal. Los apellidos de los esclavos eran en la mayoría de los casos -podríamos decir- gentilicios, denominaban la gens a la cual pertenecía el negro.

De las relaciones de los “negros bozales, que han muerto en el ingenio de Tuztla, años de 1584 y 1585, recogemos la siguiente información: 

1) un negro Bran, largo, de los 40 que envió el marqués a la hacienda; 

2) Rodrigo Biafara; 

3) Lorenzo Biafara, por otro nombre Cazangue; 

4) Jorge Bran, murió de una puñalada que le dio Juan Mandinga porque lo tomó con su mujer; 

5) Antón Zape, por otro nombre Cazanga; 

6) Alonso Zape, por otro nombre Obero, de tierra Zape Zimba; 

7) Diego Bran, murió de cámaras de sangre;

8) Domingo Gomero; 

9) Daniel, criollo, hijo de Juan de Biafara y de María Cazanga;

10) Joan Zape, desjarretado de un pie; 

11) Marta Bran, mujer de Alonzo Muza; 

12) Manuel Berbesí; 

13) Catalina Biafara, mujer de Juan Vaquero; 

14) Francisco Cengue Cengue, de casta Zape; 

15) Brianda de Terranova, mujer de Pedro Zape; 

16) Ana Berbesí; 

17) Antón Ñengue Ñengue, de casta Biafara; 

18) Catalina, criolla, hija de Francisco Bañón; 

19) Francisco de Cazambungue, lo mataron Vicente Zape y Juan Congo; 

20) Sebastián Cazanga; 

21) Dominga, criolla hija de Catalina Chongolo; 

22) Alejo Barbado; 

23) Juan Marcos, hijo de Francisca Joloffo;

24) Pedro de Alvarado, de casta Berbesí; 

25) Hernando Bomba; 

26) Melchor Bioho, lo mató un negro cimarrón llamado Antón Mandinga; 

27) Cristóbal Berbesí; 

28) Antón Manicongo; 

29) Diego Balanta; 

30) Cristóbal Conyl, de hinchazón de barriga y cara; 

etcétera (AGN, Hospital de Jesús 247.7.11).

La lista continúa, para nuestros propósitos nos basta con los asentados para localizar, como negros caboverdianos a individuos procedentes de las tribus: Wolof, Berbesí o Serer, Cazanga o Dyola, Terranova, Bañón, Mandinga, etcétera. Tribus todas situadas en las márgenes de los ríos Senegal, Salum, Gambia, Cazamancia, Grande, Santo Domingo y el el archipiélago de los Bissagos.

Algunos de los individuos arriba mencionados no procedían, sin embargo, de Cabo Verde, entre ellos Domingo Gomero, que seguramente fue arrancado de la isla Gomera, en las Canarias; Antón Manicongo, originario del Congo, y quizá algún otro más que escapa a nuestros conocimientos; más, de cualquier manera, los caboverdianos formaban la inmensa mayoría. Podemos, por tanto, afirmar que durante el siglo XVI los esclavos procedían de las regiones africanas que hasta hace poco designábamos como Senegal francés, Gambia Británica y Guinea portuguesa; es decir, eran negros del grupo racial conocido por “verdaderos negros o negros del Sudán”.

Más si examinamos las listas de esclavos de principios de la centuria siguiente notaremos que la procedencia había variado. En la hacienda de Uluapa, existían, entre otros, los esclavos siguientes: 

1) Agustín y Magdalena su mujer, negros de tierra Angola de la de Anchico; 

2) Francisco Angola; 

3) Juan de Angola; 

4) Simón de la O, negro de tierra Congo; 

5) Simón, negro de nación Angola; 

6) Bernabé, negro de tierra Angola; 

7) Juan Piñeiro, negro bozal de tierra Jolofe; 

8) Pedro Biafara; 

9) Garciguela, negro de nación Congo; 

10) Manuel Congo; 

11) Miguel Congo; 

12) Miguel Tuerto, negro de nación Angola; 

13) Sebastián Huehe, negro de nación Congo; 

14) Catalina Bran, mujer del susodicho; 

15) Miguel Chato, negro de nación Angola; 

16) Mateo Mocho, negro de nación Angola; 

17) Manuel Cavanga, negro de nación Angola; 

18) Antonillo, negro de nación Angola; 

19) Luis Palao, negro de tierra Bran; 

20) Alonso Zape, por otro nombre Obero, de tierra Zape Zimba;

21) Catalina Locumí, negra, y un negrito suyo, chiquito, que se llama Agustín; 

etcétera, (AGN, Tierras, 74.9).

En la lista que antecede los esclavos proceden en su mayoría del Congo y Angola, es decir, fueron negros originarios del África occidental y, por tanto, de los conocidos como negros bantús” racial y culturalmente diferentes de los negros del Sudán. En la misma lista, además, aparecen, aunque en escaso número, negros caboverdianos -Wolof, Bran, Biafara y, lo que es más interesante, esclavos procedentes de la Nigeria, como Catalina Locumí-. Locumí fue el mejor modo como los negreros portugueses pudieron pronunciar el vocablo Ulkamy que designaba a la gran nación hoy conocida como Yoruba. Un estudio detallado de los orígenes tribales de los esclavos en el país ya fue hecho por nosotros en otro lugar (Aguirre Beltrán, 1946). A ella remitimos al lector que desee hondar en tales asuntos. Para este ensayo, que pretende abarcar españoles, negros e indígenas, basta y sobra con los datos anotados.


 


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Exploración del Istmo de Tehuantepec

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Exploración del Istmo de        Tehuantepec

Crame  1774 

 

Archivo General de Indias (Sevilla, España),  Estado, 20, N. 6 – 2, f 1 v.

Paleografía: Alvaro Alcántara López,                 Centro INAH Veracruz.

 

 

En el contexto de la geopolítica europea de la segunda mitad del siglo XVIII y de los intentos de las potencias por hacerse del control de nuevos territorios o proteger los que ya poseían, la corona española reactivó un viejo proyecto: la posibilidad de comunicar la costa pacífica y atlántica del Istmo de Tehuantepec. Ésta, que fue una idea proyectada por el mismo Hernán Cortés, tuvo algunos tímidos intentos de realización en las primeras décadas del siglo XVIII que, sin embargo, no fructificaron. Fue en tiempos del virrey Antonio María de Bucareli (1771-1779) que se realizaron dos expediciones. La más conocida fue la encabezada por Miguel del Corral y Joaquín de Aranda por la costa de Sotavento, aunque también alcanzó la costa pacífica del Istmo mexicano [Siemens y Brinckmann, “El sur de Veracruz a finales del siglo XVIII”, Historia Mexicana, Vol. 26, núm. 2 (102), 1976]. La otra expedición realizada en tiempos del virrey Bucareli, previa a la de Corral y Aranda, fue la que estuvo a cargo de Agustín Crame en 1774 y cuyo informe general presentamos aquí transcrito, acompañado de un mapa que tiene la particularidad que la costa pacífica (Tehuantepec) se encuentra hacia el norte de dicha representación cartográfica, mientras que la costa de Coatzacoalcos se observa al sur.

Ambos documentos fueron consultados y reproducidos en el Archivo General de Indias, Sevilla (AGI) a finales del siglo pasado. Con la digitalización documental que ha venido realizando el gobierno español en los años recientes, esta documentación puede ser consultada por cualquier usuario de internet a través del portal:

https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/search

* * *

Excelentísimo Señor:  Muy señor mío, la carta que le escribí a V.E. de[sde] Tecoantepeque estaba algo tañida con el sentimiento de no haberse encontrado, hasta entonces, el camino que pudo llevar la artillería. Salí de aquella villa con este disgusto, y antes de dar la vuelta por el camino que me habían informado, me empeñé en el reconocimiento por la sierra que está 9 leguas de Tecoantepeque y buscando de unos cerros en otros los parajes más aparentes, como si mi idea hubiese sido abrir camino nuevo di, por fortuna mía, no sólo con el camino por donde pudo pasar la artillería, sino por donde efectivamente pasó, siendo prueba incontestable de esta verdad los desmontes repetidos que hallé en las laderas de los cerros para formar camino espaciosos para ruedas, cosa que en estos países no pudo practicarse sino para semejante fin, pues en el camino real, por no dar los indios cuatro golpes de azada, van los pasajeros, al pasar la sierra, con peligro de despeñarse, como sucedió con una de mis cargas y ha sucedido a otros muchos, especialmente cuando hay nortes.

Con el gusto de ésta descubierta seguí hasta la hacienda del Marquesado [del Valle] llamado Chivela, doce leguas de Tecoantepeque y donde ya las vertientes corren para el norte. Después reconocí el camino de que me habían informado, que es más largo y viene también a Chivela, dando vuelta por la venta de Chicapa. Casi todo es bueno y la parte de tierra que atraviesa no es muy elevada y puede componerse.

Cerca de esa venta pasa el río de San Miguel que corre para el sur y cerca de La Chivela, el de Molota que va para el norte, como de vuelta encontrada y la travesía de uno a otro, que es de ocho a nueve leguas es, la mayor parte, buen terreno.

Allí me detuve a examinar sobre la buena disposición que ofrecen, así el terreno como los ríos, para la comunicación de ambos mares y fueron muchas las ideas que nacieron de esta reflexión.

Después seguí mi viaje andando, en lo que es camino, dos días y medio por tierra desde Tecoantepeque y día y medio por agua hasta el Paso de Tacojalpa, que es el paraje donde me embarqué y que dista diez leguas, por el río, de la costa [del Golfo de México, es decir la barra de Coatzacoalcos]. De aquí bajaré a la barra [de Coatzacoalcos] para examinarla y sondearla y concluiré mi viaje reconociendo otros ríos, que se dan la mano con los reconocidos.

Para que Vuestra Excelencia vea las principales resultas de mis reconocimientos las he expuesto por puntos, en papel separado. Es inútil recargar más explicación hasta que Vuestra Excelencia vea el mapa de todo este país.

Para desempeñar la confianza de Vuestra Excelencia me parece que no me ha quedado quehacer, he tardado poco pero tampoco he parado. La noche sería para volver por los parajes que había reconocido y el día para reconocer otros nuevos. Y en fin si Vuestra Excelencia tuviese nuevas órdenes que enviarme podrán tal vez alcanzarme en Tlacotalpa[], donde como en todas partes, uno de mis más vivos deseos será obsequiar a Vuestra Excelencia y lograr desempeñar lo que pusiere a mi cargo.

Nuestro Señor dilate la vida de Vuestra Excelencia los muchos años que deseo y necesito. Cosoliacaque, el 2 de enero de 1774.

2 de enero de 1774.

Agustín Crame (rúbrica)

 

al Excmo. Señor don Antonio Bucareli y Ursúa [virrey de la Nueva España]

1. Que no sólo pudo pasar la artillería, sino que efectivamente pasó por el camino que he descubierto.

2. Que la artillería, probablemente sólo fue por tierra hasta Malatengo, que entra después en [el] Coatzacoalcos y que aprovechan la estación de medianas crecientes.

3. Que pudo también bajar por el río Saravia, aunque está más distante.

4. Que, en ciertos tiempos del año, así en Malatengo como Saravia, no tienen agua suficiente para dicha navegación.

5. Que bajar la artillería por Goazacoalco es un juguete y que el subir, aunque con trabajo, se lograría también con canoas que deberían hacerse aparentes para el fin.

6. Que el seguir el camino desde Tecoantepeque hasta Goazacoalco, sin servirse de los ríos Malatengo y Saravia pudo practicarse, pero que hubiera sido trabajo costoso y mal entendido para el sólo fin de pasar algunos cañones; y más, debiendo abrir cinco o seis leguas de camino en terreno desigual y bosque muy fragoso.

7. Que si se tuviese la idea de comunicar ambos mares ofrece buena disposición el terreno y aun mejor los ríos, consistiendo lo principal de la obra en comunicar los de Cituna (sic) y Molota que entran en Malatengo, con el de San Miguel o la venta de Chicapa, que corre al mar del sur, siendo el intervalo entre ellos de 8 a 9 leguas, la mayor parte de buen terreno, y aunque hay que atravesar algunas lomas, puede ser que con sola una mina se consiguiera la comunicación.

8. Que de la venta de Chichicapa a Tecoantepeque y a la costa del sur es todo el terreno perfectamente llano y sin obstáculo alguno para establecer la navegación.

9. Que prescindiendo de cualquiera motivo que pudiera haber para establecer dicha navegación, ofrecen las provincias de Acayucan, Tecoantepeque y demás inmediatas muchas ventajas en su recíproco comercio, del cual se podrá hablar por extenso.

10. Que la provincia de Goazacoalco, que fue la más poblada que encontró Cortés, está enteramente despoblada en todo el curso del río e, internándose un poco la población más inmediata, está doce leguas de dicho río, siendo todo lo despoblado excelente terreno.

11. Que en la costa no hay puerto en las inmediaciones de Tecoantepeque, pero que hay buenos surgideros y proporción para formarlo sin gasto excesivo.

12. Que la Barra de Goazacoalco, según los mejores informes es invariable suficiente para fragatas y no muy difícil proporcionarla para navíos, pero que esto se verá bien para informar mejor.

13. Que si se tratase de la expresada comunicación entre ambos mares seguirá como consecuente el pensamiento de establecer por ella el comercio de Perú, reuniendo aun punto todo el comercio de las dos Américas, pensamiento muy practicable, pero sobre el cual y sobre otros puntos no parece necesario anticipar idea.

 


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Comer, dormir y divertirse

La Manta y La Raya # 16                                                      marzo  2024 ________________________________________________________________________

Comer, dormir y divertirse en el camino de Tehuantepec entre 1858 y 1860

Ana Rosa Suárez Argüello

Un viejo sueño, el de una ruta que uniera el golfo de México y el océano Pacífico por el istmo de Tehuantepec, fue un hecho entre 1858 y 1860, cuando empresarios estadounidenses organizaron un negocio que incluía barcos de vapor, carruajes y carretas, mulas y caballos, transporte de ida y vuelta para viajeros, carga y correo. El sueño duró poco, pero el camino atrajo a hombres de negocios, especuladores, profesionistas, técnicos y emigrantes deseosos de llegar a California y beneficiarse de los hallazgos de oro. El trabajo versa sobre el itinerario y sus etapas, acercándose a los viajeros a través de los pocos testimonios existentes, muchos procedentes de la prensa de ambos países, pues historiográficamente el tema no ha sido abordado.

El istmo de Tehuantepec parecía dormir el sueño de los justos al inicio de 1858, y que nunca iba a despertar. Era un territorio “tranquilo y deprimente”,(1) donde ni siquiera Minatitlán, la población de llegada, ofrecía indicios de vitalidad. En esta última, describía un periodista, no había encontrado entonces más que:

[…] unos pocos soldados enfermos tendidos a la sombra de una barraca destruida; unos pocos indios tratando de cambiar su fruta por pólvora o alcohol en las dizque dos o tres tiendas del pueblo; unos pocos habitantes en pos de un trabajo inexistente que rara vez podían encontrar, o bien paseando perezosamente a lo largo de la calle solitaria […] unos pocos edificios con techo de paja, vacíos, ruinosos, que juntos forman una población casi desierta […]. La holgazanería y la pereza de años, aun de siglos […](2)

Sin embargo, unos meses después, los viajeros que contagiados por la fiebre del oro en California elegían la ruta ístmica mexicana para llegar pronto a esta región y tener parte en la fabulosa riqueza minera que allí existía, resultaron beneficiados por la organización de una línea de transporte, así como por los servicios que surgieron a lo largo del recorrido, los cuales estaban dirigidos a atender a sus necesidades a la vez que, por supuesto, iniciar un negocio aparentemente prometedor.(3)

El objetivo de este artículo es recorrer el camino de Tehuantepec junto con aquellos que se aventuraron a hacerlo durante sus pocos meses de existencia (entre 1858 y 1860), persuadidos de que era la vía más rápida para alcanzar su destino, y conocer a su lado los establecimientos para dormir, comer y tomar una o varias copas existentes, antes de seguir la ruta con el cuerpo y el espíritu reconfortados.

Nos basaremos primordialmente en el testimonio brindado por varios de estos peregrinos, después de su travesía por el istmo, en las cartas o los relatos que dirigieron a diversos periódicos o revistas. Se trataba sobre todo de estadounidenses de origen o por adopción, deseosos de narrar su periplo a sus conciudadanos y a la vez comunicarles sus juicios sobre las ventajas y desventajas de una ruta que podía llevarlos hasta la prometedora riqueza de California. De la mayoría de estos viajeros se ignora todo, si bien de tres de ellos se sabe un poco más: del abate francés Charles-Étienne Brasseur de Bourbourg; de John Mac Leod Murphy, estadounidense que había participado en una expedición al istmo en 1851 y que volvió en 1859 como superintendente del camino e integrante del cuerpo de ingenieros; de Henry S. Stevens, también estadounidense, contratado para operar el servicio de carruajes, y del estudioso alemán Matthias G. Hermesdorf. (4)

La bibliografía sobre el istmo de Tehuantepec es abrumadora y de índole muy variada. Tan sólo en 1949 Rafael Carrasco Puente publicó dos volúmenes de referencias que pretendían ser exhaustivas(5) y de esa fecha para la actualidad las fuentes impresas y electrónicas se han multiplicado de manera exponencial. No son tantas, sin embargo, las que abordan el segundo tercio de la centuria decimonónica y, hasta ahora, no hay ninguna que toque el tema que proponemos trabajar a continuación. Sin embargo, hay que destacar la numerosa e importante obra de Leticia Reina, imposible de revisar aquí, si bien vale destacar el último volumen que coordinó, Historia del istmo de Tehuantepec. Dinámica del cambio sociocultural, siglo XIX, en el que, con una visión de largo alcance, la autora analiza y sintetiza los cambios socioculturales, además de los políticos y económicos, acaecidos en los cuatro grupos étnicos asentados en la región. De los asuntos que desarrolla nos surgieron dos preguntas: por qué los viajeros no mencionan ni la privatización de la tierra y las inversiones extranjeras generadas por el movimiento de reforma que estaban teniendo lugar ni la presencia de las mujeres zapotecas, salvo el abate Brasseur quien dedica varios párrafos a la figura de la legendaria Didjazá.(6)

Preguntas parecidas nos provocó la obra coordinada por Luis Alberto Arrioja Díaz Viruell y Carlos Sánchez Silva, Conflictos por la tierra en Oaxaca. De las reformas borbónicas a la reforma agraria (2012), donde se explican las causas y los efectos de los problemas agrarios en el estado de Oaxaca. Arrioja aborda las consecuencias causadas por la ley Lerdo en tanto que Laura Machuca Gallegos se adentra en los conflictos de los pueblos petapas que enfrentaron a liberales y conservadores en las poblaciones de Juchitán y Tehuantepec.(7)

Un libro que sobresale es el coordinado por Emilia Velázquez, Eric Léonard, Odile Hoffmann y M.-F. Prévôt-Schapira, El istmo mexicano: una región inasequible. Estado, poderes locales y dinámicas espaciales (siglos XVIXXI) (2009), con gran diversidad de temas, perspectivas y objetos de estudio a partir de la inserción de la región en un mundo más amplio, definido por la ambición de construir una comunicación interoceánica. En “San Juan Guichicovi: cambios socioeconómicos a finales del siglo XIX en una comunidad mixe del istmo oaxaqueño”, Huemac Escalona Lüttig abunda sobre la puesta en marcha de proyectos que modificaron la mecánica social, política y económica en el istmo, pero lo hace a partir de la construcción del ferrocarril interoceánico, sin relatar los antecedentes; sin embargo, sí nos llevó a preguntarnos por qué la apertura del camino de Tehuantepec entre 1858 y 1860 no incidió en el istmo de la misma manera que la línea férrea lo haría después. Asimismo, en “Las comunidades indígenas del istmo veracruzano frente al proyecto liberal de finales del siglo XIX”, Emilia Velázquez aborda los cambios sufridos en Minatitlán a raíz de la exportación maderera y la apertura de monterías que hicieron florecer esa zona entre 1855 y 1890; lamentablemente tampoco aborda la ruta de nuestro interés, siendo sin duda la razón que ésta no debió de tener gran peso entre la población.(8)

Por último, La segunda batalla por Tehuantepec: el peso de los intereses privados en la relación México-Estados Unidos (2003) y El camino de Tehuantepec. De la visión a la quiebra (2014) constituyen un marco importante de lo que en seguida expondremos.(9)

El camino

Las operaciones de la “Louisiana Tehuantepec Company” (en adelante LTC), propiciaron un cambio súbito, si bien de corta duración, en el istmo mexicano. La LTC era una empresa organizada poco antes en Nueva Orleáns, con capital sobre todo neoyorquino y un importante subsidio del gobierno federal de Estados Unidos para el transporte del correo, la cual acababa de reanudar la construcción del camino de ruedas con el que se había soñado desde el siglo XVIII, y en el que se avanzó por trechos durante los últimos años, pero además compró y envió diligencias y carros de correo para atravesarlo, así como vapores para navegar el golfo de México de Nueva Orleáns al litoral veracruzano, bordear el del océano Pacífico de Ventosa, Oaxaca, a San Francisco, California, y surcar el Coatzacoalcos río arriba y río abajo.

La apertura de la ruta el 1 de noviembre de 1858 pareció llevar el progreso a una zona muy rezagada, si bien la “prisa y actividad ruidosa” se sintieron desde el arribo de barcos cargados de carruajes, caballos y mulas, madera para puentes y edificios prefabricados, además de múltiples provisiones y suministros.(10) El movimiento se notó a la entrada del río Coatzacoalcos y en sus márgenes, a lo largo del camino que iba a terminarse pronto y en distintos lugares y poblaciones,(11) no sólo por la obra en construcción, sino por la presencia de cientos de trabajadores, de sus directivos y de hombres de negocios deseosos de vender sus servicios, a ellos y a los futuros viajeros.

La prensa de la ciudad de México refería que Minatitlán, “una aldea insignificante en que se contaban apenas unas veinte chozas techadas con hojas de palma” y donde el arribo de algún barco para cargar caoba constituía un “acontecimiento memorable”, se había convertido en una villa con “numerosas construcciones de madera o ladrillo”, en la que había “franceses, españoles, ingleses y norte-americanos”, se multiplicaban los negocios con mercancías estadounidenses, crecía el comercio de madera y los vecinos encontraban más oportunidades de empleo.(12) Era, en suma, la “principal factoría” de la empresa en el istmo.(13) Un ingeniero asignado a la recién inaugurada comunicación interocéanica diría a mediados de 1859 que Minatitlán había pasado de “la degradación de un pueblo indígena mexicano a la dignidad de un bullicioso pueblo estadounidense.”(14)

El movimiento se dio en toda la región y duró poco más de un año. Del otro lado del istmo, por ejemplo, la villa de Tehuantepec, que antes “dormía el mismo sueño que todas las ciudades alejadas”, pareció “despertar un momento al contacto de la agitación yanqui”.(15)

Las distancias que los viajeros transitaban a través del istmo y el tiempo aproximado para recorrerlas fueron los siguientes:

Los partidarios de la ruta de Tehuantepec hablaban de sus ventajas sobre Nicaragua y Panamá –pese al ferrocarril que recorría este istmo desde enero de 1855– y apreciaban su proximidad a Estados Unidos, los menores costos y distancias, el ambiente sano del territorio, el interés del gobierno de Washington por protegerlo de haber un conflicto y las concesiones dadas por México.(17) Sin duda lo mismo pensaron los numerosos viajeros que utilizaron la vía en ambos sentidos, de fines de 1858 a mediados de 1860.

El itinerario

Aunque sin duda cada viaje por la ruta ístmica mexicana era único, pues las circunstancias no siempre resultaban iguales, trataremos enseguida de describir un recorrido “promedio”, para después considerar los lugares de descanso, alimentación y esparcimiento a lo largo del camino.

Aquéllos que emprendían la aventura de Tehuantepec solían congregarse en el puerto de Nueva Orleáns. Allí abordaban el “Quaker City”, del que llegó a decirse que era “uno de los vapores mejor construidos y más rápidos”,(18) pero que a los pocos meses debió sustituirse por tener un calado demasiado grande para rebasar con éxito la barra de entrada del río Coatzacoalcos. Lo reemplazó el “America”, al que se había renombrado “Coatzacoalcos” para familiarizar con esta palabra a los estadounidenses, vapor semi nuevo pero bien equipado, con cupo para 1 000 pasajeros.(19)

Las fechas de salida de la Ciudad del Cuarto Creciente eran los días 2 y 27 de cada mes. Los pasajeros podían avistar la entrada del “Coatzacoalcos” en el tercer día de viaje; allí una especie de “ferry boat” remolcaba el barco por el río hasta que, transpuesta la barra y echada el ancla, los viajantes descendían en la villa de Minatitlán. Una vez salvada la aduana, se dirigían al muelle construido por la empresa, donde, junto con su equipaje y las valijas federales de correo, abordaban el “Suchil”, un pequeño vapor hecho especialmente para surcar el Coatzacoalcos, en el que permanecerían varias horas, con comodidad, pues según relató un periódico era “de primera clase […]; con un paseo en cubierta de proa a popa; comedor en la cubierta de arriba; salón para damas en la popa, salones para caballeros y otro en la bodega para tercera clase”.(20)

En efecto, con casi 46 metros de largo, 10 de ancho y 1.67 de fondo, así como con el perfil de una “cola de golondrina blanca sobre el casco, encima la frase ‘La. T. Co. U. S. Mail’ y entre las letras la representación del cacto mexicano”, el “Suchil” transportaba a los pasajeros, encantados con la exuberancia de la naturaleza y los saludos de la población ribeña,(21) hasta anclar en el embarcadero de El Súchil, el caserío situado en la confluencia de los ríos Coatzacoalcos y Jaltepec. En temporada de secas, sin embargo, cuando faltaba hondura a la corriente del primer río, los viajeros debían apearse y en canoas o barcas remar ellos mismos por un buen tramo. El vaporcito regresaba entonces hacia el golfo de México, después de ser abordado por quienes hacían el recorrido en sentido contrario.(22) 

Una vez en tierra firme, quienes habían bajado emprendían la marcha hacia el litoral del Pacífico por los diversos pueblos y campamentos de la empresa. Montaban en los caballos y las mulas que los aguardaban y partían con dirección a Almoloya, punto que por un tiempo sirvió como estación central del transporte por tierra, pues el trecho de poco más de 56 kilómetros que lo separaba de El Súchil tardó en concluirse. La senda, aceptable en estación de secas, en la de lluvias implicaba andar a paso lento por atajos pantanosos, encontrarse con deslaves, vadear ríos desbordados, sufrir penurias.(23) Una vez en Almoloya, en el transcurso del quinto día, los viandantes podían subir a los carruajes y avanzar con más comodidad, seguidos por el transporte del correo con “la bandera de las barras y las estrellas ondeando sobre él”.(24)

Los viajeros tocaban distintos pueblos y podían detenerse en las rancherías cercanas al camino. También parar en los campamentos de la empresa, distantes entre sí unos 25 kilómetros, centros vitales de la obra, dirigidos por un ingeniero, que dependían del cuartel general en La Chivela. Cada uno contaba con su propio almacén y un encargado de solicitar lo que se requería al almacén principal situado en El Súchil. La vida en ellos resultaba difícil por el calor, los mosquitos y otros múltiples y pérfidos insectos, la mala comida, el agua caliente para beber, la lluvia constante en ciertos periodos, los males estomacales y hasta los fallecimientos: “Estoy enfermo y cansado de esta vida en el ‘wilderness’, privado de toda comodidad, sujeto a todas las molestias posibles”, escribía uno de sus moradores.(25) Sin embargo, los campamentos ofrecían a los transeúntes un momento de reposo, la ocasión de tomar un refrigerio sin hacer gasto alguno, por lo menos aquéllos que viajaban en los grupos organizados por la LTC.(26)

Un alto importante y quizá el más largo era la villa de Tehuantepec, favorecida por la prosperidad del momento, donde los viajantes podían descansar varias horas, dándose ánimos y tomando fuerzas para efectuar la última parte del recorrido, tenía lugar durante la sexta jornada. Esta vez se dejaban los carruajes abordados en Almoloya y ellos seguían a lomo de caballo o mula hasta el puerto de Ventosa, en el litoral del Pacífico, donde transponían otra vez la aduana, para enseguida subir a los botes y lanchas balleneras que los llevaban hasta el recién fondeado “Oregon”, propiedad de la Pacific Mail Steamship Company (PMSC), con la cual existía un arreglo. El “Oregon” era un barco de primera, muy amplio, que solía anclar ocho kilómetros arriba -Ventosa no era el mejor lugar para hacerlo-, a 20 metros de una angosta playa. Los botes iban y venían, casi siempre entre un fuerte viento y un fuerte oleaje; si alguien caía, “los desnudos nativos” ofrecían su ayuda, si bien era raro que alguien no terminara mojado.(27)

El “Oregon” zarpaba al séptimo día hacia el puerto de Acapulco, donde bajaban pasaje, carga y correspondencia para aguardar el arribo de otro vapor de la misma PMSC que, procedente de Panamá, los iba a recoger y llevar a California.(28) Al fin, después de seis jornadas de navegación, los viajeros podían avistar el puerto de San Francisco. Culminaba así un periplo promedio de catorce días, que el Sacramento Union no tuvo empacho en declarar “una completa revolución en nuestras relaciones postales con el resto de la Unión” y el exaltado Alta California refirió como “uno de los sucesos más importantes de nuestro tiempo […] Un paso gigantesco en la marcha del progreso y otro impulso para la prosperidad de California.”(29) 

El cuadro siguiente reúne y organiza los datos anteriores, aplicándolos al recorrido iniciado a fines de octubre de 1858. Permite apreciar el esfuerzo operativo y de conexiones hecho por la LTC:

27 de oct      Salida del “Quaker City” de Nueva Orleáns.

30 de oct      Arribo del “Quaker City” a Minatitlán, 

                          de donde salía el “Suchil”.

31 de oct     Arribo del “Suchil” a El Suchil y vuelta a 

                          Minatitlán. Inicio del recorrido por tierra, 

                           a lomo de mula y caballo.

1 de nov     Arribo de viajeros terrestres a Almoloya y 

                       de aquí traslado en carruaje hacia Ventosa. 

                       Llegada del “Suchil” a Minatitlán.

2 de nov    Arribo del “Oregon” y de los viajeros por 

                       tierra a Ventosa. Llegada del “Quaker City” de  

                       Minatitlán a Nueva Orleáns.

3 de nov   Salida del “Oregon” con viajeros y valijas de 

                     correo a Acapulco.

5 de nov     Arribo del “Oregon” a Acapulco y desembarco.

5 de nov     Arribo del “Quaker City” a Nueva Orleáns.

8 de nov     Arribo del “Golden Age” a Acapulco. 

14 de nov   Llegada del “Golden Age” a San Francisco.

 

Cuando el itinerario se efectuaba en sentido contrario, esto es, de San Francisco a Nueva Orleáns, la suerte de los pasajeros era parecida, aun cuando alguna diferencia procedía, por ejemplo, del descenso en el litoral oaxaqueño ya que, al llegar los botes y lanchas a unos seis metros de la orilla, los “nativos” solían cargar sobre los hombros hasta la parte seca no sólo los bultos sino a los mismos peregrinos, quienes luego salvaban la playa hasta la modesta oficina de la empresa. Allí, un empleado mexicano revisaba su equipaje y hacía los cobros aduanales.(30) Después emprendían el camino hacia la villa de Tehuantepec.

Alojamiento,,, comida y alcohol

Hemos visto las escalas que los viajeros hacían o podían hacer a lo largo de su tránsito por el istmo de Tehuantepec. Cabe aquí aclarar que no todos eran parte de los grupos formados por la LTC, los cuales gozaban del beneficio de que la empresa se hiciera cargo de las comidas y el alojamiento, pues estos costos estaban incluidos en los precios del pasaje, sino que había quienes llegaban por su lado y debían pagar por sus consumos, a precios altos y con gajes tales como cargar con enseres para dormir y con alimentos para el recorrido.(31)

Miremos enseguida cómo eran estos servicios de alojamiento y comida, pues a los preexistentes en la región, en realidad muy escasos, se sumaron los surgidos en estos meses como resultado del breve “boom” económico causado por la apertura de la ruta. Para ello contamos con los testimonios de algunos viajeros, publicados más tarde como libros,(32) así como con los relatos de quienes los enviaron a periódicos y revistas de Estados Unidos.

Sigamos de nuevo el camino por el istmo, pero detengámonos ahora en los “hoteles” y también a comer y brindar con los viajeros. Podremos hacerlo desde el desembarco en Minatitlán, que en esos meses contó con un hotel y “seis ‘bar-rooms'”. El abate francés Charles Brasseur de Bourbourg, quien entonces recorrió la región, nos cuenta que el hotel era una casa de tablas de madera, alzada sobre postes, rodeada de balcones toscos y perteneciente a un comerciante estadounidense.(33)

El pueblo de El Súchil, que ya vimos como el sitio de desembarco después de la navegación por el río Coatzacoalcos, ofrecía la ventaja de que allí estuviera el almacén general de la empresa y ahí llegaran los víveres, el vestuario y los útiles e instrumentos enviados de Estados Unidos y libres de impuestos. Sobra decir que lo último favorecía el ingreso de “una cantidad inmensa de contrabando” -alcohol, entre otros-, agravado por gerentes desordenados y deshonestos, “una pérdida continua, ocasionada por una escandalosa dilapidación” y “una francachela continua”.(34)

Allí había tres hoteles, que no debían de ser más que meras barracas de madera, desde luego cada uno con su “bar-room”. El visitado por el abate Brasseur era un cobertizo grande, dividido en tres partes. En la mayor estaba el dormitorio, con 20 catres de tijera, todos con mosquitero, pero apenas separados entre sí. Por el calor no había colchones, siendo la ropa de cama, habitualmente, una almohada y una sábana. El local tenía otras dos piezas, una atrás que el capitán Chamberlain, su propietario, utilizaba como cuarto y gabinete propios, y otra delante, que servía como entrada a la vez que como “bar-room”, tal cual se habituaba en los hoteles estadounidenses. El comedor se hallaba al fondo de un corral sucio y lleno de barro, donde los comensales convivían con los animales domésticos. El menú era reducido: arroz hervido en agua, huevos, sardinas enlatadas, puerco salado frito, café y en vez de pan una mala galleta de mar. Lo mejor que se podía conseguir era una “omelette” de un jamón por lo general rancio, con arroz hervido y café y, al final, “un ‘pudding’ inventado por el chef, pero que ni la peor fonducha de París o de Londres se habría atrevido a reconocer”. Eso sí, todo iba regado “con jerez, madeira, champaña y otros líquidos magníficamente titulados”. Por el alojamiento y la comida el capitán cobraba 2.5 pesos diarios.(35)

El siguiente punto del recorrido servía como estación principal de los vehículos de línea de la LTC y recibía el nombre de “Camp de xv Miles”. Al lado se encontraba un cobertizo construido sobre estacas, semi ruinoso, que recibía “el título fastuoso de hotel”. Sus muebles eran armazones de palos de un 1.20 cm de altura, que a la vez se usaban de camas, bancos y sillones. Había una estufa de hierro fundido donde se calentaban los frijoles -a seis reales la taza-, las tortillas y el café servidos a los viajeros. Su propietario era un médico estadounidense, el Dr. Chandler, quien lo atendía con la ayuda de un muchacho de origen zapoteco.(36)

Más adelante, en el poblado de nombre Paso de la Puerta, una choza recién construida cubierta de palmas aparecía como el Ladd’s Hotel. Pese a su sencillez, se trataba de una posada limpia y cómoda, que según el buen abate ofrecía “una comida tolerable”. El dueño era un joven estadounidense.(37)

A la vera del camino, el siguiente punto -rumbo a San Juan Guichicovi- era la posada de Sanderson, junto a otro campamento. Se trataba de una larga barraca de madera, dividida en varias secciones, con lacantina a la entrada, después el comedor y en último lugar el dormitorio, donde las camas se hallaban puestas en línea. La dirigían los hermanos Tillman, quienes para la cena servían huevos, arroz con pollo y una taza de café con leche. El “bar room” servía alcohol a cualquier hora y por la noche tornaba en ruidoso antro de juego, donde huéspedes y hoteleros se complacían en apostar,(38)  y ¿por qué no?, como en cualquier taberna de la frontera estadounidense, culminar en golpes o tiroteos.(39)

Más adelante, también a la orilla del camino, los viajeros topaban con una venta, esto es, un “rancho miserable, adornado con el nombre de hotel”, dirigido por Mr. Nash, ex colaborador del filibustero William Walker. No pasaba de ser una choza, pero estar allí era mejor que quedarse en despoblado, además que, sorprendentemente, se comía bastante bien. El exigente abate Brasseur pudo observar a Nash cocinar una buena sopa mientras un equipo de indígenas zapotecas se hacían cargo de echar las tortillas y freír los huevos y el pollo que se servirían sobre una mesa hecha con tablas y sostenida por cajas vacías. El “hotel” carecía de dormitorios; se descansaba al aire libre, con las hamacas, camas plegables, cobijas y mosquiteros portados por los visitantes; quienes preferían permanecer adentro pronto rectificaban, echados por el calor, los animales domésticos y mosquitos.(40)

Uno de los mejores hoteles del istmo de Tehuantepec se hallaba en el pueblo de El Barrio. Se trataba del Hotel Français, emplazado en una casa bien construida en piedra y adobe, limpia, encalada y cómoda en el interior, y administrado por dos socios: el Sr. Blanco, un mexicano, y Mr. Belcher, francés. Allí, para beneplácito de viajeros estrictos como el abate, se ofrecían comidas aceptables “a la manera europea”.(41)

Por fin se llegaba a la ciudad de Tehuantepec, última población importante de la ruta. Los hoteles de mayor calidad estaban cerca o frente a la plaza central. La California House pertenecía a Alexander Bell, quien la anunciaba en la prensa de California como cercana, además, al consulado de Estados Unidos y la oficina de la LTC, y la describía como “grande, bien protegida por espléndidos corredores y pórticos [con] un buen pozo de agua […].”(42)

El Hotel San Francisco se ubicaba en una de las casas más bellas y mejor cuidadas de la ciudad. Tenía el techo defendido por almenas, muebles suficientes para los huéspedes y un “magnífico” patio lleno de cocoteros.(43) Su dueño, que además se desempeñaba como un “espléndido” cocinero, era un francés: Eugène Grygean.(44)

Justo enfrente de la plaza se descubría el Hotel Oriental, que Brasseur de Bourbourg describe con gusto: Era una hermosa casa, de antiguo estilo colonial español, compuesta por una planta baja de una altura considerable […], y que a pesar de su aire envejecido y abandonado tenía un aire de grandeza que me hizo pensar en la prosperidad antigua de Tehuantepec: se veían amplios departamentos, cada uno con una o dos altas ventanas, abriéndose a balcones enrejados, sin más cierre que dos enormes postigos en vez de vidrieras, que hubiesen sido superfluas en esta región. Las puertas daban a dos arcos dentados sobre un corredor inmenso, rodeando por ambos lados un espacio plantado con dos o tres cocoteros que a cien pies de altura [aprox. 30 m] inclinaban sus largas hojas delineándose atravesadas sobre una amplia fuente llena de agua límpida.(45)

Las habitaciones eran amplias y estaban pintadas al temple, aun cuando el mobiliario resultaba muy sencillo: un catre de tijera cubierto con una sábana, dos sillas y una mesa con aguamanil y, en lo que sin duda era el máximo de la elegancia para el istmo y la misma ciudad de Tehuantepec, había un menú del día, “bastante bueno”.(46)

No faltaban otros albergues, pero de menor calidad. Citado por los viajeros estadounidenses, el Hotel Unión brindaba pocas comodidades para dormir: hamacas, catres de tijera, mosquiteros, a veces sabanas y almohadas. Sin embargo, la comida resultaba abundante y al parecer tolerable. La dueña era una mujer.(47)

Ahora bien, a pesar de la oferta hotelera, cuando paraban en la ciudad muchos transeúntes, como sucedió durante los meses del “boom” de la ruta, se veían obligados a olvidarse de catres y hamacas, así como de sábanas y almohadas y sacar del equipaje lo suyo o bien conformarse con un simple petate o un suelo de baldosas desnudas o de tierra como lugar de descanso nocturno.(48)

La última –o la primera– parada de la ruta de Tehuantepec era Ventosa. Allí había algunas construcciones techadas con hojas de palma y erigidas por la empresa. Ninguna servía de hotel o posada, pero una sí de taberna.(49)

Entre población y población, los viajeros podían detenerse en los campamentos de la obra para mudar de caballos o mulas, darse un descanso o tomar un refrigerio. Sin duda, los itinerantes representaban una distracción para los habitantes de estos sitios, quienes aparte del trabajo llevaban un día a día rutinario y aburrido, sobre todo cuando el mal tiempo los obligaba a encerrarse. El alcohol -brandy, whiskey, vino, jerez, entre otros- corría en abundancia, allí y en las tabernas donde se juntaban con otros viajeros y, entre compatriotas que se topaban lejos de su país, debió de surgir una relación cordial. Así, cuando la goleta “Roscoe” bajó una carga de bebidas etílicas en Ventosa el 24 de enero de 1859, los operarios de la LTC la consideraron un “regalo de Dios.”(50)

Los andarines podían, asimismo, detenerse en las miserables rancherías próximas al camino o bien en lugares despoblados, y en ambos casos dormir al aire libre. A veces se alojaban en casas particulares o dentro o cerca de las alcaldías de los pueblos. De esta suerte, un reportero del Alta California nos cuenta cómo aquellos istmeños a los que trató le parecieron “muy felices y alegres, muy corteses y hospitalarios, el desconocido que pasa es invitado cordialmente a entrar en la casa, le ofrecen como lugar de descanso la hamaca que en todas las chozas está colgada en el lugar más fresco, y en pocos minutos le proponen una buena taza de chocolate, o unos huevos revueltos y tortillas […].”(51)

Los pros y los contras

Al aproximarnos a los sitios de hospedaje y alimentación existentes en el istmo de Tehuantepec entre 1858 y 1859, a través de los testimonios de diversos viajeros, hemos referido a cuatro temas: espacio, servicios, dueño o administrador y huéspedes.(52) Nuestro objeto ha sido señalar cómo se empezaron a resolver las necesidades propias de una ruta de transporte, si bien esto duró apenas unos cuantos meses pues, apenas dejaron de llegar los recursos precisos para su sobrevivencia, todo se vino abajo, sin al parecer dejar huella o al menos una enseñanza para el porvenir.

Los hoteles que encontramos fueron de dos tipos. Había las viejas casas, amplias y distintivas de las poblaciones más importantes de la región, hechas de piedra y adobe, con ventanas, balcones, anchos corredores y grandes patios, divididas para responder a los requerimientos del negocio. Pero también se contó con cobertizos erigidos para el momento, con armazones y planchas de madera importadas de Estados Unidos por la empresa. En ningún caso se menciona la existencia de un moderno cuarto de baño, si bien en casi todos se puede constatar la presencia de una barra para servir alcohol.(53)

Aun cuando en los primeros hoteles –acaso algunos preexistentes a la obra del camino– el mobiliario estaba en mejores condiciones, en todos resultaba escaso y austero. Y sin duda en los recién surgidos era improvisado e incómodo; nada tenían que ofrecer del estadounidense y/o el lujo europeo.(54)

Con respecto a los servicios de estos lugares, tal parece que eran normados por la Real Ordenanza de Intendentes de 1786, aun cuando quienes entonces cruzaron el istmo de Tehuantepec no vieron que sus disposiciones se cumplieran, esto es, no hallaron “mesones [de…] suficiente capacidad, con la competente provisión de víveres, camas limpias, y lo demás preciso al buen hospedaje, asistencia y alivio de los caminantes, a la menor costa posible”.(55) Salvo en los hoteles principales, el resto no se distinguía por su limpieza, abundaban los insectos de distinto tipo y en muchas ocasiones era preciso convivir con los animales domésticos. Escaseaban las camas y la ropa de cama, si acaso había la suerte de compartir una habitación con otros muchos y disponer de catres de tijera, hamacas o petates y mosquiteros. Casi todos servían alimentos, si bien éstos eran siempre los mismos y bastante simples. El único entretenimiento estaba en ir a los “bar-rooms”, donde gracias al contrabando favorecido por la franquicia comercial de la LTC, los vinos y licores sobraban. Algo común fue que se jugara y apostase en ellos.

¿Quiénes eran los individuos que poseían y/o administraban estos hoteles y bares y cobraban por ello sumas elevadas? Se trataba, desde luego, de personas deseosas de emprender un negocio, en su mayoría estadounidenses, quienes al enterarse de la apertura del camino, se trasladaron al istmo de Tehuantepec con la mira de hacer fortuna. Debieron de ser dueños de algunos recursos, pues establecer un hotel o un “bar-room” implicaba adquirir o rentar un predio y/o una casa y, aunque en varios casos lo hicieron en terrenos concedidos a la empresa y los inmuebles erigidos eran preconstruidos y, por ende, más baratos, tuvieron que amueblarlos y dotarlos de diversos enseres.(56)

Asimismo, una vez que se contaba con la infraestructura necesaria, se requería de la obtención de una licencia, luego del pago de los impuestos correspondientes y después dar cumplimiento continuo a una serie de disposiciones legales, como la que disponía que los hoteleros llevaran un informe diario y detallado de sus huéspedes.(57) Había también que tratar con las difíciles autoridades locales y desde luego atender a los huéspedes, esto es, vigilar el suministro y la preparación de los alimentos y bebidas e impedir los alborotos que podían provocar borrachos, pendencieros y apostadores, después pasar varias horas en el “bar-room”. A veces tenían ayuda doméstica, esto es, los buenos oficios de indígenas de la región, de lo contrario ellos hacían de prácticamente todo.

Sin embargo, hubo posaderos europeos y mexicanos, que pusieron su solicitud en establecimientos de mayor reputación y por lo general dieron mejor servicio y debieron de gozar de más oportunidades de supervivencia que los primeros.

¿Quiénes se hospedaron y comieron en estos lugares? En su mayoría eran itinerantes estadounidenses y europeos –casi todos hombres, aunque había mujeres–, deseosos de hacer fortuna en California, aunque también ingenieros, operarios y administradores contratados por la empresa para manejar y concluir el camino, así como para estudiar su posible transformación en ferrocarril. Aunque también había los que regresaban decepcionados de la aventura del oro.

¿Qué les podían parecer estos servicios a quienes estaban acostumbrados como estaban a los más cómodos y modernos de sus países de origen? La respuesta es que, por lo general, nuestros viajeros reconocían la superioridad del nuevo camino sobre Panamá y Nicaragua en cuanto a tiempo y distancia, sin dejar por eso de quejarse por motivos distintos: que si los vapores que encallaban a la entrada y a lo largo del Coatzacoalcos, sin alcanzar El Súchil en tiempo de secas, obligándolos a subir a canoas y barcas y a remar ellos mismos contra la corriente; que si el estado del camino era rudimentario, por lo cual no siempre podían valerse de los carruajes y tenían que ir a caballo o en mula y hasta caminar sobre pésimas veredas; que si los vientos volvían inaccesible a La Ventosa; que si los empleados y funcionarios mexicanos cometían abusos; que si debían esperar mucho en Acapulco para hacer la conexión con la PMSC o en otros sitios del istmo por aguardar los carruajes, etcétera. En suma, los disgustaban la insuficiente organización por parte de la LTC; las ausencias de sus agentes y del encargado del correo de Estados Unidos así como la falta de cuidado y seguridad. Y, desde luego, en cuanto a los servicios de hospedería y alimentación -la mayoría atendidos por sus propios compatriotas- los hicieron sufrir las comidas sencillas y humildes, y muchas veces caras; los hoteles sucios, primitivos y ruidosos, donde era preciso hacinarse en las habitaciones que carecían de camas, jabón, toallas, entre otros, o los insectos múltiples y muchas veces venenosos.(58)

De ahí que un reportero del Alta California advirtiera: “No recomiendo la ruta ni a los petimetres a la moda ni a las mujeres muy exigentes, en especial las de mentalidad terca, al menos por uno o dos meses, por temor a que pudieran ensuciar sus polainas, pero sí al viejo minero duro, que podrá reírse de los petimetres y ‘burlarse cuando los venza el miedo.”(59)

Ahora bien, al no sobrevivir la ruta de Tehuantepec a la suspensión del apoyo económico enviado desde Estados Unidos, tampoco perduró la mayoría de los establecimientos que brindaron hospedaje, alimento y diversión a quienes habían elegido recorrerla. Así, cuando Claude-Joseph-Desiré Charnay, un viajero francés visitó el istmo en 1860 refirió que el camino estaba cubierto de vegetación e inundado por los ríos desbordados. Se topó con unos cuantos estadounidenses, aquéllos que no habían podido partir, quienes –describió– “pálidos y famélicos, paseaban por las calles sus famélicas personas, sin deber más que a la caridad el sostén de una vida miserable.”

Conclusión

La prometedora ruta de Tehuantepec pareció convertirse en realidad en 1858, al inaugurarse el servicio de transporte de la “Louisiana Tehuantepec Company” y abrirse los distintos establecimientos de alojamiento, alimentación y entretenimiento que los viajeros requerían y que presuntamente coadyuvarían a un mayor progreso de la región. En los relatos que publicaron después de su travesía, describieron estos últimos como resultado del esfuerzo y el espíritu angloamericano, que una vez más demostraba ser capaz de portar el estandarte de la civilización. Sin embargo, los “nativos” –léase aquí los nacidos en México– sólo asoman en un segundo o tercer plano, ya como criados en las posadas, ya como los cargadores del equipaje. Es cierto que nuestros itinerantes apenas dispusieron de tiempo para apreciar el entorno por el que transitaban -y al paso percatarse de los cambios que poco a poco las reformas liberales iban generando así como de la reacción contraria en algunas poblaciones-, pero también que la letra impresa en que plasmaron sus experiencias definió cómo cientos, acaso miles de lectores en Estados Unidos, verían y valorarían el istmo de Tehuantepec en ese momento y en los años siguientes.

A pesar de que, por un momento, pareció que el camino de Tehuantepec iniciaría la reorganización espacial de la región y daría valores capitalistas a sus habitantes, como sugería el surgimiento de nuevos negocios, su corta existencia impidió que fuera así. De donde todos desaparecerían, dejando apenas unas cuantas pistas en los periódicos y los testimonios viajeros.

Notas

1 Hermesdorf, Matthias G., “On the Isthmus of Tehuantepec”, en The Journal of the Royal Geographic Society, 32 (1862), pp. 536-554, p. 536. Vid. “Letter from Tehuantepec”, Minatitlán, 30 de junio de 1859, Sacramento, 18 de julio de 1859

2 Citado en Eslava al editor, Minatitlán, 1 de enero de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 6 de noviembre de 1858.

3 Se utilizarán los términos hotel y “bar-room”, que fueron los más socorridos por los viajeros del camino, aunque por su tamaño y servicios los hoteles fueran equivalentes a las posadas, mesones y ventas del mundo hispánico, y los “bar-rooms” a las cantinas y tabernas.

4 Brasseur había sido capellán de la legación francesa en México; era un trotamundos experimentado que en 1859 viajó a América bajo los auspicios del Ministerio de Instrucción Pública del emperador Napoleón III, y de mayo de este año a octubre de 1860 recorrió el istmo de Tehuantepec, Chiapas y Guatemala. Tenía como fin escribir Voyage sur l’isthme de Tehuantepec, dans l’état de Chiapas et de la République de Guatemala, cuya primera parte -la correspondiente al istmo de Tehuantepec- apareció poco después y ha sido editada en español en 1981 y 1984. Por su parte, Murphy publicó en 1859 “The Isthmus of Tehuantepec. Its inhabitants and resources” en el Journal of the American Geographical and Statistical Society; Stevens varios artículos en California Farmer, San Francisco, 25 de marzo de 1859 y Hermesdorf escribió “On the Isthmus of Tehuantepec”, que apareció en 1862 en el Journal of Royal Geographical Society, revista de la Royal Geographical Society de Londres. Brasseur, Charles, Viaje por el istmo de Tehuantepec, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, (Lecturas mexicanas), pp. 7-8; Ferrer Muñoz, Manuel, “Brasseur de Bourbourg ante las realidades indígenas de México”, pp. 261-286, en Manuel Ferrer Muñoz, La imagen del México decimonónico de los visitantes extranjeros: ¿un Estado-nación o un mosaico plurinacional?, México, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 2002, pp. 261-266; Murphy, John Mac Leod, “The Isthmus of Tehuantepec. Its inhabitants and resources”, Journal of the American Geographical and Statistical Society, 1-6, 1859, pp. 162-177; Suárez Argüello, Ana Rosa, El camino de Tehuantepec. De la visión a la quiebra, 1854-1861, México, Instituto Mora, 2013, (Historia Internacional), pp. 235-236. Vale aquí señalar que, años después, además del interés por utilizar la ruta de comunicación interoceánica, se sumaría el deseo de encontrar otros recursos en el istmo. Si bien esto tendría lugar, más bien durante el porfiriato, ya desde los años del segundo imperio John McLeod Murphy, ex colaborador de la fallida empresa del camino de Tehuantepec, se daría a la búsqueda de chapopoteras, interesado en incursionar en la explotación petrolera en la región. Al respecto consultar el muy completo artículo de Gerali, Francesco y, Paolo Riguzzi, “Entender la naturaleza para crear industria. El petróleo en la exploración de John McLeod Murphy en el istmo de Tehuantepec, 1865”, en Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 67, 2 (2015), pp. 1-17

5 Carrasco Puente, Rafael, Bibliografía del istmo de Tehuantepec, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1948, 2 v.

6 Reina, Leticia, Historia del istmo de Tehuantepec. Dinámica del cambio sociocultural, siglo XIX, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2014; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, pp. 176-193.

7 Arrioja Díaz Viruell, Luis Alberto, y Carlos Sánchez Silva, (Coordinadores), Conflictos por la tierra en Oaxaca. De las reformas borbónicas a la reforma agraria, México, El Colegio de Michoacán-Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, 2012.

8 Velázquez, Emilia, Eric Léonard, Odile Hoffmann y M.-F. Prévôt-Schapira, (Coordinadores), El istmo mexicano: una región inasequible. Estado, poderes locales y dinámicas espaciales (siglos XVI-XXI), México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Institut de Recherche pour le Développement, 2009.

9 Suárez Argüello, Ana Rosa, La segunda batalla por Tehuantepec. El peso de los intereses privados en la relación México-Estados Unidos, 1848-1854, México, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático Mexicano-Secretaría de Relaciones Exteriores, 2003 y Suárez Argüello, El camino de Tehuantepec, 2013.

10 “Letter from Mexico”, Alta, San Francisco, 17 de septiembre de 1858.

11 Webster a Cass, Tehuantepec, 5 de octubre de 1858, en NAW, Despatches from Consuls… Tehuantepec, microfilm M305, documento 11; Benjamin a P. A. Hargous, Nueva Orleáns, 14 de septiembre de 1858, en ajhs, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, fólder 3; “The Tehuantepec route”, Picayune, Nueva Orleáns, 5 de septiembre de 1858; “S” al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 10 de septiembre de 1858; “Letter from Mexico” y “The news”, Alta, San Francisco, 17 de septiembre y 17 de octubre de 1858; “Don Luis Hargous” y “Tehuantepec”, Sociedad, México, 5 y 6 de septiembre de 1858; “Minatitlán”, Diario, México, 7 de septiembre de 1858.

12 “Tehuantepec”, Diario y Siglo, México, 24 y 25 de junio de 1858; “Camino a través del istmo de Tehuantepec”, México, Sociedad, 24 de junio de 1858.

13 Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40.

14 Murphy, “The Isthmus of Tehuantepec”, 1859, p. 172.

15 Charnay, Désirée, Ciudades y ruinas americanas, México, Dirección General de Publicaciones-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, (Mirada viajera), p. 264.

16 “The Tehuantepec route”, Alta, San Francisco, 9 de agosto de 1858. Los datos aparecen en millas en el original; la aproximación a kilómetros es nuestra.

17 “The Tehuantepec route”, Times, Nueva York, 1 de junio de 1858; “Tehuantepec” y “The Tehuantepec Company”, Bee, Nueva Orleáns, 18 de octubre de 1859.

18 “The Tehuantepec route”, Herald, Nueva York, 5 de julio de 1858; “The California mails”, Alta, San Francisco, 30 de julio de 1858; “Opening of the Tehuantepec route”, Sacramento, Sacramento, 31 de julio de 1858.

19 Judah P. Benjamin a Peter Amédée Hargous, Nueva Orleáns, 10 y 16 de noviembre y 16 de diciembre de 1858, 14 de enero y 18 de febrero de 1859 y Benjamin a Lewis Heyliger, Nueva York, 21 de diciembre de 1858, en ajhs, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, fólders 3 y 4; [Boardman a Robert W. Shufeldt], Nueva York, 19 de noviembre de 1858 y Hargous a Shufeldt, Nueva York, 25 de noviembre de 1858 y Hargous a Shufeldt y W. H. West a Shufeldt, Nueva York, 7 y 18 de enero de 1859, en lc, The papers of Robert W. Shufeldt, caja 11; “The Tehuantepec route” y “A weekly Tehuantepec mail”, Courrier, Nueva Orleáns, 30 de diciembre de 1858; carta al editor, El Súchil, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40; Diket, Albert L., “Slidell’s Right Hand: Emile La Sere”, Louisiana History, 4, 1963, Lafayette, pp. 77-205, pp. 195196; Morrison, Andrew, The industries of New Orleans her rank, resources, advantages, trade, commerce and manufactures, conditions of the past, present and future, representative industrial institutions, historical, descriptive, and statistical, Nueva Orleans, J. M. Elstner, 1885, pp. 383-384; Congressional, Washington, 6 de enero de 1859, pp. 232 y 262 y Journal of the Senate, 35 Congreso, 2da. sesión, Washington, 6 y 7 de enero de 1859, pp. 110-115, http://memory.loc.gov/ammem/amlaw/lawhome.html; “Maritime”, http://www.maritimeheritage.org/ships/steamships.html [consultado el 11 de julio del 2013].

20 “Opening of the Tehuantepec route”, Sacramento, Sacramento, 31 de julio de 1858; “Sea and ship news. The new Tehuantepec steamer”, Times, Nueva York, 30 de septiembre de 1858; Eslava al editor, Minatitlán, 1 de noviembre de 1858 y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 de noviembre de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 6 y 11 de noviembre de 1858; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 22.

21 “Sea and ship news. The new Tehuantepec steamer”, Times, Nueva York, 30 de septiembre de 1858.

22 “Telegraphic intelligence”, “From the isthmus of Tehuantepec. Arrival of the Quaker City” y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 de noviembre de 1858, Picayune, 5, 6 y 11 de noviembre de 1858; “Dépêches télégraphiques transmises à L’Abeille”, Bee, 6 de noviembre de 1858; “The Tehuantepec route open. Arrival of the Quaker City at New Orleans” y John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 6 de noviembre de 1858 y 28 de marzo de 1859; Diket, “Slidell’s Right Hand”, 1963, pp. 195-196.

23 Benjamin a Hargous, Nueva Orleáns, 10 de noviembre de 1858, en AJHS, Collection of Judah P. Benjamin, P-45, caja 2, f. 3; A. B. al editor y Veritas al editor, Tehuantepec, 18 y 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858; “The Tehuantepec route”, “Tehuantepec route”, Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859 e “Interesting from Tehuantepec”, Almoloya, 18 de mayo de 1859, Sacramento, Sacramento, 6 y 20 de diciembre de 1858 y 25 de mayo y 7 de junio de 1859; “The Tehuantepec route open. Arrival of the Quaker City at New Orleans”, “The Tehuantepec route” e “Isthmus of Tehuantepec”, Times, Nueva York, 6, 8 y 21 de noviembre de 1858 y 1 de enero de 1859; “Telegraphic intelligence” y J. S. R. al editor, Minatitlán, 2 y 11 de noviembre de 1858, Picayune, Nueva Orleáns, 5 de noviembre de 1858; “Dépêches télégraphiques transmises à L’Abeille”, L’Abeille, Nueva Orleáns, 6 de noviembre de 1858; “El tránsito de Tehuantepec”, Diario, México, 13 de noviembre de 1858; “Noticias sueltas”, Sociedad, México, 15 de noviembre de 1858; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 82-84; Glick, Edward B., Straddling the Isthmus of Tehuantepec, Gainesville, University of Florida, 1959, (Latin American Monographs), pp. 25-26; Mack, Gerstle, The land divided. A history of the Panama canal and other isthmian canal projects, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1944, pp. 227-228.

24 “The Tehuantepec transit”, Sacramento, Sacramento, 19 de noviembre de 1858.

25 “Life on the isthmus. By one of the engineers”, [s. l., s. f.], en lc, The Caleb Cushing Papers. Vid. Charles R. Webster a Lewis Cass, Tehuantepec, 29 de enero de 1858, en naw, Despatches from Consuls… Tehuantepec, microfilm 305, n. 3; “The luxury of Central American life”, Sacramento, Sacramento, 12 de julio de 1859; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 81-82.

26 A. B. al editor y Veritas al editor, Tehuantepec, 18 y 30 de noviembre de 1858 y 17 de enero de 1859, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 30 de enero de 1859; “The Tehuantepec route” y Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 6 de diciembre de 1858 y 25 de mayo de 1859; “The Tehuantepec route. First through trip from California to New Orleans. Description of the route”, Times, Nueva York, 21 de noviembre de 1858.

27 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859. Vid. ibid., 6 de diciembre de 1858; A. B. al editor, Tehuantepec, 19 y 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 13 de enero de 1859.

28 “More mail facilities”, “The crossing at Tehuantepec”, “The Tehuantepec transit”, Sacramento, Sacramento, 22 de octubre, 17 y 19 de noviembre de 1858; “The time made on the Tehuantepec route” y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 15 de noviembre de 1858 y 19 de diciembre de 1858; “Puerto de la Ventosa”, Sociedad, México, 22 de noviembre de 1858; “Noticias sueltas” y “Puerto de la Ventosa”, Sociedad, México, 17 y 22 de noviembre de 1858; “Tehuantepec”, Diario, México, 18 de noviembre de 1858; Otis, Fessenden, Illustrated history of the Panama railroad, Bedford, Applewood Books, 2009, p. 148.

29 “The news”, Alta, San Francisco, 15 de noviembre de 1858 y “Fourteen days”, Sacramento, Sacramento, 22 de noviembre de 1858. Vid. “Arrival of the Golden Age” y “Political advices”, ibid., 15 y 17 de noviembre de 1858; “The time made on the Tehuantepec route” y “The success of the Tehuantepec route”, Alta, San Francisco, 15 de noviembre y 17 de diciembre de 1858; “Acapulco”, Sociedad, México, 27 de noviembre de 1858; Bulletin, San Francisco, 15 de noviembre de 1858; Hafen, Leroy, The overland mail, 1849-1869; promoter of settlement, precursor of railroads, Nueva York, AMS, 1969, p. 120.

30 John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; “Tehuantepec”, Diario, México, 25 de abril de 1857 y “Gacetilla”, Sociedad, 27 de abril de 1859.

31 “The Tehuantepec route. Detailed narrative of a journey across the Tehuantepec isthmus”, Times, Nueva York, 23 de agosto de 1859; Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19de diciembre de 1858.

32 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984; Hermesdorf, “Isthmus of Tehuantepec”, 1862; Charnay, Ciudades y ruinas, 1984; Murphy, “Isthmus of Tehuantepec”, 1859.

33 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 38, 44.

34 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 78-79, 81-83. Los viajeros llevaban alcohol. Así, el Alta California relata la historia de una dama que bajó en Ventosa con nueve baúles; cuando los aduaneros los abrieron hallaron botellas de whiskey “en lugar de los miriñaques y las enaguas y otros artículos necesarios para un viaje femenino”. A. B. al editor, Tehuantepec, 17 de enero de 1859, Alta, San Francisco, 30 de enero de 1859.

35 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 76-79, 86. Vid. Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, p. 40; “Letter from Tehuantepec. No. 3”, Minatitlán, 16 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 4 de mayo de 1859.

36 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 89-90

37 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 91-92.

38 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 92, 95-96.

39 Sismondo, Christine, America walks into a bar. A spirited history of taverns and saloons, speakeasies and grog shops, Nueva York, Oxford University, 2011, p. 103.

40 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 99-101.

41 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 106-107. Vid. [John M. Murphy] a [Matthew] Perry, La Chivela, enero de 1859, en lc, The Papers of Robert W. Shufeldt, caja 1; John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, pp. 41, 58.

42 Bell acabaría por ofrecer su posada en renta, debido a “su extrema mala salud”. Anuncio, Alta, San Francisco, 3 de mayo de 1859. Vid. A. B. al editor, Tehuantepec, 18 de noviembre de 1858 y 17 de enero de 1859, Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre de 1858 y Anuncio, ibid., San Francisco, 3 y 19 de diciembre de 1858 y 13 y 30 de enero de 1859; The New Orleans Bee, apud. “Tehuantepec”, Sociedad, México, 24 de agosto de 1858; Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859; Charnay, Ciudades y ruinas, 1994, p. 263.

43 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 190.

44 Carta al editor, Tehuantepec, 6 de marzo de 1859, Herald, Nueva York, 2 de abril de 1859.

45 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, p. 136.

46 Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 136-137.

47 Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

48 Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

49 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859 y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858.

  50 [Murphy] a Perry, La Chivela, enero de 1859, en lc, The Papers of Robert W. Shufeldt, caja 11. En efecto, las diversiones eran escasas, de donde se organizara el “Glass Eye Club” para conmemorar el tránsito del primer correo por el istmo y se valorase cualquier novedad local, como los “fandangos”, en los que se bailaba, bebía y apostaba en el popular juego del monte, o los funerales. H. H. P. al editor, Minatitlán, 15 de noviembre de 1858 y John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.] Times, Nueva York, 21 de noviembre de 1858; “The Tehuantepec route. Detailed narrative of a journey across the Tehuantepec isthmus”, Times, Nueva York, 23 de agosto de 1859; Carta al editor, “Suchil”, noviembre de 1858, “Incidents of travel”, 1859, pp. 41-42; Sismondi, America, 2011, pp. 108, 113.

   51 Veritas al editor, Tehuantepec, 17 de diciembre de 1858, Alta, San Francisco, 15 de enero de 1859. Vid. Glantz, Viajes en México, 1964, p. 38.

   52 En el análisis que sigue, nos apoyamos en el excelente trabajo realizado por Martínez Figueroa, Paulina denominado “Sitios de hospedaje en el México del siglo XIX: una revisión general (1786-1885)”, manuscrito, adaptándolo y abundando en el caso de Tehuantepec.

   53 Hermesdorf, “Isthmus of Tehuantepec”, 1862, p. 548.

54 Lacy al editor del San Francisco Weekly Pacific, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo de 1859 y Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858

55 Real Ordenanza para el establecimiento e instrucción de intendentes de exército y provincia en el reino de la Nueva-España, Madrid, Por órden del rey, 1786, pp. 76-77. Vid. Martínez Figueroa, “Sitios de hospedaje”.

56 Hernández Soubervielle, José Armando, “Sin un lugar para pernoctar en ‘la garganta de Tierra Adentro’. Los mesones en San Luis Potosí”, Relaciones, 132 bis (2012), pp. 151-190, p. 168.

57 Desde el 5 de septiembre de 1846. Dublán, Manuel, y José María Lozano, Legislación mexicana, o colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la independencia de la república, México, Dublán y Lozano, 1876-1912, 53 vols., v. 5, p. 159.

   58 Frederick Johnson a su gobierno, Acapulco, 29 de febrero de 1859, en pro Foreign Office Papers/50, rollo 149, v. 337, ff. 225-226, núm. 7; “How matters are managed at Tehuantepec. Extract of a letter from the Bulletin”, Memphis, [s. f.], en lc, The Caleb Cushing Papers; Veritas al editor, Tehuantepec, 30 de noviembre y 17 de diciembre de 1858, Alta, San Francisco, 19 de diciembre de 1858 y 15 de enero de 1859; Lacy al editor del Weekly Pacific de San Francisco, vapor Coatzacoalcos, 20 de abril de 1859, “By the Southern overland mail”, St. Louis, Missouri, 9 de mayo de 1859 y C. R. Payne a Office Freeman and Co.’s Cal. Express, Acapulco, 5 de junio de 1859, Sacramento, Sacramento, 25 de mayo, 2 y 15 de junio de 1859; “Communicated. Tehuantepec route to California”, Delta, Nueva Orleáns, 22 de febrero de 1861; John K. Hackett al editor, [s. l., s. f.], Times, Nueva York, 28 de marzo de 1859; “Tehuantepec”, Diario, México, 25 de abril de 1857 y “Gacetilla”, Sociedad, 27 de abril de 1859; Brasseur, Viaje por Tehuantepec, 1984, pp. 72, 79, 83-84; Mack, Land divided, 1944, pp. 227-228.

   59 A. B. al editor, Tehuantepec, 18 de noviembre de 1858, Alta, San Francisco, 3 de diciembre de 1858. Cabe aquí señalar que, acaso porque el paso por el istmo era bastante rápido y por ende superficial, y con la salvedad -como señalamos arriba- del abate Brasseur, estos viajeros no se ocupan ni de la mujer zapoteca ni de su vestimenta. Respecto a este tema vale la pena revisar lo escrito por Reina, Historia del istmo, 2014, pp. 258284 y por Machuca Gallegos, Laura, “El papel de las mujeres en la historia colonial y en el siglo xix del istmo de Tehuantepec”, en Laura Machuca Gallegos y Judith Zeitlin, (Coordinadoras), Representando el pasado y el presente del istmo oaxaqueño: perspectivas arqueológicas, históricas y antropológicas, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Universidad de Massachusetts, Boston, 2013, pp. 219-235.


 

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