Lucien Biart

La Manta y La Raya # 4                                                                 marzo 2017


Los jarochos vistos por un francés
del siglo XIX:

Lucien Biart y sus Escenas de

la Tierra Caliente Veracruzana


 

Hacia mediados del siglo XIX, para viajeros de distintas partes del mundo, México se convirtió en un atractivo territorio lleno de enigmas y sorpresas. También en una tierra de sueños y de posibilidades para progresar e invertir. Viajeros europeos y norteamericanos recorrieron distintas partes de un país inmenso dejando interesantes testimonios de lo que vieron, pero también de con qué ojos (criterios, prejuicios, mentalidad, etc.) lo observaron. El testimonio que aquí presentamos del francés Lucien Biart se suma la de otros viajeros que recorrieron el sotavento veracruzano, dejándonos valiosos testimonios de la cultura ganadera, de las fiestas de tarima, las rutas de comunicación y la forma de vestir, entre otros muchos aspectos de interés. Lucien Biart (21 de junio de 1828 – 18 de marzo de 1897) llegó a México a los 18 años y vivió aquí por espacio de dos décadas, para luego regresar a Francia donde escribiría en varios libros las memorias de su estancia en el país.

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El fragmento que aquí presentamos proviene de su conocido libro La tierra caliente. Escenas de la vida mexicana, publicado en Francia en 1862. Según asentó en la edición original, terminó de redactar la obra en Orizaba, en enero de 1862 y para ese entonces llevaba ya 13 años viviendo en México. Lo que aquí se publica lo hemos tomado de la edición que publicara Leonardo Pasquel en 1962 (Editorial Jus), con motivo del centenario de la primera edición de esta obra. Hemos querido darla de nuevo a conocer confiados que ayudará a despejar las dudas respecto del origen del vocablo “jarocho”, que tanto polvo levanta de vez en vez en tertulias, chats cibernéticos y fandangos de ocasión.

Los Editores


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(p. 248)                                                                                                                                         Las sabanas producen el mismo espejismo que el mar abierto: por más que se avanza, siempre parece que no se da un paso. El guía caminaba sin vacilar y en línea recta, por un terreno sin huellas, lo que es mucho más difícil de lo que pudiera creerse. En las selvas vírgenes como en las sabanas, el viajero que se pierde describe fatalmente círculos estrechos de los cuales no puede salir. El indígena se orienta con precarias señales que no sabría explicar: inclinación de la hierba, dirección del viento, vuelo lejano de los pájaros. Débiles indicios que cambian según los lugares y de los cuales sólo la experiencia puede sacar partido. Sin embargo no hay que imaginarse que pueda errar a la ventura, en estas vastas soledades; fuera del radio que tiene costumbre recorrer y que se le ha vuelto familiar por la larga práctica, su sagacidad no le sirve (p. 249) sino para describir círculos más largos que el europeo. Se pierde, y conociendo mejor el peligro, pierde la sangre fía, y cansa su caballo, por huir del fantasma de la sed y el hambre, que cada hora que pasa va transformando en realidad. ¡Ay! La sabana como el océano, esconden en sus altas hierbas, tan móviles como las olas, el despojo de más de un desgraciado vanamente esperado.

Don Ignacio extendió el brazo hacia el horizonte y, a través de blanquecinos vapores que la tierra exhalaba, distinguí una mancha negra que destacaba sobre la amarillenta hierba. Tuvimos que caminar mucho para llegar a ese lugar. Era una choza adosada a una cerca, ante la cual nos apeamos.
Acostado sobre una hamaca de piel, un hombre se despertó a nuestra llegada, desabrochó los cinchos de los caballos, y alzó las sillas sin quitarlas. Su mujer nos ofreció dos calabazas de una agua fétida y fangosa, que sin duda había ido a sacar algunas leguas a distancia.

A lo lejos se descubría la inmensa llanura desierta. En vano busqué el perfil de las montañas que la reverberación del sol hacía invisible. Nada más triste que el aspecto de una enorme extensión, en donde la vegetación misma parece morir. Cuando ninguna brisa ondula la hierba marchita, reina un silencio que nada podría darnos una idea.
¿Estamos todavía en vuestras propiedades? – Pregunté a don Ignacio.

-Sí, y dirigiéndonos de este lado – su mano señalaba al sur -, podríamos caminar (p. 250) dos días sin salir de ellas.
-Y este hombre, dueño de un pequeño reino, de selvas llenas de caobas, de cedros, de liquidámbares, de ceibas y de veintes especies más de árboles preciosos por ellos mismos o por sus productos; este propietario de innumerables ganados, estaba lejos de ser rico. Sus rancher0s le pagaban un débil tributo por el espacio que ocupaban. Sacaba apenas 3, 000 pesos (15, 000) francos) al año, de sus veinte leguas de tierra: menos – comparativamente al valor del dinero – de lo que produce en Francia una granja de mediocre extensión.

 

 

-En mi país – le dije- una propiedad como la vuestra, os haría el hombre más rico del universo.

— ¿Qué? ¿Es la tierra tan escasa allá?
-Escasa, no; pero está cultivada, habitada, atravesada en todos sentidos por grandes rutas.
Sacudió la cabeza con aire incrédulo.
– ¿Qué tributo exigís de vuestros rancheros? – –
Los que crían caballos hierran cada año para mí un potro por atajo (cada atajo se compone de treinta a cuarenta cabezas); los que poseen partidas de toros hacen lo mismo. Los cultivadores me dan uno por ciento de la cosecha; pero estos últimos son raros. Prefieren los terrenos sin dueño, siendo de su propiedad mientras los cultivan, sin tener que pagar por ellos.

– ¿Y tenéis contratos escritos? (p. 251)
– No, a menos que se trate de una venta. Fuera de estos casos, la costumbre sirve de ley.
Aprovechando la buena voluntad de don Ignacio seguí el interrogatorio.
– ¿Trazáis límites y medías las tierras antes de entregarlas?
– Jamás: el recién legado escoge un sitio, construye su casa y mira como de su propiedad el espacio que puede vigilar a caballo en un día.
– ¿Y si se le ocurre a otro establecerse cerca de él?
– Nadie piensa en ello. No es tierra lo que falta sino hombres que la trabajen.

– ¿Nunca habéis pensado en explotar las selvas?
– ¡Que el cielo las arrastre! Esconden bajo su maldita sombra lo mejor de mis bienes. Toda la orilla opuesta a aquella donde vais a cazar, me pertenece; si en vez de estar cubierta de bosques, lo estuvieran de hierbas, los rancheros se pelearían por poseerlas. He oído decir que en Veracruz me comprarían muy caro ciertos árboles para llevarlos a bordo de los navíos de vuestro país; ¿pero cómo transportarlos, cuando busco en vano hombres para tirarlos o quemarlos?

Le pregunté cómo se deshacía de sus ganados en un país en el que todos tienen animales.

-Cada año – me respondió -. Rancheros y vaqueros se reúnen en el mayor número posible y atraviesan las llanuras empujando por delante a una docena de bueyes. Nosotros juntamos un millar de animales y tratamos de atravesar la sabana con este inmenso rebaño para llegar a la falda de la montaña. No sin trabajo, (p. 252) logramos que avancen los animales, instintivamente antes de volverse. Hay que vigilar de día y de noche y no tomamos reposo hasta que topamos con alguna cerca en donde pagamos la hospitalidad con una o dos cabezas de ganado. A pesar de todos nuestros esfuerzos, sólo llega a la meta la tercera parte de las bestias; algunas sucumben de fatiga y de sed, otras se matan en furiosos combates, la mayoría vuelve a sus antiguos pastos. A veces, a pesar de los bueyes que la dirigen, la tropa entera da la media vuelta, nos pasa por encima del cuerpo y galopa por donde vino sin que la detengan un los ríos ni la noche; ¡y he aquí un mes de trabajo perdido! Los fugitivos no se volverían a dejar coger en todo el año. Cuando podemos llegar a la cordillera encontramos compradores que nos han ido a esperan. Reconocemos nuestros animales por el hierro que llevan marcado en el anca. Se paga por cada bestia en buen estado de 15 a 20 francos. Las cuentas se pagan en especie y no en dinero, trayendo los compradores trayendo los compradores con esta intención sarapes, rebozos, cachirulos, en fin, todos los objetos que necesitamos. Ya hecho el trato volvemos a toda prisa a nuestra casa, pues las tierras templadas no son buenas para nosotros. En estas expediciones, los conductores van armados con unas lanzas muy largas llamadas jarochas; de aquí el nombre familiar de jarochos que se les da en la meseta y que desconocen la mayor parte de mis compatriotas.

Acabando de decir esto, el ganadero penetró en la cabaña de bambúes.

-¿Cuántos años faltarán – pensé – para que en este mundo virgen sea conquistado para la civilización? Para sanear (p. 253)

 

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mantarraya 2

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