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El son jarocho en Nueva York llegó para quedarse

La Manta y La Raya # 2                                                                             junio 2016


Julia del Palacio

Julia por Gustavo Rodriguez ch
                                                                                                    Foto: Gustavo Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es joven la población mexicana que vive en Nueva York. A diferencia de Chicago o Los Ángeles, cuyos cimientos de la modernidad han estado íntimamente ligados a la población mexicana (Los Ángeles era México y algunos consideran que culturalmente lo sigue siendo; Chicago construyó su industria automotriz en las espaldas de migrantes mexicanos durante los años 1920 y 30 y en las espaldas de migrantes negros que viajaban del sur represor de los Estados Unidos hacia un norte menos racista y ligeramente más abierto y diverso), Nueva York, en cambio, comenzó a ver a crecer a la población mexicana sólo a partir de 1980.

Poco a poco este contingente fue aumentando y formando grupos comunitarios, centros culturales dedicados a apoyar a artistas y artesanos mexicanos y a las comunidades religiosas. Para finales de los años noventa, la población mexicana amenazaba con convertirse en la primera minoría latina de la ciudad, superando a las poblaciones puertorriqueña y dominicana. La tendencia actual, que ha llevado a más mexicanos a regresar a la patria que a cruzar la frontera hacia el norte, hizo que la amenaza no se haya cumplido aún, pero para pesar de los políticos gringos anti-inmigrantes (ya saben a quién me refiero), México llegó a Nueva York para quedarse. Los grupos más representativos en la ciudad son del estado de Puebla, Oaxaca, el oriente de la ciudad de México y el Estado de México.

El son jarocho llega a Nueva York
No hay documentación que indique que el son jarocho tradicional haya tenido una presencia importante en esta ciudad antes de mediados de la última década del siglo XX, a diferencia del mariachi y varios ballets folklóricos, los cuales han tenido un auge a partir de principios de los años noventa. En Nueva York, “lo mexicano” estuvo por muchos años muy ligado a lo colorido, lo saltarín, la eterna sonrisa y la dicharachería. Esa imagen está cambiando conforme la diversa población mexicana que se ha asentado aquí expresa sus rasgos culturales de manera específica. Esto ha llevado a que algunos neoyorquinos ahora conozcan la diferencia entre la cocina oaxaqueña y la veracruzana, o entre el tequila bueno y el tequila chafa y aprendan a distinguir entre los aspectos más teatrales (o más claramente comerciales) de ciertas expresiones musicales de aquellas que, más ligadas a su raíz, revelan aspectos más auténticos (o más realistas) de la cultura regional mexicana.

El son jarocho tradicional tuvo su primera presencia por estas tierras a principios de la década de los años 2000, cuando el músico oaxaqueño Gabriel Guzmán trajo un par de jaranas compradas en el Sotavento y reclutó a un compañero guitarrista para aprender sones tradicionales, interpretados de manera diferente a como lo hacían los mariachis y el ballet. Guzmán y Juan Carlos Marín, apodado “Mi Chavo”, recorrieron los restaurantes de la avenida Roosevelt, en Queens (conocido coloquialmente como “Queenstepec”, “Neza York” o “Puebla York”) juntando unas monedas aquí y allá, picando la piedra para dar a conocer el son jarocho entre grupos que son más adeptos a lo ranchero y lo norteño.

Después de algunos meses de labor, Guzmán atrajo la atención de algunos otros músicos y bailadores que tenían experiencia en el ballet folklórico, pero a quienes les atraía el lado tradicional de la música de Veracruz. Juntos, Guzmán y otros –Juan Lucero, Cecilia Ortega, José Servín, quien eventualmente regresó a México a formar el grupo de sones de Tixtla “Los Gallos Plateados”– llevaron a cabo los primeros fandangos mensuales en un pequeñísimo espacio de East Harlem (también llamado Spanish Harlem, por su alto índice de población puertorriqueña y ahora mexicana). Ahí también tocaban huapangos huastecos y sones tixtlecos. Muy pronto estos fandangueros formaron un grupo para presentaciones formales llamado “Semilla”. Los huapangos se convirtieron en pequeños conciertos, en los que la mayoría de los asistentes se sentaban a observar una representación –lo más fiel que era posible en esas circunstancias– de la celebración tradicional. A veces se abría la puerta del local para dar paso a una ráfaga de nieve, a veces llegaba la policía a callar a los bailadores, a veces los vecinos se quejaban, pero la tradición se implantó y creció con la visita de algunos músicos tradicionales. Durante esas épocas, el grupo Tembembe se dio cita en Nueva York y Patricio Hidalgo apadrinó una enorme tarima que le sirvió de escenario a Semilla durante varios años.

La experiencia personal
Yo llegué a Nueva York en 2005 con una beca para estudiar un postgrado en historia. Había conocido el son jarocho tradicional primero a través de mi padre, quien hizo un extenso trabajo de campo en el Sotavento, grabando a versadores y decimistas para la colección “Cancionero Folklórico Mexicano” dirigido por Margit Frenk y publicado por El Colegio de México a finales de los años 70. En nuestra casa se escuchaba música clásica a todas horas y sones tradicionales de vez en cuando – Andrés Huesca y Lino Chávez eran presencias frecuentes en el acervo musical casero. Después, un novio que tuve, cuya familia es de Santiago Tuxtla, me llevó a ver un concierto que dieron Los Vega en la ciudad de México en el año 2000 ó 2001 para cerrar los talleres de zapateado y jarana que había enseñado Freddy Naranjos Vega. Ahí fue la primera vez que vi a mujeres bailar el son de La Guacamaya. El “café con pan” quedó plasmado en mi cuerpo y en mi corazón y los brazos de las mujeres al imitar las guacamayas sotaventinas quedaría para siempre en mi mente. No me cabe la menor duda de que ese fue el momento en que comenzó la relación de amor más duradera y constante que hasta ahora he tenido: el zapateado tradicional jarocho. Algunos años después leería una cita del bailarín mexicano José Limón (residente de Nueva York, por cierto), que refleja exactamente lo que yo sentí al ver a esas bailadoras en ciernes: “súbitamente subieron al escenario una criatura inefable y su pareja. De manera instantánea e irrevocable algo en mí se transformó. Supe con sorprendente inmediatez que hasta entonces nunca había vivido. O, mejor dicho, que todavía no había nacido… Desde ese momento, no quise permanecer en la tierra hasta aprender lo que ese (bailarín y su pareja) estaban haciendo” (mi traducción). Y así tal cual emprendí mi viaje.

Fui con mi novio jarocho a los fandangos patronales de Santiago; a los fandangos de los sábados en Tlacotalpan y a cantar las Mañanitas a la Virgen de La Candelaria (en Tlacotalpan); fui a Tres Zapotes a recoger una jarana y a Xalapa a comprarle otra a Tacho Utrera; tomé clases con Quique Vega y asistí a los talleres que dieron Rubí Oseguera y Martha Vega en Xalapa y Distrito Federal respectivamente. Aprendí el Buscapiés, el Ahualulco y mi primer Cascabel con Dora Robles, durante los tiempos en que ella y Milton Muñoz se preparaban para grabar el disco “Las Olas del Mar”, con Los Parientes de Playa Vicente. Tuve la fortuna de verlos tocar en varias ocasiones en un pequeño centro cultural llamado “La Alberca” (en realidad no sé si ese era el nombre del lugar, pero todo ocurría alrededor de una alberca vacía) y de ver a Dora bailar La Iguana, con todo el esplendor que despliega en la tarima. Al final de unos talleres impartidos por Rubí en Xalapa, vi por primera vez a Son de Madera tocar en vivo. Para mí eso significó un antes y un después, pues el estilo personal de cada uno de esos músicos y de la bailadora me ayudó a entender la importancia de que el folklor no se uniformice y que la riqueza de la música tradicional radica precisamente en lo que cada intérprete le pone de sí mismo. Por esas épocas también conocí a mi querido amigo requintero Óscar Millán, del grupo Zarambeque, con quien tuve largas conversaciones respecto al son, su pasado, lo que estábamos viviendo en ese momento y cómo lo veíamos cambiar con el tiempo.

Ya asentada en Nueva York desde 2005 empecé a buscar quien tocara son jarocho tradicional y fue así como me encontré con Gabriel Guzmán y su grupo. Me invitaron a los fandangos mensuales y poco a poco me empecé a involucrar en el funcionamiento administrativo y logístico del grupo, colaborando con Gabriel en la organización de fandangos y tocadas, la impartición de talleres con el fin de hacer comunidad alrededor de la tarima y en la construcción de pequeños programas educativos acerca de la cultura mexicana basados en el son jarocho. Fue una época de mucho movimiento y de conocer a mucha gente nueva que se interesó en la tradición. Fue también una época de crecimiento para todos nosotros, como personas, como artistas, como educadores. Entre tanto seguíamos aprendiendo desde lejos sobre el son jarocho, las nuevas corrientes, los grupos que ya estaban asentados aquí en Estados Unidos; y sobre las discusiones que se estaban llevando a cabo respecto a la naturaleza del género, su objetivo como herramienta de aprendizaje, su valor como patrimonio intangible de México y el esfuerzo de sus intérpretes más representativos para proteger su integridad y, al mismo tiempo, no quitarle la frescura y dejarlo respirar y cambiar con los tiempos.

El son jarocho se afianza
Pocos años después de mi llegada a Nueva York Gabriel Guzmán y yo convertimos a Semilla en Radio Jarocho. Gabriel regresó a vivir a México y ahora soy yo la que lleva al grupo, con la ayuda del ilustre “Mi Chavo”, del leonero colombiano Carlos Cuestas, con la ocasional participación del magnífico Juan Lucero y, más recientemente, del contrabajista mexico-americano Víctor Murillo. También desde hace un año Zenén Zeferino ha hecho de Nueva York su segunda ciudad y de Radio Jarocho su segunda casa, lo que ha contribuido a enriquecer nuestro conocimiento sobre el son jarocho y el fandango. También ha elevado nuestros estándares musicales de composición e improvisación.

Como ha crecido la población en Nueva York ha crecido también la comunidad que ama el son jarocho y esta comunidad tiene su propia idiosincrasia muy basada en las peculiaridades de la vida diaria en la ciudad. Es difícil saber en qué se basan las diferencias entre las comunidades jaraneras de Nueva York y Chicago o San Diego, Los Ángeles o Seattle y no tengo suficiente espacio en este ensayo para adentrarme en esa reflexión. Lo cierto es que Nueva York ha visto crecer a esa comunidad en parte gracias a que es una ciudad con los oídos constantemente abiertos para recibir a las músicas del mundo.

Revisen ustedes cualquier cartelera de sábado en la noche y tendrán la opción de escuchar música de Bulgaria, Senegal, Argentina, España; música judía, música gitana, música ranchera, música de gaitas, de tambores y de cuerdas; música barroca, antigua y clásica contemporánea. El son jarocho, de manera natural, ha encontrado su lugar en esta enorme variedad de culturas. No es de sorprender, entonces, que varios maestros hayan visitado estas latitudes en varias ocasiones para compartir su conocimiento. Gracias al trabajo que inició Radio Jarocho y que ha continuado con la perseverancia de los compañeros Sinuhé Padilla y Claudia Valentina, se han dado cita en Nueva York Patricio Hidalgo, Los Vega, Andrés Flores, Rubí Oseguera, Mono Blanco, Joel Cruz Castellanos, Leopoldo Novoa, Zenén Zeferino, entre varios otros.

Aprendemos a la distancia y durante las visitas de los maestros. Transmitimos el conocimiento aquellos que tenemos la fortuna de poder entrar y salir de Estados Unidos a aquellos que por su condición migratoria no pueden hacerlo.Traemos desde el Sotavento jaranas, quijadas, requintos, leonas, blusas, faltas y refajos. Recibimos agradecidos el conocimiento que traen los que nacieron en tierras del son y que generosamente lo comparten. En comparación con otras ciudades la comunidad sonera de Nueva York sigue siendo relativamente pequeña, pero crece todo el tiempo; respira y se transforma.

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