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Editorial


La Manta y La Raya # 4                                                                                         marzo 2017


 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

“Antes que la tradición nos pertenezca nosotros pertenecemos a la tradición” –habría escrito en algún lugar de su libro Verdad y Método Hans Georg Gadamer. Esta idea recuerda que nuestra comprensión del mundo, de los demás, de nosotros mismos, se encuentra inserta en la dinámica de nuestras relaciones familiares y sociales; de la historia local, regional, nacional o global que nos ha tocado vivir. Y precisamente por esto mismo, en el esfuerzo por comprender al otro, por entablar un dialogo con aquellos que de inicio nos resultan ajenos y extraños, resulta indispensable superar los prejuicios que condicionan nuestro estar en el mundo, para fusionar nuestra representación de las personas y las cosas con la de aquellos que tienen otra forma de verlas, vivirlas, sentirlas.

Con esa motivación iniciamos esta revista, con la premisa de contribuir a un diálogo colectivo que permitiera revisar algunos de las nociones a partir de las cuales hemos construido nuestra representación del mundo. La Manta y La Raya, revista digital y sitio de internet ha sido el vehículo que hemos construido para palabrear y compartir los saberes sobre el mundo. Pero tal vez sea momento de detenernos a revisar la manera en que lo hemos venido haciendo y decidir cómo queremos seguir haciéndolo a futuro. Se trataba de generar un debate, un diálogo de ida y vuelta, una reflexión colectiva que hasta el momento sólo hemos sido capaces de incentivar de forma muy tímida, tibia y fragmentaria.

El número que aquí presentamos, en buena media, plantea nuevos retos a nuestra comprensión de los universos sonoros en diálogo. La importancia de una adecuada cultura de salud y buenos hábitos alimenticios; la construcción de las narrativas identitarias desde la interacción con los otros; la viabilidad del son jarocho en las sociedades indígenas contemporáneas; la organización comunitaria que hace posibles celebraciones y bailes rituales asociados a los ciclos agrícolas –cuando en la actualidad, el maíz criollo y el complejo “milpa” se encuentran más y más amenazados por las políticas económicas. Además de esto, la memoria poética, y las historias de vida de soneros entrañable tienen salida en esta nueva aventura.

¿En qué medida nuestras acciones en el alucinante mundo de las culturas musicales contribuyen a generar una nueva cosificación de éstas? ¿Hasta qué punto hemos podido alejarnos de la visión patrimonial de la cultura que decimos cuestionar? ¿Qué hacer cuando la oralidad empapada de un conjunto de prejuicios e inercias sigues mostrándose más fuerte que la escritura y su lectura en ciertos espacios de la sociedad? Quizá haya que volver a tocar (sonear) con quienes hace tiempo no tocamos, de hablar con quien nunca hemos hablado; de salir del confort de nuestros estudios y cubículos y volver a salpicarnos con la contundente e inesperada palabra del otro, de aprender de ella, de ponernos bajo sospecha, de cuestionar el lugar desde el que hemos venido hablando.

Nuevos retos enfrentan hoy las culturas locales y regionales; pero quizá desafíos igualmente decisivos vivimos hoy en medio de una vida social organizada desde el teléfono celular que llaman “inteligente”. Si algo de subversivo tiene encontrarse con las Artes de la Tradición, quizá esté en la posibilidad de mirar en un enorme espejo la narración de nuestra vida y preguntarnos si es esa la que queremos seguir haciendo en los años venideros. Si en medio de nuestra necesaria individualidad es posible construir una agenda colectiva que nos enseñe a mirar las cosas desde otra perspectiva. Pero quizá la que me resulta más perturbadora: el hecho de recuperar la condición de creadores que históricamente nos fue arrebatada, para reservarla para un puñado de profesionales de las artes bellas.

Confiamos que este número resulte de su interés y provecho. Y que la palabra encuentre lo que no andaba buscando y descubra en ustedes lectores un buen pretexto para seguir rodando. Nos seguimos viendo… ron mediante

Los Editores

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La Manta y La Raya #3                                                                                          octubre 2016


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Foto: Sergio Alberto Vázquez Rodríguez

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

A través de un proceso gradual de cosificación de las prácticas musicales, las personas y las relaciones sociales en las que éstas se hallaban inmersas fueron quedando de lado en el discurso oficial de la cultura, al punto que empezó a hablarse de la música sin los músicos, de “la música” como una práctica artística que podía aislarse de su entorno social, prescindiendo así de los entornos en los que funcionaba y se recreaba. De allí a la concepción de la música como fenómeno individual o, en el mejor de los casos, como experiencia grupal sólo faltó un paso. Concretada esta operación, la concepción de que los verdaderos músicos eran aquellos que se presentaban en los escenarios, salas de concierto y medios masivos de comunicación, se instaló paulatinamente en los imaginarios de unos y otros.

Fue esta visión elitista de la cultura –como lo reflexionara magistralmente el maestro Bonfil Batalla en su libro “Pensar la cultura”– la que mujeres y hombres debieron cuestionar durante las últimas décadas del siglo XX. Remover esa idea del cuerpo y mente de funcionarios, productores de discográficos, dueños de salas de concierto y población en general no fue una tarea fácil, sin embargo, mucho se ha avanzado en los últimos años. Retornar a una visión comunitaria, social del quehacer cultural y la creación estética ha sido una labor enorme, que ha exigido el esfuerzo, creatividad, compromiso y lucidez de muchos. El número que ahora presentamos,  además de abrir la revista a la experiencia de otras música regionales de México recupera en algunos de los textos esa dimensión social comunitaria del quehacer cultural en general y, musical, en particular.

El texto de Aideé Balderas nos acerca a los rituales para pedir lluvia en la huasteca, una práctica en donde el hacer música resulta fundamental para garantizar las buenas cosechas en aquellos espacios donde la siembra del maíz, además de tener un beneficio nutrimental constituye un elemento central para el bienestar espiritual de las personas.

Raquel Paraíso nos lleva de la mano con su experiencia de vida y sus investigaciones a reflexionar sobre los cambios que se están dando al interior de la tradición festiva de los bailes de tabla de Tierra Caliente, pero también recordándonos la importancia del tejido social como sostén de esta expresión cultural.

El testimonio de doña Tita Domínguez nos presenta una modalidad de los fandangos en Sotavento, conocidos como “huapangos de medalla”. Habiendo vivido casi toda su vida en Nopalapan, una tierra pródiga en soneros, versadores y bailadoras, doña Tita nos recuerda la importancia de la organización comunitaria para mantener vigentes las fiestas de tarima en las semanas previas a la celebración del santo patrono del pueblo.

Jessica Gottfried nos invita a conocer una parte de la historia de los estudios folklóricos y musicales en el México de mediados del siglo XX, al presentarnos al músico veracruzano Nicolás Sosa y la relación profesional y amistosa que sostuvo con el estudioso de la música folklórica mexicana, el yucateco Gerónimo Baqueiro Foster. Reconstruyendo la amistad entre estos dos personajes, la etnomusicóloga Gottfried nos permite conocer las vicisitudes que debió pasar el músico jarocho en su intento por vivir de la música en la capital mexicana y los recelos que Baqueiro Foster tuvo de que su amigo músico se integrara a la escena artística profesional de aquellos años.

Francisco García Ranz nos entrega en este número un trabajo que indaga sobre las arpas de Andrés Huesca, desfaciendo (sic) algunos entuertos que se han repetido en torno a la participación musical de Huesca en el cine mexicano de la llamada época de oro y, al mismo tiempo, profundizando sobre las innovaciones que éste músico introdujo en el arpa jarocha. Personaje prolijo, fecundo y polémico, Huesca es sin duda uno de los músicos jarochos más influyentes de la segundo mitad el siglo XX y al que habrá que seguir conociendo en sus distintas facetas personales y profesionales.

A través de su lente, Sergio Alberto Vázquez Rodríguez, músico jarocho de guitarra grande y marimbol, nos presenta una serie de retratos de músicos locales captados en diferentes momentos y espacios. Retratos de gran intimidad y cercanía así como imágenes en claros y oscuros que nos transportan al ambiente de los fandangos de candil del sur de Veracruz.

Las palabras certeras y cariñosas de Gabriela Pulido sobre el libro de Bernardo García, “Tlacotalpan y el renacimiento del son jarocho”, aportan más de una clave para descifrar las facetas del admirado y querido Bernardo “Tigre” García como fabulador de la vida, ayudando al lector a acompañarlo en su itinerario de viaje por esta isla sotaventina, al latido de la tarima y la fiesta del fandango. Al mostrarnos los recursos profesionales de Bernardo García como contador de buenas historias, la también historiadora Pulido Llano subraya los aportes del libro, tejiendo un contrapunto entre la historia del son jarocho, la mirada de Bernardo García y su propia experiencia como viajera y lectora de las emociones y las sensibilidades. Tlacotalpan, hecha escenografía – nos propone Gabriela Pulido – es la foto que cierra y abre el libro. En resumen, una magnífica obra que aquí los invitamos a conocer.

Finalmente, Raúl Eduardo González nos obliga a reconocer en su elegante crónica al poeta músico que es y ha sido David Haro. De él, el también poeta y músico radicado en Morelia nos dice que la suya no es una poesía fácil donde el amor pueda escribirse con cuatro letras; por eso nos dirá en su texto, habrá que ponerle atención a su más reciente producción “Es al sur”, donde Haro vuelve a maravillarnos con su elocuente poesía musical. Poesías musicalizadas de López Velarde, Sabines y Rulfo encuentran su justa combinación con el despertar erótico y las aventuras de un quebrantahuesos. En esta nueva producción, David Haro se reafirma como uno de los trovadores más importantes de México de la segunda mitad del siglo XX y una referencia obligada para quien quiera aprender el oficio de sonar la poesía o poetizar a la música.

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La Manta y La Raya #2                                                                                           junio 2016


 

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De culturas musicales globales

El punto es que mirando con un poco de cuidado y escuchando con mayor atención no somos tan diferentísimos (sic) y únicos como nos han hecho creer. Y las historias de nuestros barrios, pueblos o, incluso, países tienen más de un paralelismo con otras regiones del mundo: dificultades en común, sueños y aspiraciones similares, retos y desafíos cotidianos semejantes que giran en torno a solventar la subsistencia o resolver la necesidad de identificarse con una comunidad que dé cobijo, perspectiva y sentido.

¿Somos distintos? Sí, pero también tenemos historias cercanas que al conocerlas y reconocer las de los otros en nosotros mismos, hacen más disfrutable nuestro paso por este mundo. De allí que La Manta y La Raya apueste por el diálogo de los universos sonoros de las sociedades humanas para incentivar el gozo de la polifonía del mundo y su constelación de sensibilidades.

Si los discursos culturales y las reivindicaciones políticas de los Estados Nacionales a lo largo de los siglos XIX y XX quisieron hacernos creer que, como rezaba aquella antigua ronda infantil “el patio de nuestra casa es muy particular”, las circulaciones, movilidades, desplazamientos forzosos o diásporas de cientos de miles de personas a lo largo y ancho del orbe, invitan con entusiasmo a problematizar la observación personal del mundo desde aquellas experiencias que mujeres y hombres de otras latitudes del planeta han construido y comunicado. Han surgido así historias transnacionales, translocales, relatos compartidos o narrativas de la glocalidad (pensar global actuar local) que nos muestran las conexiones de un mundo que se vuelve cada vez más pequeño – o al menos eso parece.

El número que ahora presentamos busca reconocer distintas experiencias de vida en torno al son jarocho y la cultura del fandango alrededor del mundo. También recuperar las experiencias en torno a la difusión del son jarocho y las músicas regionales a través del discurso museográfico o la laudería. Para ello contamos con distintas colaboraciones que nos cuentan, desde las entrañas de la vivencia y su posterior reflexión y relato, cómo conocieron el fandango jarocho, cómo esa experiencia transformó e impactó su vida y la de sus comunidades, así como las maneras en que una cultura musical global –como lo es hoy el son jarocho– se vinculó a los procesos cotidianos de sus respectivos espacios de vida.

Las historias que hemos podido reunir en este número hablan de California (Eugene Rodríguez), Buenos Aíres (Lautaro Merzari), Toulousse (Violeta Jarero), Chicago (Juan Díes), Nueva York (uno de Paula Sánchez y otro de Julia del Palacio) o del Fandango Fronterizo que se realiza en la frontera de México y Estados Unidos (Gabriela Muñoz, Adrián Florido, Carolina Martínez, Jorge Castillo). Hubiéramos querido incluir otros espacios, por ejemplo Los Ángeles, Seattle, Sidney o Colonia – Berlín, pero por el momento no fue posible tenerlas a tiempo para este número.

Complementan esta edición los relatos visuales de Carola Blasche sobre el quehacer laudero de Tacho Utrera, el testimonio de Pablo Arboleyda sobre la construcción de arpas, el de Marco Barrera sobre la exposición “Al son que me bailes toco” o una reseña del disco “Sones jarochos”, del grupo Caña Dulce y Caña Brava. Agradecemos profundamente la generosidad y cooperación de cada uno de los colaboradores de este número, tanto los autores de los textos como de las imágenes que amablemente nos han compartido.

Estamos seguros que los testimonios aquí expresados estimularán la reflexión sobre las conexiones que el llamado son jarocho tradicional del sur de Veracruz tiene y ha construido con la comunidad mexicana en el extranjero, la México–americana en los Estados Unidos o la comunidad internacional en su conjunto, durante las últimas tres décadas y más. Varias de las actividades culturales que se realizan hoy en el sotavento difícilmente serían rentables sin el apoyo y participación de quienes viven en los Estados Unidos y otras partes del mundo y que cada temporada vacacional peregrinan a tierras veracruzanas para aprender y convivir con las y los soneros jarochos.
Sobre este tipo de conexiones vale la pena mencionar un dato: Buena parte de las cuerdas que hoy se usan en los instrumentos jarochos son producidos por una casa de cuerdas (Guadalupe Strings) que tiene su sede en California; y qué decir de los proyectos artísticos y musicales que se han construido en Estados Unidos y otras partes del mundo, impactando notablemente en los referentes musicales y sonoros de las nuevas generaciones de músicos veracruzanos y mexican0s. Y el recuento puede seguir.

Sea pues este número una oportunidad para conocer lo que ha ocurrido con el son jarocho y la cultura de los fandangos de tarima en otras regiones allende Sotavento. Con la esperanza de que muy pronto se comprenda que no se trata de tocar igualito a nadie, ni de reproducir las versiones “auténticas” o legítimas que nunca falta quien pretenda legitimar y sancionar con criterios musicales, académicos, raciales, de nacencia o pedigrí (sic).

Se trata de gozar la vida; de eso se trata: Gozar y compartir la vida.
Los editores

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La Manta y La Raya #1                                                                                          febrero 2016


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PRESENTACIÓN EDITORIAL

La memoria social asemeja un palimpsesto con grafos y eufonías que se apilan, enciman y con/funden una con otra, hasta volver inútil el esfuerzo de querer restituir, con exactitud, la versión “original” de los hechos o, lo que es lo mismo, distinguir quién dijo qué, cómo, cuándo, quiénes estuvieron, quiénes más lo vieron; o incluso, saber discernir quiénes más, que lo supieron “de oídas”, se erigen ahora como fuentes autorizadas de lo que presumiblemente ocurrió. Los relatos en torno al llamado movimiento jaranero no están exentos de esta condición laberíntica de la memoria y en lo que toca a la historia de sus primeros momentos, lo que debe entenderse por movimiento jaranero, cuál su fecha de inicio o si el movimiento ha concluido o no, para dar paso a otros procesos sociales y culturales de otra condición, el debate continúa abierto.

Precisamente en torno a ese proceso de construcción, apropiación y reinvención de la memoria social del movimiento jaranero y de algunas de sus leyendas y mitos fundadores está organizado el número uno de nuestra revista. Una vez transcurridas las fiestas invernales dedicadas a La Virgen de La Candelaria en Tlacotalpan, Veracruz, donde el equipo que hace esta revista pudo continuar la difusión de este proyecto ante la comunidad sonera retornamos al trabajo para ofrecer a los amables lectores distintos puntos de vista y apreciaciones de lo que ha sucedido, ocurre y está por ocurrir en la cultura jarocha, tanto la de aquí como la de allá. Lo vivido y compartido en Tlacotalpan en este 2016 confirma nuestra convicción de reflexionar y dialogar de manera colectiva en torno de aquello que nos apasiona y nutre de la vida.

Abre el número una primicia editorial que el historiador Ricardo Pérez Montfort generosamente nos comparte al ofrecernos la introducción de un libro recién editado en España titulado El fandango y sus cultivadores (Editorial Académica Española, 2015). Al narrar algunos episodios de su relación con el mundo de la mú-sica jarocha, Pérez Montfort acerca a los lectores a personajes y situaciones que constituyen momentos fundantes de la renovada tradición festiva jarocha desde la década de 1970. A propósito de su relación con el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan, como parte del equipo de Radio Educación, pero también en calidad de inves-tigador y músico, la escritura de Ricardo Pérez Montfort construye un puente para acercarse a los primeros años del Encuentro Nacional de Jaraneros y Decimistas, que en sus primeras dos versiones se desarrolló bajo el formato de concurso.

Un testimonio por demás interesante y complementario sobre el Encuentro de Tlacotalpan y el papel que la radio pública ha jugado en el éxito de este evento cultural, es el que nos ofrece Graciela Ramírez, quien desde su condición de productora y locutora radial ha sido testigo de primer oído y vista de lo que ha acontecido en las casi cuatro décadas del Encuentro. Graciela –y junto con ella quienes a lo largo de este tiempo han conformado el equipo de Radio Educación– nos ofrece claves para entender el contexto en el que surgió esta celebración, así como las circunstancias y coyun-turas que hicieron a Radio Educación tomar distancia del evento que ellos mismos ayudaron a construir, junto con los siempre bien recordados Arq. Humberto Aguirre Tinoco y el entrañable Salvador “Negro” Ojeda.

A diferencia de algunas opiniones que han anunciado el fin o muerte del movimiento jaranero, el texto de Juan Meléndez, uno de los más activos defensores y difusores de este término, propone otra mane-ra de observar los cambios que han ocurrido en los años recientes en el ambiente cultural y escénico jarocho, para concluir que el movimiento aún se mueve y tiene por delante nuevos retos, toda vez que como asegura Meléndez el son y el fandango constituyen vehículos de identidad que pueden ser útiles en los momentos aciagos que vive el país y el mundo.

El ensayo de Alfonso D´Aquino, publicado por primera vez en el libro Monogramas, muestra un retrato intimista sobre las diversas personalidades de Arcadio Hidalgo, el llamado “último sonero negro del Papaloapan”. D´Aquino se aleja de toda una práctica escriturial que ha convertido a don Arcadio en mito, para recuperar aspectos triviales y ordinarios que humanizan a quien muchos consideran el padre del son jarocho tradicional de los últimos tiempos. Un Arcadio distinto al que otros han inventado o conver-tido en leyenda se aparece en la escritura febril, impulsiva e incisiva de su autor, postulando la existencia de un Mono Negro fabulador misterioso.

En su colaboración, Francisco García Ranz retorna a un relato arquetípico de la memoria jarocha contemporánea, para reflexionar sobre las cualidades fabuladoras del viejo Arcadio y las distintas recepciones que su oralidad ha tenido al correr de los últimos años. Tras revisar distintas versiones en las que Arcadio Hidalgo sancio-nó mediante sus relatos el vínculo entre el son de El Buscapiés, la aparición del diablo y el canto a lo divino, el autor parece cuestionar el lugar de autoridad que más de uno ha extraído de los decires arcadianos, señalando con este gesto, quizá subrepticiamente, un horizonte reflexivo de a futuro en torno los procesos de invención de la tradición y la memoria, que las dinámicas de los talleres de son jarocho han impulsado en las últimas dos décadas.

Para mostrar formas aún vigentes de transmisión de saberes liga-dos a la fiesta del fandango –distintas a los ya habituales “talleres de son jarocho” y, más recientemente “Clases Magistrales” (sic)– Rafael Vázquez Marcelo nos invita a un recorrido por algunas co-munidades rancheras del municipio de Tlacotalpan, para saber qué ha pasado allí cuando sus músicos dejaron de asistir al Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan. Su escritura constituye un acto memo-rioso que permite recuperar el recuerdo de una de las familias que animó el Encuentro en sus primeros años, Los Casarín, y también conocer aspectos poco conocidos del otro Tlacotalpan, como él llama a aquellas comunidades ribereñas asentadas a orillas del río San Juan Michapa, afluente del Papaloapan, que viven muy distan-tes de las nominaciones patrimoniales de la UNESCO y del estruendo y jolgorio de esta ciudad en tiempos de fiesta.

La Manta y La Raya se complace de publicar un fragmento del magnífico libro que Octavio Rebolledo Kloques dedicó al marimbol, ese instrumento reintroducido a la música popular jarocha en la década de los años noventa del siglo pasado y que él, en calidad de músico ejecutante, se dedicó a difundir en la región jarocha en aquellos años. En su colaboración, Rebolledo nos recuerda que el marimbol vivió sus momentos de gloria con los conjuntos de son montuno, danzoneras y otras agrupaciones vinculadas a las músicas bailables caribeñas entre las décadas de 1920 y 1960 aproximada-mente. El marimbol es uno de esos instrumentos –al igual que el cajón peruano– que muestran la capacidad de las culturas musica-les de incorporar nuevos elementos o reapropiarse de otros ya co-nocidos para renovarse (siguiendo en algunos casos la tendencia de ciertas modas globales a partir de cánones estéticos difundidos por la industria del espectáculo).

Por su parte, la crónica de Samuel Aguilera sobre las fiestas de San Juan Bautista en Tuxtepec, Oaxaca es una buena muestra de los alcances sociales que la cultura del son jarocho ha alcanzado en los tiempos recientes y, al mismo tiempo, la afirmación de jarochería de quienes viven en el sotavento oaxaqueño. Los sucesos narrados en el delicioso relato del poeta y abogado SamuelitoaAguilera dejan constancia de la incorporación de las nuevas generaciones al entra-mado social que da sentido el hacer las cosas en comunidad y tam-bién una muestra exitosa del esfuerzo realizado por las y los tuxtepecanos por reintroducir en sus fiestas la cultura del galope a caballo, el paseo de pendones y el torneo de cintas. Como advierte este cronista la fiesta de San Juan de Tuxtepec permite de a poco reconstruir y potencializar el tejido social y cultural de una tierra noble, que hoy más que nunca se encuentra asediada por la violencia social, la corrupción y la complicidad de las autoridades y el crimen organizado.

El relato visual de Deborah Small, apenas una pequeña selección de un trabajo mayor que esta fotógrafa preparó para acompañar el trabajo del músico y promotor Andrés Moreno Nájera que se daría a conocer hace algunos años en forma de libro bajo el título Presas del encanto. El trabajo de Small nos pone frente a personajes inol-vidables de la región de Los Tuxtlas, músicos de primera línea que desde su quehacer campesino u ejerciendo otro oficio o profesión la dieron a esta región el renombre musical del cual hoy goza.

Cierran este largo número dos reseñas preparadas por Óscar Hernández Beltrán al libro Dijera mi boca y otra más de Francisco García Ranz al reciente disco del reconocido y talentoso arpista jarocho Octavio Vega. Hernández Beltrán hace gala de una prosa delicada y poderosa en imágenes parlantes para construir, a partir del texto que reseña, un relato espejo que nos sumerge en los marismas y sabanas de donde nace el imaginario jarocho que él representa también. Por su parte, el volumen 3 de la serie Laguna Prieta brinda la oportunidad a su comentarista para resaltar la creatividad e imaginación de Octavio Vega en el arpa, un músico que sin duda representa lo mejor de su generación en una larga lista de excepcionales arpistas mujeres y hombres de la música jarocha.

Tras este largo recuento no queda sino confiar que este número será de interés y disfrute a todos ustedes. La Manta y La Raya contribuye al ejercicio de construir y socializar la memoria colectiva sabedora que de ese laberinto memorioso cada quien sale como puede o goza al recorrer sus recovecos sin querer salir de allí. No queda mas que agradecer profundamente a quienes han confiado en este proyecto aportando su trabajo para que este primer número de la revista y los que están por venir surquen los mares y cielos de la imaginación.

Los editores

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La Manta y La Raya # 0                                                                                             octubre 2015


Balandro anclado en el malecón, años 40 o 50's... DB 1

Desde fines de la década de los 90 del siglo pasado, un conjunto de episodios daban a entender que la cultura musical del son jarocho y la fiesta comunitaria del fandango empezaban a convertirse en un ‘fenómeno global’.

Suficiente agua ha corrido desde que ‘el amor comenzó’ en los años 70, cuando diversas iniciativas ciudadanas, institucionales, académicas, radiofónicas y de músicos de distintas formaciones y procedencias se conjuntaron para dar inicio a lo que algunos años más tarde se conocería como el movimiento jaranero, un movimiento social de recuperación y fortalecimiento del son jarocho campesino y del fandango en el sur de Veracruz.

Un balance a vuelo de pájaro haría posible concluír que el son jarocho dejó de ser una música en peligro de extinción para convertirse en una vigorosa cultura musical en creciente expansión, una cultura musical colonizadora.

Los Encuentros de Jaraneros, en su momento una alternativa inteligente para hacer visible y fortalecer una tradición musical decaída, hoy se reproducen ad infinitum por pueblos y ciudades de todo el orbe. A aquella generación de muy jóvenes que hace cuatro décadas se encargaron de restablecer los vínculos sociales fracturados por los procesos de industrialización del país se han sumado ahora cientos de practicantes y promotores de todas las edades, procedencias, religiones, condiciones socioeconómicas, idiomas e ideologías que hacen del son jarocho una música comunitaria y escénica a escala mundial.

En la profunda transformación que en los últimos años han experimentado los quehaceres, discursos, geografías y sensibilidades que concurren en el son jarocho, las llanuras del Sotavento constituyen hoy día uno de los muchos espacios en donde pueden escucharse los sones y tonadas que desde finales del siglo XVIII ya se recreaban en las tierras bajas del Golfo de México, pero no el único. El resto debe buscarse en insospechadas cartografías de apenas un par de décadas, donde en la actualidad la música jarocha se produce, consume, circula, festeja o imagina a la menor provocación. Transcurridas entonces casi cuatro décadas de iniciado el movimiento jaranero, una pléyade de músicos de antología, bailadoras de época, personajes míticos, agrupaciones de ensueño, hombres-árbol, grupos de fama y prestigio internacional, encuentros de jaraneros como liebres, libros, videos, revistas, centros de documentación, páginas web, redes sociales, grabaciones fonográficas, podcasts, grupos de internet o aplicaciones digitales constituyen el pasado y presente de una cultura musical viva que dialoga con su pasado y su futuro.

En ese pasaje y soplo de tiempo, La Manta y La Raya hace su aparición para contribuir a la reflexión, memoria y difusión de los complejos culturales y músicas comunitarias sotaventinas en su diálogo, renovación y reinvención con otras culturas regionales de México y el mundo. Al hacerlo saluda y se reconoce heredera de proyectos editoriales previos realizados en torno a la cultura del son jarocho, entre los cuales destaca sin lugar a dudas la revista Son del Sur, pero donde también pueden recordarse con nostálgica alegría los Cuadernos y Documentos de la Unidad Regional de Culturas Populares de Acayucan, los impresos del Taller Martín Pescador, los Cuadernos de Cultura Popular del IVEC, la producción editorial del Programa Sotavento o la Revista Jarocha que editara hace casi medio siglo el historiador veracruzano Leonardo Pasquel.

Tres impulsos alientan la emergencia editorial de La Manta y La Raya: El primero, la puesta al día de la memoria social de las culturas jarochas, tras décadas de fructíferos diálogos y reflexiones; en particular elementos de su historia, su geografía, costumbres y creencias, música y baile, laudería, cocina, versada, naturaleza, arquitectura… El segundo, reflexionar en torno al diálogo y acercamiento de las distintas tradiciones musicales, un tema a flor de piel y, por lo tanto, impostergable, que nos parece importante tomar en cuenta a partir de los procesos globales de mediatización, circulación y consumo de las músicas regionales. Por último, analizar y compartir experiencias sobre los nuevos contextos de creación, reproducción y difusión del son jarocho y su impacto social y sonoro en otros territorios.Trío de tres DB

Un esfuerzo como el que nos proponemos conlleva una actitud crítica y autoreflexiva al respecto de lo que suele presentarse como la cultura y música tradicional jarocha (con todas las comillas que hagan falta), o los mitos que, a fuerza de repetirse, han construido la imaginería popular de los tiempos recientes. Parece importante darnos la oportunidad de escuchar o conocer las diferentes ‘versiones de los hechos’ desde otras perspectivas, personajes o testimonios a los que estamos acostumbrados.

Sea pues La Manta y La Raya un espacio de encuentro, una provocación textual para decir lo que hemos sido, lo que somos y lo que nos gustaría llegar a ser. Un espacio editorial donde las artes de la tradición se expresen en voz de sus creadores, recreadores, estudiosos, degustadores y críticos. Una vez puesto el vehículo, toca a todos animar y dar vida a lo que de la cultura del son jarocho se pueda hacer y decir.

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