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Al son que me bailes, toco…

La Manta y La Raya # 2                                                                             junio 2016


Al son que me bailes, toco.
Senderos de la música popular mexicana

Reseña de una exposición que estuviese hace 19 años
en el Museo Nacional de Culturas Populares

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Al son que me bailes, toco… Senderos de la música popular mexicana fue una exposición que se presentó, durante un año, en el Museo Nacional de Culturas Populares en el año 1997. Fue un proyecto impulsado por Cristina Payán, entonces su directora. La iniciativa fue de ella y de Marco Barrera Bassols – autor del presente texto y coordinador de la misma. Colaboraron etnomusicólogos, historiadores, músicos, bailadoras y bailadores como Guillermo Contreras, Antonio García de León, Ricardo Pérez Montfort, Gonzalo Camacho, Rubén Luengas, Eduardo Llerenas, Paul Leduc, Francisco García Ranz, Marina Alonso, Ramón Gutiérrez, Gilberto Gutiérrez, Wendy Cao y Tacho Utrera, Teresa Pomar, Chac, Mauricio Gómez Morín, entre muchos otros. Fue concebida desde la etnomusicología, la historia, la musicología y presentó más de 5 horas de grabaciones que podían ser escuchados mediante distintos artilugios interactivos, e ilustrada con más de 300 instrumentos musicales y arte popular y ejemplificó, diacrónica y sincrónicamente, aspectos geográficos, rituales, literarios y plásticos, de tradición oral y coreográfica, campesina y urbana.

    A la memoria de Cristina Payán, quien fuera directora del Museo Nacional de Culturas Populares y quien falleció justo antes de ver concluido un sueño compartido.
   A Carlos, Ina y Emilio Payán. A los queridos amigos soneros, lauderos, bailadoras y bailadores, además de la gente ligada a su estudio, difusión y desarrollo.

Marco Barrera Bassols

Cuando Álvaro Alcántara me invitó a escribir sobre la exposición que diseñamos y montamos hace ya 19 años en la Sala Bonfil del Museo Nacional de Culturas Populares, no dudé en hacer de ésta una oportunidad para realizar una reseña a compartir.

Para ello recurro a mis notas, pero también a dos periodistas que en su momento publicaron sendas reseñas sobre la misma y que me di a la tarea de releer en estos días: Patricia Vega y Guillermo Ríos –de este último sólo tengo una copia digitalizada que carece de fuente. Patricia Vega escribió en La Jornada/Cultura, primera plana del 25 de noviembre de 1997, lo siguiente:

“Ver y escuchar. Ese fue el primer reto a vencer en la concepción de la exposición Al son que me bailes, toco. Senderos de la música popular mexicana, que a partir de mañana y durante 10 meses, abre sus puertas para celebrar los 15 años del Museo Nacional de Culturas Populares y como un homenaje póstumo a la maestra Cristina Payán, quien impulsó decididamente la muestra a lo largo de dos años.”

Sobre el enfoque curatorial de la exhibición escribió:

“(el) segundo desafío era cómo abordar, de manera integral, un universo tan vasto y com-
plejo como el de la música popular mexicana, cuyos orígenes remontan a la época prehispánica y que, con la llegada de los españoles fue enriquecida con elementos africanos, árabes, hispanos y de otras latitudes.”

El son, ejemplo de riqueza popular

El son no es el único ni el más prolífico de los géneros musicales del país, pero debido a su heterogeneidad fue elegido como eje temático para representar la riqueza de la música mexicana a partir de la diversidad de ritmos, características regionales y dotaciones instrumentales, por mencionar solo algunas vertientes.

En opinión del etnomusicólogo y organólogo Guillermo Contreras, el son es un magnífico vehículo o pretexto para entrar al universo de la música popular mexicana: con una actitud muy lúdica para que el visitante disfrute de esta experiencia musical habrá módulos interactivos, donde a partir de la instrumentación seleccionada, se (puedan) escuchar hasta 81 posibilidades aleatorias de piezas populares como La Bamba o el Toro Zacamandú.”
Efectivamente, como la misma Patricia Vega describe en el artículo, la dimensión cultural que se mostró, buscó un balance entre las miradas antropológicas y las musicológicas –“ejemplificando diacrónica y sincrónicamente aspectos geográficos, rituales, literarios y plásticos, de tradición oral y coreográficos campesinos y urbanos.” De ese tamaño fue la apuesta.

Para ello hicimos uso de diversos recursos museográficos y a contrapunto como menciona la misma periodista: “crónica histórica, edictos, mitos, entrevistas, mapas, grabados, pinturas, gráfica, instrumentos musicales –cerca de 300 de la magnífica colección de Guillermo Contreras–, más de 70 piezas de arte popular –cuya curaduría estuvo a cargo de Regina Schöndube y de Teresa Pomar quienes seleccionaron sirenas, como la de la alegoría empleada en el cartel de la muestra que diseñó Chac– diablos, calaveras y ángeles…” que, continúa diciendo: “dan fe de los múltiples papeles que la música y los intérpretes ocupan en la vida de las comunidades y de las personas que en su infinito ir y venir de los mundos rurales y urbanos han ido globalizándose… -a lo que yo agregaría, al menos desde el siglo XVIII-, registros sonoros -grabados in situ y ex profeso y otros-, fotografía, cine y video.”

Desde el patio mismo del museo se dispusieron artificios sonoros tomados de los museos de ciencia para que los niños jugaran y se aproximaran al mundo sonoro y una maravillosa palapa construida por el padre de los Utrera, con las técnicas tradicionales, y donde se llevaron a cabo durante el tiempo que duró la exhibición, múltiples actividades educativas y demostrativas. Pero además, el planteamiento museológico –siguiendo las políticas desarrolladas por Guillermo Bonfil- incluía un programa anual de exposiciones de menor formato que ya no se realizaron: Música de Banda, la música mixe; Música sacra virreinal y En ambos lados de la frontera: Música Chicana y de la Frontera, además de un programa de conciertos, programas de radio, grabaciones, tienda especializada en música tradicional y del Mundo, bazar de instrumentos tradicionales, y otros productos culturales: discos, lotería musical, etc., etc.

Núcleos temáticos

1.- Orígenes e historia de la música popular
mexicana: la música de los pueblos
Mediante un magnífico video elaborado por Paul Leduc a partir de su obra La Flauta de Bartolo o la invención de la música se acompañó una muestra de instrumentos musicales prehispánicos y de otros momentos de nuestra historia.

2.- Taller de laudería
Que consistió en una ambientación de un taller de laudería ampliando un grabado del siglo XVIII europeo, pero al que se le sobrepuso, en una tercera dimensión, la imagen de Tacho Utrera trabajando en la construcción de jaranas que suplieron a los violines del grabado original y mostrando sus herramientas y describiendo las técnicas y etapas de construcción. Había un espacio dedicado a la importancia de no sobre explotar los recursos madereros en peligro de extinción y haciendo un llamado a los lauderos tradicionales a buscar nuevas técnicas innovadoras en su arte. La ambientación estuvo diseñada por Mauricio Gómez Morín.

3.- Los ámbitos de la música
Un panorama a través del cine mexicano que mostraba, década por década, los cambios de la música popular mexicana en el siglo XX.

4.- De sones y fandangos   (núcleo central de la exposición)
Simulando al público que rodea la tarima en un fandango y otras fiestas de tarima, los visitantes conocían sobre la historia de estas fiestas y los paralelismos en otras latitudes: al asomarse a través de pequeñas mirillas se podían ver ediciones de películas y documentales como Lacho Drom, de Tony Gatlif, 1993, que muestra la música y la danza del pueblo romaní y a través de este reconocer la influencia múltiple que rodea al fandango o al huapango (en la versión huasteca).

5.- Instrumentación del son jarocho
Sobre una plataforma, la instrumentación ampliada del son jarocho (como sabemos esta varía de región en región); en ella flotaban los distintos instrumentos, y mediante dispositivos de audio interactivo se podía escuchar cada uno por separado o de manera conjunta al interpretar distintas sones: de la hoja que al hacerla vibrar con los labios produce una suerte de silbido trompeteado, hasta la tarima, pasando por las siete jaranas, el violín, el arpa, la armónica y el marimbol.

6.- Organología: la Música del Mundo
Mediante un despliegue de instrumentos de origen diverso –de China a España– el público pudo ubicar su origen y tránsito a nuestros territorio en un mapamundi y escuchar ejemplos sonoros de los mismos. Instrumentos y géneros musicales que influyeron en la música barroca popular mexicana, algunos de ellos desde el siglo XVI: del ud, al laúd y de este a la guitarra barroca para finalmente entender el origen de las jaranas, etc. En esta misma sección se exploraban los tipos de instrumentos con base en una clasificación organológica.

7.- La diversidad musical y festiva y la relación que guardan entre sí y con sus comunidades
El largo camino que nos adentra en la cosmogonía, las creencias y la personalidad polifacética de ese cronista, chamán y poeta que es el músico de las comunidades campesinas e indígenas.

8.- Ciclo de vida, ciclo ritual y homenajes
Música, danza, fiesta y versada compuesta por músicos campesinos y pescadores músicos que también la hacen de laudero, chamán y compositor y hoy representada por muchísimos más pues su extensión de cuando se hizo la exposición a la fecha deja sorprendido a cualquiera pues hay grupos que interpretan el son jarocho en Estados Unidos, Centroamérica y Europa. Esta sección rendía homenaje a estos personajes y en particular a Arcadio Hidalgo. También, mediante sistemas interactivos podían escucharse un sinfín de sones y los personajes que fueron ilustrados por niños de Ocotlán, Morelos, dirigidos por Jorge Rello y Malala.

Guillermo Ríos, periodista, sintetizó así lo que público podía encontrar en Al son que me bailes, toco…:

“En el inmenso abanico de la música regional mexicana, el son tiene un lugar predominante. Con instrumentos y formas, a veces muy distintas entre sí, se escucha en gran parte del país, casi siempre acompañado con un calificativo que señala su localidad: son istmeño, abajeño, huasteco, jarocho, de tierra caliente, planeco, de los altos o jalisciense; el son es, por lo general, música bailable y, desde luego cantable.

Como asunto fundamental del son está el zapateado: ese taconeo y escobilleo sobre una tarima de madera que a la vez que es danza, es voz en el conjunto instrumental, convirtiéndose en el centro del fandango, la fiesta del son, y que se arma en la nochecita y dura hasta que el cuerpo aguante.

El son jarocho se arma con arpas, jaranas, requintos y buenas bailadoras y bailadores, mentes ágiles que dominan el arte de las décimas y voces que de tan bonitas duele oírlas. Esta música además, sirve para casorios y velorios, para velas y pascuas, para negocios y para conmemorar al santo patrono; para desquitar corajes y desenojar amantes; para hacer justicia; como periódico para enterar a los que no saben; para hacer feliz; para bailar y echar versitos; para beber, pero sobre todo, sirve para enamorar y para que bailen las mujeres solas, o en montón o en parejas de varón y dama.”

La exhibición contó con la invaluable asesoría en distintos temas de Antonio García de León, Marina Alonso, Gonzalo Camacho, Guillermo Contreras, Mary Farqhuason, Eduardo Llerenas, Pablo Gutiérrez, Julio Herrera, Modesto López, José Antonio MacGregor, Ricardo Pérez Montfort, Guillermo Pous, José Luis Sagredo, Enrique Ulloa, René Villanueva, Fernando Híjar, don Mario Kuri, etc. Pero debemos recordar también el trabajo y apoyo de los propios músicos y grupos de son como Gilberto Guitérrez, a los Utrera –Tacho a Wendy Cao–, a todos los integrantes del entonces Chuchumbé, a Ramón Gutiérrez, al Chicolín, Rubén Luengas y Pablo Márquez quienes se hicieron cargo de poner a tono los cerca de 300 instrumentos para la exhibición, etc. La lista de colaboradores es enorme, pero sin duda fueron fundamentales Luis Pérez Falconi, Mara Vázquez, Teresa Márquez Martínez, David Baksht, Rodrigo Moya, Iker Larrauri, José Antonio Robles Cahero, Pablo Flores, Agustín Estrada, Alejandra Gilling, la difunta Teresa Pomar, Regina Schöndube, Jorge Rello y Malala, Valentina Máxil , Chac, Rubén Luengas, Pablo Márquez y un largo etcétera. Las instituciones que apoyaron fueron muchas, entre otras: la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el Centro de Información y Documentación de Culturas Populares –donde quedaron depositadas las grabaciones utilizadas en la exposición–, el Archivo Etnográfico Audiovisual del entonces Instituto Nacional Indigenista, la Fonoteca y el Museo Nacional de Antropología del Instituto Nacional de Antropología e Historia, El Museo Universum de la UNAM, el Cenidim del INBA, Radio Educación, el Centro Multimedia del CENART, etc.

Al son… recibió más de 170 mil visitantes y la gestión para realizarla requirió casi dos años de trabajo de investigación, documentación, registro sonoro, fotográfico, etc., y fue catalogada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes como una de las cinco mejores exhibiciones de 1997. La intención de Cristina Payán y mía, era el de poder crear las condiciones para el surgimiento de un Museo Nacional de la Música Mexicana o una serie de museos regionales, cosa que hasta el momento no se ha podido llevar a cabo. Años después, con un despacho de museografía del que fui socio, ganamos un concurso para diseñar el Museo de Tlacotalpan que nunca se ejecutó y en cuyo proyecto conceptual se buscaba que el eje temático del mismo fuera el son jarocho, pero también la arquitectura tlacotalpeña, la vida ribereña, la gastronomía, y en el que pensábamos debería de existir un taller de laudería y otro de cocina, etc., pero eso es asunto para otro artículo.

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