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Editorial


La Manta y La Raya # 4                                                                                         marzo 2017


 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

“Antes que la tradición nos pertenezca nosotros pertenecemos a la tradición” –habría escrito en algún lugar de su libro Verdad y Método Hans Georg Gadamer. Esta idea recuerda que nuestra comprensión del mundo, de los demás, de nosotros mismos, se encuentra inserta en la dinámica de nuestras relaciones familiares y sociales; de la historia local, regional, nacional o global que nos ha tocado vivir. Y precisamente por esto mismo, en el esfuerzo por comprender al otro, por entablar un dialogo con aquellos que de inicio nos resultan ajenos y extraños, resulta indispensable superar los prejuicios que condicionan nuestro estar en el mundo, para fusionar nuestra representación de las personas y las cosas con la de aquellos que tienen otra forma de verlas, vivirlas, sentirlas.

Con esa motivación iniciamos esta revista, con la premisa de contribuir a un diálogo colectivo que permitiera revisar algunos de las nociones a partir de las cuales hemos construido nuestra representación del mundo. La Manta y La Raya, revista digital y sitio de internet ha sido el vehículo que hemos construido para palabrear y compartir los saberes sobre el mundo. Pero tal vez sea momento de detenernos a revisar la manera en que lo hemos venido haciendo y decidir cómo queremos seguir haciéndolo a futuro. Se trataba de generar un debate, un diálogo de ida y vuelta, una reflexión colectiva que hasta el momento sólo hemos sido capaces de incentivar de forma muy tímida, tibia y fragmentaria.

El número que aquí presentamos, en buena media, plantea nuevos retos a nuestra comprensión de los universos sonoros en diálogo. La importancia de una adecuada cultura de salud y buenos hábitos alimenticios; la construcción de las narrativas identitarias desde la interacción con los otros; la viabilidad del son jarocho en las sociedades indígenas contemporáneas; la organización comunitaria que hace posibles celebraciones y bailes rituales asociados a los ciclos agrícolas –cuando en la actualidad, el maíz criollo y el complejo “milpa” se encuentran más y más amenazados por las políticas económicas. Además de esto, la memoria poética, y las historias de vida de soneros entrañable tienen salida en esta nueva aventura.

¿En qué medida nuestras acciones en el alucinante mundo de las culturas musicales contribuyen a generar una nueva cosificación de éstas? ¿Hasta qué punto hemos podido alejarnos de la visión patrimonial de la cultura que decimos cuestionar? ¿Qué hacer cuando la oralidad empapada de un conjunto de prejuicios e inercias sigues mostrándose más fuerte que la escritura y su lectura en ciertos espacios de la sociedad? Quizá haya que volver a tocar (sonear) con quienes hace tiempo no tocamos, de hablar con quien nunca hemos hablado; de salir del confort de nuestros estudios y cubículos y volver a salpicarnos con la contundente e inesperada palabra del otro, de aprender de ella, de ponernos bajo sospecha, de cuestionar el lugar desde el que hemos venido hablando.

Nuevos retos enfrentan hoy las culturas locales y regionales; pero quizá desafíos igualmente decisivos vivimos hoy en medio de una vida social organizada desde el teléfono celular que llaman “inteligente”. Si algo de subversivo tiene encontrarse con las Artes de la Tradición, quizá esté en la posibilidad de mirar en un enorme espejo la narración de nuestra vida y preguntarnos si es esa la que queremos seguir haciendo en los años venideros. Si en medio de nuestra necesaria individualidad es posible construir una agenda colectiva que nos enseñe a mirar las cosas desde otra perspectiva. Pero quizá la que me resulta más perturbadora: el hecho de recuperar la condición de creadores que históricamente nos fue arrebatada, para reservarla para un puñado de profesionales de las artes bellas.

Confiamos que este número resulte de su interés y provecho. Y que la palabra encuentre lo que no andaba buscando y descubra en ustedes lectores un buen pretexto para seguir rodando. Nos seguimos viendo… ron mediante

Los Editores

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La Manta y La Raya #3                                                                                          octubre 2016


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Foto: Sergio Alberto Vázquez Rodríguez

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

A través de un proceso gradual de cosificación de las prácticas musicales, las personas y las relaciones sociales en las que éstas se hallaban inmersas fueron quedando de lado en el discurso oficial de la cultura, al punto que empezó a hablarse de la música sin los músicos, de “la música” como una práctica artística que podía aislarse de su entorno social, prescindiendo así de los entornos en los que funcionaba y se recreaba. De allí a la concepción de la música como fenómeno individual o, en el mejor de los casos, como experiencia grupal sólo faltó un paso. Concretada esta operación, la concepción de que los verdaderos músicos eran aquellos que se presentaban en los escenarios, salas de concierto y medios masivos de comunicación, se instaló paulatinamente en los imaginarios de unos y otros.

Fue esta visión elitista de la cultura –como lo reflexionara magistralmente el maestro Bonfil Batalla en su libro “Pensar la cultura”– la que mujeres y hombres debieron cuestionar durante las últimas décadas del siglo XX. Remover esa idea del cuerpo y mente de funcionarios, productores de discográficos, dueños de salas de concierto y población en general no fue una tarea fácil, sin embargo, mucho se ha avanzado en los últimos años. Retornar a una visión comunitaria, social del quehacer cultural y la creación estética ha sido una labor enorme, que ha exigido el esfuerzo, creatividad, compromiso y lucidez de muchos. El número que ahora presentamos,  además de abrir la revista a la experiencia de otras música regionales de México recupera en algunos de los textos esa dimensión social comunitaria del quehacer cultural en general y, musical, en particular.

El texto de Aideé Balderas nos acerca a los rituales para pedir lluvia en la huasteca, una práctica en donde el hacer música resulta fundamental para garantizar las buenas cosechas en aquellos espacios donde la siembra del maíz, además de tener un beneficio nutrimental constituye un elemento central para el bienestar espiritual de las personas.

Raquel Paraíso nos lleva de la mano con su experiencia de vida y sus investigaciones a reflexionar sobre los cambios que se están dando al interior de la tradición festiva de los bailes de tabla de Tierra Caliente, pero también recordándonos la importancia del tejido social como sostén de esta expresión cultural.

El testimonio de doña Tita Domínguez nos presenta una modalidad de los fandangos en Sotavento, conocidos como “huapangos de medalla”. Habiendo vivido casi toda su vida en Nopalapan, una tierra pródiga en soneros, versadores y bailadoras, doña Tita nos recuerda la importancia de la organización comunitaria para mantener vigentes las fiestas de tarima en las semanas previas a la celebración del santo patrono del pueblo.

Jessica Gottfried nos invita a conocer una parte de la historia de los estudios folklóricos y musicales en el México de mediados del siglo XX, al presentarnos al músico veracruzano Nicolás Sosa y la relación profesional y amistosa que sostuvo con el estudioso de la música folklórica mexicana, el yucateco Gerónimo Baqueiro Foster. Reconstruyendo la amistad entre estos dos personajes, la etnomusicóloga Gottfried nos permite conocer las vicisitudes que debió pasar el músico jarocho en su intento por vivir de la música en la capital mexicana y los recelos que Baqueiro Foster tuvo de que su amigo músico se integrara a la escena artística profesional de aquellos años.

Francisco García Ranz nos entrega en este número un trabajo que indaga sobre las arpas de Andrés Huesca, desfaciendo (sic) algunos entuertos que se han repetido en torno a la participación musical de Huesca en el cine mexicano de la llamada época de oro y, al mismo tiempo, profundizando sobre las innovaciones que éste músico introdujo en el arpa jarocha. Personaje prolijo, fecundo y polémico, Huesca es sin duda uno de los músicos jarochos más influyentes de la segundo mitad el siglo XX y al que habrá que seguir conociendo en sus distintas facetas personales y profesionales.

A través de su lente, Sergio Alberto Vázquez Rodríguez, músico jarocho de guitarra grande y marimbol, nos presenta una serie de retratos de músicos locales captados en diferentes momentos y espacios. Retratos de gran intimidad y cercanía así como imágenes en claros y oscuros que nos transportan al ambiente de los fandangos de candil del sur de Veracruz.

Las palabras certeras y cariñosas de Gabriela Pulido sobre el libro de Bernardo García, “Tlacotalpan y el renacimiento del son jarocho”, aportan más de una clave para descifrar las facetas del admirado y querido Bernardo “Tigre” García como fabulador de la vida, ayudando al lector a acompañarlo en su itinerario de viaje por esta isla sotaventina, al latido de la tarima y la fiesta del fandango. Al mostrarnos los recursos profesionales de Bernardo García como contador de buenas historias, la también historiadora Pulido Llano subraya los aportes del libro, tejiendo un contrapunto entre la historia del son jarocho, la mirada de Bernardo García y su propia experiencia como viajera y lectora de las emociones y las sensibilidades. Tlacotalpan, hecha escenografía – nos propone Gabriela Pulido – es la foto que cierra y abre el libro. En resumen, una magnífica obra que aquí los invitamos a conocer.

Finalmente, Raúl Eduardo González nos obliga a reconocer en su elegante crónica al poeta músico que es y ha sido David Haro. De él, el también poeta y músico radicado en Morelia nos dice que la suya no es una poesía fácil donde el amor pueda escribirse con cuatro letras; por eso nos dirá en su texto, habrá que ponerle atención a su más reciente producción “Es al sur”, donde Haro vuelve a maravillarnos con su elocuente poesía musical. Poesías musicalizadas de López Velarde, Sabines y Rulfo encuentran su justa combinación con el despertar erótico y las aventuras de un quebrantahuesos. En esta nueva producción, David Haro se reafirma como uno de los trovadores más importantes de México de la segunda mitad del siglo XX y una referencia obligada para quien quiera aprender el oficio de sonar la poesía o poetizar a la música.

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La Manta y La Raya #2                                                                                           junio 2016


 

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De culturas musicales globales

El punto es que mirando con un poco de cuidado y escuchando con mayor atención no somos tan diferentísimos (sic) y únicos como nos han hecho creer. Y las historias de nuestros barrios, pueblos o, incluso, países tienen más de un paralelismo con otras regiones del mundo: dificultades en común, sueños y aspiraciones similares, retos y desafíos cotidianos semejantes que giran en torno a solventar la subsistencia o resolver la necesidad de identificarse con una comunidad que dé cobijo, perspectiva y sentido.

¿Somos distintos? Sí, pero también tenemos historias cercanas que al conocerlas y reconocer las de los otros en nosotros mismos, hacen más disfrutable nuestro paso por este mundo. De allí que La Manta y La Raya apueste por el diálogo de los universos sonoros de las sociedades humanas para incentivar el gozo de la polifonía del mundo y su constelación de sensibilidades.

Si los discursos culturales y las reivindicaciones políticas de los Estados Nacionales a lo largo de los siglos XIX y XX quisieron hacernos creer que, como rezaba aquella antigua ronda infantil “el patio de nuestra casa es muy particular”, las circulaciones, movilidades, desplazamientos forzosos o diásporas de cientos de miles de personas a lo largo y ancho del orbe, invitan con entusiasmo a problematizar la observación personal del mundo desde aquellas experiencias que mujeres y hombres de otras latitudes del planeta han construido y comunicado. Han surgido así historias transnacionales, translocales, relatos compartidos o narrativas de la glocalidad (pensar global actuar local) que nos muestran las conexiones de un mundo que se vuelve cada vez más pequeño – o al menos eso parece.

El número que ahora presentamos busca reconocer distintas experiencias de vida en torno al son jarocho y la cultura del fandango alrededor del mundo. También recuperar las experiencias en torno a la difusión del son jarocho y las músicas regionales a través del discurso museográfico o la laudería. Para ello contamos con distintas colaboraciones que nos cuentan, desde las entrañas de la vivencia y su posterior reflexión y relato, cómo conocieron el fandango jarocho, cómo esa experiencia transformó e impactó su vida y la de sus comunidades, así como las maneras en que una cultura musical global –como lo es hoy el son jarocho– se vinculó a los procesos cotidianos de sus respectivos espacios de vida.

Las historias que hemos podido reunir en este número hablan de California (Eugene Rodríguez), Buenos Aíres (Lautaro Merzari), Toulousse (Violeta Jarero), Chicago (Juan Díes), Nueva York (uno de Paula Sánchez y otro de Julia del Palacio) o del Fandango Fronterizo que se realiza en la frontera de México y Estados Unidos (Gabriela Muñoz, Adrián Florido, Carolina Martínez, Jorge Castillo). Hubiéramos querido incluir otros espacios, por ejemplo Los Ángeles, Seattle, Sidney o Colonia – Berlín, pero por el momento no fue posible tenerlas a tiempo para este número.

Complementan esta edición los relatos visuales de Carola Blasche sobre el quehacer laudero de Tacho Utrera, el testimonio de Pablo Arboleyda sobre la construcción de arpas, el de Marco Barrera sobre la exposición “Al son que me bailes toco” o una reseña del disco “Sones jarochos”, del grupo Caña Dulce y Caña Brava. Agradecemos profundamente la generosidad y cooperación de cada uno de los colaboradores de este número, tanto los autores de los textos como de las imágenes que amablemente nos han compartido.

Estamos seguros que los testimonios aquí expresados estimularán la reflexión sobre las conexiones que el llamado son jarocho tradicional del sur de Veracruz tiene y ha construido con la comunidad mexicana en el extranjero, la México–americana en los Estados Unidos o la comunidad internacional en su conjunto, durante las últimas tres décadas y más. Varias de las actividades culturales que se realizan hoy en el sotavento difícilmente serían rentables sin el apoyo y participación de quienes viven en los Estados Unidos y otras partes del mundo y que cada temporada vacacional peregrinan a tierras veracruzanas para aprender y convivir con las y los soneros jarochos.
Sobre este tipo de conexiones vale la pena mencionar un dato: Buena parte de las cuerdas que hoy se usan en los instrumentos jarochos son producidos por una casa de cuerdas (Guadalupe Strings) que tiene su sede en California; y qué decir de los proyectos artísticos y musicales que se han construido en Estados Unidos y otras partes del mundo, impactando notablemente en los referentes musicales y sonoros de las nuevas generaciones de músicos veracruzanos y mexican0s. Y el recuento puede seguir.

Sea pues este número una oportunidad para conocer lo que ha ocurrido con el son jarocho y la cultura de los fandangos de tarima en otras regiones allende Sotavento. Con la esperanza de que muy pronto se comprenda que no se trata de tocar igualito a nadie, ni de reproducir las versiones “auténticas” o legítimas que nunca falta quien pretenda legitimar y sancionar con criterios musicales, académicos, raciales, de nacencia o pedigrí (sic).

Se trata de gozar la vida; de eso se trata: Gozar y compartir la vida.
Los editores

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La Manta y La Raya #1                                                                                          febrero 2016


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PRESENTACIÓN EDITORIAL

La memoria social asemeja un palimpsesto con grafos y eufonías que se apilan, enciman y con/funden una con otra, hasta volver inútil el esfuerzo de querer restituir, con exactitud, la versión “original” de los hechos o, lo que es lo mismo, distinguir quién dijo qué, cómo, cuándo, quiénes estuvieron, quiénes más lo vieron; o incluso, saber discernir quiénes más, que lo supieron “de oídas”, se erigen ahora como fuentes autorizadas de lo que presumiblemente ocurrió. Los relatos en torno al llamado movimiento jaranero no están exentos de esta condición laberíntica de la memoria y en lo que toca a la historia de sus primeros momentos, lo que debe entenderse por movimiento jaranero, cuál su fecha de inicio o si el movimiento ha concluido o no, para dar paso a otros procesos sociales y culturales de otra condición, el debate continúa abierto.

Precisamente en torno a ese proceso de construcción, apropiación y reinvención de la memoria social del movimiento jaranero y de algunas de sus leyendas y mitos fundadores está organizado el número uno de nuestra revista. Una vez transcurridas las fiestas invernales dedicadas a La Virgen de La Candelaria en Tlacotalpan, Veracruz, donde el equipo que hace esta revista pudo continuar la difusión de este proyecto ante la comunidad sonera retornamos al trabajo para ofrecer a los amables lectores distintos puntos de vista y apreciaciones de lo que ha sucedido, ocurre y está por ocurrir en la cultura jarocha, tanto la de aquí como la de allá. Lo vivido y compartido en Tlacotalpan en este 2016 confirma nuestra convicción de reflexionar y dialogar de manera colectiva en torno de aquello que nos apasiona y nutre de la vida.

Abre el número una primicia editorial que el historiador Ricardo Pérez Montfort generosamente nos comparte al ofrecernos la introducción de un libro recién editado en España titulado El fandango y sus cultivadores (Editorial Académica Española, 2015). Al narrar algunos episodios de su relación con el mundo de la mú-sica jarocha, Pérez Montfort acerca a los lectores a personajes y situaciones que constituyen momentos fundantes de la renovada tradición festiva jarocha desde la década de 1970. A propósito de su relación con el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan, como parte del equipo de Radio Educación, pero también en calidad de inves-tigador y músico, la escritura de Ricardo Pérez Montfort construye un puente para acercarse a los primeros años del Encuentro Nacional de Jaraneros y Decimistas, que en sus primeras dos versiones se desarrolló bajo el formato de concurso.

Un testimonio por demás interesante y complementario sobre el Encuentro de Tlacotalpan y el papel que la radio pública ha jugado en el éxito de este evento cultural, es el que nos ofrece Graciela Ramírez, quien desde su condición de productora y locutora radial ha sido testigo de primer oído y vista de lo que ha acontecido en las casi cuatro décadas del Encuentro. Graciela –y junto con ella quienes a lo largo de este tiempo han conformado el equipo de Radio Educación– nos ofrece claves para entender el contexto en el que surgió esta celebración, así como las circunstancias y coyun-turas que hicieron a Radio Educación tomar distancia del evento que ellos mismos ayudaron a construir, junto con los siempre bien recordados Arq. Humberto Aguirre Tinoco y el entrañable Salvador “Negro” Ojeda.

A diferencia de algunas opiniones que han anunciado el fin o muerte del movimiento jaranero, el texto de Juan Meléndez, uno de los más activos defensores y difusores de este término, propone otra mane-ra de observar los cambios que han ocurrido en los años recientes en el ambiente cultural y escénico jarocho, para concluir que el movimiento aún se mueve y tiene por delante nuevos retos, toda vez que como asegura Meléndez el son y el fandango constituyen vehículos de identidad que pueden ser útiles en los momentos aciagos que vive el país y el mundo.

El ensayo de Alfonso D´Aquino, publicado por primera vez en el libro Monogramas, muestra un retrato intimista sobre las diversas personalidades de Arcadio Hidalgo, el llamado “último sonero negro del Papaloapan”. D´Aquino se aleja de toda una práctica escriturial que ha convertido a don Arcadio en mito, para recuperar aspectos triviales y ordinarios que humanizan a quien muchos consideran el padre del son jarocho tradicional de los últimos tiempos. Un Arcadio distinto al que otros han inventado o conver-tido en leyenda se aparece en la escritura febril, impulsiva e incisiva de su autor, postulando la existencia de un Mono Negro fabulador misterioso.

En su colaboración, Francisco García Ranz retorna a un relato arquetípico de la memoria jarocha contemporánea, para reflexionar sobre las cualidades fabuladoras del viejo Arcadio y las distintas recepciones que su oralidad ha tenido al correr de los últimos años. Tras revisar distintas versiones en las que Arcadio Hidalgo sancio-nó mediante sus relatos el vínculo entre el son de El Buscapiés, la aparición del diablo y el canto a lo divino, el autor parece cuestionar el lugar de autoridad que más de uno ha extraído de los decires arcadianos, señalando con este gesto, quizá subrepticiamente, un horizonte reflexivo de a futuro en torno los procesos de invención de la tradición y la memoria, que las dinámicas de los talleres de son jarocho han impulsado en las últimas dos décadas.

Para mostrar formas aún vigentes de transmisión de saberes liga-dos a la fiesta del fandango –distintas a los ya habituales “talleres de son jarocho” y, más recientemente “Clases Magistrales” (sic)– Rafael Vázquez Marcelo nos invita a un recorrido por algunas co-munidades rancheras del municipio de Tlacotalpan, para saber qué ha pasado allí cuando sus músicos dejaron de asistir al Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan. Su escritura constituye un acto memo-rioso que permite recuperar el recuerdo de una de las familias que animó el Encuentro en sus primeros años, Los Casarín, y también conocer aspectos poco conocidos del otro Tlacotalpan, como él llama a aquellas comunidades ribereñas asentadas a orillas del río San Juan Michapa, afluente del Papaloapan, que viven muy distan-tes de las nominaciones patrimoniales de la UNESCO y del estruendo y jolgorio de esta ciudad en tiempos de fiesta.

La Manta y La Raya se complace de publicar un fragmento del magnífico libro que Octavio Rebolledo Kloques dedicó al marimbol, ese instrumento reintroducido a la música popular jarocha en la década de los años noventa del siglo pasado y que él, en calidad de músico ejecutante, se dedicó a difundir en la región jarocha en aquellos años. En su colaboración, Rebolledo nos recuerda que el marimbol vivió sus momentos de gloria con los conjuntos de son montuno, danzoneras y otras agrupaciones vinculadas a las músicas bailables caribeñas entre las décadas de 1920 y 1960 aproximada-mente. El marimbol es uno de esos instrumentos –al igual que el cajón peruano– que muestran la capacidad de las culturas musica-les de incorporar nuevos elementos o reapropiarse de otros ya co-nocidos para renovarse (siguiendo en algunos casos la tendencia de ciertas modas globales a partir de cánones estéticos difundidos por la industria del espectáculo).

Por su parte, la crónica de Samuel Aguilera sobre las fiestas de San Juan Bautista en Tuxtepec, Oaxaca es una buena muestra de los alcances sociales que la cultura del son jarocho ha alcanzado en los tiempos recientes y, al mismo tiempo, la afirmación de jarochería de quienes viven en el sotavento oaxaqueño. Los sucesos narrados en el delicioso relato del poeta y abogado SamuelitoaAguilera dejan constancia de la incorporación de las nuevas generaciones al entra-mado social que da sentido el hacer las cosas en comunidad y tam-bién una muestra exitosa del esfuerzo realizado por las y los tuxtepecanos por reintroducir en sus fiestas la cultura del galope a caballo, el paseo de pendones y el torneo de cintas. Como advierte este cronista la fiesta de San Juan de Tuxtepec permite de a poco reconstruir y potencializar el tejido social y cultural de una tierra noble, que hoy más que nunca se encuentra asediada por la violencia social, la corrupción y la complicidad de las autoridades y el crimen organizado.

El relato visual de Deborah Small, apenas una pequeña selección de un trabajo mayor que esta fotógrafa preparó para acompañar el trabajo del músico y promotor Andrés Moreno Nájera que se daría a conocer hace algunos años en forma de libro bajo el título Presas del encanto. El trabajo de Small nos pone frente a personajes inol-vidables de la región de Los Tuxtlas, músicos de primera línea que desde su quehacer campesino u ejerciendo otro oficio o profesión la dieron a esta región el renombre musical del cual hoy goza.

Cierran este largo número dos reseñas preparadas por Óscar Hernández Beltrán al libro Dijera mi boca y otra más de Francisco García Ranz al reciente disco del reconocido y talentoso arpista jarocho Octavio Vega. Hernández Beltrán hace gala de una prosa delicada y poderosa en imágenes parlantes para construir, a partir del texto que reseña, un relato espejo que nos sumerge en los marismas y sabanas de donde nace el imaginario jarocho que él representa también. Por su parte, el volumen 3 de la serie Laguna Prieta brinda la oportunidad a su comentarista para resaltar la creatividad e imaginación de Octavio Vega en el arpa, un músico que sin duda representa lo mejor de su generación en una larga lista de excepcionales arpistas mujeres y hombres de la música jarocha.

Tras este largo recuento no queda sino confiar que este número será de interés y disfrute a todos ustedes. La Manta y La Raya contribuye al ejercicio de construir y socializar la memoria colectiva sabedora que de ese laberinto memorioso cada quien sale como puede o goza al recorrer sus recovecos sin querer salir de allí. No queda mas que agradecer profundamente a quienes han confiado en este proyecto aportando su trabajo para que este primer número de la revista y los que están por venir surquen los mares y cielos de la imaginación.

Los editores

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La Manta y La Raya # 0                                                                                             octubre 2015


Balandro anclado en el malecón, años 40 o 50's... DB 1

Desde fines de la década de los 90 del siglo pasado, un conjunto de episodios daban a entender que la cultura musical del son jarocho y la fiesta comunitaria del fandango empezaban a convertirse en un ‘fenómeno global’.

Suficiente agua ha corrido desde que ‘el amor comenzó’ en los años 70, cuando diversas iniciativas ciudadanas, institucionales, académicas, radiofónicas y de músicos de distintas formaciones y procedencias se conjuntaron para dar inicio a lo que algunos años más tarde se conocería como el movimiento jaranero, un movimiento social de recuperación y fortalecimiento del son jarocho campesino y del fandango en el sur de Veracruz.

Un balance a vuelo de pájaro haría posible concluír que el son jarocho dejó de ser una música en peligro de extinción para convertirse en una vigorosa cultura musical en creciente expansión, una cultura musical colonizadora.

Los Encuentros de Jaraneros, en su momento una alternativa inteligente para hacer visible y fortalecer una tradición musical decaída, hoy se reproducen ad infinitum por pueblos y ciudades de todo el orbe. A aquella generación de muy jóvenes que hace cuatro décadas se encargaron de restablecer los vínculos sociales fracturados por los procesos de industrialización del país se han sumado ahora cientos de practicantes y promotores de todas las edades, procedencias, religiones, condiciones socioeconómicas, idiomas e ideologías que hacen del son jarocho una música comunitaria y escénica a escala mundial.

En la profunda transformación que en los últimos años han experimentado los quehaceres, discursos, geografías y sensibilidades que concurren en el son jarocho, las llanuras del Sotavento constituyen hoy día uno de los muchos espacios en donde pueden escucharse los sones y tonadas que desde finales del siglo XVIII ya se recreaban en las tierras bajas del Golfo de México, pero no el único. El resto debe buscarse en insospechadas cartografías de apenas un par de décadas, donde en la actualidad la música jarocha se produce, consume, circula, festeja o imagina a la menor provocación. Transcurridas entonces casi cuatro décadas de iniciado el movimiento jaranero, una pléyade de músicos de antología, bailadoras de época, personajes míticos, agrupaciones de ensueño, hombres-árbol, grupos de fama y prestigio internacional, encuentros de jaraneros como liebres, libros, videos, revistas, centros de documentación, páginas web, redes sociales, grabaciones fonográficas, podcasts, grupos de internet o aplicaciones digitales constituyen el pasado y presente de una cultura musical viva que dialoga con su pasado y su futuro.

En ese pasaje y soplo de tiempo, La Manta y La Raya hace su aparición para contribuir a la reflexión, memoria y difusión de los complejos culturales y músicas comunitarias sotaventinas en su diálogo, renovación y reinvención con otras culturas regionales de México y el mundo. Al hacerlo saluda y se reconoce heredera de proyectos editoriales previos realizados en torno a la cultura del son jarocho, entre los cuales destaca sin lugar a dudas la revista Son del Sur, pero donde también pueden recordarse con nostálgica alegría los Cuadernos y Documentos de la Unidad Regional de Culturas Populares de Acayucan, los impresos del Taller Martín Pescador, los Cuadernos de Cultura Popular del IVEC, la producción editorial del Programa Sotavento o la Revista Jarocha que editara hace casi medio siglo el historiador veracruzano Leonardo Pasquel.

Tres impulsos alientan la emergencia editorial de La Manta y La Raya: El primero, la puesta al día de la memoria social de las culturas jarochas, tras décadas de fructíferos diálogos y reflexiones; en particular elementos de su historia, su geografía, costumbres y creencias, música y baile, laudería, cocina, versada, naturaleza, arquitectura… El segundo, reflexionar en torno al diálogo y acercamiento de las distintas tradiciones musicales, un tema a flor de piel y, por lo tanto, impostergable, que nos parece importante tomar en cuenta a partir de los procesos globales de mediatización, circulación y consumo de las músicas regionales. Por último, analizar y compartir experiencias sobre los nuevos contextos de creación, reproducción y difusión del son jarocho y su impacto social y sonoro en otros territorios.Trío de tres DB

Un esfuerzo como el que nos proponemos conlleva una actitud crítica y autoreflexiva al respecto de lo que suele presentarse como la cultura y música tradicional jarocha (con todas las comillas que hagan falta), o los mitos que, a fuerza de repetirse, han construido la imaginería popular de los tiempos recientes. Parece importante darnos la oportunidad de escuchar o conocer las diferentes ‘versiones de los hechos’ desde otras perspectivas, personajes o testimonios a los que estamos acostumbrados.

Sea pues La Manta y La Raya un espacio de encuentro, una provocación textual para decir lo que hemos sido, lo que somos y lo que nos gustaría llegar a ser. Un espacio editorial donde las artes de la tradición se expresen en voz de sus creadores, recreadores, estudiosos, degustadores y críticos. Una vez puesto el vehículo, toca a todos animar y dar vida a lo que de la cultura del son jarocho se pueda hacer y decir.

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Reflexiones sobre el Encuentro de Jaraneros

La Manta y La Raya # 0                                                                                      octubre 2015


Arq. Humberto Aguirre Tinoco
Fundador del Encuentro de Jaraneros en Tlacotalpan y
gran impulsor del son jarocho

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Foto: Mariana Yampolsky
De una serie de entrevistas hechas por Honorio Robledo y                             Javier Amaro al Maestro Aguirre Tinoco.                                                                                                              

Artículo en formato PDF: 

Cuando yo era pequeño recuerdo el repiqueteo del son en la “duermevela”, mientras me iba quedando dormido resonaba la música que se tocaba en la plaza de armas y con ella me adormecía. Fui creciendo y mi vida estuvo siempre envuelta en la efervescencia del son. Con ello me impregné y es parte medular de mi existencia. El son, para mí, es un tónico que te nutre al escucharlo y el bailarlo te llena de vitalidad.

En mis recuerdos de infancia quedó intensamente grabado el primer fandango al que asistí con mi familia. Fuimos invitados par un sacerdote que iba a bendecir las propiedades que un ganadero había comprado por el Tesechoacán y nos fuimos en una lancha río arriba.

Acá, en Tlacotalpan, todo es claro; el llano es amplio, sin escon-drijos, y el río es ancho, pero remontar las aguas azulencas del Tesechoacán fue una prodigiosa experiencia a mis ojos de niño, pues el río se iba encajonando entre unos murallones. En aquellos tiempos los ríos tenían sus aguas con tonos verdes o azules, pues no había toda esa tala inclemente que provoca que las aguas bajen azolvadas, ni había contaminación. En las orillas del barranco crecían árboles altísimos, cuyas frondas se entreveraban en lo alto oscureciendo el trayecto, donde gritaban y correteaban los monos, los loros y las iguanas.

Ya ese viaje era una maravilla. Así llegamos al caserío, donde celebraron la misa en una explanada alta, para resguardarse de las crecidas. Yo era muy chico y me quedé dormido. Desperté al anochecer. Ya mucha de la gente se había regresado a Tlacotalpan, pero nosotros nos quedamos y ahí experimenté una de las cosas más bellas e impresionantes de mi vida, pues lo primero que escuché fue el retumbar de la tarima a lo lejos.

Hay un momento al anochecer al que le llaman “conticinio”; es un tiempo de oscuridad por ahí por la media noche, en donde en el campo se hace un silencio total; los animales y las bestias callan. Los bichos enmudecen; nada se mueve y hasta el viento deja de soplar. En ese momento es cuando el retumbar de la tarima llenaba la noche entera.

Yo me acerqué siguiendo la luz de las candilejas que iluminaban el fandango en una colina. Las candilejas eran una especie de tejas colocadas a buena altura, porque no había electricidad. Las candilejas, con esa luz amarillenta e inestable, iluminaban a los participantes del fandango. La mayoría eran cañeros y campesinos, pero estaban todos renegridos por la zafra, así que, a la luz de las candilejas, las facciones se convertían en algo tremendamente espectral, pero al mismo tiempo con una enorme vitalidad, entre ese juego de luces y sombras desvanecidas con la noche invadida de son jarocho. Las sombras devastadas de las fandangueras se proyectaban y se mezclaban en la pendiente de la colina, en un espectáculo silencioso, siempre cambiante. Yo permanecí extasiado durante horas, hasta que llegaron a buscarme pensando que me había perdido…

La tarima es el centro de la fiesta primordial… el fandango. Antiguamente le ponían debajo cascabeles y unos platillitos de metal, así que al taconeo los platillos vibraban y se estremecían, dándole unas sonoridades que ahora muy poca gente ha experimentado. Ya esa usanza se ha perdido o ya casi nadie la sabe.

En general los músicos empezaban a florear la tarima con los sones, calentándola, y entonces entraban las bailadoras experimentadas que, a veces, hasta eran pagadas para animar el fandango. Así, poco a poco, se iban incorporando las jóvenes, imitando pasos y las mudanzas de las mayores. En Tlacotalpan, el fandango era una fiesta popular, pues muy pocas señoritas de “buena familia” se incorporaban a los fandangos de los barrios, aunque, por supuesto, casi todas sabían bailar y versar. Para mí, desde mi experiencia y mi niñez en Tlacotalpan, el jarocho es la mezcla de los españoles con los africanos. De España vienen las guitarras y las formas de la danza. Los indígenas tenían otros rituales, estaban asentados en otras regiones, lejos; solamente aparecían para vender sus productos en las ferias. Para acá dominaba otra mezcla; la presencia europea y africana son las más acentuadas.

Plaza Doña Marta
Había un jardincito que cuidaba Doña Marta Tejedor. Era un jardín de traza muy antigua. Durante la etapa colonia se llamaba Plateros, ya después su nombre oficial fue Parque Matamoros. Esa señora lo cuidaba y se esmeraba en mantenerlo. La gente, correspondiendo a sus esfuerzos le dejó su nombre al parque: Doña Marta, sin hache, tal como viene en la Biblia.

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Foto: Valeria Prieto

En el año 1969, hubo una gran inundación en la cuenca del río Papaloapan. En Tlacotalpan el agua subió hasta metro y medio. Después de la inundación yo hice una campaña en México para recabar fondos para los damnificados: organicé Noches Jarochas, entre otros muchos eventos. Logré reunir $30,000.00 (treinta mil) pesos de aquella época, además de montones de víveres y ropa. Pero en eso salió una resolución presidencial que impedía y desalentaba todas las iniciativas sociales para ayudar a los damnificados. Claro, estaba muy fresco el 68 y no querían participación de las organizaciones populares ni de la sociedad civil. Pero, con todo era nuestro pueblo y eran nuestros paisanos: teníamos la obligación de ayudar.

Cuando yo llegué a Tlacotalpan con el dinero, todo el mundo me solicitaba esos fondos. Algunos ediles me pedían el dinero para hacer un drenaje en el campo de futbol, otros para poner las bancas en el campo de béisbol, puras obras para quedar bien, pero nada en verdad sustancial. Entonces, para que no me acusaran de robarme el dinero comencé los tratos con los dueños de la plazuela Doña Marta, (para entonces ya había alguien interesado en comprar el terreno para poner unas bodegas de muebles. ¡Fue un milagro que no se le haya vendido!). Y bueno, como estaba en desnivel, con la inundación la plaza quedó convertida en un chaquistal.

De la velocidad del son
Por ahí de 1968, por las calles de Puente de Alvarado había unas cantinas donde a veces llegaban a tocar grupos de son jarocho. Algunos de los músicos que ahí tocaban eran unos borrachales. Los sones los interpretaban con ese estilo rápido, alvaradeño. Reflexionando sobre ese estilo veloz y escuchando las viejas grabaciones llegué a la conclusión de que aquellas primeras versiones, hechas en los años veinte, alteraron la manera tradicional de interpretar el son jarocho. La música jarocha la empezaron a grabar en los Estados Unidos los tlalixcoyanos.

Yo encontré unos discos que pertenecieron a mi padre, grabados por ahí de 1920, se trata de esos discos pesados, de bakelita, que tienen la grabación de un solo lado. Al escucharlos me di cuenta de que ya comenzaba a sonar el estilo rápido; esa manera vertiginosa y preciosista de interpretar el son, que después se haría moda. Me parece que los aparatos de reproducción, las victrolas, “aceleraban” la manera de tocar. Yo creo que los grupos compraron esos discos y pensaron que ese estilo era un mejoramiento, un paso dentro de la evolución del son tradicional. Pero he llegado a pensar que no era por que así lo habían grabado, sino que, tanto las máquinas de grabar y los aparatos de reproducción, aceleraban la música, pues por todas estas regiones donde se tocaba el son lo hacían con un estilo bastante más reposado.

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Sigo creyendo que los grupos que escucharon esas grabaciones pensaron que esa velocidad era una evolución del son y continuaron con la tarea de acelerarlo, especialmente los grupos alvaradeños.

Sobre el Encuentro de Jaraneros
Fue en la Casa de la Cultura donde nació el Encuentro de jaraneros. El Negro Ojeda era un cantante muy reconocido desde la época de las peñas. Su madre es Tlacotalpeña, así que el doctor Ojeda llegaba con la familia cada vez que podía escaparse de la ciudad, por ello, desde siempre, “El Negro” fue un personaje aceptado.

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Foto: Bulmaro Bazaldua

En aquella época, yo dirigía la Casa de la Cultura de Tlacotalpan y en cierta ocasión me dijo el Negro que él tenía la posibilidad de traer gente de la Ciudad de México a grabar un programa sobre Agustín Lara, para trasmitirse en Radio Educación. Me pidió que yo reuniese en la tertulia a músicos y amantes de las canciones de Lara para evocar esa época nostálgica.En aquellos míticos años sólo había dos radios en Tlacotalpan, así que los radioescuchas y los músicos se iban a cualquiera de las dos casas para escuchar las canciones que Lara estaba estrenando en su programa. Al terminar la transmisión, los jóvenes se iban al parque y, entre todos, armonizaban las canciones que habían escuchado y se iban por el pueblo, ofreciendo serenatas.

En Tlacotalpan existía una tertulia que se encargaba de mantener esas reuniones en honor al “Flaco” Lara. Ya con la propuesta de Radio Educación yo me encargué de reunir a los músicos, a los poetas y a los declamadores e hicimos una transmisión. La grabación quedó muy hermosa, tanto que al año siguiente decidieron repetirla. Pero para ese entonces la tertulia larista estaba en extinción, porque muchos de los participantes se habían ido o habían emigrado. Así que yo me apoyé en el grupo de Andrés Aguirre “Bizcola”, que era el grupo oficial de la Casa de la Cultura, para amenizar la programación. (“Bizcola”, con el grupo “Papaloapan”, realizó una de las primeras grabaciones del “movimiento jaranero”). Ellos, desde el primer programa, estaban listos a participar, pero como se acabó el tiempo al aire, se quedaron con las ganas. De ese modo, para el nuevo programa, yo me encargué de contactar a muchos otros grupos más de la región, para que viniesen a participar al encuentro.

Para esas fechas yo ya había estado trabajando sobre la idea de que la sierra baja de Oaxaca, sobre todo Tuxtepec, era parte integral de la cultura veracruzana. En su momento eso significo una verdadera osadía, pues casi nadie se permitía la idea de que Oaxaca también tuviese una raíz jarocha o sotaventina. Ahora ya es una cosa plenamente comprobada y ya hay un Festival del Golfo y del Sotavento, pero en aquella época no había ningún puente. Eso lo digo porque, en gran medida, Tuxtepec fue apuntalada por muchas familias y personas que emigraron de la cuenca, por ello es que está muy emparentada.

Bueno, me fui a buscar a los grupos de esas regiones para incorporar-los a la nueva programación, pues se dejó de lado el programa larista para dedicarnos exclusivamente al son jarocho, estableciendo el primer concurso. Fue ahí donde entró El Colegio de México y se definió también el lugar donde ahora se realiza: La Plaza Doña Marta.

Es importante mencionar, a manera de acotación, que en un principio, los concursos se celebraban en el Parque Juárez, pero los dueños de las casas del frente, donde se realizaba el certamen, se quejaban de que había mucho ruido y mucha bulla. Entonces yo determiné llevarme el fandango a la Plaza de Doña Marta. Así, teniendo ya el evento frente a mi casa, no le estorbaba a nadie; así fue como se instituyó también el primer paso para el desarrollo del son moderno.

Desde muchos años atrás venían celebrándose los concursos de jaraneros y de bailadores; las sedes principales eran Alvarado, San Andrés Tuxtla y Tlacotalpan. Pero, por quién sabe qué misterio, los ganadores eran siempre del lugar donde se realizaba el concurso, puesto que los jueces o sinodales eran de esa región. Me di cuenta que la única manera para realmente resolver ese conflicto era invitar un jurado capacitado e imparcial que no tuviera compromisos con las regiones ni con los concursantes. Entonces, para evitar inclinaciones regionales, decidí convocar a un al primer Encuentro de Jaraneros y como yo conocía a muchos grupos, y a muchos ancianos de la región, los invité y casi todos llegaron. Yo los alojé en mi casa y cuando subían a su presentación en el foro, se les daba cincuenta pesos. Esa cantidad era suficiente para que comieran bien en el día y hasta les sobraba algo para su pasaje, puesto que no gastaban en alojamiento. Había que pensar que muchos de ellos eran jornaleros y que no podían dejar su trabajo nada más por venir a Tlacotalpan y encima, tener que gastar, cosa que creo que sucede en la actualidad, por eso creo que ya muy pocos viejos se aparecen por el encuentro.

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Acerca del uso del pandero y del arpa hay muchos testimonios   muy antiguos…
Ya el arpa aparece en los escritos bíblicos y el pandero aparece con el nombre de “adufe”, así que esos instrumentos, al llegar a Sotavento, ya tenían larga trayectoria. Tengo una anécdota al respecto: cuando yo dirigía la Casa de la Cultura llegó una delegación celta de Irlanda a tomar clases de arpa, pues el arpa celta estaba ya casi perdida, así que llegaron a Tlacotalpan con la firme intención de recuperar esa tradición en los cursos que ofrecíamos. Ahora hay muchos grupos que tocan arpa celta, pero mucho de esa tradición la recuperaron por acá.

Bueno, durante la realización del primer concurso, algunos sinodales de El Colegio de México descalificaron al pandero, argumentando que ese instrumento no pertenecía al repertorio tradicional. ¡Pero por supuesto que sí lo es!: En mi infancia, en la navidad, íbamos de casa en casa tocando La Rama con los panderos.

Al terminar la letanía los músicos arrancaban una fuga del son de El Zapateado o de La Bamba, acompañados con los panderos y no era nada extraño escuchar el pandero en los fandangos de barrio. Después de esa experiencia, un tanto arbitraria, de que el jurado descalificó el pandero, discurrí que eso de calificar grupos o instrumentos era una tarea imposible y bastante injusta, pues en cada región del sotavento hay muchos estilos y muchos instrumentos que no se pueden poner en competencia y por ello decidí hacerlo desde entonces un encuentro, para que cada quien mostrase el estilo que había heredado de sus abuelos. Por ejemplo, los de Soteapan no usan tarima y, a veces, ni siquiera zapatos; nomás tallan el piso. ¿De qué manera se podrían calificar? No hay modo; es una tradición completamente diferente. Sobre esto escribí un texto en la revista Tierra Adentro, describiendo los diversos estilos que conocí en mis andanzas. Cada región tiene su tesitura, su costumbre y sus tradiciones; todos los estilos son verdaderos, fuertes y diferentes.

Durante mi estadía en la dirección de la Casa de la Cultura me ofrecieron un trabajo muy interesante y me fui a trabajar algunos años a Orizaba y a Veracruz, estableciendo la Pinacoteca de Orizaba. Yo rescaté a los únicos pintores mexicanos que han pintado el mar: los jarochos le tenían terror al mar, puesto que por ahí les llegaban los filibusteros y las epidemias. También llevé a los pintores talentosos a varias exposiciones a la ciudad de México, donde se confirmó la tradición de los pintores ingenuos, con Nacho Canela a la cabeza y, de paso, impulsé el reconocimiento de los muebleros, quienes comenzaron a realizar copias de los muebles que aparecían en los cuadros de los pintores antiguos.

Cuando volví a Tlacotalpan ya no tuve ningún nexo con la Casa de Cultura ni con la organización del encuentro que, desde entonces, ha quedado en manos de una asociación civil. Las nuevas corrientes del son me gustan y veo con agrado que hay mucha soltura y mucho desarrollo en las nuevas generaciones. Veo a los hijos y los nietos de los personajes que conocí, que tienen muy buenas ideas y están desarrollando cosas preciosas y claro, eso me da gusto puesto
que, de alguna manera, todo viene de esa idea que yo fundé y promoví. Todo este movimiento es resultado de esos primeros encuentros.

Ahora el son tiene rumbos muy hermosos y unas posibilidades enormes; veo muchas propuestas y muchas jóvenes que están proponiendo y haciendo un tipo de son muy fresco, sin dejar de lado la tradición. ¡Felicidades!

                Génesis del libro sones de la tierra y                                                    cantares jarochos                                       El primer libro del  son jarocho contemporáneo

Cuando estaba estudiando arquitectura en la Ciudad de México me iba a la biblioteca y al archivo a buscar datos sobre la región y ahí encontré los versos del “Chuchumbé”, y fueron los que publiqué en mi libro. Ahora ya hasta compusieron un son, tomando como base esos testimonios. También encontré otros, que ahí están, esperando que alguien venga a retomarlos para investigar sus orígenes y su música.

Yo regresé a Tlacotalpan, en la época en que la canción latinoamericana estaba poniéndose de moda, tras los golpes militares en Sudamérica. El arpa paraguaya sonaba en todas partes, grandes compositores y cantores, como Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Bola de Nieve, etcétera, eran la moda en ciertas ambientes.

Acá el son jarocho se había opacado, el fandango había desaparecido en muchos pueblos. Entonces, retomando mis experiencias, me dio por juntar los versos y los sones que siempre habían estado presentes en mi niñez y los fui recopilando, a manera de rescate y de testimonio, ya con una incipiente idea de conformar un libro. Entrevisté a muchos ancianos que no hablaban ya del son jarocho porque de plano ya no tenían con quién compartir esa experiencia. Ellos me dieron todos los textos y todos los versos.

Mañana me voy para Veracruz
a ver a mi china María de la Luz.
Mañana me voy como lo verán
a vuelta de viaje me las pagarán.

Son versitos sencillos, pero llenos de sentido para los ancianos que los habían tenido como flores para cortejar y para enamorar. O las coplas pícaras y festivas. Toda esa magnífica poesía.

Entrevisté a una gran cantidad de ancianos y de ellos recopilé todas las décimas y los versos que aparecen en este libro. Fue una labor que me llevó muchos años y muchos kilómetros, aparte de kilómetros de lecturas en bibliotecas, en periódicos polvorientos y en revistas apelmazadas por musgo. Muchas veces me despertaba en la madrugada con una deducción interesante o con una nueva pista.

En el momento en que comencé la investigación para mi libro nadie se preocupaba del son jarocho y nadie andaba por esas regiones entrevistando a los ancianos. Llegaba con mi grabadora y como ya me conocían, me platicaban todas sus aventuras, sus desventuras y sus versadas, pues muchos ya no tenían a quién trasmitirles ese legado y les daba mucho gusto que alguien se tomara el trabajo de ir hasta sus comunidades para visitarlos con el afán de conservar o revivir sus tradiciones. A pesar de que muchos de ellos no sabían escribir, me explicaron y me enseñaron muchas cosas, aparte del son. Yo aprendí muchísimo y de una gran variedad de temas.

El libro lo comencé en 1968 y lo vine a terminar hasta 1976. Lo anduve promoviendo, circulando y recibiendo también rechazos un montón de años. En esas tiempos lo que imperaba era la música sudamericana. En lo que respecta al son jarocho, las versiones que se conocían eran sólo las de Lino Chávez y de Los Huesca, que ya tenían mucho tiempo de estar siendo machacadas por los ballets folclóricos y por las escuelas, sin ninguna novedad ni cambios interesantes. De modo que, en esos tiempos, un libro testimonial como este, que es un documento de rescate del son jarocho, no tenía interés comercial para ninguna editorial. De ese modo anduve recorriendo editores, hasta que la editorial Premia tuvo interés en publicarlo. Esa editorial me dio unos cuantos ejemplares. Pero a pesar de que mi libro lo exhibían, tenía muy poca atracción sobre los compradores. En esos años no había el interés que ahora se ha formado en torno al son y yo creo que el libro, en gran parte, ha de haber terminado en algún remate. De todos modos, las escasas regalías que me dieron las invertí en comprar mi propio libro.

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Después el instituto Veracruzano de la Cultura retomó el libro y sacó la segunda edición. Me parece que tuvo una mejor difusión, pero para mí fue una experiencia insatisfactoria, puesto que yo participé en los gastos de la edición, pero al final, solamente me dieron treinta libros, por lo que cada libro me costó unos trescientos pesos y encima de todo, yo tenía que ir a comprar mis propios libros

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No se cómo se manejaría la distribución, porque de pronto ya no encontré el libro por ningún lado. Tiempo después, corrió el rumor de que el libro lo estaban rematando por kilo en el mercado de La Lagunilla, en la ciudad de México.

Cuando me quedé con el paquete del Encuentro, Radio Educación se convirtió en la radiodifusora oficial para transmitirlo. Así se consolidó el apoyo para invitar a muchos grupos para darle forma y fuerza al evento. Ahí fue cuando comenzaron a participar esos grandes soneros como Rutilo (Parroquín), (Francisco) Montoro, don Talí (Neftalí Rodríguez), (Andrés Aguirre) “Bizcola”, Don Julián (Cruz). Todos ellos ya estaban inscritos en mi libro con sus versadas. Pero también llegaron soneros legendarios, como Don Lauriani, que hacia temblar la tierra a su paso, o don Juan, el jaranero más viejo de todos, que seguía bailando y sonando a sus 115 años. O como don José Luis Muñoz y muchos otros que me permitieron publicar todo ese gran y hermoso legado que conforma el libro Sones de la Tierra.
Ellos me ofrecieron lo mejor de sus versos y el mejor de sus recuerdos tan sólo por el gusto de la amistad. Yo hubiera querido que se hubieran visto incluidos en el libro. La desdicha es que cuando éste apareció, muchos de ellos ya habían muerto, pues, como ya comenté, pasaron 15 años para poder publicarlo y ya no alcancé a corresponderles con ese mínimo homenaje. De todos modos, esta nueva edición la dedico a todos aquellos grandes poetas y decimeros que me ayudaron a conformarlo y también lo dedico a las nuevas generaciones de soneros que actualmente vibran el resurgimiento del son jarocho en todas las latitudes hasta donde lo están haciendo llegar.

Humberto Aguirre Tinoco
Tlacotalpan, Veracruz, 2002-2004

 

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