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Antiguas voces del cedro

La Manta y La Raya # 6                                                                noviembre 2017


Antiguas voces del cedro                             Memorias de Sotavento                             Grabaciones de campo 1991-1997

Wendy Cao Romero
Producción General

Grabaciones de campo
Guillermo Pous Navarro
Pablo Flores Herrera
Wendy Cao Romero
Alec Dempster

Fotografía
Agustín Estrada, Rodrigo Vázquez
Carola Blasche, S. Alberto Vázquez

Edición especial
Xalapa, Veracruz, 2015

 

Entre los tambores de guerra
y la vieja guardia veterana

Antiguas voces del cedro, Memorias de Sotavento, un álbum de tres discos compactos, publicado en 2015 con textos de Wendy Cao Romero, nos entrega una colección de 50 grabaciones de campo, sones jarochos y entrevistas registradas entre 1991 y 1997 que incluye y documenta a muchos de los músicos de la vieja guardia, maestros músicos de sones y saberes, referentes fundamentales de las nuevas generaciones de músicos jarochos que se desarrollan y multiplican en las dos últimas décadas del siglo XX.

El acervo está integrado por grabaciones de campo asociadas a dos importantes trabajos publicados anteriormente: Sones campesinos de la Región de los Tuxtlas (1995) y Las Voces de cedro (1997).(1)  A pesar de la importancia de ambos documentos sonoros, éstos no fueron ampliamente conocidos por varias razones, y una re-edición, en particular de Sones Campesinos, había sido anhelada desde los inicios de los años 2000. Sin embargo, la mitad de las grabaciones contenidas en Antiguas voces son inéditas; se incluyen 9 grabaciones adicionales de 1995 (“bonus tracks”), no incluidas originalmente en Las Voces de cedro, y un tercer disco CD, Memorias de Sotavento, con 19 grabaciones más, también inéditas, realizadas entre 1991 y 1997 por Wendy Cao Romero, Pablo Flores y Alec Dempster; entre éstas se incluyen también entrevistas breves, con testimonios de viva voz de algunos músicos.

Pero hagamos un recuento. Durante los años 80 del siglo pasado, en los Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan se dieron a conocer una cantidad de músicos rurales y campesinos, insospechados y sorprendentes. Sin embargo, las grabaciones de campo de sones jarochos por parte de etnomusicólogos se detuvieron hacia 1984,(2) cuando ya la práctica musical iba en decadencia y los fandangos campesinos, en muchos lugares, habían desaparecido 30 ó 40 años antes. Para los años 90, con el regreso del huapango ranchero y el despertar del son jarocho campesino, nace el interés entre músicos e investigadores por documentar con mayor cuidado y registrar la música y a los músicos en sus localidades, in-situ, a nivel de tierra, y no “en vivo” sobre templetes, a través de micrófonos para “presentaciones” y bajo reflectores de luz.

Así nace, como una iniciativa independiente, primero el proyecto Sones Campesinos al que continuará Las voces del cedro, ambos proyectos íntimamente ligados. Dos trabajos similares que de igual manera contribuyeron a la documentación sonora del son jarocho de los años 90 son los casetes Son de Santiago Vol. I y II (1997) y Homenaje a Los Juanitos (1998). Se trata también de trabajos poco conocidos. Y es que, por una parte, todos estos documentos sonoros pioneros nunca se re-editaron, tampoco tuvieron un gran tiraje y al momento de su publicación, el formato de casete ya empezaba a ser obsoleto. Coincidentemente, y como referencia, tenemos que para 1996 aparecen los primeros discos CD con sones jarochos: Los Utrera (Urtex UL3002) y La Iguana (Corason CO127).(3)  En 1997, se publican los discos CD, Son de Madera (Urtex UL3003) y Mono Blanco y Stone Lips (Urtex UL3004).

Y no solamente el sonido cambió, de analógico a digital, y sus formatos de reproducción y distribución. Es en esos años de fin de siglo, cuando muchos cambios empiezan a manifestarse claramente, signos inequívocos de un antes y un después contrastantes de cara al nuevo milenio, de una nueva generación de músicos, ya no enteramente campesina y una nueva sociedad más digital. Antiguas voces también retrata y da testimonio de algunos de los nuevos grupos emergentes (retoños) de Los Tuxtlas, como Cultivadores del Son y Los Utrera, integrados por jóvenes músicos alrededor de los músicos maestros Juan Pólito Báxin, Juan Mixtega Baxin y Esteban Utrera. Una diferencia de edad, entre estas dos generaciones, posiblemente de más de 30 ó 40 años.

Pero Antiguas voces es una colección de grabaciones para desgranar, una madeja de hilos varios que podemos ir deshaciendo, descubriendo e identificando poco a poco; algunas hilos fuerte atados entre sí, otros sueltos. Un primer recuento de los registros sonoros más notables y singulares que contiene la colección reunida, nos lleva a las grabaciones de dos maestros guitarreros de leyenda: Francisco “Chico” Hernández y Nefatlí “Talí” Rodríguez. Son contadas las grabaciones que se conocen de don Chico, a quién se le considera uno de los últimos y grandes maestros de la guitarra de son, así como de don Talí y su conjunto Flor de Caña (de Las Pitas) de quiénes se presentan grabaciones inéditas. Antiguas voces nos entrega también registros de muchos de los grandes guitarreros de la época, dejando testimonios de Florentino Corro, Felix Báxin, Benito Jiménez Rodríguez, Delio Morales, José Palma, Juan Pólito Baxin, Cirilo Promotor, Nazario Santos, Esteban Utrera, Andrés Vega Delfín y Juan Zapata.

Dentro del acervo encontramos ejemplos musicales de un numero importante de grupos campesinos, principalmente de los municipios de Santiago Tuxtla y de San Andrés Tuxtla, dando cuenta de la gran diversidad musical dentro de la región, en donde quedan contenidos muchos pequeños universos sonoros, pero también recoge e incluye sones jarochos indígenas popolucas de Santa Rosa Loma Larga (municipio de Hueyapan de Ocampo), desconocidos prácticamente hasta entonces, así como ejemplos de sones en estilo más llanero (Blanco de Nopalapan, Cañada, Pueblo Nuevo, Tlacotalpan), y ejemplos puntuales de músicos y estilos locales registrados en Chacalapa, al sur, y en Playa Vicente, al occidente de la región sotaventina.

Comencemos por mencionar a Los Soneros del Barrio y su interpretación de El Ahualulco (Tilapan, 1993), posiblemente la primera grabación del violín tuxteco (Atanasio Martínez Ignot) en un ensamble tradicional. Así también resultan valiosos los registros de los grupos San Martín Sinapan de Felix Báxin, del dueto de Felix y Arcadio Baxin, y de Los Cultivadores del Son con Juan Pólito Báxin y Juan Mixtega Báxin, una grabación del son El Borracho, también con violín.

Posiblemente una de las primeras grabaciones del notable grupo Son de Santiago de Juan Zapata, Jose Palma e Isaac Quezadas, sea El Butaquito registrado en 1993, un grupo emblemático de los años 80, representantes de toda una época y de todo un estilo, acompañados en esa ocasión del versador Raymundo Dominguez. Interesante es la “instantánea familiar” de Andrés Vega, Tereso y Martha Vega, interpretando El Valedor registrada ese mismo año, y resulta también importante la inclusión de registros realizadas en 1996 del Grupo de Playa Vicente, formado por José María Álvarez, el “Pariente”, Higinio “Negro” Tadeo y Benito Jiménez, pilares junto con don Chico Hernández de la música de esa región.

Habrá que destacar la grabación del extraordinario grupo Alma Jarocha de Nazario Santos, Benito Mexicano, Salomón y José Parra interpretando María Chuchena. Sin duda uno de los grupos más extraordinarios y eficaces en un fandango.(4) Una de las joyas del acervo es el registro de El Buscapiés interpretado por el dueto del guitarrero Florentino “Tino” Corro y su hermano Guillermo con jarana y Jesús Sánchez, cantador. Antiguas Voces incluye una nueva, y también extraordinaria, grabación de Los Corro, así como una entrevista con don Tino.

Un caso singular dentro de la tradición musical lo es el notable músico de armónica Leonardo Rascón, del que se incluyen varias grabaciones a dúo con Esteban Utrera y Ramón Gutiérrez, y con el conjunto de muchachones en aquel entonces, integrado por Liche Oseguera, Tacho Utrera, Patricio Hidalgo, Darmacio Cobos y Ramón Gutiérrez, captados in fraganti en 1993 con don Leonardo. Cabe destacar que no fue sino hasta 1997, cuando se publica La Bamba, interpretada por Delio Morales y Liche Oseguera, grabación con la cual se empieza a documentar y se presenta una muestra de la forma y estilo de tocar la guitarra grande vozarrona del sur de Veracruz, hasta entonces muy poco conocidos; ya cuando el instrumento había traspasado las fronteras regionales 15 años antes, y se había difundido y popularizado fuertemente. Finalmente hay que reconocer las entrevistas de Nazario Santos, Cirilo Promotor y Carlos Escribano contenidas en la colección, y desde luego la excelente obra fotográfica de Agustín Estrada, junto con la de otros notables fotógrafos como Rodrigo Vázquez, Carola Blasche y S. Alberto Vázquez, que retratan a muchos de los músicos que dan vida a Antiguas voces.

No resulta exagerado considerar Antiguas voces del cedro, Memorias de Sotavento, la colección de grabaciones de campo de son jarocho más importante registrada en los años 90 del siglo XX. Invitamos a que conozcan esta obra sin duda fundamental.

Los editores

Notas
(1) Sones campesinos de la Región de los Tuxtlas, un casete publicado en 1995 con 14 grabaciones de campo realizadas por Guillermo Pous, con textos de Ricardo Pérez Montfort y Claudia Cao Romero; Las voces de cedro, un disco compacto publicado junto con el libro La Puerta de Palo de Agustín Estrada en 1998, con 10 registros de campo grabados por Pablo Flores y Wendy Cao Romero, con textos de Ricardo Pérez Montfort.
(2) Lieberman hace sus últimas grabaciones en Veracruz en 1983, y Stanford hasta 1984.
(3) Este último con grabaciones de campo de Lieberman et al. registradas entre 1975 y 1983. Es contrastante el hecho de que en 1995 se publicara el casete Sones Campesinos con las 1ras grabaciones de Los Utrera (registradas en 1993), y en 1996 aparezca el CD Los Utrera (Urtex UL3002) con distribución mundial.
(4) Como lo demostró Alma Jarocha en más de una ocasión en los fandangos de las Fiestas de La Candelaria de Tlacotalpan en los años 80 y principios de los 90.

 

Los editores


Revista # 6 en formato PDF (v.6.1.1):

 

Artículo completo en formato PDF (v.6.1.1):

 

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De los fandangos de medalla: el testimonio de doña Tita Domínguez

La Manta y La Raya # 3                                                                             octubre 2016


De los fandangos de medalla:
el testimonio de doña Tita Domínguez,
bailadora de los llanos de Nopalapan 

Una conversación con Alvaro Alcántara 

 

Un agradecimiento especial a Isabel Ortiz Domínguez, hija de doña Tita quien aportó información muy valiosa y nos recibió y atendió espléndida-mente aquella tarde en Nopalapan.

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Artículo original en formato PDF (v.3.3.0):

 

El 24 de junio del 2012, en el marco de las fiestas de Nopalapan Ver., tuve la oportunidad de conversar con doña Tita Domínguez, una de las bailadoras de huapango más elegantes que he tenido la fortuna de conocer. Supe de doña Tita a inicios de la década de los años noventa del siglo pasado y conservo un par de fotos de ella bailando con Arcadio Baxin y con Guillermo Martínez Bapo, en uno de esos maravillosos huapangos que Andrés Moreno organizaba desde la Casa de Cultura de San Andrés Tuxtla, Veracruz. Nacida en 1934 en Cuatotolapan, Ver. lugar donde hasta hace poco radicaba. Doña Tita Domínguez, nacida en Cuatotolapan en 1934, fue también bailadora de una de las agrupaciones soneras estelares de los llanos del Sotavento, el grupo Alma Jarocha, que comandaban Nazario Santos y Benito Mexicano y cuya historia está pendiente de escribirse. La zona Nopalapan – Cuatotolapan se desarrolló desde mediados del siglo XVI como un importante enclave ganadero, sin embargo para mediados del siglo XVIII empezó una modificación productiva que a la postre la convertiría en una zona fundamentalmente cañera. La región, conocida también como Los llanos de Nopalapan, fungió como un espacio bisagra entre la región de Los Tuxtlas y las tierras bajas del Sotavento medio por donde transitaba el antiguo camino prehispánico de La Tinaja a Sayula de Alemán, sobre todo con la puesta en funcionamiento del ramal del ferrocarril (el famoso “Ramalito”) San Andrés Tuxtla – El Burro (Rodríguez Clara) a inicios de la década de los años treinta del siglo pasado y hasta su desmantelamiento a inicios de la década de 1990.

Cuando llegó el momento de preguntarle cómo eran las fiestas que ella vivió de niña en San Juan Nopalapan esto fue lo que nos respondió:

Estas fiestas del señor San Juan se empezaban los huapangos desde el día 3 de mayo. Antes había una tradición de que se hacían los huapangos el 3 de mayo, se ponía una medallita con una cintita en una casa, allí amanecía esa medallita con la cintita y donde amanecía esa cintita ya era que allí iba a ser el huapango, donde amanecía la medalla. Y ya se empezaban los que se llamaban los huapangos de medalla, se empezaban a hacer desde el día tres de mayo hasta terminar el día 23 de junio. Se hacía huapango el 23 de junio para amanecer el 24 de junio y luego se hacía otro huapango, dos. Se hacían huapangos cada ocho días, cada ocho días se iban haciendo porque se iba amaneciendo, ya no podría medalla en la casa eso era solo el 3 de mayo, pero ya luego se le ponía… había cuatro madrinas y cuatro padrinos. Bailando, bailando, si a usted le había tocado la medalla, que se la habían echado a usted, porque se la ponían… si a usted le tocaba la medalla subía a bailar y bailando, bailando, le trababa la medalla a la muchacha, se la ponías, ya esa medalla le quedaba a la muchacha y esa muchacha buscaba a quien trabársela también y así se seguía hasta completar cuatro madrinas y cuatro padrinos.

Esto ocurría cada sábado y se hacían latas de horchata, te daban la banda y uno la adornaba, una cinta que te ponías aquí la banda (doña Tita señala con la mano trazando una diagonal de su hombro izquierdo hacia su pierna derecha) y te ponías el nombre del muchacho que te daba la cinta, te ponías el nombre, adelante el nombre de uno y atrás el nombre de él. Eran bonitas las fiestas aquí antes, yo les platico a mis hijas que eran bonitas. Ahora el mero día, como hoy 24 de junio, había descocotada de gallos, desde la mañana venía el padre, hacía la misa temprano a las siete, de las siete en adelante ya eran corridas de caballo y descocotadas de gallos, andaba la gente corriendo y descocotando gallos.

¿Y quién organizaba esos huapangos de medalla? ¿En quién recaía esa responsabilidad?

Mi papá era el encargado. Ya cuando decía “hija ve a ponerle la medallita”. Él mismo traía la medallita con la cintita, pero en la noche, que ya se acostaba la gente, ya iba y se la ponía la medalla.

¿Y a usted le tocó poner alguna medalla?

Sí me mandaba mi papá que la pusiera, ve hija pon la medalla que ya se acostó fulano, vésela a poner y se la ponía yo como ahora aquí encima de la puerta (y doña Tita se voltea y estira para señalar hacia la mitad del marco de la puerta de su casa donde estamos conversando). Claro que al otro día cuando se levantaba la persona, pos ya miraba y ya estaba bien… comprometida con el huapango.

¿Y la persona que recibía la medalla estaba obligada a hacer el fandango?

¿Y qué pasaba si no lo hacía? ¿Había personas que no lo hacían?

Nunca hubo personas que no lo hicieran. Ya era una tradición. Esa era una tradición que había. No había uno que se negara. Ya esa persona que le amanecía la medalla pues ya… era que él iba a hacer ese huapango porque a él le había quedado la medalla. Él la iba a echar a una muchacha, a otros, si tenía muchacho allí o era el señor, él la ponía a una muchacha y allí se seguía. Y así eran los huapangos de medalla en Nopalapan.

¿Qué sones se tocaban en esos huapangos?

Pues se tocaban, yo le digo que yo aprendí a bailar esos sones que son pausados. Bueno, el Toro, El Zapateado, El Buscapiés, La Bamba, El Colás. Había muchos sones, ahora La Morena, La Guacamaya, El Cascabel. Todos esos sones eran los que se tocaban antes.

¿Cuáles son los sones que más le gustan, los que usted pide en un huapango?

A mí me gustan los sones “de cuatro”, “de a bastante”: La Guacamaya y La María Chuchena me gusta (se ríe)… y cualquier son me gusta pero más esos. La Morena me gusta mucho y de sones de pareja, me gusta, pues ya le digo, El Zapateado, El Toro, El Buscapiés. Lo que sí nunca me ha gustado – lo bailaba yo cuando era chamaca pero no me gustaba bailar – eran La Bamba y El Colás, esos nunca me gustó bailar, no sé por qué pero no. Eso sí, a mí échenme un Toro, un Zapateado, un Buscapiés, esos sí los bailo. Yo he bailado en los estrados cuando iba yo a Tlacotalpan con mi esposo. Yo era la bailadora del Grupo Alma Jarocha.

Mi esposo se llamaba Rodolfo Ortíz Almer. Él no bailaba. Cuando llegábamos a la Casa de la Cultura (San Andrés Tuxtla), que ya llegábamos donde estaba el director, que ya llegábamos apuntándonos todos, porque te apuntan porque hay tantos jaraneros, bailadores. Y ya me decían y su esposo baila, toca o canta y digo no, mi esposo ni toca, ni baila ni nada. No, mi esposo nomás anda conmigo porque le gusta.

¿Su esposo la acompañó, la apoyó? Porque he escuchado de otras bailadores que se casan y dejan de bailar.

Mira, mi esposo me dejó andar en todos los huapangos. Aquí me decía, te voy a ir a dejar y yo me regreso, porque yo desde que estaba recién casada le dije a mi esposo, mira, yo por otra diversión no vamos a pelear nada y si me dejas a ir, menos a un baile que ni lo sé bailar. Pero sí, el día que no me dejes ir a un huapango, le dije, hasta allí soy tu mujer. Teníamos como un mes o dos de casados y le digo hasta allí soy tu esposa. ¿Por qué me dice? Porque fue la única diversión que mi padre me enseñó y no la voy a dejar nunca, hasta que me muera yo, si es que puedo bailar. Ya me dijo él, puedes ir, si el huapango es una diversión decente, puedes andar. Y ya tuve su permiso, después hubieran huapangos en Rodríguez, en Cuatotolapan, en El Blanco, en San Benito, que velaban la Virgen de Los Remedio que yo andaba, en La Luisa el día de San Isidro.

¿Y su marido la acompañaba?

Y si no, pues vete con las comadres que van me decía.

¿Y usted cómo se sentía?

Yo por ese lado no tengo ningún sentir de mi esposo. Ahora cuando íbamos a Tlacotalpan, vámonos alístate y vámonos y nos íbamos. Él sentadito y yo bailando toda la noche, a él le gustaba fíjese, le encantaba, es que no aprendió pero a él le gustaba. Aquí en el radio estaba la hora de “Viva la Cuenca”. Él estaba al tanto de la hora, que tocaba a la una los sábados y domingos. Ya me decía, pon el radio que ya se va a pasar la hora de los huapangos, de los sones. Ponlo ya e iba yo y lo ponía. El son que a él le gustaba me decía báilalo y me fajaba yo a bailárselo, él sentado y yo bailando. Porque a él le gustaba mucho verme bailar. Y sí, él nunca me negó que fuera yo a un huapango, nunca, nunca, cuándo él iba a decir, hoy no vas ningún huapango.

Dice usted que fue bailadora de Alma Jarocha. ¿Ese grupo cuál era?

Pues de Charito Santos, que acaba de morir, él ya murió tiene dos años que murió. Allí andaban, mire, el de la guitarra era Nazario Santos, que era mi compadre, que nomás le decían Charito, Salomón, Benito Mexicano y Cudberto Parra que le decíamos “Mocorrito” y Narciso Aguilar después, ya después también José. José y Salomon los dos eran hermanos, andaban. Era un grupo muy bonito. Éramos sus bailadoras mi comadre – que vivía más para allá – y yo, pero luego ya no salía. Ella salía cuando tenía su primer esposo pero se murió su esposo y ya se hizo de otro marido y ya no la dejaba salir. Decía yo, oye comadre de verás que ya tu ya te amolaste, por qué ahora no sales, le digo: “pasuuuu, no hombreeee salías cuando tenías tu otro marido, ahora con este otro ya no sales y hasta la fecha sigue con ese hombre y no la deja salir.

¿Cómo siente usted el huapango?

Pues una alegría, una diversión muy bonita. El huapango es una diversión… yo oigo una guitarra y hasta los pies me comen. Si yo oigo una música de huapango siento una alegría, un gusto muy bonito.

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