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Ritual de lluvia

La Manta y La Raya # 3                                                                             octubre 2016


Aideé Balderas Medina

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Doña Lita subiendo el cerro. Colatlán, Ixhuatlán
de Madero, Veracruz. (foto: Aideé Balderas)

 

Artículo original en formato PDF (v.3.1):

 

Don Eugenio López Ramirez es curandero, ritualista y rezandero nahua, nació en 1947 en Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz. En su casa tiene una pequeña capilla donde recibe a las personas que van a consultarlo.

En la parte superior de la pared destaca un reconocimiento con su nombre y firmado por el gobernador Javier Duarte. Eugenio dice que lo citaron en el año 2012 en el municipio de Citlaltepetl para darle el reconocimiento, pero que no fue a recogerlo porque ya se había comprometido a rezar en un cabo de año, ya había dado su palabra y ésta en la Huasteca tiene un valor muy importante.

Eugenio cuando era apenas un niño de cinco años, tenía una salud sumamente frágil. Constantemente padecía de fiebre, nadie sabía cuál era su enfermedad. Cuando un curandero lo vio, supo que tenía el don. En la Huasteca se tiene la creencia que las personas que se enferman mucho sin causa aparente, es porque traen el don de curar. La enfermedad va acompañada de sueños donde se le revela este camino de vida. Eugenio recuerda muy bien un sueño donde una presencia femenina vestida de blanco, le regala un bulto de la virgen de Guadalupe y le pide que se la lleve a casa. Eugenio cuenta que sentía mucho miedo porque estaba lloviendo y caían muchos relámpagos. La mujer al darse cuenta de su temor, le dijo: “No tengas miedo, aunque esté lloviendo, nada te debe detener, tú debes de seguir, debes continuar siempre tu camino”.

Desde entonces Eugenio se ha dedicado a aprender los menesteres propios de un Huhetlacatl o curandero. Hace limpias a personas y en potreros; también cura el espanto. Su trabajo es parte fundamental de la vida ritual y espiritual de la comunidad. Aprendió a recortar las piezas de papel que representan a diversas deidades que se utilizan en los rituales de maíz y de petición de lluvia.

A finales del mes de abril y principios de mayo se realiza el ritual de petición de agua. Se realiza cuando hay sequía, cuando no ha llovido y el calor es abrazador. En el barrio de Tempexquititla en Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz; al otro lado del arroyo, está la casa de la curandera doña Lita. Ahí se reúnen un grupo de 20 a 30 personas aproximadamente.

El ritual de petición de lluvia, empieza con los preparativos para poder subir al cerro. Eugenio recorta cientos de figuras de papel de color blanco y de colores. Algunos hombres arman cientos de ramilletes perfectamente bien confeccionados con hoja de palma, flor de coyol, bugambilia y cempasúchil.

Colocan ofrendas en tres altares: uno está en el interior de la casa de doña Lita, el segundo en el patio y el último en el río, que desafortunadamente en el mes de mayo casi siempre se encuentra seco. Durante todo el día y la noche, los músicos con guitarra quinta huapanguera y violín ejecutan un sin número de sones; el acompañamiento musical se complementa con una campana y una sonaja. Las mujeres, bailan con gran ánimo.

La música cumple una función que va más allá del mero entretenimiento. Los músicos deben de estar atentos en cada momento para saber que sones se deben ejecutar, además de improvisar y acompañar durante tres días completos. La música juega un papel fundamental en el desarrollo del ritual, pues el curandero sabe leer el sentimiento de los sones y estos le indican que se necesita hacer en ese momento, por ejemplo: sí hay que barrer el ambiente con una hoja de ortiga o si es necesario ofrendar un pollo.

Doña Natalia se ocupa de mantener el sahumerio con brasas encendidas y con copal. Eugenio en todo momento es el guía, forma un círculo hecho con una rama y en el centro coloca ramilletes de palma, figuras de papel, cigarros prendidos, huevos, chocolate y aguardiente. Reza en náhuatl durante horas, después todos los presentes deben entrar y salir del círculo, sietes veces. Los rezos y la danza se mantienen durante toda la noche.

Al rayar el alba, la gente se prepara para salir rumbo al cerro llamado “La mesa”. Llevan chiquihutes con tamales, chocolate, flores, refrescos y cerveza. Los papeles de las figuras de las deidades se transportan cuidadosamente envueltos en un petate. Se anuncia el inicio de la peregrinación con la estridencia de varios cohetes y a ritmo de música de banda de viento. Uno de los requisitos para poder subir al cerro es hacerlo en ayunas, pues lo que se trata es de ofrendar ese pequeño sacrificio, en el esfuerzo, radica el valor de la ofrenda.

Durante el trayecto realizan algunas paradas en los cruces de caminos. Eugenio coloca papeles de colores, rompe un huevo y escupe un trago de aguardiente para poder abrir los caminos. Durante dos horas los peregrinos suben por empinadas laderas.

Al encontrar un pozo seco, se hace una parada para colocar ofrenda. La banda de viento y el dueto tocan profundos sones de El Costumbre. Se baila intensamente porque el baile es una manera de rezar con los pies. Más tarde se reanuda la caminata hasta llegar al altar principal que se encuentra en la cima del cerro. Se derrama sangre de guajolote encima de los recortes de papel que representan a las deidades. La abundancia se hace presente con una ofrenda hecha de palma, flor y comida. Los huastecos cuando se trata de ofrendar no escatiman y son sumamente generosos.

Para ofrendar al sol y pedirle que mitigue el ardiente calor, Eugenio forma un círculo con una vara, encima coloca una servilleta de tela que tiene bordada la carita de un sol. Coloca una cama de ramilletes, figuras de papel y comida. En cada esquina de la servilleta amarra cuatro pollitos vivos. Con una vara elevaran este arreglo. Dejan a los pollitos colgados y dando vueltas en el aire, los cuales seguramente morirán de deshidratación o quizás un gavilán pase por ellos y se los eche de botana.

Otra ofrenda se realiza con una gallina de plumas de color blanco. La introducen viva y bien amarrada en un hoyo en la tierra; cubren el hueco con una manta y encima colocan flores, papel cortado; le vacían encima café y chocolate. La gallina seguramente morirá de asfixia o por las mordeduras de las hormigas.

El baile y la música acompañan en todo momento el ritual. Durante los momentos de mayor clímax doña Lita se desvanece. Ella cuenta que cuando se desmaya tiene sueños de cómo curar a la gente y despierta con más conocimiento para poder ayudar a la gente.

Después de terminar con el ritual se rompe el ayuno y los asistentes pueden comer de los alimentos del altar. Posterior a un breve descanso se inicia el descenso del cerro, rumbo a la casa de doña Lita. Los que no pudieron subir al cerro reciben con gran júbilo a los peregrinos, les ponen coronas de flores la cabeza, les ofrecen agua y comida. Para poder entrar al altar principal cruzan a través de un arco que está en el umbral de la puerta, después de comer y beber agua continúa la música y el baile hasta el anochecer.

Cada año Eugenio guía el ritual para pedir que haya agua buena, es decir que no llueva en exceso, que no haya escasez para que las milpas crezcan y la gente tenga maíz para alimentar a su familia. En la comunidad nahua de Tempexquititla, se realizan este y otros rituales agrícolas, gracias al esfuerzo de familiares y compadres. Este conocimiento actualmente es resguardado por hombres y mujeres que en su mayoría son de la tercera edad. Frente al inclemente paso del tiempo esta tipo de prácticas están en riesgo al no contar con relevos generacionales, aunado a la discriminación que sufren debido a que algunos vecinos mestizos que desde su ignorancia los acusan de realizar prácticas de brujería.

Pese a la marginación y la pobreza, hoy en pleno siglo XXI en México aún se mantienen con vida estas prácticas ancestrales y son organizadas desde y para la comunidad, no son promovidas por ningún programa de gobierno. Se realizan porque la gente cree profundamente en la importancia de ofrendar a la tierra y vivir en equilibrio con el entorno. Entiende y recrea otra forma de ver el mundo. La profesión que desarrollan ritualistas como Eugenio y doña Lita no solamente enriquece la cultura popular de México, sino cumple una función sanadora, busca el equilibrio y el bienestar de la comunidad. Se piensa en colectivo porque finalmente somos granos de una misma mazorca.

 

 

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