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Palma, zacate y bejuco

La Manta y La Raya # 6                                                                noviembre 2017


Palma, zacate y bejuco:                              La techumbre vernácula en Sotavento.

Mario Cruz Terán
Carola Blasche
Agustín Estrada
Francisco García Ranz
Deborah Small
Sergio A. Vázquez Rodríguez
Mariana Yampolsky

Arquitectura vernácula campesina, casas que se han construido y reconstruido desde tiempos muy remotos, una línea continua que abarca milenios, una sabiduría local íntimamente relacionada con los materiales y recursos naturales de cada lugar, y que sigue siendo la mejor alternativa sustentable en el mundo rural. Nos referimos concretamente a casas campesinas que muchas veces ni se registran en los censos de población; viviendas que se consideran provisionales, 100% biodegradables, y a las que en nuestra cultura hemos llamamos simplemente chozas. Chozas de carrizo, de adobe enjarrado, de tablas de madera… . Casas con grandes techos inclinados, de gran pendiente, recubiertos de múltiples capas traslapadas de hojas de palma real o de racimos de zacate colorado peinado, atados al armazón del techo con bejuco. Un sistema de techo aparentemente simple, pero ingenioso, que sólo conoce la gente del campo.

La palma y el zacate cumplen un ciclo expuesto al abrasante sol, a los fuertes vientos y a las torrenciales lluvias. En el Sotavento es común renovar la cubierta de palma de una casa cada 10 ó 12 años, los techos de zacate son más resistentes, se cambian cada 15 ó 16 años. La palma y el zacate además de impermeables, son materiales vegetales muy térmicos: protegen mejor del frío, y son más frescos en los calores. Hoy en día esta forma constructiva vernácula se conserva entre grupos indígenas, de diferentes etnias asentadas, muchas de ellas, en las “zonas de refugio” de la región. La colectiva fotográfica aquí reunida, registra las casas de mazatecos y chinantecos al occidente de la cuenca del Papaloapan, de nahuas y mestizos de Los Tuxtlas, y de nahuas y popolucas de la cuenca del Coatzacoalcos, al sur de la región.

A través de la lente y las magníficas imágenes de los diferentes fotógrafos aquí reunidos, descubrimos, en todos los casos, casas cubiertas por techumbres a dos aguas, algunas veces de dimensiones imponentes, siempre generosas, en variedad de formas y proporciones, y, como es característico de la arquitectura vernácula indígena, con ausencia de ventanas; en todo caso pocas y pequeñas. Las casas más primitivas no son sino un techo. El techo es el elemento más importante y simbólico de una casa, sin duda juega un papel primordial en nuestras vidas. Una casa con techos a dos aguas es uno de los símbolos más poderoso de abrigo. Hay techos que cumplen mejor esa función, como propone Christopher Alexander: el techo o techumbre sólo abriga si contiene, abraza, cubre y rodea el proceso de la vida.

Esa cualidad la descubrimos en las imágenes que integran esta colectiva fotográfica: en todos los casos encontramos un sentimiento fundamental de cobijo. Casas de las que muchas veces, a cierta distancia, sólo vemos sus tejados de palma o zacate que parecen cubrir a sus habitantes como una gallina a sus polluelos, en perfecta armonía con el entorno, como parte central de conmovedoras imágenes del espíritu doméstico rural en sus formas más sencillas.

Los editores

 

Mariana Yampolsky

 

Mariana Yampolsky

 

Francisco García Ranz

 

Francisco García Ranz

 

Francisco García Ranz

 

Mario Cruz Terán

 

Mario Cruz Terán

 

Mario Cruz Terán

 

Mario Cruz Terán

 

Agustín Estrada

 

Carola Blasche

 

Carola Blasche

 

Francisco García Ranz

 

Sergio A Vázquez Rodríguez

 

Sergio A Vázquez Rodríguez

 

Sergio A Vázquez Rodríguez

 

Mariana Yampolsky

 

Sergio A Vázquez Rodríguez

 

Mariana Yampolsky

 


Revista completa en formato PDF (v.6.1.1):

 

mantarraya 2

Tacho Utrera, laudero.

La Manta y La Raya # 2                                                                             junio 2016


Carola Blasche

Carola Blasche

 

 

 

 

Carola Blasche se asoma con su lente al quehacer laudero de Tacho Utrera. Nos muestra en esta serie fotográfica el quehacer íntimo del músico y laudero, pero también exhibe su propio quehacer, su mirada risueña y su voz galana, su propio arte, el de Carola. Imágenes en claros y oscuros que invitan a imaginar la sorprendente transformación de la naturaleza en cultura, de la madera en artefacto sonoro, del silencio en poesía.

Con la luz pintando las manos del artista, con los aromas del cedro impregnados en las virutas, la fotógrafa retrata el itinerario habitual de un oficiante y sus cómplices de siempre: cepillos, taladros, gubias, martillo, lentes de aumento, limas, escuadras y demás utensilios de trabajo. Blasche nos lleva de la mano por los ritmos y cadencias de un oficio que no termina con la conclusión y cata del instrumento planeado. Nada de eso, siempre hay algo más: un cuerno de animal, un plectro, u tangueo, un marimbol, una puerta. Y una sombra que se asoma tímida, a la distancia, por el umbral del taller. Quizá invitando a entrar, quizá emprendiendo otro viaje. Es Tacho Utrera el protagonista de esta narrativa; Carola habla desde su lente silencioso.

 

cortando plantilla

 

perfilando el tacón

 

rebajando

 

cepillito

 

cepillando

 

descansando

 

amarrando

 

checando

 

colocando trastes

 

puliendo

 

limando

 

ajustando

 

detallando

 

encordando

 

Probando

 

Cuernos

 

Con mascarilla

 

Contando espigas

 

Puerta y marimbol

 

mantarraya