El camino y sus hallazgos

La Manta y La Raya # 5                                                                   julio 2017


El camino y sus hallazgos                     

Foto: S. Alberto Vázquez Rodríguez

Margarita Dalton Palomo

La geografía de México puede imaginarse como una gran trama de culturas en un cuerpo vivo y respirando. Los procesos culturales en transformación continua son el aliento que entra y sale de sus pulmones. Sus ojos captan el horizonte de montañas y mares, sus oídos se deleitan con el canto de los pájaros, su olfato percibe los humores del trópico húmedo y del desierto, su tacto siente los textiles, el barro, el amate, las flores y todas las materias primas que sirven para recreación de lo simbólico y tejen las horas que se deslizan en una larga historia de muchos pueblos. Sus caminos son arterias y venas por donde corre la sangre que la mantiene viva. En esos caminos se encuentran diversas manifestaciones de la cultura mexicana, conectadas, interrelacionadas, similares y disímiles; ahí se expresan arquitectura, música, danza, literatura, artes plásticas, gastronomía, tradiciones, mitos y ritos, el organismo que mantiene viva la identidad mexicana. La sangre son los artesanos, artistas, hombres y mujeres que hacen el milagro a través de las celebraciones y de la vida cotidiana.

Viajar por esos caminos imaginarios que nos pueden llevar en un parpadeo de Tijuana a Comitán, de Nuevo Laredo a Quintana Roo, del Bravo al Suchiate, es absorber el mundo, cargar las pilas, alimentar a las Tres Gracias pero, sobre todo, asombrarse por los continuos hallazgos de manifestaciones culturales ignoradas. Estar en México es alcanzar una visión de la diversidad artística y cultural de muchos pueblos. Sin embargo, conjugar este ser y estar a través de las montañas, los mares, los valles y las sabanas tropicales no es fácil; a veces una montaña, una laguna, o simplemente lo intrincado de un camino impiden que los mexicanos intercambien costumbres o se acerquen y se conozcan entre sí.                                                                                .
La difusión, promoción y consolidación de la cultura a través de los medios de comunicación ha sido una de las labores del Estado mexicano, de iniciativas privadas y de la sociedad civil. La política cultural del gobierno, desde principios del siglo pasado hasta la fecha, ha promovido el desarrollo cultural, primero desde una perspectiva integracionista, y en los últimos tiempos se ha visto obligada a reconocer la diversidad de culturas que existe en el país. El cambio de política es el resultado de un movimiento de etnólogos, historiadores, antropólogos, sociólogos y promotores de la cultura, entre los que se destaca Guillermo Bonfil por su México profundo y por su Pensar en nuestra cultura. El reconocimiento de la multietnicidad de México y de sus culturas ha dado nuevo impulso a la música, la danza, las artes plásticas y la literatura de los 56 grupos étnicos del país. Después de una negación sistemática ha llegado el tiempo de afirmar lo múltiple, de sumar la riqueza, de cosechar sin limitaciones.

Se inicia un milenio con los que algunos han llamado la globalización. Los medios de comunicación rompen las barreras y se recibe a través de la radio y la televisión la cultura de otros pueblos de América, Europa, Asia y Oceanía. Estamos conectados con el mundo y podemos observar grandes diferencias y semejanzas al interior de la cultura que poseemos.

Las regiones culturales y cómo establecerlas
Durante muchos años, después de la Revolución Mexicana, se dio por pensar que en México todos éramos charros y chinas poblanas. Ésa fue una identidad construida sobre la base de una realidad pero no la de todos los mexicanos, sino la de algunos; las películas con charros proyectaron esas imágenes que se volvieron mitos, tanto en nuestro país como en el extranjero; toda Latinoamérica soñó “a la mexicana” con las canciones de Tito Guízar, Pedro Infante y Jorge Negrete. En años recientes, transformar esos mitos se ha vuelto parte de la política cultural del Estado, y para ello se han utilizado nuevas estrategias.                                                                                                                           .
México se ha dividido en regiones geográficas, económicas, políticas y, ahora, en regiones culturales, con diferentes propósitos. Pera definir una región cultural es un reto, y seguramente habrá quién no esté de acuerdo en alguna definición de este estilo. Las regiones del Golfo, del Pacífico, de la Huasteca o del Bajío han estado caracterizadas e identificadas por su música, su indumentaria y su gastronomía, lo imposible es definir son exactitud sus límites. Hay otras que sí están bien delimitadas, como las fronteras del país, que no son regiones geográficas pero sí políticas, con significados históricos profundos, trascendentes, amén de otras peculiaridades. Pero es casi una osadía definir una frontera cultural en la actualidad. Las nuevas formas de la televisión por medio del satélite homogenizan a quienes están relacionados con estos medios y afectan a la televisión y a la radio de cada país. Más y más gente se engancha en las nuevas tecnologías que multiplican las culturas y los bailes tradicionales, como los de la India, Japón y los países árabes; estos componen los escenarios de las nuevas corrientes musicales y de los videoclips.

La frontera con Estados Unidos obliga a los pueblos de esa zona a repensar sus tradiciones culturales y a reforzar los aspectos más profundos de su identidad. Sin embargo, las fronteras no son espacios cerrados para la cultura; así, la canción norteña tiene mucho de la música country de Estados Unidos, y la comida “texmex” de la mexicana. La cultura de la frontera tiene una larga historia de resistencia y de intercambio, y debido a la resistencia de los habitantes de la frontera, la identidad mexicana se encuentra más fortalecida, en algunas de sus manifestaciones. “Los pueblos son unidades sociales a través de las cuales se hace la historia. La transformaciones decisivas son las que se incorporan plenamente a la cultura de un pueblo; y también las continuidades y las resistencias. Sólo cuando los acontecimientos cambian realmente la cultura de un pueblo se convierten en cambios históricos. Es la transformación interna la que finalmente cuenta, porque cambia a un pueblo y así se cambia la historia, decía Bonfil; efectivamente, los procesos son inacabados y alientan a los individuos a participar con su granito de arena en el acontecer cultural, cada cual desde su ámbito, desde su región, pero una región no es inamovible. Cuando hay conflicto, cuando hay una invasión de cualquier tipo, quienes están más cerca de los invasores son quienes lo resienten más, y quienes integran distintos valores culturales en nuevos valores. La historia universal de las lenguas no es otra cosa que la apropiación y transformación de palabras, símbolos y valores.

Por eso pensar en fronteras culturales rígidas es muy atrevido. No hay bardas que impidan a la cultura deambular por uno u otro lado de la frontera. En México, la del norte es tal vez la frontera más tajante, porque encontramos una frontera real: la lengua, la frontera entre el inglés y el español. Y digo fue porque ésta se transforma apresuradamente; sin embargo, es una frontera que se ha ido perdiendo, a medida que muchos mexicanos viven del otro lado, hablan español, y también inglés, y la combinación de ambos idiomas es una realidad. Los mexicanos del otro lado pueden perder su lengua, pero no pierden su identidad mexicana, sus gustos por la comida, la música y la fiesta. Sorprendentemente, la gastronomía, el gusto por ciertos condimentos y la subjetividad del tiempo que se dedica al arte culinario están relacionados con el amor, la familia, la religión y, por supuesto, el amor propio, el orgullo y la identidad.

Los mixtecos, los zapotecos y otro pobladores que habitan en lo que ellos llaman Oaxacalifornia han propiciado la celebración de la Guelaguetza, con lo cual contribuyen a reforzar la identidad de muchos paisanos que llegan de otras partes de la república, al identificarse con lo oaxaqueño se identifican con lo mexicano; al establecer una tradición como ésta al otro lado de la frontera se transforma la historia de mucha gente de aquí y de allá, y se da un ejemplo a seguir. Hace más de diez años que se celebra esta fiesta solidaria que reúne a los mexicanos y les recuerda su cultura, sus tradiciones y su gastronomía, porque no se puede pensar en una fiesta de esta naturaleza sin comida, música, danza y el compartir. No son los gobiernos quienes han impulsado estas fiestas sino las personas.

Y sin embargo, ¿para qué sirve una regionalización? Las regiones son eslabones que permiten incorporar a “lo mexicano” expresiones artísticas y tradiciones culturales que no han sido parte de la identidad nacional oficial. Regionalizar es ordenar, organizar, definir y nombrar, y esta identificación tiene que ver directamente con la identidad; región e identidad, van íntimamente ligadas al paisaje y al imaginario.

Hay en México regiones donde se comparten bailes y se reconocen como hermanas o primas, tal es el caso de la costa de Guerrero y Oaxaca, la Costa Chica y la Costa Grande; en ambas hay un baile conocido como los Diablos, una expresión dancística de los pueblos negros de la costa. Estas expresiones cruzan la frontera de los estados de Guerrero y Oaxaca, y son emblema cultural de la costa negra. Hablando de regiones, también se podría en la Huasteca con sus sones; en el Caribe mexicano, con la influencia de música de percusión que sintetiza la presencia africana, y en la región sureste, con la jarana; éstas son algunas manifestaciones regionales aceptadas en México. La identificación regional se establece por sus pautas y comportamientos culturales que existen en la historia de los lugares a través de su música, danza, gastronomía, artesanía y expresiones artísticas. Quién puede negar que existe un son jarocho que recorre la costa del golfo de México, o una chilena en una parte de la costa del Pacífico, una jarana en la península de Yucatán, una redoba en los estados del norte y un huapango en las Huastecas.

Los retos de la regionalización cultural
Definir las regiones de la cultura en México no es fácil, porque la sangre fluye por las venas y los medios de comunicación rompen las fronteras reales y las imaginarias. Pero hacerlo para impulsar el apoyo y fomento a la cultura popular, diversa, a veces aislada, y a los descubrimientos de prácticas culturales que se desconocen por la mayoría es, sin duda, estimulante. Así, lo mexicano puede pensarse como la suma de identidades en proceso de descubrimiento, asimilación y transformación.

Las regiones culturales pueden establecerse de forma arbitraria con el fin de preservar, consolidar, rescatar o transformar un entorno. El reto es la devolución, el reto es el respeto, el reto es ¿qué tan abiertas están las autoridades, los oficiales o los burócratas de la cultura a escuchar manifestaciones diversas a las acostumbradas?, manifestaciones que rompan los esquemas o, simplemente, a que los protagonistas en las regiones culturales expresen lo desconocido o lo poco conocido y el resto del país lo pueda considerar como patrimonio propio. ¿Qué tanto se puede respetar la identidad voluntaria de los pueblos?

Si compleja y llena de contradicciones es la definición de la cultura, ¿cómo podremos ponernos de acuerdo en lo que significa una región cultural?, y menos ahora que las fronteras se desdibujan; pero, sin duda, no es lo mismo la costa que la montaña, ni los valles altos rodeados de bosques fríos que las sabanas pobladas de palmeras o las selvas tropicales y lluviosas. Es la geografía la que primero imprime sus características a las personas que habitan su entorno. Luego vienen las influencias, el modo y los “asegunes” que van transformando la identidad, multiplicándola y definiéndola como propia.

En la recuperación de la historia de la cultura en México no puede olvidarse el papel que han jugado los medios de comunicación, y en particular la radio. A través de las ondas hertzianas se han popularizado canciones que han sido cantadas en muchos rincones de la república y muchas imprimieron identidad a la personalidad del mexicano. El tránsito de la canción a través de la radio es impredecible, y a veces una frase de una canción nos trae un recuerdo y un sentimiento. Por ejemplo, algunas canciones que estuvieron en boca de nuestros abuelos, y de nosotros, canciones mexicanas constructoras de nuestra identidad: “Camino de Guanajuato”, donde la vida no vale nada, o “El Caminante del Mayab”, de sentimiento profundo; “Caminito de Contreras” ya nunca será el mismo, si se piensa que para llegar a él hay que tomar Periférico; el romanticismo mexicano expresado en “Caminos de ayer/ pasado de un romance que fue…”, o la terriblemente doble disyuntiva de “Cuatro caminos hay en mi vida”. Así como las canciones al camino están las canciones a la tierra, al cielo, al mar, a las veredas, a las flores, a los árboles, a los acontecimientos históricos, como los corridos, muchas descriptivas y de añoranza. También las canciones son regionales. Estas canciones han ido construyendo lo que podría llamarse la sensibilidad de una identidad mexicana, que se establece en el espacio real, en el tiempo y en la psicología de lo mexicano.

Muchas de estas canciones populares se han vuelto himnos de la mexicanidad, en México y en el extranjero: “Qué lejos estoy del cielo donde he nacido”; en el mundo campirano, la radio acompaña la labor; en el mundo indígena, las rancheras también han sido bien recibidas, sobre todo por los jóvenes. Hay otras comunidades donde no ha sido posible el reconocimiento de la canción mexicana en español porque no se habla la lengua hispana. Los diez millones de personas que forman parte de la diversidad india de México participan de múltiplos identidades, pero no se puede señalar a ciencia cierta dónde se encuentran sus fronteras identatarias, a veces están bien definidas y otras no, pero siempre imprimen su peculiaridad en la regionalización.

Conclusiones
Regionalizar la cultura puede considerarse una práctica arbitraria que tendría valor si, se atendiera con ello la demanda surgida en pueblos que consideraran la necesidad de rescatar, revalorizar o mantener vivas sus culturas, artes y tradiciones, en fin, su forma de ser para trasmitirla a sus descendientes; pero esta demanda no puede ser establecida desde afuera, tiene que surgir desde adentro o cuando menos expresar un intercambio de opiniones.
Difícil elemento el que se activa con la regionalización como categoría de análisis o como instrumento de fomento y difusión, porque puede confundirse el porqué con el para qué. En todo lo que es cultura, las palabras para describir la acción del Estado se vuelven difíciles y se escogen con cuidado, casi diría que con pinzas, para no herir susceptibilidades. Porque la razón de la cultura y el arte están envueltas en una capa de gran sensibilidad y cualquier intromisión del Estado, así sea de buena fe y voluntad, podría leerse como una acción por medio de la cual se coarta la libertad o se trata de forzar o de imponer una verdad.

Las emociones que habitan en nuestra identidad mexicana emergen de un sentimiento de pertenencia a un paisaje y a una historia. Cuando se quiere definir lo mexicano, no cabe duda que se encuentran múltiples y a veces hasta contradictorias formas de hacerlo, pero cada día es más claro que la cultura mexicana, definida como parte de un territorio reconocido dentro de una región geopolítica, esta vinculada a un mundo de fronteras volátiles y virtuales.

Ahora parecería que hablar de una región cultural étnica, en un contexto global en México, es configurar una cadena de significados y grupos de expresión populares que habían sido intencionalmente negados por no pertenecer a la idea occidental de “lo bello y sus formas”, pero este nuevo reconocimiento de identidad puede ser un hallazgo en el camino que nos enriquezca.

 

(*) Texto publicado anteriormente en la revista Regiones de México, Año 1, núm. 2, octubre de 2002. Conaculta.


 

Artículo completo en formato PDF (v.5.1.1):

 

Revista # 5 en formato PDF (v.5.1.1):

 

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