HISTORIA DE UN FANDANGO

La Manta y La Raya # 0                                                                                         octubre 2015


Natse Rojas

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Llega la música, andando

 

02 Historia de un fandango ch ch

Van llegando de a poco

03 Historia de un fandango med-ch ch

La tarima empieza a escuchar

 

04 Historia de un fandango ch ch

Las cocineras ya sonríen

 

05 Historia de un fandango ch ch

Ya se viste la mesa

 

06 Historia de un fandango ch ch

Compartimos la sonrisa y el arte

 

07 Historia de un fandango ch ch

Afinamos la mirada

 

08 Historia de un fandango ch ch

Baila el fuego de la noche

 

09 Historia de un fandango ch ch

Vamos quedando pocos… e invocamos al amanecer.

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La guitarra de son del sotavento mexicano

  Organología de una familia de instrumentos                   de cuerda punteada.

Francisco García Ranz

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La guitarra de son es uno de los instrumentos fundamentales de la organología popular del Sotavento mexicano (Veracruz, Oaxaca y Tabasco). Propia de la cultura jarocha y emparentada con los primeros instrumentos de púa llegados en el XVI a la Nueva España y con la evolución de éstos en los siglos posteriores, la guitarra de son en su forma genérica se conoce tradicionalmente en una amplia variedad de formas, nombres y tamaños que se distribuyen por las diferentes regiones que integran al Sotavento, a saber, las grandes regiones del Papaloapan, los Tuxtlas y del Coatzacoalcos. Las distintas guitarras conforman una familia completa de instrumentos de cuerda punteada notablemente diversa, original y de amplia tesitura en su conjunto. Hasta la fecha la clasificación general de esta familia ha sido parcial o incompleta. En este trabajo se presenta una descripción organológica detallada de este cordófono junto con una clasificación general de la gran familia, o familias, que las diferentes guitarras forman en todas sus variedades regionales.

Ponencia presentada en el V Foro Internacional de Música Tradicional, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2009, México D. F.

Ponencia en formato PDF:

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La Manta y La Raya / PDF

La Manta y La Raya # 5                                                                    julio  2017


 

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La Manta y La Raya # 4                                                                              marzo  2017


 

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La Manta y La Raya # 3                                                                              octubre 2016


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La Manta y La Raya # 2                                                                              febrero 2016


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La Manta y La Raya # 1                                                                                           febrero 2016


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La Manta y La Raya # 0                                                                                          octubre 2015


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Recuerdos de don Neftalí Rodríguez Hernández

La Manta y La Raya # 0                                                                                       octubre 2015


José Cobos Rodríguez

Fragmentos de una entrevista realizada en diciembre de 1997 en   Carlos A. Carrillo, Cosamaloapan, Ver. por Francisco García Ranz.

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Foto: Francisco García Ranz

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Don José Cobos Rodríguez nació en el rancho El Huaracán, Mpio de Villa Azueta, el 26 de noviembre de 1932. Campesino de toda la vida. Su padre, Rubén Cobos Castro también campesino, tocaba la guitarra de son (por cuarta bandola).

Recuerda don José de su padre, –tocaba suavemente, muy lento… muy bajo de a tiro. No salía a fandangos sin embargo tocaba en las fiestas de la señora Santana,… ahí iban cargando la tarima, hasta los músicos cargaban… tocaban ahí música muy pausada. También salía a tocar Las Pascuas, Naranjas y Limas.

Don José empezó a agarrar primero la jarana y después la guitarra a la edad de 35 años. Nadie le enseñó a tocar propiamente, pero aprendió a la sombra de don Talí, su tío, hermano de su madre Abigail Rodríguez Hernández. Don Talí, como lo describe don José, era una persona de mucho respeto, –un hombre tan regido. No le gustaba que uno saliera a echarse una copa; lo traía a uno cortito. Decía don Talí –una copa solo, para que el cuerpo agarre ánimo.

Cuenta don José, –don Talí me quiso mucho, me daba muchos consejos; un hombre honesto, bueno, parcial. En una ocasión, cuando don José estaba intentando aprender la guitarra de canción, don Talí le dijo:

– Oye, eso por favor lo vas a ir abandonando.
– ¿Por qué tío?
– Porque vas a ser candil de la calle.
– Pero… ¿por qué tío?
– Porque con una lira vas a tener amigos que te van a venir a buscar, te vas a ir, vas a amanecer, vas a anochecer y voy a tener muchos problemas. Porque sí vas a aprender, … ya te ví que vas a aprender. Dedícate a la guitarra (de son), eso es
lo que tienes que hacer… para que salgas conmigo a tocar.

Don Talí tenía dos guitarras y tres jaranas, –con él nos íbamos a tocar Benjamín -hermano de don José-, Mario Rodríguez, el único de los muchos hijos que tuvo don Talí que sí aprendió a tocar, y yo. Acostumbrábamos a tocar de vez en cuando en las noches después de cenar, entre 8 y 11 de la noche. Don Talí vivía en La Pita enfrente de Pueblo Nuevo y separados por el río Tesechoacán. El conjunto que formabamos se llamaba Flor de caña de Las Pitas. No cantábamos. Eso fue toda la vida y nos decían: ¿por qué no se buscan un cantador?
– Íbamos a tocar a ranchos cercanos: Manzanilla, La Laguna, Juan García, La Herradura… algunas veces llegabamos hasta Tesechoacán. A los huapangos don Talí iba con guitarra y nosotros tres con las jaranas de don Talí. Había que tocarle recio y … abreviarle. Decía don Talí –quiero que me arrastren. Le gustaba que lo arrastraran. Pero qué lo iba uno a arrastrar!

–Sólo íbamos con una guitarra pues don Talí decía: con mi guitarra tengo para dar y prestar. Siempre se nos respetó en los fandangos y lugares donde ibamos a tocar, nunca nos dijeron una mala palabra.

–Don Talí también tocaba con un tal Coco Fernández que tocaba la jarana (¿de Tenejapa?). Tenía muchos amigos, muchos compadres. Salía a tocar a Pueblo Nuevo a Las Fiestas de Mayo, a Carrillo, a Cosamaloapan, a Isla, ahí al Pretil donde tenía un compadre; iba a tocar a su cumpleaños, demoraba dos o tres días.

Recuerda don José la ocasión en que José Adauto Gutiérrez le pidió a don Talí que le tocara tres sones en la cantina grande de Tlacotalpan, ahí a la barra.

–Empezamos tocando El siquisirí; Mario, don Talí y yo. Nos ofrecieron de tomar desde un principio, pero don Talí no quiso aceptar. Se apilaron ahí varios amigos de José Adauto y después del primer son llegó un señor que le metió 50 pesos a la bolsa de don Talí!… Y don Talí sorprendido le respondió de inmediato:
– ¡Uta, no! Yo no le cobro a nadie! –Y le devuelve el billete– .
– Bueno entonces ¿qué se toma don Talí? –le dijo aquel señor–,
– Bueno, –dijo don Talí–, nomás vamos a tomarnos una.
Y una copa sólo se tomó.

Don José también recuerda cuando fueron premiados en el Concurso de Jaraneros de Tlacotalpan de 1980: –Había muy buenos grupos, pero fue por nuestro modo de tocar muy acoplado… en una altura… (don José se queda en silencio buscando adjetivos apropiados), demasiado… recio… en fin, muy bien requinteado por lo que nos dieron el 2º lugar.

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Foto: Arturo Talavera

 

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Sobre violines, fídulas y rabeles

La Manta y La Raya # 0                                                                                          octubre 2015


Francisco García Ranz

Nómada estepa

Primera parte

Documento en formato PDF:

 

Antes de hablar de los primeros instrumentos de cuerda frotada que llegaron a Europa en la Edad Media, –un tipo de rabel por Bizancio (Constantinopla) y el rabé morisco por al-Ándalus (Córdoba)–, es conveniente revisar, no solamente los antecesores inmediatos de estos dos instrumentos, sino también la aparición del arco de frotación de pelo de caballo ocurrida dos siglos antes y la gran repercusión que este descubrimiento tuvo en la música e instrumentario de la época. Este tipo de arco de frotación se propagó, en el lapso de un siglo a todos los rincones de Asia, Europa y norte de África.

La ‘nueva’ técnica de atacar y hacer vibrar las cuerdas, ya no punteadas con plectro o con los dedos, sino por frotación y así producir notas vibrantes de larga duración, continuas, ligadas,… ; fue un acontecimiento musical trascendental. Nuevos instrumentos de cuerda frotada, ahora de arco de pelo de caballo, surgen y se diversifican dentro del instrumentario de muchas culturas y pueblos del mundo ‘conocido’, precisamente a partir de los siglos X y XI.

Varios cordófonos de punteo de la época –que llamaré de manera genérica laúdes– pasaron, con algunas modificaciones y cambios morfológicos, a tocarse con arco de pelo. Esta tendencia fue común en muchas culturas musicales de Asia, Europa y norte de África. En particular, el nacimiento y posterior evolución de los diferentes cordófonos de frotación en Europa está estrechamente vinculado con la historia y el desarrollo paralelo de las familias de laúdes europeos de punteo de brazo corto. Pero de eso hablaremos más adelante.

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Encuentro, por otra parte, que gran parte de la literatura consultada sobre estos temas por lo general es incompleta, confusa o está mal documentada. Ésta fue una de las motivaciones más para escribir este ensayo. Habrá que reconocer sin embargo que la organología medieval es un campo delicado, a veces polémico y que encierra aún varias incógnitas. Sirva pues este destilado fino y breve sobre el tema, incluido el repaso de historia y geografía, para establecer una base o referencia para posteriores discusiones y exposiciones sobre éste u otros temas relacionados.

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ANEXOS

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VIDEOS 

Ravanahatha del noroeste de la India (Rajastán)             

Rajasthani man playing ‘ravanahatha’ at Jaisalmer Fort, Rajasthan    [https://www.youtube.com/watch?v=fjtypyb0ptk]

 

Ravanhatta played by a Rajasthani Folk Musician near Jodhpur  [https://www.youtube.com/watch?v=hRUW0IF-emc]

El erhu es considerado el “violín chino”.                                              

Philippine Cultural College Chinese Orchestra  [https://www.youtube.com/watch?v=UAYiOItnVkY]

Chinese music : Guo Gan – Butterfly Lovers 梁祝 (ErHu Concerto)   [https://www.youtube.com/watch?v=sOuPpyuqcOE]

 

Rababa de Egipto (Norte de Africa).

SAIIDI MUSICIAN playing on RABABA

[https://www.youtube.com/watch?v=xIB7rqnnCho]

Egypt, The Locals: Street Musicians            [https://www.youtube.com/watch?v=jx10yERKNtY]

 

Rababa de los beduinos (Arabia Saudita, Jordania, Siria).  

Petra Bedouin singing and playing the Rababa! [https://www.youtube.com/watch?v=sWqtD-eP2DU]

 

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Aquí estamos todavía

La Manta y La Raya # 0                                                                                        octubre 2015


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La supervivencia del violín en el Son Jarocho
Grabaciones de campo, entrevistas y textos: Alex Dempster

intérpretes

Fidel Domínguez Cerro del Vigía
Ignacio Bustamante Buenos Aires Texalpan
Santos Xolo Los Méridas
Rodolfo Cóbix Texcaltitan
Pascual Mozo San Isidro

ANONA MUSIC 2007

Artículo en formato PDF:

 

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Ignacio Bustamante
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Santos Escribano
Rodolfo Cobix, de Texcaltitan
Rodolfo Cóbix
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Pascual Mozo

 

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Alec Dempster

 

 

 

 

 

 

 

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Reflexiones sobre el Encuentro de Jaraneros

La Manta y La Raya # 0                                                                                      octubre 2015


Arq. Humberto Aguirre Tinoco
Fundador del Encuentro de Jaraneros en Tlacotalpan y
gran impulsor del son jarocho

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Foto: Mariana Yampolsky
De una serie de entrevistas hechas por Honorio Robledo y                             Javier Amaro al Maestro Aguirre Tinoco.                                                                                                              

Artículo en formato PDF: 

Cuando yo era pequeño recuerdo el repiqueteo del son en la “duermevela”, mientras me iba quedando dormido resonaba la música que se tocaba en la plaza de armas y con ella me adormecía. Fui creciendo y mi vida estuvo siempre envuelta en la efervescencia del son. Con ello me impregné y es parte medular de mi existencia. El son, para mí, es un tónico que te nutre al escucharlo y el bailarlo te llena de vitalidad.

En mis recuerdos de infancia quedó intensamente grabado el primer fandango al que asistí con mi familia. Fuimos invitados par un sacerdote que iba a bendecir las propiedades que un ganadero había comprado por el Tesechoacán y nos fuimos en una lancha río arriba.

Acá, en Tlacotalpan, todo es claro; el llano es amplio, sin escon-drijos, y el río es ancho, pero remontar las aguas azulencas del Tesechoacán fue una prodigiosa experiencia a mis ojos de niño, pues el río se iba encajonando entre unos murallones. En aquellos tiempos los ríos tenían sus aguas con tonos verdes o azules, pues no había toda esa tala inclemente que provoca que las aguas bajen azolvadas, ni había contaminación. En las orillas del barranco crecían árboles altísimos, cuyas frondas se entreveraban en lo alto oscureciendo el trayecto, donde gritaban y correteaban los monos, los loros y las iguanas.

Ya ese viaje era una maravilla. Así llegamos al caserío, donde celebraron la misa en una explanada alta, para resguardarse de las crecidas. Yo era muy chico y me quedé dormido. Desperté al anochecer. Ya mucha de la gente se había regresado a Tlacotalpan, pero nosotros nos quedamos y ahí experimenté una de las cosas más bellas e impresionantes de mi vida, pues lo primero que escuché fue el retumbar de la tarima a lo lejos.

Hay un momento al anochecer al que le llaman “conticinio”; es un tiempo de oscuridad por ahí por la media noche, en donde en el campo se hace un silencio total; los animales y las bestias callan. Los bichos enmudecen; nada se mueve y hasta el viento deja de soplar. En ese momento es cuando el retumbar de la tarima llenaba la noche entera.

Yo me acerqué siguiendo la luz de las candilejas que iluminaban el fandango en una colina. Las candilejas eran una especie de tejas colocadas a buena altura, porque no había electricidad. Las candilejas, con esa luz amarillenta e inestable, iluminaban a los participantes del fandango. La mayoría eran cañeros y campesinos, pero estaban todos renegridos por la zafra, así que, a la luz de las candilejas, las facciones se convertían en algo tremendamente espectral, pero al mismo tiempo con una enorme vitalidad, entre ese juego de luces y sombras desvanecidas con la noche invadida de son jarocho. Las sombras devastadas de las fandangueras se proyectaban y se mezclaban en la pendiente de la colina, en un espectáculo silencioso, siempre cambiante. Yo permanecí extasiado durante horas, hasta que llegaron a buscarme pensando que me había perdido…

La tarima es el centro de la fiesta primordial… el fandango. Antiguamente le ponían debajo cascabeles y unos platillitos de metal, así que al taconeo los platillos vibraban y se estremecían, dándole unas sonoridades que ahora muy poca gente ha experimentado. Ya esa usanza se ha perdido o ya casi nadie la sabe.

En general los músicos empezaban a florear la tarima con los sones, calentándola, y entonces entraban las bailadoras experimentadas que, a veces, hasta eran pagadas para animar el fandango. Así, poco a poco, se iban incorporando las jóvenes, imitando pasos y las mudanzas de las mayores. En Tlacotalpan, el fandango era una fiesta popular, pues muy pocas señoritas de “buena familia” se incorporaban a los fandangos de los barrios, aunque, por supuesto, casi todas sabían bailar y versar. Para mí, desde mi experiencia y mi niñez en Tlacotalpan, el jarocho es la mezcla de los españoles con los africanos. De España vienen las guitarras y las formas de la danza. Los indígenas tenían otros rituales, estaban asentados en otras regiones, lejos; solamente aparecían para vender sus productos en las ferias. Para acá dominaba otra mezcla; la presencia europea y africana son las más acentuadas.

Plaza Doña Marta
Había un jardincito que cuidaba Doña Marta Tejedor. Era un jardín de traza muy antigua. Durante la etapa colonia se llamaba Plateros, ya después su nombre oficial fue Parque Matamoros. Esa señora lo cuidaba y se esmeraba en mantenerlo. La gente, correspondiendo a sus esfuerzos le dejó su nombre al parque: Doña Marta, sin hache, tal como viene en la Biblia.

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Foto: Valeria Prieto

En el año 1969, hubo una gran inundación en la cuenca del río Papaloapan. En Tlacotalpan el agua subió hasta metro y medio. Después de la inundación yo hice una campaña en México para recabar fondos para los damnificados: organicé Noches Jarochas, entre otros muchos eventos. Logré reunir $30,000.00 (treinta mil) pesos de aquella época, además de montones de víveres y ropa. Pero en eso salió una resolución presidencial que impedía y desalentaba todas las iniciativas sociales para ayudar a los damnificados. Claro, estaba muy fresco el 68 y no querían participación de las organizaciones populares ni de la sociedad civil. Pero, con todo era nuestro pueblo y eran nuestros paisanos: teníamos la obligación de ayudar.

Cuando yo llegué a Tlacotalpan con el dinero, todo el mundo me solicitaba esos fondos. Algunos ediles me pedían el dinero para hacer un drenaje en el campo de futbol, otros para poner las bancas en el campo de béisbol, puras obras para quedar bien, pero nada en verdad sustancial. Entonces, para que no me acusaran de robarme el dinero comencé los tratos con los dueños de la plazuela Doña Marta, (para entonces ya había alguien interesado en comprar el terreno para poner unas bodegas de muebles. ¡Fue un milagro que no se le haya vendido!). Y bueno, como estaba en desnivel, con la inundación la plaza quedó convertida en un chaquistal.

De la velocidad del son
Por ahí de 1968, por las calles de Puente de Alvarado había unas cantinas donde a veces llegaban a tocar grupos de son jarocho. Algunos de los músicos que ahí tocaban eran unos borrachales. Los sones los interpretaban con ese estilo rápido, alvaradeño. Reflexionando sobre ese estilo veloz y escuchando las viejas grabaciones llegué a la conclusión de que aquellas primeras versiones, hechas en los años veinte, alteraron la manera tradicional de interpretar el son jarocho. La música jarocha la empezaron a grabar en los Estados Unidos los tlalixcoyanos.

Yo encontré unos discos que pertenecieron a mi padre, grabados por ahí de 1920, se trata de esos discos pesados, de bakelita, que tienen la grabación de un solo lado. Al escucharlos me di cuenta de que ya comenzaba a sonar el estilo rápido; esa manera vertiginosa y preciosista de interpretar el son, que después se haría moda. Me parece que los aparatos de reproducción, las victrolas, “aceleraban” la manera de tocar. Yo creo que los grupos compraron esos discos y pensaron que ese estilo era un mejoramiento, un paso dentro de la evolución del son tradicional. Pero he llegado a pensar que no era por que así lo habían grabado, sino que, tanto las máquinas de grabar y los aparatos de reproducción, aceleraban la música, pues por todas estas regiones donde se tocaba el son lo hacían con un estilo bastante más reposado.

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Sigo creyendo que los grupos que escucharon esas grabaciones pensaron que esa velocidad era una evolución del son y continuaron con la tarea de acelerarlo, especialmente los grupos alvaradeños.

Sobre el Encuentro de Jaraneros
Fue en la Casa de la Cultura donde nació el Encuentro de jaraneros. El Negro Ojeda era un cantante muy reconocido desde la época de las peñas. Su madre es Tlacotalpeña, así que el doctor Ojeda llegaba con la familia cada vez que podía escaparse de la ciudad, por ello, desde siempre, “El Negro” fue un personaje aceptado.

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Foto: Bulmaro Bazaldua

En aquella época, yo dirigía la Casa de la Cultura de Tlacotalpan y en cierta ocasión me dijo el Negro que él tenía la posibilidad de traer gente de la Ciudad de México a grabar un programa sobre Agustín Lara, para trasmitirse en Radio Educación. Me pidió que yo reuniese en la tertulia a músicos y amantes de las canciones de Lara para evocar esa época nostálgica.En aquellos míticos años sólo había dos radios en Tlacotalpan, así que los radioescuchas y los músicos se iban a cualquiera de las dos casas para escuchar las canciones que Lara estaba estrenando en su programa. Al terminar la transmisión, los jóvenes se iban al parque y, entre todos, armonizaban las canciones que habían escuchado y se iban por el pueblo, ofreciendo serenatas.

En Tlacotalpan existía una tertulia que se encargaba de mantener esas reuniones en honor al “Flaco” Lara. Ya con la propuesta de Radio Educación yo me encargué de reunir a los músicos, a los poetas y a los declamadores e hicimos una transmisión. La grabación quedó muy hermosa, tanto que al año siguiente decidieron repetirla. Pero para ese entonces la tertulia larista estaba en extinción, porque muchos de los participantes se habían ido o habían emigrado. Así que yo me apoyé en el grupo de Andrés Aguirre “Bizcola”, que era el grupo oficial de la Casa de la Cultura, para amenizar la programación. (“Bizcola”, con el grupo “Papaloapan”, realizó una de las primeras grabaciones del “movimiento jaranero”). Ellos, desde el primer programa, estaban listos a participar, pero como se acabó el tiempo al aire, se quedaron con las ganas. De ese modo, para el nuevo programa, yo me encargué de contactar a muchos otros grupos más de la región, para que viniesen a participar al encuentro.

Para esas fechas yo ya había estado trabajando sobre la idea de que la sierra baja de Oaxaca, sobre todo Tuxtepec, era parte integral de la cultura veracruzana. En su momento eso significo una verdadera osadía, pues casi nadie se permitía la idea de que Oaxaca también tuviese una raíz jarocha o sotaventina. Ahora ya es una cosa plenamente comprobada y ya hay un Festival del Golfo y del Sotavento, pero en aquella época no había ningún puente. Eso lo digo porque, en gran medida, Tuxtepec fue apuntalada por muchas familias y personas que emigraron de la cuenca, por ello es que está muy emparentada.

Bueno, me fui a buscar a los grupos de esas regiones para incorporar-los a la nueva programación, pues se dejó de lado el programa larista para dedicarnos exclusivamente al son jarocho, estableciendo el primer concurso. Fue ahí donde entró El Colegio de México y se definió también el lugar donde ahora se realiza: La Plaza Doña Marta.

Es importante mencionar, a manera de acotación, que en un principio, los concursos se celebraban en el Parque Juárez, pero los dueños de las casas del frente, donde se realizaba el certamen, se quejaban de que había mucho ruido y mucha bulla. Entonces yo determiné llevarme el fandango a la Plaza de Doña Marta. Así, teniendo ya el evento frente a mi casa, no le estorbaba a nadie; así fue como se instituyó también el primer paso para el desarrollo del son moderno.

Desde muchos años atrás venían celebrándose los concursos de jaraneros y de bailadores; las sedes principales eran Alvarado, San Andrés Tuxtla y Tlacotalpan. Pero, por quién sabe qué misterio, los ganadores eran siempre del lugar donde se realizaba el concurso, puesto que los jueces o sinodales eran de esa región. Me di cuenta que la única manera para realmente resolver ese conflicto era invitar un jurado capacitado e imparcial que no tuviera compromisos con las regiones ni con los concursantes. Entonces, para evitar inclinaciones regionales, decidí convocar a un al primer Encuentro de Jaraneros y como yo conocía a muchos grupos, y a muchos ancianos de la región, los invité y casi todos llegaron. Yo los alojé en mi casa y cuando subían a su presentación en el foro, se les daba cincuenta pesos. Esa cantidad era suficiente para que comieran bien en el día y hasta les sobraba algo para su pasaje, puesto que no gastaban en alojamiento. Había que pensar que muchos de ellos eran jornaleros y que no podían dejar su trabajo nada más por venir a Tlacotalpan y encima, tener que gastar, cosa que creo que sucede en la actualidad, por eso creo que ya muy pocos viejos se aparecen por el encuentro.

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Acerca del uso del pandero y del arpa hay muchos testimonios   muy antiguos…
Ya el arpa aparece en los escritos bíblicos y el pandero aparece con el nombre de “adufe”, así que esos instrumentos, al llegar a Sotavento, ya tenían larga trayectoria. Tengo una anécdota al respecto: cuando yo dirigía la Casa de la Cultura llegó una delegación celta de Irlanda a tomar clases de arpa, pues el arpa celta estaba ya casi perdida, así que llegaron a Tlacotalpan con la firme intención de recuperar esa tradición en los cursos que ofrecíamos. Ahora hay muchos grupos que tocan arpa celta, pero mucho de esa tradición la recuperaron por acá.

Bueno, durante la realización del primer concurso, algunos sinodales de El Colegio de México descalificaron al pandero, argumentando que ese instrumento no pertenecía al repertorio tradicional. ¡Pero por supuesto que sí lo es!: En mi infancia, en la navidad, íbamos de casa en casa tocando La Rama con los panderos.

Al terminar la letanía los músicos arrancaban una fuga del son de El Zapateado o de La Bamba, acompañados con los panderos y no era nada extraño escuchar el pandero en los fandangos de barrio. Después de esa experiencia, un tanto arbitraria, de que el jurado descalificó el pandero, discurrí que eso de calificar grupos o instrumentos era una tarea imposible y bastante injusta, pues en cada región del sotavento hay muchos estilos y muchos instrumentos que no se pueden poner en competencia y por ello decidí hacerlo desde entonces un encuentro, para que cada quien mostrase el estilo que había heredado de sus abuelos. Por ejemplo, los de Soteapan no usan tarima y, a veces, ni siquiera zapatos; nomás tallan el piso. ¿De qué manera se podrían calificar? No hay modo; es una tradición completamente diferente. Sobre esto escribí un texto en la revista Tierra Adentro, describiendo los diversos estilos que conocí en mis andanzas. Cada región tiene su tesitura, su costumbre y sus tradiciones; todos los estilos son verdaderos, fuertes y diferentes.

Durante mi estadía en la dirección de la Casa de la Cultura me ofrecieron un trabajo muy interesante y me fui a trabajar algunos años a Orizaba y a Veracruz, estableciendo la Pinacoteca de Orizaba. Yo rescaté a los únicos pintores mexicanos que han pintado el mar: los jarochos le tenían terror al mar, puesto que por ahí les llegaban los filibusteros y las epidemias. También llevé a los pintores talentosos a varias exposiciones a la ciudad de México, donde se confirmó la tradición de los pintores ingenuos, con Nacho Canela a la cabeza y, de paso, impulsé el reconocimiento de los muebleros, quienes comenzaron a realizar copias de los muebles que aparecían en los cuadros de los pintores antiguos.

Cuando volví a Tlacotalpan ya no tuve ningún nexo con la Casa de Cultura ni con la organización del encuentro que, desde entonces, ha quedado en manos de una asociación civil. Las nuevas corrientes del son me gustan y veo con agrado que hay mucha soltura y mucho desarrollo en las nuevas generaciones. Veo a los hijos y los nietos de los personajes que conocí, que tienen muy buenas ideas y están desarrollando cosas preciosas y claro, eso me da gusto puesto
que, de alguna manera, todo viene de esa idea que yo fundé y promoví. Todo este movimiento es resultado de esos primeros encuentros.

Ahora el son tiene rumbos muy hermosos y unas posibilidades enormes; veo muchas propuestas y muchas jóvenes que están proponiendo y haciendo un tipo de son muy fresco, sin dejar de lado la tradición. ¡Felicidades!

                Génesis del libro sones de la tierra y                                                    cantares jarochos                                       El primer libro del  son jarocho contemporáneo

Cuando estaba estudiando arquitectura en la Ciudad de México me iba a la biblioteca y al archivo a buscar datos sobre la región y ahí encontré los versos del “Chuchumbé”, y fueron los que publiqué en mi libro. Ahora ya hasta compusieron un son, tomando como base esos testimonios. También encontré otros, que ahí están, esperando que alguien venga a retomarlos para investigar sus orígenes y su música.

Yo regresé a Tlacotalpan, en la época en que la canción latinoamericana estaba poniéndose de moda, tras los golpes militares en Sudamérica. El arpa paraguaya sonaba en todas partes, grandes compositores y cantores, como Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Bola de Nieve, etcétera, eran la moda en ciertas ambientes.

Acá el son jarocho se había opacado, el fandango había desaparecido en muchos pueblos. Entonces, retomando mis experiencias, me dio por juntar los versos y los sones que siempre habían estado presentes en mi niñez y los fui recopilando, a manera de rescate y de testimonio, ya con una incipiente idea de conformar un libro. Entrevisté a muchos ancianos que no hablaban ya del son jarocho porque de plano ya no tenían con quién compartir esa experiencia. Ellos me dieron todos los textos y todos los versos.

Mañana me voy para Veracruz
a ver a mi china María de la Luz.
Mañana me voy como lo verán
a vuelta de viaje me las pagarán.

Son versitos sencillos, pero llenos de sentido para los ancianos que los habían tenido como flores para cortejar y para enamorar. O las coplas pícaras y festivas. Toda esa magnífica poesía.

Entrevisté a una gran cantidad de ancianos y de ellos recopilé todas las décimas y los versos que aparecen en este libro. Fue una labor que me llevó muchos años y muchos kilómetros, aparte de kilómetros de lecturas en bibliotecas, en periódicos polvorientos y en revistas apelmazadas por musgo. Muchas veces me despertaba en la madrugada con una deducción interesante o con una nueva pista.

En el momento en que comencé la investigación para mi libro nadie se preocupaba del son jarocho y nadie andaba por esas regiones entrevistando a los ancianos. Llegaba con mi grabadora y como ya me conocían, me platicaban todas sus aventuras, sus desventuras y sus versadas, pues muchos ya no tenían a quién trasmitirles ese legado y les daba mucho gusto que alguien se tomara el trabajo de ir hasta sus comunidades para visitarlos con el afán de conservar o revivir sus tradiciones. A pesar de que muchos de ellos no sabían escribir, me explicaron y me enseñaron muchas cosas, aparte del son. Yo aprendí muchísimo y de una gran variedad de temas.

El libro lo comencé en 1968 y lo vine a terminar hasta 1976. Lo anduve promoviendo, circulando y recibiendo también rechazos un montón de años. En esas tiempos lo que imperaba era la música sudamericana. En lo que respecta al son jarocho, las versiones que se conocían eran sólo las de Lino Chávez y de Los Huesca, que ya tenían mucho tiempo de estar siendo machacadas por los ballets folclóricos y por las escuelas, sin ninguna novedad ni cambios interesantes. De modo que, en esos tiempos, un libro testimonial como este, que es un documento de rescate del son jarocho, no tenía interés comercial para ninguna editorial. De ese modo anduve recorriendo editores, hasta que la editorial Premia tuvo interés en publicarlo. Esa editorial me dio unos cuantos ejemplares. Pero a pesar de que mi libro lo exhibían, tenía muy poca atracción sobre los compradores. En esos años no había el interés que ahora se ha formado en torno al son y yo creo que el libro, en gran parte, ha de haber terminado en algún remate. De todos modos, las escasas regalías que me dieron las invertí en comprar mi propio libro.

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Después el instituto Veracruzano de la Cultura retomó el libro y sacó la segunda edición. Me parece que tuvo una mejor difusión, pero para mí fue una experiencia insatisfactoria, puesto que yo participé en los gastos de la edición, pero al final, solamente me dieron treinta libros, por lo que cada libro me costó unos trescientos pesos y encima de todo, yo tenía que ir a comprar mis propios libros

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No se cómo se manejaría la distribución, porque de pronto ya no encontré el libro por ningún lado. Tiempo después, corrió el rumor de que el libro lo estaban rematando por kilo en el mercado de La Lagunilla, en la ciudad de México.

Cuando me quedé con el paquete del Encuentro, Radio Educación se convirtió en la radiodifusora oficial para transmitirlo. Así se consolidó el apoyo para invitar a muchos grupos para darle forma y fuerza al evento. Ahí fue cuando comenzaron a participar esos grandes soneros como Rutilo (Parroquín), (Francisco) Montoro, don Talí (Neftalí Rodríguez), (Andrés Aguirre) “Bizcola”, Don Julián (Cruz). Todos ellos ya estaban inscritos en mi libro con sus versadas. Pero también llegaron soneros legendarios, como Don Lauriani, que hacia temblar la tierra a su paso, o don Juan, el jaranero más viejo de todos, que seguía bailando y sonando a sus 115 años. O como don José Luis Muñoz y muchos otros que me permitieron publicar todo ese gran y hermoso legado que conforma el libro Sones de la Tierra.
Ellos me ofrecieron lo mejor de sus versos y el mejor de sus recuerdos tan sólo por el gusto de la amistad. Yo hubiera querido que se hubieran visto incluidos en el libro. La desdicha es que cuando éste apareció, muchos de ellos ya habían muerto, pues, como ya comenté, pasaron 15 años para poder publicarlo y ya no alcancé a corresponderles con ese mínimo homenaje. De todos modos, esta nueva edición la dedico a todos aquellos grandes poetas y decimeros que me ayudaron a conformarlo y también lo dedico a las nuevas generaciones de soneros que actualmente vibran el resurgimiento del son jarocho en todas las latitudes hasta donde lo están haciendo llegar.

Humberto Aguirre Tinoco
Tlacotalpan, Veracruz, 2002-2004

 

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Lo popular ¿vuelto moda?

La Manta y La Raya # 0                                                                                          octubre 2015


 Alvaro Alcántara López

Reflexiones en torno a la emergencia de lo popular y                                      las culturas populares *

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Foto: Natse Rojas

Artículo en formato PDF:

Durante los últimos veinte años las regiones culturales han sido un tema a debate, tanto en la esfera político-social como en los espacios académicos. Hasta finales de los años setentas las políticas culturales del mundo estaban más orientadas a la construcción y consolidación de las ´identidades nacionales´ y al borramiento / ocultación de las diferencias de raza, etnia, lengua o territorio, bajo el aparente consenso de un “ser nacional” al que se colocaba por encima de cualquier tipo de diferencia entre los habitantes de un país. Los estruendosos fracasos de estos proyectos, visibles en las reivindicaciones ideológicas de los movimientos separatistas a lo largo y ancho del mundo demostraron que a pesar de décadas y décadas de adoctrinamiento nacional, las identidades regionales no sólo continuaban vigentes sino que demandaban su libre derecho a expresar y fortalecer sus respectivas matrices culturales. Fue a partir de las décadas de los años ochentas cuando la difusión de nuevas ideas en torno a la tolerancia y diálogo, la dimensión inmaterial del patrimonio o el respeto a la alteridad y reconocimiento de formas culturales alternas a la cultura ´occidental´ empiezan a influenciar el diseño de las políticas institucionales, dando origen a la creación de proyectos y programas para conservar, impulsar y mantener activas formas culturales alternas a los modelos seguidos hasta ese entonces.

Dentro de estas tendencias México no fue la excepción. Las políticas culturales de las adminstraciones gubernamentales posteriores a la revolución mexicana se dieron a la tarea de construir un dicurso nacionalista que diera cuenta fehaciente de esa ´unidad de lo diverso´ que era la nación mexicana. El cine, la radio y los proyectos educativos sexenales contribuyeron a promover, consolidar e introyectar los símbolos de la mexicanidad: los charros, el tequila, el México bronco y bravío, la “amistosa” relación con la muerte, los héroes nacionales, la música de los mariachis, el culto a las madrecitas, símbolos patrios y un sin número de imágenes que supuestamente expresaban la esencia de lo mexicano permitieron construir los estereotipos culturales de ´lo mexicano´ que siguen siendo visibles al día de hoy. Al nivel estatal también se realizó este proyecto y cada entidad federativa produjo sus trajes, comida, música y formas de ser “típicas”, desconociendo de este modo las diversas culturas que convivían dentro de las fronteras y límites estatales.

Durante las últimas dos décadas –y en consonancia con las transformaciones que ha experimentado la noción de patrimonio cultural en todo el mundo– las estrategias actuales de la política cultural de México tienden no sólo a reconocer las diferencias regionales y a sus respectivas identidades, sino a reafirmar el derecho a ser distinto, a tener códigos de valores alternos a los de la pretendida “cultura nacional” y a ejercer el pleno derecho de expresarse según formas socioculturales relativas a muy particulares procesos históricos. De este modo se ha visto una emergencia de las culturas regionales y micro- regionales con la correspondiente recomposición de narrativas identitarias que han encontrado en la memoria histórica, las artes, el lenguaje, los oficios, las tradiciones festivas o la música los elementos cohesionadores de identidades regionales en franca recomposición.

Este retorno a discutir, respetar y consolidar la diversidad identitaria ha estado acompañado de un resurgir de ´lo popular´. Si hace algunos años la promoción cultural se orientaba hacia lo que se conoce coloquialmente como cultura de élite, hoy en día las expresiones culturales denominadas populares atraen la atención de programas sociales, proyectos culturales y de estudios académicos – aunque es justo decir que en una proporción bastante menor respecto a lo que se invierte en las aún llamadas “bellas artes”. Los medios masivos de comunicación poco a poco empiezan a dirigir su atención hacia la promoción de la música de corte ´popular´, como la norteña, cumbias, corridos, sones, huapangos, vallenatos, quebradita, etc.; expresiones musicales que antaño se pensaba eran de gente “corriente y vulgar” o se asociaban a borrachos y delincuentes, pero que hoy son programadas lo mismo en la estación más alternativa de la radio, que en cualquier discoteca afamada, sufriendo un proceso de masificación, al mismo tiempo que apropiación por parte de las clases medias y altas del país. **

Los jóvenes roqueros y raperos graban sus materiales discográficos con músicos tradicionales nacionales y extranjeros y adaptan las versiones de sus melodías a formas y estructuras musicales muy cercanas a los de la llamada música tradicional. Así mismo, el reconocimiento de las músicas tradicionales del mundo ha creado una nueva categoría en las tiendas llamada world music o música del mundo, modalidad que, por otro lado, resulta accesible sólo a un reducido sector de la población debido a sus altos costos de venta. A nivel mundial, el impacto en marketing de la producción discográfica “Buenavista Social Club” ilustra adecuadamente esta cuestión; y en general, el reconocimiento dado en la actualidad a las expresiones artísticas provenientes de los países de “economías alternas”, constatan que la cultura popular está de moda y constituye uno de los productos más rentables y comercializables del momento. En nuestro país resulta indudable que una de esas expresiones que han alcanzado notable popularidad y difusión es el son jarocho sotaventino, en sus diversas expresiones y en su rica variedad de estilos y modos de ejecución. El crecimiento y proyección de estos grupos de son jarocho reunidos en torno al llamado ´movimiento jaranero´, no sólo llamaron fuertemente la atención para pensar y discutir las matrices culturales de la región sotaventina, sino que estas agrupaciones musicales resultan indispensable para entender la reinvención de la identidad jarocha operada en los últimos diez años.

Sin embargo cuando se observan con más detalle la efervescencia, impulso y difusión que han tenido en las últimas dos décadas los fenómenos culturales me pregunto ¿Hasta qué punto es real este reconocimiento a formas culturales alternas a las de la cultura occidental predominante? ¿Qué tipo de beneficio obtienen las comunidades tanto urbanas como rurales de esa revalorización que hacen las instituciones gubernamentales, medios masivos de comunicación y la industria de entretenimiento de sus expresiones cotidianas? ¿Este reconocimiento de “lo popular” implica la puesta al día de una mirada exótica que el mundo civilizado dirige a las sociedades ´atrasadas´ o en ´vías de desarrollo´? ¿La aceptación o inclusión que se da a las culturas tradicionales cuestiona o refuerza las imágenes estereotípicas que el discurso nacionalista ha construido sobre las culturas populares?

La duda aflora cuando se constata que este reconocimiento de lo cultural vuelve a plantear la trampa de concebir el quehacer cultural local y regional como un ámbito independiente de los procesos sociales y económicos que privan en todo el planeta. Si aceptamos la idea que la sociedad moderna está dividida al menos tres esferas de acción, a saber, la tecnológica-económica, el régimen político y la cultura, cada una con lógicas, normas y comportamientos diferentes, las contradicciones empiezan a florecer. Tenemos entonces al orden tecno-económico regido por las reglas de la competencia, la productividad, la eficacia y la eliminación de los contrarios; por otro lado en el ámbito de la esfera política prevalece –al menos en el discurso– la exigencia de igualdad, referida no tan sólo a la igualdad de todos ante la ley, el sufragio universal y la libertad de las igualdades públicas, sino a la igualdad de medios e incluso a la igualdad de resultados.
Mientras que en el ámbito cultural las idea de la tolerancia, el respeto a la alteridad y el derecho a ser diferentes se presentan como principios básicos de cualquier comportamiento. La cuestión de cómo combinar o hacer coexistir estas tres lógicas resulta un problema central de las sociedades contemporáneas (vid, Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo).

Este asunto, lejos de sumergirse en los terrenos de una bizantina discusión filosófica tiene implicaciones prácticas que se empiezan a observar en el territorio nacional. Por ejemplo, un asunto harto delicado que se esboza desde esta perspectiva es el de cómo preservar, reactivar y/o reproducir mediante talleres, cursos y proyectos especiales las expresiones culturales de una comunidad cuando las generaciones jóvenes están emigrando de sus localidades en busca de un mejor futuro. Entiendo perfectamente que no está en la competencia de las instituciones culturales asegurar los modos de reproducción económica de las personas, pero es precisamente esta situación lo que dificulta que las acciones culturales planeadas puedan impactar de forma decisiva en la población. Tengo la impresión que a veces se nos olvida que las expresiones de cultura están íntimamente ligadas a las actividades de trabajo, a los ritmos sociales de vida que establecen las diferencias entre el tiempo del ocio y el tiempo de trabajo, a los procesos históricos y contactos con otros grupos humanos, a los ciclos climáticos, así como a las peculiares expresiones de religiosidad características de la zona, por citar algunas variables.

Las actividades que las personas hacemos todos los días tienen siempre una utilidad y proporcionan un sentido a nuestras vidas, aunque este beneficio o sentido sea muchas veces de tipo inmaterial. Muchas actividades cotidianas que por convención llamamos tradicionales caen en desuso porque las acciones individuales o colectivas que le daban sentido y las organizaban entraron en crisis o desaparecieron. Querer reactivar actividades culturales que han caído en desuso sin reactivar las dinámicas de trabajo, de asociación o de comunicación que les dieron origen tiene un handicap en contra que se antoja muy difícil de superar. Entiendo que planteadas de este modo las expectativas sobre la puesta en marcha de proyectos y procesos culturales e identitarios puede parecer poco exitoso. Todo lo contrario. Las constantes muestras de reacción y adaptación por parte de los grupos humanos me permiten tener una gran confianza en la creatividad de las personas para sacar el mejor provecho de situaciones aparentemente adversas. Cierta tradición paternalista nos ha hecho pensar a las comunidades y grupos humanos sin mucha capacidad de respuesta, pero lo cierto es que en la práctica ocurre todo lo contrario y las sociedades, de las más grande hasta las más pequeñas, continuamente se reinventan y reorganizan para responder a nuevas situaciones.
Lo que intento es abrir a la discusión que si nos concentramos en la esfera cultural disociándola de las dinámicas económicas, los procesos migratorios, la reestructuración social o de la presencia e impacto de los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana de ciudades y pueblos se corre el riesgo de confundir nuestras expectativas e ideas con las de la gente que viven en los lugares en donde queremos echar andar un proyecto o alguna investigación. Hasta donde puedo observar las políticas gubernamentales continúan aislando los proyectos culturales respecto de la generación de programas que permitan a las personas no tener que emigrar de su lugar de origen porque el producto de su trabajo se devalúa hasta niveles realmente vergonzantes, porque los ríos donde solían pescar están contaminados o porque una concesión de eucalipto ha dejado inútiles sus tierras por varios años.

Utilizo el término “domesticación de lo popular” para referirme a la tendencia de reconocer, promover y difundir las diferentes identidades culturales –y las expresiones derivadas de ellas– están atendiendo sólo los productos y menos las condiciones que generan tales producciones. La comercialización de lo popular y tradicional crea paulatinamente diferenciaciones al interior de las comunidades y colectividades construyendo nuevos estereotipos que parecieran ser útiles y necesarios preferentemente a las expectativas de compra y venta del intercambio cultural. Lo cierto es que la diversidad cultural del mundo sólo es accesible a quienes pueden pagar los caros discos compactos, asistir a conciertos en mega ciudades, pagar suscripciones de televisión por cable, para así poder conocer, vía canales culturales, las maneras en que individuos de otras regiones culturales expresan sus ideas sobre el mundo. Estamos domesticando lo popular si convertimos en exótico a un versador o músico de fandango sotaventino, y le producimos un material discográfico pero no somos capaces de asegurar –institucionalmente– que las generaciones jóvenes aprendan de él y hereden parte de sus enseñanzas, asegurando de esta forma que una parte significativa de sus saberes y técnicas puedan ser transmitidas a las generaciones venideras.

Quizá sea pertinente que aquellos que nos sentimos identificados con o participamos en ese universo lúdico de la cultura popular nos preguntemos si todo este boom de lo ´popular´ y los discursos a favor del reconocimiento a la alteridad y la diferencia están convirtiendo a las prácticas culturales en mercancías que se ofertan en el mercado, en la medida que se les desliga de los entramados sociales y comunitarios (mundos de vida) que les han dado sentido.

Pero incluso, aun en este supuesto, vale la pena tener fresco en la memoria que las culturas tradicionales, formas de vida y concepciones del mundo a las que están asociadas confirman que otras maneras de convivir y existir en el mundo son posibles, confrontando el individualismo y consumo que desde el poder económico quieren hacernos creer como la única forma posible de gozar la vida.

Notas

*  Estas ideas fueron presentadas en el marco del Primer Foro del Programa de Desarrollo Cultural del Sotavento, realizado en la ciudad de Tlacotalpan, Veracruz durante el mes de noviembre del 2001. Hago patente mi reconocimiento a las Unidades Regionales de Culturas Populares de Acayucan y Xalapa, al Instituto Veracruzano de la Cultura y a la Dirección de Vinculación Regional del CONACULTA por haberme invitado a aquel evento. La versión que aquí se presenta forma parte de un texto más amplio que aparece en mi libro Dijera mi boca. Textualidades sonoras de un Sotavento imaginado, de próxima publicación.

** Al momento de escribir este texto (2001) no imaginaba el impacto que en la difusión de las culturas musicales tendría la internet.

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El encuentro con La Virgen

La Manta y La Raya # 0                                                                                             octubre 2015


 Joel Cruz Castellanos

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Artículo en formato PDF: 

Hace poco más de cuatro años, don Felipe Lara, bailador de Santiago Tuxtla, me invitó por vez primera a acompañarlo a buscar a La Virgen de los Remedios; la iba a velar en su casa y la quería traer con música. Rápidamente distinguí que era una buena oportunidad para participar de esta tradición que estaba fuertemente ligada a la música de jarana y de la que ya había escuchado en los relatos que alguna vez nos compartieran don José Palma y don Juan Zapata en aquellas tantas tardes que pasamos juntos en el parque de Santiago, hace más de diez y nueve años. Así que invité a algunos amigos a que fuéramos sin saber muy bien a qué nos estábamos asomando: y fuimos. Ya después me contó don Felipe Lara que a La Virgen le gustaba la música y que si no había música ella cambiaba de expresión su rostro y su piel se ponía colorada. Cuando yo escuchaba eso me daba cuentade la importancia que tenía entonces nuestra labor como músicos. Les compartí a mis compañeros y todos nos entusiasmamos mucho. Varios llegamos a la cita.

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Eran las siete de la mañana de un día de abril del 2006, en esa época el sol es muy gentil y sale tan sutilmente que lo puedes mirar directamente. Nos trepamos a una camioneta con gente que acompañaba a la familia de don Felipe, nosotros los chamacos íbamos todos emocionados y un poco sin saber lo que nos esperaba, en el camino nos repartieron tortas y refrescos. Llegamos a San Andrés como a las ocho de la mañana, entramos por el rumbo de la vieja estación de ferrocarriles, nos bajamos de la camioneta de
redilas y caminamos hasta una capilla con don Felipe y su familia, tocamos unos sones para afinarnos y después de esperar un buen rato, La Virgen llegó, venía de otro velorio celebrado en Hueyapan, la traían en la batea de una camioneta pequeña y unas cantadoras venían entonando plegarias: Venimos Reina hermosa, al pie de tus altares, con flores y cantares. No había jaraneros y cuando llegaron una mujer morena tomó el nicho de la Virgen y lo bajó ella sola, caminó con el nicho en la espalda hasta que la colocó en su capilla.

Ese fue el primer contacto que tuve con La Virgen de los Remedios. Cuando estuvo en su altar, la gente que la traía de Hueyapan le cantó otras alabanzas, entre ellas una tonada de despedida y al terminar de cantar, con lágrimas en los ojos, salieron todos juntos. Luego entró la gente de Santiago rodeando de poco en poco a la Virgen. Le rezaron y prendieron veladoras. Todo el mundo ahí se persignaba ante ella, le lloraban, le rezaban. Acto seguido un señor que le decimos El Brujo, tomó el nicho y se lo echó a la espalda, la sacó de la capilla y comenzamos a caminar, adelante de la procesión iba el señor de los cohetes, anunciando el tránsito de la procesión, luego La Virgen y las y los cargadores, le seguían las señoras que cantan plegarias y atrás, nosotros los músicos. Sólo se toca y no se canta, y aunque nosotros no sabíamos nada de cómo se acarreaba a La Virgen, de alguna manera existen códigos que se sobreentienden, así que, sin saberlo, al parecer lo hicimos bien. Llegamos caminando hasta la salida de San Andrés, ahí nos esperaban dos vehículos: uno para La Virgen y otro para la gente que acompañaba a la familia. La subieron en una camioneta y a los músicos nos pidieron que nos subiéramos con ella y que le tocáramos todo el camino para que no fuera triste. El aire se llevaba el sonido, era muy difícil mantener el son, todos nos mirábamos para seguir tocando. Mientras miraba las comunidades que están en la carretera me imaginaba cómo la música, finalmente, trazaba un camino y sin duda dejaba un rastro, una huella a seguir. El sol estaba muy fuerte, era el medio día y había muchas nubes en el cielo, el paisaje era cálido, los palos de nanche estaban en flor y uno que otro roble amarillo rompía con el verdor casi continuo…

Llegamos a Santiago y nos bajamos en la mera entrada, poco antes de donde está la cruz, al sonido de los arranques comenzamos el trayecto hacia la casa de don Felipe, caminamos un tramo de la carretera: la gente que pasaba en sus autos se persignaba y miraba con gusto la procesión; algunos alcanzaban a preguntar: ¿en dónde la van a velar? y a gritos alguien de la bola contestaba: ¡En ca’ Felipe Lara, allá por la diez y seis. Allá no’vemos! Entramos al pueblo por el barrio de Buena Vista, que está en la parte más alta, son calles muy angostas y empinadas, las casas son pequeñas, aún se conservan muchas casas de madera. La gente por esos barrios tiene unos jardines muy bonitos, con rosas de castilla, matas de albahaca y de chile chilpaya, al fondo se ve todo el centro del pueblo. Todos salieron a las calles a mirar a La Virgen y cuando tenían oportunidad tocaban el nicho haciendo una cruz y luego se persignaban, se notaba mucha alegría, decían que hacía mucho que ella venía triste porque ya no había músicos que la acompañaran pero aquella vez éramos como diez. Seguimos atravesando el barrio de la sexta para después encaminarnos hacia Puente Chiquito y luego la calle 16 de septiembre. La gente seguía saliendo a mirar la peregrinación con mucha alegría, algunos llorando; sentí que, por mucho, todo lo que hacíamos valía la pena, comprendí que el hecho de ser músico en esta región va mucho más allá del dinero y de la fama, sino que la cuestión aquí es cumplir con un compromiso social con el que la gente detrás de nosotros fue responsable y que nosotros por el hecho de traer una jarana o una guitarra al hombro ya habíamos adquirido ese compromiso también, a través de sus enseñanzas.

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Llegamos a casa de don Felipe, La Virgen entró a su casa, los cohetes seguían tronando en el cielo, el son que sonaba era La Bamba, cuando colocaron a La Virgen en su altar paramos la música. Ya nos estaban esperando con platos de mole y refrescos, todo estaba listo, comimos, platicamos un poco, luego nos dispersamos y quedamos de vernos en la noche para hacer el huapango. Esa misma noche varias señoras nos invitaron a participar en sus velorios; ese año fuimos como siete veces por La Virgen y el siguiente y el siguiente… Desde entonces acompañamos a la gente, si la van a velar les dicen: vayan a ver a Los Castellanos, ellos siempre la van a buscar. A mí me gusta mucho y me da alegría que nos relacionen con La Virgen, ya la casera nos conoce y a veces cuando la vamos a dejar nos vamos a la otra velada, a alguna ranchería del rumbo de San Andrés. Esto nos ha servido para conocer a muchos amigos y también para comprender cómo es que funcionan estas celebraciones, expresiones comunitarias que no dependen de las instituciones, ni de los proyectos culturales, …más bien tienen su origen en los sentimientos y en la fe de las personas.

El fin de semana pasado don Felipe veló a La Virgen y nuevamente nos invitó. El casi no camina, todavía hace seis años bailaba, pero ya no, sólo nos observa y en sus ojos hay alegría, pero también mucha melancolía. Él no pierde su fe, no pierde la esperanza de estar mejor y en algunos años poderse echar aunque sea unos taconeos en la tarima: mantiene las ganas de compartir con sus amigos estos momentos que son los que permanecerán en nuestros recuerdos.

Las cosas van cambiando, los viejos se nos están yendo, con ellos una época y un estilo de tocar, pero también un estilo de vivir la vida, una forma de percibir el compromiso, una forma natural, orgánica de ser músicos y aunque uno quisiera regresar el tiempo es imposible. Lo que creo es que sí podemos aprender de ellos estos valores y la disposición para que nuestro tiempo, lejos de estar marcado por el ego y la vanidad, esté marcado por la unidad y el compromiso.

mantarraya