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Recuentos y puestas al día del quehacer creativo

Acervos en Movimiento: La Huasteca

La Manta y La Raya # 5                                                                   julio 2017


Una selección para la memoria musical de la Huasteca:

Acervos en Movimiento

música tradicional
de la Huasteca           INAH

foto: Ruth Lechuga

 

 

 

 Camilo Raxá Camacho Jurado

 

La colección Acervos en Movimiento, Música Tradicional de la Huasteca, proyecto dirigido por la Mtra. Amparo Sevilla y producido por el Instituto Nacional de Antropología e Historia a través de la Coordinación Nacional de Antropología, surge a partir de una reflexión colectiva entre músicos, investigadores y promotores culturales, quiénes identificaron una ruptura en la transmisión de los conocimientos dancísticos, líricos y musicales, entre las viejas y las nuevas generaciones de músicos, trovadores, bailadores y danzantes. Publicado en 2015, esta selección busca regresarle a los pueblos parte de su patrimonio musical que se encuentra en las fonotecas más importantes del país, así como de las fonotecas de investigadores y promotores culturales. Además tiene el propósito de ser un material didáctico que ayude a la importante labor de quienes se dedican a la enseñanza de las nuevas generaciones de músicos y trovadores en la Región Huasteca.

Este material, integrado por una guía de escucha, un catálogo y una lista de referencia de los 387 ejemplos musicales seleccionados, es uno de los más completos que se hayan hecho sobre las culturas musicales de la Huasteca, al contemplar ejemplos del ámbito religioso y secular, tanto de mestizos como de pames, teenek, nahuas, totonacos, tepehuas y otomís que habitan la región. Las grabaciones cubren un periodo de más de 60 años; casi dos terceras partes fueron realizadas durante el siglo XX. Los ejemplos más antiguos datan de la década de los 40s y corresponden al ámbito secular. La mayoría de las grabaciones de este periodo fueron realizadas por estudiosos de la música mexicana como: José Raúl Hellmer, Thomás Stanford, Arturo Warman, Irene Vázquez, Felipe Flores y Fernando Nava.

Del periodo que va del año 2000 al 2012, encontramos grabaciones realizadas por: Enrique Rivas Paniagua, María Eugenia Jurado y Julio Delgado, Camilo R. Camacho, Marina Alonso y Félix Rodríguez, Gonzalo Camacho, José Luis Sagredo y Pablo Romero.

Como parte del acervo sonoro se han incluido 10 programas de radio; 3 de ellos corresponden a la serie Folclor mexicano de Radio UNAM, producidos por José Raúl Hellmer en 1963 y dedicados a la música de la Huasteca. Tres más, corresponden a la serie Sonidos de la Huasteca de Radio Educación, producidos por Enrique Rivas Paniagua. De esta misma emisora se incluyen 4 programas especiales dedicados a la música de esta región.

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Revista # 5 en formato PDF (v.5.1.1):

 

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Lucien Biart

La Manta y La Raya # 4                                                                 marzo 2017


Los jarochos vistos por un francés
del siglo XIX:

Lucien Biart y sus Escenas de

la Tierra Caliente Veracruzana


 

Hacia mediados del siglo XIX, para viajeros de distintas partes del mundo, México se convirtió en un atractivo territorio lleno de enigmas y sorpresas. También en una tierra de sueños y de posibilidades para progresar e invertir. Viajeros europeos y norteamericanos recorrieron distintas partes de un país inmenso dejando interesantes testimonios de lo que vieron, pero también de con qué ojos (criterios, prejuicios, mentalidad, etc.) lo observaron. El testimonio que aquí presentamos del francés Lucien Biart se suma la de otros viajeros que recorrieron el sotavento veracruzano, dejándonos valiosos testimonios de la cultura ganadera, de las fiestas de tarima, las rutas de comunicación y la forma de vestir, entre otros muchos aspectos de interés. Lucien Biart (21 de junio de 1828 – 18 de marzo de 1897) llegó a México a los 18 años y vivió aquí por espacio de dos décadas, para luego regresar a Francia donde escribiría en varios libros las memorias de su estancia en el país.

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El fragmento que aquí presentamos proviene de su conocido libro La tierra caliente. Escenas de la vida mexicana, publicado en Francia en 1862. Según asentó en la edición original, terminó de redactar la obra en Orizaba, en enero de 1862 y para ese entonces llevaba ya 13 años viviendo en México. Lo que aquí se publica lo hemos tomado de la edición que publicara Leonardo Pasquel en 1962 (Editorial Jus), con motivo del centenario de la primera edición de esta obra. Hemos querido darla de nuevo a conocer confiados que ayudará a despejar las dudas respecto del origen del vocablo “jarocho”, que tanto polvo levanta de vez en vez en tertulias, chats cibernéticos y fandangos de ocasión.

Los Editores


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(p. 248)                                                                                                                                         Las sabanas producen el mismo espejismo que el mar abierto: por más que se avanza, siempre parece que no se da un paso. El guía caminaba sin vacilar y en línea recta, por un terreno sin huellas, lo que es mucho más difícil de lo que pudiera creerse. En las selvas vírgenes como en las sabanas, el viajero que se pierde describe fatalmente círculos estrechos de los cuales no puede salir. El indígena se orienta con precarias señales que no sabría explicar: inclinación de la hierba, dirección del viento, vuelo lejano de los pájaros. Débiles indicios que cambian según los lugares y de los cuales sólo la experiencia puede sacar partido. Sin embargo no hay que imaginarse que pueda errar a la ventura, en estas vastas soledades; fuera del radio que tiene costumbre recorrer y que se le ha vuelto familiar por la larga práctica, su sagacidad no le sirve (p. 249) sino para describir círculos más largos que el europeo. Se pierde, y conociendo mejor el peligro, pierde la sangre fía, y cansa su caballo, por huir del fantasma de la sed y el hambre, que cada hora que pasa va transformando en realidad. ¡Ay! La sabana como el océano, esconden en sus altas hierbas, tan móviles como las olas, el despojo de más de un desgraciado vanamente esperado.

Don Ignacio extendió el brazo hacia el horizonte y, a través de blanquecinos vapores que la tierra exhalaba, distinguí una mancha negra que destacaba sobre la amarillenta hierba. Tuvimos que caminar mucho para llegar a ese lugar. Era una choza adosada a una cerca, ante la cual nos apeamos.
Acostado sobre una hamaca de piel, un hombre se despertó a nuestra llegada, desabrochó los cinchos de los caballos, y alzó las sillas sin quitarlas. Su mujer nos ofreció dos calabazas de una agua fétida y fangosa, que sin duda había ido a sacar algunas leguas a distancia.

A lo lejos se descubría la inmensa llanura desierta. En vano busqué el perfil de las montañas que la reverberación del sol hacía invisible. Nada más triste que el aspecto de una enorme extensión, en donde la vegetación misma parece morir. Cuando ninguna brisa ondula la hierba marchita, reina un silencio que nada podría darnos una idea.
¿Estamos todavía en vuestras propiedades? – Pregunté a don Ignacio.

-Sí, y dirigiéndonos de este lado – su mano señalaba al sur -, podríamos caminar (p. 250) dos días sin salir de ellas.
-Y este hombre, dueño de un pequeño reino, de selvas llenas de caobas, de cedros, de liquidámbares, de ceibas y de veintes especies más de árboles preciosos por ellos mismos o por sus productos; este propietario de innumerables ganados, estaba lejos de ser rico. Sus rancher0s le pagaban un débil tributo por el espacio que ocupaban. Sacaba apenas 3, 000 pesos (15, 000) francos) al año, de sus veinte leguas de tierra: menos – comparativamente al valor del dinero – de lo que produce en Francia una granja de mediocre extensión.

 

 

-En mi país – le dije- una propiedad como la vuestra, os haría el hombre más rico del universo.

— ¿Qué? ¿Es la tierra tan escasa allá?
-Escasa, no; pero está cultivada, habitada, atravesada en todos sentidos por grandes rutas.
Sacudió la cabeza con aire incrédulo.
– ¿Qué tributo exigís de vuestros rancheros? – –
Los que crían caballos hierran cada año para mí un potro por atajo (cada atajo se compone de treinta a cuarenta cabezas); los que poseen partidas de toros hacen lo mismo. Los cultivadores me dan uno por ciento de la cosecha; pero estos últimos son raros. Prefieren los terrenos sin dueño, siendo de su propiedad mientras los cultivan, sin tener que pagar por ellos.

– ¿Y tenéis contratos escritos? (p. 251)
– No, a menos que se trate de una venta. Fuera de estos casos, la costumbre sirve de ley.
Aprovechando la buena voluntad de don Ignacio seguí el interrogatorio.
– ¿Trazáis límites y medías las tierras antes de entregarlas?
– Jamás: el recién legado escoge un sitio, construye su casa y mira como de su propiedad el espacio que puede vigilar a caballo en un día.
– ¿Y si se le ocurre a otro establecerse cerca de él?
– Nadie piensa en ello. No es tierra lo que falta sino hombres que la trabajen.

– ¿Nunca habéis pensado en explotar las selvas?
– ¡Que el cielo las arrastre! Esconden bajo su maldita sombra lo mejor de mis bienes. Toda la orilla opuesta a aquella donde vais a cazar, me pertenece; si en vez de estar cubierta de bosques, lo estuvieran de hierbas, los rancheros se pelearían por poseerlas. He oído decir que en Veracruz me comprarían muy caro ciertos árboles para llevarlos a bordo de los navíos de vuestro país; ¿pero cómo transportarlos, cuando busco en vano hombres para tirarlos o quemarlos?

Le pregunté cómo se deshacía de sus ganados en un país en el que todos tienen animales.

-Cada año – me respondió -. Rancheros y vaqueros se reúnen en el mayor número posible y atraviesan las llanuras empujando por delante a una docena de bueyes. Nosotros juntamos un millar de animales y tratamos de atravesar la sabana con este inmenso rebaño para llegar a la falda de la montaña. No sin trabajo, (p. 252) logramos que avancen los animales, instintivamente antes de volverse. Hay que vigilar de día y de noche y no tomamos reposo hasta que topamos con alguna cerca en donde pagamos la hospitalidad con una o dos cabezas de ganado. A pesar de todos nuestros esfuerzos, sólo llega a la meta la tercera parte de las bestias; algunas sucumben de fatiga y de sed, otras se matan en furiosos combates, la mayoría vuelve a sus antiguos pastos. A veces, a pesar de los bueyes que la dirigen, la tropa entera da la media vuelta, nos pasa por encima del cuerpo y galopa por donde vino sin que la detengan un los ríos ni la noche; ¡y he aquí un mes de trabajo perdido! Los fugitivos no se volverían a dejar coger en todo el año. Cuando podemos llegar a la cordillera encontramos compradores que nos han ido a esperan. Reconocemos nuestros animales por el hierro que llevan marcado en el anca. Se paga por cada bestia en buen estado de 15 a 20 francos. Las cuentas se pagan en especie y no en dinero, trayendo los compradores trayendo los compradores con esta intención sarapes, rebozos, cachirulos, en fin, todos los objetos que necesitamos. Ya hecho el trato volvemos a toda prisa a nuestra casa, pues las tierras templadas no son buenas para nosotros. En estas expediciones, los conductores van armados con unas lanzas muy largas llamadas jarochas; de aquí el nombre familiar de jarochos que se les da en la meseta y que desconocen la mayor parte de mis compatriotas.

Acabando de decir esto, el ganadero penetró en la cabaña de bambúes.

-¿Cuántos años faltarán – pensé – para que en este mundo virgen sea conquistado para la civilización? Para sanear (p. 253)

 

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Ritual de lluvia

La Manta y La Raya # 3                                                                             octubre 2016


Aideé Balderas Medina

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Doña Lita subiendo el cerro. Colatlán, Ixhuatlán
de Madero, Veracruz. (foto: Aideé Balderas)

 

Artículo original en formato PDF (v.3.1):

 

Don Eugenio López Ramirez es curandero, ritualista y rezandero nahua, nació en 1947 en Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz. En su casa tiene una pequeña capilla donde recibe a las personas que van a consultarlo.

En la parte superior de la pared destaca un reconocimiento con su nombre y firmado por el gobernador Javier Duarte. Eugenio dice que lo citaron en el año 2012 en el municipio de Citlaltepetl para darle el reconocimiento, pero que no fue a recogerlo porque ya se había comprometido a rezar en un cabo de año, ya había dado su palabra y ésta en la Huasteca tiene un valor muy importante.

Eugenio cuando era apenas un niño de cinco años, tenía una salud sumamente frágil. Constantemente padecía de fiebre, nadie sabía cuál era su enfermedad. Cuando un curandero lo vio, supo que tenía el don. En la Huasteca se tiene la creencia que las personas que se enferman mucho sin causa aparente, es porque traen el don de curar. La enfermedad va acompañada de sueños donde se le revela este camino de vida. Eugenio recuerda muy bien un sueño donde una presencia femenina vestida de blanco, le regala un bulto de la virgen de Guadalupe y le pide que se la lleve a casa. Eugenio cuenta que sentía mucho miedo porque estaba lloviendo y caían muchos relámpagos. La mujer al darse cuenta de su temor, le dijo: “No tengas miedo, aunque esté lloviendo, nada te debe detener, tú debes de seguir, debes continuar siempre tu camino”.

Desde entonces Eugenio se ha dedicado a aprender los menesteres propios de un Huhetlacatl o curandero. Hace limpias a personas y en potreros; también cura el espanto. Su trabajo es parte fundamental de la vida ritual y espiritual de la comunidad. Aprendió a recortar las piezas de papel que representan a diversas deidades que se utilizan en los rituales de maíz y de petición de lluvia.

A finales del mes de abril y principios de mayo se realiza el ritual de petición de agua. Se realiza cuando hay sequía, cuando no ha llovido y el calor es abrazador. En el barrio de Tempexquititla en Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz; al otro lado del arroyo, está la casa de la curandera doña Lita. Ahí se reúnen un grupo de 20 a 30 personas aproximadamente.

El ritual de petición de lluvia, empieza con los preparativos para poder subir al cerro. Eugenio recorta cientos de figuras de papel de color blanco y de colores. Algunos hombres arman cientos de ramilletes perfectamente bien confeccionados con hoja de palma, flor de coyol, bugambilia y cempasúchil.

Colocan ofrendas en tres altares: uno está en el interior de la casa de doña Lita, el segundo en el patio y el último en el río, que desafortunadamente en el mes de mayo casi siempre se encuentra seco. Durante todo el día y la noche, los músicos con guitarra quinta huapanguera y violín ejecutan un sin número de sones; el acompañamiento musical se complementa con una campana y una sonaja. Las mujeres, bailan con gran ánimo.

La música cumple una función que va más allá del mero entretenimiento. Los músicos deben de estar atentos en cada momento para saber que sones se deben ejecutar, además de improvisar y acompañar durante tres días completos. La música juega un papel fundamental en el desarrollo del ritual, pues el curandero sabe leer el sentimiento de los sones y estos le indican que se necesita hacer en ese momento, por ejemplo: sí hay que barrer el ambiente con una hoja de ortiga o si es necesario ofrendar un pollo.

Doña Natalia se ocupa de mantener el sahumerio con brasas encendidas y con copal. Eugenio en todo momento es el guía, forma un círculo hecho con una rama y en el centro coloca ramilletes de palma, figuras de papel, cigarros prendidos, huevos, chocolate y aguardiente. Reza en náhuatl durante horas, después todos los presentes deben entrar y salir del círculo, sietes veces. Los rezos y la danza se mantienen durante toda la noche.

Al rayar el alba, la gente se prepara para salir rumbo al cerro llamado “La mesa”. Llevan chiquihutes con tamales, chocolate, flores, refrescos y cerveza. Los papeles de las figuras de las deidades se transportan cuidadosamente envueltos en un petate. Se anuncia el inicio de la peregrinación con la estridencia de varios cohetes y a ritmo de música de banda de viento. Uno de los requisitos para poder subir al cerro es hacerlo en ayunas, pues lo que se trata es de ofrendar ese pequeño sacrificio, en el esfuerzo, radica el valor de la ofrenda.

Durante el trayecto realizan algunas paradas en los cruces de caminos. Eugenio coloca papeles de colores, rompe un huevo y escupe un trago de aguardiente para poder abrir los caminos. Durante dos horas los peregrinos suben por empinadas laderas.

Al encontrar un pozo seco, se hace una parada para colocar ofrenda. La banda de viento y el dueto tocan profundos sones de El Costumbre. Se baila intensamente porque el baile es una manera de rezar con los pies. Más tarde se reanuda la caminata hasta llegar al altar principal que se encuentra en la cima del cerro. Se derrama sangre de guajolote encima de los recortes de papel que representan a las deidades. La abundancia se hace presente con una ofrenda hecha de palma, flor y comida. Los huastecos cuando se trata de ofrendar no escatiman y son sumamente generosos.

Para ofrendar al sol y pedirle que mitigue el ardiente calor, Eugenio forma un círculo con una vara, encima coloca una servilleta de tela que tiene bordada la carita de un sol. Coloca una cama de ramilletes, figuras de papel y comida. En cada esquina de la servilleta amarra cuatro pollitos vivos. Con una vara elevaran este arreglo. Dejan a los pollitos colgados y dando vueltas en el aire, los cuales seguramente morirán de deshidratación o quizás un gavilán pase por ellos y se los eche de botana.

Otra ofrenda se realiza con una gallina de plumas de color blanco. La introducen viva y bien amarrada en un hoyo en la tierra; cubren el hueco con una manta y encima colocan flores, papel cortado; le vacían encima café y chocolate. La gallina seguramente morirá de asfixia o por las mordeduras de las hormigas.

El baile y la música acompañan en todo momento el ritual. Durante los momentos de mayor clímax doña Lita se desvanece. Ella cuenta que cuando se desmaya tiene sueños de cómo curar a la gente y despierta con más conocimiento para poder ayudar a la gente.

Después de terminar con el ritual se rompe el ayuno y los asistentes pueden comer de los alimentos del altar. Posterior a un breve descanso se inicia el descenso del cerro, rumbo a la casa de doña Lita. Los que no pudieron subir al cerro reciben con gran júbilo a los peregrinos, les ponen coronas de flores la cabeza, les ofrecen agua y comida. Para poder entrar al altar principal cruzan a través de un arco que está en el umbral de la puerta, después de comer y beber agua continúa la música y el baile hasta el anochecer.

Cada año Eugenio guía el ritual para pedir que haya agua buena, es decir que no llueva en exceso, que no haya escasez para que las milpas crezcan y la gente tenga maíz para alimentar a su familia. En la comunidad nahua de Tempexquititla, se realizan este y otros rituales agrícolas, gracias al esfuerzo de familiares y compadres. Este conocimiento actualmente es resguardado por hombres y mujeres que en su mayoría son de la tercera edad. Frente al inclemente paso del tiempo esta tipo de prácticas están en riesgo al no contar con relevos generacionales, aunado a la discriminación que sufren debido a que algunos vecinos mestizos que desde su ignorancia los acusan de realizar prácticas de brujería.

Pese a la marginación y la pobreza, hoy en pleno siglo XXI en México aún se mantienen con vida estas prácticas ancestrales y son organizadas desde y para la comunidad, no son promovidas por ningún programa de gobierno. Se realizan porque la gente cree profundamente en la importancia de ofrendar a la tierra y vivir en equilibrio con el entorno. Entiende y recrea otra forma de ver el mundo. La profesión que desarrollan ritualistas como Eugenio y doña Lita no solamente enriquece la cultura popular de México, sino cumple una función sanadora, busca el equilibrio y el bienestar de la comunidad. Se piensa en colectivo porque finalmente somos granos de una misma mazorca.

 

 

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¡El son jarocho a Tolosa!

La Manta y La Raya # 2                                                                             junio 2016


¡El son jarocho a Tolosa!

Violeta Jarero Castillo

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Habiendo estudiado Sociología en Estudios Latinoamericanos y apasionada por los fandangos de México es que llegué hace casi cinco años a Tolosa, Francia. El “occitan” fue la lengua y cultura antigua del sur de Francia, donde está ubicada Toulouse. Dicho en su propia lengua: Tolosa. En la actualidad existe un “movimiento occitanista” que aboga por la recuperación de su lengua, música y tradición; obviamente, reinventándolo y adaptándolo al contexto actual.

Tolosa es un espacio cosmopolita desde hace siglos. Su antigua política izquierdista había permitido acoger diversas oleadas de exiliados y migrantes. Principalmente españoles y portugueses. Y durante el periodo dictatorial de América Latina otorgó el status de refugiados políticos a muchos latinoamericanos, hasta la fecha generalmente bien aceptados. En cambio la migración proveniente del Maghreb (maghrebinos), Europa del este (generalmente gitanos) y del África negra, son poblaciones muy marginadas. Algunos de los países de estas regiones tuvieron procesos de independencia traumatizantes y, en la actualidad, son consideradas como poblaciones problemáticas para la ciudadanía francesa.

En pocas palabras, Francia es para estas regiones, lo que EU es para México y el resto de América Latina. Obviamente todo esto genera una relación de resentimiento entre estos y los franceses. Aunque existen asociaciones que pretenden disminuir la marginalidad.
Grifolklor y La Casa del Pueblo
Grifolklor es el grupo de sones jarochos que conocimos mi compañero Pierre Campistron y yo en nuestra primera visita a Toulouse, en octubre de 2010. Para los integrantes de aquel entonces significaba “folklor loco”, ya que no tenían ni la instrumentación, ni el repertorio aceptado como tradicional. Incluían: cumbias, sones con matices de blues y jazz y hasta un son de tierra caliente; tocando principalmente con jaranas, cajón, congas y el requinto jarocho que acababan de adquirir. Y para otros géneros, como la cumbia, incluían la guitarra y bajo eléctrico. Algo que me pareció entonces muy curioso, es que la mayoría no había tenido la ocasión de presenciar un fandango. Y solo uno de ellos, había visto algunos en la ciudad de México.

El grupo estaba conformado por unos muy motivados y politizados estudiantes: Jerónimo Díaz (Fr-Mex) doctorante en Geografía, Álvaro Rodilla (Esp-Mex) doctorante en Literatura, Pablo Senties (Cd. Mex) percusionista profesional e Iván Castellanos (Fr-Mex) y Jordi Tercero (Guatemala) de musicología y jazz. Su objetivo era “divertirse” decían. Todo el dinero que ganaban se guardaba para comprar el material de sonido y los instrumentos. Las presentaciones se realizaban en asociaciones culturales, políticas, estudiantiles, bares y festivales, generalmente latinas, pero también locales. En ese contexto, nos invitaron a participar y e integrar el grupo si un día regresábamos.

Finalmente Pierre se quedó en el país (es de Estrasburgo) y tocando con ellos la guitarra conocida como “Leona”. Yo volví en octubre de 2011 y me integré el grupo y su dinámica de ahorro colectivo durante varios años más. En ese momento ya contaban con la instrumentación contemporánea del son jarocho: guitarra leona, requinto, jaranas, zapateado y quijada; más cajón y congas.

En 2012 Jordi Tercero hizo las primeras grabaciones de material propio en nuestra casa, espacio que los allegados terminaron por nombrar “La Casa del Pueblo”. Era el lugar donde vivíamos y vivimos la mayoría del grupo. Refugio de jaraneros y no jaraneros, sede de ensayos, talleres y fandangos “mestizos” entre otras actividades. Por ese verano tres miembros dejaron el país o se centraron en sus estudios. Y nos reformulamos integrando a Amine Tillioua (Argelia) con su violín y canto arabo-andaluz. Quedando en el grupo Iván (que comenzó a integrar el tres cubano), Pierre, Pablo y yo.

En la primavera de 2013 invitamos a Fernando Sobrino, del grupo Pachamama, para grabar de la misma forma: GRIFOLKLOR vol. 1 y vol. 2. En esta ocasión contamos con varias colaboraciones de diversos géneros: arabo-andaluz (Argelia), Côco (Brasil) y piano clásico (Francia).

Encuentros entre jaraneros en Toulouse
En 2012 organicé dos reuniones para conocer a los jaraneros en Francia. La primera con el grupo “Enbuscade” de Strasburgo. Mi objetivo era conocernos y buscar otros jaraneros en Francia, para posteriormente organizarnos con el resto en otros países. Después convocamos a otras personas que residían en otras ciudades del país, principalmente de Paris.

Organización de talleres con invitados
Como siempre, alojamos y realizamos los talleres en La Casa del Pueblo y también conciertos en asociaciones amigas occitanistas y argelinas. Recibimos a Fernando Sobrino en 2012 y 2013. Enrique Barona realizó con gusto talleres gratuitos de son jarocho, de música de Tierra Caliente y de la región guerrerense de Tixtla en 2013. Con Andrés Flores hicimos talleres, conciertos y fandangos en 2014. Y a finales del mismo año con Ernesto Cano. En general, intentamos crear lazos con quienes visitan el continente. Por desgracia no siempre contamos con los recursos necesarios para recibir a todos los que pasan por Europa.

Fandango Mano y vuelta y asociación La tinaja
En enero del 2013 comencé un taller gratuito y semanal de jarana y zapateado en nuestra Casa del Pueblo, con la intención de ayudarnos mutuamente a conocer el repertorio y los códigos del fandango. Este espacio ha permitido conocernos, aprender, adaptar, re-significar y organizarnos alrededor del son jarocho y de nuestras propias vidas.

Empezamos alrededor de 10 personas cada semana. En general eran amigos músicos de muy diversos géneros del mundo. La mayoría eran franceses y mexicanos, un marroquí, un español y una chilena. Actualmente somos alrededor de 15 jaraneros. Todavía con mayoría francesa y mexicana, un español y un reunionés (Isla de la Reunión). Casi todos se incorporan aprendiendo jarana. El nombre surgió del “mano vuelta” que existe en Veracruz, una forma de apoyo mutuo parecida al tequio y que resultó ideal para describir el objetivo de nuestro taller. De este espacio de convivencia han surgido proyectos diversos de malabares con son o los conciertos didácticos de Mano y Vuelta. Incluso miembros del taller han integrado sones al repertorio de grupos de música africana y latina. Otros se han inspirado del son para componer en lengua occitan.

Gracias a los miembros y simpatizantes del taller, se pudo materializar el “Rencontre De Ida y Vuelta” (2014), El “Huapango Tolosan” (2015) y dos Ramas, etc. Finalmente, registramos la asociación “La Tinaja” en 2015, con el objetivo de continuar el mismo trabajo de difusión que ya hemos venido realizando. La Tinaja es nuestra metáfora en referencia a un cántaro que puede servir tanto de instrumento musical como de recipiente. En el cual se pueden mezclar todos los ingredientes “culturales” que uno quiera.

Encuentro entre jaraneros en París
En marzo de 2014 se organizó en París el “Encuentro de Jaraneros en Europa”, donde nos reunimos alrededor de 40 jaraneros que vivimos en Suiza, Bélgica, Francia, España, Alemania y México. Ahí mismo propusimos que el “Encuentro de Jaraneros en Europa” fuera itinerante y organizado entre todos, decidiendo en conjunto la nueva sede, es decir un país diferente, pero con más o menos los mismos elementos. Por desgracia nos dimos cuenta que era bastante complicada la organización entre tantos jaraneros con personalidades, pensamiento y objetivos tan diferentes, no obstante siendo todos amantes del son.

Tanto nos apasionamos con esta iniciativa que Pierre y yo hicimos y propusimos un manifiesto para sugerir la organización y las condiciones básicas y justas para cada Encuentro. Algunos lo han tomado como guía para realizar sus propios eventos, aunque siempre existen nuevas situaciones no previstas, que van forjando esta nueva red. El grupo de facebook “Jaraneros en Europa”, que debía servir para la organización interna, terminó siendo un medio de difusión publicitaria, sobre todo desde México hacia Europa. Y, como finalmente no pudimos organizarnos todos juntos, se formaron grupos de afinidad que convocaron a “Encuentros de fandangueros” en diferentes ciudades.

Rencontre de ida y vuelta y Huapango Tolosan
Este encuentro fue realizado del 24 al 27 de octubre 2014 con el objetivo de explicar la relevancia social del son jarocho a la comunidad de Toulouse. Y. al mismo tiempo, integrar a la comunidad no jaranera a esta fiesta y fandanguear junto con otras músicas antiguas. Para ello conseguimos una subvención de la Casa Universitaria Franco-Mexicana en Toulouse, así como los convenios con la Universidad Veracruzana y la ganancia de varios conciertos de La Polvadera y del taller “Mano y Vuelta”.

Al mismo tiempo se hizo una invitación abierta a los jaraneros de Europa. Asistieron pocos amigos desde Suiza y España. La única publicidad fue vía Facebook y de boca en boca. Aun así hubo lleno total en cada espacio. Durante cuatro días tuvimos talleres y conferencias por parte de los invitados: el Dr. en Historia y versador Rafael Figueroa, la Lic. en Antropología y zapateadora Rubí Oseguera y el Dr. en Sociología e investigador de la Universidad de Niza, el jaranero Christian Rinaudo, quien estudia el movimiento jaranero en Europa y EU. Además de la exposición de fotos de Pierre Campistron sobre el fandango en México. Fueron cinco sedes diferentes : la Capilla del MUFM, la Asociación Maison Blanche, la Bourse de Travail (sindicato de izquierda : CGT), la Cave Pôesie. Y, claro, la Casa del Pueblo.

El programa musical fueron diversos grupos de amigos con: Occitan, rebetiko (Grecia), forro (Brasil), jarocho (Veracruz, México), gnawa (Marruecos), flamenco, chabbi (Argelia) y hasta nuestros sones « Gnawarochos » (jarocho con gnawa e inversa). Para terminar con fandango. Logramos costear el hospedaje y transporte de los invitados. El pago de grupos y, sobre todo, la alimentación de los casi cincuenta participantes entre músicos, jaraneros y voluntarios. Sobre todo fue muy importante darnos cuenta que juntos, con muy pocos medios y entre amigos, materializamos algo que parecía una locura.

De la misma forma, entre el 17 y 18 de octubre de 2015 convocamos al “Huapango Tolosan” y recibimos a los jaraneros de Suiza, España, Italia y Alemania para fandanguear en el espacio occitanista: L’Estanquet.

La musique des exclues: ”chez moi”
Existe una particular empatía hacia los migrantes como nosotros. Continuamente nos dicen: “ça c’est chez moi”. Que quiere decir: “Eso es mi casa”, aludiendo a la similitud que encuentran con su propia música y cultura. Como por ejemplo los maghrebinos y africanos que también tienen una fuerte relación con la música y el baile en su cotidianeidad. En cambio, en Francia hace tiempo que ambos aspectos dejaron de ser parte de la vida diaria y comunitaria de la sociedad, como lo fue con el occitan. Y aunque existen influencias europeas en nuestra música pareciera ser la razón contraria la que los atrae al son. Justo no les remite a Francia.

La famillie
Por esta cercanía es que nos describen como “La famillie”: La familia. Termino con el que en sus propias palabras definen a los amigos, generalmente migrantes como ellos y provenientes de otros países, dominados como los suyos. Nos relacionan con valores compartidos como la solidaridad, la alegría, la expresividad, la espontaneidad, la sinceridad, etc. Es claro que muchas músicas antiguas han tenido sus orígenes en poblaciones marginales e incluso en algún momento han sido prohibidas. Hasta la fecha me quedo con una observación que me compartió un músico griego. “Notre musique est la musiques des exclues”. Quiere decir, que compartimos la música de los pueblos excluidos.

Fandangos “mestizos”
Hasta hace pocos años, la ciudad permitía la posibilidad de reunirse a tocar en las plazas públicas. Generalmente en una colonia de migrantes o en nuestra Casa del Pueblo, donde se mezclaban el son jarocho con repertorios de diversas procedencias: Argelia, Marruecos, Brasil, Andalucía, Chile, Grecia, Cuba, La Reunión, Francia, etc. Desgraciadamente, el nuevo gobierno de derecha, prefiere “limpiar” la ciudad de nosotros.

Atelier de musiques Traditionneles
Después de estos encuentros fue que en 2013 con la motivación del violinista Amine Tillioua, comenzó el “Taller de músicas tradicionales”. La mayoría eran magrhebinos y cada domingo durante meses nos reunimos a aprender repertorio arabo-andaluz, occitan, flamenco, son de México (tierra caliente, jarocho y mariachi antiguo), etc. Por desgracia vino el cierre del lugar de ensayo por quejas de los vecinos. Aun mantenemos la esperanza de continuar un día.
La Polvadera
Es el grupo de son jarocho que integramos en la actualidad: Charlotte Espieussas (FR), Pierre Campistron (FR), Maxime Juniet (FR) y yo, Violeta Jarero (GDL). El nombre viene del son de la tierra caliente de Michoacán que se llama de ese modo, La Polvadera, con el que pretendemos salir del cliché latino-tropical haciendo referencia a la tierra que se levanta con cualquier baile del mundo. En nuestro caso la creación y transformación de versos es fundamental, integrando elementos de nuestra cotidianeidad además de integrar suavemente ritmos y versos de otras tradiciones como el flamenco y la Tierra Caliente mexicana, percusiones de Irán y la Isla de La Reunión, etc.

Entre palmas y jaranas
Es el espectáculo de música y baile, dirigido por el bailador de flamenco Rodrigo Robles (GDL) en Tolosa. Durante el mes de marzo y noviembre de 2015. Con el fin de presentar una combinación de flamenco y jarocho.

Son jarocho tolosino en medios de comunicación
Hemos tenido la oportunidad de participar en cine alternativo francés, en radios locales occitanistas y sindicalistas principalmente. Y en televisión con nuestras participaciones en Alger, Argelia en 2013 y 2015.

Redes sociales.
En general nuestro medio de comunicación y organización más utilizado es el facebook. Medio económico y accesible para gran parte de la población. Eficaz tanto para la difusión y organización de todas nuestras actividades tolosinas. Pero sobre todo nos permite establecer contacto con otros jaraneros que residen en el continente, interesados en organizarse conjuntamente.

Así es como han surgido otros Encuentros de Jaraneros en: Boloña, Italia (02/15), Friburgo (06/15), Berlín (08/15). Así como las próximas reuniones en Lyon (05/16) y por segunda ocasión en Berlín. De la misma forma se nos ha invitado para realizar talleres y/o conciertos en ciudades de Alemania, Italia, Bélgica y Francia. Dos veces a Argelia. Y próximamente de nuevo en Alemania y España.

Reflexiones finales.
Me parece que es la búsqueda de “nuestra casa” lo que inspira la creación de esta nueva “familia sonera”, impulsados por la nostalgia y la necesidad e integración en un nuevo espacio para hacer más llevadera la lejanía; ya que realmente hemos tejido redes de apoyo entre algunos de nosotros. Para mí, como para muchos, la música es un acto de resistencia. Por lo tanto es fundamental que en la relación de esta “nueva familia”, seamos capaces de auto cuestionarnos y transformarnos, para evitar la tan habitual reproducción de relaciones de dominación, envidia, celos, machismo, etc. Que en ocasiones limitan la convivencia y de la que ninguno de nosotros estamos excluidos. Tenemos claro que los saberes y culturas evolucionan. Pero podríamos al menos preguntarnos: ¿Hacia dónde queremos dirigir nuestro propio barco?

 

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México en Chicago: convergencia cultural

La Manta y La Raya # 2                                                                             junio 2016


México en Chicago: convergencia cultural

Juan Díes

 

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Foto: Randy_Adamsick

 

 

 

 

 

 

 

¡Raca-taca-taca! ¡Dun, dun, dun! ¡Tatarata-tay! Son las 8:00 de la noche de un sábado en Chicago y estás caminando hacia el oeste sobre la calle 18 en el barrio de Pilsen. Es un un antiguo barrio checo que ahora está lleno de mexicanos y de un creciente número de anglos a quienes les atrae el ambiente artístico y étnico del barrio. Te encuentras que la calle está cerrada desde de la avenida Blue Island hasta la avenida Ashland por causa de un festival: El Mole de Mayo. En un espacio de casi dos cuadras han asistido miles de personas a probar el rico mole de varios restaurantes locales que compiten por el premio anual del mejor mole de Chicago y también a escuchar música en un escenario programado por jóvenes mexicanos del barrio que buscan representar la convergencia cultural que existe ahí, sin abandonar su mexicanidad.

También hay docenas de puestos que venden joyería, artesanías, ropa, bebidas, e información sobre servicios comunitarios. El acto principal de la noche es el grupo Los Cojolites, bastiones del son jarocho, importados de Veracruz, México para la ocasión, que en sus repetidas visitas a Chicago han hecho ya muchas amistades, discípulos y seguidores. Comparten el escenario grupos de música norteña, cumbia, chinelos, mariachis, rock en español, hip-hop, marimba chiapaneca, huapango, jarana yucateca, son planeco, son jarocho, y mas. En el público hay gente del barrio, gente de fuera del barrio, gente que antes vivía en el barrio y que regresa para la fiesta, turistas, curiosos, y demás.
Chicago tiene una de las mas grandes y diversas comunidades mexicanas en Estados Unidos. Es una comunidad inmigrante segunda en tamaño a la de Los Ángeles, rica en historia y con una vida artística floreciente. Sin embargo es también una de las menos conocidas en el resto del país. Los mexicanos en Chicago conforman la mayor población de latinos en el área metropolitana, la cual es la minoría mas grande de la ciudad. En los últimos 35 años, la población latina de la región ha crecido hasta llegar a cerca de dos millones, representando el 96% del crecimiento total de la población. Los latinos impulsan la economía con un ingreso familiar anual de 20 mil millones de dólares. Llevan la vanguardia en llenar nuevos puestos de trabajo y representan el 38% del crecimiento en la compra de casas en Chicago (Ready and Brown-Gort 2005).

El México de Chicago es una comunidad diversa y multicultural, segmentada en pequeños aglomerados de conservación cultural de muchos pueblos y culturas de México y también de híbridos convergentes que se mezclan dentro y fuera de lo mexicano con un inquieto espíritu innovador. En las calles de Chicago encuentras birria de Ocotlán y enchiladas potosinas, orgullosamente fieles a la receta de la abuela—a veces hasta mejores que las originales—y “takos koreanos”, híbridos de puerco a la-barba “korea” aderezado con kimchi y envuelto en una tortilla.
Históricamente la comunidad mexicana en Chicago data del siglo XIX, cuando la ciudad empezó a establecer su reputación como centro industrial: con los ferrocarriles, los rastros, las fábricas de acero, y otras empresas que atrajeron a los primeros inmigrantes mexicanos por estas fuentes de trabajo.

Artísticamente, la música siguió a estos inmigrantes. Una evidencia son los apellidos hispanos que aparecen en los créditos de los primeros discos de 78 rpm hechos en Chicago a principios de los años 20. La cantante Silvana R. Ramos, por ejemplo, tuvo 15 sesiones de grabación en Chicago para la disquera RCA Victor entre 1927 y 1931, lo que indica que pudo haber estado viviendo en la ciudad.

En una recopilación pictórica de la historia de los mexicanos en Chicago (Arias & Tortolero, 2001) aparecen grupos musicales mexicanos que datan de principios del siglo XX, como el grupo del don Guadalupe Vera en 1917. También existe evidencia que en los años 20 del siglo pasado, Cirilo López, quien huyó de México por razones religiosas durante la guerra cristera, formó la Banda Mexicana of South Chicago. En los años 40 y 50 de aquel siglo, con el auge de la rumba, se forma en Chicago la agrupación “Don Roberto y Sus Rumbaleros” que formaban parte del circuito de salones de baile en la ciudad. Y para 1953 aparece el Mariachi Jalisco de Arnulfo Martínez, uno de los primeros mariachis en Chicago.

Arturo Velásquez, quien fue residente del barrio por mucho tiempo y el primer mexicano distribuidor de rocolas, dijo en una entrevista (Díes, 2006) que cuando su padre llegó a la ciudad para trabajar en las fábricas de acero en 1925 desarrolló una provechosa empresa, en parte respondiendo a la diversidad de los latinos en Chicago y, en otra, a los fuertes vínculos que estas comunidades mantienen con sus tradiciones musicales:

Mi madre puso un restaurante detrás de un billar. En esa época, la industria de las rocolas estaba empezando. Los fabricantes me dieron crédito para comprar las rocolas porque no teníamos dinero. Hemos estado aquí desde 1936. Les daba la música que yo sabía que les gustaba. Venían de diferentes estados y cada estado tiene su estilo. Parece que la música de mariachi aun sigue en el mercado principal. Los mexicanos aún tienen su país en el corazón. Aún cuando cada estado tiene su estilo propio, la música ranchera nunca morirá. El tejano con el acordeón vino mucho después de Texas y del norte de México, de Monterrey y San Luis Potosí…

Durante la Feria Mundial de 1934 se estimuló la danza regional mexicana. Algunas mujeres jóvenes empezaron a reunirse para presentarse con traje regional. Una de ellas, Jovita Durán, mas tarde se vuelve maestra y ayuda a formar grupos de danza (Arias & Tortolero, 2001). En los años 40 Adrián Lozano pinta uno de los primeros murales mexicanos en Hull House, en el barrio de Near West donde vivían ya muchos mexicanos. La Iglesia San Francisco de Asís y Nuestra Señora de Guadalupe se convirtieron en bastiones de la comunidad mexicana en esa zona.

Raquel Ontiveros, cantante y promotora cultural de todo lo mexicano desde los años 50, en una entrevista con este autor (Díes, 2006), recordaba que los Juegos Panamericanos de 1959 que se celebraron en Chicago fueron un importante catalizador para el cultivo de la cultura mexicana en esta ciudad. Los inmigrantes mexicanos se juntaron para recibir a los atletas mexicanos. Un grupo de damas, a las que Ontiveros pertenecía, confeccionó trajes típicos de México para modelarlos en las fiestas y eventos oficiales. Pocos años después, esto dio pie a la formación de una de las primeras compañías de danza folklórica mexicana en la ciudad. En 1964 Ramón Iñiguez (padre de Lorena Iñiguez, actual integrante del grupo Sones de México Ensemble) y Raquel Ontiveros eran algunos de los danzantes que integraban el Ballet Folklórico Mexicano.
Para muchas familias latinas la danza folclórica se convierte en algo importante para conservar las tradiciones de su tierra natal y para mantener unido al núcleo familiar. Henry Roa fue una de las figuras claves en la creación de la Compañía de Danza Folclórica Mexicana en Chicago hace más de 30 años. Su abuela vino de México alrededor de 1918, y él nació en “un vagón de tren” en Joliet, Illinois. Henry explica, “yo no sabía nada de México, nada en absoluto. Yo era como todos los demás, un americano”, hasta que el Hawthorne Heritage and Culture Club de la planta eléctrica Western en donde trabajaba, le pidió que presentara algo en español con su hija para su programa. Esto despertó el interés en su herencia cultural y buscó a un profesor de danza mexicana. Encontró a Ofelia Solano-Guevara, maestra de matemáticas en la preparatoria Benito Juárez del barrio de Pilsen, que bailaba con una compañía local llamada Alma de México dirigida por José Ovalle. Ofelia también organizó un grupo de danza de niñas llamado Nuevo Ideal. Roa ayudó a unir los dos grupos en 1982 para formar The Mexican Folkloric Dance Company of Chicago, que abrió sus puertas a todos: “No hay audiciones. Las personas saben de nosotros a través de otros o del directorio telefónico. A nadie se le rechaza. Muchos comienzan a los 6 años de edad. La mayoría son mexicanos, la mitad nacidos en Chicago y la otra mitad son inmigrantes y vienen de todas partes de la ciudad”.

Durante los años 60, Mario Dovalina un empresario que mas tarde fundaría la cadena de restaurantes Pepe’s, y la Hacienda del Sol –restaurante localizado en el 1945 N Sedgwick–, fueron grandes promotores de grupos mexicanos en Chicago. Grupos famosos de bolero romántico como Los Tres Caballeros y Trio Los Ases pasaron varias temporadas largas en Chicago haciendo residencias musicales para amenizar al público durante esta época (comunicación personal del autor con Chamín Correa y Gustavo López).

En los años 70 comenzó a crecer la comunidad mexicana con algunos exiliados políticos de las revueltas estudiantiles, entre ellos Carlos Arango, quien mas tarde se convertiría en un líder comunitario en esta ciudad y promotor de arte y cultura a través de su dirección en La Casa Aztlán desde de los años 80. Uno de los notables músicos mexicanos de esta época fue Beto Laguna, guitarrista y arpista veracruzano, ex-integrante de Trio Aguilillas en México y del Trio Añoranza en Chicago. Tanto él como Jorge Jasso, del Trio Los Duques, fueron pioneros del son jarocho en Chicago. En los años 80 y 90, la Old Town School of Folk Music y su Festival Anual de Música Latina trajo también por primera vez a Chicago a grupos de folclor mexicano como el Grupo Mono Blanco, Grupo Jaranero, Los Folkloristas, Amparo Ochoa, Zazhil, Oscar Chávez, Armonía Huasteca y varios mas. Quien esto escribe trabajó para esta institución por 13 años llevando a cabo esta labor de promoción cultural hasta el 2005.

En 1993, Marta Ayala, quien entonces trabajaba para la organización educativa Urban Gateways, tramitó el contrato y trajo a Chicago a dos artistas seminales en el desarrollo del folklor mexicano en Chicago: Víctor Pichardo, del grupo Zazhil, y Roberto Ferreyra, pintor y capitán de concheros. Pichardo fundó el grupo Sones de México Ensemble junto con este autor y otros tres músicos fundadores. Pichardo también comenzó a dar clases de música mexicana en la escuela secundaria Benito Juárez creando una generación de músicos que ahora son líderes culturales de esta comunidad. Sones de México Ensemble abrió un nuevo mercado para la música mexicana en Chicago a principios de los años 90 tocando música tradicional proveniente de diferentes regiones de México y se convertiría en el principal exponente de música de son en esta ciudad hasta la actualidad. En una entrevista Pichardo explica:
El son es un nombre genérico para un estilo de música. Podemos encontrarlo en todo México, en diferentes regiones—son planeco, son jarocho, son de Tierra Caliente. Sones de México trata de representar a cada región. Cuando tocamos son jarocho, tocamos el arpa, la jarana, y el requinto; tocamos huapango [huasteco] con el violín y la guitarra quinta huapanguera, y tocamos norteño con el acordeón y el bajo sexto. También tocamos el saxofón, clarinete y trompeta, en los estilos de banda mas istmeños, yucatecos o caribeños.

Algunos estudiantes notables de Víctor Pichardo, egresados de la secundaria Benito Juárez, se han convertido en destacados artistas y promotores de la música mexicana en Chicago, entre ellos Jaime Garza (Son del Viento, Dos Santos Anti-beat Orquesta), Renato Cerón (A Flor de Piel), Rudy Piñon (varios mariachis y actualmente Sones de México Ensemble) y Simplicio Román (Grupo Ansiedad). Algunos de los ex-miembros de Sones de México Ensemble han formado sus propios grupos: Juan Rivera (Los Condenados Huastecos) René Cardoza (asesor de varios grupos de danza), y Raúl Fernández (Joarochicanos, Son del Viento). Raúl, junto con su esposa Gina Gamboa y su hija Maya han sido claves en el fomento al movimiento jaranero y los fandangos en Chicago a partir del año 2004. Dos hijos de Víctor Pichardo, Yahví (Los Pichardo) y Zacbé (Guapachosos y Sones de México Ensemble) se han destacado en la práctica y promoción del son mexicano en esta ciudad.

Por su parte, Roberto Ferreyra trajo la práctica ritual de la danza conchera a Chicago, acrecentando el grupo de devotos. Mas tarde promovió a grupos locales junto con su hijo Irekani en la Galería Colibrí. Desde mediados de los años 2000, han surgido en Chicago una docena de grupos jarochos, huastecos e híbridos que ahora conforman una vibrante actividad de música tradicional mexicana en Chicago.

En los últimos años han aparecido también varios grupos de danza de chinelos, un grupo p’urhépecha, un Encuentro anual de Jaraneros del Midwest, fandangos y talleres semanales de son jarocho, y por lo menos tres programas de educación de mariachi a nivel escolar (Chicago Mariachi Project, Mariachi Heritage Foundation, y Mariachi Institute of Chicago) que ahora entrenan a cientos de niños que seguramente forjarán el futuro de la música mexicana en Chicago. Además, Sones de México Ensemble está en las fases iniciales de abrir una escuela de música tradicional mexicana en Chicago.
Chicago siempre ha sido un lugar que atrae a músicos por sus oportunidades. Han hecho historia desde los primeros años del siglo XX las grabaciones de jazz y blues eléctrico hasta los reconocidos mundialmente polca, gospel, R&B, techno, house music; y mas recientemente, originario de Chicago, el baile popular mexicano llamado “pasito duranguense,” que llegó a exportarse a México con gran éxito comercial.

Hoy en día. Chicago cuenta con cientos de grupos mexicanos de danza y música incluyendo mas de 30 mariachis, docenas de bandas y conjuntos gruperos para bailar, tríos de bolero, cuartetos norteños, numerosos grupos de danza folclórica asociados con iglesias o familias y decenas de músicos que trabajan en centros nocturnos, restaurantes y peñas que ofrecen música en vivo siete días a la semana.

Debido a que existe tan fuerte presencia e identidad dentro del vecindario, un individuo en Chicago puede permanecer cerca de sus tradiciones – comidas, música, lenguaje, religión y otras costumbres – por toda su vida. Por otra parte, aquellos que se alejan de la relativa familiaridad del vecindario e interactúan con personas provenientes de otras culturas pueden explorar múltiples identidades y aportar a la diversidad de la comunidad. Coya Paz, actriz y fundadora del ya desaparecido Teatro Luna, galardonó estas identidades múltiples en una entrevista: “Nos llegan muchas mezclas, una de las grandes cosas de Chicago… tenemos personas con una fusión de identidades… blaxicana… puertomalteca… En el grupo tuvimos una pinorriqueña, una filipina puertorriqueña, una rusadoreña”.

En donde quiera que te encuentres en los barrios de Chicago te encontrarás con una enriquecedora experiencia multisensorial que puede ser a la vez híbrida o muy localizada y arraigada en las identidades étnicas y regionales que definen a cada segmento de esta diversa comunidad. Dirigiéndose al poniente desde la esquina de la calle 18 y la calle Blue Island llegas al centro del barrio de Pilsen, luego South Lawndale, La Villita, Cicero, Berwyn y mas, y entras a una parte de México (de hecho, a distintas partes de México) que se extiende por varios kilómetros, mantenida por comerciantes mexicanos que abastecen a mas de un millón de mexicanos que viven en el área de Chicago o vienen de fuera a hacer sus compras. Esto y mucho más es lo que ofrece la vibrante comunidad mexicana de Chicago en el crisol cultural de Estados Unidos.

Bibliografía

Arias Jirasek, Rita and Carlos Tortolero. 2001. Mexican Chicago. Charleston, SC: Arcadia.

Casuso, Jorge and Eduardo Camacho. 1985. Hispanics in Chicago. Chicago: The Reporter and the Center for Community Research and Assistance of the Community Renewal Society.

Díes, Juan. 2006. “Chicago Latino: Culturas Convergentes” 40th Annual Smithsonian Folklife Festival Program Book. Transl. Berenice Sánchez. Pp. 76-85. Washington DC: Smithsonian Institution. (Nota: partes de este artículo fueron anteriormente publicadas aquí).

de Genova, Nicholas. 1998. “Race, Space, and the Reinvention of Latin America in Mexican Chicago.” Latin American Perspectives 25(5), 87-116.

Ganz, Cheryl R. y Margaret Strobel, eds. 2004. Pots of Promise: Mexicans and Pottery at Hull-House, 1920-40. Urbana: University of Illinois Press.

Padilla, Felix M. 1985. Latino Ethnic Consciousness: The Case of Mexican Americans and Puerto Ricans in Chicago. Notre Dame: University of Notre Dame Press.

Padilla, Felix M. 1995. “On the Nature of Latino Ethnicity.” In Historical Themes and Identity: Mestizaje and Labels, ed. Antoinette Sedillo López. Pp. 439-452. New York: Garland Publishing.

Ready, Timothy and Allert Brown-Gort. 2005. The State of Latino Chicago: This is Home Now. Notre Dame: University of Notre Dame, Institute for Latino Studies.

 

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Ríos de son… el otro Tlacotalpan

La Manta y La Raya # 1                                                                             febrero 2016


RÍOS DE SON  El otro Tlacotalpan… más allá de las Fiestas de la Candelaria

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Foto: Salvador Flores Gastambide

 

 

 

 

 

 

 

Rafael de Jesús Vázquez Marcelo

Tlacotalpan, Veracruz, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1998 (gracias a la labor de personajes como el Arq. Humberto Aguirre Tinoco), goza de fama internacional por sus destacadas fiestas en honor a La Virgen de la Candelaria, Patrona de la ciudad; festividad que se engalana con grandes eventos como la cabalgata, el polémico embalse de toros, el paseo de la Virgen de La Candelaria por el río, asemejando la tradición prehispánica local de sumergir a la diosa Chalchihuitl, esculpida en esmeralda y a quien adoraban los habitantes de la zona, y el ahora internacional Encuentro de Jarane-ros y Decimistas. Si bien es sumamente notable la gran difusión y expansión del son jarocho en medios de información, festivales, publicaciones impresas y audiovisuales y ni decir fonográficas, tam-bién es notable la gran afluencia de músicos a este Encuentro de Jaraneros, que como el primer encuentro en este género creado en 1979 por destacados tlacotalpeños (iniciado como un concurso de música de Agustín Lara), y el valioso apoyo de Radio Educación, fortaleció el impulso del llamado movimiento jaranero, movimiento que actualmente tiene presencia en gran parte del territorio nacional y en muchos países.

Tres días interminables de fandangos, música, poesía y baile en la tarima, que teniendo como marco la majestuosa arquitectura Tlacotalpeña del siglo XIX, convierten al pueblo en un mosaico musical al que algunos ubican como un santuario del son jarocho. Sin embargo el son en Tlacotalpan es más allá que tres días de fandangos, de reflectores y conciertos; este pueblo ha trazado una línea importante en la tradición jarocha, desde don Pedro Alfonso Vidaña y su familia, en donde destaca el notable arpista Andrés Alfonso Vergara, el Conjunto Tlacotalpan de Andrés “Bizcola”, Cirilo Promotor (ahora Premio Nacional de las Ciencias y las Artes) y el panderista Evaristo “Varo” Silva; don Guillermo Cházaro Lagos “El Diablo”, doña Elena Ramírez, el grupo Siquisirí, Estanzuela, hasta las decenas de jóvenes que actualmente toman como bandera el son jarocho, que no solo resuena a principios del mes de febrero, sino a lo largo de todo el año, la ciudad se enviste de fandangos y música jarocha por músicos locales.

Tal pareciera que todo acontece en la cabecera municipal; pero el municipio de Tlacotalpan cuenta con 147 comunidades rurales; el otro Tlacotalpan, rural, campesino, ganadero, pesquero, fanático del béisbol, aún mantiene al fandango como un elemento integra-dor comunitario y de cohesión social que sigue vigente en festejos sociales y religiosos, entrelazando a los ranchos vecinos para llevar a cabo algún festejo a través de la música jarocha, pero también de las cumbias, los corridos y las carreras de caballos. Este interés de mostrar y difundir la música rural de la cuenca, fue un elemento principal en los inicios del Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan; en donde los organizadores, embarcados en lanchas pesqueras dirigidos por el Arq. Humberto Aguirre y el Dr. Ricardo Pérez Montfort, recorrían comunidades y rancherías de Tlacotalpan en busca de músicos para que participaran en el concurso y posterior-mente Encuentro de jaraneros. Afortunadamente el gran esfuerzo y trabajo realizado en esos años, no solo queda en el recuerdo de muchos o anécdotas y crónicas, sino que quedó plasmado en las transmisiones en vivo que grababa Radio Educación desde Tlacotalpan y que posteriormente se editaban y se difundían a través de audio cassettes. Estos testimonios sonoros (y visuales también) dieron la oportunidad de iniciar una gran travesía en torno a la música rural de la cuenca del Papaloapan.

En el año 2010, después de la devastadora inundación de Tlacotal-pan, y mientras me encontraba escombrando y limpiando el lodo en la casa de mi madre, en donde el agua llegó al metro y medio de altura, encontré (o más bien reencontré) entre los papeles destrui-dos por el agua, la portada del cassette del Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan Vol. 2 que editó Radio Educación y que solía escuchar cuando adolescente asistía a clases de jarana en la casa de la cultura con don Cirilo Promotor. Por curiosidad lo limpié en la medida que no se destruyera por lo húmedo y pude leer el interior del librillo en donde enlistaban los sones grabados, los grupos participantes y la localidad a la que pertenecían, dentro de la lista de grupos, recuerdo El aguanieves de Arcadio Hidalgo y el grupo Mono Blanco, más abajo pude leer “El Toro Zacamandú” tocado por el grupo Los Casarín, de la localidad de El Marqués y 6 de Enero, Mpio. De Tlacotalpan, integrado por Guadalupe y Candelario Casarín e Hipólito Luna; de hecho la portada de la edición era una foto de don Lupe Casarín con su pequeña guitarra de son. Por más que quise recordar el sonido de dicha grabación no la tenía presente; sin embargo me quedó la espina clavada de escuchar de manera más consiente ahora, la música de un grupo de una ranchería de Tlacotalpan de principios de los años 80 de los cuales no había escuchado presentarse en otro Encuentro de Jaraneros.

Después de un tiempo conseguí el audio y pude escuchar ese Toro Zacamandú, un punteo fuerte y macizo del requinto a un ritmo lige-ramente veloz, unas jaranas que en veces se cruzaban, pero siempre agarraban el ritmo y se amarraban cada vez más y un canto que pro-clamaba identidad: una identidad ranchera…¡Ay nomás nomás… .

De voces curtidas y de golpe sonoro al declarar el verso de este son bravo que dejaba una sensación entreverada de preguntarse cómo era y cómo es el son realmente en la Cuenca del Papaloapan, desde sus raíces, allá en los ranchos.

A partir del día que escuché con atención la grabación mencionada, me avoqué a preguntar y tratar de indagar sobre el paradero de “Los Casarín”, don Cirilo Promotor decía: ¡Esos tocan como el diablo¡ o la expresión del buen “Varo” Silva: ¡Esos sí eran cabrones¡ Tanto comentario en torno a su forma de tocar me llevó a emprender el viaje al rancho de El marqués y El 6 de enero para encontrar a estos músicos que creaban expectación en mi interior; con una grabadora reportera y cuatro pilas, un Volkswagen 90 con llantas de medio uso, emprendimos el camino en la búsqueda de un pasado lejano, sin una metodología clara de investigación, pero eso sí, con dos grandes amigos que además de profesionales en su qué hacer, compartían la inquietud de conocer sobre Los Casarín, tema que ya era presente en cada plática: Salvador Flores, fotógrafo profesional y Cristóbal Torres, músico y profesor de nivel superior en Tlacotalpan; de esta forma llegamos al 6 de enero, ranchería ubicada a la margen del río San Juan, entrando en un brazo de río por Las bodeguillas a una hora en lancha de motor desde Tlacotalpan, o por tierra entrando por Saltabarranca a unos 35 kilómetros, en tiempo aproximado de 45 minutos si es que el camino de terracería se encuentra en buenas condiciones. En el 6 de enero viven familiares de Cristóbal Torres, ellos fueron nuestros primeros informantes, ellos eran Norma Herrera y su esposo Enrique Vidaña; de quienes obtuvimos las siguientes premisas: don Lupe Casarín ya había fallecido, don Cande, de avanzada edad contrajo la enfermedad de Alzheimer, y don Polo Luna, todavía se encontraba en activo, trabajando y una que otra vez, tocando y cantando.

En esa primera visita, gracias a la intervención de Enrique Vidaña, pudimos platicar, tocar y cantar con don Polo Luna, don Polo, músi-co que formaba parte de ese mítico grupo de Los Casarín, razón por la que nos encontrábamos en el rancho en ese momento. Don Polo quien a sus 79 años, cantaba y pulsaba su jarana con fuerza, seguía tocando con frecuencia; su jarana fechada en el año de 1979, cons-truida por don Quirino Montalvo de Lerdo de Tejada. Nos platicaba sobre don Lupe y don Cande, que les gustaba tocar asentado y no con cualquiera; que después de esos primeros Encuentros de Jaraneros de Tlacotalpan dejaron de ir a tocar (sin especificar la razón exacta), sin embargo, seguían realizándose fandangos en El Marqués y el 6 de Enero, principalmente en el mes de diciembre, después de “sacar la parranda” de casa en casa.

En ese primer viaje –porque después asistimos con más frecuencia- la gran sorpresa no fue precisamente escuchar las anécdotas de Los Casarín, lo cual ya era mucho y era lo que buscábamos, sino que fue conocer a Enrique Vidaña “Quique”, de unos 40 años, jugador de beisbol, pescador y gente de trabajo en el campo, y a su cuñado, Orlando Herrera “El güero”, de 48 años aproximadamente; ambos, resultaron ser ese relevo generacional de Los Casarín, ellos apren-dieron con don Lupe y don Cande principalmente (en el caso de Enrique aprendió gran parte sobre el fandango por su padre). Ambos formaron parte de este proceso de aprendizaje por descu-brimiento, tal como de alguna manera lo plantea la psicología cognitiva en los años 60, sólo que en este caso no sólo era el apren-dizaje en ejecución de instrumentos, sino todo el complejo que la tradición fandanguera enmarca. Evidentemente Los Casarín no pretendían enseñar a estos jóvenes de ese entonces, sino que ellos fueron aprendiendo conforme presenciaban los fandangos y parrandas en el rancho; y narran ellos, de una que otra vez que tomaban prestadas las jaranas sin permiso y reproducían las pisadas en los trastes de la jarana, se grababan el sonido de las cuerdas para afinar y de esta forma fueron aprendiendo. Tanto Enrique como Orlando, poseen una gran facilidad para la ejecución de la jarana y el canto; destacando las “formas” de entonar los sones que definitivamente remiten a esa grabación del Encuentro de Jaraneros del Toro Zacamandú con Los Casarín, definitivamente se mantiene un estilo local, aprendido, heredado o desarrollado, pero que conforma un complejo importantísimo en el proceso de transmisión de conocimientos, y más cuando hablamos de una tradición popular tan viva como lo es el fandango.

Por ello, se ha iniciado un proceso formal de investigación, princi-palmente en los procesos de enseñanza por la comunidad. Actual-mente y con los pasos agigantados de la modernidad, el aprendizaje del son jarocho se da en talleres, seminarios e incluso tutoriales en youtube, existen grandes instructores de son jarocho e incluso ins-tituciones conformadas y dedicadas a la enseñanza de este género popular; sin embargo vale la pena excavar un poco más sobre esta enseñanza por “imitación” de la que siempre se habla entre el medio jaranero; esta experiencia –y muchas más en otras regiones seguramente- deja claro que la transmisión del son en los ranchos y comunidades, va más allá de enseñar posturas en el traste de la jarana, rasgueos y métricas; sino que llevan una herencia, una historia, significados intrínsecos de los estilos locales, de pertenen-cia e identidad. Toda la enseñanza que el campo y el río le dan a estos músicos y que afortunadamente procuran transmitir conscientemente a los niños que ahora viven ahí; y los cuales aprenden con tanta facilidad como quien encuentra, desempolva y reconoce una fotografía antigua. Hoy en día existen tres genera-ciones de músicos en estos ranchos, de los cuales se conoce muy poco, pues la última aparición “formal” o pública fue en los años 80, pero estos músicos son quienes de manera constante en su comuni-dad recrean los sones; y quienes de manera constante en el mes de diciembre, amenizan a toda la comunidad con las parrandas y ama-necidas de fandangos, en ranchos entreverados por ríos, rancherías y comunidades que también son Tlacotalpan.

Traigo una mula de venta,
nomás que no está venteada,
traigo sacada la cuenta
y muy bien multiplicada,
que la reata se revienta,
por la parte más delgada

mantarraya

Aquí estamos todavía

La Manta y La Raya # 0                                                                                        octubre 2015


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La supervivencia del violín en el Son Jarocho
Grabaciones de campo, entrevistas y textos: Alex Dempster

intérpretes

Fidel Domínguez Cerro del Vigía
Ignacio Bustamante Buenos Aires Texalpan
Santos Xolo Los Méridas
Rodolfo Cóbix Texcaltitan
Pascual Mozo San Isidro

ANONA MUSIC 2007

Artículo en formato PDF:

 

Ignacio Bustamante Chigo - Aldo Flores DB2
Ignacio Bustamante
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Santos Escribano
Rodolfo Cobix, de Texcaltitan
Rodolfo Cóbix
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Pascual Mozo

 

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Alec Dempster

 

 

 

 

 

 

 

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